Cosas que me pertenecen: mi adorada almohada. La adoro al punto de llevarla conmigo cuando me voy de viaje.

Cosas que no me pertenecen: los derecho de autor de Los Juegos del Hambre.


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Capítulo Cinco: Los Juegos del Hambre desde el Distrito 12

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Dos semanas después del día en que se cumplían seis meses de la llegada a Archimedes al Distrito 12 tuvo lugar la Cosecha.

En el Capitolio ese día era feriado, cerraban los comercios y se suspendían las clases. Todo el mundo estaba pendiente de los tributos, todos querían tener un primer vistazo de quiénes eran, qué aspecto tenía, quién tenía las mejores probabilidades. Después de todo, el negocio de las apuestas movía millones, y cada minuto de ventaja significaba una posible diferencia entre cobrar una suma de varios dígitos y la ruina económica.

En el Distrito 12 ese día era feriado, cerraban los comercios y se suspendían las clases. Todo el Distrito se reunía en la plaza, vestidos con sus mejores galas, que en términos del Capitolio apenas si hubiesen alcanzado un estándar de ropa mediocre de uso diario pero para los habitantes del Distrito eran las mejores prendas que poseían. Pese a los banderines, las ropas de fiesta y el escenario montado frente al Edificio de Justicia, a la gente del lugar la impregnaba un aire de profunda tristeza y resignación, como si asistieran a un funeral especialmente triste.

Ver a la escolta del Distrito 12, vestida con unas galas que seguramente eran el último grito de la moda en el Capitolio, le causó una sensación agridulce a Archimedes. Por una parte, él todavía extrañaba las comodidades y delicias del Capitolio con una intensidad que a veces sentía como un dolor constante en el pecho. Por otra parte, esa mujer de alguna manera no se sentía como una conexión con su largamente (o al menos ésa era la sensación) perdido hogar, sino una especie de irrupción molesta en su rutina.

Darius, vestido con uniforme de gala y más serio de lo que Archimedes lo había visto nunca, era uno de los que supervisaban el flanco izquierdo de la multitud, mientras que Purnia había enviado a Archimedes del lado derecho. De acuerdo a lo que Darius le había dicho, era poco probable que hubiese problemas o disturbios, excepto un familiar envuelto en lágrimas o un tributo paralizado de miedo, pero de todos modos los Agentes de la Paz debían mostrarse para las cámaras luciendo serios y profesionales.

La mayor parte de la ceremonia fue bastante aburrida, al menos para Archimedes. Los programas de televisión del Capitolio solían editar los materiales y salpimentarlos de comentarios, por más que oficialmente las transmisiones fuesen en vivo y en directo. En realidad, según le explicó Darius, la dilación era de dos minutos o algo así, no un lapso significativo pero sí lo suficiente como para editar los peores papelones, como la vez que a la escolta del Distrito 8 se le cayó el papelito con el nombre del tributo masculino y el viento lo arrastró a vaya uno a saber dónde, o cuando el alcalde del Distrito 1 se equivocó de discurso y en lugar de leer el Tratado de la Traición empezó a leer un discurso sobre la inauguración de un nuevo edificio de la escuela primaria.

Ese año, la ceremonia se desarrolló sin incidentes, salvo que el Vencedor Haymitch Abenarthy llegó borracho como una cuba, arrastrado por un Rufo con cara de asco y un Cray apenas más sobrio que Abenarthy, y vomitó copiosamente antes de derrumbarse sobre su silla y empezar a roncar. Por fin llegó el momento en que la escolta sacó el nombre de la chica que representaría al Distrito 12 en los Septuagésimo Primeros Juegos del Hambre. Todo el mundo contenía el aliento, pero no con expectación, se percató Archimedes, sino con el silencioso horror de quien ve suceder algo terrible pero se sabe incapaz de intervenir y mucho menos detenerlo.

—¡Hyacinth Adams!

Un colectivo pequeño jadeo que sonó casi como un suspiro siguió al anuncio del nombre. La multitud se apartó para dejar pasar a una chica flacucha de unos diecisiete años y cabello negro tinta, pálida de terror, que caminaba a pasitos que tenían algo de tambaleantes hacia el escenario.

—¡NO! ¡Mami no!

El agudo chillido de pánico sacó a Archimedes de su ensimismamiento. Una criatura que no podía tener más de dos años, si es que los tenía cumplidos, se lanzó corriendo hacia la chica que había sido nombrada. La joven tomó en brazos a la niñita, que tenía el mismo cabello negro que ella, y la apretó con fuerza contra su pecho. Una mujer adulta, con gruesas lágrimas corriéndole por las mejillas, se acercó a la chica, que le pasó a la nena tras darle un beso en la coronilla.

—¡No! ¡NO! ¡No mami! ¡Mami! ¡MAMI! ¡NO! —empezó a llorar a gritos la niña, mientras pataleaba y se retorcía, buscando soltarse del agarre de la mujer que no dejaba de llorar.

La verdad le cayó encima a Archimedes como un centenar de ladrillos. La tributo era la madre de la pequeña… y no tenía el menor aspecto de que fuese a sobrevivir.

El tributo masculino elegido fue un muchacho de cabello oscuro, piel morena y casi esquelético de flaco. Varios moretones en diversos grados de curación se veían en su cara y en uno de los brazos. Su nombre era Sammy Greenthal.

Durante la hora de la que los tributos disponían para despedirse de su familia y amigos, los Agentes de la Paz debían montar guardia fuera de la habitación. Archimedes nunca había oído que un tributo hubiese intentado escapar, pero quién era él para discutir ese tipo de decisiones. Y si alguien tenía razones para querer escapar, esa chica Hyacinth era la persona.

—Siempre es malo cuando eligen chicos que no tienen posibilidades, pero hay veces que es peor que de costumbre —musitó Darius, con la mirada perdida, con la cabeza ladeada hacia la habitación donde el chico estaba despidiéndose de sus seres queridos.

—El pobre chico, ¿Sammy? —preguntó Archimedes, Darius asintió—, Sammy, no parece ni haber tenido el estómago lleno recientemente… si es que alguna vez.

—Lo conozco un poco —comentó Darius, melancólico—. Su papá murió de neumonía cuando Sammy tenía, no sé, cinco o seis años. Su mamá se fue a trabajar a las minas de carbón para poner el pan en la mesa… y falleció en el derrumbe de hace dos años. Yo fui el que tuvo que ir a darle la noticia de que nunca volvería a ver a su mamá y que como no tenía otros parientes, o al menos ninguno que no tuviese una brazada de hijos propios que alimentar a duras penas, él iría a parar al orfanato.

—Pero… el orfanato… —Archimedes no comprendía del todo.

—Es más un aguantadero que otra cosa —masculló Darius, el tono de voz bajo tratando de ocultar el dolor y la indignación—. No reciben dinero suficiente como para hacer otra cosa que subsistir. Los niños tienen que pedir teselas para al menos tener algo que llevarse a la boca, la ropa que tienen consiste de más remiendos que tela, y el edificio se sostiene gracias a una serie de vigas que alguien instaló. La gente que trabaja ahí son ex pupilos que nunca consiguieron algo mejor, y no reciben paga sino que trabajan por techo y comida. El ambiente es horrible; los chicos suelen pelear entre ellos, y en castigo reciben palizas de los cuidadores… es un mal de nunca acabar.

—Tal vez deberías ir a despedirte de él —sugirió Archimedes—. Eres el último contacto con su madre. Decirle, no sé, que ella estaría orgullosa… —viendo la cara de Darius, se corrigió—… o no.

Al cabo de un minuto de triste silencio, se le ocurrió preguntar la otra cuestión que le daba vueltas por la cabeza.

—¿Cómo es posible que esa chica sea elegible? Quiero decir, tiene una hijita… —musitó Archimdes, inseguro—. ¿Cómo puede ser que su nombre entre al sorteo?

—Tiene dieciocho años —Darius se encogió de hombros, cansado—. Y no está embarazada ahora mismo. Eso es suficiente.

—¿Y si estuviese embarazada?

—Tendría que exponer su caso ante el médico oficial del Distrito 12, suponiendo que de momento haya uno. Ahí se le daría la posibilidad de realizarse un aborto, y si ella se negara o no fuese posible realizarlo, ya sea porque el embarazo esté demasiado avanzado o porque es más arriesgado interrumpir la gestación que permitirle llegar a término, se le confeccionaría un certificado de eximición por ese año… aunque ese mismo certificado implica que se duplican sus papeletas el año siguiente —expuso Darius en voz monótona—. Si ya tiene dieciocho años, no hay eximición posible, así esté en medio del parto.

—De manera que un embarazo adolescente es prácticamente una sentencia a convertirse en tributo —dedujo Archimedes.

—Se supone que es una estrategia para desalentar las irresponsables relaciones prematuras entre jóvenes inmaduros —corrigió Darius, rebosando ironía—. Imagínate: inmaduros para procrear, pero lo bastante maduros como para matar o morir.

Archimedes asintió con cautela, sintiendo que era mejor no remover el avispero.

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Esa noche, Archimedes cerró bien y echó cerrojo a la puerta de su apartamento y se preparó a ver la Cosecha de los diferentes tributos. Era la repetición, no la emisión en vivo y en directo, pero tendría que servir. Él sabía que estaba mal visto en el Distrito entusiasmarse por los Juegos del Hambre, pero esos mismos Juegos habían sido una parte constitutiva tan importante de su vida desde hacía tantos años que no podía evitar la expectación.

Las selecciones marcharon sobre ruedas en todos los Distritos. En el Distrito 1, además del tributo elegido, había otros tres voluntarios que empezaron una pelea a puñetazo limpio sobre quién tendría el privilegio de competir. El ganador de la pelea, un grandote forzudo con cara de ya tener más de un muerto en la conciencia, fue finalmente seleccionado como tributo. En el Distrito 3 la chica elegida había muerto el día anterior, aunque su nombre aún figuraba en la lista. Hubo que volver a sacar un nombre para completar el trámite.

En el Distrito 11, el Vencedor Chaff estaba borracho también, aunque no tanto como el del 12, por lo menos. En su caso, la borrachera se manifestaba haciéndolo reírse en todos los momentos equivocados, cuando debía ser solemne. En el Distrito 12, a los editores del canal televisivo no les había, por lo visto, parecido necesario omitir el vómito de Abernathy… pero sí habían quitado a la hijita de la chica Hyacinth gritando y llorando por su mamá. De no haber estado presente en la Cosecha, Archimedes jamás hubiese sabido, con sólo ver la emisión televisiva, que la tributo tenía descendencia.

Por mucho que Archimedes quería creer que el Capitolio siempre tenía razón y que tomaba las mejores decisiones, a veces no podía evitar sentir que los habitantes de los Distritos tenía un poco de razón al no adorar al gobierno y admirarlo en todas y cada una de sus acciones.

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Ese año, los Juegos del Hambre fueron conflictivos para Archimedes.

Por una parte, conservaba la vieja pasión y el entusiasmo por ver qué tributo tenía las mayores probabilidades de ganar, quiénes tenían el mejor vestuario para el desfile inaugural, qué puntaje obtenía cada uno, qué se podía aprender de ellos en sus entrevistas, qué decían de ellos sus mentores y estilistas.

Por otra parte, no tenía ni por asomo tanto tiempo libre como antes, y no había nadie con quien compartir sus comentarios y observaciones. La gente se reunía en la plaza a mirar las emisiones en las pantallas gigantes dispuestas por el Capitolio, pero lo hacían sin el menor entusiasmo ni interés. Archimedes ya había asistido a entierros menos tristes que el ambiente que creaba esa gente mirando los Juegos, compartiendo cachitos de comida y consolándose mutuamente.

Por no mencionar que de algún modo se sentía inadecuado decir delante de toda esa gente que, con un puntaje de cinco, Hyacinth no era precisamente la persona por la que nadie apostaría dinero ni invertiría mucho en cuestión de patrocinio. Rufo, su colega capitolino y compañero de entrenamiento además de enemigo declarado, cometió el error de no tener esa delicadeza: había expresado en voz alta y clara que Sammy, el tributo, de todos modos sólo había sido una carga para el Estado y que debía estar agradecido de tener la oportunidad de competir y demostrar su valía.

A nadie le sorprendió realmente cuando el Agente de la Paz Rufo Mills apareció un par de días después en las cercanías de la verja golpeado hasta la inconsciencia, cubierto de moretones, con algunas costillas fisuradas, y en ropa interior. Un grupo de personas desconocidas lo habían atacado y golpeado hasta que perdió el conocimiento. Luego le habían robado la ropa, el dinero de llevaba encima, las botas y la linterna que usaba para la ronda de vigilancia nocturna.

Para Rufo, peor que la paliza, que desde luego no había sido agradable, fue la humillación de despertar rodeado de curiosos y casi desnudo. Clamó sangre y pretendió arrestar y torturar a medio mundo para que confesaran. Purnia se limitó a darle un mes libre de tareas con goce de sueldo, lo mandó a guardar cama por dos semanas, y para guardar las apariencias inició una investigación que se cerró a la semana por falta de pruebas o indicios.

Archimedes tenía que reconocerlo: vistos desde los Distritos y no del Capitolio, los Juegos adquirían una perspectiva completamente diferente. La gente se reunía a verlos, murmuraba y comentaba, pero no con el entusiasmo que solían mostrar sus padres y él en su casa: "el vestuario fue mejor el año pasado, cuando el tributo era ese chico tan alto y flaco", sino en un tono lúgubre y resignado: "los disfraces eran más llamativos el año pasado, cuando fue tributo mi sobrino Carl, que en paz descanse".

Darius se mantenía distante. Como Agente de la Paz debía mostrarse frío y profesional, pero sabiendo lo que sabía de la historia de su amigo y colega, a Archimedes no le sorprendía que Darius estuviese más del lado de la plebe que de los gobernantes.

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Los Septuagésimos Primeros Juegos del Hambre comenzaron por fin. Fue un año netamente desagradable: la arena era un gran desierto, con sólo algunos arbustos espinosos, poca agua y cantidad de escorpiones, víboras venenosas y lagartos de aspecto aterrador.

Había suministros, pero no eran ni por asomo suficientes, sobre todo cuando en medio de la pelea inicial se rompió uno de los tanques que contenían agua. Por la noche, la temperatura caía en picada, haciendo temblar de frío a los tributos y forzándolos a aovillarse para tratar de conservar todo el poco calor corporal que pudiesen. No había madera con la que encender un fuego para al menos intentar mantener el calor, y no fueron pocos los que murieron de frío. Durante el día, las temperaturas trepaban tan alto en los termómetros que hacían traspirar a los tributos la poca agua que hubiesen conseguido, acelerando la deshidratación y haciendo sus movimientos lentos y torpes. La mayoría de cuantos no sucumbieron al frío fallecieron a causa de la sed.

Y si aún quedaba alguien vivo, las serpientes y los escorpiones se encargaban del resto. Se suponía que los lagartos, aunque feos y agresivos, eran básicamente comida, por no decir casi la única cosa comestible en la arena. Pero entre la debilidad de los tributos para cazarlos y la ausencia de un fuego sobre el que cocinarlos, los lagartos fueron quienes más contentos terminaron los Juegos del Hambre, y quienes menos pérdidas de vidas tuvieron que lamentar.

Sólo uno de los tributos, la chica del Distrito 5, encontró el truco al sobrevivir a base de comer los huevos crudos de los lagartos y las serpientes. Sin tener el puntaje más alto ni ser una gran luchadora, fue la única que pudo sacar algún tipo de ventaja de un ambiente tan hostil, y acabó siendo la Vencedora, no por otro mérito que no fuese el de ser la última en seguir viva al cabo de doce largos días.

Los chicos del Distrito 12 no estuvieron siquiera entre los últimos ocho contrincantes. A Sammy lo mordió una serpiente el segundo día, cuando él la pisó sin querer; murió prácticamente en el acto. Hyacinth duró hasta el cuarto día, cuando la combinación de agotamiento, deshidratación e hipotermia hicieron que no despertara al cabo de una noche particularmente gélida.

Era raro, a la vez que enternecedor de alguna manera, observar a la gente observando los Juegos.

La gente que había visto en el Quemador estaba allí también, todos luciendo serios y hasta solemnes. El par de chicos que eran cazadores furtivos, Gale y Katniss, parecían especialmente gruñones. Archimedes tardó en caer en la cuenta por qué, hasta que Cornelia hizo una observación, en ese tono satisfecho tan propio de ella cuando se salía con la suya en algo:

—Al menos durante los Juegos está garantizado que tendremos electricidad, y que la Verja esté debidamente electrificada, como debe ser —declaró con una sonrisita de superioridad, dirigiéndose a Purnia—. Ojalá los Juegos fuesen más frecuentes… por multitud de razones.

Claro: con la Verja electrificada, los chicos no podían escabullirse a cazar… eso debía tenerlos de mal humor, por no decir hambrientos. Aparentemente Purnia había llegado a la misma conclusión, porque durante ese día y los dos siguientes la Verja permaneció desactivada e inofensiva.

—Sólo tenemos electricidad suficiente para hacer funcionar las pantallas o electrificar la Verja, una de dos —explicó Purnia con un encogimiento de hombros cuando Cornelia exigió explicaciones—. Tuve que priorizar.

Archimedes sonrió ligeramente para sí y no comentó nada sobre el cable que colgaba desenchufado en la Oficina de Energía.

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Medio mundo le llevaba comida, pequeños juguetes de fabricación casera y hasta piezas de ropa a la pequeña hija de la tributo. La destrozada madre de la tributo y abuela de la niñita agradecía con débiles sonrisas y lágrimas en los ojos cada regalo. Las cosas conseguían distraer por un rato a la pequeña, pero siempre acababa volviendo a preguntar por "¿Mami?" en un tono de confundida inocencia que le arrancaba lágrimas a la mayoría de los interlocutores.

La mujer se quebró finalmente al ver la muerte de su hija en las pantallas gigantes instaladas en la plaza. Mientras otras dos mujeres y un hombre la atendían (sin intentar consolarla, observó Archimedes, sino dejándola llorar) otro par de personas se ocupó de la pequeña, que lloraba más de susto que porque entendiera qué había pasado, o al menos eso rogaba Archimedes.

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Si en el Capitolio el final de los Juegos del Hambre era recibido con fiestas y una nueva temporada de moda, frecuentemente inspirada en la temática de los Juegos, en el Distrito 12 el final de los Juegos se recibía con suspiros de alivio y disimulados gruñidos de furia ante el hecho que otra vez el Capitolio les había quitado a dos de los suyos.

No había celebraciones, ni programas de chimenterío, ni desfile de nuevas modas, ni gente enriquecida o empobrecida por las apuestas que había ganado o perdido. El único cambio era que una familia y el orfanato guardaban luto, que también era diferente al Capitolio.

En la ciudad natal de Archimedes, quienes habían perdido un familiar directo vestían de impecable negro y mantenían el maquillaje al mínimo durante cuatro meses; ése era el "luto riguroso". Durante los siguientes cuatro meses se llevaba el "luto de alivio", durante el cual se incorporaban algunos toques de color y el maquillaje volvía a sus estándares alegres (los distritos dirían 'estridentes') de antes. Por último, a lo largo de otros cuatro meses los deudos volvían a vestirse y maquillarse como de costumbre, pero estaba mal visto que llevasen joyas o fuesen anfitriones de eventos sociales, aunque podían asistir a ellos siempre que no rieran fuerte, no bailaran y no cantaran. Cumplidos un año y un día (lo de un día era especialmente importante y había causado la pérdida de reputación de más de una familia si no se cumplía al pie de la letra) el luto se daba oficialmente por concluido y los parientes del difunto podían retomar su vida normal.

En el Distrito 12, quienes habían perdido un familiar directo se vestían igual que siempre, aunque se ataban una tira de tela negra alrededor del brazo izquierdo, a medio camino entre el hombro y el codo, como aprendió Archimedes al preguntar por qué una decena de niños que salían de la escuela tenían descoloridas tiras de tela oscura en los brazos: eran los residentes del orfanato. En la puerta del hogar de duelo se colocaba, al regresar del entierro, un ramo de un tipo particular de flores que crecían en la Pradera, un amplio terreno baldío situado entre la Verja y el fin de la Veta. Estas flores, de color azul intenso, duraban un par de días sin agua, y finalmente daban lugar a unos capullos de semillas que, pasadas unas cuantas semanas, se abrían y dejaban salir las semillas, rodeadas de una ligera pelusa blanca que les daba cierta aerodinámica, y que el viento se ocupaba de desparramar. Ése era considerado un símbolo de la vida, la muerte, el cambio y la renovación que traían consigo. Los brazaletes de tela cada miembro de la familia se los quitaba cuando las semillas habían desaparecido por completo del capullo, o a más tardar cuando sentía que podía recordar con más cariño que dolor a quien había fallecido. A veces eso tomaba algunos meses, a veces un año, ocasionalmente más.