Remember the Sin

Faltaban ya escasos diez minutos para la reunión, se escuchaban los ecos de las voces tras las puertas; adentro, los hombres y también algunas mujeres vestidos correctamente con sus trajes de etiqueta charlaban, discutían, bebían una taza de café fuerte para aminorar los efectos de la fría lluvia en el exterior, esperaban ansiosos a que diera la hora justa y todos estuvieran juntos. Era una reunión importante, y caída justamente en un día revelador: era primero de septiembre, y habían pasado exactamente 70 años desde que se iniciara la Segunda Guerra Mundial. Parecía un día propenso para el desastre, y el mal clima parecía gritarlo a voces.

-¿Quiénes faltan? –preguntó la seca voz del británico, quien se había negado en redondo a beber café y degustaba un té suave en una taza pequeña.

-Tranquilo, mon ami, aún tenemos tiempo. –le consoló Francis, sonriéndole con su característica mirada sardónica. –Mucho tiempo de sobra, debo añadir.

-Silencio, rana. –gruñó el otro. –No estoy de humor para soportarte hoy…

-Oh, ¿acaso Inglaterra está amargado de nuevo? –preguntó con tono divertido Alfred. -¡Jajaja! Creí que este clima te gustaba.

-No es por el clima, idiota.

-Ve~ -murmuró inocente Feliciano, que se mantenía distraído jugando con un bolígrafo sobre la mesa, sentado al lado del silencioso Kiku que observaba la escena de pleito con todo su estoicismo.

La batalla estalló una vez más. Arthur y Francis comenzaron a discutir, mientras Alfred, en medio de ellos, reía divertido. Los insultos volaban, casi callando el ruido de la lluvia en el exterior.

-¡No vuelvas a llamarme vándalo, idiota!

-¿Y cómo te digo, cherí, si no eres más que eso aunque ahora finjas portarte bien?

-¡Silencio, o te declararé la guerra ahora mismo…!

-¡BASTA! –tronó una voz grave y fuerte que rompió la discusión. Arthur y Francis musitaron a la vez con evidente sonrojo:

-Alemania…

El aludido los miraba con ojos febriles, pero al hablar recuperó su tono sensato, más adecuado a la expresión indefinida de su rostro.

-No deberían jugar con esas cosas por estupideces. Tienen el orgullo de encontrarse aquí todos como naciones hermanas y no tenemos porque…

Una voz suave interrumpió su discurso, y una figura pequeña apareció envuelta en un impermeable negro que dejó caer en la puerta de entrada.

-¡Lo siento, lamento mucho la demora, es que estaba ocupada y la lluvia me retrasó!

Los ojos de todos se clavaron en la mujer, de piel morena, cabellos oscuros y expresivos ojos de un color indefinido que parecía a momentos dorado. Alfred sonrió, agitando su mano y gritándole:

-¡Hello, Mexico! ¡Ven aquí!

La latina se sentó entre Alfred y el silencioso Matthew, que al verla murmuró:

-Hola, María…

-Hola, Mattie. –repuso ella. Arthur, aprovechando esa distracción para alejarse un par de asientos de Francis, echó una mirada a su reloj y anunció:

-Son las diez. Ha comenzado la reunión.

Durante más de dos horas los temas a tratar fueron discutidos, no sin intervalos de violencia donde todos se gritaron de todo, incluyendo a aquéllos países que por convicción o fuerza eran neutrales, todos parecían tener motivos de disputa aquélla mañana; en medio del tumulto, hubo un instante en que Alfred tomó la palabra y habló de tirón por casi diez minutos respecto a su idea para mejorar la economía de los países con bajo desarrollo, provocando un gruñido de desprecio entre algunos de los presentes, especialmente por parte de María, que lo miraba con los ojos entrecerrados y masticando su rabia; rara vez se atrevía a llevarle la contraria al norteamericano, pero en esos instantes estaba deseosa de decirle un par de cosas. La bomba estalló cuando de pronto, a él se le escapó decir:

-Y realmente creo que las vallas son un buen aditamento…

-¿Aditamento para qué? –saltó ella de pronto, poniéndose de pie. -¿Para seguir jodiéndome?

Se hizo silencio. Alfred, con su habitual sonrisa, replicó:

-Mary, please, tú y yo sabemos que no me gusta…

-¡Ah, ya sé por dónde vas! ¡No te gusta que mi gente viva en tu casa pero te gusta que trabajen para ti!

-No quise decir eso…

-¿Entonces me puedes explicar porqué carajos no detuviste el remedo de construcción de tu maldito muro, gringo?

-Because…

-¿Y qué me dices de todos los problemas que trajo eso, eh? Los dos metros de frontera que por poco me quitas, la fractura de la reserva… las inundaciones…

Parecía que por fin había reunido el valor para gritarle todo lo que había estado mascullando y tratando de arreglar tibiamente durante años, los demás sólo se reducían a mirarla, estupefactos, desconocedores de aquélla faceta brutal por parte de la latina; todos, excepto Francia y España, pensaban que era una mujer dócil, amistosa y siempre dispuesta a los mejores arreglos, pero aquélla exhibición de agresividad indicaba todo lo contrario, y luego de despotricar por casi cinco minutos contra su vecino del norte, la voz le falló y tomó un respiro, dándose cuenta de las miradas a su alrededor.

-Lo siento… -susurró apenada, sintiendo que sus ojos se humedecían. Incapaz de continuar, echó a correr a la puerta de salida, ignorando los gritos de:

-¡México, espera!

-Darling, wait!

-Oh, mon Dieu…

-Iré por ella. –dijo tranquilamente Ludwig, saliendo a su encuentro. No tardó mucho en dar con ella, se había refugiado en uno de los salones secundarios, apenas iluminado por la luz pálida que se colaba de los ventanales; la latina estaba encogida contra la pared, tratando de controlar las lágrimas que arruinaban el suave maquillaje de sus ojos.

Con paso suave, Ludwig se acercó a ella.

-María…

-¡Ah! Lo siento… lo siento muchísimo… -dijo mientras trataba de secar las últimas lágrimas. –Debí… perdón, debí portarme mejor…

-Sí, tienes razón. –Ludwig tomó un pañuelo de su bolsillo y lo pasó debajo de los ojos de la joven, limpiando las manchas negruzcas del maquillaje corrido. Ella trató de sonreírle, a pesar de que sus labios temblaban, y un rubor tenue se extendió sobre sus mejillas. -¿Was? ¿Aún te preocupa la cercanía de otros?

Ella entreabrió los labios en un gesto de sorpresa. Sabía muy bien a lo que él se refería, pues años atrás le había hecho la misma pregunta, en una circunstancia muy diferente a aquélla, pero, qué curioso, parecía que el comentario había recorrido la distancia y el tiempo suficiente para presentarse una vez más en el mismo día en que, setenta años atrás, se le hubiera formulado por primera vez.

De pronto las manos de Ludwig se cerraron alrededor de sus hombros, dándola la vuelta para dejarla de espaldas a él; un dedo se escurrió debajo de su blusa, pasando por su cuello, en un lugar ubicado cerca del hombro. La caricia le provocó un estremecimiento casi imperceptible a la latina.

-Tienes memoria táctil, por lo que veo… -susurró el germano, tocando de nuevo aquél punto. –Lo recuerdas, ¿verdad?

-Recuerdo muchas cosas. –admitió finalmente la latina, tratando de adoptar una expresión neutral. –Recuerdo la noche, el frío…

-Estabas temblando. Justo como ahora. –los labios de Ludwig se acercaron a su oído.

-Estaba asustada. –murmuró ella débilmente. Ludwig sonrió, alejando su dedo del cuello de ella y rozando con el mismo apéndice un lugar junto al omóplato izquierdo de la mujer.

-¿Aún está? –preguntó enigmáticamente.

-Casi no se ve ya…

-Ah, sí. Tanto tiempo ha pasado. ¿Recuerdas cómo te la hice? –preguntó con un tono de diversión en la voz. María mordió sus labios antes de contestar lánguidamente:

-Sí, lo recuerdo bastante bien… Pensé que no se borraría… y que si Alfred la veía…

-No hables de él ahora. ¿Porqué habría de verla acaso? –como única respuesta, la latina se encogió de hombros. –Hmm… supongo que a veces le da el viejo hábito de… tocar donde no debe… husmear donde no debe… -su mano izquierda rodeó la cintura y los brazos de María, estrechándola contra su cuerpo sin que ella ofreciera más resistencia que un respingo de sorpresa.

-Ludwig… no…

-¿Nein? –la mano derecha del hombre acarició la mejilla de ella, bajando lentamente por su cuello. –Creí que te gustaba… recuerdo que te gustaba… -sus dedos rozaron el seno derecho de ella por encima de la blusa, y continuó con su descenso, atento a la respiración nerviosa de su compañera mientras viajaba por su vientre, y luego alcanzando su muslo derecho, hasta el final de la falda. -¿No es así?

-Ludwig… por favor, aquí no… -rogó a media voz María, sintiendo cómo la mano de él comenzaba a levantarle la falta, apenas lo suficiente para alcanzar el interior de sus piernas con una caricia ansiosa que amenazaba con hacerla perder el control. –Ya no es lo mismo…

-Mismo día, diferente año… -contestó él con seriedad antes de soltar una risita. -¿Y esto qué es? –preguntó sujetando uno de los elásticos de un liguero rojo, soltándolo de golpe haciendo que azotara la pierna de la latina.

-Es un liguero… ¿porqué preguntas?

-Me recuerda uno… muy parecido a este, casi idéntico… que te regalé hace setenta años.

-Sesenta y nueve años en realidad. Fue en la primavera de 1939…

-Ah, de verdad recuerdas todo. –celebró Ludwig, dejando por la paz el liguero y siguiendo con su caricia. -¿Porqué lo usaste hoy, porqué ahora?

-Mis… mis otros ligueros no estaban… -María parpadeó y soltó un jadeo, intentando conectar bien su cabeza con su lengua aunque el ardor en las piernas le indicaba que estaba a unos pasos de tirar por la borda su entereza y su frialdad. Ludwig sabía esto, la conocía bastante bien, bastante mejor que el propio norteamericano, y sólo le bastó murmurar, con voz tan suave que parecía un ronroneo:

-¿Recuerdas aquél día caluroso de primavera que te encontré desnuda en el río?

Funcionó como un conjuro. Un quejido débil surgió de los labios de la mujer, y sintió algo tibio y húmedo en su ropa interior; Ludwig deslizó su mano más allá, acercándose a la zona íntima de la latina y sonrió victorioso.

-Mein lieber… ¿acaso te has mojado?

-Cállate… -gimió ella mientras Ludwig acariciaba suavemente su región, provocándola más. María ladeó su cabeza hacia atrás, los labios entreabiertos y jadeantes, los ojos cerrados, la respiración cada vez más agitada. Nunca lo aceptaría en voz alta y mucho menos ante los demás, pero aquello le gustaba mucho, y deseó que no terminara nunca.

Pero debió terminar, pues mientras los dedos del germano intentaban abrirse paso entre la ropa interior de ella para poder darle un mejor placer, unas voces en el pasillo los alertaron de que algunos, preocupados por su tardanza, andaban cerca, y para aumentar su ira una de las voces correspondía a Alfred, quien gritaba:

-¡Mary! ¡Mary! Where are you?

-Scheisse… -gruñó Ludwig, apartándose bruscamente de María, quien ni tarda ni perezosa se acomodó bien la falda y recuperó en segundos la compostura.

-Estuvo cerca… -dijo para sí misma mientras caminaba, con paso firme, a la salida.