María caminaba apresuradamente por el estrecho pasillo alfombrado, temblando de frío y empapada de pies a cabeza; afuera, la lluvia no cesaba de caer, inundando la atmósfera de una tenue niebla que ascendía despacio cubriendo la vista de cualquiera que no estuviera en un sitio prudentemente alto. Agotada, llegó por fin a su recámara, y lo primero que planeó fue darse una larga ducha para quitarse el frío y para relajar sus piernas, cansadas por haberlas forzado a andar con unos tacones tan horriblemente altos.

Abandonó toda su ropa en el resquicio de la puerta del baño, llenó la tina y cuando estuvo lista, se sumergió en ella gozando de la caricia del agua tibia, pensando…

-He ido muy lejos esta vez… -se dijo a sí misma, recordando el incidente ocurrido en la sala de juntas cuando (afortunadamente) nadie podía verla. No quiso ni imaginarse la cara de desconcierto y espanto de los demás si acaso hubieran entrado en ese preciso instante y la hubieran encontrado en una postura tan indecorosa, acostada boca abajo sobre la mesa y con Ludwig justo detrás de ella sujetándola de las caderas… de una manera tan dominante… besando su cuello y acariciando su…

-¡Con un demonio! –gruñó en voz baja, sumergiéndose por unos segundos en el agua como para lavarse de la cabeza esos pensamientos. Al fin y al cabo, recordó con un estremecimiento, ése método lo había visto ser usado por los Inquisidores en tiempos de su padre, cuando era apenas una colonia.

Cuando se sintió más relajada, salió de la tina y se secó ahí mismo el cabello, pasándose la toalla por el cuerpo rápidamente antes de envolverse con ella y salir, con el ánimo alegre por saber que el día siguiente era el último de la junta, y dispuesta a pasar toda una noche de reparador sueño…

-Te estaba esperando. –susurró una voz a sus espaldas. Toda su piel se erizó al reconocer aquél murmullo vehemente y amenazador, pero no alcanzó a volver su mirada siquiera porque de pronto alguien le cubrió los ojos con una cinta de tela negra, cegándola.

-¡Ay! –chilló de la impresión, mientras un par de manos ataban firmemente los extremos de la tela detrás de su cabeza. Cuando terminó, sintió aquéllas mismas manos arrebatarle de un violento tirón la toalla, y el frío la hizo estremecerse; una risita burlona precedió a la voz de Ludwig:

-¿Tiemblas? ¿Acaso tienes miedo?

-Debería, ¿no crees? –contestó la latina. –Alguien que entra de pronto en la recámara de una dama y le cubre los ojos no puede tener buenas intenciones.

-Es verdad. Ninguna… -añadió en un tenue susurro el germano antes de conducirla lentamente hacia la cama, quedando ambos de pie frente a ella y con él todavía abrazándola por la cintura. -¿Preferirías poder ver lo que hago? Aunque… no creo que quieras…

-Sería… lo mejor… -susurró ella, pasando saliva con dificultad, sabía bien lo que se venía, aunque realmente nunca Ludwig la había tratado de aquél modo; esperó, tensa, mientras su compañero pasaba despacio una de sus manos desde su cintura hasta su cuello, y luego de ahí hasta la delicada seda negra, que deslizó sin desatarla. Los ojos de ambos se encontraron, los de ella con la premura y la angustia que antecedía a lo que iba a pasar, y los de él con fría precisión y con una enloquecida hambre. Los labios de la joven temblaron antes de decir débilmente:

-Tú aún estás vestido…

-¿Hmm? –Ludwig parpadeó confundido, y luego se miró; efectivamente, aún llevaba encima su camiseta negra y el pantalón, pero fuera de eso no usaba nada más. –Sí, tienes razón… pero eso se puede arreglar… se va a arreglar pronto…

-¿Cuándo? –replicó ella con una voz dulce, ondulante y sugerente. Como respuesta, su compañero sonrió, y una vez más atrapó el cuello de la latina en su brazo, inmovilizándola y empujándola sobre la cama.

-Quédate quieta… -le ordenó con su característica sequedad mientras su otra mano buscaba algo. María lo miró de reojo preguntándose qué estaría buscando, y entonces vio el destello de algo con un fuerte color rojo; abrió desmesuradamente los ojos al reconocer aquél pañuelo con su fatídica señal bordada sobre él.

-¿Qué harás con eso?

-Levanta los brazos.

-Pero…

-¡Dije que levantes los brazos! –ordenó con su voz más amenazadora, y a María no le quedó otro remedio que, con dificultad a causa del peso de Ludwig que la aplastaba contra la cama, puso sus brazos adelante, muy juntos. Hábilmente, Ludwig pasó el pañuelo por las muñecas de la latina, haciendo una especie de doble nudo para evitar que sus manos chocaran entre sí, y luego, para gran desconcierto de ella, sacó una pequeña navaja.

-No… no irás a hacerme lo mismo que… la última vez… ¿cierto? –preguntó con voz anhelante.

-Nein. –respondió mientras la obligaba a alzar un poco las manos, pegándolas a la cabecera de madera de la cama, y luego clavando la navaja en el medio del nudo para dejarla enganchada y sin posibilidades de soltarse. María suspiró, aliviada por no tener que volver a sentir el filo del arma en su piel, pero preocupada porque, por lo visto, la situación no dejaba de ser peligrosa.

Una vez más, Ludwig colocó la venda improvisada sobre los ojos de ella, y cuando terminó se levantó pesadamente de la cama, tan silencioso como un gato; María ladeó a ambos lados su cabeza, tratando de encontrarlo por medio del sentido auditivo e intentando adivinar qué clase de planes tendría el germano para ella ésa noche. Escuchó un tenue sonido que no pudo identificar, y unos segundos después volvió a escucharlo hablar, bastante más cerca de lo que esperaba.

-María… has sido bastante mala recientemente. Y a quienes se comportan así… -Ludwig soltó una risita viciosa, haciendo que instintivamente la latina se revolviera nerviosamente. –… merecen un castigo.

-Lud… ¡AH!

Tal y como imaginó, el primer golpe la tomó por sorpresa y la hizo gritar más fuerte de lo planeado; oyó un chasquido cortar el aire antes de que una vez más, la fusta descendiera y volviera a golpearla. Los azotes continuaron por un rato breve, en los cuales María sólo se dedicaba a morderse los labios o a hundir los dientes en la almohada para sofocar sus gritos y también a moverse intentando, en vano, liberarse de su atadura. Por fin, un golpe final mucho más fuerte que el anterior, cayó justo en un sitio sensible en su espalda, y para su propio desconcierto el golpe la hizo gemir; Ludwig se detuvo, y se acercó a examinar el lugar donde la había golpeado mientras ella intentaba recuperarse, respirando profundamente y temblando.

-¡Ah! Ya veo… -murmuró Ludwig, y dibujó en sus labios una sonrisita nostálgica mientras su dedo índice acariciaba una pequeña cicatriz, que el fuerte golpe había reventado y hecho sangrar ligeramente. María arqueó su espalda, incómoda por la presión ajena sobre su herida reabierta. –Sigue aquí, tal y como imaginé… -alzó la cabeza, escuchando el débil gimoteo de la latina. -¿Qué sucede, ya te cansaste de jugar? –preguntó, llevando la fusta al rostro de la joven y acariciándola en una mejilla con ayuda de ésta.

-Por favor… -rogó ella, pero no pudo continuar la frase. Estaba en medio de un dilema terrible, quería dejar de ser lastimada pero en el fondo, muy en el fondo, había algo de placentero y de deseado en toda aquélla situación; no se trataba de lo que pasaba, sino de quién era; se trataba de lo mucho que extrañaba poder sentirlo tan cerca y tan íntimo, poder estar a su merced y poder darle lo que decidió negar a otros a pesar de los muchos ofrecimientos que había recibido antes y que, sabía, seguiría recibiendo. Qué más le daba que tuviera deseos y gustos tan… poco habituales, se sentía segura en sus manos.

-¿Bitte? –repitió el otro en su idioma. –Bien, tomaré eso como un no…

Lo escuchó alejarse. Se estremeció angustiada, ¿acaso la había dejado ahí? Esperó silenciosamente por lo que le resultó casi una eternidad aunque apenas pasó un minuto, respirando dificultosamente, con el cuerpo cubierto de unas leves gotas de sudor y todavía dolorida por la postura de sus brazos y por los golpes en su espalda. Nerviosa, se atrevió a susurrar:

-¿Ludwig?

-¿Sí? –contestó él de pronto cerca de su oído derecho, haciéndola soltar un respingo por la sorpresa. Algo ligeramente áspero rodeó su cuello con fuerza, obligándola a estirar la cabeza hacia atrás mientras su amante subía a la cama, empotrándose contra ella. Ludwig deslizó su mano libre por entre las piernas de la latina, separándolas con brusquedad y acariciando por fin su intimidad, pasando sus dedos cerca de su zona más sensible hasta que la escuchó gemir. Sonrió, continuando con la caricia mientras María, jadeando, trataba de mover sus caderas contra los dedos de Ludwig. Uno de ellos, repentinamente, se introdujo en su delicada entrada y lanzó un grito ahogado mientras su amante lo movía de adentro hacia afuera. –Estás mojada, puedo sentirlo… te gusta que te haga esto, ¿verdad? Contéstame…

-Sí… ah~ … sí me gusta, mucho… -respondió mientras gemía, con los labios entreabiertos. Las manos de Ludwig se apartaron lentamente de ella, y escuchó el sonido que hace una prenda al caer al suelo un par de veces. Luego, sintió cómo el germano se acomodaba entre sus piernas. Ludwig se inclinó sobre ella, subiendo lentamente y besando las heridas que le había dejado, empujando con delicadeza su cadera, apenas penetrándola; los gemidos de la latina se redoblaron así como su agitación, y cuando llegó a la altura de sus hombros se detuvo, mirando fijamente la cicatriz abierta; la besó, mojándose los labios con algunas gotitas brillantes de sangre, y siguió avanzando hasta quedar a la misma altura que María.

-Espero que estés lista… -susurró apenas junto al oído izquierdo de su amante.

-Estoy lista. –replicó con la voz más suave que pudo. Apenas oírla, el alemán no perdió más tiempo y se introdujo en ella con un fuerte tirón; hubiera ella gritado, de no ser porque en ese mismo instante, aquélla cosa áspera que había sentido en un principio se tensó con fuerza alrededor de su cuello, cortándole la respiración.

-¡Aaagh… Ludwig! –jadeó casi sin voz. Él ya no parecía prestarle atención, dedicado a moverse en un violento vaivén que la hizo temer que la lastimara de gravedad mientras su mano tiraba cada vez más fuerte del liguero rojo que había colocado alrededor del cuello de la latina. El tenue placer que sentía cada vez le parecía más distante, ahogado por el temor que sentía de que él fuera demasiado lejos o perdiera el control, y trató una vez más de liberar sus manos para, al menos, liberar la tensión del liguero que empezaba a asfixiarla; escuchaba cada vez más distantes los jadeos de Ludwig y su cuerpo empezó a debilitarse, sólo le quedaba la sensación de las bruscas embestidas tras ella.

-María…

Su cuerpo entero hormigueó como si acabara de despertar; ya no tenía el liguero en el cuello y respiraba entrecortadamente; ladeó la cabeza y vio a Ludwig, que había perdido todo destello de crueldad y la miraba ansiosamente, casi con temor.

-Ludwig… -susurró apenas le volvió la voz.

-¿Estás bien? –preguntó angustiado.

-Yo… yo…

-Lo siento… -murmuró débilmente. –He pasado la línea… te hice daño.

-No… espera… -desconcertado, Ludwig volteó a mirarla, topándose con su rostro dulce, aún nervioso pero anhelante. –Por favor… no te vayas…

-María… -susurró. Llevó una mano a la navaja y la desclavó con fuerza, tirándola al suelo; luego, sujetando a María de la cintura, le dio la vuelta acostándola boca arriba, y se echó sobre ella cubriéndola de besos en el rostro, en los labios, en el cuello; con cuidado, María pasó sus manos aún atadas hacia adelante, abrazándose a su amante, suspirando, llamándolo a viva voz.

-Ludwig… Ludwig… -gemía mientras él deslizaba sus labios por sus senos, cubriéndolos de besos ansiosos, haciéndolo alzar la mirada hacia ella. –Hazme tuya…

-Sí… lo haré…. –replicó con voz tenue, abriéndose camino una vez más entre sus piernas y tomándola, con embestidas suaves y rítmicas, deteniéndose con una mano sobre el colchón y usando la otra para rodear la espalda de María y atraerla hacia sí, besándola con ansiedad y pasión en los labios con la premura del miedo y de la despedida pronta, sintiéndose igual que la última vez que estuvieron juntos a sabiendas de que, cuando él abandonara la casa de la mexicana, sería sólo para enfrentarse a un mundo hostil que lo odiaba y que lo quería destruir. Al pensar en aquello, el dolor le provocó una punzada en el alma y mordió con fuerza el labio inferior de la latina, que soltó un débil quejido; lamió prontamente la sangre y siguió moviéndose, deseoso de alcanzar una vez más aquél paraíso prohibido que durante tantas décadas anhelo probar de nuevo, escuchando gozosamente los gemidos y los suspiros de su amante, respondiéndole con el mismo ahínco.

-Ludwig… Ludwig… -jadeó María a pesar de lo difícil que le resultaba hablar con aquél ritmo brusco que tenían ambos. –Me… me voy a venir… ¡ah…!

No le pidió que lo esperara, Ludwig se movió más aprisa, empujándose bruscamente contra ella.

-María… mein lieber… aaah…

-¡Ludwig! ¡Aaaah aaah!

Las uñas de la latina se clavaron en la espalda del alemán, él hizo lo mismo pero sobre sus caderas, mientras los dos alcanzaban al mismo tiempo el clímax y recorrían, sin saberlo, por un breve instante, una especie de cielo por el que sólo ellos podían transitar, haciéndoles olvidar el dolor físico y el temor emocional.

Cuando aquello terminó, se encontraron ambos temblando, jadeando y cubiertos de sudor propio y ajeno, mirándose a los ojos y todavía materialmente aprisionados uno en brazos del otro. Despacio, Ludwig se salió del tibio interior de María, y la ayudó a acostarse sobre la cama; la latina arqueó la espalda y gimoteó dolorida.

-¿Qué tienes? –preguntó él.

-La espalda… me duele… -no era para menos, además de los azotes había tenido que soportar un buen rato el peso de su amante sobre ésta sin más apoyo que sus rodillas. Ludwig sonrió cariñosamente, y le desató las manos dejándola completamente libre; pero libre era lo último que quería ser en ése instante, y María lo contempló con ilusión. -¿Te quedarás conmigo?

-Sólo si tú quieres…

-Sí, sí quiero.

El alemán se dejó caer pesadamente a su lado, abrazándola por la cintura para acercara a él, y estuvo largo rato besando su nuca y murmurando algo en su idioma que, si bien María en principio no pudo entender, la relajó y la hizo caer en el más bendito y dulce sueño de todos.

Despertaron con el sonido de los automóviles en el exterior y con la fría brisa dejada por la lluvia de la noche anterior. El sol entraba a raudales por la ventana, acariciando apenas el borde de la cama donde Ludwig y María seguían dormidos muy juntos. El primero en despertar fue, naturalmente, Ludwig, quien sonrió y depositó un beso en la cabeza de su compañera antes de levantarse.

Una mano lo retuvo y lo hizo volverse bruscamente. María acababa de despertar y lo miraba sonriendo.

-¿Was? –preguntó.

-¿A dónde vas?

-La reunión… empezará en…

-No. –le replicó, incorporándose apenas del lecho y cubriéndose con ayuda de las sábanas. –Aún no.

-Pero, María… -contestó Ludwig con evidente turbación.

-La reunión será hasta mediodía. Aún tenemos tiempo. –dijo ella.

-¿Tiempo… para qué?

María se levantó, arrodillándose en la cama y echándole los brazos al cuello a su amante, sonriéndole con total ternura.

-Para recordar… -susurró.

Él también la abrazó, estrechándola felizmente contra sí. Habían pasado tantos años desde la última vez que estuvieron así de cerca que temió nunca volver a tener una oportunidad así, pero la dicha era mucho más grande y había acabado con aquél miedo. Ésa pequeña acción, que en su momento hubiera sido tomada como un pecado, era ahora su bendición y la salvación de sus almas. Así, juntos y recuperados de aquéllas memorias, miraron sujetos uno al otro el amanecer.

FIN