N.A.: Después de haber visto todo el musical, decidí hacer un fic de ésta obra. Sólo que decidí cambiar todo el final de la obra, o al menos la última parte. Si les gusta pueden dejar reviews. Acepto sugerencia, aunque si no les gusta, sólo no lo lean. Gracias.

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Los gitanos caminaban por las calles de París, unos danzando en una esquina y otros caminaban cantando aquellas melodías que sabían. Todos trataban de entretener a la gente por un momento, sacarles una sonrisa. Algunos aceptaban las monedas que la gente les daba, otros sólo negaban y explicaban que lo hacían por gusto. Había grupos de personas en cada uno de los entretenimientos, pero no había tantos como los que miraban a la gitana y al moreno gitano. El chico permanecía sentado, con una mano sosteniendo la de ella mientras entonaba una canción. La joven descalza por su parte, bailaba, giraba y algunas veces, compartía el mismo que canto que el de él.

—Somos los ilegales, somos extranjeros... Clandestinos. Mujeres y hombres, sin domicilio. Oh Notre Dame, venimos a pedir asilo.

Lo cantaban tranquilamente, ambos; tanto el joven como la chica, sentados a un lado de la catedral de París. La mayoría de la canción era esas simples líneas. El joven llevaba una camiseta blanca al igual que sus pantalones, unas cuantas manchas negras cubrian parte de su camiseta. Su rostro estaba pintado con unas líneas curvas, parecido a un tigre. La joven llevaba un largo vestido color verde, una delicada abertura a un lado de su pierna. Danzaba con gracia, su cabello castaño y un tanto rizado de las puntas se movía con cada movimiento que ella daba.

—Ya somos más de mil, entrando en la ciudad... Vamos a ser diez mil, vamos a ser cien mil. Seremos un millón, los que van a pedir asilo.

Estuvieron un largo rato entreteniendo a la gente con aquella melodía. En efecto, a parte de la joven vestida de verde había muchas más jóvenes, incluso más grandes que ella. Todos vestían harapos, o si no, tenían la ropa manchada, rasgada y en malas condiciones. Todos los demás gitanos, hacían coro a aquella melodía, algunos dando piruetas, dando vueltas. Todo un espectáculo. Las demás personas sólo los miraban.

—Somos vagabundos, las puertas forzaremos. El mundo va a cambiar, iremos a ocupar París.

Pasó un poco más de tiempo, antes de que todos se detuvieran y solamente hicieran unos cuantos movimientos. La gitana dejó de bailar y se sentó a un lado del moreno. Ambos continuando con aquél canto contagioso. Sus voces resonaban por aquella calle, incluso llegando a penetrar a la catedral de París.

El archidiácono dejó de hacer lo que estaba haciendo y echó un vistazo por la ventana de la catedral. Pudo observar al grupo de gitanos que danzaban y cantaban justo a un lado de la catedral. Torció los labios y comenzó a bajar los escalones para dirigirse a la entrada de la catedral, no iba a permitir que aquellos gitanos continuaran con sus ridículas canciones, sólo envenenado las mentes de las personas.

Por allí, igualmente pasaba el capitán de los arqueros, deteniéndose un momento para observar aquél espectáculo. Arqueó una ceja al ver al grupo de gitanos dando aquél entretenimiento. De nuevo, los gitanos tratando de ganarse dinero, pensó. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de irse, su mirada se detuvo en la joven, la joven gitana. Miró como ella se paraba y de nuevo comenzaba a dar unas cuentas vueltas antes de volverse a sentar. Se le quedo mirando un largo rato, era hermosa.

Sólo pudo volver a la realidad, justo cuando escuchó las puertas de la catedral abrirse y volviendo la mirada, observando al archidiácono, el cuál se dirigía al grupo de gitanos. Por la expresión de su rostro pudo ver que no estaba muy contento. Se acercó un poco más para poder ver lo que pasaría.

—Sir Febo de Chateaupers, capitán de todos los arqueros —Comenzó a decir el archidiácono —. Le pido que aleje a éstos gitanos, a éstos paganos. Aquellos que están destruyendo la paz aquí en Notre Dame.

El capitán asintió ante la orden, haciendo un movimiento de cabeza para que los demás arqueros comenzaran a llevarse a los gitanos.

—Son tus órdenes, archidiácono. En el nombre de Dios, ahuyenten a éstos gitanos de aquí.

Los arqueros corrieron contra los gitanos, pero éstos echaron a correr por las calles. El chico moreno jaló suavemente del brazo a la gitana para echarse a correr pero ésta fue detenida por el capitán, por lo que no pudo seguir a su compañero. El capitán la jaló de un brazo lo más delicado y firme que pudo, pero ella forcejeó y se zafó de su agarre, haciéndose a un lado de él.

—¿Qué quieres?

El capitán alzó un poco las manos, tratando de hacerle entender que no le haría nada malo. Justo cuando iba a acercarse un poco más a ella, ella corrió a un lado, para quedar de nuevo lejos de él. El chico dió un suspiro y se detuvo, sólo mirándola, mientras ella caminaba enfrente de él, observándolo igual, esperando que él hiciera el primer movimiento.

—¿De dónde eres tú, bella extranjera? —Preguntó el chico, tratando de ser más amable.

La gitana lo miró, pero no articuló ninguna palabra. Sólo lo miraba.

—Hija de las estrellas o de la tierra, pájarillo del paraíso, ¿que te trae por aquí?

La gitana cansada de seguir esperando, se sentó en un escalón justo enfrente de las puertas de la catedral. Suspirando. El capitán sonrió levemente haciendo un intento de acercarse a ella, sin embargo el chico moreno, el gitano se interpuso, dándole un pequeño empujón con sus manos. El capitán se hizo hacia atrás, el gitano lo miró, él era un poco más grande que el capitán. La gitana seguía sentada en un escalón, y soltó una risita cuando vio que lo empujaban. El gitano, se fue a sentar del otro lado, vigilando por si algo pasaba.

—Mi madre amaba tanto España, creo que era de esos lares —Comenzó a narrar la gitana. —Perdí a mi madre y a mi padre, desde ese momento París es mi hogar. Pero si hablamos de navegar, mi rumbo sería al sur...

El capitán la oía atentamente, sin acercarse. Sólo mirándola desde su lugar, mientras escuchaba su relato. Ella continúo.

—Soy una zíngara, nadie sabe donde inicia mi historia. Soy una zíngara, en ningún lugar me quedo.

Se levantó y caminó hasta el capitán, sentándose junto a él. Él sólo la observó.

—Una zíngara, no sé que será de mí mañana. Una zíngara... —Suavemente tomó la mano de él, delineando con su dedo las líneas que tenía. —Zíngara, en las líneas de mi mano está mi porvenir...

Él la miró y estaba a punto de cerrar su puño para atrapar la mano de ella, pero ella se levantó y se dirigó a donde estaba su compañero. El gitano la miró y tomó su mano igualmente. Mientras ella se sentaba junto a él.

—En mi infancia, solía correr descalza —Se rió un poco —. Para el zíngaro, el mundo es su camino, por lo tanto yo seguiré andando, sin fronteras, siempre adelante... Mi destino es vagar por todo el mundo.

El capitán la miró desde su lugar, y miró de reojo su mano. La gitana suspiró y continuó narrando, a lado de su compañero.

—Soy andaluza, yo volveré algún día a ese lugar.

Dió un suspiro y miró al gitano con una sonrisa. El capitán se levantó para ir con ellos, estaba a punto de tomarla del brazo cuando el gitano la alejó igualmente jalándola de un brazo y mirando al capitán. Febo lo miró, en su mirada pudo ver que lo que quería era que él se fuera. La miró por última vez y se dio media vuelta para irse. El gitano se volvió hacia ella.

—Esmeralda...

Febo se detuvo y escuchó el nombre. Esmeralda. Sonrió un poco y continuó su camino, una vez escuchado su nombre. El gitano se acercó a ella, sentándose a su lado.

—Esmeralda, tú sabes... Ya no eres una niña, ya no puedo cuidarte como yo quiero —Comenzó a hablar con un tono delicado hacia ella —. Eras tan joven cuando tu madre se fue...

La castaña bajó la mirada, y se volteó hacia él pues le había estado dando la espalda todo éste tiempo. Lo miró con sus ojos del mismo color que su vestimenta y tomó su mano en la suya.

—La muerte se la llevó, en Andalucía —Continuó él.

—Ella me dejó en tus brazos, y tú te mantuviste firme, momento tras momento —Contestó ella —. Cuidándome.

—Esmeralda, tú sabes... Hay un demonio en cada hombre —Miró de reojo hacia donde Febo se había ido —. Ten cuidado en tu camino, en los campos, en las calles. Hoy no es como ayer, tú ya no eres como antes.

Se detuvo un momento, y tomó firmemente las manos de ella mientras la miraba.

—Debes entender que ahora... —Prosiguió —. Has entrado en la edad del amor.

—He entrado en la edad del amor. Gracias, Clopin.

El gitano sonrió dulcemente hacia ella, hacia su hermanita, y depositó un cariñoso beso en la frente de ella. Esmeralda sonrió y apoyó la cabeza sobre el hombro de él, ambos admirando el paisaje.

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En otro lado, Febo se había detenido en una esquina, apoyado y mirando el paisaje cuando sintió que alguien tomaba su mano. Se dio media vuelta y encontró a una chica rubia, llevaba un vestido rosa, al cuál casi no se le notaba el color, más bien parecía blanco. La chica le sonrió. Febo la miró, sabía quien era. Fleur de Lys, era su nombre, él le decía Fiordaliso, su prometida. La cuál apenas cumplía sus catorce primaveras. Fiordaliso lo jaló de la mano suavemente para caminar, él la siguió sin replicar y sonriendo. Aunque era más grande que ella, ya se habían comprometido, ella apenas una jovencita y él un capitán de dieciocho años.

—Mis catorce primaveras ya se cumplieron Febo —Sonrió la chica —. Creo en tus palabras, si me mientes no creeré en ellas.

—Tú corazón de una joven doncella es mío, tus ojos de tortola son para mí —Respondió él, sosteniendo la mano de su prometida.

—Aquél que mi corazón ama, es un bello caballero. Ni tú sabes cuanto puedo yo amarte.

—Si no lo sé, lo veré en tus ojos. El que te ame, será un hombre feliz.

—Lo único que anhelo es el día de nuestra boda.

—Será un bello día, el día de nuestra boda —Tomó el rostro de ella entre sus manos y juntó su frente a la de ella.

—Lo será.

Febo se separó de ella sonriente, y enseguida tomó su mano, echándose a correr por ella entre las calles de París. Perdiéndose a lo lejos entre toda aquella multitud, entre toda aquella gente de París.