Esmeralda lloraba sobre el cuerpo inerte de Clopin, los gitanos ya estaban rodeados por los soldados y sin ninguna escapatoria. Gringoire miraba todo desde lo alto de la catedral y se alejó de la ventana, dispuesto a bajar las escaleras. Febo miró a la gitana con el ceño fruncido, no había piedad en su mirada, mucho menos tenía la intención de ayudarla.

—En nombre del rey, haré justicia por la corte de París —Comenzó él.

Frollo observó al capitán con seriedad, y luego bajó la mirada viendo a la gitana.

—Tú, Esmeralda —Dijo Febo.

La gitana al oír su nombre volteó y con lágrimas en los ojos se levantó de su lugar, acercándose al capitán. Por un momento ella había creído que él iba a salvarle, que iba a decir la verdad y no iba a dejarla sola. Se acercó con un intento de abrazar al muchacho, pero éste le empujó, provocando que ella cayera al suelo.

—Serás ahorcada por brujería.

Esmeralda oyó eso y lo miró sin comprender nada. ¿Estaba culpándola? ¿Acaso se había creído las palabras del archidiácono? Estaba confundida, no podía entender nada así que sólo siguió sollozando por lo bajo.

—En cuanto a los demás extranjeros seréis.. ¡Expulsados!

Los gitanos miraron al capitán y empezaron a reclamar pero éste los silenció. Ellos guardaron silencio al oír las órdenes y miraron a la gitana, ahora estaban condenados, el rey había muerto y la siguiente era la gitana.

—Están exiliados, deportados... ¡Expulsados!

Los soldados comenzaron a guiar a los gitanos lejos de la plaza y lejos de la gitana. Los gitanos al no tener mucha opción siguieron a los guardias, aunque ellos sabían que regresarían, tal vez estaban expulsados pero ellos eran los ilegales, ellos rompían las leyes.

—¡Exiliados, deportados y expulsados!

Esmeralda miró como se llevaban a su gente, levantándose y haciendo un intento de ir tras ellos. Sin embargo, dos de los soldados la tomaron de los brazos y la jalaron hacia donde estaba la horca. Lo último que pudo ver fue como los gitanos desaparecían junto a los soldados en una de las calles.

—¡Exiliados, deportados, expulsados de París!

La gitana trató de zafarse del agarre, pero los soldados la sostuvieron con más fuerza, provocando que ella hiciera una leve mueca de dolor y dejara de forcejear. Frollo la miró y luego al capitán de los arqueros. Febo miró a la gitana con odio y una vez cumplida la orden, guardó silencio.

Fiordaliso, la prometida del capitán se acercó a él, pues había estado observando todo lo que éste hacía. Febo volvió su mirada a ella y le tendió la mano. La chica sólo lo miraba sin hacer intento de tomarle la mano, luego volvió la mirada a la gitana. La observó un momento y sonrió, volteándose para tomar la mano del capitán, más feliz que nunca.

—Cumpliste tu promesa.

—Yo te juré que lo haría —Respondió el soldado.

La rubia sonrió, tomando su mano y asintiendo.

—Lo hiciste y ahora te he perdonado.

El capitán sonrió y viendo que ya había acabado su trabajo allí, jaló suavemente de la mano a su prometida indicándole que se alejaran de allí. Fiordaliso miró por última vez con odio a la gitana.

—Muérete, zíngara.

Esmeralda ya había subido los dos escalones que daban a aquél cordel, y tres soldados yacían junto a ella esperando la orden del archidiácono, el cuál había subido hasta la ventana donde antes estaba Gringoire. La gitana al oír lo que había dicho la doncella, sollozó. La doncella por su parte, la ignoró y tomando de la mano a su prometido se marchó del lugar junto a él.

Gringoire ya estaba abajo, a los pies de las puertas de la catedral, pensando que hacer. No podía dejar que asesinaran a la chica. Mientras planeaba que hacer se acercó al cuerpo inerte de Clopin. Deteniéndose al estar frente a él e inclinándose un poco para verle el rostro y susurrándole sin que nadie le escuchase.

—Te prometí que la cuidaría, y lo cumpliré —Le susurró al cuerpo inerte y se alejó de allí.

Quasimodo había escuchado todo el alboroto. Había escuchado los gritos y había bajado del campanario, situándose a un lado de su amo, el cuál estaba parada enfrente de aquella ventana, mirando a la gitana, a la cuál ya le habían colocado aquél cordel alrededor del cuello. El campanero miró a la chica y se sorprendió pues no esperaba que ellos le matasen.

—Frollo... Mi dueño, mi salvador.

El archidiácono miraba fijamente a la gitana, con un odio profundo. Sin voltear a ver al campanero, se mantenía serio y callado perdido en sus pensamientos, sin despegar su vista de la bella Esmeralda.

—Tú, sacerdote del señor —Prosiguió Quasimodo —. ¿Tenéis pues corazón?

Frollo al escuchar eso, tragó saliva y se llevó el puño a la altura del corazón.

—¿Un corazón?

—Un corazón que puede amar —Respondió el campanero.

El archidiácono ya un tanto nervioso y borrando aquella mueca de odio asintió.

—Un corazón que puede llorar.

—Un corazón que puede sangrar —Dijo Quasimodo.

—¡Un corazón que puede matar! —Espetó el archidiácono —. ¡Mirad a tu bella Esmeralda!

Quasimodo se acercó a él, observando por la ventana y viendo como la gitana sollozaba, con aquél cordel en el cuello. Frollo lo miró de reojo y se inclinó un poco a él para susurrarle.

—Acuérdate, Quasimodo. Aquella que bailaba en las calles, yo fui aquél que la entregó al verdugo.

El campanero no comprendía bien las palabras del archidiácono. ¿Había dicho que él la había condenado a muerte? Su mente estaba confundida, y sólo pudo mirar a la gitana esperando que él le explicara, como hacía en la mayoría de los casos.

—¡La entregué porque no me aceptó!

Quasimodo al oír eso lo miró sorprendido. ¿Aceptarlo? ¿Aceptarlo en qué manera? Ahora todo se volvía más confuso para el campanero.

—Tú... ¿Tú hiciste esto?

—¡Ella morirá como Jesús lo hizo en la cruz! —Espetó el archidiácono, ahora con su misma mirada de odio hacia ella —. ¡Mírala allí! En el patíbulo de la plaza de Grève, esperando su muerte...

El campanero empezó a entrar en desesperación. No podía permitir que la mataran. No lo permitiría.

—¡Tu Esmeralda será colgada hoy mismo al alba!

Frollo comenzó a reírse de manera macabra, mientras los soldados estaban a punto de colgarla. Quasimodo en estado de desesperación lo miró y sin saber que hacer le gritó.

—¡Frollo!

El campanero empujó con fuerza de los hombros al archidiácono provocando que éste cayera por las escaleras. Los soldados ya había jalado la cuerda y Esmeralda apenas se había elevado unos segundos cuando una flecha cruzó encima de su cabeza, rompiendo la cuerda y provocando que ella cayera al piso, tociendo y sin algún daño.

Los soldados al ver eso, huyeron al no ver a la persona la cuál había disparado la flecha, dejando sola a la gitana. Frollo terminó cayendo por las escaleras y estrepitándose en el piso, entre las puertas de París, muerto. Esmeralda se sobó el cuello y miró a todos lados con miedo, esperando ver a aquél que había disparado la flecha.

—¿Quién está allí?

Pasó un momento sin que nadie apareciera y después entre una de las calles apareció Gringoire con el arco en la mano. El poeta después de haber visto a Clopin, había corrido por una de las calles y había tomado uno de los arcos que habían. Esmeralda al verlo se le llenaron los ojos de lágrimas, levantándose de su lugar y corriendo a los brazos del poeta.

—¡Gringoire!

El poeta soltó el arco y la recibió en brazos, tambaleándose un poco pero aún así estrechándola fuertemente en sus brazos. Esmeralda lloró tanto de alegría como de miedo mientras se sostenía con sus brazos, los cuáles estaban rodeados en el cuello del poeta.

—¿Estás bien?

Esmeralda asintió al oír la pregunta y luego lo soltó, viendo que él estaba inclinado un poco ya que ella lo había jalado. Gringoire rió un poco y la miró, sin soltarla de la cintura.

—¡Gracias, muchas gracias!

—No tenéis nada que agradecerme, Esmeralda.

—Salvaste mi vida de nuevo.

—Esmeralda, ¿podría yo preguntarte algo?

La gitana dejó de hablar y lo miró fijamente. El poeta sólo le sonrió.

—Dime.

—Yo...

Esmeralda lo miró, ésta vez no lo interrumpió y espero que él continuara. Gringoire la miró sonriente, tomando una de las manos de ella.

—Sabes que no soy mujeriego, pero de nuevo podréis ser —Canturreó levemente —. Mi musa, mi inspiración... ¿Te gustaría?

La gitana escuchó sus palabras y una vez que captó bien lo que el trataba de decir lo miró. Eran las mismas palabras que le había dicho aquél día en la Corte de los Milagros, por un momento se olvidó de lo que pasaba y asintió.

—Tu musa, tu inspiración yo seré.

Gringoire sonrió y la abrazó una vez más, acariciando su cabello. Esmeralda sonrió, regresándole el abrazo. El poeta luego volteó y miró a Quasimodo allí parado, mirándolos. Gringoire se separó de ella y miró al campanero. Esmeralda volteó igual, mirando a Quasimodo y sonriéndole.

—¡Quasimodo!

La gitana sonrió y se acercó a él, dándole un abrazo. El campanero sin poder creéselo, sonrió y correspondió aquél abrazo, feliz de verla sana y salva, y claro, sin ningún daño.

—¿Esmeralda está bien?

—Estoy bien, gracias.

Esmeralda se separó de él y lo miró, tomando sus manos.

—Mi querido campanero... Ahora eres libre, libre como una golondrina.

—Y Esmeralda es libre también.

—Lo soy, somos libres...

Quasimodo sonrió. Gringoire carraspeó un poco, provocando que la gitana se volteara. Esmeralda abrió los ojos ampliamente, sorprendida. El poeta sonrió y fue a juntarse con el campanero ambos mirando a la gitana. Esmeralda aún no podía creérselo, de nuevo las lágrimas inundaron sus ojos mientras formaba una amplia sonrisa. Porque allí enfrente de ella estaban reunidos todos los gitanos, toda La Corte de los Milagros.