Toda una vida esperando tu respuesta. Tercera parte

Quizás os preguntaréis por mi vida amorosa desde los dieciséis años. Más que nada por el hecho singular de que siempre me encontraba libre a la hora de reencontrarme con Akane y a la luz de la frase: "¡Ranma Saotome no paga por sexo y menos sumas desorbitadas!" ¿Qué puedo decir? Durante la primera mitad de mi vida, cuando todavía creía en el amor, mis relaciones no solían durar mucho. Básicamente, por culpa de aquella creencia. ¿Para qué seguir con una chica que no me movía un pelo? ¿De qué me servía intimar con alguien que no le llegaba a los talones a Akane? Al principio no había problemas, yo procuraba, con mi aire reservado y melancólico, con mi corazón destrozado, que los encuentros iniciales parecieran románticos. Más de una se moría por lavar mis heridas. Hubo quien torpemente intentó emularla. También quien optó por ser ella misma. La que me decía "te amo" a todas horas por si no había quedado claro. La que forzaba peleas verbales para satisfacer mi necesidad compulsiva de marear la perdiz. En fin, hubo de todo: Shampoes egocéntricas y bien dotadas, Ukyos, comprensivas y sociables, Kasumis maternales, Nabikis manipuladoras, Kodachis piradas y hasta una vez tuve que huir de un Ryoga descarado al que no le di un puñetazo de pura pena. ¿Pero Akanes? Ninguna. La única que valía la pena únicamente se cruzaba conmigo cada ocho años. Solo quedaba, por tanto, esperar. Hundirme otra vez en la tristeza y la soledad. Ya se sabe, el tiempo lo cura todo. Y si bien mi llaga de amor seguía allí, sobre la piel del corazón tan tierna que escocía, logré al menos reemplazar tristeza por hastío y soledad por…compañías inocuas.

Hasta que un día me topé con un pobre individuo. Una patética caricatura de sí mismo que ya en su estado original, parecía una caricatura. Iba desaliñado, feo, perdido. Llevaba un uniforme postal amarillo y negro. Era Ryoga.

-¿De verdad? –me reí-. ¿De verdad trabajas de eso?

Ryoga me miró de pies a cabeza. Mi saco y corbata, mi mirada de hombre de negocios, mi pelo corto…

-Pues yo creo que he tenido que cambiar menos que tú para conseguir mi trabajo.

-No, has sido tú, sin duda.

-¿Quieres que te lo demuestre con los puños?

-Por supuesto –me puse en guardia. La pelea fue corta y patética -ya no estábamos en forma- pero sirvió para que las tonalidades grises de aquel año se volvieran un poco más amarillentas.

-¿Por qué? –le volví a preguntar mientras descansábamos en un banco cercano.

-Porque un día, a los veinte años me topé con Akane y me prometí que si ella podía ser cocinera, yo podía trabajar en correos. Fue como una especie de hechizo. Quizás no me creas pero me topo con ella cada ocho años cuando causalmente me toca entregarle un paquete urgente. Nunca un día antes o un día después. La última vez que la vi fue hace poco, tenía una niña preciosa.

¿Por qué no? ¿Acaso no éramos colegas en el rechazo? ¿Por qué no iba a vivir Ryoga su propio hechizo de amor con Akane?

Desde entonces, tuve un amigo reencontrado. Nos juntábamos todas las tardes a pelear y hablar de ella. No tardé mucho en confesarle que a mi me ocurría algo similar que a él pero con un desfase de cuatro años. Desde que lo supo, nos hicimos inseparables. En rigor, nunca había tenido un amigo. Lo más parecido a eso era Akane por la confianza que nos teníamos pero no; éramos otra cosa. Y con el Ryoga del pasado, más allá de los intereses comunes, nunca habíamos hablado de tú a tú como entonces.

A los treinta y ocho años, descubrí que no aguantaba más. Que si pasaba al menos otra hora sin verla y decirle que mi vida solo había avanzado dos días desde que me rechazó a los dieciséis, explotaría. Le pedí la dirección a Ryoga y me marché hacia allí sin pensar mucho en las consecuencias. Todavía, y pese a todo, una ínfima parte de mi, creía en el amor.

Me atendió una miniAkane que apenas si asomaba por entre la puerta con la cadena puesta y el marco.

-Mis padres no están.

-Soy un viejo amigo de tu madre –le dije-. ¿Tú cómo te llamas?

-Kasumi como mi tía. Mamá dice que así la extraña menos…

-Yo…no sabía nada…lo siento. ¿Cómo fue?

-No lo sé bien. Un accidente. Bueno, adiós. Mi mamá no me deja hablar con extraños.

-Espera…yo…dime: ¿tus padres suelen pelearse mucho?

Se quedó pensando un rato y luego cerró la puerta. Desde el otro lado le oí decir.

-No, nunca pelean. Casi no hablan entre ellos la verdad. Solo lo hacen conmigo.

Me fui de allí, destrozado. Si la bondad pura era capaz de morir, si la sinceridad pura era capaz de vivir una vida de mentira, yo también tendría que madurar y vivir mi propia vida de mentira. ¡Pobre Akane! Lo que debería sufrir viviendo con alguien a quien no amaba por amor a su hija. ¡Qué frías, cortas y amargas debían de ser sus conversaciones! Si mi vida era gris, la de ella…sería peor aún, un pozo oscuro de soledad solo iluminado por la sonrisa de una niña.

Decidí que no quería volver a verla nunca más. No soportaría enterarme y confirmar que efectivamente así era su vida y que por nada del mundo la cambiaría. El maldito hechizo estaba allí presente todavía pero yo tenía dos años para planificar las cosas bien. Para irme el día señalado tan lejos y a un lugar tan inhóspito y peligroso que ni el destino osaría volver a cruzar nuestros caminos.

Los siguientes setecientos días me entrené como un energúmeno. Luego, cuando faltaban unas pocas semanas, Ryoga y yo partimos al Himalaya, con la ayuda de unos sherpas, coronaríamos el Everest.

Por ese entonces Ryoga se encontraba más melancólico que de costumbre. Por fin y a pesar de la protección de Kuno, el dueño de la empresa privada de transportes, le habían echado por extraviar la correspondencia. Desde su óptica, el fin del hechizo. Yo lo tomaba como una premonición. El fin para él y cuando termináramos nuestra aventura, el fin para mi también. Cada tanto me tocaba animarle sin éxito. Deprimido y tristón se revolcaba entre los distintos cuadernos de viaje.

-Yo no voy, Ranma. Lo siento.

-Venga, te necesito.

Meneó la cabeza.

-No me siento con ánimos. Todo lo que veo me recuerda a ella. Fijate el nombre del Everest. Aquí pone que en Nepal le llaman Sagarmatha, la frente del cielo. ¿A que es bonito?

-Sí –repuse-, supongo que sí.

-Y en China aún mejor, Chomolungma, Madre del universo. Creo que podría escribirle unos versos a Akane con este material.

-Si encuentras una palabra que rime con "Chomolungma" reconoceré que eres un gran poeta. Además, hacer poesía no es tan fácil como te crees. No es cosa de poner unos pensamientos por muy ingeniosos que te parezcan con métrica libre y rima asonanate cada tanto. Hay que trabajarlos. Utilizar con arte recursos poéticos como la metáfora, la metonimia o la aliteración. Tú de eso no tienes ni idea.

-No me importa que me salga mal. Si Akane nunca los leerá.

Tenía razón. Daba igual si hacía una birria en prosa y que luego simulara que era una poesía, ordenando las oraciones como si fueran versos. Daba igual, cuanto insultara a la musa de los poetas con su falta de talento para el hecho artístico, de todos modos, no tendría lectores. Otro tanto podría decirse de mi aventura. La mayor demostración de cobardía amorosa, huir hasta la cima del Everest. ¿Qué importaba cuán patético sonara, si igual casi ni habría testigos de mi vergüenza?

Al final opté por reemplazarle. De nada me servía un llorica distraído. Como pestañeara un segundo, era capaz de perderse a 6000 mts de altura. ¿Perder de vista el fantasma de Akane? Sí. ¿Morir en el intento? Pues…no, gracias. Cuando me topé en Namche Bazaar, la ciudad en donde habíamos montado el campamento base, con un doctor japonés que asisitía al sitio en calidad de turista, no dude en ofrecerle el puesto. Un doctor, por muy poco preparado que estuviera para la expedición, sería más útil que Ryoga. Al menos, sabría usar una brújula.

Hachiro –así era su nombre- y yo entablamos amistad casi en seguida. Al punto de que al tercer día comenzamos a hablar de nuestras respectivas parejas. Yo de mi fantasmal Akane de la que no podía olvidarme y él, de su incomprensiva esposa, que se oponía férreamente a que realizara semejante locura.

-Ni sé para qué la traje. Mi esposa es tan…mejor si hubiese traído a Seiko.

-¿Y esa quién es?

-Mi amante…perdona, supongo que entre colegas hombres, no habrá problemas porque le cuente sobre un desliz así.

-En absoluto –le repuse-. Yo ya no creo en el amor.

-Sí, te entiendo. Si a mi me dieran a elegir…me iría sin duda con Seiko. Es más joven.

Un pequeño detalle nos separaba sin duda: el "ya". Yo "ya" no creía en el amor. Hachiro estaba claro que nunca siquiera se había enterado de la existencia de aquella calamidad. Sentí una vil y profunda envidia por su sana idiotez. Su despreocupamiento por los sentimientos ajenos. Su natural egoismo.

A lo mejor –pensé-, si yo lograra ser un poco más como él, no necesitaría escapar tan lejos.

El ascenso fue mucho más lento y difícil de lo que había imaginado. Por un lado, el mal tiempo, por otro, el terreno escarpado y el frío. Daba igual. Había empezado con tres semanas de antelación. Aunque tuviese que abortar sin lograr el objetivo secundario, coronar el Everest, el principal estaría más que logrado. Allí arriba, a más de seis mil metros de altura, Akane Tendo no tendría excusa para venir a molestarme con su irresistible belleza. El dos por ciento de mi alma que todavía soñaba con el amor, moriría congelado en breve. A mediados de la segunda semana, alcanzamos los siete mil quinientos metros de altura. Todavía lejos de los casi nueve mil, pero una cifra más que respetable. Los sherpas, unos perfectos especialistas trabajaban en silencio. Sospecho que me despreciaban. Imaginaba sus razones sin preocuparme. En honor a la verdad, si me veían como un ricachón japonés, maduro y aburrido que se gastaba un pastón para hacer algo que no era natural en mi, ¿cómo haría para desmentirles? Mi motivación -ser menos gris con esta hazaña, para asegurarme seguir siendo gris el resto de mi vida- era patética.

Solo Hachiro me hablaba y solo con Hachiro dialogaba yo. Lo que no hubiese sido malo si no fuera porque el doctor terminó siendo una molestia. A los cinco días toda su valentía se escurrió sin dejar rastros. De sobra sabía que no podía volver solo y que nosotros ya no daríamos marcha atrás, así que no lo manifestaba en voz alta, pero ponía todo tipo de palos en la rueda para intentar abortar la misión.

-Hace mal tiempo –se asomó un día de la carpa-. Será mejor que volvamos.

No –le dije-. Los sherpas aseguran que se acerca una tormenta. Será mejor ascender hasta el refugio. No está lejos.

-Eres igual de cabezota que mi mujer. Volvamos ahora que podemos.

-Me da igual lo que digas. Es peligroso. No arriesgaré la vida de nadie y menos por cobardía.

-Lo que decía. Igual que mi mujer. Seiko sí que me hace caso. Ella sí que sabe lo que valgo.

-Bien –le repuse con tono irónico-. La próxima vez te subes con ella. Pero para que haya próxima vez, será mejor que me hagas caso hoy.

Además –pensé-, solo faltan tres horas. Luego haz lo que desees. Si te quieres suicidar en tu soberbia, tú mismo. No te detendré.

Hachiro dejó salir un "vale" lastimero y falso y se metió en la carpa a recoger sus cosas. Yo me fui a avisarles a los sherpas que nos esperaban más arriba. Cinco minutos después, uno de ellos me señaló un punto negro que rodaba cuesta abajo. Era el idiota de Hachiro. Entonces entendí el desprecio de los sherpas porque uno de ellos repitió la frase que venía escuchando desde el principio de la travesía: "hasoisdi den pargani parta im" y otro, por fin, se dignó a traducírmelo: "el aficionado de gafas terminará matándonos a todos".

¿Por qué decían eso? Porque los sherpas, por mucho desprecio que sintieran por Hachiro, jamás le dejarían morir sin intentar un heroico rescate. Quise ayudarles pero no me dejaron.

-Tú pagar después, tú tener que sobrevivir. Nosotros no jugarnos la vida gratis.

¿Os imagináis al Ranma del pasado, al de dieciséis años, asintiendo con la cabeza y huyendo al refugio en soledad? ¿Verdad que no? Pues la bruja de Akane Tendo me habría quitado mi amor, mi cordura, mi ego, pero la estúpida y ridícula valentía, no. De ninguna manera acordé semejante trato que humillaba mis convicciones. Ni siquiera cuando me lo dejaron bien en claro: japonés rico, estorbar sherpas. Bajé a su lado y caí bajo la tormenta de nieve y la avalancha subsiguiente, con ellos. Ironías aparte, quedamos todos medio sepultados menos Hachiro que salió ileso.

-Hachiro, le grité. Ayúdanos.

-No. Estoy vivo de milagro. Eso os pasa por no hacerme caso.

-Si fue tu culpa, idiota. Volvimos a salvarte.

-¿Idiota? Pues este idiota se va a salvar su idiota vida. ¿Quién es el idiota ahora?

"Idiota", juzgado según las leyes de este mundo cruel, pues no. No lo era. Desde mis convicciones de tonto enamoradizo, pues sí. Faltaban dos horas y media para que por fin no me reencontrara con Akane aunque posiblemente no durara tanto. Así, en las puertas de la muerte, comencé a recordarla, no a la muda, ni a la cocinera genial ni a la embarazada. A la otra Akane. A la de siempre. La que se robó mi corazón a mazazo limpio y miradas tiernas.

Idiota de mí. Sigo enamorado.

Una persona normal nada podía hacer en semjante situación, con medio cuerpo enterrado. Pero, ¿un enamorado? Ellos lo pueden todo. Sobre todo si todavía son tan imbéciles de creérselo. De pronto me dieron unas horrendas y locas ganas de verla, abrazarla y decirle que no pensaba morirme, que seguiría vivo por siempre, aguardando. Porque un día cada ocho años de felicidad plena era suficiente para mí. Recordé entonces, que era un artista marcial, que el truco de las castañas era como montar en bicicleta y que nada se perdía con intentarlo.

Luego, transporté sobre mis hombros a los seis sherpas. Sí, a los seis. Soy, era y seré así de tonto.

Por el camino me encontré con Hachiro. Se había herido una pierna por bajar demasiado rápido. Error que yo no podía cometer por el peso aunque quisiera.

-La he cagado, Ranma. Imagino que no dejarás a esos sherpas para salvar a un estúpido conciudadano japonés.

-No –repuse.

-Lo entiendo. ¿Podrás al menos hacer otra cosa por mí? Dile a Seiko que la amo.

-Podrás decírselo tú mismo cuando la veas. No pienso dejar a los sherpas pero tampoco a ti.

Al rato dos de ellos recobraron la consciencia. Entre los tres nos arreglamos para arrastrar al resto hasta el refugio inferior. Luego sobrevino el rescate.


A las dieciséis terminaron de evacuarnos. A mi me pusieron una manta para el frío y me vendaron algunas magulladuras. Lo de Hachiro fue más complicado; hubo que entablillarlo. Y frotarle la pierna para que la circulación recobrase su fuerza normal. El pie lastimado, más azul que rosa, corría peligro de amputación. Yo me quedé cerca de los sherpas. La vida de uno de ellos corría peligro. Había pasado demasiado tiempo sepultado bajo la nieve. Apenas sí respiraba.

Unos quince minutos después, dejaron pasar a la mujer de Hachiro que se arrojó sobre su marido. Le abrazaba con tanta fuerza que no quedaba claro si lo hacía así por si era la última vez o, si lo hacía con tanto vigor como castigo por exponer vanamente la vida del padre de su hija, la miniAkane que observaba la escena entera desde la puerta.

Me aproximé hasta ella y le dije:

Tranquila, niña, tu padre estará bien. Te lo aseguro.

Kasumi intentaba no llorar mordiéndose los labios entre hipos nerviosos. Así que tuve que abrazarla. Resulto ser una experiencia extraña. A pesar de la trágica escena, realizar un acto tan paternal, aunque fuera con una niña prestada, hizo que los grises nubarrones de mi consciencia se disiparan por un momento.

Al fondo Akane que había advertido la situación pero no me reconocía por los vendajes, intentaba separarse un segundo de Hachiro para colocar la chica fuera de su vista.

-Ahora vengo; Kasumi se va a traumatizar.

-No te vayas –lloraba el pobre infeliz-. Da igual lo que le pase a la niña. Yo…tengo miedo.

-Akane –pensé en voz alta mientras me llevaba a Kasumi para fuera-, ya no puedo dejar que vivas esta vida falsa.

Fin de la tercera parte.


Nota: Hachiro significa literalmente en japonés: octavo hijo. Podríamos traducirlo como Octavio. Aunque no tiene relación argumental directa, me pareció un nombre adecuado, dada la temática de los ocho años de espera.

Sobre la muerte de Kasumi se sabrá más en el próximo capítulo.


Historia Bonus

Una historia real que demuestra qué grado de obsesión compartimos Minefine7 y yo con el manga de Rumiko.

Minefine7: ¿Por qué no nos conocimos con dieciséis años?

Me lo pregunta de pronto, por sorpresa, sin venir a cuento y con cierto nerviosismo. En seguida me doy cuenta de que , por ridículo que parezca, más me vale responder acertadamente o concluirá en que nuestra historia de amor no es suficientemente romántica.

Sensei: Porque no estábamos comprometidos.

Minefine7: Ah, cierto.

Y su respiración vuelve a ser normal. Estuvo cerca. Muy, muy cerca.

Fin.


Comentarios

Estimada Massy13. Paciencia que todavía queda otro capítulo con final feliz. Bueno, ya me contarás lo que has leído cuando vuelva. Será grato encontrarme con vuestros comentarios luego de cinco días sin contacto con el mundo virtual de internet.

Estimada Ai. Al final me cansé y todo se resolvió a los 48 años. Pero no se lo digas a nadie que es un spoiler. No te voy a decir que no me merezca dos semanas de vacaciones porque creo que sí que me las merezco pero la verdad es que me voy solo cinco días. Dos semanas era lo que quedaba para irme. Ahora solo faltan diez días. Bien!

Estimado Matt. Sí, Akane es la que saca más conclusiones apresuradas pero en el fondo son los dos igual de poco reflexivos.

Dear znta. He took Akane´s pregnancy very bad as you can see.

Estimada elena 79. Y bueno, si se fugan con bebé y todo, que es perfectamente posible, se me acaba el fic por la mitad. Antes tengo que haceros sufrir un poquito más.

Estimada Akyfin02. Tendrá final feliz como siempre. Un tanto rebuscado como acostumbro, pero feliz.

Estimado Lu4AVG. !Eso no vale! La idea es que sufráis durante un par de días luego de cada capítulo, pensando en cómo se resolverá la historia. Leído de corrido, pierde un poco de encanto. En todo caso, planeo publicar el final el martes o miércoles a más tardar. Ah, y no hay mucho que envidiar sobre las vacaciones...llevaba ya cuatro años sin poder escaparme una semanita.

Estimada minefine7. Yo tampoco sé cómo voy a arreglarlo. Igual si la gente me dice algo por el final...no me enteraré hasta que vuelva.

Estimada RosemaryAlejandra. Intentaré divertirme. Gracias. Solo queda una semana y unos días...