Capítulo Dos

Serena no necesitaba mirarse en un espejo para saber que su expresión era de asombro absoluto. Tenía tal nudo en la garganta que no pudo emitir palabra alguna, así que se limitó a mirar a Darien como si hubiera perdido la cabeza.

–Ahora que ya está todo decidido, tomemos el postre –dijo Darien abriendo el menú.

Ella le tocó la mano al tiempo que meneaba la cabeza.

-¿Qué pasa? –preguntó–. ¿No quieres postre?

Serena respiró hondo y dispuso las manos en forma de T.

–Tiempo muerto.

Él enarcó una ceja.

–¿Tiempo muerto?

–Sí. No sé si he entendido bien lo del vuelo del jueves y Sidney, Australia. ¿Me estás diciendo que la casa que quieres que decore está en Sidney?

–Por supuesto, ¿dónde iba a estar si no?

Ella hizo todo lo posible de no ponerle mala cara, al fin y al cabo, se trataba de un cliente potencial.

–Pensé que quizá en Denver –repuso tratando de mantener la calma.

–¿Y por qué pensaste algo así?

–Pues porque llevas viviendo en este país casi tres años.

–Sí, pero nunca he dicho o insinuado que no volvería a mi país. Vine a echarle una mano a Haruka, y ahora que se las apaña ya no me necesita. Así que puedo volver a casa y…

–Casarte –añadió Serena.

Darien se rió entre dientes.

-Como te comentaba antes, no pienso estar soltero toda la vida.

–¿Y cuándo piensas casarte con ella?

–¿Quién es ella?

Serena se preguntó por qué algunos hombres se hacían los tontos cuando se mencionaba a sus novias.

–La chica que te espera en Australia.

–Umm, no sabía que existiera esa persona.

Serena se lo quedó mirando con expresión de incredulidad.

–¿Me estás diciendo que no tienes novia o prometida en Australia?

–Exacto. ¿Dónde has oído algo semejante?

–Me lo dijo Melissa. Y todo el mundo pensó que se lo habías dicho tú.

Darien sacudió la cabeza.

–No se lo dije yo, pero creo que sé quién empezó el rumor. Fue tu hermano Andrew. Me quejé de que Melissa se estaba poniendo muy pesada y a él se le ocurrió que la mejor manera de deshacerse de una mujer como ella era hacerle creer que ya estaba comprometido.

–Ya veo.

Aquello era muy propio de Andrew. Seguro que en el fondo lo que quería era que Melissa perdiera el interés por Darien y lo centrara en él. Su hermano era un mujeriego empedernido, al igual que Kelvin.

Menos mal que los gemelos, Alfonso y Eduardo, estaban todavía en la universidad, donde su única preocupación era sacar el curso.

–Así que pensabas que tenía a alguien esperándome en mi país…

Serena se encogió de hombros.

–Bueno, eso es lo que creíamos todos. No sales con chicas y siempre que celebramos algo vienes solo.

«Y trato de pasar todo el tiempo que puedo contigo», pensó él.

–Eres tan solitario como lo era Haruka –añadió–.

Si lo que pretendías era ahuyentar a las mujeres, te ha funcionado.

Darien bebió un poco preguntándose si la razón por la que ella no había advertido su interés era que pensaba que ya estaba comprometido.

–Darien, en cuanto al viaje a Australia…

Él se imaginó los derroteros que iba a tomar la conversación y tenía preparados los argumentos para convencerla.

–¿Qué te preocupa? Si no estás convencida, lo entiendo, no te preocupes. Me había puesto en contacto con otra decoradora por si acaso tú no podías hacerlo. Yuki Kuran, de Yuki's Fashion Designs, me ha dicho que le encantaría hacer el trabajo y que puede estar lista para viajar a Australia en un abrir y cerrar de ojos.

«Por encima de mi cadáver», pensó Serena al tiempo que se enderezaba en su asiento. Yuki Kuran llevaba años tratando de robarle clientes.

–Creo que le gustó la cantidad que ofrezco: cincuenta mil dólares, la mitad por adelantado.

Sus palabras dejaron a Serena boquiabierta.

–¿Perdona, cómo dices?

Sonrió.

–Digo que teniendo en cuenta que le estoy pidiendo a alguien que me dedique al menos seis semanas, ofrezco cincuenta mil dólares para empezar.

Incrédula, Serena se inclinó hacia él y le habló en voz baja, como si los comensales de la mesa vecina pudieran oír su conversación.

–¿Me estás diciendo que pagas veinticinco mil por adelantado y otros tantos al final del proyecto, y que esa cantidad cubre sólo el trabajo en sí, sin contar los materiales?

–Sí, eso mismo.

Serena se mordió el labio inferior. Esos veinticinco mil dólares le vendrían muy bien a su cuenta bancaria, pues recuperaría lo que Ann había robado. Por no hablar de los otros veinticinco mil que la estarían esperando una vez terminara el trabajo.

Sin embargo, a pesar de lo bien que sonaba todo aquello, podían producirse algunos conflictos.

–¿Para cuándo querrías tenerla acabada, Darien? –quiso saber.

Él se encogió de hombros.

–Te digo lo mismo que a Yuki. Creo que en tomar medidas y hacer los pedidos se puede tardar entre cuatro y seis semanas. También me gustaría que la persona en cuestión se encargara de coordinar la elección de todo el mobiliario, pero eso no corre prisa.

Serena volvió a morderse los labios.

–Te lo pregunto solamente porque me gustaría estar aquí para cuando nazcan los dos niños, que vendrán con poco tiempo de diferencia.

–No pasa nada; yo me encargaría de los vuelos.

Serena no pudo evitar preguntarse por qué estaba siendo tan generoso y decidió averiguarlo.

–Siempre me ha gustado ser justo con las personas que trabajan para mí –explicó él–. En cualquier caso, yo también tendré que regresar a echar una mano, pues Haruka estará liado con Michiru y el bebé.

No quiero que tenga que preocuparse del rancho y le prometí que volvería. Y aunque Seiya no me necesite, Kakyu y él son como miembros de mi familia, y también me gustaría estar presente cuando nazca su hijo.

Serena se sintió aliviada. Aun así… ¡Australia!

Estaba muy lejos de casa. Y además, un mes, posiblemente, seis semanas. La única vez que había estado fuera tanto tiempo fue durante su época universitaria, en Nebraska. Y ahora estaba considerando no sólo irse a otro país, sino a otro continente. De repente la invadió una excitación que nunca había sentido. No se consideraba una viajera, pero si aceptaba el trabajo que le ofrecía Darien, conocería una parte del mundo que sólo había visto en los libros.

Era muy emocionante.

–¿Entonces estás interesada o se lo digo a Yuki Kuran?

No lo dudó ni un momento.

–No tengo ningún problema en desplazarme a Australia y estaré lista para el viaje el jueves. Sólo necesito organizar unas cuantas cosas. Voy a estar fuera un tiempo y tengo que decírselo a mi familia.

De pronto se le ocurrió que a lo mejor a su familia no le hacía gracia que se fuera tan lejos. Haruka tenía tendencia a ser demasiado protector. Afortunadamente, el nacimiento del bebé, previsto para finales de noviembre, lo mantendrían lo suficientemente ocupado como para no meterse en sus asuntos.

–Genial. Me encargaré de los vuelos y te avisaré cuando esté todo organizado.

–Estupendo.

Darien elevó su vaso para brindar.

–Por las aventuras que te aguardan en el desierto australiano.

Serena soltó una risita ahogada al tiempo que se unía al brindis.

–Eso. Por las aventuras en el desierto australiano.

De vuelta en casa unas horas más tarde, Serena les explicaba todo a sus hermanas Rei y Mina tratando de mantener la calma. Rei era la mayor, con sus veintiséis años, mientras que Mina tenía veintidós.

–¿Y por qué no lo has denunciado a la policía?

Veinte mil dólares es mucho dinero, Sere –quiso saber Rei, que estaba furiosa.

Serena respiró hondo.

–Me he puesto en contacto con el departamento de seguridad del banco para tratar de recuperar el dinero. No he querido meter al sheriff Kou en el asunto porque es muy amigo de Seiya y de Haruka.

Seguramente el banco acabará enviándole la denuncia, y me imagino que así habrá más posibilidades de que mantenga la boca cerrada, ya que todo parecerá más oficial.

–Ah.

Serena supo, por la expresión y la respuesta simultánea de ambas hermanas, que se estaba olvidando de algo importante: pocas cosas podía hacer un Tsukino en aquella ciudad que escapara del control de Seiya y Haruka. El sheriff Kou, que había sido compañero de instituto de ambos, se encargaría de ello.

–Y no quiero tener que escuchar el «ya te dijimos» de estos dos, pues ninguno me apoyó a la hora de crear la empresa. Contratar a Ann fue un error mío y ahora tendré que solucionar el problema a mi manera.

–Pero no dejes que salga impune. Me daría mucha rabia que volviera a robarle a otra persona inocente.

–Sí, me encargaré de que no vuelva a hacerlo. Y pensar que me fiaba de ella…

–Confías demasiado en la gente –dijo Rei–.

Siempre te lo he advertido.

«Es cierto», pensó Serena. También lo habían hecho sus hermanos mayores.

–Bueno, ¿qué pensáis de lo de Australia? –preguntó para cambiar de tema.

Rei sonrió.

–Personalmente, creo que es una idea genial y me encantaría poder acompañarte, pero estoy guardando todos los días libres que me dan en el hospital para ir a visitar a Molly en Teherán.

–Yo también pienso que es genial –intervino Mina–. Todavía no me puedo creer que Darien no tenga novia en Sidney. ¿Por qué, entonces, no sale con chicas? Que yo sepa no ha salido con nadie en todo el tiempo que lleva en Estados Unidos. Igualito que Andrew y Kelvin.

–Con lo guapo que es –añadió Rei.

Serena no pudo evitar sonreír al recordar lo atractivo que le había resultado durante el almuerzo.

–Le había hablado del proyecto a Yuki Kuran, por si acaso yo no aceptaba la oferta.

–Y no cabe duda de que estaba loca por hacerlo –comentó Mina frunciendo el ceño.

–Por supuesto. Me gustaría que hubierais visto el tamaño de la casa. No puedo creer que haya comprado algo de esas proporciones estando soltero.

Ahora que he decidido ir a Australia, tendré que comunicárselo a Haruka.

Esto no le hacía especial ilusión, pero sabía que tenía que hacerlo. En cualquier caso, Haruka no tenía por qué enterarse de que Ann le había robado veinte mil dólares

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–¿No tienes citas o proyectos programados para las próximas seis semanas? –le preguntó Rei mientras la ayudaba a hacer el equipaje.

–No. Esta oferta me ha llegado en el momento adecuado. Tenía pensado tomarme unas buenas vacaciones, pero ahora toca trabajar.

–¿Crees que el hecho de que Darien se haya comprado una casa en Australia significa que va a regresar a su país?

Serena miró de reojo a Mina. No se le había ocurrido pensarlo.

–Me imagino que sí.

–Pues qué pena. Me había acostumbrado a verlo por aquí –protestó Mina haciendo un mohín–. Ya lo veía como a un hermano mayor.

Serena dio un hondo suspiro. Por alguna razón, ella nunca lo había considerado un hermano. No se había hecho tan amiga suya como Rei y Mina, pero tampoco se había cuestionado nunca el porqué de esa reserva. Simplemente, aceptaba la situación tal y como era. ¿Por qué entonces le fastidiaba pensar que él regresaría a Australia y que ella no volvería a verlo más?

Ese pensamiento le hizo sentir incómoda.