Fotografía.

Resumen: "Ven, Sting, tomemos una fotografía de este momento que nos haga recordar que tú no eres solo un villano despiadado y yo una princesa en cautiverio". Sting/Lucy. Short Fic. AU.

Pareja: Sting Eucliffe-Lucy Hearthfilia.

Género: Drama, Romance, Crack.

Disclaimer: Fairy Tail pertenece a Hiro Mashima.

Capítulo Seis: Luchas Internas.

Escrito por: Amaya-chan.


Mientras Meredy se dedicaba a contemplar la linda escena que tenía en frente, donde su querido Jellal dormía muy cómodamente con Erza en el sofá, no pudo evitar sonreír levemente y pensar que de no ser por la situación actual quizás esos dos hasta ya hubiesen hecho lo imposible para casarse y formar su propia familia.

Pero por supuesto conocía lo suficiente a Jellal como para saber que, aunque viniese Dios y le dijese que lo perdonaba por todo, él jamás dejaría de vivir en el pasado y continuar por un mejor futuro.

Puto masoquismo interno.

Suspiró un poco y se encaminó a la habitación que generalmente usaba cuando se quedaba en casa de Fernandes. Se sentó en la cama con pesadez y notó que ya pronto amanecería. Meredy quiso soltar un grito de frustración, no podía pegar un ojo desde las dos de la mañana.

Sí, ella había oído accidentalmente la conversación de Jellal con Erza cuando fue por un vaso de agua. También le había sentado muy mal verlos pelear de esa forma, pero evitó entrometerse ya que los problemas de esos dos eran de lejos muy complicados como para que extraños traten de formar parte de los mismos.

Trató de buscar acomodo en su cama, pero por más vueltas que daba, no conseguía dormirse. Gruñó frustrada. No le gustaba estar así, porque eso significaba que solo le quedaba tiempo libre para pensar.

Y pensar era equivalente a recordar.

Hacer memoria de su vida antes de conocer a todos sus amigos no era algo que disfrutara mucho, de eso estaba segura.

Observó el techo y notó como en la oscuridad, las paredes comenzaban a tomar forma de rostros y situaciones que la llamaban con voces entre cálidas, nostálgicas y tétricas. Entre esas, la que más adquiría forma era la de Ultear.

Ultear Milkovich, o simplemente Ul, era la persona que más quería y a la vez que más odiaba en ese mundo. A veces, mientras ambas dormían en el departamento, solía salir de su cuarto y dirigirse al de ella para verla dormir.

Y mientras la morena descansaba tranquilamente, Meredy entraba en una lucha interna sobre si matarla o no. Generalmente, ese lado suyo salía por temporadas, como entre finales de invierno y principios de primavera era donde más inestable solía ponerse.

Quizás era porque en esa época fue cuando ocurrió el asesinato de sus padres por manos de Ultear.

Era extraño como un treinta y uno de diciembre podía comenzar tan bien y terminar tan mal.

En realidad, no sabía si culpar o no a Ultear. Se conocían porque su madre era amiga de sus padres y ambas solían quedarse juntas cuando Ur se iba en sus expediciones junto a Gray y Lyon, los hijos adoptivos de ella. Por supuesto, aquél fin de año no fue la excepción. Ambas rieron, corretearon, jugaron con los juguetes de Meredy, quien a pesar de ser menor que ella, la adoraba.

Recordaba las sonrisas encantadoras de sus padres mientras preparaban la cena de año nuevo y ellas, Meredy y Ultear, colocaban orgullosamente la mesa. Sería una comida maravillosa, aunque Ur no pudiese estar presente sino hasta dentro de dos días. Pero Ultear no parecía molesta por eso, parecía comprender que era el trabajo de su madre y que se llevaba a sus otros dos 'hijos' porque ambos habían pedido ser sus 'discípulos'.

Por supuesto, nada los preparó para cuando tocaron la puerta de su casa y ella fue a abrir con toda la inocencia que su edad tenía. Entonces, se topó con cuatro sujetos quienes entraron forzosamente. Lo siguiente que recuerda de todo aquello es que se encontraba amarrada junto a Ultear y sus padres, quienes estaban un poco más alejados de ellas. Temblaba de pies a cabeza, mientras las lágrimas bajaban por sus mejillas, Meredy solo podía permanecer en silencio, porque así los secuestradores lo habían estipulado.

Portaban armas y con eso amenazaban a sus padres para que mantuvieran un tono de voz tranquilo mientras discutían 'negocios', como los secuestradores lo llamaban, pero su papá no parecía querer ceder.

Era obvio que todo eso no iba a terminar bien, pero a la final su padre cedió con cierta frustración a lo que sea que esos malvados querían.

―Pero sabes demasiado. Las niñas también ―comentaron con cierta malicia.

Sus padres se tensaron de inmediato y esta vez otra discusión más acalorada comenzó. Meredy apenas podía comprender qué sucedía.

―Entonces, hagamos un trato ―dijo uno de los hombres, el que parecía líder―. Puedo perdonar la vida de las niñas, a cambio de que tu hija acabe con las suyas.

Silencio.

Su madre la miró horrorizada, mientras su padre se exaltaba de nueva cuenta. Meredy no era tan niña como para no entender lo que eso significaba. Asustada comenzó a chillar alto mientras llamaba a su mamá.

En medio de todo aquél zaperoco, se oyó la tranquila voz de Ultear, quien hablaba por primera vez desde que todo empezó.

―Yo lo haré.

Desde ese momento, las memorias de Meredy se tornaban muy dispersas. A veces recordaba todo con claridad, otras simplemente se ponían en blanco y solo volvía a tener imágenes de cuando los bomberos y la policía llegaban. Pero siempre tarde o temprano recordaba ver cómo la imagen de su querida Ul se desmoronaba mientras apuntaba contra sus padres y alaba el gatillo. Quizás si hacía mucha más memoria, recordaba cómo sus padres parecían sonreír aliviados y hasta agradecidos con ella, otras su mente distorsionaba el recuerdo y mostraba a sus padres rogando por su vida.

A ese punto, Meredy ya no sabía cuál de las dos versiones era la real, pero sí recordaba algo muy bien: a los hombres haciendo una llamada y diciendo:

'Todo ha terminado, Señor Zeref'.

Después de todo aquello Meredy fue internada en un sanatorio por su colapso mental y Ultear quedó libre de toda culpa cuando convenció de alguna manera u otra que lo sucedido fue en contra de su voluntad. Luego, Ultear se dedicaba a visitarla prácticamente todos los días, como si quisiera torturarla hasta la muerte.

Meredy no tenía muy buenas memorias de Ultear en ese sanatorio, especialmente cuando ella trató de suicidarse para tratar de compensarle la perdida por sus padres y la más pequeña comprendió que, aunque detestaba a Ul, aún la seguía queriendo lo suficiente como para pedirle que viviera y se quedara con ella.

Porque era la única persona que le quedaba en el mundo.

Lo único bueno que salió de todo eso era que, al salir, tanto Ultear y ella habían hecho de nueva cuenta las paces y que durante ese tiempo la morena había conocido a una persona que tenía una explicación para lo ocurrido en esa época.

Jellal Fernandes.

En algún punto de todo esos recuerdos, Meredy había caído rendida, haciendo memoria de cómo su vida había sido destruida por un ser egoísta que solo buscaba vengarse del mundo entero por haberle arrebatado lo que más quería.


Sting Eucliffe no era una persona demasiado paciente que se dijera, de hecho detestaba hasta hacer una simple cola en un supermercado. Se frustraba demasiado cuando las personas se tomaban demasiados rodeos para llegar a un punto en concreto y Levy McGarden estaba haciendo exactamente lo mismo que tanto aborrecía.

Sí, vale, admitía que la cena estuvo de mil maravillas y que las películas que se vieron fueron suficiente como mantenerlo entretenido un largo rato, pero ya eran pasada las doce de la noche y él todavía no obtenía respuesta alguna del por qué fue noqueado y atado a una silla por un largo rato.

¿Acaso lo que quería Levy era unirse a sus planes de película como él lo había estipulado en la mañana del viernes? De haber sido así, con pedirlo civilizadamente habría bastado.

Rogue, por su parte, se mantenía muy absorto en cualquier tema de conversación que la única chica presente comenzaba. A veces Sting se preguntaba si su amigo le estaba siguiendo su juego de evasivas frustrantes o simplemente la chica le gustaba. A ese punto, el rubio no sabía qué creer.

Tres toques en la puerta silenciaron la conversación y todos se miraron ansiosos, como sorteando quien iría a revisar. Internamente Sting no deseaba ser el elegido para aquella misión, la película que acababan de ver le había causado cierta paranoia con abrir las puertas a las doce de la noche, pero por supuesto no lo admitiría en voz alta.

―Yo iré ―dijo Rogue a la final, componiendo su rostro más indiferente y partiendo al encuentro con quien sabía que.

Después de un prolongado silencio entre Levy y él donde se oyó el crujir de la madera y cierto intercambio de palabras, Rogue regresó acompañado de Gajeel Redfox, para tranquilidad de Levy. Sting lo único que hizo fue encararle y comenzarle a decir sus cincuenta verdades por lo bastardo que había sido en atacarlo de esa forma.

Por supuesto, conociendo el temperamento de Gajeel, éste le respondió y antes de poder evitarlo ya se había iniciado una discusión que casi llegó a los golpes de no ser por Levy.

Otra media hora después de que Redfox y McGarden comenzasen a discutir en la cocina por motivos que Sting no logró escuchar, se encontró a sí mismo sentado en la sala junto a Rogue, Gajeel y una Levy cabizbaja y apenada. Fue en ese momento que Sting comprendió que ya se habían acabado los rodeos y era hora de saber qué rayos sucedía.

―Gajeel se ha enojado conmigo por no haberte dicho nada aún, Sting ―murmuró Levy, mirando de soslayo a Redfox, quien se encontraba cruzado de brazos con los ojos cerrados―. Y, de cierta forma, tiene razón. Lamento darle tantas vueltas al asunto.

Dicho eso, la chica se levantó e inclinó un poco su cabeza en señal de disculpas. Sting se sintió un poco incómodo ante aquél gesto.

―No es necesario ―habló Rogue―. Al imbécil le da igual.

―¡Oye! ―siseó el rubio, notoriamente ofendido.

Gajeel se limitó a curvar la comisura de sus labios ante la patética broma que el Cheney había dicho para tratar de aliviar el ambiente. De cierta forma, había funcionado. Levy carraspeó un poco como para tratar de volver la atención en el tema que les interesaba y sonrió con nostalgia.

―Lu-chan tiene razón. Eres una persona bastante agradable, Sting.

Al oír el nombre de la que solía robar sus preciadas horas de sueño, el rubio se tensó en su sitio, eliminando todo rastro de alegría que hacía un momento atrás tenía.

―No sé qué quieres decir ―se limitó a responder con recelo.

Levy se volvió a sentar en su sitio y comenzó a mirar el suelo, como si fuera lo más interesante del mundo. Pensó que quizás la situación no sería tan sencilla de explicar cómo había creído con anterioridad. Maldijo el momento en que se ofreció como voluntaria ante Erza para reclutar a Sting en su tonto plan de rescatar a Lucy.

―Sting… sé que Lu-chan y tú no están en buenos términos ―comenzó la chica―, pero también sé que te preocupas por ella lo suficiente.

El aludido frunció el ceño, notablemente molesto.

¿Para eso lo habían traído? ¿Para hablar de Lucy?

A su lado, Rogue lo miraba entre curioso y preocupado, como esperando cualquier indicio de que explotaría su mal genio en cualquier momento. Gajeel también hacía lo mismo, listo para saltar sobre él si era necesario.

―¿Qué tiene que ver Lucy en todo esto? ―preguntó el rubio.

McGarden dudó un momento.

―En realidad, todo.

Sting gruñó, fastidiado. ¿Acaso algún día le darían una respuesta sensata a sus preguntas os seguirían evadiendo todo?

―Explícate ―exigió el rubio. A su lado, Rogue miró a Levy como recordándole la promesa que le había hecho de no esconder ningún detalle.

McGarden se quedó en silencio un momento y miró a Gajeel como buscando ayuda. El moreno suspiró fastidiado.

―Escucha bien porque solo lo diré una vez ―habló Redfox―. Tu amiguita la rubia está metida en un gran lío familiar, del cual no tenemos muchos detalles aún, pero Erza creo que iba a comenzar a movilizarse en ello. El punto es que el padre de Lucy la ha vendido a un tal Zeref, quien parece ser es un psicópata, y se va a casar con ella. Fin de la historia.

El silencio inundó el lugar por un largo rato. Rogue suspiró molesto a sabiendas que aún faltaba muchas cosas por decir, pero en esencia aquello era todo. Levy apretó los puños sobre su regazo, tratando de contener la ira y la tristeza ante el cruel destino de su amiga.

Sting solo miró aburrida la situación.

―¿Y qué? ―habló hastiado.

La chica lo miró perpleja.

―¿Como que qué?

―¿Qué quieres que haga? ―el rubio arqueó una ceja―¿Ir a rescatarla?

Silencio. La cara de Levy palideció y Gajeel lo miró serio.

―¿No te preocupa Lucy? ―murmuró la McGarden―¿Ni siquiera un poco? ¡Eres un bastardo! ―soltó, exaltada. Gajeel la sujetó por un brazo para que no le saltara encima a Sting―¡¿Acaso no sabes cuánto te adora Lucy y tú no muestras ni un ápice de tristeza por ella?! ¡Púdrete!

Rogue negó con la cabeza. Sabía de antemano que aquello terminaría así.

―Pero, ¿qué quieres que haga? ―volvió a repetir el rubio―No es como si tú o yo pudiésemos hacer algo. ¿Qué somos? ¿Simples estudiantes de preparatoria que van a ir detrás de un matón? ¿No es eso lo que estás insinuando?

―¡Lo que planeamos no es tan sencillo como tú lo pintas! ―chilló la chica―¡Quizás seamos simples estudiantes, pero sabemos usar nuestra cabeza, pendejo!

―¡Si tanto la supieran usar, comprenderían que lo que pasa por su mente son puras burradas! ―replicó Sting―¿Si quiera tienen armas o agallas para matar? ¡Já! ¡Apenas y pueden acaban con cucarachas! Si es tan peligroso como dicen, no tendrán oportunidad alguna.

―¡Natsu no es un cobarde como tú! ―soltó Levy, con los ojos llenos de lágrimas de rabia.

―¡Es porque Natsu es un imbécil que vive en un mundo de hadas donde piensa que todo se resuelve con el 'poder de la amistad'! ―le gritó el rubio furioso, callándola de golpe―. Así como tú y todos tus amigos…

Silencio. Rogue tenía una expresión indiferente, aceptando la realidad de que Sting tenía muchísima razón. Gajeel, por su parte, se limitó a negar con la cabeza mientras aguantaba las ganas de moler a golpes a Sting por atreverse a gritarle a Levy, pero no lo hizo. Sabía de antemano que después la chica se lo reprocharía.

―Pensé que tú podías ayudarnos… ―murmuró Levy, llorando. ―Pensé que realmente Lu-chan y tú…

―Quiero aclarar algo, Levy. ―Sting la miró molesta, cortándola―. Entre Lucy Heartfilia y yo no hay nada. Ella misma me lo dejó bien claro. Y la verdad, no sé por qué me hice ilusión alguna sabiendo que tenía toda la razón. Ahora, mi vida está tranquila y quiero que siga así. Si la tonta de Lucy deja que la casen a la fuerza, ese es su problema… no mío.

Mordaz, sincero, sin pelos en la lengua.

Dicho eso, Sting le hizo una seña a Rogue para que lo siguiera y comenzó a andar hacía la salida. Cheney hizo una pequeña reverencia de despedida y fue detrás del rubio, más sin embargo la voz de Redfox diciéndole algo captó su atención. Se miraron fijamente por un momento, antes de que Rogue asintiera y prosiguiera su camino.

Afuera, la fría, oscura y tétrica noche los recibió.


'Querida mamá…'

Lucy Heartfilia volvió a escribir otra carta para su difunta madre como solía hacerlo desde que tenía diez años. En esas hojas le relataba los acontecimientos generales de su vida y, a veces, pedía consejos para cosas que no encontraba cómo resolver.

Suspiró algo frustrada mientras hacía el papel una bolita y lo lanzaba hacía la papelera. No encontraba cómo contarle a su madre algo positivo en su vida si, en realidad, no había nada de eso. Tampoco tenía nada nuevo que escribir, ya que no se le tenía permitido salir hacia algún lado.

Se la pasaba todo el día encerrada en su habitación y, de vez en cuando, caminaba por los largos pasillos de aquella mansión. Muy rara vez algún sirviente le dirigía la palabra y, pocas veces, su padre venía a visitarla.

Aunque la verdad, no deseaba verlo ni en pintura. Si no fuese por él, quizás su vida no fuera tan miserable.

Se encaminó con pesadez hacia su cama y comenzó a mirar el techo como si fuera lo más interesante del mundo. Realmente, estaba aburrida. No tenía permitido usar ni teléfono o computadora con internet y no había nadie allí que quisiese pasar un rato con ella.

Soltó un suspiro, mientras sopesaba alguna posibilidad de buscar algo que hacer y decidió marchar hacia la biblioteca. Su único refugio en todo ese enorme lugar.

Marchó sin mucho entusiasmo por los pasillos silenciosos y bajó una escalera que la llevaría sin mucho problema a su destino. Al llegar, buscó un libro que había estado leyendo y se dirigió a la enorme mesa que había en el centro de aquél lugar.

Sin muchos contratiempos, su mente se terminó perdiendo en las páginas de aquél libro, que no se dio cuenta de la persona que la observaba a la distancia con indiferencia. Tampoco notó cómo se le acercaba por detrás, ni mucho menos cuando puso una pistola cerca de su cabeza por una fracción de segundos antes de volverla a guardar en su funda.

―¿Es interesante?

Lucy pegó un brinco en su sitio al oír una voz detrás de ella. Pálida, temblorosa y asustada, volteó con lentitud para encarar a un par de ojos negros, que la veía con cierto interés.

―S-señor Zeref ―murmuró la rubia, tratando de componer una sonrisa fingida.

―Lamento haberte asustado ―inquirió con tranquilidad.

―N-no se preocupe por eso ―se limitó a responder.

Zeref la miró fijamente un momento.

―¿Es interesante ese libro? ―volvió a preguntar.

Lucy asintió un poco, tratando de calmar su corazón, que latía rápidamente por la impresión y el miedo.

―Ya veo… ―dijo el hombre con simpleza, antes de dar media vuelta y dirigirse hacía la salida―. A Mavis también le gustaba ese libro.

La Heartfilia parpadeó confundida.

¿Quién era Mavis?


Continuará… si quieren.


A/N: Tenía dos opciones: escribir un One-shot de Shingeki no Kyojin o actualizar el fic. Pero a la final dije: mejor actualizo, que tengo inspiración para eso lol. Bueno, espero que les haya gustado. Se les quiere :).

Gracias a: MerryHannonNyan, LuFFy McCormick, Boogieman13, alinekiryuu, Myuu n.n, Antotis.