Historia Original de Liz Fielding

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CAPITULO 10

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Mina se dio la vuelta y descubrió que seguía en los brazos de Yaten. Se había quedado dormida y no le sorprendía, ya que se levantaba cada día a las cuatro de la mañana para ir al estudio.

Pero no era aquella siesta lo que la hacía sentirse como nueva. Era Yaten, abrazándola, estando allí.

Se había quedado dormida y él seguía allí.

Lo que siempre había soñado. O lo más parecido, pensó, sonriendo, tontamente feliz.

Esto da un significado nuevo a la expresión «se acostaron juntos».

Entonces, sintiendo que aquello era el principio de algo nuevo, algo diferente y no un final, alargó una mano para ponerla sobre su corazón.

Pero él sujeto su muñeca.

- Mina…

Ella no le hizo caso. Yaten creía que quería más de lo que él podía darle y por eso la había mantenido a distancia.

Pero se equivocaba.

Ahora que sabía la verdad, un mundo de posibilidades se abría ante ella. Había muchos niños en el mundo por los que podía hacer algo con su tiempo, su cariño, su dinero. Pero sólo había un hombre. Y, con un brazo atrapado debajo de ella, una mano ocupada manteniendo la suya cautiva, estaba a su merced. Con una mano neutralizada, Mina hizo lo que haría cualquier mujer y usó la boca para romper su resistencia.

Oyó un suspiro de agonía cuando puso los labios sobre su corazón, escuchando los fuertes latidos. Su piel cálida y suave como la seda.

Yaten intentó hablar, pero contuvo el aliento cuando ella rozó uno de sus pezones con la lengua. Mina tenía el poder y lo usó, besando su pecho, bajando hasta la cavidad de sus costillas. Yaten intentaba apartarse, intentaba detener aquel ataque a sus sentidos, pero había esperado demasiado y el roce de la lengua femenina en su ombligo lo hizo gemir más de dolor que de placer.

Era un hombre fuerte, pero su cuerpo lo traicionó. Y descubrió que una raíz cuadrada no era rival para su mujer cuando estaba decidida a seducirlo. Que cuando debería estar diciendo «no» la única palabra que parecía capaz de decir era «sí». Que cuando ella se colocó encima y se inclinó hacia delante, los turgentes pechos acariciando su torso, diciendo «Te quiero, ámame, Yaten»… la vocecita de advertencia en su cabeza estaba perdiendo el tiempo.

Mina comenzó a moverse tan sensualmente que Yaten ya no pudo más y la tomó como nunca antes lo había hecho. Hicieron el amor sin secretos, sin barreras entre ellos, entregándose en cuerpo y alma.

Mina lloró después y Yaten la abrazó, apretándola contra su corazón.

- Lo siento – murmuró, secándose las lágrimas –. Yo no suelo… no esperabas esto cuando apareciste con una caja llena de botes de pintura, ¿eh?

- Si éste es el recibimiento que me espera, traeré una caja todos los días. O mejor, podrías volver a casa.

- No puedo. No puedo volver allí… – Mina levantó la cabeza –. ¿Has oído algo?

Un portazo y el ruido de pisadas atropelladas en la escalera no dejaban lugar a dudas. Mina se incorporó para ponerse una bata y salir del dormitorio.

- Oh, no…

Sonaba como si le hubieran dado un puñetazo, como si se hubiera quedado sin aire. Yaten no se molestó en ponerse los pantalones para salir al pasillo, pero se quedó inmóvil en la puerta al ver, en el vestidor de Mina, el conjunto que había llevado a la entrega de premios hecho jirones.

Serena.

- Ha debido pasar algo… algo malo – Mina se volvió hacía él –. Me necesitaba y yo no estaba ahí para ella.

Yaten buscó algo que decir, algo que la ayudase, que lo ayudase a él. La dolorosa realidad era que a veces no había palabras.

- Habrá vuelto a ese edificio.

- ¿Por qué? Sabe que iré a buscarla allí.

- Quiere que la encuentres, Mina. Ni siquiera se ha llevado el abrigo que le compraste – Yaten señaló el perchero.

- Se va a helar.

- Vamos, yo te llevo…

- ¡No! No, por favor.

Serena los había ayudado a abrirse el uno con el otro, a enfrentarse con la realidad, pero era una chica problemática y, en su desesperación, igualmente capaz de separarlos.

Forzada a elegir entre los dos, y Serena le haría elegir, Mina, empujada por el sentimiento de culpa, lo sacrificaría todo para convencer a su hermana de que la quería. Su propia felicidad, si era necesario.

Y lo único que él podía hacer era permanecer allí. Hacer lo que pudiera para ponérselo fácil.

- Querrá gritarle a alguien, culpar a alguien porque cunado te necesitaba tú estabas en la cama conmigo. Si yo estoy allí, podré servirle para que ventile su odio.

- Yo quería estar contigo, Yaten. Esto no es culpa tuya.

- Y esto no es sobre nosotros. Serena te necesita, Mina. Yo no soy indispensable.

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El edificio había sido asegurado contra los intrusos. Yaten se encargó de llamar a los propietarios personalmente para que lo hicieran rápido… y habían hecho un buen trabajo.

Serena, que seguramente habría intentado entrar, tuvo que rendirse y ahora estaba sentada en el suelo temblando, con las manos en los bolsillos de la cazadora.

Mina no dijo nada. Cuando le ofreció su abrigo fue invitada, de la forma más grosera, a marcharse, pero su respuesta fue quitarse el abrigo, tirarlo al suelo y sentarse a su lado.

- ¿Vas a contarme que ha pasado?

- Como que te importa.

- Si no me importase no estaría aquí. ¿Qué ha pasado?

- ¡No estabas allí! – grito Serena.

Hablaba como una niña petulante y no como una adulta, pensó Yaten, pero la pobre había sufrido mucho. Necesitaría la ayuda de un psicólogo y el amor incondicional de Mina para reconstruir su autoestima. Y él sabía por experiencia que ése era un trabajo para toda la vida.

- ¿Cuándo no estaba allí? – pregunto Mina pacientemente.

- Esta mañana, cuando llamaron de la agencia – respondió con desesperación.

- Estaba trabajando, Serena, ya lo sabes. ¿Qué querían?

- Decirme que había encontrado a mi padre.

- ¿Qué? Pero no deberían…

- ¿Por qué no? Era mi padre.

- Lo sé, pero yo habría querido estar allí cuando hablasen contigo. No deberías haber estado sola.

- No es nada nuevo para mí. Además, creían que hablaban contigo – dijo Serena entonces, apartando la mirada –. Está muerto, Minako. Mi padre murió hace seis años. Fui a ver su tumba, le lleve flores. Ha sido horrible. No había lapida ni nada. Ni nombre, sólo un número.

- Cariño… – Mina le pasó un brazo por los hombros –. No deberías haber estado sola en ese momento – y no volvería a estarlo. Aquella tarde había visto a un Yaten diferente, cariñoso, capaz de demostrar sus sentimientos, el hombre del que se había enamorado. Y, sin pensar, lo había empujado a algo que no era error –. Lo siento mucho, Serena.

- Por favor – su hermana se apartó –. Tú lo odiabas, le culpabas de todo. Y yo no te importo nada. Él es la única persona que te importa – añadió, señalando a Yaten.

- No…

- Es verdad. Siempre te está llamando. Cuando hablas con él pones cara de tonta y, cuando volví a casa, estaba allí, en tu habitación…

- Es mi marido, Serena…

- Pero se supone que estás separada. No acostándote con él a media tarde.

Cuando Mina se volvió para mirarlo, Yaten supo que todo estaba perdido, que sacrificaría su felicidad, aquella promesa de un nuevo principio en su matrimonio… cualquier cosa para hacer feliz a su hermana por el error que creía haber cometido cuando tenía catorce años. La verdad era que Serena necesitaba el cien por cien de su hermana en aquel momento y eso era lo que iba a tener.

Y no había nada que él pudiera decir o hacer para que cambiase de opinión. Incluso intentarlo sería un error.

Lo sabía porque él habría hecho el mismo sacrificio por Hotaru.

- Lo de hoy ha sido… una de esas cosas que pasan cuando algo importante se ha terminado – empezó a decir Mina –. Pero ya no podemos volver a atrás.

Estaba diciéndole que esperar no serviría de nada, que había tomado una decisión firme. Pero sus ojos, suplicándole que la entendiera, que la perdonase por poner a Serena primero, estaban diciendo otra cosa. Y si Mina supiera que la estaban traicionando los habría cerrado.

- Tú eres más importante para mí que nada en el mundo, Serena Aino. Tienes que creerme.

Había lágrimas en sus ojos pero Serena, llorando por su propia pena, por un hombre al que no conoció, que nunca la había querido, que les había robado a las dos la posibilidad de ser felices, no las vio.

La vida tenía por costumbre hacer pagar por los errores, Yaten lo sabía. Él no se había ido tres años antes, no tenía el corazón de Mina, su capacidad de sacrificio. Pero esa vez era diferente. Mina le había enseñado el poder del amor.

Necesitaba estar sola con su hermana y él era lo bastante fuerte como para dar un paso atrás durante el tiempo que hiciera falta.

- Hasta que la muerte nos separe...

Repitió la promesa de su matrimonio en un susurró. La diferencia era que ahora entendía el significado. Y, sobre todo, creía en él.

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- Deberías acostarte temprano – dijo Mina.

Serena estaba tumbada en el sofá que ella misma había elegido, de terciopelo fucsia, no tan práctico pero más alegre que el de seda marrón que había elegido Mina, viendo televisión.

- ¿Acostarme temprano? ¿Por qué? No soy una niña pequeña.

«Entonces deja de actuar como si lo fueras», pensó Mina. «Crece de una vez. Yo he tenido que hacerlo, Yaten ha tenido que hacerlo».

Pero se contuvo. Aquello era culpa suya. Si hubiera estado allí, si hubiera luchado con los asistentes sociales para exigir derechos de visita quizá todo hubiera sido diferente.

Y si no hubiera pensado sólo en sí misma aquel día, poco a poco podría haber construido una nueva relación con Yaten…

En lugar de eso, Serena, egoísta, necesitada, desesperada, la había obligado a elegir entre Yaten y ella. No sabía que ya la había elegido cuando dejó a su marido.

Yaten se lo había puesto fácil, mucho más de lo que pesaba, dejando claro que no volvería a llamarla durante algún tiempo, poniendo como excusa su trabajo…

- No he dicho que seas una niña, pero mañana es mi último día en el programa. Y me gustaría que fueras conmigo.

- ¿Qué? – Serena se mostró emocionada durante un segundo, pero enseguida arrugó el ceño –. No, no… mira que pelos tengo.

- Las chicas de peluquería se encargarían de arreglártelo.

- ¿Y qué me pongo? ¿Me prestas uno de tus…? No, déjalo. Tú no quieres que vaya.

- Claro que sí. Quiero que todo el mundo sepa que tengo una hermana.

- ¿Para demostrar lo caritativa que eres? No, gracias.

Mina irritada, la obligó a levantarse del sofá. Sabía por qué lo estaba haciendo. Sabía que se sentía culpable por haber destrozado su vestido y ésa era su manera de esconderse.

- Ven conmigo.

- ¿Dónde?

No había vuelto a entrar en el vestidor y el conjunto de Balenciaga, hecho trizas, seguía en el suelo. Allí estaban todos sus vestidos, colgados ordenadamente en perchas de madera. Había regalado muchos durante los últimos días, pero había conservado los que representaban algo especial para ella.

Mina pasó la mano por las perchas y tomó uno negro de lentejuelas, sin mangas. Nunca volvería a ponérselo. Lo había guardado porque tenía buenos recuerdos.

- Me lo puse para la entrega de premios el primer año. Entonces no me habían nominado, sólo era una famosilla más, invitada para hacer bulto.

Tomando las tijeras, empezó a cortarlo, las piezas de tela cayeron al suelo junto con los jirones de seda del vestido de Balenciaga. Sin hacer caso del gemido de Serena, hizo lo mismo con otro vestido y otro y otro… contándole cuándo se los había puesto, en fiestas, galas, aniversarios… Cuando llegó al último, su hermana tenía los ojos llenos de lágrimas.

Una sencilla túnica de seda gris era el primer vestido de diseño que había comprado en su vida: un Chanel clásico. Era el que llevaba el día que conoció a Yaten. Destrozar aquél iba a ser más difícil, pero sería un símbolo, una promesa a su hermana, aunque ella no pudiese entenderla, de que nada se interpondría entre las dos otra vez.

- No, por favor – dijo Serena entonces –. No lo hagas – cayendo al suelo de rodillas, tomó los jirones de seda como si pudiera reunirlos de nuevo –. Lo siento mucho, Minako. Lo siento mucho, de verdad…

- Sólo es un vestido – suspiro ella, soltando las tijeras –. Lo que quería que entendieras es que tú eres más importante. ¿Me crees?

- Parecías una princesa esa noche – Serena estaba secándose las lágrimas con el dorso de la mano –. Yo estaba afuera, en la puerta del hotel, esperando cuando llegaste. No pensaba meterme en tu vida, pero quería verte y cuando saliste del coche…

- Estaba muy nerviosa.

- Qué va, estabas muy guapa. Y luego me miraste y tiraste un beso. Pero no sabías que yo estuviera allí…

- Estaba pensando en ti.

- ¿De verdad?

Y en Yaten.

No, no debía pensar en él. Nunca se perdonaría a sí misma por lo que le había hecho, pero Yaten era fuerte. Le dolería, pero sobreviviría sin ella.

Serena no.

- Pensé que podrías estar viendo el programa. Y esperaba que pensaras que el beso era para ti.

- Debería haber confiado en ti, pero pensé…

- Sé lo que pensaste – la interrumpió –. Te defraude una vez, no estuve a tu lado cuando me necesitabas, pero eso no volverá a pasar. Pase lo que pase, hagas lo que hagas, te querré y estaré a tu lado. Y mañana encargaremos una lápida para tu padre, ¿te parece?

Serena le echo los brazos al cuello y estuvieron así un rato, sin decir nada, abrazándose la una a la otra entre las ruinas de sus vidas. Y Mina supo que aquella crisis había pasado. No la última, pero quizá sí la más grave.

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Yaten se quedó en casa para ver el programa de Mina esa mañana. Las noticias, los periódicos, la entrevista a un taxista que había escrito un libro y a una mujer con cáncer que estaba haciendo campaña para que buscasen un nuevo tratamiento, el informe del tiempo…

Los ingredientes usuales de su programa; Mina, el pegamento que lo unía todo con su encanto, su carisma y una fuerza que a él le había pasado desapercibida hasta entonces. O quizá fuera nueva. Algo que había encontrado en las cordilleras del Himalaya. Algo que le hacía amarla aún más. Solo esperaba que su hermana entendiese lo afortunada que era.

Aquél era su último día en el programa y el editor había hecho un montaje de los mejores momentos: el primer día, cuando hizo aquel torpe informe del tiempo que la convirtió en una cara conocida, su entrevista al secretario general de Naciones Unidas, Mina sobre un autobús de dos pisos, Mina con la gota de sangre cayendo por su rostro en el Himalaya…

Yaten pensó que pondrían los títulos de crédito sobre esa imagen, pero la cámara volvió a enfocarla a ella en el plató.

Mina Davenport tenía algo especial delante de una cámara, pero aquel día era algo nuevo, algo más. Una madurez que no tenía nada que ver con su nueva imagen. Había aprendido por fin a creer en sí misma y Yaten se encontró sonriendo.

- He sido parte de este programa de una forma o de otra durante nueve años – empezó a decir –. Y, a pesar de todo lo que han visto, lo único que he aprendido es que esto no es sobre mí sino sobre ustedes, la gente que ve el programa cada día. Es sobre ustedes, sobre sus vidas – la cámara se acercó un poco más –. Hoy, como saben, es mi último día en este plató y quiero usar los últimos minutos para hablar de mí. Bueno, en realidad no sólo de mí. Voy a contarles la historia de dos niñas…

Yaten se levantó del sillón mientras Mina le contaba al mundo la historia de su vida. Mientras hablaba de los horrores que había vivido, pero también del amor.

Cuando terminó, se volvió para sonreír a alguien y la cámara enfocó a Serena sentada a su lado.

El público y los técnicos se quedaron en silencio un momento y luego todo el equipo entró en el plató, aplaudiendo, para abrazar a Mina y a su hermana.

Yaten no podía apartar los ojos de ella, incluso cuando la puerta se abrió y Hotaru entró en la biblioteca.

- Yo también estaba viendo el programa. Es asombrosa tu Mina, ¿no?

- No es mía.

Solo durante unos momentos inolvidables el día anterior, cuando la verdad los había hecho libres. Cuando pronunciaron palabras que habían estado guardadas bajo llave durante tres años.

Hasta el día de su muerte recordaría su voz cuando le dijo «Te quiero».

- Pero sí, es asombrosa – consiguió decir, con un nudo en la garganta.

- Yo estaba tan segura de que te haría daño… Pensé… pensé que sólo quería tu dinero, pero no es así. No la dejes escapar, Yaten.

- Su hermana la necesita más que yo.

- Pero Mina te necesita a ti – insistió Hotaru –. Todos necesitamos a alguien, una roca a la que agarrarnos cuando las cosas van mal. Su hermana se recuperará, Yaten.

- Algún día.

Daba igual. La semana siguiente, el año siguiente, él estaría allí si Mina lo necesitaba. Siempre estaría allí.

- ¿Qué va a hacer la hermana ahora?

- Le dije a Mina que tú podrías conseguirle un trabajo.

- Ah, gracias. En serio, gracias por creer en mí. Por cuidarme, por salvarme – de repente, su antipática y severa hermana pequeña se quedó sin palabras –. Hablaré con ella. Le preguntaré qué le gustaría hacer.

- Es frágil – le advirtió Yaten.

- No la romperé. De hecho, puede que le resulte más fácil hablar conmigo que con su hermana – Hotaru miró la pantalla, donde Mina sonreía con un ramo de flores en la mano –. ¿Qué va a hacer ella ahora?

- No tengo idea. Me habló sobre un documental sobre adopciones y yo sugerí que formase su propia productora.

- No la veo dirigiendo una productora, pero ¿quién sabe? Esperaré un par de semanas antes de hablar con Serena, les daré tiempo para que se aburran de jugar a las familias felices. Pero tú no metas la pata enviándole flores o correos de ánimo, ¿eh?

- Si eso es psicología inversa, has elegido al hombre equivocado.

Nada de flores, nada de correos.

Sólo el silencio.

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He aqui el capitulo diez, ya solo falta uno y un pequeño epilogo, pronto los subire, hasta la proxima :D