Disclaimer: Nada de esto mío, lalalá, todo de Jotaká.


The Time To Sleep

&.

—Los niños están durmiendo.

—Hermione, no tenemos hijos.

—Digo, los de los vecinos.

—Ah, ¡qué bien!

Sonríes. Sonríes bien grande, asomando todos y cada uno de tus dientes. Él no era así. Ha cambiado. No sabes desde cuando, pero lo que hace, lo realiza de una forma distinta.

Él no te está viendo. No sabe que la cena hace rato que está lista, pero que se conservará mejor en el frigorífico. No sonríe porque estés a su lado. Vamos, ni siquiera te mira a ti, ni a la luna enorme y redonda, blanca como la leche, que se asoma coquetamente por la ventana abierta. No te toma de la mano.

Los lentes se le resbalan poco a poquito del puente de la nariz, la frunce esperando que se suban tantito, porque no va a mover su mano para colocárselos mejor.

Ese lado del sillón es más frío que el otro. El fuego de la chimenea calienta mejor ese otro lado. Misteriosamente te has recorrido cinco centimetros a la izquierda. Otros cinco más. Y otros diez. Y ya estás casi encima de él, pero sólo lo necesariamente justo como para que tu mano fría resbale de tu regazo y se sitúe bien cerquita de otra mano. La punta de tu dedo medio toca otra punta de otro dedo. Luego los cuatro dedos restantes encajan perfectamente en su mano tibia.

—¡Ron!

—¿Mmm?

—Tengo frío.

Te mira, te trasluces a través de los vidrios de sus gafas. Las de Harry no solían ser tan... no sabes qué. Pero él no es Harry. Ron sólo usa los lentes en ciertas ocasiones, como ésta, claro.

Y le sonríes, con la misma curvilínea que te desdibuja los labios desde hace una hora, a veces más ancha, ahorita más corta.

Pero no lo suelta. Cabes perfectamente entre su brazo, que te rodea por la nuca, baja por tu brazo y te acurrucas en ese divino rincón de su cuerpo y del sillón.

Tienes una mano exploradora, que se desliza furtivamente por debajo de su suéter y que serpentea pacientemente por su bien formado abdomen. Allí, su piel es más que caliente que tibia. Y justo encima del corazón, donde dejas que repose, es más ígnea la temperatura. Empiezas a hacer círculos en el pequeño brote de carne que tiene cerca. Su respiración no es tan tranquila como antes.

Sientes que su aliento se incrementa y lo sabes porque su boca casi roza tu frente, los besos en su cuello deben de estar haciendo algo.

Te advierte con su mirada del color del océano.

—Yo también tengo frío.

Shakespeare no podrá persuadirlo, no podrá entibiarlo, no podrá emocionarlo, no le hará quitarse el suéter, no hará nada de eso tan bien como tú lo haces.

Hamlet, tu hijo, reposa mejor en la mesa de centro, que en las manos de tu pelirrojo.

Bien sabes cómo terminará la escena.

Con tus piernas perdidas entre las piernas de Ron, con una sábana cubriendo la palidez de ambos cuerpos, con las tazas de chocolate caliente y la ensalada para la cena al lado de la alfombra, donde estarán tendidos después de haber hecho el amor y con el libro nuevamente entre ustedes, pero serás tú, Hermione, la que lo sostenga y entre los dos continuarán leyendo en donde se han quedado.

Pero al final no es Hamlet lo que Ron ha estado leyendo, es Sueño de una Noche de Verano, que te empieza a recitar en voz alta mientras te vas quedando dormida, que el seguirá leyendo en voz más baja hasta desaparecer, para seguir las líneas él solo y finalizar el libro, para coger otro y seguir la adición que le haz creado, la de leer los clásicos muggles después de prenderse fuego mutuamente, como cada noche en lo que reste del invierno.


Lo que hace una crisis, cuando en lugar de escribir un ensayo psicopatológico, escribes historias de amor a medianoche. Saludos!

Madame. 30/01/!3