CAPÍTULO XII – EL GRAN ENCUENTRO

Tras los sucesos ocurridos aquella noche en el puerto y luego de que Diego rescatase a Perla de esa intrincada situación, Babi castigaría a su hija por haberse escapado de su casa sin avisar. Durante los días siguientes, Perla no podía salir a ver a sus amigas, ni podía recibirlas en la casa, ya que Babi se había vuelto una completa carcelera en ese sentido. Los días pasaban y la poca libertad que tenía la joven, era cuando se la pasaba de su casa a la escuela y de la escuela a su casa. Valeria se sentía muy preocupada por la situación, ya que entendía que por su culpa, Perla estaba encerrada como si hubiese cometido algún crimen. Ni siquiera Gustavo, el padre de Perla, podía interceder ante Babi para que afloje en su actitud.

Así estuvo Perla durante un mes. Encerrada en su casa y alejada de todo el mundo exterior, por causa del castigo de su madre. Pero sin embargo, lo que aun le seguía haciendo ruido en la cabeza, era Diego. Su actitud, su valentía, su generosidad curandole las heridas y hasta su porte físico, comenzaban a hacer mella en las barreras emocionales que le puso al primo de su amiga. Aquel beso que le diera frente a Gin, si bien fue una jugada para salvar su pellejo, provocó en ella una sensación extraña. Poco a poco, comenzaba a sentirse atraída por ese joven que alguna vez supiera hacerle la vida imposible. Todos los días que iba al colegio, intentaba ingresar antes, sin aguardar la llegada de su amiga Valeria, debido a que no quería dar muestras de sus sentimientos hacia Diego. No quería admitirlo, pero se estaba enamorando.

Pasó un mes desde los sucesos del puerto y entre escondidas y recelos con su madre, Perla pasó sus días encerrada. Fue así, que esa última noche de ese mes, comenzaría a pensar muy seriamente en lo que quería y que estaba dispuesta a hacer por hacer concreto a ese amor.

A la mañana siguiente, Perla asistió como todos los días al colegio y al llegar se encontró con una grata sorpresa: Valentina había vuelto a clases.

- ¡Amiga! ¡Qué gusto me da el volver a verte!

- A mi también, gracias por estar conmigo en todo momento. Cuéntame ¿Qué pasó en todo este tiempo?

Perla comenzó a relatarle a su amiga todas las alternativas que se sucedieron durante su internación: Desde el confuso episodio con Valeria en el pasillo del colegio, hasta la pelea en el puerto, donde Perla vengaría el honor de Valentina, batiéndose en un duelo personal con Nina.

- ¡Wow! ¿De todo eso me perdí? – preguntó Valentina.

- Y no solo eso… ¿A que no sabes quien quedó haciendo guardia al lado tuyo? – dijo Perla sonriendo.

- Pues si no me lo dices, no lo sé.

- ¿Adivina quién pudo ser?

- ¿Acaso me quieres decir que…? ¡No! ¡No es cierto! Perla por favor no juegues con mi salud, que recién me reincorporo y no quiero morir infartada… ¿Era él?

Perla asintió con la cabeza

- ¡No lo puedo creer! ¡Me lo dices y no lo puedo creer! ¿Mi amado Andrés estuvo todo el tiempo conmigo?

- Sí. Y no se quería ir en ningún momento.

- ¡Ay Dios, me muero! ¿Y cómo es que en ningún momento ingresó a mi habitación?

- Siempre se mantuvo fuera de ella, porque tenía miedo a que lo rechaces. ¿Recuerdas esa vez que fuimos con Valeria a verte? Pues estuvo despierto desde la noche anterior.

- Pobre, ¿Y tú no le has dicho nada de lo que yo siento?

- Valentina, esas cosas se deben decir entre ustedes. Yo lo que podría llegar a hacer es concretar un encuentro. El resto ya corre por su cuenta, ¿no lo crees?

- Wow, eso sí que es increíble. Dios mío, pensé que nunca lo iba a lograr. – decía Valentina emocionada y continuó – A propósito, ¿Qué sucedió luego entre tú y el primo de Valeria?

- Shh, eso es algo que he decidido hacer por mi cuenta y necesito de ti para ello.

- Perla por el amor de Dios ¿en qué lío te vas a meter?

- Esa noche que me devolvió a casa quedamos en vernos. Pero ha pasado mucho tiempo y lo he estado evitando, para no darle muestras de lo que estoy sintiendo.

- ¿Sintiendo? - preguntó Valentina sin entender

- Si... Pienso que...

- ¿Qué? - preguntó Valentina cada vez más animada.

- Siento que me estoy enamorando de él. - confesó Perla.

Valentina se llevó las manos a la boca en un gesto de agradable sorpresa.

- ¡No lo puedo creer! - exclamó profundamente feliz por la confesión de su amiga.

- Espero que no haya olvidado la promesa que me hizo aquella noche que me llevó a casa. Cuando venga, voy a pedirle para vernos… y escaparnos.

- ¿Escaparte? Perla, recién lo conoces

- Y ya creo que es el hombre que quiero. Valentina, me gusta el primo de Valeria. No puedo evitarlo.

- ¡Al final yo tenía razón! Estás enamorada de él – reía Valentina - ¿Y por qué te quieres ir?

- Estoy harta de que mi madre me viva castigando. No se lo volveré a permitir. – señaló Perla.

- Pienso que no estás haciendo las cosas bien. Pero sabes que si me necesitas, cuentas conmigo. Anda, dime qué debo hacer.

- Cuando Valeria venga, llévatela adentro. Yo me esconderé y hasta tanto no vea a Valeria dentro, no voy a acercarme. Ya me estoy escondiendo. Quédate aquí.

Perla fue a esconderse detrás de un árbol, cuando Valeria y Diego llegaron al colegio y Valentina se reencontró con ambos.

- ¡Vaya amiga! ¡Has vuelto a clases! - exclamó Valeria.

- Sí, finalmente me han dado el alta y ahora debo cuidarme un poco más. - respondió Valentina.

- Pues fíjate que en lo que necesites, voy a estar para ayudarte. Te lo debo amiga. - dijo Valeria.

- Bah no te preocupes, pero igual te lo agradezco - respondió Valentina y luego se dirigió a Diego - Y tú Diego, ¿como estas?

- Muy bien. En verdad me alegra mucho que te hayas recuperado de ese accidente. Valeria siempre estuvo preocupada.

En eso, sonó un click en la cabeza de Valentina y recordó:

- Ay Diego, ¿Me perdonas? Debo entrar rápido a informar mi reincorporación, o seré sancionada. ¿Me acompañas Valeria?

- No tienes nada que disculparte pequeña. Anda, ve cuanto antes. Valeria te acompañará.

Conforme a lo acordado, Valentina se llevó a Valeria adentro del colegio y dejó a Diego a merced de Perla. Una vez que las chicas ingresaron, Perla salió de su escondite:

- ¡Psst! ¡Oye tú! – susurró Perla

Diego miró hacia todos lados, hasta que la encontró. Aceleró su moto y se puso a la par de ella.

- ¿Qué haces ahí que no entras a clases? – preguntó Diego.

- Mira, siento que no terminé de agradecerte lo que hiciste conmigo la otra noche. Quiero pedirte algo.

- Dime, estoy para escucharte.

- ¿Sigue en pie la invitación que me hiciste?

- Si pero, mi idea era buscarte a la salida.

- Hay un cambio de planes: Mi madre me castigó y no quiere que salga más a ningún lado.

- Entonces no puedes ir a ningún lado.

- Eso dicen los papeles. Pero yo quiero pedirte algo especial.

- ¿Qué pretendes hacer? – preguntó Diego totalmente serio, por el planteo que le formulaba.

- Llévame contigo. Escapemos. Vayámonos de aquí. Traje mi pasaporte para poder escapar de este país y poder irme de aquí. Llévame a Francia. Sácame de este infierno al que me quieren llevar.

- ¿Oye te has vuelto loca? ¿Cómo pretendes una cosa así? ¿Y si tu madre se angustia por tu partida?

- Mi madre ya no me quiere. Ya no me sirve vivir en un lugar así. Diego, llévame contigo.

- Mira, a mí también me gusta la idea de escaparnos. Pero tienes que saber que eres menor de edad y no puedes irte así sin más de tu casa.

- ¡Diego por favor! – suplicó Perla llorando. Y así, como de sorpresa, se lanzó a los brazos de Diego. El quedó sorprendido por esa repentina actitud y la contuvo en todo momento.

- Mira pequeña. No vamos a escaparnos a ningún lado. Pero si tú quieres, te llevaré a un sitio donde podrás despejar un poco tu cabeza. Un sitio que me sirve de escape a este mundo real. – invitó Diego.

- Llévame bien lejos por favor. Lo más lejos que puedas. – pidió Perla.

- Muy bien. Todo el mundo a bordo. – invitó Diego y en seguida Perla se montó a la motocicleta.

Esa mañana, Diego debía ir primeramente al circuito, para seguir haciendo pruebas más allá de su confirmación dentro del equipo. Por tal motivo, fueron hasta Montmeló. Allí el equipo estaba esperándolo para que pruebe la nueva unidad experimental.

- Hola Carles ¿Cómo estás? – saludó Diego a su jefe de equipo.

- Dieguito, finalmente has llegado. Ven voy a mostrarte la nueva belleza.

- Bueno espera que debo avisar a alguien.

Carles vio a Perla y le preguntó a Diego:

- ¿Has traído a tu ángel copiloto?

- Así es – dijo Diego riendo y en seguida llamó a Perla – Perla, él es Carles mi jefe de equipo.

Perla saludó a Carles y fueron a ver la nueva máquina que Diego debía conducir. Un hermoso sedán, decorado con tonos de negro y amarillo, esperaba impaciente a ser puesto en marcha.

- Carles, quiero que lleves a Perla a probarse una butaca. Dile que es para que ella se siente a tomarme los tiempos o cualquier cosa así. No le digas que voy a llevarla a mi lado.

- Bueno hombre, pero primero haz que de unas vueltas. Estuvo preguntando por ti y está impaciente para que le hagas acelerar su motor. – dijo Carles hablando en referencia al auto.

Diego festejó la ocurrencia de Carles y a la media hora ya estaba sacando el auto a girar. Carles por su parte, llevó a Perla a probarse una butaca, siguiendo las instrucciones de Diego. Cuando Diego finalizó la vuelta, al bajar del auto se llevó una sorpresa muy agradable a sus ojos: Perla estaba con el pelo suelto, vestida con un brillante antiflama amarillo y negro, igual al suyo. Diego quedó anestesiado, mirando esa belleza de mujer envuelta en los atuendos de un piloto profesional.

- Hey tío, despierta – lo zamarreó Carles - ¿Qué te parece tu nueva cronometrista?

- Pues la quiero conmigo dentro del auto – pidió Diego.

Entonces fue que se comenzó la adaptación del coche para que Perla acompañe a Diego en la butaca derecha. Una vez colocada la butaca, restaba convencer a Perla de subir:

- Necesitamos que subas con él a la derecha. Debes tomarle los tiempos. – indicó Carles.

- ¿Yo? – preguntó Perla asustada.

- Anda no tengas miedo. Vas a ir muy bien asegurada. – explicó Carles.

Perla se subió al auto con mucho miedo. Sus miedos comenzaban a bajar, cuando Diego comenzó a atarla dentro del coche con los cinturones de seguridad.

- Ahora ponte el casco, que zarpa este buque. – dijo Diego regalándole un pellizquito a su cara.

Diego tomó su posición, se preparó y arrancó. Cuando llegaron a la salida de boxes, aceleró llevando el coche hacia la primera curva, donde comenzaron a moverse a velocidad plena. Al principio, Perla no quería mirar, pero con el paso de las vueltas comenzó a sentirse cada vez más segura. Le pedía a Diego que no pare, que siga, que acelere. Sin lugar a dudas le estaba perdiendo el miedo a la velocidad.

Cuando bajaron, Perla se excusó de no haber podido marcar un solo tiempo, lo que generó las risas del equipo, quienes sin embargo la felicitaron por sumarse al desafío. Cuando la sesión terminaba y el equipo se iba a comer, Diego fue a hablar con Carles:

- Dime Carles ¿Lo tienes listo?

- Sí. Está guardado en el tráiler

- ¿Y las llaves?

- Aquí las tienes. No me lo traigas con ningún rasguño ¿eh?

Perla se quedó al lado de la moto esperando a Diego para volverse. Pero fue grande su sorpresa, cuando lo vio llegar a bordo de una coupé deportiva color amarilla.

- ¡Wow! ¿Y esto?

- Es del equipo, me lo prestan por hoy. Anda, sube que tenemos que seguir. – invitó Diego.

Salieron del circuito y Diego encaró hacia el sentido opuesto al camino de regreso a Barcelona:

- Déjame que te lleve a un lugar. Es especial para mí porque es mi refugio cuando no me siento bien.

Fueron viajando por la ruta, surcando terrenos cercanos a los Pirineos. Diego tomó por un camino vecinal, ingresando hacia lo alto de una sierra. Allí se encontraba una casa muy bonita.

- Es una casa de mi padre. La usamos para venir los fines de semana a descansar de todo. Es un sitio tranquilo y podrás despejarte de todos los problemas que te aquejan.

Llegaron a la casa y Diego hizo pasar a Perla. Ella quedaría fascinada con la estructura del hogar y se sentiría muy a gusto en el sitio.

- En esta casa, mi madre solía pintar en sus ratos libres, mientras papá y yo hablábamos de carreras y demás cosas de la vida. Siempre solíamos venir con mi tío Alex, quien también me ha enseñado mucho en la vida. – contaba Diego – Ven, quiero mostrarte algo.

Diego llevó a Perla hasta una puerta corrediza y al abrirla dejó ver un balcón que tenía una bonita vista, donde se podía ver el mar.

- Diego, este es un sitio muy bonito. Me encanta mucho. – dijo Perla mientras se abrazaba a él. Diego le pasó la mano por la espalda, dejándole una caricia.

- Te propongo algo. – invitó Diego- Ponte al lado de la baranda, cierra tus ojos y abre tus brazos.

- No pretenderás tirarme ¿no? – dijo Perla en tono de broma.

- Confía en mí. Solo haz eso.

Perla se puso al lado de la baranda e hizo todo lo que Diego le indicó. Él se acomodó detrás de sus espaldas, apoyó la cabeza de Perla sobre su pecho, la tomó de las muñecas y comenzó a hacerle imitar el aleteo de un ave en pleno vuelo:

- Piensa en las cosas malas que te han pasado. Suéltalas, libéralas, deja que tomen vuelo y sigan su curso. – indicaba Diego.

Perla hacía todo lo que Diego le pedía. Sentía que todos sus problemas surgidos a raíz de sus peleas con su madre, los dolores de cabeza que le daba su incorregible hermano Horacio y hasta el odio que sentía por Diego, por aquel encuentro infortunado, emprendían vuelo de su mente y dejaban su corazón sosegado. En ese momento, comenzó a sentir que se dormía y se dejó caer sobre los brazos de Diego:

- Perla, ¿qué te sucede? ¡Respóndeme!

- ¡Oh! no me sucede nada. Solo quería dormirme un rato.

- ¿Tanto así?

- No sabes todo lo que pasé – dijo Perla – Muchas cosas que me aquejan en la vida. Mi madre, mi hermano… Hasta tú que me habías hecho pasar una mala experiencia.

- Pero ahora ¿Qué piensas de todo?

- Pues… Lo de mi madre no sé cómo solucionarlo. Y mi hermano es incorregible.

- ¿Y yo?

- Tú – dijo Perla mientras le pasaba la mano por la cara – En poco tiempo has cambiado muchas cosas en mi vida. Como si hubieras pateado una estantería para acomodarla a tu manera. No lo sé. Es como si fuera que… no has hecho nada malo.

Diego al oír esas palabras salir con tanta dulzura, no pudo evitar acariciar la cabellera de Perla. Le gustaba sentir como la suavidad de su pelo, cosquilleaba su mano cada vez que la acariciaba.

- Diego, quiero dormir un rato ¿Tienes una cama para dormir? – pidió Perla.

- Seguro. Ven que te llevo. – invitó Diego y sin más la tomó en sus brazos, para llevarla a la alcoba. Diego sentía derretirse con el aroma del perfume de Perla. Cuando llegaron a la habitación de sus padres, Perla había quedado dormida en sus brazos. Diego la depositó suavemente en la cama y la dejó dormir. "Princesa", pensaba mientras la contemplaba dormida.

Diego salió de la habitación y se dirigió al balcón. Se apoyó sobre la baranda, encendió un cigarrillo y se quedó pensando seriamente en lo que estaba sucediendo. No dejaba de pensar un segundo en la joven que dormía como una Bella Durmiente en la alcoba de sus padres. No quería admitirlo, pero se estaba enamorando.

Mientras quedaba apoyado por la baranda con las manos, se quedó completamente desconcentrado, tanto que no percibió cuando Perla se puso detrás suyo para abrazarlo por la espalda.

- Quedaste muy pensativo grandote. – le dijo ella.

- Estoy disfrutando el momento, princesa – respondió él – ¿y por qué estas despierta?

- No puedo dormirme ahí sola – pidió ella – ven, acompáñame.

Perla agarró la mano de Diego y lo llevó a la rastra hasta la alcoba. Cuando Diego observó que podía empezar el juego, tiró a Perla de la mano hacia él y comenzó a hacerle cosquillas.

- ¡El último es animal de Dios! – gritó Diego y salió corriendo a la alcoba.

- ¡A que te alcanzo cabrón! – gritó Perla y fue tras él corriendo.

Cuando llegaron a la cama se lanzaron sobre ella y comenzaron una guerra de cosquillas, hasta que cayeron rendidos en la cama. Perla se acercó a Diego hacia su cara y comenzó a hablarle:

- No puedo creer que hayamos llegado hasta aquí. Necesito decírtelo Diego.

- Dímelo pequeña.

- Desde que estoy contigo, me siento cada vez más segura, siento que las cosas han mejorado y que me siento cada vez más vital. Y eso que solo pasó un mes.

- Yo también pienso igual. De hecho, estás dando luz a mi vida.

- ¿Por qué has hecho todo esto? Has transformado todo en nuestras vidas

- Perla, desde que te conozco siempre quise pelear por ti. Siempre pelearé POR TU AMOR.

Perla se emocionó de oír esas palabras y siguió acercándose más.

- Eres lo mejor que me pasó en la vida, Diego. – y siguió acercándose más a él.

La distancia se tornaba cada vez más pequeña entre ambos. No podían evitarlo. La atracción era cada vez más y más inevitable. Perla nuevamente comenzó a abrir sus labios acercándose a Diego y él comenzó a acercarse cada vez más. La atracción finalmente terminó con un dulce y apasionado beso entre ambos. Tras ese beso, Diego reaccionó:

- Wow! ¡No lo puedo creer! Es lo más bonito que me haya pasado – dijo él.

- A mi también, mi amor. – respondió Perla - Te amo.

Diego al oír eso, nuevamente la besó y comenzaron a dar vueltas en la cama, dándose besos y caricias, terminando los dos enredados y haciendo el amor por toda la tarde, hasta quedar rendidos uno al lado del otro.