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Tan solo un momento, tan solo un roce.

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Ranma se acercó al estante que momentos antes ocupara su prometida, tomó entre sus manos aquel peculiar libro que la había visto tomar y comprar. Por un instante había pensado en seguirla, tal y como había hecho toda la mañana. Debía reconocer que sus acciones habían sido impulsadas principalmente por los celos.

Le había molestado en un extremo que ni el mismo se podía creer; el hecho de que ella en ningún momento lo hubiera tomado en cuenta para hacerle compañía, eligiendo a Ryoga por sobre de él.

Es cierto que también se había encargado del joven Hibiki y esperaba que el susodicho se encontrara rumbo a China en ese preciso instante. No le importaba hacía donde osara perderse, lo único que quería es que se mantuviera alejado de su bella prometida.

Tenía planes, había sido meticuloso en cada detalle y el día de San Valentín se aproximaba. Él consideraba que ese día era perfecto para lo que había estado esperando hace poco más de cuatro años, contados a partir del día en que estuvo a un nada de convertirla en su esposa.

Bueno, tanto así como que él hubiera estado a punto de convertirla en su esposa, no era precisamente el término que utilizaría; pero a quien le importaba, de todas formas él era quien se iba a casar con ella. Que sus padres hubieran fraguado todo como parte de un plan que lo tomó por sorpresa, era solo un pequeño e insignificante detalle sin importancia. Al final de cuentas, él si había tenido la firme intención de contraer nupcias con ella, muy a pesar de que el miedo y el nerviosismo lo paralizara.

Se rascó la cabeza enarcando las cejas, reconociéndose a sí mismo lo inmaduro que había sido. Negarle todo cuanto sentía por ella justamente ese preciso día, no había sido de lo más sensato ni la mejor de las decisiones. Había actuado exactamente como lo que era, un adolescente inmaduro y lleno de miedo ante la mujer de la que estaba enamorado; guiado principalmente por el impulso y la costumbre.

Movió la cabeza en un gesto de desapruebo ante sí mismo, ante su propia actitud; tal y como si se tratara de otra persona a la que estuviera haciendo referencia. Ahora, a sus casi veintiún años se daba cuenta de lo tonto que había sido.

Pensó en que si esa misma situación tuviera lugar en ese preciso momento, su forma de actuar sería totalmente diferente. Evitaría a como dé lugar que ese grupo de locos arruinara por completo su boda. Si era necesario, estaba dispuesto a raptarla sin importar que.

Sabía lo terca que era la joven, solo había que ver el resultado de tanta insistencia en hacerse cargo ella mismo del dojo. Todo había funcionado de maravilla, con su ayuda claro; pero reconocía el potencial e inteligencia de la misma. El dojo Tendo ya no era lo que fue gracias a sus estrategias, se había convertido en un negocio próspero y él se enorgullecía de ella. Por ende, suponía que si la raptaba, seguro le daría buena batalla para defenderse de él, su pervertido prometido.

Sí, aun después de tantos años, lo seguía llamando un pervertido.

Pero él iba a cambiar eso, esta vez no dejaría que nada arruinase sus planes. Ya podía imaginar la cara que pondría cuando se enterase de sus planes, el pleito que le armaría. Sí que la sorprendería y no estaba dispuesto a echarse atrás.

Se llevó una mano a la barbilla de forma pensativa. Tal vez, tan solo tal vez, se llevaría unos buenos golpes ante la furia de la obstinada chica. ¡Pero que estaba diciendo! ¿Tal vez? No, eso era pensar en pequeño. Estaba hablando de su prometida, Akane Tendo; la joven más testaruda de toda Nerima, su querida y fuerte marimacho.

Rió nerviosos ante la realidad, iba a tener serios problemas cuando ella se enterara. Tal vez debería tomar en cuenta que la fuerza y habilidad de ella no eran la misma, y como no saberlo si él personalmente se había encargado de que así fuera.

Un profundo suspiró escapó de sus labios, todo iba a ser más complicado de lo que pensó.

Observó detenidamente la portada del libro en sus manos "Los hombres y el lenguaje mudo del amor", era el título de aquella obra.

Ladeó la cabeza analizándolo un poco, considerando que podría ser interesante y beneficioso para sus planes. Un gesto afirmativo y una mirada de decisión, fueron su compañía cuando se dirigió a la dependiente de la librería. Comprar el mismo libro que su prometida le sería de gran ayuda, después de todo solo tenía una semana. El tiempo estaba en su contra.


Entro presuroso a la residencia, se había tardado más de lo debido y seguro tendría que someterse a un gran interrogatorio por parte de los patriarcas. Eso, sin tomar en cuenta los posibles celos de su prometida al creerlo en compañía de aquella amazona china, que tanto lo agobiaba con sus constantes insistencias acerca de su boda.

La familia se encontraba reunida, al parecer se había retrasado para la hora de la cena. Inhaló y exhaló el aire de sus pulmones un par de veces antes de acercarse y tomar su lugar, rogando en su interior no ser el tema de conversación.

Todos fijaron su mirada él para segundos después fijarla en la joven Tendo, en espera de una reacción por parte de esta. La joven ni siquiera dio muestras de importarle la situación e ignoró de manera muy fría la llegada del joven. Este a pesar de la actitud de ella, agradeció muy en el fondo el resultado.

— ¿Dónde estabas? — le preguntó un par de horas después, haciéndolo abrir los ojos. Se sorprendió de ver el rostro de ella frente a él en lugar de las estrellas del firmamento. Se sonrojó al intentar incorporarse y darse cuenta de la cercanía de la joven, de sus rostros. Se dio cuenta, que esta se encontraba arrodillada junto a él, haciéndolo sentir turbado.

Debió suponer que lo seguiría hasta la azotea.

— ¿Te importa? — preguntó sin responderle, recobrando el control de sus acciones, recurriendo a lo que sabía hacer mejor: fingir indiferencia, a lo que ella frunció el ceño evidentemente molesta —. No estaba con Sahmpoo, si es lo que querías saber…mucho menos con Ukyo — respondió al fin su pregunta, incorporándose y evitando su mirada. Encogió la pierna derecha, utilizándolo como apoyo para su antebrazo; el cual le servía de soporte para su barbilla.

Akane resopló frustrada, últimamente él actuaba de una forma extraña. Comenzaba a temer el desenlace de la razón de tantas persecuciones por parte de las otras chicas, podía adivinarlo en su mirar.

Se sentó a su lado sin decir absolutamente, en espera de aquel suceso que sabía desde años atrás, en algún momento llegaría.

— Sabes, he estado pensando…ya estoy cansado — le dijo observando las estrellas. Ella lo miró sorprendida.

— ¿Cansado? — preguntó temerosa de la respuesta, apretando sus manos sobre su regazo.

— Tu sabes, Akane…toda esta situación de las prometidas es realmente agobiante — le dijo observándola. Tenía la mirada baja, puesta fijamente sobre sus manos. Una inevitable sonrisa asomó en los labios masculinos, consciente que a ella de cierta manera le preocupaba la situación — ¿Qué tal tu cita? — preguntó divertido, intentando desviar el tema de conversación. Además, no podía evitar mofarse de la chica, él había sido el causante de que su acompañante misteriosamente perdiera el rumbo.

— No era una cita — le dijo enfrentándolo retadoramente, fijando sus ojos en los de él.

— Aja, ¿yyy, donde esta ese cerdo? — preguntó mirando de un lado a otro, en un fingido intento de divisar a su amigo.

— No tengo idea, en algún momento se perdió cuando pasamos por el parque. Ya sabes cómo es Ryoga —, le respondió con tanta calma y naturalidad que a él le sorprendió.

— Así que…te iras — dijo recordando la razón por la que había tomado la decisión de apresurar las cosas. En realidad, había formulado sus planes para unos meses después; pero la repentina decisión de la joven de marcharse por un año de Nerima, le había hecho cambiar de opinión. Por ningún motivo consideraba viable seguir como lo había previsto, puesto que para ese tiempo ella se encontraría lejos de él.

— Lo recordaste — le dijo observándolo. Había tratado de hablar con él, pero siempre evitaba el tema fingiendo haberlo olvidado —…me iré en dos semanas.

— ¿Y el dojo? — preguntó levantando la mirada al cielo, teniendo como panorama el negro firmamento. Había tenido la firme intención de exponerle sus planes acerca del futuro, de su futuro juntos; pero no podía hacerlo. Seguro que ella malinterpretaría todo si lo hacía en ese momento.

— Ranma… — le habló en un susurró — confió en que tú te harás cargo sin problemas.

— Akane…yo...— giró su rostro para mirarla fijamente, y de manera casi inconsciente le regaló un leve y casi imperceptible roce sobre su mano. Akane no pasó desapercibida aquella caricia, observando como por algunos segundos, su prometido fue capaz de acariciarla de manera tan fugaz —… te-te veré luego — le dijo comenzando a saltar por los tejados, dejándola sola, evadiendo una vez más el dichoso tema.

— Ranma — susurró acariciando la mano que había sido dichosa en recibir tal muestra de afecto. Deseando haber sido tan solo un poco más rápida y valiente para poder devolver el gesto; sin embargo, ese pequeño momento, había sido tan significativo para su acelerado corazón.

Inevitablemente, recordó uno de los consejos de aquel libro.

"Uno de los detalles que suelen parecer sin importancia es: tocar. Sí, tocar.

Si un hombre está interesado, buscara cualquier momento para tocar. Puede ser algo tan simple como un apretón de manos, un leve roce en las manos o en el antebrazo, hasta suele ser en el hombro o en la espalda. Lo importante a tomar en cuenta, es la manera en que se da el contacto. Si es hecho con cariño, definitivamente está tratando de dejarte saber que él siente algo especial por ti."

Sonrió feliz, Ranma acababa de dejarle una pequeña muestra de afecto hacia ella.