Comencé a publicar esta historia hace casi cuatro años. Muchas cosas han sucedido desde entonces, cosas que en su momento me llevaron a abandonar el fic durante mucho tiempo. Sin embargo, y a pesar de todo, he terminado. Este capítulo pone punto final a cuatro años de esfuerzos y aventuras. Quiero agradecer a todos aquellos que se han tomado la molestia de leerme y acompañarme durante todo este tiempo. No me queda más que decirles que disfruten de esta historia tanto como yo disfruté al escribirla.

Gracias de nuevo, y hasta siempre.


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Capítulo Final: Un nuevo comienzo

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Ellisa estaba sentada en un elevado andamio a más de diez metros del suelo, concentrada en el rítmico golpeteo del cincel y el martillo en sus manos. Un complejo sistema de cuerdas, poleas y contrapesos mantenía suspendidos varios andamios como aquel alrededor del gigantesco monumento de roca blanca, como pequeños insectos posados en el tronco de un roble.

Stelios la observó con atención desde el suelo. Le daba la impresión de que, de haberlo querido, la joven habría podido mantenerse suspendida en el aire con el solo uso de su cosmos, sin necesidad de andar desplazándose por todo aquel entramado de vigas y tarimas. También estaba casi seguro de que podía prescindir del martillo y el cincel. La descomunal cosmo-energía de Athena sería capaz de tallar por si sola la roca, moldeándola a gusto en toda su enorme extensión. Sin embargo, Ellisa se empeñaba en trabajar en el monumento utilizando medios convencionales.

Por eso el complicado sistema de andamios. Por eso el lento golpear del cincel sobre el mármol. Stelios se hacía una idea de por qué. El hecho de trabajar de ese modo le permitía concentrarse al máximo en la delicada actividad manual. El hecho de trabajar de ese modo la ayudaba a no pensar.

"Señorita Athena… ¿aún sigue culpándose?"

En ese momento Ellisa esculpía el rostro severo de Adelphos. Las facciones del caballero de Géminis, al igual que las de los cientos de hombres y mujeres que componían la estatua, eran tan reales y perfectas que dolía mirarlas.

"Una maravilla arquitectónica."

El monumento debía tener unos quince metros de altura y cerca de la mitad de anchura. Estaba formado por cientos de esculturas individuales que se aferraban con dedos de piedra al bloque central, el cual ascendía hacia arriba tallado en la forma de una gran colina. No se había olvidado de nadie. En la base, a modo de cimientos, se encontraban los cientos de soldados del Santuario que habían luchado y muerto durante la guerra. Por encima de ellos estaban los caballeros de bronce, cada uno con su armadura y su rostro exacto, perfecto. Los caballeros de plata los seguían en su ascenso hacia la cima. Allí estaban todos. Los cuatro muchachos que murieron a sus órdenes en la Galia, cuando descubrieron el castillo de Ares, y todos los demás. Galba de Perseo, Himrar de Can Mayor, Marcus de Cuervo, Algernon de Ballena, Kain de Perros de Caza…todos esculpidos en la piedra con un realismo y precisión antinaturales. Ellisa debía recordar el rostro de cada uno de ellos con una nitidez asombrosa, y no solo eso. Las expresiones eran exactamente las mismas. Eran ellos hechos piedra, tan reales que daba la sensación de que de un momento a otro se moverían.

El monumento crecía aún más hacia arriba. Había que echar hacia atrás la cabeza para ver a los caballeros dorados, cada uno con su expresión, con su postura, con cada rasgo que los había caracterizado en vida. Pliers de Cáncer y Adelphos de Géminis lucían serios y sombríos. Leánder de Leo sonreía en forma arrogante, de brazos cruzados. Ávicus de Capricornio observaba hacia abajo con gesto alegre, codo a codo con un serio Gáel de Acuario. Arhat de Virgo estaba sentado en posición de loto, con los ojos cerrados. Astinos de Sagitario, Aldebarán de Tauro y Khenma de Aries estaban los tres muy cerca; los dos primeros con una amplia sonrisa, el tercero con gesto serio y solemne. Por encima de todo, en la punta de la colina esculpida en el bloque central, se alzaba Magnus, el patriarca, de pie al lado de un hermoso Pegaso encabritado con las alas extendidas.

"Kei…"

Era un espectáculo sobrecogedor.

Ellisa llevaba trabajando por si sola en aquel homenaje a los caídos desde hacía meses. Había elegido la zona alta del Santuario, cerca del inicio de las Doce Casas, para levantar el monumento. En todo ese tiempo prácticamente no se había alejado del lugar. Comía y dormía en una de las barracas cercanas, trabajando día y noche con una tenacidad sobrehumana. El ritmo en que la obra avanzaba también era sobrehumano. La joven había recurrido al cincel y al martillo para tallar a los santos y soldados, pero los grandes bloques de mármol, trozos de piedra que pesaban varias toneladas cada uno, habían sido movidos hasta allí y emplazados unos sobre otros mediante el uso exclusivo de su cosmos. Stelios no se imaginaba el nivel de poder necesario para realizar algo como aquello. Incluso Arhat habría encontrado difícil mover tantas toneladas de roca a la vez, a tanta distancia, sin moverse un solo paso.

Más allá del homenaje y de la magnificencia del monumento, Stelios no podía evitar ver algo terapéutico en todo aquello. Una terapia a la que Athena se sometía en forma voluntaria. Todos habían perdido muchísimo durante la guerra, y cada uno había asumido el duelo de forma diferente. Kárel se había puesto a entrenar día y noche sin descanso durante semanas enteras. Reshi, la hermana de Khenma, se había centrado en forma obsesiva en la reparación de las armaduras. Ellisa había elegido enfrascarse en aquel proyecto de proporciones épicas, y, ahora que estaba a punto de terminarlo, lo había mandado a llamar…

—Señorita Athena—gritó desde abajo, haciéndose visera con una mano para protegerse del sol del mediodía—Estoy a sus órdenes.

El rostro de Ellisa se asomó desde el elevado andamio, clavando sus ojos verdes en él con expresión de sorpresa.

— ¡Stelios! Perdóname, no te había visto. Enseguida bajo.

Con una agilidad inusitada, la joven fue descendiendo de tarima en tarima, sujetándose de las numerosas cuerdas que integraban el sistema de poleas y contrapesos. En un par de minutos ya estaba en el suelo, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Stelios la observó con atención mientras se acercaba. Vestía con pantalones desgastados y una simple camisa sin mangas, con un ancho cinto de cuero de donde colgaba todo un juego de martillos, cinceles, piedras de amolar y pinceles. Físicamente seguía siendo una chica menuda y delgada de rostro aniñado, demasiado bonita como para calificarla de hermosa. No obstante, desde el final de la guerra, algo había cambiado en la expresión de su mirada. Era como ver los ojos de una anciana en el rostro de una niña. "Ha madurado en muy poco tiempo…y del peor modo".

—Veo que ya está a punto de terminar.

—Sí, ya falta muy poco—Ellisa observó el monumento con una triste sonrisa—Solo unos cuantos retoques más en las expresiones de los caballeros de oro y habré terminado.

—Me sorprende ver que los ha incluido a todos—dijo Stelios, echando una detenida mirada a los soldados que daban sustento a la base de la obra—Desde el primero de los soldados hasta el último de mis hermanos de oro. Es ciertamente increíble.

—Si… desde el principio me planteé que todos debían formar parte de este monumento. Fue una de las condiciones que me impuse a mí misma antes de empezar. He procurado no olvidarme de nadie.

—Y sin duda lo ha logrado. Son todos tan reales…es como volver a verlos, a cada uno de ellos. Jamás me imaginé que se pudiera representar tan exactamente un rostro en la piedra.

—Llevo la imagen de cada uno de ellos grabada en lo más profundo de mi corazón. Nada, jamás, podrá hacerme olvidarlos.

—Ha hecho un gran trabajo. Las generaciones por venir verán este monumento y sabrán lo que cada uno de estos hombres y mujeres hizo durante la guerra. Sabrán que gracias a su sacrificio el mundo y la humanidad fueron salvados de las garras de Ares.

—Así lo espero.

Ambos se quedaron en silencio unos instantes, contemplando la imponente obra. Stelios no estaba seguro de por qué lo había mandado a llamar. Tras la derrota del Dios de la Guerra él y Athena habían trabajado codo a codo en los planes de reconstrucción del Santuario y las zonas cercanas. Había recibido órdenes de todo tipo; desde contratar a obreros y albañiles de los pueblos y ciudades cercanos (el personal del Santuario había quedado reducido a solo un puñado de sobrevivientes) hasta ayudar a relocalizar a la gente de Rodorio hasta que el pueblo volviera a estar en condiciones de ser habitado. También se había encargado de adquirir y repartir todos los materiales necesarios para que el plan de reparaciones fuera posible. Ellisa había dado todas esas órdenes sin despegarse un instante de su labor en el monumento. Cualquiera podría haberse sentido tentado de ver algo de egoísmo en esa actitud, pero Stelios no se lo reprochaba en absoluto. La entendía.

La compadecía.

Pocos habían perdido más que ella durante la guerra.

Ahora que la reconstrucción de Rodorio y el Santuario estaba plenamente encaminada, y el monumento casi terminado, no podía evitar preguntarse cuál sería su próxima tarea. Dejó que Ellisa se tomara todo el tiempo que quisiera para hablar. Últimamente eran frecuentes los momentos en que ella permanecía así, melancólica y pensativa durante varios segundos. Eso también lo entendía.

—Háblame de tus viajes, Stelios—le dijo finalmente— ¿Cómo se encuentra el mundo?

Oh, claro. Esa había sido otra de sus numerosas labores. Había pasado unas cuantas semanas en varias de las ciudades próximas al Santuario, observando y recopilando noticias e información.

—Me complace decirle que Atenas se encuentra casi reconstruida, al igual que la mayor parte de las ciudades cercanas—soltó un largo suspiro—Las huellas de la locura de Ares aún son visibles, pero la capacidad del hombre de reponerse a la adversidad nunca termina de maravillarme. En unos pocos meses, hasta el último muro y columna derruidos estarán de pie nuevamente. La población tardará un poco más en recuperarse, pero lo hará, no me cabe la menor duda de ello.

— ¿Y qué hay de las principales ciudades del imperio?

—He hablado con muchos comerciantes, peregrinos y marineros. Todos coinciden en que Roma, Cartago, Alejandría y el resto de las grandes ciudades se encuentran en pleno proceso de reconstrucción. En base a lo que vi en Atenas, les creo—sonrió ampliamente—Hemos ganado, señorita Athena. En todo sentido.

Ella le devolvió la sonrisa, pero no dijo nada. El silencio volvió a hacerse entre ambos. Stelios comprendió de inmediato que hablar sobre el estado del mundo no era el motivo por el que estaba allí.

—Dime algo, Stelios—Ellisa se volvió de pronto hacia él— ¿Sabes a quién había elegido Magnus como su reemplazo en la posición de patriarca?

Stelios alzó levemente las cejas, sorprendido tanto por el abrupto cambio de tema como por la pregunta. A decir verdad, era uno de los pocos que lo sabía. Gáel se lo había contado tiempo atrás, antes de que Jasón atacara el Santuario y todo comenzara. La pregunta, no obstante, lo desconcertaba. ¿Por qué Athena le preguntaba algo como eso?

—Si… tengo entendido que Magnus había elegido a Ávicus como su sucesor.

—En efecto. ¿Y qué opinas de esa elección?

—Bueno…a decir verdad, el propio Ávicus y yo pensábamos que Astinos sería escogido como sucesor de Magnus, era la elección más lógica, aunque…

— ¿Aunque?

—Aunque Ávicus era una excelente alternativa también—Stelios se llevó una mano a la barbilla, pensativo—Sus padres fueron asesinados ante sus propios ojos cuando no tenía ni diez años, y a pesar de eso fue la persona más amable, empática y alegre que jamás conocí. Siempre sabía cómo animarte, que consejo darte, como hacerte sonreír. Era alguien que había visto lo más hondo del infierno y aun así tenía las fuerzas y las agallas para mostrarse positivo ante la vida. Y no solo eso. Tampoco conocí a alguien más justo, noble y leal. Tal vez no fue el más poderoso de nuestra orden, pero todo en él representaba el ideal del caballero de Athena. Si…Ávicus hubiese sido un reemplazo perfecto para Magnus.

—Tienes toda la razón… Qué gran patriarca hubiera sido…—Ellisa le sonrió dulcemente—…como seguramente también lo serás tú.

Stelios se quedó en blanco unos instantes, mirándola con los ojos muy abiertos. ¿Había oído bien?

— ¿C…cómo ha dicho?

La joven le dio la espalda, abriendo los brazos para abarcar el paisaje del Santuario a su alrededor.

—La batalla contra Ares se llevó muchas vidas. No me alcanzarán las lágrimas de toda una existencia para llorar a los muertos…pero debemos mirar hacia adelante. Pese a todo, nuestra orden y el mundo han sobrevivido. Debemos centrar todos nuestros esfuerzos en la reconstrucción de ambos—se volvió hacia él, contemplándolo con aquellos ojos demasiado ancianos y sabios para su rostro—La amenaza de Ares ha desaparecido, pero velar por el bien de la humanidad sigue siendo nuestra obligación. Para ello debemos restaurar el Santuario, reclutar a los siguientes elegidos para vestir las armaduras, entrenarlos, gobernar el recinto sagrado y prepararnos para hacer frente a la próxima amenaza, sea cual sea. Quiero que me ayudes con ello, Stelios, a mi lado, como el nuevo gran patriarca… ¿Aceptas este honor?

—Señorita Athena, yo…—Stelios bajó la vista, asombrado. No se esperaba aquello. No se lo esperaba en absoluto. Más teniendo en cuenta los planes que con tanto esmero había trazado junto a Calíope.

Se dejó caer de rodillas al suelo, apoyando las manos en la tierra con la cabeza gacha. La más sumisa de las reverencias que un caballero de oro como él jamás se habría permitido. Intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca como un trapo viejo. ¿Qué clase de santo rechaza una petición directa de su diosa?

—Señorita Athena, lo siento, pero con todo el pesar de mi corazón debo rechazar su propuesta…

Ellisa alzó un poco sus cejas castañas, pero más allá de eso su sonrisa permaneció inmutable. Stelios creyó ver un brillo de cálida comprensión en sus ojos.

—Levántate, Stelios, por favor. Tú, yo y todos los que sobrevivimos a esta guerra hemos compartido demasiadas cosas. Hay más entre nosotros que estas tonterías protocolares. Levántate y hablemos de igual a igual.

El santo de Escorpio se puso de pie, avergonzado. Ellisa le dedicó una última sonrisa antes de darle la espalda, contemplando su inmensa creación.

— ¿Qué tienes pensado hacer, Stelios? Cuéntame.

—Bueno, la verdad es que yo…

—No te preocupes—lo interrumpió ella, notando la inquietud en su voz—Gracias a ti descubrimos la ubicación del sello de Ares. Luego lograste derrotar ni más ni menos que a dos de los poderosos generales berserkers, luchando con valentía hasta el final. Si no es tu deseo suceder a Magnus, respetaré tu decisión. Tú más que nadie te has ganado el derecho a elegir qué hacer con tu vida de aquí en más. Cuentas con mi amor y mi comprensión, no con mi enojo. Así que háblame con toda confianza.

Stelios se dio cuenta de que estaba sonriendo. La admiración que sentía por aquella jovencita tan sabia y bondadosa creció aún más en su interior.

—Se trata de Calíope, señorita Athena. Bueno…de ella y de mí en realidad, de los dos. Hemos estado pensando, y hemos decidido…—Stelios se llevó una mano a la nuca—…hemos decidido volver a Rodorio, nuestro pueblo de origen y…y casarnos. Formar una familia.

Ellisa se volvió hacia él, sonriendo de oreja a oreja.

— ¡Eso es fabuloso! ¡No sabes cuánto me alegro por ti y por ella!

—Gracias…

—Solo prométeme que me harán el honor de ser la madrina en la boda.

— ¡Pero por supuesto!—Stelios estuvo a punto de arrodillarse de nuevo, pero recordó que le había pedido que no lo hiciera—El honor… ¡el honor será nuestro, señorita Athena! Y…por favor perdóneme por no aceptar su propuesta, es solo que…

—Ni lo menciones—Ellisa le quitó importancia con un gesto de la mano—Lo entiendo a la perfección, y cuentas con mi apoyo. No necesitas darme explicaciones.

—Pero debo hacerlo—Stelios inclinó la cabeza con gesto abatido—Señorita Athena, ser patriarca sería lo máximo a lo que podría aspirar cualquier santo de oro. Pero luego de todo lo que hemos pasado Calíope y yo deseamos algo más…sencillo. Siempre seremos sus caballeros, siempre estaremos a su lado para protegerla de todo mal. Si las sombras vuelven a amenazar a la humanidad, ahí estaremos para luchar junto a usted. Pero…mientras haya paz en el mundo…nos gustaría llevar adelante una vida normal… Con su bendición.

—Cuenta con ella, y no te preocupes por nada—Ellisa le puso cariñosamente una mano en el hombro—Tú y Calíope se han ganado el derecho a descansar y llevar esa vida. Les deseo lo mejor a ambos. Y en cuanto al puesto de patriarca…—hizo una breve pausa, pensativa—Creo que solo estaba tratando de que todo volviera a ser como antes… Durante todos estos años siempre dejé que fuera Magnus el que llevara adelante la dirección del Santuario. Creo que, en el fondo, estaba asustada de asumir la responsabilidad y tomar las decisiones. Pero los tiempos y las circunstancias han cambiado. Debo mirar hacia adelante por mi propia cuenta.

—Señorita Athena…

—Ha sido egoísta de mi parte querer volver a esa situación solo por comodidad. Tal vez ha llegado el momento de dejar eso atrás—Ellisa se volvió nuevamente hacia el monumento, decidida—Creo que ha llegado el momento de sacudirme el polvo de esta obra y asumir yo misma la dirección del Santuario…

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Calíope estaba sacudiendo una alfombra en la entrada de la cabaña cuando él llegó. Era una bonita edificación de dos plantas, con la base hecha de muros de piedra y un alto tejado de madera. La casa se alzaba en el barrio más externo de Rodorio, lejos de la plaza central donde se ubicaba el mercado. El alcalde (o su equivalente, teniendo en cuenta lo pequeño que era el pueblo) se las había cedido de mil honores cuando manifestaron sus deseos de instalarse allí. La vivienda, como casi todas las del poblado, había sufrido severos daños durante la invasión de Ares, pero ambos habían trabajado duro para restaurarla.

Calíope, al fin libre de su máscara, volvió su rostro de ojos celestes hacia él con una sonrisa. Estaba hermosa, ataviada con un sencillo vestido blanco largo hasta las rodillas, el cual resaltaba su alta y esbelta figura. Stelios no recordaba cuando había sido la última vez que la había visto con algo que no fueran las severas ropas de entrenamiento del Santuario. Era un cambio de lo más placentero a la vista, y lo más bello que veía en mucho tiempo.

— ¿Y? ¿Qué tal te fue?—le preguntó ella, acercándose con gesto sonriente— ¿Qué deseaba la Señorita Athena?

Stelios estuvo a punto de decirle que nada importante, que no se preocupara, pero en lugar de eso soltó lo que había estado dando vueltas en su cabeza durante todo el trayecto hasta allí.

—La señorita Athena…ella me ha pedido que me convierta en el nuevo patriarca.

La sonrisa de Calíope se esfumó. Abrió mucho los ojos, asombrada.

— ¿El nuevo patriarca?

—Así es.

— ¿Y…y qué le has contestado?

—Que no.

— ¿Qué no?

—Ajá.

— ¿Y qué ha dicho ella?

Stelios se le acercó y la abrazó, pasando ambas manos alrededor de su cintura. La atrajo hacia él hasta que quedaron cara a cara.

—Se lo ha tomado la mar de bien. De hecho, quiere ser nuestra madrina en la boda.

— ¿La señorita Athena?—Calíope se ruborizó intensamente— ¿Ella…? Nuestra diosa… ¿madrina?

Stelios soltó una fuerte carcajada y la atrajo más hacia él, apoyando el mentón sobre sus negros cabellos.

— ¡Sí! Yo tampoco podía creérmelo.

—Stelios…—Calíope apoyó la frente contra su pecho, insegura—Los dioses saben que no hay nada que quiera más en el mundo que estar a tu lado, como tu esposa, pero…ser el patriarca es un honor enorme. ¿Lo has rechazado…por mí? Si es así, no es lo que yo quiero. No quiero que te sientas obligado por nuestro compromiso. Tú deberías…

—Lo he rechazado por mí—la interrumpió Stelios, acariciándole una mejilla—Por nosotros. La verdad es que nunca dejaremos de ser santos de Athena, Calíope, nunca. Hemos nacido bajo la luz de nuestras estrellas guardianas. Si el mal vuelve a cernirse sobre el mundo entonces lucharemos una vez más a su lado, como es nuestro deber. Pero luego de todo lo que ha sucedido, y mientras haya paz en el mundo, la vida que hemos decidido llevar adelante, juntos, es lo único que deseo.

—Stelios…

El santo de Escorpio volvió la vista hacia el horizonte montañoso que rodeaba el Santuario y el pueblo de Rodorio. El sol del mediodía brillaba alto en un cielo azul, impoluto, bañándolo todo con su intensa y cálida luz. Sonrió.

—Un nuevo camino nos aguarda, Calíope. ¿Lo recorrerás a mi lado?

Ella le devolvió la sonrisa, observándolo con una dulzura infinita.

— Por supuesto, Stelios. Hasta el final.

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—Muchas gracias por todo, chicos—exclamó sonriente Helena—No sé qué hubiera hecho sin ustedes.

—Ni lo menciones—contestó Syaoran, sujetando con firmeza las pesadas vigas y planchas de madera—No es ninguna molestia para nosotros, ¿verdad, muchachos?

Detrás de él, Démian y Denna asintieron. Al igual que él, ambos cargaban una gran pila de tablas y bloques de piedra.

—Syao tiene toda la razón—comentó Denna con voz sonriente. Vestía con las sencillas ropas de entrenamiento del Santuario, con la máscara de plata cubriéndole el rostro—No es ninguna molestia.

—Claro—se sumó Démian—Además, en tu estado es mejor que no hagas muchos esfuerzos.

Démian no decía aquello sin motivos. El vientre abultado de Helena ya mostraba los primeros signos de un embarazo. La última reminiscencia de Arion de Lira en ella. Syaoran sonrió, observando como la muchacha se acariciaba con ternura el abdomen. Luego de todo lo que había sucedido, ver un vestigio tan simple y natural de vida como ese le parecía un milagro.

"Por esto luchamos" se dijo a sí mismo "Para darle una oportunidad a Helena y a su niño. Para darle una oportunidad a toda la gente de Rodorio. A toda la humanidad. Ha valido la pena. Pese a todo lo que hemos perdido, ha valido la pena…"

—Aquí estamos.

Helena se detuvo ante una sencilla cabaña de dos pisos. Estaban en el centro del pueblo de Rodorio, junto a la gran plaza de piedra donde la batalla contra Cicno y sus tropas había tenido lugar. Tanto la plaza como todas las calles y sus aceras estaban llenas a rebosar de gente que trabajaba sobre las viviendas, reparando tejados, enlosando suelos, levantando muros caídos y colocando cristales en las ventanas. La invasión de Ares había dejado su huella de destrucción, una huella que todos estaban dispuestos a borrar gracias a los recursos y materiales proporcionados por el Santuario.

La cabaña que Helena había llegado a compartir con Arion no era una excepción. Varios de los albañiles contratados por Stelios trabajaban sobre el tejado y una de las paredes en esos momentos. Syaoran los saludó con un gesto de la mano. Los materiales que ellos transportaban para Helena pronto pasarían a formar parte de las reparaciones.

—Dejen las cosas aquí afuera y pasen por favor, Ástrid nos debe estar esp…

La puerta de la cabaña se abrió bruscamente, dando lugar a una menuda jovencita de cabellos cobrizos y ojos grises. Tenía las mangas de su vestido arremangadas hasta los codos y estaba cubierta de polvo de los pies a la cabeza.

— ¡Vaya que se tomaron su tiempo, Démian, Syaoran! ¡Ya es mediodía! ¡Se suponía que iban a ayudarme a limpiar la cabaña y a recolocar los muebles! ¿Tienen idea de lo mucho que pesan estos trastos y del polvo que hay ahí dentro?

Syaoran y Démian se miraron con una sonrisa nerviosa.

—Ehh…

—Tranquila Ástrid—la atajó Helena, alzando las manos—Había mucha gente del pueblo haciendo fila para recibir los materiales. Los chicos no tienen la culpa de nada.

Ástrid se cruzó de brazos y resopló, mirando a los santos de Unicornio y Dragón con el ceño fruncido.

—En fin, estaba esperando a que volvieran para tomar mi lugar. Lo siento Helena, pero ya debo regresar por hoy—se puso un poco colorada—Debo encontrarme con alguien…

—No hay ningún problema, has estado toda la mañana ayudándome. Te lo agradezco mucho.

—De acuerdo, te veo mañana. Ah, por cierto…—Ástrid se volvió hacia los santos nuevamente, echando una ojeada a los materiales—Pasaron por el Santuario a buscar todo esto, ¿verdad?

—Emmm sí.

— ¿Vieron a Reshi?

Syaoran negó tristemente con la cabeza.

—No…

— ¿Sigue en la casa de Aries?

—Ahí estaba cuando bajamos con Démian—dijo Denna—Creo que no ha salido desde…bueno, desde que todo terminó.

— ¡¿Y qué rayos está haciendo Liang?! ¡¿Por qué no va a hablar de nuevo con ella?!

—Dales su tiempo, Ástrid—Helena habló con voz dulce, pero todos notaron la tristeza oculta debajo—Khenma era su hermano, la única familia que le quedaba. Afrontar la pérdida de alguien tan importante nunca es…fácil.

Démian, Syaoran y los demás se quedaron en silencio, mirándose azorados. Ástrid se encogió levemente de hombros, echando a caminar hacia la plaza.

—Bueno, nos vemos mañana—se detuvo ante Helena, apoyando ambas manos en su vientre con una gran sonrisa—A ti también te veré mañana, enano. ¡Hasta pronto!

—Me cae bien esa chica—comentó Démian, mirando como Ástrid cruzaba la plaza—Es una pena que Aldebarán no haya decidido entrenarla como amazona cuando la trajo al Santuario. Con ese carácter sin duda habría sido una g…

—Ejem…—Denna carraspeó ruidosamente—Así que te cae "bien", ¿eh?— la máscara ocultaba su expresión, pero su voz no sonaba para nada amigable—No me imaginaba que tuvieras debilidad por las chicas nórdicas. Me pregunto qué opinaría el señor Kárel al respecto…

— ¡Denna!—Démian alzó ambas manos, ruborizado a rabiar— ¡No quise decir eso! Solo comentaba que tiene un carácter fuerte, y que eso le hubiese venido bien para convertirse en amazona. Además…—se ruborizó aún más, acercándose un poco a ella—Ya sabes que yo…tú…

— ¿Tú y yo qué?—le espetó Denna, cruzándose de brazos. Pretendía sonar amenazadora, pero había un deje algo juguetón en su voz.

—Bueno…nosotros…

—Creo que voy a dejarlos solos así hablan tranquilos—canturreó Syaoran.

— ¡Syao!

El joven Dragón se rió a carcajadas, volviéndose hacia Helena.

—Yo también debería volver. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte por hoy, Helena?

—Oh, no, no te preocupes. Sé que debes seguir con tu trabajo en el Santuario.

—Bien, volveré mañana.

—Ve tranquilo—acotó Démian, recobrando un poco la compostura—Denna y yo nos quedaremos un rato más para ayudar a Helena.

—Perfecto, los veré mañana a los tres entonces—se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas. Su rostro sonriente quedó justo a la altura del vientre de Helena—A los cuatro, mejor dicho.

Rodorio se alzaba justo en las afueras del Santuario, de manera que el trayecto no era largo. Aun así Syaoran se tomó su tiempo. Todo lo que veía a medida que avanzaba le daba fuerzas, lo ayudaba a convencerse de que todo el dolor, el sufrimiento y las pérdidas que la guerra había causado no habían sido en vano. Lo sentía al ver a la gente trabajando por reconstruir sus hogares. Lo sentía cuando veía como los campesinos sembraban nuevamente los campos, dispuestos a seguir adelante. Lo sentía al ver como enterraban y lloraban a los muertos por la noche, levantándose para trabajar por el futuro de sus hijos a la mañana.

Si…habían cumplido. A pesar de todo habían cumplido.

Se hallaba casi en los límites del pueblo cuando vio a una mujer empujando un carro lleno a rebosar de frutas, verduras y…flores. Grandes ramos de rosas silvestres, violetas, lirios y narcisos. Syaoran esbozó una triste sonrisa, palpando las monedas que llevaba en el bolsillo.

— ¿Tiene un minuto señora…?

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La pradera se extendía como un manto verde salpicado por las pequeñas manchas blancas y azules de cientos de flores. En ese mismo lugar, justo entre Rodorio y el Santuario, Arion había luchado contra los soldados de Zelo, el primer general berserker que atacó el pueblo. En ese mismo lugar, solitario en el mar de hierba, se alzaba un viejo roble.

Syaoran se detuvo ante el árbol. Alzó lentamente una mano, acariciando la corteza con la yema de los dedos. El tronco estaba cubierto de profundas marcas de puños. Pese a todos los años transcurridos y a las inclemencias del tiempo, sus nudillos y los de Kei seguían siendo perfectamente visibles en la madera.

Syaoran cerró los ojos.

Allí se habían conocido. Poco después de su llegada al Santuario, cuando se sentía tan solo y abrumado en aquel país extraño, en ese lugar, Kei le había tendido la mano. Allí entrenaron juntos por primera vez, dejando sus puños marcados a fuego en la corteza. Allí se hicieron amigos.

Syaoran apoyó la frente sobre el tronco. Las lágrimas humedecían sus pestañas.

"Un día más, amigo mío…un día más que tu sacrificio nos ha regalado a todos… Por ti lo viviré. Por tu recuerdo viviré este día y todos los que me quedan en este mundo".

Se inclinó, depositando el gran ramo de flores junto a las raíces del roble.

"Gracias".

Del otro lado de la pradera, el Santuario aguardaba.

No solo el pueblo de Rodorio debía ser reconstruido.

Aún quedaba mucho trabajo por delante.

. . .

Las lápidas sobresalían como pequeños islotes de piedra en un océano de hierba verde. Eran decenas de ellas, centenares, cada una muy cerca de la otra, formando interminables hileras que surcaban de un lado a otro el valle. La mayor parte de los epitafios eran sumamente antiguos, tanto que las rocas se habían erosionado hasta el punto de convertirse en amorfos montículos, con las inscripciones desgastadas e ilegibles. Muchas otras lápidas, no obstante, eran dolorosamente nuevas.

Kárel y Ástrid estaban de pie en medio del gran camposanto, muy juntos, contemplando en silencio una de las innumerables tumbas que se extendían ante ellos. La lápida era una simple piedra que sobresalía rectangularmente de la hierba, con una sola palabra cincelada a conciencia en su superficie.

"Aldebarán".

Ástrid sintió un enorme nudo en su garganta al leer ese nombre. Para ella, el señor Aldebarán siempre fue el padre que jamás llegó a conocer en su esclavitud. No solo los había salvado de una muerte segura, abandonados en el bosque a su suerte, sino que le dio a ella un lugar en donde vivir y a Kárel la oportunidad de convertirse en un caballero de Athena. Durante los diez años que habían transcurrido desde entonces Aldebarán la había visitado con regularidad, ofreciéndole siempre su amistad y sus consejos. Ástrid lo había respetado e idolatrado como el gran hombre que había sido en vida.

Miró de reojo hacia un costado, soltando un largo suspiro.

Desafortunadamente no podía decir lo mismo de la helada persona parada a su lado.

Kárel observaba la tumba del que había sido su maestro con gesto indescifrable. Ástrid estaba acostumbrada a ese ceño imborrable y a los labios apretados que hacían de su boca una fina línea. A lo que no estaba habituada era a verlo sin la espectacular armadura de Piscis. Kárel vestía sencillamente, con una desgastada casaca y pantalones de color gris, lo cual dejaba apreciar a la perfección su complexión delgada pero esbelta. Los graves daños que había sufrido durante la batalla final aún eran visibles. Un ajustado vendaje le cubría el muslo izquierdo, y varios de sus cortes, magulladuras y moretones todavía estaban cicatrizando. Aun así, su aspecto seguía siendo soberbio. Ástrid se sorprendió a sí misma, como siempre, admirando el perfecto perfil de Kárel. La cabellera pelirroja le caía lacia y lustrosa sobre los hombros; el rostro, pese a los golpes a medio curar, seguía siendo de una belleza arrebatadora.

El santo se dio cuenta de que lo estaba mirando y se volvió hacia ella, alzando levemente una ceja. Ástrid desvió al instante la mirada. Se sentía incómoda y avergonzada, lo cual la enfadaba a rabiar. Mientras miraba fijamente la hierba, intentando serenarse, se preguntó no por primera vez que diablos hacía allí con él. Ese no era un lugar en el que deseara estar en esos momentos. El señor Aldebarán había sido sumamente importante para ella, contemplar su fría y tosca tumba le hacía mucho más daño del que jamás se hubiera imaginado. De haberse tratado de una visita que ambos hacían para presentar sus respetos se habría sentido más a gusto, pero sabía a la perfección que Kárel nunca se había llevado bien con su maestro. El joven caballero de Piscis había aprendido de él como luchar y como utilizar su cosmos, pero jamás había aceptado la optimista visión de las cosas que tenía Aldebarán, lo cual los llevó a incontables y amargas discusiones. Ástrid había sido testigo de esto en los primeros años, cuando ambos eran aún unos niños, pues con el paso del tiempo Kárel prácticamente desapareció de su vida. Se terminó por auto-recluir a sí mismo en el jardín de Piscis, primero, y en el doceavo templo después, cuando se ganó el derecho a vestir su armadura dorada. Ástrid había contemplado sin poder hacer nada como se sumergía en una rabia indiferente hacia todo el mundo. Aldebarán en particular.

Entonces, sabiendo todo esto… ¿por qué Kárel le había pedido que se encontraran en ese lugar?¿Qué pretendía? El hecho de que no dijera absolutamente nada, como siempre, lo hacía peor. Levantó la cabeza con furia, dispuesta a sonsacárselo de una vez, pero Kárel hizo algo que la dejó sin habla.

El santo de Piscis se adelantó unos pasos, deteniéndose ante la tumba. La contempló en silencio durante un largo rato, sin decir una sola palabra. Entonces, muy lentamente, se inclinó. Llevaba algo en la mano; una perfecta rosa blanca que depositó suavemente en la hierba que comenzaba a crecer en la tierra batida, justo al pie de la lápida. Ástrid estaba atónita. Contempló en silencio como Kárel se levantaba y retrocedía poco a poco, parándose de vuelta a su lado.

—Creo que nunca se lo agradecí…—dijo en un susurro.

Ástrid parpadeó.

— ¿Cómo?

—A Aldebarán. Creo que nunca le agradecí por habernos sacado de aquel bosque…por haberte dado a ti un hogar y a mí la oportunidad de volver a empezar. Nunca se lo agradecí. Nunca le mostré nada aparte de aversión y desprecio. Él no se lo merecía…—Ástrid se asombró aún más al notar como le temblaba la voz—Desde que todo terminó, no he podido dejar de pensar en que debe haber muerto creyendo que lo odiaba…que jamás lo respeté…

—Kárel… eso no es cierto—Ástrid había hablado mucho con Aldebarán en el pasado. Para eso si tenía una respuesta—Él…él sabía que en el fondo nunca lo odiaste. Me lo dijo.

Kárel apenas sonrió.

— ¿Si?

— ¡Sí! Él me hablaba de ti cuando venía a verme. Me hablaba de la ira y el odio que albergabas en tu interior…pero también de la luz que veía debajo de esa oscuridad. Él siempre confió en ti, Kárel. Siempre.

El santo de Piscis no dijo nada. Siguió contemplando la tumba con esa triste sonrisa, esa sonrisa que era apenas un movimiento de la comisura de sus labios. Cuando volvió a hablar, su voz sonó diferente. Ástrid se quedó muda de asombro al oírlo. Era como si la gruesa capa de hielo que siempre había cubierto cada una de sus palabras se hubiera resquebrajado de repente.

—La verdad es que nunca acepté su filosofía, ni su forma de ver las cosas. No podía hacerlo. ¿Cómo, después de todo lo que nos tocó vivir a ti y a mí cuando no éramos más que unos niños? Sin embargo…luego de todo lo que ha sucedido…—Kárel la miró con una expresión que no le había visto nunca antes—…he comprendido que él estaba en lo cierto.

A pesar de que aquello podía significar muchas cosas, Ástrid tenía la esperanza de entender a qué se refería. Pero quería escucharlo de sus labios.

— ¿A qué te refieres?

Kárel clavó su mirada violeta en la tumba.

—En una ocasión, cuando tenía quince años, quise desertar del Santuario.

— ¿Desertar?—Ástrid estaba sorprendida y espantada por igual. Sabía muy bien como era castigada la deserción en la orden de Athena.

—Sí. En ese entonces lo único que quería era volver al mundo a acabar con todos y cada uno de los esclavistas del imperio. Había decidido convertirlo en la meta de mi vida. Asesinar a todos aquellos que se beneficiaran del tráfico de esclavos. No me importaba si me llevaba años, décadas, o toda mi vida, estaba decidido a hacerlo. Pero…para hacerlo tenía que abandonar el Santuario.

— ¿Qué…que sucedió?

La triste sonrisa en labios de Kárel se ensanchó un poco.

—Aldebarán me detuvo. Pudo haber acabado con mi miserable existencia sin ningún problema, pero no lo hizo. La explicación que me dio en ese momento me pareció otro de sus alardes de justicia y utopías que tanto me irritaban—sacudió la cabeza—Pero en realidad estaba en lo cierto. Siempre lo estuvo.

— ¿Qué fue lo que te dijo?—Ástrid se dio cuenta de que lo escuchaba casi conteniendo la respiración.

—La verdad. Me dijo la verdad. Ahora lo veo—Kárel soltó un largo suspiro, observando la tumba con abatimiento—Me dijo que asesinar a todos los esclavistas que se cruzaran en mi camino tendría el mismo efecto que tuvo acabar con Tadius y sus guardias aquella noche. Es decir ninguno. Matarlos no me hizo sentir mejor, no solucionó nada. Solo hizo que el vacío que había en mi interior creciera aún más. Y Aldebarán lo sabía, podía verlo. Me dijo que había otra alternativa. Me dijo que en lugar de transformarme en un asesino sediento de sangre podía hacer algo por el bien de todas las personas del mundo…—Kárel giró la cabeza hacia ella y la miró—Cumplir mi destino y vestir la armadura de Piscis. Luchar por la supervivencia de la humanidad en la guerra que se avecinaba. Por una oportunidad más para mí…y para ti.

Entonces Kárel hizo algo que jamás se hubiera esperado. Estiró lentamente un brazo, sujetándola de la mano. No dejó de mirarla a los ojos mientras lo hacía, sonriendo como solo lo había hecho una vez antes, en el momento en que ambos se separaron en la casa de Piscis; ella para refugiarse en los túneles, él para luchar contra las huestes que invadían el Santuario.

—Una nueva oportunidad, Ástrid. Para ti y para mí. Para ambos. La guerra ha terminado.

A pura fuerza de orgullo, Ástrid contuvo las lágrimas que amenazaban con formarse en sus ojos. Permitió sin embargo que sus labios le devolvieran la sonrisa, sintiéndose absurdamente feliz; permitió que su mano apretara la suya, agarrándose a él, aferrándose a lo que acababa de decirle.

—La guerra ha terminado…—repitió Ástrid, volviendo la mirada hacia el despejado horizonte, más allá del mar de lápidas de piedra—… ¿Qué nos espera ahora, Kárel?

Él también miró hacia el horizonte. Le apretó aún más la mano, entrelazando sus dedos con los de ella

—No lo sé. Pero quiero que lo descubramos…juntos.

. . .

Las armaduras estaban perfectamente alineadas a lo largo del muro, cada una de ellas ensamblada en su forma original. Entre las fabulosas piezas de plata y bronce las túnicas doradas eran las que más destacaban. Un majestuoso león en pose rugiente, una mujer de rodillas, con las manos entrelazadas, y dos gemelos enfrentados espalda contra espalda. Todas brillaban más intensamente que nunca, sin el más leve rastro del brutal daño que habían sufrido durante las interminables batallas.

Reshi estaba sentada de espaldas a él, en el medio de la habitación principal de la casa de Aries. Varias vasijas vacías yacían desparramadas a su alrededor, algunas con unos pocos restos de un brillante polvo plateado. Justo frente a ella, la última armadura relucía impoluta: un majestuoso carnero de oro de grandes cuernos curvos.

—Al fin has terminado—susurró Liang. Pretendía que su voz sonara suave y potente, pero le salió casi como un sollozo. Se aclaró la garganta, intentando sonreír—Te ha…te ha tomado mucho tiempo.

Reshi no respondió. Tampoco se dio vuelta. Llevó las manos hacia un costado, depositando un ornamentado martillo de bronce y un cincel en el suelo. A Liang le pareció que era la primera vez que soltaba esas herramientas en meses. ¿Había pasado tanto tiempo ya?

Suspiró, sobándose el costado izquierdo, donde la lanza de Ares lo había atravesado de lado a lado contra el suelo. Un grueso vendaje le cubría todo el abdomen. Pese a los cuidados de la señorita Athena, la herida aún seguía doliéndole. Tal vez nunca dejara de hacerlo. Miró a Reshi, de espaldas a él como si no lo hubiera oído. Hay heridas que jamás dejan de doler.

"Como la muerte de un hermano…"

Había dos cosas que Liang nunca jamás olvidaría, dos cosas que siempre lo perseguirían en sus más oscuras pesadillas. En primer lugar, el grito inhumano que soltó Fobos cuando la Exclamación de Athena se volcó sobre él. En ocasiones aún le parecía oír su eco; un chillido ronco y gutural de voces superpuestas, tan estruendoso que los oídos volvían a dolerle de solo recordarlo. Y en segundo lugar…la terrible imagen del pecho de Khenma al ser atravesado por el dios. Él estaba justo detrás del santo de Aries cuando ocurrió. Lo vio todo a menos de un palmo de distancia, atónito y aterrado. Luego de eso Khenma había quemado la esencia de su alma y su existencia misma, fundiendo todo ese poder en la Exclamación de Athena. Fue gracias a su sacrificio que lograron vencer a Fobos, el terrible Dios del Miedo. Y ni él ni Kárel habían podido hacer nada para salvarlo.

"Vencimos. Pero el precio fue demasiado alto. Demasiado alto…"

Cuando todo terminó, él mismo fue a buscar a Reshi a los túneles. Él mismo le comunicó la devastadora noticia. Khenma había muerto durante la batalla. Como un héroe, llevándose al mismísimo Fobos consigo al otro mundo, pero muerto al fin. Ni él ni Kárel, que lucharon codo a codo a su lado, pudieron hacer absolutamente nada para evitar su muerte.

Volvió a mirar las espaldas que Reshi le daba. Ella no se lo había tomado muy bien, por decirlo de alguna manera… No había llorado, no había gritado ni caído sobre él en una lluvia de golpes, sollozos e insultos. Se había quedado completamente callada, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida.

Casi no habían vuelto a intercambiar palabra desde entonces. La muchacha se había encerrado en la casa de Aries, entregándose por completo a la reparación de las decenas de armaduras destrozadas durante la guerra. Un trabajo durísimo que demandaba mucho tiempo, y al cual Reshi se volcó en forma casi obsesiva.

Liang, por supuesto, había ido a verla. Había intentado hablar con ella. Los resultados habían sido parcos, por decirlo de alguna manera… Reshi hablaba muy poco. A veces intentaba sonreírle, o seguir sus incesantes intentos de conversación, pero enseguida volvía a enfrascarse por completo en su trabajo. Parecía ensimismada en su mundo de martillos, cinceles y polvo de estrellas. Trabajaba día y noche parando solo para comer y dormir.

Liang no sabía qué hacer para sacarla de esa nube negra en la que se había sumergido. La chica que había conocido era otra, llena de alegría, sonrisas y optimismo. Verla así y saber que todo lo que intentaba era en vano le destrozaba el corazón. No solo eso. La idea de que la muerte de Khenma se convirtiera en un abismo infranqueable entre ambos lo aterraba.

Clavó la mirada en el reluciente carnero dorado en el medio de la habitación. No ignoraba el hecho de que, mientras la cantidad de armaduras reparadas aumentaba día a día, la túnica de Aries permanecía siempre pendiente a un costado. Reshi la había dejado en todo momento para el final. Y ahora, luego de varios meses, por fin la había reparado.

Se acercó un paso más, vacilante.

¿En eso había consistido todo? ¿Rumiar de a poco el dolor a medida que se acercaba a la última armadura, la de su hermano? ¿Saldría al fin de esa nube de tristeza e indiferencia ahora que todas las túnicas estaban reparadas? ¿O acaso había olvidado? ¿Había olvidado lo que se dijeron antes de que ella partiera a los túneles y él a la batalla? ¿Había olvidado las promesas que se hicieron esa noche? ¿Había olvidado el beso que se dieron?

Liang no podía seguir haciéndose esas preguntas en silencio. Estaba desesperado por atravesar su coraza y acercarse a ella. Ya no era el niño vano y arrogante de antes. Ya no podía fingir que todo era un juego para él. No solo le había dado su palabra a Khenma en su lecho de muerte, prometiéndole que siempre la cuidaría…Tampoco podía seguir fingiendo que no estaba enamorado de ella.

—Reshi…—susurró, acercándose otro vacilante paso—Yo…yo lo siento.

Reshi movió un poco los hombros, enderezándose, pero no se levantó. Tampoco se volvió hacia él. Liang echó por fin a andar hacia ella, lentamente, paso a paso. Ya no podía intentar ocultar la culpa que sentía, ya no podía fingir que no lo consumía por dentro.

—Lo siento…con todo mi corazón, con toda mi alma, lo siento—se detuvo a menos de dos pasos, mirando con pesar hacia el suelo—Khenma era mi amigo, uno de mis mejores amigos. Luché a su lado contra Fobos, estuve ahí cuando…cuando lo hirieron, pero ni siquiera llegué a ver el golpe que le arrebató la vida. Estuve ahí, junto a él, y no fui capaz de hacer nada para ayudarlo…no fui capaz de hacer nada para evitar su muerte—Liang sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas—Él era mi amigo y lo máximo que pude hacer fue arroparlo en mis brazos en sus últimos momentos…

Reshi siguió sin decir nada, pero él no podía parar.

—Si has decidido culparme por ello no te lo reprocharé, pues él era tu hermano, la única familia que te quedaba. Y yo soy uno de los doce caballeros dorados, los más poderosos de nuestra orden. Era tanto mi deber como el de Khenma proteger las espaldas de nuestros compañeros durante la lucha, y él lo hizo. Gracias a él fue que vencimos a Fobos. Gracias a él sigo vivo. Pero él ha muerto…y no puedo evitar sentir que ha sido así porque yo le fallé. Por eso no te culparé si has decidido odiarme por su muerte. Pero…aun siendo así…—Liang levantó la vista, dispuesto a decírselo todo—Aun siendo así no he olvidado lo que nos dijimos antes de que la batalla comenzara. No he olvidado la palabra que nos dimos de sobrevivir, de volver a vernos, de regresar de la guerra para estar…juntos. Yo estoy dispuesto a mantener esa promesa, Reshi, y verte así me está destrozando. Sé que suena algo egoísta, pues no puedo hacerme una idea del dolor que debes estar atravesando, pero ya no puedo fingir que esto es un juego para mí. Ya no. Yo…te necesito, Reshi. Más que nunca. Te necesito. Por favor…háblame.

Silencio.

Liang creyó que no respondería. Que el lacerante silencio con el que lo castigaba seguiría alzándose como una muralla entre ambos. Pero entonces Reshi se levantó. Se dio vuelta lentamente, mirándolo a los ojos.

Su belleza era hiriente.

El mismo rostro mitad niña mitad mujer que le aceleraba el corazón, la misma piel blanca y tersa, el mismo largo cabello castaño atado en una cola de caballo. Y los mismos ojos. Los mismos ojos grandes y violáceos que Khenma también había tenido. Liang temía ver desprecio o acusación en su mirada, pero no era así. Reshi lo observaba con la misma amabilidad y dulzura de siempre. Sintió que le daba un vuelco al corazón al ver las lágrimas que corrían lentamente por sus mejillas. Reshi estaba llorando. Y aun así sonreía. Le sonreía con una calidad y ternura que le partió el corazón.

—No debes pedirme disculpas, Liang, no hay nada que deba perdonarte—echó una breve mirada a la armadura de Aries—Yo soy quien debe disculparse contigo. He sido débil.

—No. No quise decir eso, Reshi. Yo…

—Sí, sé que lo he sido. Yo no soy la única que ha perdido a alguien… Todos han sufrido a causa de la guerra y la locura de Ares. Yo solo…—observó con tristeza la gran fila de armaduras a sus espaldas—Yo solo quería hacer esto. Necesitaba hacerlo. Es lo que Khenma hubiera hecho: reparar las armaduras tras la batalla. Lo he hecho. He restaurado su armadura. He cerrado el círculo y… me he despedido.

Reshi se acercó a él y lo sujetó de las manos. Liang observó con una mezcla de confusión, vergüenza e ilusión como sus dedos se entrelazaban con los de ella. Encajaban perfectamente, casi como si alguien los hubiera esculpido a medida. La chica le sonrió con dulzura.

—Yo he sido egoísta, Liang, no tú. He intentado dejar de lado el dolor mientras me concentraba en las armaduras, sin saber que tú también estabas sufriendo. He intentado no pensar mientras trabajaba con el martillo y el cincel, pero lo he hecho. He pensado mucho. He pensado en Khenma, en cuanto lo quise y en todo lo que aprendí de él. Me he obligado a dejarlo ir…—Reshi apretó aún más sus manos—Y también he pensado en ti .Yo también recuerdo lo que nos dijimos antes de que todo comenzara, lo que nos prometimos, el…el beso que me diste. Eso ha sido lo que me ha dado fuerzas para despedirme de Khenma, para seguir adelante. Yo…yo quiero estar contigo.

—Y yo contigo—antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo, Liang le sujetó el rostro con ambas manos, acercándola—Muchas veces durante los combates, cuando pensaba que iba a morir, el deseo de volver a verte fue lo único que me hizo seguir adelante. Quiero estar contigo. Te necesito. Te amo.

Reshi abrió mucho la boca, formando una O perfecta. Liang parpadeó varias veces, cayendo en cuenta de lo que acababa de decir.

—Ehhh…esto…yo…—carraspeó, intentando borrar la expresión de idiota que sabía que tenía en la cara—Es decir…

— ¿Tu…me amas?

Liang se llevó una mano a la cabeza, sonriendo como un tonto.

—Emmm… ¿Si?—volvió a carraspear—Es decir… ¡Sí! Claro que sí.

Ella lo abrazó con todas sus fuerzas, que no eran pocas.

— ¡Yo también te amo Liang! ¡No te haces una idea de cuánto! He querido decírtelo desde siempre—se separó un poco de él, mirándolo con el ceño fruncido—No…espera…en realidad no. ¡En realidad siempre esperé que fueras tú quien me lo dijera a mí!

—Bueno…acabo de hacerlo, ¿o no?

—Pues sí que te has tomado tu tiempo. ¿Hace cuánto que nos conocemos?

Liang soltó una fuerte carcajada, mirándola divertido.

—Dioses…cuánto extrañaba hablar contigo.

Reshi lo agarró del cuello de su casaca con ambas manos, apoyando la frente contra su pecho.

—Lo siento, Liang… Siento haberte ignorado. Siento haberme encerrado en mi misma mientras tú intentabas sacarme de vuelta a la realidad. Yo solo intentaba olvidar. Yo solo…

—Shhh—Liang le puso un dedo en los labios, recorriéndole luego el mentón con una suave caricia—Ya todo ha terminado. A partir de ahora tendremos todo el tiempo que necesitemos el uno para el otro. Todo el tiempoque necesitemos para hacer las cosas bien. Y no pienso desperdiciar ese tiempo como antes, Reshi. Ya no.

—Tiempo… Tiempo para hacer las cosas bien…—susurró ella. De repente sus ojos lilas adquirieron un férreo brillo de determinación que le hizo recordar mucho a Khenma—Liang…yo quiero que… ¡quiero que me ayudes a concluir mi entrenamiento!

El santo de Libra alzó mucho las cejas.

— ¿Cómo?

—Mi entrenamiento… Durante todos los años que pasé en Jamir, mi hermano me instruyó para convertirme en una amazona de plata. He estado pensando mucho en ello. Pero quiero ir más allá…—Reshi volvió a mirar la reluciente armadura de Aries—Quiero terminar mi entrenamiento a tu lado, por más duro que sea, para convertirme en…en… ¡En la amazona dorada de Aries!

—Reshi…eso podría ser…—Liang no cabía en su asombro—Eso podría ser mucho más duro de lo que te imaginas.

— ¡No me importa! He nacido bajo las mismas estrellas que mi hermano, y estoy dispuesta a superar todas las pruebas que sean necesarias, como tú y él hicieron para ganar sus armaduras. ¿Me ayudarás, Liang? ¿Serás mi maestro para que pueda ser la digna sucesora de Khenma, la digna guerrera dorada de Aries?

Aquella era una propuesta sumamente seria. Si aceptaba entrenarla, en breve Reshi comprendería lo duro que era el camino para convertirse en uno de los doce caballeros de oro. Sin embargo, él la conocía a la perfección. Sabía que por más difícil que fuera el sendero, ella lo recorrería sin quejarse hasta el final. Era esa increíble fuerza de voluntad, esa pasión, lo que más amaba en ella. Se dio cuenta de que estaba sonriendo cuando respondió.

—Acepto, Reshi. Claro que acepto. Por Khenma, por ti, por mí y por el futuro del mundo…te ayudaré a convertirte en la amazona de Aries.

. . .

"El señor Andriev tiene pensado abandonar el Santuario…"

"Bajó desde la casa de Acuario con la armadura dorada en sus hombros…"

"Dicen que va a llevársela de vuelta a las tierras del hielo eterno…"

"Discutió con la señorita Athena al respecto…"

"Va a abandonarnos…"

Las palabras resonaban como un martillo en la cabeza de Dasha mientras corría, una y otra vez. Lo que había comenzado como un día más de duro trabajo en el Santuario, ayudando a retirar escombros y a levantar muros y columnas, había terminado en eso: una carrera frenética en búsqueda de su armadura, a la cual seguiría otra carrera peor para, si todo aquello era cierto, alcanzar cuanto antes a Andriev.

Había escuchado la conversación de pura casualidad al pasar junto a las puertas del coliseo, cargada de materiales hasta las cejas. El nombre de Andriev, pronunciado con admiración y temor, la había hecho detenerse en seco. El resto era historia. El señor Andriev abandona el Santuario… El señor Andriev ha discutido con la señorita Athena… Va a marcharse, lo vi con mis propios ojos cuando cruzaba las puertas… Y muchas otras cosas por el estilo. De hecho, era de lo único que hablaban varios de los jóvenes aprendices que habían sobrevivido a la guerra.

¿Podía ser cierto?

¿Podían saber algo de lo que ella, que se consideraba cercana a él, no tenía ni la menor idea?

¿Andriev se iba del Santuario y no le había dicho absolutamente nada?

La sola idea le provocaba náuseas. Ella y Andriev habían compartido demasiadas cosas como para que él se fuera así sin más. No podía ser verdad. Sabía que no podía ser verdad. Y sin embargo ahí estaba, corriendo como si su vida dependiera de ello. Si era cierto, si de verdad había decidido abandonar el Santuario, no había un minuto que perder. Por experiencia propia sabía lo implacable que podía ser aquel gruñón testarudo cuando se le metía algo en la cabeza.

"Si de verdad pretendes dejarme así como así… ¡Te vas a enterar!"

Abrió de un manotazo la puerta de la cabaña, su simple lugar de residencia en el Santuario. En esa misma casa había cuidado de Andriev luego de que Zelo, el general de la quinta legión berserker, invadiera el recinto sagrado al inicio de la guerra. En la misma cama donde reposaba la caja con su armadura de Lince, Andriev había yacido inconsciente durante días.

"¿Y así pretendes agradecerme? ¡Te voy a matar!"

De repente discernir si lo que había escuchado era cierto o no había perdido un poco de importancia. Un airado sentimiento de angustia, desesperación e ira comenzaba a llenarla por dentro. La parte más irracional de su mente se lo había creído todo sin dudarlo, y empezaba a sentirse en consecuencia. Quería estar cara a cara con Andriev para pedirle explicaciones, para rogarle que se quedara… ¡para estrangularlo con sus propias manos!¡Para…!

— ¡Maldición!

Dasha se llevó la caja de bronce al hombro, se acomodó torpemente la máscara y echó a correr hacia la puerta. ¡Eso le pasaba por no andar siempre con la armadura puesta como correspondía! Ignoraba cuanto tiempo había transcurrido desde que los aprendices lo vieran abandonar el Santuario. Si en verdad era así, en esos momentos podía llevarle bastante ventaja, y estaba perdiendo unos minutos preciosos allí, cargando con ese maldito trasto del dem…

La puerta se abrió de repente ante sus narices y allí, del otro lado, estaba…Andriev.

Dasha se detuvo tan bruscamente que a punto estuvo de tropezar con él y caerse al suelo. El joven santo del Cisne, para variar, ni siquiera pestañeó. La miró de arriba a abajo con la ceja ligeramente alzada. Ella le devolvió la mirada, entre azorada y furiosa. Iba vestido con sus clásicas ropas de entrenamiento color azul, pero, advirtió Dasha, cargaba dos grandes cajas a modo de mochila, una encima de la otra. Estaban atadas una a la otra por medio de gruesas correas de cuero, las cuales las mantenían fijamente en su lugar. La de arriba era de bronce, con el grabado del Cisne a los lados. La de abajo, en cambio, era de oro puro.

La armadura de Acuario.

Entonces los aprendices no mentían. Al menos en parte. Andriev de verdad había ido a buscar la armadura de Acuario hasta la onceava casa. De verdad había bajado desde allí con ella…pero no se había marchado. Ahí estaba, en la puerta de la cabaña donde había cuidado de él, mirándola con sus helados ojos grises del mismo modo que la miraba siempre. Dasha carraspeó incómodamente, enderezándose un poco. Detrás de la máscara se mordía con fuerza el labio inferior.

—Andriev…pensé que te ibas. Es decir, ejem, escuché que te ibas.

—Es cierto. Me voy.

Dasha sintió como esas simples palabras la golpeaban peor que un puñetazo.

— ¿Te vas?

—Me voy.

—Y sin embargo…estás aquí. En mi puerta.

—Así es.

— ¿Por qué?

—Quería verte antes.

— ¡No me refería a eso!—le gritó en la cara, enfurecida— ¿Por qué te vas? ¿Por qué no me lo dijiste?

Andriev no le respondió de inmediato. Continuó mirándola como si la gran cosa durante un tiempo enervantemente largo. Dasha abría y cerraba los puños, sintiéndose cada vez más como unos instantes atrás: angustiada, desesperada, furiosa.

—La verdad es que lo decidí hoy—le dijo finalmente—Pero antes debía hablar con Athena, sigo siendo uno de sus caballeros, después de todo. Luego de que me dio su autorización fui a buscar la armadura de Acuario. Por eso no vine antes.

— ¿Bendición? ¿La armadura de Acuario?—Dasha se sentía cada vez más confusa— ¿De qué estás hablando? ¿Qué es lo que tienes pensado hacer?

Andriev se acercó un paso más a ella.

—He decidido llevarle la armadura de Acuario a mi maestro. Él era su anterior propietario, antes de cedérsela a Gáel. Como ya sabes, ambos fuimos compañeros de entrenamiento hace muchos años. Ahora que Gáel ha muerto creo que es lo correcto regresársela a mi maestro.

—Oh…—Dasha ni siquiera había considerado esa posibilidad. Parte de su furia se enfrió de repente— ¿Y por eso fue que discutiste con la señorita Athena? ¿Ella quería que te quedaras?

—Nunca discutí con Athena.

—Fue lo que escuché.

—Una exageración—resopló Andriev—Solo hablé con ella para que me diera su autorización, y aceptó de mil maravillas. Será un viaje largo, dado que mi maestro reside en las estepas heladas del noroeste, a muchísimas leguas de aquí. Por eso necesitaba su permiso. Estaré afuera un tiempo considerable, más teniendo en cuenta los lugares que pienso visitar después.

— ¿Eh? ¿Qué lugares?

Andriev se encogió de hombros.

—Roma, Atenas, Cartago, Alejandría, Londinum. ¿Quién sabe? Mi maestro me adoptó cuando era apenas un bebé. Viví los años de mi infancia en la estepa helada, y el resto de mi vida aquí, en el Santuario—Andriev se pasó un dedo por una de las tantas cicatrices que marcaban sus brazos—He combatido hasta casi morir más veces de las que quiero recordar. Ahora que todo ha terminado creo que me he ganado el derecho descansar un poco, a conocer el mundo…a vivir. Athena así lo ha entendido también.

—Pero…—Dasha sentía que la desesperación volvía a crecer en su interior— ¡Pero eso podría llevarte años!

—Seguramente.

—Pero entonces…tú…yo…

Sin ninguna advertencia ni ceremonia, Andriev estiró un brazo. Sujetó su máscara por el borde, justo debajo del mentón, y se la sacó con un movimiento firme pero suave. Detrás de la máscara, Dasha tenía la boca y los ojos muy abiertos, unos grandes ojos castaños que lo observaban sorprendida. Andriev sonrió un poco, solo un poco, mirándola fijamente.

—Hace tiempo te quitaste esta misma máscara ante mí—le dijo—Conozco muy bien las leyes, y supe que, de un modo u otro, desde ese momento nuestras vidas estarían ligadas. Siempre he sabido cuál fue la opción que escogiste, y aunque me negaba a reconocerlo…en el fondo es lo que yo también quería. Por eso estoy aquí, Dasha.

Dasha se sonrojó furiosamente.

—O sea…tú quieres…

—Si—la interrumpió él—He decidido dejar un tiempo el Santuario…pero no a ti. Por eso es que no me he ido aún. Quiero que me acompañes en este viaje. Quiero que visitemos las grandes ciudades. Quiero que experimentemos juntos lo que es llevar una vida normal…al menos por un tiempo. Quiero…que estés a mi lado, Dasha—Andriev levantó muy lentamente la mano, casi con timidez. No llegó a rozarle la mejilla con los dedos— ¿Me acompañarás?

Dasha le sujetó la mano, llevándosela al rostro.

¿Quién lo hubiera dicho?

¿Quién hubiera imaginado que pasaría de aquella profunda angustia, de aquel apremiante deseo de estrangularlo a la más plena y absoluta de las felicidades?

Ella, desde luego, no. Menos tratándose de Andriev.

Sonrió de oreja a oreja.

—Claro que te acompañaré.

La guerra había provocado un daño que nunca sanaría del todo, lo sabía muy bien. Pero poco a poco el Santuario, Rodorio, la humanidad entera, comenzaban a levantarse. Lo veía a su alrededor. Había una oportunidad para empezar de nuevo luego de tanto sufrimiento.

Dasha quería creer que aquella era la suya.

. . .

La luna brillaba alta en el cielo cuando Ellisa decidió que ya había terminado.

Se apoyó cuidadosamente contra una de las barandas, contemplando con gesto triste su obra. Estaba en lo más alto del enorme entramado de andamios, vigas y cuerdas que rodeaban el monumento. Frente a ella y hacia abajo se extendían los nueve caballeros de oro caídos durante la guerra.

Ellisa los contempló uno a uno. Sus rostros de piedra eran exactos. Dolorosamente exactos.

Pliers de Cáncer parecía observarla de soslayo, con una helada y siniestra expresión en sus ojos. Aldebarán de Tauro sonreía de brazos cruzados, mostrando una hilera de perfectos dientes en su robusta mandíbula. Ávicus de Capricornio también sonreía, observando hacia abajo con gesto alegre en su rostro de niño. Justo al lado de Ávicus, hombro con hombro, un ceñudo Gáel de Acuario también parecía mirarla. Astinos de Sagitario sonreía con los ojos entrecerrados, con una expresión tan suya que le provocó un nudo en la garganta. Desvió la mirada hacia el solemne Arhat de Virgo, a quien había representado en posición de loto. Tal como había sido en vida, observarlo le provocaba una sensación de tranquilidad. Su escultura irradiaba un aura de calma que la reconfortaba y le partía el corazón por igual. No podía decir lo mismo del poderoso Adelphos de Géminis. Lo había esculpido de brazos cruzados, en una postura que miraba directamente hacia ella con gesto indescifrable. Ellisa casi podía ver el duro brillo de sus ojos dispares en la piedra. Algo similar notaba al contemplar a Leánder de Leo. Su eterna sonrisa taimada resplandecía en su rostro joven y atractivo, como si se supiera un chiste que nadie más conocía. Ella también sonrió al recordar sus bromas y sus carcajadas, sonrisa que se le borró al instante al ver al último de los santos de oro. Khenma de Aries lo contemplaba todo desde las alturas. Había sido un hombre taciturno, de frío sentido del humor, y así lo había representado en la roca, serio y adusto.

Pero él no era el último.

Ellisa alzó la mirada hacia la cima del monumento. Por encima de los caballeros dorados se alzaba Magnus, el antiguo caballero de Leo, el gran patriarca, su segundo padre. Era uno de los que más le había costado esculpir…casi tanto como el Pegaso encabritado a su lado, con sus enormes alas majestuosamente abiertas. Por más que cada rasgo de Kei estuviera grabado a fuego en su corazón, no había tenido las fuerzas para tallar su rostro en la piedra. Lo había intentado, pero era como hurgar en una herida abierta con un puñal. El dolor era demasiado intenso, demasiado íntimo. Por eso, con los ojos llenos de lágrimas, talló aquel hermoso Pegaso en su lugar; una bestia tan real que parecía estar a punto de emprender vuelo en cualquier segundo.

"Kei…"

Ellisa se sujetó firmemente a una de las cuerdas y trepó de un salto a la tarima superior, y luego a la siguiente. En cuestión de segundos se encontró en el más elevado de los andamios, justo delante del soberbio Pegaso al cual sus manos habían dado vida. Posó suavemente los dedos sobre la cabeza de la bestia, sintiendo como sus ojos volvían a llenarse de lágrimas.

—Es difícil…—susurró—Todo es más difícil desde que no estás. De todos modos lo intento. Hay tanto por hacer, tantas cosas por terminar y tantas por empezar… Trato de seguir adelante, de reconstruir el Santuario, de velar por la humanidad de la mejor manera posible, pero es difícil. Tan difícil…—se secó las lágrimas con el dorso de la mano, intentando en vano sonreír—Sé que todo sería más fácil si tú estuvieras aquí, Kei. Pero no es así. Estoy sola. Estoy incompleta. Estoy…muerta—soltó una amarga carcajada, negando con la cabeza—Te confesaré algo, algo tan egoísta que me avergüenzo con solo pensarlo, yo, a quien llaman la Diosa de la Sabiduría y la Guerra Justa… La triste verdad es que no podía vencer a Ares. Estuve cerca, pero no tenía posibilidad de superarlo en un combate cuerpo a cuerpo. No había nadie que pudiera derrotarlo…solo tú, Kei. Y solo de una manera. La manera que tú mismo escogiste… La parte de mí que aún intenta ser racional trata de entender lo que hiciste, trata de comprender que al sacrificarte no solo me salvaste a mí de una muerte segura, sino a toda la humanidad. A todas y cada una de las personas de este mundo por el que tanto hemos sangrado. La diosa en mi interior quiere creer que hiciste lo correcto, que fue el mal menor. Pero yo, Ellisa, la niña que creció a tu lado, no puedo aceptar eso, no quiero hacerlo…—ya no intentaba secarse las lágrimas. Dejó que corrieran, frías y amargas, por sus mejillas—La diosa en mí ama a la humanidad, está dispuesta a sacrificar su vida por ella sin dudarlo un instante. Yo estoy dispuesta a hacerlo. Mi vida, Kei. ¿Lo entiendes? Mi vida. ¡No la tuya!

Ellisa rompió a llorar desconsoladamente, dejándose caer de rodillas sobre el andamio. Se abrazó con todas sus fueras a la dura y áspera estatua de Pegaso, sintiendo que el dolor, el terrible dolor que la acompañaba desde aquella noche, la desgarraba por dentro otra vez.

Sola. Incompleta. Muerta.

—El mal menor…tu vida a cambio de la del mundo… ¡Pero te amo más que al mundo, Kei! ¡Te necesito más que al mundo! ¿Cómo puedo ser fuerte? ¿Cómo puedo seguir adelante, como le aseguré a Stelios que haría, si no te tengo a mi lado? A ti, que lo eras todo para mí como yo lo era para ti… ¿Cómo?—cerró la mano en un puño, golpeando el mármol de puro dolor, de pura desesperación y frustración— ¿Cómo…? ¿Cómo…? Te extraño, Kei… Te extraño tanto…

En ese momento, la brisa acarició su rostro.

Ellisa abrió mucho los ojos, mirando asombrada a su alrededor.

No había nadie allí.

Pero esa brisa… Esa brisa se había sentido como una verdadera caricia. Como si alguien le pasara suavemente una mano por la mejilla. Se levantó de sopetón, observando casi por impulso hacia el cielo. De alguna manera, siempre supo lo que iba a ver.

Enif, la estrella del norte, la más brillante de la constelación de Pegaso, resplandecía con una intensidad asombrosa. Se encendía y se apagaba en la negrura azul del cielo, para luego volverse a encender más brillante que antes; casi como si quisiera decirle algo. Como si le hablara.

La brisa volvió a soplar. Nuevos dedos invisibles le acariciaron el rostro, los hombros, llenándola de una indescriptible sensación de seguridad, de protección.

"Ellisa…"

Se dio vuelta, asombrada.

No había nadie allí.

Pero entonces…recordó.

"Siempre estaré contigo…"

Las últimas palabras.

"Seré el brillo en las estrellas…"

Las palabras que siempre la acompañarían.

"Seré el aire que respires…"

Las palabras que incluso en momentos como ese, cuando la esperanza parecía perdida, la ayudarían a seguir adelante.

"Seré la brisa que te acaricie el rostro…"

Por ella misma. Por sus amigos. Por el mundo.

"Siempre estaré contigo…"

—En mi corazón…—Ellisa se llevó una mano al pecho. Sonreía. Lloraba—Nunca lo olvidaré… ¡Nunca te olvidaré! Siempre estarás conmigo... ¡en mi corazón!

Enif, la estrella más brillante de la constelación de Pegaso, volvió a resplandecer.

Le respondía.

Ellisa estaba segura de ello.

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Fin

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