DIEZ HISTORIETILLAS DE MAGIA HISPANII

Dedicado especialmente a Fiera Fierce

I

LA TARTA

Spin off del capitulo 7 del fic de Fiera "Dime con quién andas", donde encontraréis los antecedentes de esta historietilla.

Ambientado en la magia hispanii, que funciona con los parámetros del potterverso, pero no es Inglaterra ni son los personajes de Jo. Bajo copyright de mi persona.

Bera, Navarra. Febrero de 1990...

Amaia podía decir misa en euskera, en latín florido o alternando ambas lenguas, pensaba Fernando, pero que su tarta nupcial, elaborada para nada mas y nada menos que doscientos invitados, hubiera salido despedida para aterrizar en pleno en uno de ellos, no era para calificarlo, simplemente, de "cosas que pasan". Estaba absolutamente seguro de que ahí había magia encerrada, aunque no fuera de las que se conjuran voluntariamente y con varita. Pero él era un hombre práctico y no era momento de hablar de ello con su esposa, sino de "resolver la papeleta". Tenía el comedor principal lleno a rebosar y necesitaban otra tarta. Así que comenzó a dar órdenes a todo su cuerpo de cocina, y para cuando Gloria y Fermín llegaron con las bolsas, todo estaba a punto.

- Tía.- Gorka Larumbe, quince larguiruchos y flacos años resumidos en un rostro sonriente y lleno de acné coronado por un gorrillo de pinche graciosamente ladeado, se aproximó hasta Amaia cargado con un montón de ropa blanca.- Dice tío Pernando que te pongas esto, si vas a trajinar en la cocina.

Amaia extendió la mano y tomó del chico el mandilón largo hasta los pies que se cerraba en torno a la cintura con dos tiras largas, y una chaquetilla impecable de su marido, con su nombre bordado en el lado izquierdo de la pechera y el cuello de tirilla roja, con unos bordados de cadenas doradas. Mientras se enfundaba la chaquetilla de cocinero alzó la vista y, sincronizaciones, cruzó la mirada con Fernando, que le dedicó un gesto mezcla de afecto y aprobación. Amaia se cerró la prenda y a continuación se apuntó con la varita para reducirla un tanto, porque con las medidas de su marido daba para dos o tres como ella. Fernando tenía hombros anchos, y brazos y pecho fornidos, fruto del trabajo duro desde la infancia. Todavía se encargaba personalmente de preparar la madera de haya para los hornos de leña del restaurante y de la panadería que ahora regentaba el padre de Gorka, y ella estaba convencida de que, si se presentara a un torneo de aizkolaris, aún con los años que tenía no haría mal papel. Ataviada de aquella guisa se acercó hasta él. Fernando ya había puesto al sous chef y a unos cuantos pinches a trabajar midiendo cantidades de harina, agua, mantequilla, separando huevos de claras…

- Bien.- Le dijo con una sonrisa de aprobación.- No es solo para que no te manches.- Murmuró acercando la boca a su oreja y bajando el tono de la voz.- Así evitamos que nos distraigas, a ellos y sobre todo a mí.

Amaia alzó los ojos sorprendida. Todos, absolutamente todos los que estaban ese día trabajando en la cocina, eran de confianza. De absoluta confianza. No harían ni el mas mínimo aspaviento cuando ella meneara su varita. De hecho, no lo habían hecho cuando dejó impecable el traje, la corbata y la camisa de Fermín Aguirre.

- Estás espectacular con ese vestido.- Aclaró Fernando en otro susurro.- Seguro que ya te lo han dicho ahí dentro.- Y señaló con la vista la puerta que comunicaba las cocinas con el comedor. Amaia mudó la expresión de la mirada, divertida al percatarse de por dónde iban realmente los tiros, y dejó escapar una risita. Sí. Había quién la había piropeado, aunque ella no le había dado ni la mas mínima importancia, muy en su papel de señora de Larumbe. Fernando se demoró en su mirada unos instantes, controlando el impulso de cierta picardía que le hubiera gustado decirle pero que era impropia de una cocina de un negocio de restauración como el suyo, y después volvió al tono profesional. Aunque estaba absolutamente seguro de que ella lo había captado perfectamente. Lo notaba en el brillo de sus ojos.

- A ver… me vas a acelerar el proceso de fermentación…- Dijo Fernando obligándose a ser serio y obligándola también a ella a dejar a un lado lo que estaba pensando, que estaba relacionado con lo mucho que quería a aquel hombre de chaquetilla blanca y pantalones oscuros.- La batidora se encarga de mezclar, pero necesito que me calientes la masa, de manera constante y homogénea, durante diez minutos que vamos a cronometrar. ¿De acuerdo?

- De acuerdo.- Amaia apuntó con la varita y de repente se encontró con la mano de su marido que se la reorientaba para ponerla perpendicular.

- Así mejor. Si apuntas en diagonal creo que el calor no se distribuirá con la misma homogeneidad. Te he visto secar ropa con un hechizo… y hazme el favor de mirar el reloj, guapísima.

Amaia se concentró en la enorme batidora eléctrica mientras Fernando corría en pos de Julio. En el trayecto echó un ojo a las claras de huevo y asintió con aprobación.

- A ver, Julio. Búscame a Gloria en el comedor y le pides que venga a cocinas.

-Oído, jefe.- Contestó el maître. Y salió por la puerta directo al salón para volver medio minuto después con una azoradísima Gloria. La joven camarera, que ya había causado un par de estropicios con la vajilla y la cristalería, por no mentar lo de la tarta, no sabía qué esperar de aquella llamada perentoria de su jefe. Por eso se quedó muy sorprendida cuando Fernando le dijo lo que quería.

- Necesito, Gloria, que levantes a punto de nieve esas claras.

- Pero Don Fernando… yo no se nada de levantá clarah.- Se excusó la andaluza.- Seguro que se me escapa el teneó. Y con mi zuerte va a pará a argún cocinero.

- Con magia, Gloria.- Zanjó Fernando.- Invoca un hechizo que remueva enérgicamente. Y por favor, procura no meter la punta de la varita en la fuente.

Al parecer, el señor Larumbe no iba a perder el tiempo en réplicas, porque dicho aquello se giró y marchó con grandes zancadas hasta otra parte de la cocina donde el sous chef supervisaba el batido de las yemas de los huevos. Antes de invocar nada, Gloria giró la vista y le dedicó a Amaia una mirada que pedía auxilio a gritos. Pero ella estaba absorta en su fuente de masa. Solamente pudo contar con una sonrisa animosa en la cara granujienta del sobrino del jefe. Resignada y sin tenerlas del todo consigo, invocó un hechizo de batido suave.

- Más intenso, Gloria.- La chica dio un respingo al sentir una presencia a su lado. Era Fernando, que ya se había encargado de la crema y, de camino hacia la masa, se había detenido a supervisarla.

- Pero… ¿Y si se me cae el cuenco?

- Yo se lo sujeto, señorita Lucena… Gloria…- para asombro de ambos, Gorka ya estaba aferrando con fuerza la gran fuente mientras seguía sonriendo, embobado. Fernando contuvo poner los ojos en blanco porque no podía perder tiempo y echó a andar hacia su mujer.

A Amaia el brazo ya le empezaba a doler de tenerlo en aquella posición tan vertical.

- ¿Te parece que ya está? – Preguntó esperanzada. Fernando se inclinó sobre el enorme recipiente de la batidora y negó con la cabeza.

- ¿Cuánto lleva?

- Ocho minutos, según mi reloj.- Replicó Amaia ligeramente decepcionada.

- Pues le faltan esos dos.

- Me empieza a doler el brazo.

Dicho y hecho, Fernando le sostuvo la muñeca. Amaia notó un cosquilleo y calorcillo bajo los enormes dedos de Fernando. De alguna manera, no solo la sostenía. También potenciaba su magia. Un minuto después Fernando le dio el visto bueno y ¡por fin! pudo bajar la mano. Se estuvo masajeando la muñeca mientras él se llevaba el enorme cuenco hasta otra encimera y ahí comenzaba a separarla en enormes trozos y a darles forma redondeada.

Tres órdenes someras de Fernando y los pinches y el sous chef se movieron con una precisión digna de un reloj suizo, y menos de cinco minutos después tenían tres círculos de distintos tamaños, dispuestos a ser mágicamente horneados, tarea para la cual volvió a reclutar a ambas brujas. Otros diez minutos y estaban montando los pisos. Gorka le acercó a su tío la manga pastelera ya cargada de la nata montada de Gloria, y el hombre se tomó un instante antes de decidirse a distribuirla sobre la tarta. Finalmente dibujó las iniciales de los novios con nata en el círculo mas pequeño, y decoró los inferiores con dibujos que, para un mago, eran claramente los símbolos de las tradiciones. Cuando terminó hizo un gesto de cabeza y el sous chef, con ayuda de un pinche, montó todo el tinglado en vertical.

- Pues ya está.- Suspiró Fernando.- tiempo récord. Gracias, Gloria. Y gracias a todos.

El personal no dijo nada porque ya estaban enfrascados en la siguiente tarea, que no era otra que prepararse para servir la tarta. La cocina de Larumbe funcionaba con precisión, entre otras cosas porque al jefe le gustaba que así fuera.

- ¿Por qué no vuelves a unirte al sarao? – Fernando se dirigió a una Amaia todavía vestida de cocinero. – Antes quítate eso, claro.

- No se… ha sido mas agotador de lo que yo creía.

- Pues así descansas… y la pruebas.

Aquello de probar la tarta fue el argumento definitivo. Amaia se quitó chaquetilla y mandilón, guardó varita en el bolsillo interior disimulado de su vestido y salió sonriente.

La tarta estaba realmente buena, aunque Amaia sabía que Fernando tenía razón: la primera habría estado mejor. Pero como eso no lo sabían los invitados, la disfrutaron mucho. Tanto que el padrino pidió en alto que saliera el chef. Fernando estaba acostumbrado a esas lides, así que, resignado, salió de la cocina. Pero al pasar junto a su mujer la tomó de la muñeca suavemente y se la llevó con él. Recibió la felicitación de los contrayentes y familiares y el aplauso de la concurrencia, que todavía comentaba en voz baja que había sido capaz de apañar una tarta nupcial, con ella a su lado, sonriente y bellísima, y se acordó de su propia boda. En aquella ocasión, los parientes valencianos de Amaia se hicieron bien de notar, soltando una traca a la salida de la iglesia que a ella, nerviosa como un flan, le hizo dar un brinco, y continuaron con el petardeo durante toda la comida. Solo le hubiera faltado eso. Petardos.

Mientras se servían cafés, mignardises y trufas, y para quién lo deseara un copazo, y el padrino repartía puros, el cuerpo de cocina cenó y después adecentó la cocina bajo la atenta supervisión del jefazo. Pasadas las doce Fernando acompañó a su sobrino hasta el caserío. Como ya se preveía que acabarían tarde le había dicho a su hermano que el chico dormiría allí. Gorka quería un monopatín, y para conseguirlo le había pedido trabajo. Era un gran chico, y trabajador. Fernando estaba seguro que sería alguien en la vida. Como iba cabizbajo, Fernando no se dio cuenta de lo colorado que estaba cuando empezó a hablarle.

-Tío… - empezó el chico.- Qué guapa es la señorita Lucena… Gloria… ¿Verdad? ¿Tu crees… tu crees que es cosa de la magia?

Fernando le pasó la mano por el hombro al sobrino conteniendo una sonrisilla. Al parecer, el chico se le había encandilado entre sus propios fogones. Nada mas y nada menos que de la camarera que le había organizado el sarao mas espectacular que había presenciado en mucho tiempo.

-¿Qué es lo que es cosa de la magia, Gorka?

- Que sean tan guapas. La tía lo es. Porque verás, he pensado que a lo mejor, es algo un poco sobrenatural…

- También hay brujas feas, Gorka.- Replicó Fernando divertidísimo.- Igual que hay mujeres guapas y feas. Pero no es la fachada lo que tienes que mirar en una persona.

- Ya lo se, ya lo se. Pero ella… oh, ella. Y además, no importa que sea torpe. Agita la varita y ¡zas! Ya está.

- No siempre se pueden arreglar las cosas con magia. Anda, chavalote, que es tarde. Ya hemos llegado a casa.

Fernando acompañó a su encandilado sobrino al piso superior. Fer, medio dormido, se espabiló enseguida al oirlo entrar y enseguida se puso a hablar con su primo. Fernando por su parte se duchó rápidamente y se vistió con el traje, la camisa y la corbata que le había dejado preparados su mujer. Ahora que había terminado de trabajar, podía permitirse el lujo de un par de bailes enredado en la cintura de su esposa. Y también tomarse un copazo. Se lo merecía después de tanto ajetreo.

- No sabes… con el caos de la tarta parece que ha surgido el amor.- Le susurró en la oreja un rato mas tarde, mientras se mecían con un lento que la gente joven no parecía atreverse a encarar.

- ¡No me digas! – Exclamó ella en otro susurro.

- Si… si. Gloria será torpona, pero está causando estragos. Gorka está absolutamente encandilado.

Amaia dejó escapar una risita. No era eso lo que había pensado ni por asomo, pero el asunto tenía su gracia. Gloria hacía rato que había terminado turno y desaparecido hacia su casa en Córdoba. En cuanto a Fermín, había aguantado un rato mas con unos muggles que al parecer conocía de sus tiempos de estudiante universitario, pero también se había retirado ya.

- Me reafirmo, señora…- Susurró Fernando cambiando claramente el tono.-. Está usted absolutamente espectacular con ese vestido.

- Me alegra de que le guste, caballero…

Fernano se inclinó aún mas a su oído y le dijo algo que la hizo sonreír. Aguantarían hasta el final porque, al fin y al cabo, eran los dueños del local. Pero a lo mejor la noche no se acababa del todo cuando desapareciera el último invitado. Al fin y al cabo, al día siguiente ninguno tenía que madrugar. Y siguieron bailando entrelazados mientras la magia de aquel restaurante que anteriormente había sido un pajar los mecía, como venía haciendo con aquella familia ya casi desde tiempo inmemorial.