Capítulo siete: Antecámara

La última vez que Hellen había estado allí, apenas había tenido tiempo de escuchar la llegada de la inundación antes de casi ahogarse. Era extraño, casi onírico, el hecho de que no se hubiese ni cuestionado siquiera la presencia de aquella corriente fluvial subterranea. Erik la guiaba ahora hacia ella, y aquel detalle en el que apenas había pensado antes ahora la maravillaba. No era como una catacumba o un desagüe convencional, sino un auténtico río en las profundidades de la tierra. El agua goteaba por todas partes y hacía frío. Se estremeció, recordando que había dejado su chal arriba y percatándose de que no llevaba nada más que su camisón de lino.

-¿Tenemos que ir muy lejos? -preguntó a su guía. Erik la miró de reojo y luego subió a una especie de góndola que les esperaba tranquilamente en el agua.

-Depende -contestó él lacónicamente. Hellen frunció el ceño y le miró con severidad, esperando una explicación. A veces el hombre hablaba como si fuese un chiquillo maleducado...-. Verás, Hellen -suspiró él-. La razón por la que Christine solicitó mi ayuda es porque puedo lograr... cómo explicarlo -miró al techo unos instantes, como buscando inspiración-. Soy un mago, un ilusionista. Puedo cortar a través de los mitos e imagos que la Reina y su cohorte invocan. Pero necesito ayuda para ello. Necesito tu voz, Hellen.

La viuda se estremeció de nuevo. ¿Era esa la idea que tenía Erik de una broma? No tenía gracia, pero... No, no bromeaba. Si los enanos existían, ¿por qué no podía creer en magia también? Su sentido común no la iba a ayudar ahora, así que más valía que cambiara su opinión sobre el mundo: los monstruos existían, y también la magia. Podía aceptar lo que Erik decía y al diablo con las consecuencias. Si se volvía tan loca como él parecía estar no tenía importancia, mientras recuperara a William.

-¿Mi voz? ¿Para qué?

-Necesito que cantes para mí. Necesito que te conviertas en el... espíritu de mi música -decirle aquello parecía dolerle, y Hellen se preguntó por qué-. Te daré la partitura y la letra, pero necesito que tú cantes. Cuando un artista, uno de verdad, canta mis composiciones, mis ilusiones se vuelven fuertes y puedo lidiar con cosas que no son humanas. Puedo imponerme sobre ellas -se detuvo y la miró fijamente-. Me dijiste que cantabas antaño. Esperemos que no hayas olvidado cómo hacerlo.

Ella se mordió la lengua y aceptó su ayuda para entrar al bote.

-Gracias -le dijo-. Deme esa partitura, se lo ruego.

Él asintió y le tendió unas hojas de papel que ella leyó concienzudamente. Las notas resonaron en su mente, una melodía armónica y caprichosa a un tiempo, casi perversa... Se titulaba "El Fantasma de la Ópera: dueto". Miró hacia Erik, que la miraba con ojos casi hambrientos.

-Canta para mí, mi ángel de la música -susurró él.

-In sleep he sang to me... (en sueños me cantó...) -empezó a entonar Hellen. Al principio dudaba, pero la pieza era extravangante y dificultosa, y pronto su atención se vio totalmente absorbida por ella. Erik se unió a la canción, convirtiéndola en algo distinto, retorcido, enfermizo y hermoso a un tiempo. La pasión que llenaba su voz bien educada fue como un desafío que la motivó a poner en aquella extraña composición todo su ser, todo su entusiasmo que creía domado por años de amarguras, toda la técnica que antaño dominara tan fácilmente...

... Y entonces, todo cambió a su alrededor. Ornamentados candelabros surgieron de las aguas oscuras, encendidos pese a su húmedo origen. La niebla les rodeó, brillando, retorciéndose, plateada y caprichosa. La voz de Erik perdió el dominio y el terciopelo de la edad para volverse más exigente, más cortante, más ansiosa, más joven, llenando la mente de ella hipnóticamente. Hellen se sintió a punto de desmallarse, pero siguió cantando con todas sus fuerzas.Él estaba cambiando la propia estructura del mundo con su música, usando la voz de ella, entrando en sus pensamientos y dejándola vacía y fascinada, agotada y exultante. Se sentía maravillosamente y, a un tiempo, notaba que aquello era completamente erróneo. Jamás se había sentido tan libre. Era como si se hubiera convertido en otra persona, alguien joven y valiente.

El bote se detuvo cuando llegaron al refugio de Erik, y Hellen no pudo menos que echar un vistazo lleno de curiosidad al lugar. Lo recordaba como una especie de almacén de trapero; ahora en cambio los objetos que estaban a la vista parecían llenos de glamour, intrigantes en vez de simplemente polvorientos, llamativos y de mal gusto. ¿Habría cambiado la decoración el hombre? ¿O la magia afectaba al hogar del fugitivo también? Se volvió hacia él y le pilló mirándola como quien ve a un fantasma.

-¿Erik? ¿Qué ocurre? -preguntó la viuda. Él sacudió la cabeza, y su voz sonó extrañamente ronca.

-Nada malo, mi ángel... No temas. Todo está bien -No era esa la impresión de Hellen. Dio un paso hacia él, pero sorprendentemente él reculó. La mujer frunció el ceño. ¿Estaba Erik evitando su mirada?-. Hay pantalones tras ese biombo que creo que podrían irte bien. Ve y cámbiate. Yo... yo prepararé todo para el viaje.

-De acuerdo -respondió mansamente Hellen, sin saber muy bien cómo reaccionar. Erik actuaba de forma extraña, y parecía... ¿No estaba distinto, él también? Fijó la mirada en él, que se retiraba, y se dio cuenta de qué era lo que fallaba. Tanto su figura como su rostro habían cambiado. Estaba más estilizado, sus manos no presentaban manchas por la edad, lo que pudo entrever de sus facciones no presentaba arruga alguna. Era mucho más joven, de treinta y pocos años a lo sumo. Hellen se fue tras el biombo, meditando sobre aquel cambio. No estaba muy segura de que le agradara. ¿Estaría el hechizo afectándola a ella, o a él?

Buscó ropa en un enorme y panzudo armario lleno de ropa propia de obras de teatros. Supuso que tenía sentido, dado que Erik había vivido en la Ópera de Paris. Tuvo que revolver hasta encontrar un par de pantalones que le parecieron más sensatos que el resto. Se los puso y se volvió suspirando hacia un espejo para verse en aquel disfraz que se le antojaba ridículo. Se quedó boquiabierta mirándose, ya que la que le devolvía la mirada desde el cristal no era la descolorida mujer de mediana edad que estaba acostumbrada a ver.

Quien aparecía en el espejo era una muchacha de piel blanca, sensuales rizos, y ojos castaños y apasionados. Tenía cuerpo de bailarina y era tan joven y hermosa que dolía mirarla. Alzó la mano hacia el espejo y vio como la desconocida hacía exactamente el mismo movimiento. Su mano, ahora que se fijaba, era joven y fuerte, esbelta y de piel suave pero de dedos endurecidos. Sí, no era el reflejo el que era erróneo, sino ella. Ahora comprendía por qué Erik la había mirado así, por qué se sentía tan distinta. Ya no era ella misma.

Maldito fuese Erik y su magia.