-¡Tú eres mi única razón para vivir! – declara Rico entre lágrimas, despacio, se anima a acurrucarse junto a su fratello. Sigue sollozando silenciosamente, a moco tendido.

Jean evita la mirada de su ciborg, no puede, sencillamente, darle una respuesta. Está herido, está listo para morir y no puede, aunque nada le gustaría más en ese momento.

-Sofía –nombra pastosamente, siente la lengua trabada – Enrica...

-Jean.

Jean evita la mirada de la Sofía que le proyecta su inconsciente. Tiene ese toque picante – que ahora le parece nostálgico – que le indica que hizo algo mal y ella le hará ver las consecuencias. Ella es màs dura que la propia justicia y màs suave que la seda.

- No me esperaba esto…-aceptó Sofía, encogiéndose de hombros y mirando a su alrededor, lleno de cuerpos caídos y desastres – Jean, esperaba que continuaras.

Se arrodilló junto a ellos, mirando especialmente a Rico.

-Pero sì quería esto – declaró Sofía tristemente, acercándose a Rico. Tomó un mechón del cabello de la ciborg y lo peinó con dulzura – Una niña rubia.

Jean la observó y la encontró exactamente igual a como la conoció. Evocó su cabello oscuro y sus sencillos modales. Recordó su cuerpo, centímetro a centímetro. Sus locas ideas.

-¿Son sus ojos azules? – preguntó curiosa. Jean asintió.

-Sí. Quería una criatura como ella – aceptó con serenidad - ¿La usaste para llegar a mí?

-Fue mi herramienta para vengarte –declaró con brío. Pero se sintió estúpido enseguida, dándole una respuesta de tal calaña. Sofía se declaró en desacuerdo con una mirada fulminante.

-Fue cruel, Jean. Pudo ser nuestra hija.

-Rico no tiene ninguna otra forma de vida. Esto es lo que es.

-¿Una asesina? – preguntó fríamente - ¿Cómo la llamaste, Jean?

-Su nombre es Rico – dice.

-¿Por qué no Sofía? ¿O Marie? – preguntó -¡Son nombres tan bonitos! ¡Mírala nada más, Jean… imagina que lleva un vestido rosa como el que me diste…

-¡No buscaba una sustituta! ¿Crees que alguien como yo podría criar una niña?

Sofía sonrió tristemente.

- Creo que puedes hacer cualquier cosa.

Jean se mantuvo en silencio unos instantes.

-Ella es lo que he intentado criar.

Sofía negó.

- Jean, no vuelvas a equivocarte así. No la uses como excusa.

Jean meditó unos segundos en silencio.

-¿Y ahora, qué se supone que debo hacer?

-Volver – respondió Sofìa dulcemente. Depositó un suave beso en el hombre que había amado en otro lugar, en otra vida y en otro tiempo antes de levantarse y desaparecer.

Jean jaló aire con toda la fuerza de sus pulmones.

Rico no pudo contenerse cuando Jean se dejó abrazar en el hospital.