Sobre La Increíble Boda

Parte I

El día de tu boda, mi inocente milagro, será el más feliz de todos.

Sobre el mar caoba de la antigua cómoda, flotaban como tesoros perdidos varias peinetas y horquillas, piezas sobrantes del conjunto de kanzashi que estilizaban los mechones rubios de la Princesa en un tocado artístico. Rígidamente acomodada delante de un prominente y elaborado espejo, cual inerte y fina estatua, Rinko aguardaba a que la maquilladora, cuyo reconocido talento se había nutrido en sus prácticas con jóvenes maiko antes de dar a parar como servidora del Palacio, acabase de aplicar el suave polvo blanco sobre sus pómulos aceitados. El sonroso innato de sus mejillas se perdía debajo de una pálida nube de talco. La única diferencia que en ese momento le permitía distinguirse de una inanimada escultura con la cual se asemejaría no solo por plantarse tan pasiva y tiesa, sino por su incapacidad de establecer una opinión , era el vagamente perceptible levantamiento de su pecho.

Al cabo de un minuto exacto, la maestra removió sus herramientas, viendo concluida la tarea de otorgar a la piel de la novia un tono níveo inmaculado, símbolo de pureza y castidad, como se acostumbra en el maquillaje tradicional oriental. Ia había recibido órdenes de laborar como la asistente de la maquilladora durante la sesión de arreglo de la Princesa, por lo tanto, debía de cumplir cualquier tarea que la mujer adulta le pidiese sin chistar. Es por ello que, cuando así se le indicó, procedió a pintar de un precioso rojo carmín las carnosidades que bordeaban la boca de Rinko, mordiendo sus propios labios con cierta timidez al instante en que las hebras de la brocha eran remojadas. Siguió las instrucciones de la experta al pie de la letra, quien, por ser ya mayor, se disculpaba, de tanto en tanto, por el deterioro de su pulso. Aunque Ia había mostrado imperfecciones de novata, su acabado resultaba adecuado. En el espejo se iba proyectando una dama de singular hermosura, y las dos espectadoras esperaban su alegro por ello. Pero no hubo reacción por parte de Rinko. Ignorando el tacto frío del líquido que enrojecía y resaltaba sus labios acorazonados, continuó apaciguando sus pensamientos con vagas y escuálidas escasamente factibles y accesibles ideas positivas.

El día tan esperado pisaba los magníficos umbrales de Japón. La hora en la que su soltería acabaría, aclamada por las manos de un hombre elegido por los mayores, estaba a menos de un parpadear. El florecimiento de un nuevo futuro, uno que no ansiaba ni procuraba, iniciaría a partir del momento en que Len Hibiki le reconociese como su esposa.

La vida en sus ojos celestes se hallaba ausente. Su corazón, paralizado por el pavor y la agonía, esclavo del estrés y de la miseria, palpitaba a un compás cada vez más lento. Era una señal, un indicio de que su razón para seguir latiendo se desvanecía conforme avanzaba el segundero del reloj que atisbaba gracias al reflejo del espejo. Aquél era el único fenómeno que se manifestaba con claridad, pues no percibía más que movimientos vagos y confusos a su alrededor, tan borrosos e insustanciales como la niebla desvaneciéndose. Todo transcurría en moción lenta desde que había recuperado la conciencia el día del ensayo el cual, para su fortuna, había sido acabado sin su presencia. Había estado presente en cuerpo durante la segunda práctica el día consiguiente, que fue desarrollada con urgencia y tensión, pero su mente se había atrevido a ausentarse. Sentía que años habían pasado con ella perdida en su corto soponcio y, encontrándose ahora a instantes de su boda, creía que había sido una efímera ilusión demasiado rápida e insípida.

Rinko estaba decaída. Hacía una semana atrás, después de que su padre hubo determinado la necesaria prisa de su compromiso, ella había dado por seguro que el día de la ceremonia su humor estaría furibundo. Su rabia habría hervido y explotado para el mediodía, y Luka se habría visto en la obligación de recurrir a un plan de emergencia para calmarle. Quizás, había figurado en medio de sus prolongadas cavilaciones, hasta hubiesen empleado alguna droga para amansarle. No obstante, lejos de sus expectativas y de las de los fieles servidores del Palacio, Rinko no habría pronunciado sílaba alguna que proporcionase evidencia sobre su descontento o enojo desde que le habían despertado en la madrugada, antes del regimiento del dios Helios. Ningún remarque colérico ni acto caprichoso, solo un silencio indiferente. Silencio durante el desayuno y la meditación, durante el baño y posteriormente en la preparación. Ni un movimiento fue realizado por sus labios cuando las mucamas, predispuestas en una esquematizada formación para vestir y acicalar a los miembros reales, aparecieron con tremendos paquetes en el salón de los tronos.

Aunque nadie supiese el verdadero porqué de su inusual actitud callada, la implícita culpa recaía inmediatamente en Rei Kagene y la carta que le había hecho llegar a través de Nariko y de Galaco Hibiki.

Su ensoñación acabó con el delicado contacto del delgado pincel delineando el contorno de sus ojos. La asistente, antes de limpiar el instrumento que había utilizado para devolverlo a su estuche, le regaló una sonrisa a la Princesa; aún fulguraba cierto temor en ella, rasgo característico que adoptaban los trabajadores relacionados con Rinko, pero era la más honesta y conciliadora que había recibido de su parte, y le halagó por ser una de las novias más preciosas que jamás hubiese visto el mundo. Rinko sintió que lloraría porque, en efecto, asimilar su realidad era tan agradable como beber de una copa de vinagre agrio.

Luego de la dramática procesión de salida que la maquilladora hizo, seguida con recelo por los orbes de Ia, Nariko se adentró tras ser anunciada. Sus dos damas-guardaespaldas, cuya suerte les había sonreído al privarles de heridas durante el incidente, repetían sus pasos con sigilo y trazaban una cola de sombras detrás de ella. Mirai y Misha hicieron una venia de admiración ante la dama que pronto sería desposada, justo a tiempo para notar cómo viraba su interés hacia su hermana menor.

—Nariko Naishinno luce maravillosa—aseguró Mirai, fascinándose por la expresión sutilmente anonadada de la primogénita de Japón—, ¿no comparte tal opinión, Rinko Naishinno?

Rinko le miró, sin decir nada.

—Sé que usted se verá espléndida, tan o más maravillosa, una vez que vista su traje de novia—balbuceó torpemente. Ia alzó su ceja sarcástica.

—Ambas lucen maravillosas para la celebración—reiteró Misha, por su parte, agitada por el comentario. Mirai se sonrojó.

El rostro de Neru había sido retocado pesadamente con el fin de ocultar sus marcados rasgos desfallecidos, según la Emperatriz lo había consentido. Ella había sido persuadida y convencida de que la expresión demacrada y enfermiza que la Princesa Nariko portaba diariamente arruinaría la belleza de su kimono. A pesar de aparentar mayoría de edad con aquel grotesco estilo, demasiado exuberante para su naturaleza infantil, Rinko admitió que en ella resplandecía un encanto inusual. Su largo cabello había sido rizado y enredado con las caídas florares de su kanzashi. Los colores cálidos y veraniegos de su elegante vestimenta—rojo, naranja y amarillo—ardían sobre el manto de piel perla que poseía.

—Ane—la voz frágil de su hermana flotó en torno a sus oídos, acariciándolos con una melodía exquisita que embriagaba y apaciguaba su espíritu turbulento. Rinko necesitaba consuelo y sabía que su hermana menor era la indicada para concedérselo—. Chichioya ha autorizado mi participación durante el arreglo de tu vestido. Puedo ayudarles con el shiromuku.

Rinko se puso de pie, dedicándole un vistazo nervioso y desesperado al reloj, no preparada para dar el gigantesco paso que representaría ser envuelta por las sedas blancas de su kimono de novia. Sus piernas, azotadas por tantas emociones revoltosas y horrendas, temerosas de seguir por aquel rumbo impredecible, le fallaron al sucumbir ante el pánico. Nariko se aproximó velozmente a su lado, con aquella angustia abrumadora que sentía cada vez que veía a su hermana restante en riesgo, e intentó sostenerle entre sus brazos, con mucho más esfuerzo del que creyó necesario, ya que su contextura enclenque y su condición macilenta no concebían la fuerza para soportar el peso de Rinko. Si Nobuhito hubiese estado ahí, sin duda les habría auxiliado. Él hubiese sido la palanca para regresar a Rinko a sus cinco sentidos.

Sin embargo, observando el tramo del que surgían tales pensamientos, Nariko se quebró. Si Nobuhito estuviese con ellas, no existiría el litigio por la herencia del trono y, por ende, no habría presteza en ver casada a la primogénita del Emperador Rinto. No habría boda forzada para Rinko, no habría amenazas médicas para ella, no habría infelicidad para todos. Si Nobuhito continuase viviendo, ellas estarían tan vivas como él.

Ia, Misha y Mirai no tuvieron oportunidad de socorrerles. Fue anunciado que la Emperatriz, quien andaba acompañada por las tres guardaespaldas Luka, Cul y Mew, había arribado. Lucía un elegante kurotomesode—un kimono azabache que visten las madres y las hermanas casadas de los novios durante la ceremonia nupcial—, de tejido sobrio y modesto, que le regalaba una majestuosidad espectacular a su porte y acentuaba su conservada belleza.

Rinko se enderezó inmediatamente. Nariko y ella hicieron sus reverencias, en armonía con las damas-guardaespaldas, antes de pronunciar suavemente:

—Chichioya, bienvenida.

Los siguientes cincuenta y cinco minutos fueron los más terribles y asfixiantes para Rinko. Su madre recitó unas palabras sabias sobre el valor del matrimonio y el papel que desempañaban las esposas, recordándole y asegurándole que ese día no se casaría con un solo Len, sino con tres: el que ella decía conocer, el que existía y era, y el que se convertiría como resultado de aquella unión. Era una sátira del destino el permitir que su desánimo usurpara su sentido irónico y le arrebatara su ingenio para reírse sobre la metafórica multiplicación de su más aborrecible pesadilla. Por otra parte, aquel momento fue la cuna del primer recuerdo auténtico de madre e hija que Rinko tenía desde el nacimiento de sus hermanos.

La Emperatriz Naoko arropó a su primogénita con el kimono nupcial que Shizuko y ella habían lucido durante sus bodas. Rinko se sentía estrangulada por el ajuste dado al collar y a las cintas delanteras de la sisa del kimono. Contaba la tradición que dicho kimono había descendido por generaciones de las manos de la esposa del Emperador a las de la prometida del Príncipe Heredero. Era mejorado y embellecido, sin perder su aire solemne y sacro, según fluían los años y nuevas novias se unían a la Casa Imperial. Se trataba de una reliquia espléndida que había testificado distintos casamientos durante seis generaciones, incluyendo la suya.

Rinko se preguntó si alguna vez hubo alguna novia más miserable que ella vistiendo aquella reliquia.

Nariko, Luka, el último detalle, el wataboshi, preferiría arreglarlo personalmente murmuró Lenka, sonriendo débilmente, y Rinko encontró una placentera nostalgia colgando en sus palabras. Mordió sus labios cuando Cul y Mew, quienes traían la gran capucha blanca que escondería su rostro de los presentes y solo permitiría que su marido lo apreciase, se acercaban.

—Concédame el honor y el favor de aportar mi humilde ayuda en el último de los preparativos, Naoko Kogo Heika—habló, desde la entrada del salón, la amable y hermosa Yuriko. Arreglada en un irotomesode—un kimono negro que visten las demás invitadas casadas que no comparten vínculos familiares directos con los novios—tan fino y precioso como el kurotomesode de Lenka, desfiló desde el ala opuesta hasta detenerse en la compañía que asistía a la novia. Nadie le rechazó.

—Puedo asegurarte que no se notará de lejos—Galaco cerró la cajita de vendas adhesivas y la devolvió a su compartimiento dentro del organizado maletín de primeros auxilios. Sus vivaces orbes ámbares retornaron a los carmines de su hermano menor y, al enfocarse en la bandita beige que se posicionaba en el puente de su nariz, contuvo las ganas de reírse—, o tal vez sí. Quién sabe.

Lui Hibiki se apartó del excusado donde se hallaba sentado mientras su hermana ejecutaba los básicos conocimientos que tenía sobre el trato de emergencias en él. Se subió a un taburete de plástico que yacía delante del lavamanos del baño, pues era materia de genética que hubiese heredado la estatura corta de su madre y tuviese que emplear aquella escalera para niños, y reparó su mirada en su reflejo. Era evidente. El parche-curita que su hermana había elegido por tener una cubierta similar a su tono de piel, que era el más pálido entre los hermanos Hibiki, resaltaba como una mancha despreciable sobre su nariz.

—"No se notará de lejos, no se notará de lejos"—remedó a Galaco, enfatizando su disgusto con cada sílaba. La mayor entre ambos reculó hasta toparse con la puerta. En el estupor de su capricho, estuvo cerca de arrancarse la bandita—, ¡por supuesto que se notará de lejos! Gala-chan, ¿qué hiciste?

—No, a mí no me eches la culpa de que precisamente hoy—espetó ella, golpeando con desdén el pecho enclenque de su hermanito con su osado dedo acusador—, hayas decidido levantarte por el lado equivocado de la litera que Lenny y tú comparten, y hayas causado un tremendo rasguño en la mitad de tu rostro, que, además, empeoraste por andar de tonto y resbalarte en la ducha.

—No es como si lo hubiese planeado—murmuró él, obviando el hecho de haber imaginado que una batalla intergaláctica ocurría a su alrededor mientras se duchaba y que los soldados, dado el buen comandante que era, requerían de su guía. Los moretones en su espalda y el rasguño de su nariz probaban que no su caída había sido planeada, por supuesto, pero sí provocada. Por andar de tonto, como había dicho Galaco.

—Tampoco es mi responsabilidad que las tiras adhesivas del empaque contengan tonos muy bronceados para ti, Blancanieves—finalizó ella, alzando sus cejas de forma sarcástica.

—¡Gala-chan, qué rayos! ¡No me llames así!

—Tu salón se equivocó de obra al elegir Alicia en el País de las Maravillas. En cambio, si hubiesen optado por Blancanieves, contigo con el protagónico, seguramente habría sido un rotundo éxito.

—Hablo en serio, Gala-chan. Si no tienes nada bueno que decir—protestó él, frunciendo el ceño—, ¡entonces cállate!

—¿De qué hablas? ¡Mi comentario fue más que bueno! Fue oro puro, con diamantes, zafiros y todo—ella rodó los ojos—. Solo estás picado porque fue mi inteligencia la que lo formuló.

—¿Cómo llamas a eso 'bueno'?—Exclamó Lui.— ¡Dio pena!

—Pena para ti—reprochó de nuevo—, porque sabes que es verdad.

—¡UGH!

—¡Galaco, Lui, silencio!—Dictó SeeU desde el corredor, tocando la puerta tres veces—, ¡están armando un escándalo! ¡Tan solo son las diez de la mañana, por Dios!

—Alguien más se levantó con el pie izquierdo hoy—musitó Galaco, entretenida, al oír los pasos de su hermana, que retumbaban con más peso de lo normal, alejándose hacia la cocina—. Me parece que SeeU rezó la mitad de la noche para que algún obstáculo impidiera la boda de hoy.

—Qué desdicha—Lui resopló cuando contorneaba la figura de su reflejo nuevamente con los rubíes de su rostro. Galaco guardó el botiquín en una gaveta y se quedó escuchándole—. El día en el que puedo utilizar un ejemplar kimono que me da la apariencia de un héroe legendario como los de los animes samuráis—frotó su nariz, a la altura de la venda, y gruñó—: y termino con una herida vendada que me hace ver como un personaje bishota secundario.

—Estás exagerando, Lui. No genera ningún cambio significante que tengas o no la tira en tu nariz.

—Claro que sí, oneesan. La cicatriz por sí sola era como una herida de guerra, que le otorgaba una sensación de rudeza y masculinidad a mi semblante…pero esto—apuntó con enojo a su cara, trazando con su pulgar la línea de su rasguño escondido—, me hace aparentar debilidad y ternura. En otras palabras, lo que se necesita para ser un bishota.

Galaco quiso darle una manotada en la cabeza porque no comprendía cómo una tonta bandita te hacía ver tierno. Ella usaba banditas en todas partes—codos, rodillas, manos—después de arduas prácticas de baile y jamás recibió alguna observación que implicase que se veía tierna. Pero era de Lui de quien se hablaba, así que se contuvo. Si ponía un solo dedo sobre su hermano y estropeaba su apariencia más de lo que ya estaba, Rio estallaría.

Qué ridiculez. ¿Sabes qué te hubiese hecho ver 'débil y tierno'? Las banditas de corazones que okaasan guarda en el botiquín. Así que no me hagas cambiar de opinión y utilizar pega industrial para adherir una de esas tiras a tu nariz en este instante. Termina con el baño rápido, necesito utilizarlo—él respingó cuando ella se inclinó para alborotar su cabellera antes de salir.

—¡Gala-chan! ¿Por qué no estás bañada aún?—Le asaltó Rio desde la entrada de la cocina, con la muñeca de SeeU esposada firmemente entre sus escuálidas manos, y rápidamente le acorraló, portando aquella mirada seria que de niña invitaba a Galaco a auto-castigarse por sus travesuras. Su madre, tan obsesiva y meticulosa como le convertía la vejez, tenía su melena rubia ya arreglada en un tocado espléndido—. Se hará tarde si no nos damos prisa. ¿Lui acabó de ducharse?

—Okaasan, tan solo son las diez de la mañana—dijo Galaco—. No vendrán por nosotros hasta las tres.

—¿Len se encuentra en la cocina?—Su inválido padre, Leon, salió de la habitación de los dos varones de la familia, menos preparado que el resto de sus hijos, añadiendo otro motivo a la ansiedad de Rio. La mujer suspiró, apretando la ya extremadamente apretujada muñeca de SeeU.

—¡Okaasan, cálmate! Los ataques nerviosos no son buenos para tu salud—intervino Galaco cuando SeeU gimoteó—, ¡te causarán espasmos!

—¡Cariño, Dios mío!—Librando a su hija de su fortísimo agarre e ignorando a la otra que había intercedido, la madre se apresuró hacia la recámara principal y regresó con tres enormes cajas blancas, de lazos y decoraciones modestas, que habían sido mandadas por las costureras designadas por el Palacio la noche anterior. Luchaba por equilibrarlas entre sus brazos. Empujó con su cintura—una tarea que impactó a las dos espectadoras—la silla de ruedas de su esposo hasta la alcoba de Lui y Len, y depositó los trajes formales que los tres hombres vestirían sobre la cama del menor.

—¡Len Hibiki, Lui Hibiki! ¡Vengan acá en este segundo!

Ambos, el primero desde el balcón y el segundo desde el baño, emergieron torpemente de sus refugios, intercambiando miradas extrañadas y perturbadas en sus lugares, y se dirigieron hacia el origen del griterío. Sus hermanas no declararon ni mencionaron de qué se trataba el efusivo llamado de su madre. Teniendo presente los sucesos que tendrían ocurrencia en el transcurso del día y lo histérica que su adorada madre podía mostrarse en situaciones de extrema presión—como la primera boda de sus hijos, por ejemplo—, no parecía necesario.

Len no quiso detenerse a leer los pensamientos impregnados en los ojos de SeeU Hibiki quien, al verle pasar delante de ella y percibir la evidente evasión que procuraba, le murmuró: "se llama matrimonio de conveniencia a un matrimonio de dos personas que no se convienen en lo absoluto". Él frenó sus pasos y le miró de reojo. SeeU sonrió y concluyó la cita con un perspicaz: "Oscar Wilde".

—Cuando tan torpe la razón se halla, mejor habla, hermana mía, quien mejor calla.

—¿Y cuál de nuestras razones se halla torpe?—Replicó ella.

Rio salió de la habitación de los varones y empujó a Len dentro de ésta, finalizando la controversia entre los dos mayores.

—Alístense. Cuando las chicas y yo salgamos, espero verles listos para irnos—demandó, cpm un halo feroz disipado entre su tono gentil, y cerró cuidadosamente la puerta.

En el pasillo, apoyadas en muros contrarios, encontró a sus dos hijas conversando plácidamente. Rio les contempló por instantes efímeros, con la amarga sensación de añoranza atorada en su garganta. Cuán pesada era la noción de que ellas ya no eran las pequeñas que una vez requirieron de sus cuidados exhaustivos y sus atenciones infinitas. Crecían y, con ellas, también lo hacía la melancolía en Rio. Recomponiéndose de sus recuerdos, sonrió con el mayor de los ánimos.

—Gala-chan, al baño. SeeU-chan, trabajaré en tu peinado primero, dado que tomaste una ducha tan temprano. Cuando Iroha y Haku lleguen, iniciaremos con el maquillaje. Quién sabe, si corren con suerte, tal vez hasta pesquen algún prometido la tarde de hoy.

Galaco se sonrió, aunque escondía una ironía descontenta. Su madre lo intentaba.

—Si los hombres presentes comparten la naturaleza de Rinko Naishinno—comentó SeeU, descontenta—, prefiero conservar mi soltería y celebrar mi soledad.

—La lengua es el castigo del cuerpo, hija mía—le recordó Rio con sabiduría—. Hazme el favor de vigilarla.

—Okaasan, yo…

—¡Sh! Déjalo para después de la ceremonia. No perdamos más tiempo.

Las habilidades de las hermanas Honne, nacidas en una casa donde la elegancia y la delicadeza eran cualidades de instrucción obligatoria en decoraciones y retocados tradicionales, eran producto de la insistencia de su madre fallecida, quien les alentaba, durante los ratos libres, a tomar cursos sobre modales clásicos. Tal virtud había impulsado a reclinar la sugerencia que la Agencia había dado acerca de enviar especialistas al hogar de los Hibiki para ayudarles a alistarse.

Sobre el nido matrimonial en la recámara más grande reposaban otras cinco cajas, gruesas y largas, donde habían sido delicadamente empaquetados los furisodes—kimonos de motivos coloridos que visten las damas solteras—de las hermanas Hibiki e Iroha, el kuromotomesode de Rio y el irotomesode de Haku. SeeU destapó una de ellas, encontrándose con el kimono de su tía. Suspiró mientras admiraba el fondo negro de la tela, comparándole con lo desgraciada y oscura que iba a tornarse la vida de Len Hibiki.

—¿En qué piensas, Len?

Su padre desataba el nudo de la primera caja, donde el montsuki, traje de etiqueta para el futuro Príncipe Heredero, aguardaba por ser revelado. Len, ensimismado en el paisaje que se podía apreciar desde su ventana, se distrajo fijándose en los rasgos oscurecidos del cielo.

—Va a llover.

—Oh—respondió Lui, deteniéndose a admirar el cielo. Entre sus manos asía un libro sobre bodas tradicionales sintoístas—. Creí que el pronóstico había previsto un día soleado.

—Sí—Len rio suavemente, reclinándose sobre la silla en la que se hallaba—, me arriesgué al creerles.

¿Sabías que, en Japón, la lluvia el día de una boda es indicio de solidez para la futura pareja?

—Ane, nos veremos en los Tres Santuarios. No reluzcas más esa cara tan apagada, sé que todo saldrá bien—Nariko fue la última en despedirse. Hacía media hora que la familia Hibiki había arribado en las instalaciones del Palacio y Luka acababa de confirmar que se encontraban prestos para dar inicio a la ceremonia. Habían sido posicionados, de acuerdo al protocolo, cerca del camino a los Tres Santuarios, donde previamente Rinko había recibido la noticia sobre su casamiento, y ahí esperaban por los cuatro miembros de la rama principal de la Casa Imperial.

Por decisión unánime, los progenitores de los novios concertaron que dos ceremonias serían celebradas ese día, con el fin de satisfacer una unión armónica para ambas partes. La primera, que seguiría los esquemas impuestos por la tradición sintoísta dentro del Palacio, sería en la edificación del Kashiko-dokoro. La segunda, apegada al ritual católico occidental, por otra parte, acontecería horas después en uno de los grandes salones del fastuoso y emblemático Hotel Okura. Posteriormente, en otro salón de dicho hotel, sería servido el banquete a los invitados y se celebraría la recepción de la boda. El traslado de los novios desde Chiyoda hasta el hotel sería en un landó descapotado, construido con toda clase de lujososdetalles—idea de último minuto propuesta por su tía Yuriko, quien consideraba propicio la añadidura de tal toque para la interacción entre el pueblo y los nuevos esposos—, en una transacción que duraría alrededor de una hora. Los dos jóvenes saludarían a los súbditos que les esperasen detrás de las cadenas de seguridad.

El día acabaría, para simultáneo gozo y angustia de la Princesa, en la despedida de los esposos a la suite imperial—otra idea embellecida por su creativa tía, quien simplemente no podía ignorar tantas pequeñeces, perfectas para sufrir mejoras; ella había elegido el tema romántico con el que sería ambientada la suite. En la mañana que sucedería la noche de bodas, en la que nadie esperaba realmente que se produjera algún milagro porque Rinko no prometía dejarse dominar, aunque nada podía ser asumido con certeza después del fallo en las predicciones sobre la actitud y la conducta que la Princesa conservaría ese día; los conyugues serían llevados al aeropuerto y serían despedidos para su luna de miel en Grecia—último resultado de la influencia de su tía en los planes nupciales.

"¿No son, las lunas de miel, tiempo de calidad para las personas que quieren casarse?", había recalcado Rinko, "Son vacaciones para los recién casados. Ustedes serán recién casados, por voluntad o no", había contestado su padre.

Bendita sea la hora en la que su madre—proclamaba Rinko con su único aliento de júbilo—, quien no había incluido tales vacaciones en el programa de actividades de los esposos discutido con los agentes, consideró y apuntó que la luna de miel no debía de ir más allá de cinco días. El Emperador convino, tras una reflexión detenida, en tal opinión. Len Hibiki debía de adaptarse cuanto antes a la vida en el Palacio y para ello era necesaria su presencia activa.

Finalmente, condujeron a Rinko hasta los jardines en los que se reuniría con su prometido y la procesión hacia el templo empezaría. Había un número reducido de personas esperándole. La familia directa de su prometido estaba presente. Reconoció a Rio y a Leon, sus futuros suegros; a SeeU, a Galaco y a Lui, sus cuñados; y a la joven Iroha. Asimismo, había dos personajes albinos, Haku y Dell, que, según había oído de sus damas-guardaespaldas, eran los dos hijos restantes del afamado magnate Matsuzaki Honne. El mencionado había declinado el prestigio que la invitación a la boda en el Palacio le concedía—hecho que desconcertó a los Emperadores completamente, pero que Rinko ignoró, atribuyendo la insolencia como un factor hereditario—, mas había confirmado que atendería la segunda boda y la recepción en el Hotel Okura, en conjunto con su otra nieta, una joven llamada Tei. Leon Hibiki no tenía hermanos ni padres con vida.

Por su parte, además de distinguir los rostros con los que interactuaba diariamente, encontró al esposo de su tía Yuriko, un empresario especializado en Comercio Internacional, de nombre Hiyama Kiyoteru, entre las caras no comunes. A su lado se hallaba la espontánea y brillante Ling, la turista que había conocido durante su visita al templo y que había resultado ser su prima-hermana. Detrás de ellos andaban Tianyi, una huérfana taiwanesa que Yuriko y Hiyama habían adoptado en un acto altruista, y Yuki, la descendiente menor de la rama secundaria, la misma libre pequeña que había admirado, con ojos de celo, desde lejos en Osaka. Rinko no había conseguido tiempo para una plática apropiada con ninguna de las nuevas primas, a diferencia de su hermana menor, y los datos minúsculos que había obtenido eran fruto de los cuchicheos que sus damas-guardaespaldas atrapaban en los pasillos del Palacio.

A la cabeza de la comitiva, con aires serenos y pasivos, iban los sacerdotes y las sacerdotisas que celebrarían el rito. Se les adelantaban tres músicos que ambientaban la procesión con notas largas y profundas que, contraria a la calma que emitían, disparaban los nervios de Rin. Los dos prometidos avanzaban, mudos y evasivos entre ellos, detrás de los celebrantes. Les seguían los demás familiares invitados.

—Serás una buena esposa para él, Rinko—le susurró Lenka a su izquierda, acariciando con sutileza su inquieto hombro—, pues él será un buen esposo para ti. Será el pedestal por el cual te concederán la bendición de recibir el legado de tu padre. Multiplíquense y prosperen.

—Siempre hemos confiado en ti, Len. En tu buen juicio y en tus cuidadosas decisiones, porque nunca nos has fallado en el análisis hondo de las cosas—murmuraba Leon, por otro lado, a la derecha de su hijo. Lui empujaba su silla, auxiliando a su padre en aquel terreno turbulento, atendiendo con cuidado la plática. Hoy, rogando a Dios, esperamos que no sea una excepción. Haz propicio tu matrimonio. Sé fiel y paciente, y no pienses más en ti sino en ustedes.

—Y danos sobrinos tiernos y juguetones. Deberían de iniciar el proceso lo más pronto posible, sabes. Como dicen por ahí: entre más rápido, mejor—acotó Lui, en un tono cantarín, sorprendiendo simultáneamente a su padre y a su hermano mayor, y alarmando a la desdichada Rin, que, por casualidad, había escuchado la última parte de la callada conversación. Len parpadeó, sobresaltado, antes de negar lentamente—. ¿Por qué tienen esa cara? No seguirán pensando que aún me creo el cuento de la cigüeña, ¿cierto?

—Eres imposible, Lui. Solo… imposible.

—Me estoy preocupando por el bienestar de Japón—argumentó él, subiendo de tono—. Se necesita de un heredero que reciba el trono de Rinko Naishinno. Por ello, deben de aprovechar todo el tiempo que tengan, así tendrán muchos hijos y Japón estará satisfecho. Además, procrear juntos fomentaría un vínculo especial entre ustedes. Sería inconveniente posponerlo.

Leon se ahogó con su saliva.

—¡Lui, has silencio!—Le reprimió Len al sentir cómo Rin chillaba inaudiblemente y temblaba a su lado, y la Emperatriz tornaba a observarles atentamente. La situación entre ellos había sido difícil desde un principio; no requerían de la intervención de un soez niño y de sus comentarios carentes de un prudente esfuerzo para empeorarla.

—Yo solo quería ayudar—musitó él, entre dientes, cuando su padre le advirtió que bajara la voz. Sacó una carta sucia, resplandeciente de bajeza y traición, de su manga al amenazarle con esfumar su PSP por los dos meses siguientes—. La revista de amas de casa que Haku obasan tenía en la recepción de su oficina tenía ése como el primer consejo de "Tips para mantener la felicidad marital".

—Recuérdame recomendarle una nueva selección de revistas a tu tía—dijo Leon a Len.

La ceremonia sintoísta fue una tortura macabra par Rin. Al traspasar las fauces del templo, de la mano de su madre, unas nauseas profundas invadieron sus entrañas. En ese instante, en el que se permitió admirar los rostros serios y expectantes de los convidados al caminar hacia los sacerdotes, quienes habían entrado antes que los novios, descubrió la magnitud de la tempestad que estaba por desatarse. La lectura del Código Meiji y el ritual de purificación, pasos para empezar la celebración, sucedieron lentamente, como si la eternidad estuviese resumiéndose en esos segundos de preparación.

Rin actuaba por inercia. Su expresión facial estaba relajada, pero no era más que la máscara con la que ocultaba el masivo huracán que conmocionaba su pecho. Len se asemejaba a ella en su semblante. Tenía la misma apariencia tranquila y centrada, cuando, en realidad, sufría de un caos interno. Al intercambiar el rosario y sentir las yemas de sus dedos rozándose, Rin quiso llorar. Casarse era el peor de sus temores.

Los nervios de los Hibiki y de las hermanas de Japón alcanzaron la cúspide de la tragedia cuando las sacerdotisas asistentes, tan sigilosas y mudas como exigía la ocasión, prepararon los vasos para el san san kudo. San san kudo significa "tres, tres, nueve", y es la cumbre de la celebración. Se trata de un ritual realizado por los novios, y posteriormente por sus padres, donde cada uno debe de tomar sake tres veces de tres distintas tacitas, conocidas como sakazuki. Cada número representa el cielo, la tierra y el hombre, y se relaciona con la unión de los esposos en mente, cuerpo y espíritu.

Len bebió tres veces de la primera tacita, mirando a su futura esposa a los ojos. Rin imitó sus acciones, aportando una lentitud particular y extremista, como si aquél fuese un veneno que estuviese condenando su vida. Pasaron a la segunda tacita y ella tuvo la urgencia de escupir el sake en la cara de Len, por más inapropiado que hubiese resultado, al percibir una mirada familiar, que no se hallaba desde el inicio, entre la audiencia que detallaba cada uno de sus movimientos. Entretanto Len sorbía de la tercera taza, Rinko agudizó su oído y capturó unas palabras mudas que no debía de haber escuchado:

"Mirai, por favor, encárgate de hacer que Rei-san se marche", era Nariko quien había hablado. SeeU y Galaco, tan perceptivas como águilas en cacería, habían contemplado aquella discreta interacción. Lanzaron deductivos vistazos antes de virar sus miradas hacia la última fila, donde se hallaba Iroha. Testificaron cómo desaparecía una sombra alta y poderosa, localizada detrás de la chica, de la mano de la joven Ling, quien, según recordaban, era hija de Yuriko.

El novio extendió la tacita hasta posicionarle entre sus manos, despertando a la ida Princesa de su ensoñación, y articuló un silencioso "¿te encuentras bien?". Rin la tomó, sin responderle, terriblemente martirizada por la orden dada por su hermana. Rei…

Len recitó sus votos, pronunciando con elocuencia sus sinceras palabras de compromiso, y juntos acabaron las ofrendas, como lo dicta la costumbre. Sus padres bebieron sake, sellando el lazo ahora irrompible entre ambas familias, y el sacerdote concluyó la ceremonia al bendecir a los novios y declararles esposos. Len apenas consiguió fuerzas para agradecer a los presentes por su asistencia, pues el peso de la boda caía como una bomba en su estómago y le arrebataba el aliento y la voluntad para hablar. Rin no se encontraba mejor que él.

Se habían casado. Era ahora el esposo de la Princesa Imperial de Japón, futura Princesa Heredera.

Jesucristo, creo que me desmayaré.

Rinko fue sacada del templo de la delicada mano de su suegra, la amable y cándida Rio, y en seguida los servidores del Palacio les bañaron con flashes de fotografías. Rinto y Lenka, al ver terminada la breve sesión de fotos con los novios, fueron los primeros en ser escoltados hacia los puertos en los cuales aguardaban los vehículos que les llevarían al hotel.

Dos limosinas, una para los miembros de la familia Imperial y otra para los integrantes de la familia Hibiki, les conducirían por un atajo hacia el hotel mientras los esposos se atoraban en aquel desfile para el pueblo. Una vez ahí, serían recibidos en el salón donde la segunda boda tendría ocasión.

—¿Tú viste lo que yo vi?—Llamó Galaco cuando, de unos tupidos arbustos, emergió la figura de Ling. Se deslizó cuidadosamente hacia los recién casados, cantando suaves congratulaciones por sus nupcias, para después partir con sus padres. SeeU cruzó sus brazos y escudriñó a la prima de Rinko de pies a cabeza mientras se alejaba.

—Tengo un presentimiento desagradable sobre esto, Galaco.

—¿Verdad que sí? Huele—ella inhaló exhaustivamente—, huele a conspiración.

—Una de las peores, ciertamente.

Continuará...


He tenido este documento guardado por bastante tiempo ya. No había querido subirlo porque sentía que le faltaba algo, pero ha transcurrido una pausa considerable desde mi última actualización y pensé que sería justo mostrárselos, aunque incompleto, pero ya retocado.

¡Es la primera parte! Oh, oh~!

Espero que les agrade. Han sido meses alocados para mí. No quiero aburrirles con mis problemas, así que ésta será mi despedida. Es algo tarde ya y mañana tengo clases :) ¡Espero que todos estén muy bien!

Un millón de gracias por sus comentarios y sus favoritos, me dan tanta alegría.

Cuídense! Nos leeremos muy pronto!

Con amor, Jess.