No poseo los derechos de Southland así que esto tan solo es un intento de expresar mi admiración por los personajes que en ella aparecen. Sin ánimo alguno de lucro ninada por el estilo.


Ben sacó el cabello rubio de sus padres, Olivia de su padre. Chloe es morena como su madre. Cualquiera diría que la segunda esposa del señor Sherman tenía sangre irlandesa corriendo por sus venas. Sus rasgos no podían ser más latinos pero es lo que tiene descender de unos antepasados que se han pasado media vida viajando en busca de un hogar que nunca han acabado de encontrar.

Ben tenía 2 años cuando sus padres se divorciaron. Desde entonces intentó que su padre no le dejase de querer. Incluso se declaró enamorado incondicionalmente de las otras dos hijas que tuvo él con aquella otra mujer que ocupó el lugar que debería tener su mami. Todo saltó por los aires cuando a los 10 años descubrió que jamás habría nada que pudiera hacer para ganarse el amor y respeto de un progenitor que se preocupaba más por comprarse el último coche de moda que por los seres humanos que había colaborado a traer al mundo.

Una única cosa no varió en la existencia de Ben. El profundo amor que el niño sentía por sus hermanas. Al principio fue por eso... por intentar que los ojos de él reflejaran orgullo al mirarle. Por la manera en que tenía de cuidarlas, de jugar con ellas, de no rechazarlas cuando se empeñaban en maquillarle o le hacían jugar a las muñecas y poner absurdas voces femeninas. Pero después ya no pudo alejarse... como un drogadicto es incapaz de separarse de su dosis. Ben las necesitaba porque ellas eran lo único que le daban sentido a su vida.

Y aunque hubo peleas. Aunque los desacuerdos llegaran. Aunque muchas veces las mandara al infierno no había mejor cosa que ver reflejado el orgullo que sentían por él en sus ojos. El día mejoraba cuando ellas estaban junto a él. Como cuando se graduó en la academia de policía y fueron las únicas en acudir para aplaudirle. A pesar de que no estuvieran conformes con la elección profesional de su hermano mayor.

Más que nada porque para ellas pensar en perderle era temer perder el único pilar que le daba sentido a sus vidas. Perderle era perderse ellas mismas.

Nunca se decían te quiero, jamás hablaban de esas cosas que se dicen las familias. Pero tan solo había que ver el ceño fruncido de Ben ante el enésimo novio estúpido que le presentaba Olivia. Ni ella decía nada ante ese gesto aún a sabiendas de que por mucho que se dijera a sí misma que él no tenía razón de nuevo aquel intento de llegar a algo más con un chaval se iría como todos por el ssumidero. No se decían nada porque los ojos sustituían a las palabras, por las noches que Ben pasó en sus cuartos cuando eran niñas hasta que conseguía dormirlas alejadas de los gritos y las peleas de la planta de abajo.

Tampoco dijo nada cuando Chloe se marchó una semana de casa y él se pasó los siete días mirando la pantalla del teléfono con el corazón encogido. Ni tampoco dijo nada cuando aparcó en el aeropuerto, recogió la maleta y agarrando la mano de ella volvieron juntos a casa. Aunque esa casa fuera ahora el piso de soltero de su hermano mayor. 17 años de aquella mano infantil agarrando la suya mientras cerraba los ojos, 17 años de una mirada que le decía de manera incondicional que donde él tuviera su hogar estaría el de ella.

Así que aquel día al salir de la comisaria el día gris, insufrible, doloroso y profundamente cruel que había vivido giró por completo. Porque ellas estaban allí, esperándole para devolverle al lugar al que pertenecía. Al único lugar seguro del planeta. El único sitio donde ardía el fuego del amor, el compromiso, la fe y la devoción más absolutas. El corazón de ellas.

Ben pasó un brazo por los hombros de Chloe, Olivia por la cintura de su hermano. Apoyó la cabeza en su hombro mientras sonreía y le susurraba al oído: he conocido a un chico... Y sonrió al ver de nuevo el ceño fruncido de él.