El siguiente fic es una adaptación del libro de Jan Hudson incluyendo unos cuantos retoques mios, con los personajes de la genial Naoko Takeuch, Nada me pertenece los uso como medio de entretenimiento sin fines de lucro.

Gracias a todos y cada uno de los Review que he recibido...me alegra que les guste tanto la historia. La verdad si parece cruel que Serena se interese solo por el dinero, pero ella en ese dineron busca algo mas...sigan disfrutando besos!


Capítulo Nº 8 Cortejo

Seiya siguió masajeando suavemente a Serena hasta que notó que los músculos se le relajaban. Disfrutó del contacto de la suavidad sedosa de su piel en los dedos, y se recreó especialmente en una zona cercana al hombro donde Serena tenía tres preciosos lunares.

Pero la simple exploración táctil no le satisfacía lo suficiente. Sintió un deseo casi doloroso de posar los labios sobre aquella piel semejante a la porcelana, de saborearla con la lengua. Pero no se atrevió. Al fin y al cabo, Serena confiaba en él.

-Bombon-le susurró.

Ella no se movió. Se había quedado profundamente dormida. Seiya dejó de tocarla y contempló detenidamente su rostro. Sin maquillaje, las cicatrices que tenía en la mejilla izquierda era perfectamente visibles. Pensar en el dolor físico y emocional que su Bombón habría sufrido lo llenó de una cólera repentina. ¿Qué degenerado demente po-día haberle infligido semejante agonía?

Un sentimiento abrumador de ternura invadió su pecho y le atenazó la garganta. No podía soportar la idea de que alguien volviera a hacerle daño a Serena. Incluso se sintió furioso con Darien por haberla llevado a cabalgar aquel día. En su interior se desató un profundo instinto protector, tan poderoso que casi se podía palpar. Seiya se imaginó a sí mismo como un campeón armado con un escudo y una espada, dispuesto a matar a cualquier dragón que amenazara a su dama.

Pensó en cómo reaccionaría ella si le hablara de aquellos sentimientos, y sonrió.

Probablemente a Serena le daría un ataque. No obstante, dichos sentimientos estaban ahí y no podían ser ignorados.

Tal vez Seiya Kou se había enamorado por primera vez en su vida. No lograba explicarse por qué había sucedido precisamente ahora, pero le resultaba imposible negar las intensas emociones que bullían en su pecho.

Se inclinó con sumo cuidado y le posó un suave beso en el hombro. Luego se bajó de la cama y la arropó con la sábana. Serena necesitaba descansar. Más tarde volvería para comprobar si se encontraba bien.

Después de echar las persianas, Seiya recogió sus botas y salió silenciosamente de la suite.

Justo cuando acababa de salir por la puerta, notó que alguien le ponía una mano en el hombro.

-Vaya, te he pillado con las botas en la mano -dijo Darien con una risita socarrona-. ¿Te lo has estado pasando bien con esa señorita tan encantadora?

Seiya se sintió sacudido por una repentina explosión de cólera.

-¡Bastardo! -exclamó, y casi sin darse cuenta le soltó a su primo un puñetazo en la cara.

Darien se tambaleó y tuvo que apoyarse en la pared para no caerse.

-¿A qué demonios ha venido eso? -preguntó desconcertado.

-Tienes una mente y una boca muy sucias. Además, casi matas a Serena con ese condenado caballo. Apenas puede andar.

-Eh, tío, vamos. Siento lo que he dicho. Era una broma, nada más.

Seiya hizo una mueca.

-Pues no me ha hecho ninguna gracia. ¿Cómo diablos se te ocurre tener a una novata cabalgando durante cuatro horas seguidas? Debiste haberte dado cuenta enseguida de que no sabía montar.

-Me di cuenta, Seiya. Pero todos los tíos del club la estaban rondando. Incluido Richard.

Traté de mantenerla alejada de ellos el máximo tiempo posible. ¿De veras está muy lastimada?

-Sí. Incluso le cuesta trabajo caminar.

-Tal vez debería avisar a un médico.

-Yo soy médico, Darien

-Cirujano plástico.

-No hace falta ser traumatólogo para tratar un trasero magullado. Por inteligente que seas, a veces pareces más tonto que el que vendió el coche para comprar gasolina.- Darien esbozó una sonrisa.

-Estás loco por esa mujer, ¿verdad?

Seiya aspiró hondo y luego fue soltando el aire lentamente. Se colocó las manos en las caderas y agachó la cabeza.

-Sí. Loco perdido. Pero está empeñada en casarse con un millonario. Y con tanto ricachón como hay por aquí me parece que lo tengo bastante crudo.

-¿Por qué no le confiesas que estás podrido de dinero? -dijo Darien-. Así resolverías el problema de una vez por todas.

-Ya te lo he explicado. No quiero que se entere todavía, así que más vale que mantengas la boca bien cerrada. Por cierto, Serena no desea que nadie sepa que se ha lastimado montando a caballo. No le digas nada que pueda humillarla.

-Muy bien. ¿Alguna otra orden, doctor?- Seiya se echó a reír.

-No, de momento basta con lo que te he dicho. Gracias, Darien. Y lamento de veras haberte golpeado. ¿Quieres que te ponga una compresa de hielo?

-Tranquilo, sobreviviré.

-¿Cuál es mi habitación?

-Te he reservado la suite contigua a la de Serena -hizo un gesto con el pulgar en dirección a la puerta-. Jimmy acaba de dejar tu equipaje. ¿Por qué no bajamos? Están jugando una partida de poker y presiento que hoy es mi día de suerte.

Serena no supo con seguridad qué fue lo que la despertó. Tal vez fue el hambre, o el aroma de las rosas que ascendía desde el jardín, o quizá el calor provocado por el sueño erótico que acababa de tener. Echó un vistazo al reloj y descubrió consternada que eran casi las ocho. Con razón el estómago le estaba dando la lata. Debía darse prisa o no llegaría a tiempo para cenar con los demás.

Al retirar la sábana vio que estaba completamente desnuda. Recordó el motivo y se lamentó en voz alta. ¿Cómo había permitido que Seiya le diera un masaje, por el amor de Dios?

¿Acaso se había vuelto loca? No era de extrañar que hubiera tenido un sueño erótico tan intenso. Temiendo moverse, consultó de nuevo el reloj. Fue entonces cuando reparó en el ramillete de flores amarillas que había encima de la mesita de noche. Estaban acompañadas de una nota de Seiya, en la cual le decía que la vería a la hora de la cena.

Qué dulce.

A pesar de sus titánicos esfuerzos por permanecer impasible, Serena no pudo evitar esbozar una sonrisa cuando imaginó a Seiya recogiendo aquellas flores para ella. «¡No! Olvídate de Seiya. Piensa en Darien . O en Alan, o en Aaron, o incluso en Spud.

Ellos son los que tienen las cuentas corrientes sustanciosas. Piensa en una mansión en

Dallas, Houston o San Antonio. Piensa en coches lujosos. No pienses en Seiya y sus flores...»

Se sentó lentamente en la cama. Seguía teniendo los miembros rígidos y doloridos, pero empezaba a sentirse mejor. Al dirigirse al cuarto de baño en busca de la bata, comprobó aliviada que podía caminar normalmente.

Seiya había hecho milagros con su masaje. Pero jamás le permitiría que volviera a tocarla de aquella forma tan íntima.

Tras maquillarse cuidadosamente, se puso unas medias de seda y un sujetador de color verde pálido. En cuanto hubo acabado de vestirse, salió a toda prisa del dormitorio... y se quedó helada. La sala de estar de la suite estaba llena flores. Eran, en su mayoría, rosas rojas, pero también había un par de ramos de rosas amarillas. Serena leyó las tarjetas y comprobó que uno de los ramos amarillos era de Darien, quien le daba la bienvenida al Nido de Crow. El otro lo había enviado Haruka Tenoh, el ex jugador de fútbol profesional que en la actualidad se dedicaba a la cría de caballos. En la nota le pedía cortésmente que lo acompañara en la cena.

Los ramos de rosas rojas eran de Alan, Aaron, Andrew y Nicolas. Todos ellos le hacían la misma invitación.

Encima de la mesita de café había una enorme caja envuelta en papel dorado. Llevaba adjunta una breve nota firmada por Richard Chiba. Serena se echó a reír. No necesitaba abrir el paquete para saber que estaba lleno de caramelos.

A continuación vio otra caja más pequeña envuelta en la misma clase de papel. Estaba colocada al lado de una botella de Dom Pérignon, nada menos. Serena abrió la caja y en su interior encontró un diamante con una preciosa cadenita de oro. Lo había enviado

Diamante Black, quien le daba la bienvenida a Texas y le pedía que compartiera con él el champán después de la cena.

Qué sutil.

Lástima que Diamante se estuviera demasiado mayor para su gusto.

Pero, en el fondo, la edad no era imprescindible en un hombre. Serena había oído comentar que los calvos hombres mayores eran verdaderamente expertos en la cama. Decidió incluir a Diamante en su lista de posibles candidatos.

Mientras se ponía la cadenita, descartó mentalmente a los miembros del club que ya estaban comprometidos. Todos le habían enviado flores a excepción de Malachite, Netflite y Zafiro. No estaba nada mal, no señor. Darien seguía siendo el candidato más idóneo. Pero si le fallaba, podría elegir entre otros siete millonarios de Texas que se habían mostrado interesados en ella.

Serena esbozó una amplia sonrisa de satisfacción. Cualquier mujer se habría sentido halagada en aquellas circunstancias.

Cuando se disponía a salir oyó ruidos en la cerradura de la puerta. Alguien había introducido una llave. Serena se quedó paralizada por el miedo. ¡Había olvidado echar la cadena de seguridad!

La puerta se abrió lentamente y ella gritó sin poder evitarlo.

La intrusa, una mujer rubia de mediana edad, se llevó la mano al pecho y retrocedió un paso.

-Dios mío, lo siento mucho. Pensé que seguiría usted dormida. ¡Me ha dado un susto de muerte! Soy Pat, una empleada del club. Me he pasado las últimas horas entrando en la suite todas esas flores con el mayor sigilo posible para no despertarla. El caballero llamado Seiya dijo que me despellejaría si la despertaba -soltó una risita nerviosa y totalmente sincera.

Serena sonrió.

-Dudo mucho que fuera capaz de cumplir su amenaza, Pat.

-Sí, yo también. Aun así, no quería despertarla. Seiya dijo que no se encontraba usted muy bien. Pero los muchachos insistieron en enviarle todos esos regalos y flores. Menos mal que quedaba papel de envolver de las pasadas navidades -se quedó mirando el paquete que llevaba en las manos-. Ya no queda papel dorado, pero Zafiro insistió en que le trajera este paquete enseguida. Imagino que no querrá que los demás se le adelanten. Tenga -dijo entregándole el paquete.

-Gracias. Ha sido muy amable por su parte tomarse tantas molestias.

-No ha sido ninguna molestia. Lo he hecho encantada. ¿Tardará mucho en bajar a cenar? Los muchachos no quieren empezar hasta que usted llegue, y necesitan comer algo para seguir en pie después de la cantidad de whisky que han estado bebiendo.

Serena se echó a reír.

-Bajaré dentro de un par de minutos.

Cuando Pat se hubo marchado, Serena abrió el paquete. En su interior encontró un libro escrito por Zafiro donde se explicaba cómo encontrar el tesoro de un galeón pirata hundido. Asimismo, confesaba que Serena le parecía más valiosa que el más rico de los tesoros. Entre las páginas del libro había un reluciente doblón de oro.

Serena sonrió, lanzó la moneda al aire y la recogió en pleno vuelo. Así pues, eran ocho los millonarios interesados. Tras introducirse el doblón en el sujetador para que le diera suerte, salió de la suite tarareando «Los diamantes son los mejores amigos de una

chica».

Seiya supo que Serena había entrado en el comedor porque Nicolas se detuvo de repente, dejando a medias el chiste subido de tono que estaba contando. Diamante, Aaron, Zafiro y Andrew miraron hacia la puerta de entrada e instantáneamente se pusieron en pie, gesto que enseguida emularon los demás.

Al cabo de unos segundos, todos los hombres que había en la sala, a excepción de

Darien y el propio Seiya, corrieron junto a Serena, disputándose a base de empujones y codazos un lugar preferente al lado de la recién llegada. Seiya nunca había visto nada igual. Eran hombres adultos con cargos importantes, y parecían quinceañeros que se pelearan por las entradas de un concierto de rock.

Meneó la cabeza y miró a Darien, quien permanecía sentado con una sonrisa burlona dibujada en el rostro.

-¿Qué mosca les habrá picado? Cualquiera diría que es la primera vez que ven a una mujer guapa.

-Bueno, hay que reconocer que Serena es algo más que una mujer guapa -respondió

Darien-. Además, los muchachos están habituados a competir entre sí. Reconozco que me siento tentado de unirme a la apuesta.

-¿Apuesta? ¿Qué apuesta?

-Han apostado para ver quién consigue invitarla a cenar. El bote es de diez mil dólares.

Seiya hizo un gesto de desagrado.

-Acabarán agobiándola y no cenará con ninguno. Vamos, ayúdame a quitarle de encima a esos imbéciles. Al fin y al cabo, son colegas tuyos.

Darien se levantó, se acercó al grupo de hombres y dijo en tono tranquilizador:

-Vamos, caballeros, démosle un respiro a la señorita.

-Apartemse, maldita sea -gruñó Seiya al tiempo que intentaba abrirse paso a codazos y empujones-. No la agobien.

Serena se alegró mucho cuando vio a Seiya y a Darien tratando de abrirse paso a través del grupo de hombres que se arremolinaban a su alrededor. Se sintió halagada al recibir tantas atenciones, como si fuera Escarlata O'Hara de "lo que el viento se llevo" en una de sus típicas y fastuosas fiestas. No obstante, también empezó a sentir cierto miedo ante tanto hombre junto.

-Gracias -les dijo a sus rescatadores-. Estoy un poco apabullada.

Los hombres se quejaron, pero finalmente retrocedieron en deferencia a su anfitrión.

-Demonios, Darien -protestó Nicolas-. Debimos imaginar que intentarías algo así. Pero recuerda que ni siquiera has querido participar en la apuesta.

Seiya sonrió a Serena y le apretó la mano en un gesto de complicidad.

-Todos estos caballeros desean disfrutar de tu compañía en la cena. ¿Por qué no les ahorras más apuros y escoges a uno?

Serena miró uno a uno los rostros expectantes que la rodeaban. Sintió el impulso de escoger a Darien, pero los demás también se habían mostrado muy amables y caballerosos, de modo que no quería hacerle un feo a ninguno de ellos.

-Me resulta muy difícil elegir, la verdad.

-Propongo algo -terció Darien al tiempo que descolgaba de una de las perchas un sombrero Stetson-. ¿Por qué no meten en el sombrero vuestras tarjetas? Sugiero que

Serena saque tres. El primer elegido cenará con ella, el segundo la acompañará durante el postre y el tercero podrá invitarla a una copa después de la cena.

-¿Y cuál se lleva el bote? -quiso saber Zafiro.

-El que salga elegido primero -respondió Darien-. Pondré dinero por mí y por Seiya.

-¿De qué bote hablan? -le preguntó Serena a Seiya en voz baja.

-Han hecho una pequeña apuesta para ver quién es el primero que consigue invitarte a cenar.

Se produjeron unas cuantas protestas, pero finalmente todos aceptaron la propuesta de

Darien e introdujeron en el sombrero sus tarjetas. Seiya echó mano de su cartera para sacar la suya, pero se detuvo. No podía utilizar su tarjeta porque en ella figuraba su profesión, además de su nombre. Así pues, tomó una de Darien, rascó el nombre y escribió el suyo en el reverso.

-¿Por qué introduces tu tarjeta en el sombrero? -le preguntó Serena.

Seiya pestañeó unos instantes y dijo:

-En caso de ganar, me vendrá bien el dinero.

-Vaya, muchas gracias -respondió ella en tono sarcástico-. Me siento como si fuera uno de los premios que suelen ofrecerse en los paquetes de galletas.

-No tiene por qué sentirse así, señorita -dijo Nicolas-. La apuesta es un simple divertimento inocente. Aunque pierda esta noche, me sentiría muy honrado si aceptara cenar conmigo mañana.

-Y un cuerno -terció Aaron-. Tenía planeado pedirle que cenara conmigo.

-Igual que yo -se apresuró a decir Haruka Tenoh.

-Vamos, vamos, muchachos -los interrumpió Darien-. Ya resolveremos esa cuestión más tarde. Lo primero es lo primero -revolvió las tarjetas y le acercó el sombrero a

Serena-. Quizá hasta convenzamos a la señorita para que obsequie con un beso al ganador -agregó guiñándole el ojo.

-De eso ni hablar -murmuró Seiya mirando a su primo con cara de pocos amigos.

Irritada por la actitud de Seiya, Serena esbozó una radiante sonrisa y dijo:

-Lo haría con muchísimo gusto.

Los integrantes del grupo sonrieron al instante.

-Pues vete preparando, preciosa -dijo Nicolas Kumada al tiempo que se frotaba las manos-. Hoy me siento afortunado.

Finalmente, Serena introdujo la mano en el sombrero y removió por última vez las tarjetas. A continuación cerró los ojos, pensando que tal vez su futuro dependiera del nombre que estaba a punto de extraer, y respiró hondo.

Escogió una tarjeta. No, eran dos, pero parecían estar pegadas. Tras separarlas, dejó una en el fondo del Stetson. Los dedos le temblaron conforme sacaba la tarjeta del ganador. «Por favor, que sea Darien», repitió mentalmente una y otra vez.

-Vamos, cariño, que nos tienes en vilo -dijo Andrew-. Dinos quién ha sido el afortunado.

Serena le dio la tarjeta a Darien.

-Prefiero que la leas tú.

Al leer el nombre que figuraba en la tarjeta, Darien enarcó las cejas y sonrió de oreja a oreja.

-Vaya, vaya, vaya -se limitó a decir.