Capítulo Dos

–¿Sus tiques, señor?

Darien buscó en el bolsillo de la chaqueta y sacó el papel rosa del teléfono y el gris del abrigo. Se los entregó a la rubia seductora que había sustituido al maître. Con los tiques en la mano, la joven se inclinó sobre las cajas que había al fondo del armario, mostrando un poco de la ropa interior negra de encaje que asomaba por encima de sus ajustados vaqueros.

–No está mal –dijo Andrew detrás de él.

–Toda tuya –murmuró Darien.

–Sin duda no es Rei…

–Creí que habíamos acordado borrar ese nombre.

–Lo acordaste tú, no yo. Era impresionante. En mi vida he visto un escote que pudiera rivalizar con el suyo. Pasó la dura prueba de tus padres. Estaba estupenda con el atuendo de tenis y era una excelente navegante. Pero para que conste, fui yo el que te dijo que no te fueras a vivir con ella.

Darien se inclinó ante su amigo en gesto de reconocimiento.

–Hace ya más de un mes que te mudaste de su casa y volviste a la tierra de los cuerdos. Es hora de volver a subirse al caballo.

–Andrew, he estado con Rei dos años y medio, mientras que tú no sales con nadie más de un mes. No eres mejor que un caballo.

Andrew alzó las manos al aire.

–De acuerdo. Sólo digo que, si dejas de practicar, un día te despertarás sin saber cómo se utiliza.

–¿Ahora es cuando yo digo que es como montar en bicicleta?

–Si eso es lo que piensas, entonces me temo que Rei te hizo más daño del que imaginas.

Darien se dio la vuelta. Rei no había hecho nada malo. Se había tomado su relación en serio y dio por hecho que él estaba comprometido a largo plazo.

El malo era él. Él fue quien se fue cuando se dio cuenta de que no quería seguir jugando a las casitas.

La joven se alzó en aquel momento con sus cosas.

–¿Es esto?

Darien miró el largo abrigo negro, el ancho y plano teléfono negro.

–Sí.

–¿Y tú, cielo? ¿Hay algo aquí para ti? –preguntó la joven apoyando la cadera en el escritorio y mirando a Andrew.

Darien se rió en voz alta antes de agarrar a su amigo de la manga y sacarlo del restaurante.

–Eres un aguafiestas –protestó Andrew.

–Trabajas para mí –contestó Darien–. Eres el mejor de la ciudad consiguiendo clientes, así que me haces ganar mucho dinero. Esa joven es prácticamente adolescente, así que piensa en mí como el tipo que te mantiene alejado de la cárcel y ganando mucho dinero.

–Lo que tú digas –Andrew torció el cuello y estiró los hombros antes de dirigirse a la calle para parar un taxi.

Darien se puso el abrigo y miró al mismo tiempo hacia la ventana con la esperanza de echarle un último vistazo a la única mujer que había conseguido despertar algo en lo que él pensaba que era una fortaleza impenetrable de sentimientos antifemeninos que había construido tras dejar destrozada a Rei.

La encontró transcurridos unos segundos. Falda oscura, camisa clara, el tacón de su bota derecha moviéndose rítmicamente. Cabello largo y sedoso color rubio como el sol deslizándose por su espalda en suaves ondas.

El resto del restaurante olía a perfume caro y a dinero, pero ella olía a… algo dulce y hogareño. ¿Polvos de talco? Y cuando le habló del sol, la palabra surgió de algún lugar profundo y poético de su interior que no sabía ni que existía. Pero en cuanto aterrizó en sus brazos fue como si un rayo de luz hubiera entrado por la ventana del restaurante para iluminar aquel oscuro día de otoño.

Para ser un tipo que había conseguido recientemente liberarse de las garras de una mujer que le convenía a la perfección, se sentía de lo más cautivado por esta otra mujer. Aquello tendría que haber bastado para hacerle salir corriendo. Pero no lo hizo. Se quedó mirando cómo la señorita rayo de sol se llevaba a la boca un trozo de tarta de fresa. Había transcurrido algo más de un mes desde que estuvo tan cerca físicamente de una mujer. Todo aquel calor femenino recogido en una envoltura lo suficientemente alta como para mirarlo a los ojos desde sus altos tacones.

Y lo había mirado a los ojos. Directamente. Con aquellos ojos azules como el cielo.

–¿Vamos? –le preguntó Andrew.

Darien parpadeó y apartó la vista de la ventana del restaurante. Andrew estaba entrando en el taxi amarillo que había conseguido parar.

–Yo iré andando –le dijo–. Quiero ver a un cliente cerca de Flinders.

–Como quieras –Andrew desapareció dentro del taxi y se marchó de allí.

Darien miró una vez más hacia el restaurante, pero unos nuevos comensales le obstruían la vista. Se subió el cuello del abrigo, alzó los ojos para comprobar que había dejado de llover y echó a andar.

–¿Va a terminarte esa tarta? –le preguntó Mina a su hermana–. Estoy muerta de hambre. Probablemente sea porque estoy embarazada.

Serena dejó caer el tenedor en el plato. Mina estaba embarazada de su cuarto hijo, y sin embargo parecía absolutamente feliz. Serena sintió una inesperada descarga de envidia.

–¿De cuánto estás? –le preguntó.

–De ocho semanas, más o menos. No sé cómo nos las vamos a arreglar.

–te irá bien. A ustedes siempre les va bien.

Mina agarró las manos de Serena.

–Si confías en mi buen juicio, déjame encontrar un hombre para ti y podremos tener hijos juntas. Dime, ¿qué le paso al último?

–Era gay –aseguró Serena.

–Tal vez cuando tengas cincuenta años le darás una oportunidad a alguien, cuando te des cuenta de que no todos contraen deudas como papá.

Serena miró a su hermana y volvió a agarrar su plato.

–Creo que me voy a terminar la tarta después de todo. Y ojalá estés esperando trillizos.

El teléfono de Darien sonó de forma melodiosa.

Le pareció reconocer la música de una serie femenina de televisión. Seguramente Andrew habría estado jugueteando con él. En un arrebato de culpabilidad, le había permitido a Rei que se quedara con su apartamento y desde entonces estaba viviendo con su mejor amigo.

–Chiba –respondió con sequedad mientras cruzaba la calle.

–Hola, ¿es el salón Orgullo y Cepillado? –preguntó una voz de mujer.

–No, lo siento. Se ha equivocado –cerró de golpe el teléfono y se unió al río de peatones que se dirigía hacia el centro de la ciudad.

El teléfono volvió a sonar. Esta vez se hizo una pausa.

–Llamo de parte de Yuki Kuran, de la revista Chic –dijo la misma voz de mujer de antes–. ¿Está Serena Tsukino por ahí? Éste es el número que me dio.

–Lo siento, pero yo soy el dueño de una agencia que opera en bolsa, Sebastian Michaelis y Chiba, éste es mi número de teléfono y lo único que sé de Chic es que mi hermana pequeña la escondía cuando tenía catorce años para que no la viera mi madre.

La secretaria de Yuki Kuran soltó una pequeña risita.

–Siento haberle molestado entonces. Buenos días.

Darien siguió caminando, pero sólo tenía medio cerebro puesto en la vida real. La otra mitad estaba re-viviendo el recuerdo del aroma sutil de aquella desconocida que le había devuelto en cierto modo a un tiempo más sencillo, cuando lo único que esperaba de la vida era un abrazo y un beso de buenas noches.

El teléfono volvió a sonar y él dio un respingo. Aspiró con fuerza el aire y esta vez espero a ver qué número aparecía en al pantalla. yuki chic. com. Esperó a que dejara de sonar y, en lugar de sus habituales números de teléfono, vio que aparecía una huella rosa de perro.

Finalmente cayó en la cuenta. Aquél no era su teléfono.

–¡Maldición! –dijo en voz alta.

Varias personas se giraron para mirarle.

Buscó en el bolsillo trasero del pantalón y ahí estaba el tique rosa de su teléfono, lo que significaba que el que había encontrado en el suelo al lado de la silla cuando salió de Crown no era el suyo. Llamó a información y pidió el número del restaurante. Aprovechó que venía un taxi libre, se subió y dio la dirección de su oficina de Malachite Street.

–Soy Darien Chiba –dijo cuando le contestaron en el restaurante–. Hoy he desayunado allí y me he llevado un teléfono que no era mío.

Tal vez debería decirle al taxista que volviera a Crown. Consultó el reloj. Ya no había tiempo.

–No se preocupe –le dijo Darien a la persona que estaba al otro lado de la línea–. Yo lo arreglaré.

Serena le dio un beso de despedida a Mina en el ropero del Crown y se quedó mirando cómo su hermana se alejaba con paso alegre. La buena noticia de Mina era maravillosa. A pesar de su errática y complicada infancia, le había ido muy bien. A las dos.

Serena no tenía motivos para sentirse mal.

–Su tique, señora –le pidió la joven de detrás del mostrador.

Serena buscó en el bolso. En los bolsillos de la chaqueta. Nada.

–Creo que lo he perdido. Pero mi teléfono es negro y plateado con las teclas blancas…

La joven se agachó y pasó un dedo por las cajas de madera hasta dar con la única que estaba cerrada.

Sacó un teléfono negro y plateado.

–¿Es éste?

–Sí, gracias.

Serena sacó la bufanda de lana del bolso y se la puso al cuello antes de salir a la fría mañana de otoño. Al menos ya no llovía. Se dirigió hacia el aparcamiento donde había dejado la camioneta de Orgullo y Cepillado.

Y al instante comenzó a soñar en la dirección equivocada. Cada paso que daba le traía el recuerdo de un delicioso instante entre los brazos de un desconocido alto y moreno que nada tenía que ver con su mundo.

Ella tenía veintisiete años. Era autosuficiente. Todavía podía tocarse la punta de los pies con los dedos y no tenía el pelo gris. Se suponía que aquéllos eran sus años dorados, y sin embargo, la única persona para la que se había arreglado desde hacía semanas era para el director del banco.

Sintió el repentino deseo de darse la vuelta, volver al restaurante y preguntarle a la rubia del mostrador si podía conseguirle el teléfono del hombre de traje y corbata, aunque supiera que era demasiado guapo para ella, demasiado guapo para cualquiera excepto para tres o cuatro supermodelos. Y sin embargo, la había mirado como si… como si quisiera ver más en ella.

El modo en que la había estrechado entre sus brazos, cómo se habían oscurecido sus ojos azules, le hizo pensar en cómo sería que un hombre así se hundiera en ella, la abrazara, gritara su nombre aunque fuera sólo una vez.

Pero si alguna vez tenía la posibilidad de experimentar algo así, seguramente le resultaría imposible volver a apreciar los placeres ordinarios. Por algo tenía los genes de los Tsukino.


feliz dia de la amistad! chicas, quise dejarles este capi ya que me encuentro sola en mi casa, aburrida y sin inspiración u.u y sin mentirles...hace un calor de los mil demonios TT_TT, bueno bueno, me dejo de palabreria, pero espero que les guste este capi, en unos dias les subo el que sigue, ya que me estoy atrasando en adaptar este libro u.u

bueno me voy besos besos

fer