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CAPÍTULO 7

— ¿Crees que soy una estúpida? —preguntó Kagome mientras se sentaba frente al tocador de la habitación de Rin. Abrazaba un pequeño cojín rojo contra su pecho mientras le contaba sus planes a su amiga de toda la vida.

Rin estaba sentada enfrente de ella, en un enorme sillón que parecía un cruce entre un dragón y una rana alada. Levantó la mirada del bordado que tenía sobre el regazo. Con el rostro pensativo, clavó la mirada en los ojos de Kagome.

— No por desear casarte. De lo que no estoy segura es de que él sea el hombre adecuado. Es tan…

Kagome esperó varios minutos. Cuando le pareció que Rin no iba a añadir nada más, continuó ella misma.

— ¿Reservado?

— Sí —concordó Rin.

— ¿Y temperamental?

— Sí.

Kagome aguardó un instante mientras observaba los esfuerzos de su amiga por encontrar una palabra que definiese a Inuyasha.

— ¿Y distante?

— Sí.

Traviesamente, agregó:

— ¿Extraño?

— Definitivamente.

Kagome le tiró el cojín.

— ¿Ya no hay más «sí»?

Rin sonrió y colocó el cojín detrás de su espalda.

— Ya me estaba aburriendo.

Kagome se rió.

— Él no es tan extraño.

— ¿De verdad lo crees? Sesshomaru dice que, durante la batalla, Lord Inuyasha se vuelve loco. Dice que se abre paso entre los hombres como un trineo sobre la nieve.

— Yo diría que eso, en la batalla, es una virtud.

— En la batalla quizás, pero ¿y si lo hace también en casa?

Kagome arqueó una ceja.

— ¿El qué? ¿Montar en trineo?

— ¡Kagome! Te estás haciendo la tonta.

— Sé lo que estás tratando de decirme —confesó Kagome con un suspiro—. Pero jamás he visto que haya perdido la paciencia con nadie.

— Acabas de conocerlo —le recordó Rin.

— Lo sé. Es sólo que hay algo en él que me hace sentir… —se mordió el labio tratando de encontrar las palabras—. Como un hormigueo por dentro.

Rin esbozó una sonrisa conocedora.

— No has estado cerca de muchos hombres, Kag, y dudo que alguna vez te hayas encontrado a uno como él.

— Desde luego, en eso tienes razón.

— Creo que estás encaprichada.

— ¿Encaprichada? ¿Yo? —preguntó Kagome riéndose—. ¿Y ahora quién está siendo ridícula?

— No estoy siendo ridícula —dijo Rin insertando la aguja a través del lino—. Ese hormigueo, la calidez, el sentirse como mareada, es una sensación que se experimenta cuando se está en presencia de un hombre apuesto.

— Sé lo que eso significa.

— Sí, pero apuesto a que nunca lo habías sentido. ¿Cómo habrías podido? Tu padre nunca ha permitido que un hombre apuesto entrara a su castillo por temor a eso precisamente.

Aquello era bastante cierto. Naraku parecía más una bestia peluda que un hombre. Era unos cinco centímetros más bajo que Kikyo y recio como un roble, con el cabello castaño muy corto y una barba espesa. Nunca entendería qué veía su hermana en ese hombre.

Kagome frunció el entrecejo mientras consideraba las palabras de Rin. ¿Serían sus sentimientos un mero encaprichamiento?

— Quizás. ¿Pero qué hay de ti y de Sesshomaru? —Rin se encogió de hombros—. Ni se te ocurra callarte ahora.

Rin se rió.

— Perdona —dijo ella, volviendo a su costura—. Sesshomaru es bueno conmigo. Muy bueno, en realidad, y no tengo ninguna razón para quejarme.

— Pero no eres completamente feliz. Puedo verlo en tus ojos.

Rin asintió con renuencia.

— Sencillamente, es algo difícil acostarse todas las noches con un hombre que es mayor que mi propio padre. A decir verdad, mis hijastros son mayores que yo.

Kagome se compadeció de su amiga. Había conocido a numerosas mujeres con un problema similar.

— Por lo menos tienes un marido —dijo ella con tono melancólico—. Y pronto tendrás un bebé.

Rin alzó la cabeza para mirarla.

— Sé cuánto deseas tener un hijo. Quizás Lord Inuyasha no sea tan malo, como tú dices. Y, conociendo a tu padre como lo conozco, no tendrás otra oportunidad como ésta para encontrar marido.

A Kagome se le encogió el pecho al escuchar esas palabras. No quería ni imaginar tener que pasar la vida sola, soltera.

¿Qué haría cuando regresara con su padre?

— Tengo que conseguir que esto funcione —susurró Kagome—. Tengo que hacerlo.

Durante los dos días siguientes, Kagome no vio ni rastro de Inuyasha mientras él se encargaba de revisar las cuentas de Orrick. En incontables ocasiones, Miroku y ella habían paseado junto a las puertas cerradas, intentando escuchar algún sonido proveniente del interior.

Nada. Ni un ronquido, ni una maldición. Nada.

Era francamente espeluznante.

Sesshomaru enviaba la comida dentro, y regresaba intacta.

Al tercer día, Miroku y ella estaban sentados a la mesa con Rin y su marido.

— ¿Pero es que ese hombre no duerme nunca? —preguntó Orrick mientras cascaba su huevo cocido con un lado del cuchillo.

Miroku resopló.

— Os asombraría el tiempo que el cuerpo puede aguantar sin descanso.

— No me cabe duda —murmuró Sesshomaru—. Jamás he conocido a nadie que se entregue a sus obligaciones con tanta diligencia.

Y ella tampoco.

Bueno, algunas veces podía ser muy testaruda, cuando la ocasión lo requería. ¿Pero revisando cuentas e impuestos?

Honestamente, preferiría que la atasen a una estaca por el pelo y que la ahogaran en vinagre.

Tratando de aliviar el mal humor de los comensales, Kagome se volvió hacia Miroku.

— Ya que Lord Inuyasha parece satisfecho con pasar los días tras las puertas de la sala de audiencias, ¿existe alguna posibilidad de que nosotros visitemos la feria?

Miroku miró fijamente las puertas cerradas de la sala de audiencias a través del recibidor, como si las aborreciera tanto como ella.

— No veo por qué…

— ¡Padre!

Kagome se sobresaltó ante el grito ebrio que provino de la entrada a la vez que la puerta se abría, golpeando la pared con un estruendoso porrazo.

Toda la actividad del salón cesó mientras las cabezas se giraban hacia el vestíbulo.

Un joven, de aproximadamente veinticinco años, se tambaleaba hacia el salón con la ayuda de dos hombres asombrosamente grandes.

A primera vista, las dos montañas parecían ser gemelos, hasta que uno los miraba más atentamente. El hombre de la derecha tenía el pelo y los ojos castaños, y una cicatriz que le cruzaba toda la cara. El pelo del otro hombre no era castaño, sino de un rubio oscuro, lleno de suciedad. Ambos eran muy musculosos, y sus rostros, duros y enconados, prometían una seria paliza a cualquiera que fuese lo suficientemente estúpido como para acercarse a ellos.

Dedujo que el hombre del medio era el hijo de Sesshomaru. Con rasgos similares a los de su padre, era tan apuesto como Rin le había dicho. Llevaba el pelo castaño oscuro recogido y bien acicalado, pero tenía la ropa arrugada y llena de manchas.

Los dos gigantes lo llevaron hasta el borde del estrado de su padre. El hijo de Orrick apoyó el brazo izquierdo sobre la mesa y soltó un fuerte eructo.

— ¡Taiyocumaru! —dijo su padre alarmado—. ¿Qué estás…?

— Ahora no, viejo —dijo Taiyocumaru irrespetuosamente mientras alzaba la cabeza para mirar a su padre—. Permitidme que os presente a Fric —palmeó el hombro del gigante que tenía a su derecha— y a Frac —dijo con desprecio, señalando al que estaba al lado contrario.

— Mi nombre es Frank —dijo el primero con un marcado acento teutónico.

— Y el mío es Fritz —añadió el.

— ¿Y qué importancia tiene? —preguntó Taiyocumaru, haciendo un gesto displicente con la mano. Se rascó el rostro sin afeitar y miró a Sesshomaru—. Necesito veinte marcos de plata para pagarles.

Sesshomaru apretó los labios con fuerza mientras estudiaba detenidamente a su hijo. Aunque estaba sentado sobre el estrado y tenía la espalda erguida por el orgullo, Kagome pudo leer el bochorno en su rostro mientras contemplaba a Taiyocumaru.

— ¿Pagarles para qué? —preguntó Orrick.

Taiyocumaru resopló.

— Para que no me maten, en primer lugar.

— Tiene deudas sin saldar con nuestro amo —dijo Frank cruzando sus fuertes brazos sobre el pecho—. Tarn el Escocés quiere que se las abone íntegramente o que nos encarguemos de que vuestro hijo no vuelva a adquirir ninguna otra deuda.

— ¿Tarn el Apestoso? —le preguntó Sesshomaru a Taiyocumaru con incredulidad—. Me prometiste que no regresarías allí de nuevo.

— Bueno, pues he aquí una enorme sorpresa, viejo: te mentí. Ahora sé un buen chico y págales.

La respiración de Sesshomaru se hizo rápida y superficial. Una vena palpitaba en su sien.

Rin extendió la mano para tomar la suya, pero él lo evitó con un gesto nervioso.

Miró primero a Fritz, luego a Frank y por último a su hijo.

— No tengo ese dinero.

— ¿Cómo que no? —bramó Taiyocumaru .

— Ya lo has oído, muchacho. Te dije la última vez que no podría mantener esto por más tiempo. Me prometiste…

— ¡Maldito imbécil! —Gritó Taiyocumaru, golpeando de repente la mesa con tanta fuerza que casi tira el cuenco de Kagome—. ¿Mantienes a tu puta con todos los lujos y no te queda nada para tu propio hijo?

— Taiyocumaru, por favor—rogó Sesshomaru—. Tenemos compañía.

Taiyocumaru miró a Kagome y esbozó una sonrisa.

— Puedes permitirte alimentarles a ellos pero no tienes dinero para mí. Está bien —dijo volviéndose hacia las dos montañas—. ¿Qué os parecería tomar a mí putastra a cambio de mi deuda?

Rin se quedó con la boca abierta, y Orrick extendió un brazo hacia ella de manera protectora.

Los dos hombres se miraban como si realmente estuviesen considerando la oferta.

— Bien—dijo Frank—. Ella habrá ganado bastante en seis meses o así.

— ¡No! —gritó Sesshomaru poniéndose en pie.

Fritz sacó un cuchillo de su cinturón y lo colocó sobre la garganta de Taiyocumaru.

— Elegid, mi señor —sonrió con desprecio—. Vuestra esposa o vuestro hijo.

De repente, los ojos de Fritz se abrieron de par en par.

— Ya que estamos llevando a cabo un juego de elecciones, ¿qué tal si os doy a elegir? —Kagome respiró aliviada cuando Inuyasha se colocó junto a Fritz, y sólo entonces pudo ver la espada que mantenía contra la espalda del gigante—. ¿La vida o el cuchillo?

El gigante dejó caer el arma.

Draven dio una patada al cuchillo, mandándolo al otro lado de la habitación, y envainó la espada.

Fritz echó un vistazo a la sobreveste de Inuyasha y se santiguó.

La cara de Frank se quedó pálida.

— Mi señor, el conde de Ravenswood —dijo, encogiéndose ante la presencia de Inuyasha—. No tenemos ningún problema con vos.

La expresión del semblante de Inuyasha estaba cargada de promesas de infierno, azufre y cólera.

— ¿De verdad? —preguntó Inuyasha en un tono tan frío que a Kagome le produjo un escalofrío en la espalda—. Entráis en el salón de mi anfitrión, le amenazáis a él, a su hijo y a su esposa, ¿y aun así dices que no tienes ningún problema conmigo?

Ellos tragaron saliva al unísono.

— Nos limitamos a hacer lo que nos dicen —dijo Frank con voz insegura y vacilante.

Inuyasha se acercó a Fritz, que se echó hacia atrás al instante. Como un lobo salvaje acorralando a una manada de vacas, les hizo apartarse de la mesa de Sesshomaru y de Taiyocumaru.

— Entonces os diré una cosa: si valoráis en algo vuestras miserables vidas, saldréis de aquí y le contaréis a vuestro amo las mentiras que os parezca. Nunca —Inuyasha hizo una pausa para enfatizar la palabra— no volveréis a ensombrecer las puertas de Lord Sesshomaru Orrick con vuestra presencia. Porque si lo hacéis, no habrá escondrijo en el infierno donde podáis esconderos para que no os descubra. Y, os lo prometo, la ira de vuestro amo no es nada comparada con la mía. ¿Habéis comprendido?

Si no lo habían hecho, es que no merecían seguir viviendo, pensó Kagome. La calma mortal con la que Inuyasha se había expresado y su furiosa mirada, aún le producían escalofríos de terror que le atravesaban el cuerpo de arriba abajo.

— Hemos comprendido —dijeron ellos simultáneamente.

Inuyasha señaló a Sesshomaru.

— Entonces, pedid disculpas al señor y su señora.

— Os rogamos que nos perdonéis —dijeron inclinándose ante Orrick.

— Ahora, partid.

Ellos huyeron a la carrera de la estancia.

Lord Inuyasha contempló a Taiyocumaru con esa misma mirada amenazante y se giró para dirigirse a Sesshomaru.

— ¿Es ésta la razón por la que habéis estafado al rey?

Kagome pudo ver la vergüenza que reflejaba el semblante de Sesshomaru.

— Sí —dijo sencillamente—. A pesar de todos sus defectos, es mi hijo, y jamás permitiría que le hiciesen daño si puedo evitarlo.

Inuyasha respiró hondo.

— ¿Y estáis dispuesto a entregar vuestra vida al rey para salvar la suya?

— Sí —Sesshomaru empujó la silla hacia atrás y se puso en pie—. Si me concedéis un poco de tiempo para despedirme de mi esposa, os acompañaré voluntariamente.

Inuyasha permaneció allí de pie, mirando fijamente a Orrick. Kagome no pudo descifrar sus emociones ni lo que estaba pensando, y no quería ni imaginarse el terror que Sesshomaru debía estar sintiendo.

Abrió la boca para hablar, pero Miroku le sujetó el antebrazo y sacudió la cabeza, advirtiéndole que no lo hiciera.

— No será necesario —dijo Inuyasha por fin—. Por vuestro delito, aumentaré el servicio que le debéis al rey de dos semanas a dieciocho meses.

Sesshomaru suspiró aliviado y asintió.

— Entonces mandaré llamar a mi escudero y…

— Aún no he acabado —dijo Inuyasha sin inmutarse.

— Perdonadme —dijo Sesshomaru, bajando la mirada hasta el suelo.

— Ya que vuestra esposa está embarazada, creo que lo mejor será que vuestro hijo preste el servicio al rey en vuestro lugar.

— ¡Qué! —gritó Taiyocumaru.

Inuyasha se volvió hacia él, y Taiyocumaru pareció encogerse ante la furia que resplandecía en su mirada.

— Creo que dieciocho meses en Londres bajo los cuidados de Totosai William te enseñarán la disciplina que necesitas para respetar a un hombre y una mujer que han arriesgado su vida para protegerte. Y si yo fuera tú, chico, les estaría muy agradecido, ya que ellos son la única razón que me impide dejarte en manos de Fric y Frac.

Kagome se mordió los labios ante la clemencia que Inuyasha había demostrado. Intercambió una mirada de alivio con Inuyasha.

— ¿Alexander? —dijo Inuyasha en voz algo más alta.

Uno de sus caballeros se puso en pie en las mesas de más abajo.

— ¿Sí, milord?

— Taiyocumaru queda bajo tu custodia. Quiero que mañana lo escoltes hasta Londres, y si te da el menor problema, manéjalo como lo creas conveniente.

— Sí, milord. —Alexander, cuyo tamaño ridiculizaba el de las dos montañas que habían huido momentos antes, avanzó y tomó el brazo de Taiyocumaru —. Si os parece bien, milord, me encargaré de que recupere la sobriedad inmediatamente.

— Me parece estupendo.

Alexander asintió y se lo llevó de allí.

Sesshomaru inspiró profundamente.

— ¿Qué hay del dinero que le debo al rey?

— ¿Qué dinero? —preguntó Inuyasha.

— El dinero que yo…

— Lord Orrick —le interrumpió Miroku con voz tensa—. Creo que habéis entendido mal la pregunta de mi hermano. ¿Qué dinero?

Las lágrimas anegaron los ojos de Sesshomaru mientras se aclaraba la garganta.

— ¿Haríais eso por mí?

Inuyasha no contestó; en cambio, giró sobre sus talones y abandonó el salón.

Orrick se sentó y comenzó a llorar.

Kagome permaneció en silencio mientras Rin trataba de consolar a su marido. Incómoda, se excusó y se levantó para buscar a Inuyasha.

Había vuelto a la sala de audiencias a través del vestíbulo. Empujó la puerta que él había dejado entreabierta y entró indecisa en el cuarto.

Inuyasha estaba de pie, de espaldas a ella, cerrando los libros de contabilidad que había estado revisando.

— ¿Milord?

Él hizo una pausa al escuchar su voz, y después continuó colocando los libros sin volverse para mirarla.

— ¿Sí, milady?

— ¿Por qué lo hicisteis?

— Es un buen hombre que ama a su familia. ¿Por qué iba a querer verlo muerto?

En ese momento, ella comprendió que aquél no era un hombre que hiciese incursiones en un pueblo para asesinar a personas inocentes en sus propios lechos. Su padre estaba gravemente equivocado con respecto a Inuyasha.

— Vos no atacasteis el pueblo de mi padre, ¿no es así?

Él se dio la vuelta para mirarla con expresión horrorizada.

— ¿Creéis que yo haría una cosa así?

Su mirada parecía demasiado honesta para ser fingida.

— No, pero mi padre sí.

— No os lo toméis a mal, milady, pero vuestro padre es un necio.

— Decidme, milord —añadió ella con una sonrisa—, ¿existe alguna manera buena de tomarse eso?

Él no le devolvió la sonrisa. En cambio, se volvió hacia los libros y terminó de colocarlos.

Kagome se acercó para ayudarle, y fue entonces cuando vio el dolor que reflejaban sus ojos. Había algo que le preocupaba.

— ¿Qué es? —preguntó ella.

— ¿Qué es qué?

Ella inclinó la cabeza y le miró frunciendo el ceño.

— Tenéis algo en mente que no habéis dicho.

— Tengo muchas cosas en mente que no digo —respondió evasivamente.

— Pero ésta os preocupa.

— Todas me preocupan, de una u otra manera.

¡Por Dios, sí que era frustrante ese hombre! ¿Por qué no contestaba simplemente a su pregunta?

— Está bien —dijo ella, intentándolo de nuevo—. Mi madre decía que uno debe compartir sus problemas. Si vos me lo contaseis, seguramente se aliviaría vuestro pesar, y lo único que se consigue callando es envenenar la sangre y corromper el alma.

— Puede que me guste corromper mi alma —dijo sencillamente.

— Puede. Pero deberíais decir lo que pensáis. Mi padre afirma que eso le mantiene a uno saludable.

Con expresión divertida, Inuyasha dijo:

— Entonces debéis ser la persona más saludable que conozco.

Ella se rió.

— Eso dice mi padre también.

Ella le ofreció el libro que había cogido, y cuando él lo tomó, sus dedos se rozaron. Se quedó paralizado, mirando fijamente los dedos de Kagome. Algo cálido resplandeció en sus ojos, iluminando los múltiples tonos de cafés que poseían.

Bésame, rogó ella en silencio, anhelando sentir la presión de los labios de él contra los suyos.

Pero no lo hizo.

En cambio, tomó el libro y lo colocó en la estantería con los demás.

Kagome suspiró.

— Por lo menos ya habéis acabado aquí.

— Sí. Si salimos dentro una hora, llegaremos a la posada al anochecer.

A Kagome se hizo un nudo en la garganta a medida que la desilusión la embargaba. ¿Es que había olvidado su petición de ir a la feria?

— Pero...

Inuyasha se volvió hacia ella, evitando que continuara.

— ¿Pero…? —preguntó.

Él vio la desilusión en sus ojos.

— Nada —dijo ella, inclinando la cabeza con desánimo—. Iré a preparar mis alforjas.

Inuyasha frunció el entrecejo cuando ella abandonó la habitación. ¿Y ahora qué demonios le pasaba? No podía estar enfadada todavía por lo de las alforjas, ¿o sí?

Estaba tan feliz un momento antes, y ahora…

Sacudió la cabeza.

Mujeres. ¿Qué hombre podría entenderlas jamás?

Encogiéndose de hombros, salió del cuarto y se dirigió al salón en busca de Miroku, que aún ocupaba su asiento sobre el estrado. Inuyasha apartó rápidamente la mirada de la mesa del lord para observar a su hermano.

— ¿Dónde está Orrick?

Miroku señaló las escaleras con la uva que tenía en la mano.

—Rin lo llevó arriba hasta que lograra recomponerse. Parece que lo abrumaste con tu misericordia —dijo mientras hacía estallar la uva dentro de su boca.

Inuyasha asintió. Pagaría el dinero a Bankotsu de sus propios cofres, y una vez que la deuda con el rey estuviese saldada, éste dejaría en paz al barón.

— ¿Tienes una idea de lo que le ocurre a Kagome? —preguntó Inuyasha cuando su hermano se hubo tragado la uva.

Eligiendo otra del cuenco que tenía delante, Miroku se encogió de hombros.

— Estaba bien cuando salió de aquí. ¿Qué le dijiste?

Inuyasha se puso tenso ante lo que implicaban esas palabras.

— No hice otra cosa que decirle que se preparara para partir. Saldremos de aquí en cuanto todos hayan preparado sus cosas y los caballos estén ensillados.

Miroku arrojó la uva a la cabeza de su hermano.

Con toda facilidad, Inuyasha la esquivó y frunció el ceño ante la mirada divertida de Miroku.

— ¡Serás imbécil!

Inuyasha alzó las cejas ante aquel insulto injustificado.

— ¿Cómo has dicho?

— Entiendo, hermano, que estás acostumbrado a chasquear los dedos y que tus hombres te sigan mientras se tragan sus quejas para que no les descuartices, pero la dama no lo está. Acabas de terminar el trabajo y ya quieres saltar sobre tu caballo y largarte a casa. Kagome quería ir a la feria.

Inuyasha lo miró fijamente con escepticismo.

— Llevamos aquí tres días. Asumí que ya la habrías acompañado. Porque para eso viniste, ¿no es cierto? ¿O únicamente estás aquí para tragar uvas e importunarme?

— Para lo último, principalmente —admitió Miroku con una sonrisa afectada—. Sin embargo, si hubieses asomado la cabeza fuera de esas puertas estos dos últimos días, te habrías enterado de que me torcí un tobillo la tarde que llegamos.

Incrédulo, Inuyasha cruzó los brazos sobre el pecho.

— ¿Haciendo qué?

— Caminando.

— ¿Caminando? —preguntó tirante.

— Sí, caminando —repitió Miroku—. Desgraciadamente, no he podido escoltar a la dama. Lo menos que podrías hacer es llevarla por mí.

— No tengo tiempo para semejantes frivolidades.

— Oh, eso cierto, lo olvidaba. Tienes que regresar a casa y pasearte por allí como si fueras una gran amenaza. No sé cómo he podido ser tan estúpido.

Inuyasha se puso rígido ante su audacia.

— Cuidado, hermano —gruñó—. Estás sobrepasando los límites.

— Que Dios no permita algo así. Pero… —Miroku hizo una pausa y apoyó el codo sobre la mesa—. Consideraría como un pequeño favor que llevases a la dama. Por lo que me ha contado Rin, a Kagome jamás se le ha permitido salir de las tierras de su padre. Nunca ha visto una feria, y si guardas algo de bondad para ella en tu corazón, se lo permitirás en esta ocasión. Probablemente, no tendrá otra oportunidad como ésta en toda su vida.

Miroku lo estaba manipulando. Estaba completamente seguro. Sin embargo, por lo que había oído él mismo, sabía que Kagome había llevado una existencia excesivamente protegida. Habiendo pasado la niñez bajo los dictados de su propio padre, podía entender que ella desease hacer algo entretenido. Y aunque a él no le interesaban tales eventos, sin duda ella los disfrutaría.

Y seguramente sonreiría un poco.

Su humor mejoró en el momento en que se imaginó su atractiva sonrisa.

Complacerla no sería algo tan malo, ¿no?

Inuyasha contempló a su hermano con el rostro inexpresivo.

— Así que te has torcido el tobillo, ¿eh?

— ¿Otra vez con lo mismo? —Miroku alzó su pierna derecha al lado de la mesa para que Inuyasha pudiese verla—. Como podrás comprobar, mi tobillo está bastante hinchado.

Inuyasha no sabría decirlo, puesto que Miroku lo bajó tan rápidamente que apenas logró echarle un vistazo.

— Saldremos por la mañana —anunció Inuyasha mientras se giraba para abandonar el salón—. Con el tobillo hinchado o sin él.

Continuara…

Espero que les gustase la continuación espero comentarios.