Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.

Beta: Isa.


Diosa Oscura

Por Lissa Bryan

~.~

Capítulo 14

..

Edward desamarró las manos de Bella y colapsó junto a ella, exhausto y satisfecho. Ella se acomodó junto a él, acurrucándose contra su cuerpo con felicidad. Mientras él luchaba por recuperar el aliento, también intentaba encontrar las palabras para expresar lo mucho que la amaba, lo preciosa y especial que era, si es que dichas palabras existían.

Con Bella se sentía lo suficientemente seguro para revelar algunas de las fantasías que nunca antes se había atrevido a expresar. Siempre había tenido miedo de que Tanya lo rechazara o se burlara de él. Había llegado a la conclusión de que Bella podría negarse, pero no sería cruel o degradante. Unas noches atrás le había agarrado las muñecas con las manos y las había sostenido sobre su cabeza a modo de una pequeña prueba, se le había cortado el aliento mientras esperaba su reacción. Ella sólo le sonrió y se arqueó contra él en una demanda silenciosa de que quería más.

Esta noche él había tomado el cinturón de su bata para amarrarle las manos. Se había puesto muy nervioso al acercarse a la cama, pero ella entendió sus intenciones y sonrió al agarrar los barrotes de hierro fundido que formaban la cabecera. Ahora él agarró las manos de ella una a la vez y rodeó sus muñecas con besos, checando que no tuviera irritada o lastimada la piel. Su ansiedad había regresado y no podía verla a los ojos. En el calor del momento había actuado con un poco de brusquedad...

Bella puso un dedo bajo su barbilla y levantó su rostro hasta que pudo verlo a los ojos.

—No lamento —dijo ella con firmeza. Sonrió al apartarle el cabello que le caía sobre los ojos. Él necesitaba urgentemente un corte de cabello—. Bella ama diversión de Edwurr.

La mirada de él vagó por el rostro de ella y finalmente la miró a los ojos. Ella sonrió de nuevo y acunó la mejilla de él con su palma. No había nada que le gustara más que la idea de pasar toda la noche acurrucado con ella, pero la invitada de Rose llegaría dentro de la siguiente hora.

—¿Lavar? —le preguntó él.

Ella asintió. Cuando salieron de la cama se escuchó un golpe en la puerta. Bella señaló el baño y se dirigió a éste gloriosamente desnuda y sin pudor alguno. Él la miró avanzar durante un momento más, antes de que otro golpe en la puerta le recordara qué era lo que se suponía debía estar haciendo. Se puso los pantalones de su pijama y abrió la puerta.

—¿Interrumpo algo? —preguntó Jacob.

—No, estábamos preparándonos para tomar una ducha. ¿Qué pasa?

—Quería decirte... —Jacob vio el cinturón de la bata de baño que seguía amarrado a la cabecera. Miró a Edward con una ceja alzada.

El rostro de Edward ardió.

—¿Fuiste atado o ataste? —preguntó Jacob.

—Yo até —murmuró Edward.

—Huh. No creí que te gustara eso. Sólo para que lo sepas, no te conviene usar ese tipo de nudo. Es difícil de soltar en caso de una emergencia.

—Jake, ella no hubiera estado restringida ni aunque hubiera usado una cadera de metal.

Jacob se encogió de hombros.

—Tienes razón.

—De todas formas, ¿cómo sabes qué tipo de nudos usar en... estas situaciones?

—Niños exploradores.

—Nunca fuiste un niño explorador.

Jacob sólo sonrió.

Edward rodó los ojos.

—¿En serio querías algo o sólo estás aquí para repartir consejos de bondage*?

Jacob parpadeó.

—¡Oh! Sí, casi se me olvida. Jessica me llamó.

Edward esperó.

—Sí, fue algo raro. Me llamó para decirme que dejaste unas notas en los libros que dejaste en la biblioteca.

Oh, mierda.

—Creo que sólo es una excusa para... oye, ¿estás bien? Te ves algo pálido.

—Estaba investigando leyendas vampíricas en Sudamérica.

—Carajo —dijo Jacob, resumiendo la situación de manera sucinta.

—¡Edwurr! —Bella abrió la puerta del baño vistiendo sólo una toalla enredada en la cabeza y miles de gotas de agua que brillaban sobre su piel. Tenía vapor flotando a su alrededor. Vio a Jacob y lo saludó, pero él no la vio porque había apartado rápidamente la vista, poniendo una mano sobre sus ojos a modo de escudo.

—Sólo un minuto, cielo —le respondió Edward y ella cerró la puerta del baño con un chasquido—. Tenemos que recuperar esas notas.

—¿Qué tenían escrito?

—¡No sé! —gimió Edward—. Tomé esas notas para no tener que recordar lo que decía.

Jacob se paseó rápidamente durante un momento frente a la puerta.

—Bien. Bien. No podemos hacerlo ahora, pero tendremos que ir esta noche a la universidad. Por lo que conozco de Jessica, puedo decir que las guardó en su gabinete bajo la letra "C" de Cullen y probablemente hizo copias de respaldo. Es así de obsesiva.

—¿Sabes dónde pudo haber guardado las copias?

—Probablemente en su escritorio.

—¡Edwurr!

—¡Ya voy, cariño! —respondió Edward—. De acuerdo. Iremos esta noche e intentaremos recuperarlas. No te atrevas a decir que no nos atraparan.

—No iba a hacerlo. Palabra de niño explorador.


Una hora después, Bella estaba acostada sobre una almohada en el piso frente a la televisión, viendo Plaza Sésamo. Seguía mirando con curiosidad a Edward, Jacob, Rose y Emmett. Podía identificar que estaban nerviosos, probablemente porque estaban sentados de manera rígida en el sofá y las sillas sin hacer nada, mirando al espacio mientras esperaban que sonara el teléfono. Felix estaba parado junto a la puerta como una estatua, aunque nadie sabía cómo es que él sabía lo que estaba pasando.

Rose llamó a todos los vampiros y dayman que conocía intentando encontrar a alguien que hablara el mismo idioma que Bella, pero más que nada, que fuera capaz de contarle la verdad sobre lo que era de una manera amable. La vampira que iba a llegar esa noche era una mujer llamada Leah, que tenía una voz suave y amable, y experiencia en trabajar con vampiros agitados. Había sido consejera en la Casa de Phoenix, un grupo de ayuda para neófitos que habían sido abandonados por sus creadores. Ya le había tocado darle las noticias de ser vampiros a muchos ex-humanos sorprendidos e incrédulos. Leah había renunciado por una "diferencia de opiniones" con la Reina, aunque se negó a dar más detalles. Gracias a eso, Rose había sentido confianza al explicarle la situación a Leah, viendo que era poco probable que la mujer fuera a reportarle algo a la Reina. Leah le había advertido a Rose que ella no hablaba Catalupan antiguo. Ella hablaba el lenguaje de los Tawantinsuyu, o la gente Inca, y tenían la esperanza de que entre sus tierras hubieran viajado los comerciantes suficientes para hacer que ese lenguaje fuera común en la época de Bella.

Edward miró su reloj por quinceava vez en dos minutos. La verdad estaba comenzando a asustarle la situación. Bella era, simplemente, su todo, y los Volturi podrían llegar en cualquier momento. Ellos desempeñaban el papel de policía o verdugos, dependiendo de las órdenes de la Reina, y si Bella se negaba a sumirse ante su autoridad...

Rose se había encontrado con Victoria un par de veces y les aseguró que la Reina no era malvada o irrazonable. Si enviaba a los Volturi —y Rose admitió que probablemente sí lo haría—, era sólo por motivos de observación. Victoria no esperaría que un vampiro que había pasado quinientos años en hibernación se registrara inmediatamente en un servidor. Le daría a Bella algo de tiempo para que se acostumbrara, pero si se enteraba de que Rose estaba con ellos —otra cosa que Rose admitió era más que probable—, esperaría que Bella avanzara más en su progreso de convertirse en un distinguido miembro de la sociedad. Los dayman tenían su propio Consejo, y si Rose estaba fallando en su tarea de aclimatar a Bella o reportarla en caso necesario, su propio cuello correría peligro. Al igual que los vampiros, los dayman no tenían prisiones. Si el crimen era considerado lo suficientemente grave para llevarlo a la corte y la encontraban culpable, sólo había un castigo posible.

Pero tenían factores positivos a su favor, había dicho Rose. Bella no había matado a nadie. No se estaba rebelando contra la Reina, intentando organizar un consejo enemigo ni amenazando con revelar los secretos del mundo vampírico. Tenía un hogar estable con una dayman —no era la suya, pero al menos tenía a una en compañía—, y un alimentador dedicado, lo que significaba que ni siquiera tenía que cazar en busca de sangre.

El teléfono sonó.

Edward y Jacob se lanzaron a él al mismo tiempo y se golpearon las cabezas con un audible ¡clack! Ambos se dejaron caer de regreso en sus asientos agarrándose sus lastimadas cabezas y gimiendo de dolor.

Rose sacudió la cabeza lentamente.

—¿No se supone que ustedes son unos súper genios? —le preguntó a Edward.

—Sólo contesta el maldito teléfono —refunfuñó Jacob.

Rose levantó la bocina.

—¿Hola?... Sí, así es. Por favor, mándela arriba. —Dejó la bocina de nuevo en la base—. Viene en camino —dijo aunque fue innecesario.

Bella se había acercado para sentarse en el regazo de Edward y le hacía cariñitos al golpe que éste tenía en la cabeza. Le lanzó dagas con la mirada a Jacob, como si hubiera sido culpa de él que su cabeza estuviera en el camino de Edward.

Sonó el timbre y Felix se puso en acción. Todos habían olvidado que ahí estaba él hasta que se movió, lo cual decía lo mucho que conocía a los residentes de la casa donde trabajaba. Abrió la puerta, pero no era Leah quien estaba de pie allí; era Alice y su rostro se veía atormentado con el rímel corrido a causa de las lágrimas. Llevaba puesto un blusón rosa con medias y las botas remendadas con cinta adhesiva que había usado en el escenario. Empujó a Felix sin decir una palabra y marchó hacia Emmett, que seguía intentando no reírse por el golpe de cabezas. El pequeño rostro de ella estaba contorsionado por el enojo.

—Cabrón —siseó.

—¿Qué? ¿Yo? ¿Qué hice?

Cayeron nuevas lágrimas de los ojos de Alice.

—¡Jasper me contó que lo has amenazado!

—Ese bastardo —dijo Emmett con voz sorprendida—. ¡No puedo creer que haya intentado echarme la culpa de esto!

—¡Déjalo en paz, Emmett! ¡No puedo creerlo! Lo llamas siempre que necesitas ayuda, pero no es lo suficientemente bueno para salir con tu hermana menor, a pesar de que él ha estado fuera de la cárcel más tiempo que .

—No estuvo en la cárcel —remarcó Emmett—, estuvo en prisión.

Alice rodó los ojos.

Como sea, Emmett. No es de tu incumbencia. Y...

El timbre sonó de nuevo. Felix, que había reasumido su postura y observaba el pequeño drama con ávido interés, la abrió para revelar a una mujer delgada con cabello negro, cuya pálida piel estaba teñida de cobre. Sonrió.

—Hola, soy Leah. Creo que Rose...

—Sí es de mi incumbencia —espetó Emmett—, porque Jake y yo somos los que lidiamos con las consecuencias cada vez que tú cometes otro error. Espero que en esta ocasión estés tomando anticonceptivos porque...

Alice le dio una cachetada.

Todos se congelaron.

—Si vine en un mal momento... —comenzó Leah.

Bella se bajó del regazo de Edward y marchó hasta pararse entre Alice y Emmett.

—¡Tú no pegar! —espetó Bella. Sacudió un dedo frente a la cara de Alice—. ¡Tú no pegar a Memet!

Alice se irguió por completo y miró desafiante a Bella.

—Le pegaré si es lo que quiero.

Apartó la mano de Bella de un golpe.

—Oh, mierda —dijo Jacob—. Alice, no...

Bella la agarró de la garganta, se dio la vuelta y estampó a Alice contra la pared, sosteniéndola en el aire con la mano que tenía en el cuello de Alice. Las puntas de las botas de Alice se agitaban en el viento buscando donde apoyarse para aliviar la presión en su garganta, pero no encontraron nada. Jadeó y arañó la mano de Bella.

—¡Detente, Bella, la matarás! —chilló Rose. Se apresuró a llegar a Bella con las manos estiradas, pero se detuvo de golpe ante una mirada de Bella.

—Tú. No. Pegar. —Bella sacudió un poco a Alice—. Dilo.

—¿Qu-qué? —dijo Alice con voz ahogada. Su rostro comenzaba a enrojecerse.

—Di que no pegar —le ordenó Bella.

—No le pegaré a nadie —gruñó Alice. Bella abrió la mano y Alice cayó sobre la alfombra sin aliento.

—Pegar es malo —declaró Bella, y con ese anuncio, volvió a reasumir su lugar en el regazo de Edward. Él la miraba boquiabierto.

—Bueno —dijo Rose de manera brillante—. Gusto en conocerte, Leah.

—Lo mismo digo —mintió Leah. Sus ojos calcularon visualmente la distancia hasta la puerta.

Rose se aclaró la garganta y comenzó a presentar a los humanos que estaban en la habitación. Dejó a Alice para el último; ésta seguía tirada en la alfombra.

—Gusto... en... conocerte —jadeó.

—Y ésta es Bella.

Leah abandonó su lugar y se acercó con la mano extendida a Bella. Fue muy aparente el momento en que su aroma le llegó a Bella porque sus fosas nasales se dilataron al mismo tiempo que se quedaba como estatua con los ojos bien abiertos.

Leah habló. Bella parpadeó con rapidez y respondió de manera lenta e insegura. Oh, gracias a Dios. Ahora que conocía un lenguaje que Bella entendía, Edward podría aprender...

Leah sacudió la cabeza y dijo algo en ese lenguaje musical. Su tono era gentil, comprensivo. Intentó agarrar una de las manos de Bella, pero ella se alejó y se puso de pie. Miró a las personas que estaban reunidas en la sala, su expresión era de confusión y dolor. Edward se puso de pie intentando tomarla en brazos y ofrecerle todo el consuelo posible, pero ella retrocedió sacudiendo la cabeza.

Leah dijo algo más y Bella espetó una respuesta. Se giró y miró a Edward a los ojos por un momento con un aguijonazo de dolor y traición antes de darse la vuelta y salir corriendo por la puerta. Felix intentó detenerla poniéndose en su camino, pero fue demasiado lento y ella se fue antes de que él pudiera moverse. La puerta de la escalera se abrió a su paso. Felix corrió al elevador y presionó el botón mientras Jacob corría a las escaleras.

—Quédate aquí por si regresa —le gritó sobre su hombro a Edward y luego bajó corriendo las escaleras gritando el nombre de Bella.

—Lo lamento —le dijo Leah a Edward.

Rose respondió por él.

—No pasa nada, Leah. Hiciste lo mejor que pudiste. No había forma de saber que reaccionaría así.

Leah se puso de pie.

—Es mejor que me vaya. No querrá verme aquí cuando regrese. —Ladeó la cabeza para ver a Alice—. ¿Necesitas un aventón?

—Sí, por favor —murmuró Alice, y Leah la ayudó a ponerse de pie.

—Yo también saldré a buscarla —dijo Emmett. Buscó las llaves en su bolsillo y dejó un beso en la mejilla de Rose, causando que Alice abriera los ojos como platos—. Llevo mi celular por si tienen noticias.

—Ten cuidado —le dijo Rose.

Emmett le sonrió.

—Siempre lo tengo.

Las puertas del elevador se abrieron y salió Felix. Tenía los hombros hundidos en señal de derrota.

—La perdí, señor.

—Está bien, Felix —dijo Edward—. No es tu culpa.

Miró su reloj y una punzada de pánico le golpeó el estómago. Sólo tenían tres horas antes de que amaneciera.


La Diosa Oscura vagó por las oscuras calles con los brazos abrazando fuertemente su cintura. El pavimento estaba mojado bajo sus pies descalzos.

No entendía nada. ¿Por qué querría Edwurr que conociera a esa mujer? ¿Creía él en las cosas que había dicho Leah? Ella repasó la conversación en su mente y de nuevo no volvió a encontrarle sentido.

Cuando captó su aroma la sorpresa hizo que se le congelaran los pies. La mujer olía como una Diosa, pero no tenía sentido, porque ella era la única diosa que había. A menos de que esa mujer pretendiera ser su reemplazo, al igual que Bella había sido el reemplazo de la anterior Diosa. Existió un tiempo en que había anhelado que llegara ese reemplazo, pero ahora se aterrorizaba ante la idea.

—Hola, Bella. Vine porque me gustaría hablar contigo, si me lo permites. —Hablaba el lenguaje de los Tawantinsuyu, algo que no tenía lógica porque esa gente no adoraba a la Diosa Oscura.

—¿Qué quieres? —preguntó de manera lenta la Diosa Oscura. Habían pasado muchos años desde la última vez que escuchó ese lenguaje.

—Sólo hablar contigo —respondió Leah—. Me dijeron que no has visto a otro de nuestro tipo desde que llegaste.

—¿Nuestro tipo?

—Vampiros.

La Diosa Oscura no conocía esa palabra. Sacudió la cabeza ligeramente.

—Bebedores de sangre. Los de edad infinita.

—Dioses.

Leah se inclinó e intentó tomar una de las manos de Bella en las suyas.

—No, Bella, no somos dioses. Somos criaturas del mundo, igual que muchas otras.

La Diosa Oscura apartó su mano de la de Leah.

¡Mentirosa!

¿Por qué Edwurr había llevado a esa mujer con ella? ¿Por qué quería que dudara de su propia divinidad? ¿Lo dudaba él? ¡Pero él había visto lo que ella podía hacer!

Había una puerta al final del pasillo que llevaba a las escaleras. Ella corrió hacia allí cada vez más rápido. La gente del vestíbulo ni siquiera la vio pasar, aunque sintieron la fuerza de la brisa y levantaron la vista confundidos. Irrumpió en la calle. No estaba segura de a dónde iba, pero tenía que alejarse. Sus instintos le mandaban mensajes confusos. Corre. Defiende tu territorio. Escóndete. Pelea. Si se quedaba, destrozaría a esa mujer. Las lágrimas rosas que caían por sus mejillas nublaban su visión.

Se encontró en un camino junto al río que olía de forma asquerosa a químicos y basura. Miró como fluía lentamente el agua marrón. Sus manos agarraron con tanta fuerza la cerca de metal que se dobló bajo la presión de sus dedos.

Nada de esto tenía sentido. Ella había sido adorada por millones de personas a través del tiempo. No podía ser que todos estuvieran mal. Ella había escuchado sus súplicas; podía verlos a los ojos y escuchar los deseos de sus corazones, y podía concederlos si sus almas eran puras. Podía hacer que cayera lluvia del cielo cuando era necesario. Podía...

Se limpió las lágrimas. Simplemente no lo entendían, decidió. No había podido explicárselos apropiadamente. Quien quiera que fuera esa mujer —la charlatana—, no sabía de lo que estaba hablando. La Diosa Oscura estaba un poco enojada consigo misma por dejar que esa mujer la hiciera dudar tanto de su propia fe. Ella debía ser una Diosa malvada de alguna tierra lejana; nunca había conocido una, pero había escuchado de ellas en las viejas historias. Una Diosa de duda y discordia que había engañado a todos sus humanos para que le creyeran. Ese pensamiento hacía que la Diosa Oscura se sintiera un poco mejor. Cuando aprendiera más de su lenguaje, podría explicarles mejor las cosas.

Un grupo de hombres jóvenes caminaron hacia ella, aullando y gritando palabras que ella no entendía junto con estruendosas carcajadas. Los miró mal por haber alterado su paz y se alejó. Ya nadie respetaba a la Diosa. Nadie la adoraba. Leah dijo que ya había muchos de su tipo y al parecer los humanos ni siquiera notaban lo que eran. Se giró hacía un estrecho camino entre dos edificios. La pestilencia que provenía de uno de los contenedores verdes que estaban junto a las puertas le provocó asco.

Un callejón. Se giró para regresar por donde había venido y vio al grupo de hombres bloqueándole la entrada. Uno de ellos se puso frente al grupo y le sonrió de manera vil. Dijo algo que hizo reír a sus amigos y se frotó la entrepierna. La Diosa Oscura alejó la vista disgustada.

Escuchó un grito detrás de ella y un hombre se puso de pie de entre un montón de basura junto a la puerta. Su aroma estaba escondido bajo la pestilencia de la basura.

—¡Paa! —dijo sorprendida. Era el hombre que se había reído con mucha alegría cuando ella salpicaba agua en la fuente. Pero él no la estaba mirando. Estaba mirando al grupo de hombres y les decía algo con voz indignada.

El líder del grupo rodó los ojos y sacó una navaja de su bolsillo.

El aroma de Paa se llenó de miedo, pero no se movió de donde estaba. Agarró una varilla de metal del montón de basura y la blandió contra ellos. Los hombres se rieron y se lanzaron hacia enfrente.

Ella no iba a dejarlos herir a Paa. Los golpeó con su poder estrellándolos contra la pared. Escuchó el chasquido de los huesos y gritos de dolor. Cayeron para unirse al resto de la basura en el piso.

Hubo un repiqueteo cuando la barra de metal cayó de las manos de Paa. Miró a los hombres heridos que gemían y luego a la Diosa Oscura. Lentamente paseó la mirada de uno a otro. Su expresión se convirtió en una de asombro.

—Paa bueno —dijo ella. Él había estado dispuesto a arriesgar su vida por defender a la Diosa de esos hombres, aunque no había sido necesario—. Ven —le dijo, y la siguió de manera dócil y obediente mientras ella rastreaba su propio aroma de regreso al edificio donde vivía. Él vaciló fuera de las puertas y ella le hizo una señal para que avanzara. La expresión que tenía la mujer de recepción hizo que la Diosa Oscura se enojara. Miraba a Paa como si fuera un insecto en su comida.

—Dale casa a Paa —le ordenó la Diosa Oscura.

La mujer se le quedó viendo. Dijo algo con voz incrédula.

—¡Dale casa a Paa! —repitió la Diosa Oscura y dio un pisotón.

El guardia, que había estado recargado de manera descuidada contra el escritorio mientras la conversación seguía, dijo el nombre con el que los humanos se referían a la Diosa Oscura. La mujer se sorprendió y después su expresión cambió a una de servilismo, pero la Diosa Oscura no estaba interesada en sus disculpas balbuceadas. Estiró la mano y esperó. La mujer revolvió los papeles en el escritorio, presionó botones en su máquina y finalmente puso una de esas tarjetas duras en la mano de la Diosa Oscura. Ella se giró para dársela a Paa.

En los ojos de él se formaron lágrimas. Miró la tarjeta por un momento y luego le preguntó algo que ella no entendió. Ella le ofreció la tarjeta, urgiéndolo a tomarla.

Las lágrimas limpiaban un camino en sus mejillas.

—Gracias —susurró.

—D'nada —le dijo Bella—. Ve dormir.


Edward agarró a Bella en un fuerte abrazó cuando ésta cruzó la puerta. Ella vio la preocupación en su rostro y lo miró a manera de disculpa.

—Bella lo lamenta.

—Me asustaste —le dijo él. Sacó el celular de su bolsillo y le mandó un mensaje a Jacob, Emmett y Felix: Está en casa.

—Bella a salvo —le dijo ella—. Paa duerme aquí.

Él no tenía ni idea de qué estaba hablando. "A salvo" eran las únicas palabras que importaban. Enterró la cara en su cabello y la abrazó con fuerza.


Era ya tarde cuando Esme llegó y Edward seguía dormido. Salió a trompicones de la habitación cuando Felix lo despertó... y le recordó a Edward que debía ponerse pantalones antes de ir a la sala. Felix valía su peso en oro.

—Hola madre —bostezó Edward al entrar arrastrando los pies a la sala. Felix le trajo un vaso de jugo cuando se sentó en el sofá. Edward le agradeció sorprendido. Apenas estaba pensando lo sediento que estaba. (Siempre se sentía sediento al despertar si Bella se alimentaba de él una noche antes.)

—Hola querido. ¿Noche larga?

—Algo así. —Edward suprimió otro bostezo y bebió de su jugo.

—Me disculpo por despertarte, pero quería preguntarte si sabías por qué hay un vagabundo viviendo en una de las suites ejecutivas de la planta baja.

Edward sacudió la cabeza.

—No, no tengo idea.

Esme aceptó la taza de café que le tendió Felix.

—Brenda de recepción dijo que tu esposa llegó con él y demandó que le dieran una "casa".

Eso sonaba como algo que Bella haría. Decidió actuar como lo haría Esme, como si fuera su decisión la que estuviera en medio.

—¿Hay algún problema que deba solucionar?

Esme sonrió ligeramente bebiendo de su café.

—En absoluto, querido.

Bella salió de la habitación vistiendo sólo una de las camisetas de Edward. Sonrió cuando vio a Esme.

—¡Madeer!

—Hola, querida —replicó su madre y levantó una mejilla para saludar de beso a Bella—. Estaba hablando con Edward sobre el hombre sin casa de abajo.

Bella se sentó junto a Edward y ladeó la cabeza en forma de pregunta.

Esme sacó una pequeña libreta con pasta plateada de su bolso y dijo:

—Su nombre es... Paul Lahote.

—¡Paa! —Bella asintió.

—¿Quién es, querida?

Bella lo consideró por un momento y luego se puso de pie. Ella miró de forma lasciva y silbo, luego hizo un círculo con la mano sobre su pelvis con una sonrisa salaz. Luego se señaló a sí misma y dijo:

—Paa. —Y pretendió blandir un tubo.

—Oh querida —dijo Esme con suavidad—. ¿Quiere decir que casi fue asaltada y el hombre de abajo la defendió?

Edward se sentía enfermo.

—Sí, estoy bastante seguro de que a eso se refiere.

Esme lo pensó por un momento.

—Tengo algo que hacer. —Se puso de pie y besó a su hijo y nuera antes de salir.

—¿Qué fue todo eso? —preguntó Jacob, saliendo de la cocina con un gran sándwich en un plato.

—Ese vagabundo evitó que violaran a Bella anoche. —Edward enterró las manos en su cabello, estaba horrorizado más allá de lo que podía explicar al pensar que algo tan horrible pudo haberle pasado. Bella todavía no entendía los peligros de ese mundo y él había fallado en protegerla.

—¿Qué? —dijo Jacob con un gran bocado de sándwich en la boca—. Edward, veamos la realidad de las cosas: no existe hombre vivo que pueda lastimar a Bella.

La mujer en cuestión había encendido la televisión y estaba absorta por un episodio de Pistas de Blue. Ciertamente no parecía haber sufrido trauma alguno por la experiencia, pero aun así...

—No debió haber estado en esa situación —argumentó Edward—. Le fallé.

—Si le fallaste tú, le fallamos todos —dijo Jacob. Dejó el plato con su sándwich en un lado—. Rose le falló por obligarla a aceptar la verdad antes de estar lista, y porque se supone que ella es la guardaespaldas de Bella. Felix le falló por dejarla salir. Yo le fallé porque pensé que sería buena idea que conociera a otro vampiro. Todos somos responsables.

Edward no dijo nada.

—Mira, sé que te vas a culpar a ti mismo porque ésa es tu naturaleza, pero sería agradable si por una vez me hicieras caso. No le fallaste y ella no estaba en peligro, a menos de que no hubiera regresado antes del amanecer. Es fuerte, Edward, tanto física como mentalmente. —Jacob regresó a seguir comiendo su sándwich y fue su actitud casual, más que sus palabras, lo que terminó por convencer a Edward. A pesar del enfoque relajado con que Jacob veía la vida, él se estaría atormentando peor de lo que lo hacía Edward ahora si creía que sus acciones habían puesto en peligro a Bella.

—Cambiando de tema —siguió Jacob luego de tragar su último bocado—, tenemos un trabajo ilícito que hacer esta noche. Jessica me dejó un correo de voz sobre tus notas. No va a dejar el tema por la paz.

Edward suspiró.

—¿Crees que tu tarjeta de acceso siga funcionando?


A las tres de la mañana el campus estaba desierto. Edward había pasado muchas noches hasta tarde aquí, investigando o trabajando en experimentos, para saber eso. Su tarjeta de acceso abrió la puerta y se deslizaron por La Push Hall, que hospedaba los departamentos de historia y antropología. Los pasillos estaban tenuemente iluminados durante la noche y tan silenciosos que podían escuchar la vibración del panel fluorescente que iluminaba desde el techo. Los tenis de Edward chillaron un poco en el piso de azulejo pulido y ambos hacían muecas cada vez que eso pasaba.

Llegaron a la puerta de la oficina de Jacob. DOCTOR JACOB BLACK, esas palabras estaban pintadas de negro en el opaco panel de vidrio que había en la puerta. Jacob contuvo el aliento cuando metió la llave. La luz se puso en verde y ambos suspiraron aliviados. Jacob abrió la puerta y se deslizaron dentro. Su oficina se veía como si hubiera sido golpeada por un huracán con libros y papeles revueltos por todos lados, pero de alguna forma, Jacob sabía dónde se encontraba todo. Sólo había un estrecho camino libre de escombros que llevaba a su escritorio y a una segunda puerta, ésta con una placa removible sostenida entre titulares de latón. JESSICA STANLEY decía. Por alguna razón, Austlyn nunca incluía los títulos de los asistentes en las placas, Edward siempre había pensado que eso era algo injusto.

Jacob insertó su tarjeta en el lector y abrió la puerta de Jessica. Su oficina era pequeña, pero estaba perfectamente limpia. Su escritorio de caoba no tenía ni una mota de polvo y las plantas que estaban junto a la ventana se veían bien regadas y saludables. Jacob agarró la manija de su gabinete y lo jaló. No abrió.

—Mierda. Está cerrado con llave.

—¿Crees que haya guardado una llave por aquí?

—No sé. Revisa el escritorio.

Edward jaló el cajón de en medio.

—Cerrado.

—Carajo. —Jacob se frotó las sienes—. Bien. —Se quitó la mochila de los hombros, sacó una linterna y un kit de algo—. Sostén esto —dijo y le dio la linterna a Edward. Edward centró la luz en el cerrojo cuando Jacob insertó dos barritas de metal.

—¿Cuándo aprendiste a abrir cerrojos?

—Ayer.

—Estás bromeando.

—Ya quisiera. Tuve que pedirle a Emmett que me enseñara, por si nos encontrábamos con este problema. Fue lo suficientemente amable como para prestarme un kit de sus ganchos.

—De regreso a casa llegaremos a Walgreens por una tarjeta de agradecimiento.

Jacob se rió.

—Como sea, dijo que estos eran cerrojos muy sencillos y que podríamos... ¡listo! —Se escuchó un clic distintivo y el cajón del gabinete se abrió con facilidad. Jacob buscó entre los archivos—. Sí, justo como pensé. Cullen.

Lo abrió y sacó un montón de papeles.

—Éstas son copias. Debe tener los originales en su escri... — Jacob se quedó callado.

—¿Qué?

Se giró y alzó una foto ligeramente borrosa de Bella cantando en el escenario de Tuneville.


*Bondage: es una denominación aplicada a los encordamientos eróticos ejecutados sobre una persona vestida o desnuda. Los atamientos pueden hacerse sobre una parte o sobre la totalidad del cuerpo, utilizando generalmente cuerdas, aunque también se puede ver en muchas ocasiones el uso de cinta, telas, cadenas, esposas, y cualquier otra cosa que pueda servir para inmovilizar a una persona.


Espero que les haya gustado, ¡gracias por sus comentarios!

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