Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.

Gracias a Isa por revisar y corregir este capítulo.


Diosa Oscura

Por Lissa Bryan

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Capítulo 18

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Jacob pasó el tiempo jugando Angry Birds en su celular mientras estaba en la sala de espera. El área de Emergencias estaba ocupada y el dedo roto de Nessa no era una prioridad en la lista, al parecer tendrían que esperar bastante tiempo. Nessa ojeaba con indiferencia las revistas sobre salud que estaban en la mesa junto a ellos. Jacob intentó ignorarla, pero era consciente de cada uno de sus movimientos. Ella suspiró y dejó la revista a un lado.

—¿Puedo hablar contigo un momento?

Jacob tuvo el impulso de corregir su gramática, pero se reprimió.

—¿Qué?

—No soy una espía.

Jacob bufó.

—De verdad no.

—Como sea. —Agarró su celular de nuevo.

Nessa puso la mano sobre la de él para tapar la pantalla.

—He sido honesta sobre la razón por la que estoy aquí, igual que la Reina. Ambas queremos ayudar a Bella para que se acostumbre al siglo veintiuno y a la cultura vampírica.

—Nosotros estábamos haciéndolo bastante bien por nuestra cuenta.

—No han logrado que acepte lo que es, Jacob.

—Estamos trabajando en eso. —La voz de Jacob sonó hosca.

—Han estado casi dos meses con ella —dijo Nessa—. Ya debería haberlo aceptado. Se están conteniendo por miedo a hacerla enojar.

Jacob se metió el celular al bolsillo.

—No sabía que teníamos un tiempo límite.

—Nuestra Reina esté dispuesta a ser paciente, pero…

—La Reina —dijo Jacob—, puede irse a la chingada en lo que a mí me concierne.

Nessa estaba sorprendida. Parpadeaba de manera rápida.

—Bella no está lastimando a nadie. No está intentando liderar una rebelión o lo que sea que Victoria teme que haga. Ella está atendiendo sus propios asuntos y sería lindo si tu Reina hiciera lo mismo.

—Jacob, no entiendes —protestó Nessa—. Se están esparciendo las noticias sobre Bella. Rumores de lo poderosa que es, y lo que están diciendo las hadas. Victoria no puede ignorarlo.

—¿Las hadas? ¿Te refieres a Jinx?

—Él no es único —dijo Nessa de manera sombría—. Predicen que ella es la destinada a gobernar a los vampiros y humanos.

—¿ crees eso?

Nessa se mordió el labio.

—Jacob, ¿sabes cómo es que Victoria se convirtió en Reina?

—La verdad no.

—Era una mujer ordinaria en 1970. Se casó con su enamorado de preparatoria y tuvieron un bebé. Ella salió a comprar helado porque sus padres iban a ir a cenar. Era su primer aniversario de bodas.

Jacob se recargó en la silla y cruzó las manos sobre el estómago.

—Sigue.

—El pedirle que fuera por helado fue sólo una excusa. Su esposo había planeado una fiesta sorpresa para ella, pero cuando llegó a casa todos en el apartamento estaban muertos.

Jacob hizo una mueca.

—¿Vampiros?

Nessa asintió.

—Unos muy sádicos y enfermos. Fue un matadero. Había sangre en todos lados, los globos estaban manchados y el letrero de Feliz Aniversario que su papá había colgado quedo manchado también… Estaba de pie en la puerta, congelada por el horror, cuando un hombre se acercó a ella. Estaba sonriendo y se podían ver sus colmillos manchados de brillante sangre roja, la sangre de sus amigos y familiares, de su bebé… Había un grupo pequeño de ellos y todos se rieron, burlándose de la expresión en su rostro. Ya no estaban sedientos, sino quizá también la habrían matado. O tal vez sólo pensaron que sería divertido dejar a una persona viva para llorarle a los otros. El líder le dijo algo, algo cruel. No sé qué fue; Victoria nunca me ha dicho. Y luego se fueron, dejándola en un apartamento lleno de cuerpos.

Jacob no quería sentir lastima por Victoria, pero podía verlo tan claro en su mente: una esposa joven y madre, de repente viuda, de repente huérfana, su hijo muerto… sorprendida, incapaz de procesar lo que acababa de presenciar.

—Claro que la policía no le creyó. Decidieron que debió haber sido algún culto y prácticamente dejaron de lado la investigación, aunque es difícil creerlo. Puede que un vampiro estuviera controlando sus mentes y les ordenara que lo dejaran por la paz. ¿Quién sabe después de tanto tiempo? Victoria comenzó a investigar por su cuenta, y durante esa investigación, encontró más victimas, que al igual que ella habían perdido a sus seres queridos en manos de vampiros. Algunos no querían hablar de ellos. Otros sólo querían justicia. Formó un pequeño grupo que estaban determinados en encontrar a esos vampiros y destruirlos, pero primero tenían que saber cuáles leyendas eran verdad y cómo matar a un vampiro. Pusieron una trampa y lograron capturar a uno. James.

—¿Él no era…? —Jacob estaba seguro de haber escuchado el nombre antes.

—Su esposo. Su pareja. —Nessa trazó las figuras en la tela del asiento con su dedo—. Tardó un tiempo en poder convencer a Victoria de que no todos los vampiros eran malvados; algunos del grupo nunca lo aceptaron. Él los ayudó luego de que lo liberaron y cazaron, uno por uno, a los vampiros que habían matado a la familia de Victoria. Y durante una de las misiones, ella fue herida de muerte y James la convirtió para salvarla. —Miró a Jacob a los ojos—. Este es el asunto: los vampiros siempre han tenido un Consejo de Ancianos, vampiros con más de mil años, que los gobiernan. Ellos mantenían la ley, las pocas leyes que existían en ese entonces. Y la única ley que de verdad se aplicaba era que los vampiros no podían matar a los de su misma especie, y ahora que Victoria era vampiro, tenía que apegarse a esa ley. Enviaron cazadores en busca de James y Victoria, y los trajeron ante el Consejo para ser juzgados. Ambos fueron encontrados culpables, por supuesto, y los sentenciaron a muerte. Cuando le apartaron el cabello a Victoria del hombro para dejar su cuello desnudo ante la navaja, vieron su marca de nacimiento. El Consejo tenía sus propias profecías, y estaba predicho que, quien llevará esa marca sería su gobernante. Algunos del consejo lo aceptaron de inmediato. Otros se negaron a creerlo. Fue una batalla dura para que ella pudiera establecer su autoridad. Y hace un par de años hubo una rebelión muy grande. Apenas logró sobrevivir, y perdió a James durante una de las batallas más grandes.

—¿Por qué me estás contando esto?

—Para que entiendas por qué estaría preocupada de otra demanda potencial por el trono.

—Bella no quiere el trono.

—Pero puede que otros quieran ponerla allí.

—Eso no es culpa de Bella.

—No, pero podría darle fin a eso jurándole lealtad a la Reina.

Jacob sacudió la cabeza.

—Las diosas no se someten ante reinas.

—No es una diosa, Jacob. Es un vampiro.

—Ren… Rene… ¿Reneesseem? —una enfermera leyó la carpeta, obviamente batallaba con el extraño nombre.

Nessa suspiró y se puso de pie.

—Soy yo.

—No bromeabas sobre el nombre —dijo Jacob impresionado—. ¿Cuál es?

—Renesmee —murmuró Nessa.

Jacob hizo una mueca y inhaló entre dientes.

—Ouch. Por cierto, ¿necesitas ayuda?

—Oh, no, estaré bien —dijo Nessa a la ligera—. Todo lo que necesito es una pierna. —Y se puso a saltar detrás de la enfermera por el pasillo.

El celular de Jacob sonó y maldijo mientras se apuraba hacia la puerta. Se sintió culpable por no apagarlo. Salió antes de responder.

No vas a creer esta chingadera —comenzó Emmett.

—¿Creer qué?

—Esperé afuera de la casa de Alice en caso de que llegara allí en la mañana y así fue.

—¿Está bien?

—Eso podría discutirse. Está saliendo con Jessica Stanley.

Jacob soltó el teléfono. Escuchó a Emmett repetir su nombre mientras lo agarraba.

—Lo siento, Emmett, creí que dijiste…

lo dije —replicó Emmett—. La vi llegar en un carro que no reconocí. Se bajó y le dio la vuelta para besar al conductor. Me acerqué y fue cuando vi que era una chica.

—Jessica Stanley —repitió Jacob—. ¿Mi asistente?

—No sabía quién era hasta que Alice me dijo. Quiero decir, te he escuchado mencionar a Jessica, pero no es como si fuera un nombre fuera de lo común.

—San-ta mierda —dijo Jacob de manera lenta—. ¿Desde cuándo Alice es lesbiana?

—Dice que no lo es. Dice que Jessica es la única chica de la que se ha sentido atraída. Jessica es la única que la entiende, la única que conoce a la verdadera Alice, lo que sea que eso signifique.

—No puedo creerlo.

—Se pone mejor —dijo Emmett de manera sombría—. Cuando se lo pregunté, Alice se puso a la defensiva. Me acusó de discriminar a los gays y esas cosas. Tú sabes que eso no es cierto. Demonios, vivimos con un hombre gay, por amor a Dios.

—¿En serio? —Ésas eran nuevas para Jacob—. ¿Quién?

—Felix, idiota. ¿No lo sabías?

—No. —No es que le importara, pero le hacia sentirse ingenuo el no saberlo. Aunque Felix nunca hablaba de su vida personal, no parecía tener una; daba la impresión de que nunca salía del apartamento.

—No me importa si Alice es lesbiana —dijo Emmett—. La verdad eso me haría muy feliz. No tendría que preocuparme más de que pueda quedar embarazada de nuevo.

Tan sensible como siempre, Emmett.

—Hablando de niños, ¿dónde estaban ellos mientras Alice tenía pijamadas con Jessica?

—Dijo que estaban con Riley.

Jacob se sobó las sientes. Hubiera sido lo mismo si Alice los hubiera dejado en Main Street para jugar entre el tráfico.

—Dijo algunas cosas bastante duras. Piensa que estamos intentando sabotear todas sus relaciones.

—Eso es ridículo —espetó Jacob.

Emmett habló en voz baja.

—Recuerda cómo era mamá, Jacob.

Jacob cerró los ojos. Su madre no dejaba que Alice saliera con chicos sin antes llevarlos a casa. Cuando Alice lo hacía, su madre, invariablemente, hacía un intento dolorosamente descarado y torpe por seducirlos. Esto siempre causaba una pelea con su padre y los vecinos terminaban llamando a la policía. Muchos chicos nunca habían regresado por una segunda cita, pero algunos de ellos sí habían aceptado la oferta de su madre. Jacob estaba bastante seguro de que Riley había sido uno de ellos.

—Ella debe saber que nosotros no somos… —Jacob se detuvo y miró su teléfono—. Te llamo después, Emmett. Está entrando otra llamada.

Un número desconocido. Respondió:

—¿Hola?

—Hola Jacob —dijo Esme.

A Jacob casi se le cae el teléfono de nuevo.

—Uh, señora Cullen. Yo-uh… hola. —El miedo le hizo nudos el estómago. Algo terrible debió haber pasado para que Esme le llamara.

—No te desperté, ¿verdad? —preguntó.

—No, en realidad estoy en el hospital con una amiga.

—Espero que no sea nada serio.

—Sólo un dedo roto. ¿Está… todo bien?

—Todo está bien. No pretendía asustarte al llamarte así de la nada, pero necesito tu ayuda con algo.

—Um, sí. Claro. Lo que necesite.

—¿Recuerdas que mañana es el cumpleaños de Edward?

—No es cierto —soltó.

—Bien, tienes razón. No es su cumpleaños real, pero me iré a Paris el mes que entra y no regresaré a tiempo para su verdadero cumpleaños. Así que mañana le haré una fiesta sorpresa. Necesito que lo traigas a mi casa mañana en la tarde, a las nueve. Ya invité a todos sus amigos.

¿Cuáles amigos? Jacob suprimió un suspiro porque probablemente esas personas era la gente de la que Esme quería que Edward fuera amigo. Cuando se trataba de su hijo, Esme podía ser muy ciega en ocasiones.

—Señora, no estoy muy seguro…

—Yo sí —dijo Esme con firmeza—. Sólo tráelo a las nueve.

—Sí, señora.

Le agradeció de manera dulce y luego colgó. Jacob marcó al celular de Edward. No había manera en que él sometería a Edward a algo así sin advertirle primero.


Edward tenía el aspecto sombrío de un caballo que visita una fábrica de pegamento cuando salió de su habitación la tarde siguiente. Jacob le dio una palmada de consolación en el hombro.

Bella salió detrás de él, resplandecía en un vestido azul oscuro sin hombros con una falda que llegaba hasta los talones, seleccionado y enviado por Esme esa misma mañana. Por alguna razón, era una de las elecciones en ropa de Esme que a Bella no le gustaba y todos tuvieron que convencerla para que lo usara. Tenía el cabello peinado en una coleta alta, los mechones le caían en una cascada de rizos y en el cuello llevaba una gargantilla de zafiros y diamantes, con un brazalete a juego en la muñeca. Por la forma en que sobresalía su labio inferior, algo le había hecho hacer un puchero en toda regla. Ella y Edward intercambiaron miradas de malhumor.

Rose siguió a Bella hasta la sala con su bolso de maquillaje en una mano.

—Mantén un ojo en ella, Jake. No la dejes irse mientras termino de alistarme o puede que decida decorar de nuevo sus mejillas con delineador.

Ese recuerdo hizo sonreír a Jacob.

—A mí se me hacía que se veía bonita. La rana morada en su barbilla fue un toque particularmente encantador.

—Ja ja —dijo Rose agriamente—. Pide el carro. Estaré lista en diez minutos.

Jacob llamó obedientemente a recepción y pidió que trajeran el carro de la señora Cullen. Durante la semana, el carro había sido un problema entre Esme y su hijo. Ella se lo compró a Bella, había dicho, y no importaba que Bella no supiera manejar. Debería tener su propio carro. Después de todo, Edward rara vez manejaba, pero aún así tenía su carro. Bella podría usar a su chófer o Rose podría hacerse cargo de eso. Después de que Edward se quejara de que su esposa, ciertamente, no necesitaba un Bentley, Esme le informó fríamente que su insistencia en comprar "vehículos de media clase" era una forma de pretensión en sí misma y el rostro de Edward se sonrojó a causa del enojo. En ese momento Jacob intervino antes de que pudieran intercambiarse palabras duras de las cuales Edward y Esme se arrepentirían después.

Esa tarde, cuando llegó el carro, Esme había venido y se lo había presentado a Bella con la actitud de un padre que le da el primer regalo de Navidad a su hijo. Bella miró el carro confundida y dijo: "Edwurr tiene carro. No quiero. ¿Da carro a Paa?". Aunque no había sido su intención, la sugerencia de Bella lastimó a Esme y Edward se sintió obligado a aceptarlo en ese momento.

Nessa salió de pasillo usando un vestido veraniego café clarito, el único vestido que había traído con ella. Una escayola azul cubría su pie y pantorrilla con un zapato en forma de sandalia hecho de foami en la parte baja. Usaba muletas para moverse. Llegó saltando a la sala y se detuvo al verlos a todos en sus mejores ropas. Se había agarrado el cabello en una coleta y tenía el labio rosa de tanto que se lo estaba mordiendo.

Nadie quería invitarla, pero la idea de dejarla en el apartamento era intolerable para Edward, quien guardaba celosamente su privacidad. No tenía nada que temer que ella pudiera encontrar, pero estaba seguro de que ella esculcaría sus cosas y por lo tanto insistió en llevarla. (Jacob había bromeado diciendo que podría esconderle las muletas, algo que Edward no había encontrado divertido.) Ella se detuvo al final del grupo, tirando nerviosamente de su vestido. Le sonrió de manera tímida a Bella.

—Te ves muy bonita, Bella.

—No me gusta —dijo Bella de golpe.

Nessa hizo una mueca, obviamente pensaba que Bella hablaba de ella. Jacob sintió pena suficiente por Nessa para agregar:

—Se refiere al vestido.

—Oh. —Nessa parpadeó rápidamente y luego tiró de su falda de nuevo, como si intentara alargarla. Jacob sintió un golpe de culpa; debieron haberle dicho antes para que comprara algo más adecuado, pero apenas hace unas horas Edward mencionó su oposición a que ella se quedara. Jacob sabía cómo se sentía ella. Durante toda su vida él había estado apareciendo en las fiestas de los Cullen con atuendos baratos y que no eran de su talla, o inapropiados. Se preguntó brevemente si le quedaría la ropa de Bella, pero Bella ya se veía lista para mutilar a alguien. No iba a agregarle más a su irritación.

—Recuerda, se supone que vas allá para cenar —le dijo Jacob a Edward. Le dio a Edward una bolsa de regalo que contenía una botella de vino—. Intenta actuar sorprendido.

—Estoy sorprendido —dijo Edward un poco malhumorado—. Me sorprende que mi madre todavía no sepa que odio este tipo de cosas.

—Lo sabe —respondió Jacob, usando el espejo del pasillo para enderezarse la corbata—. Sólo piensa que si llega a la combinación mágica de elementos para fiestas, descubrirás que siempre sí te gusta eso.

—Listo —anunció Rose cuando regresó a la sala. Agarró su pequeño bolso y estudió a todos de manera crítica para asegurarse de que estuvieran vestidos bien, con excepción de Nessa, a quien ni siquiera vio. Le acomodó la corbata a Emmett y le peinó ese mechón de cabello en su coronilla que siempre quería levantarse.

—Vámonos.

En el elevador Bella y Edward iban hablando quedamente en Quechua.

—Bueno, ahora sé cuál es el problema con el vestido —le dijo a Jacob—. Dice que ese color era el color de la muerte en su cultura, el color del cielo nocturno justo después de que el sol desaparece por el horizonte. No me lo dijo antes porque es tabú hablar de ello.

Todo cayó en su lugar.

—Es por eso que los cadáveres siempre se representaban con azul oscuro en su arte. Todos pensamos que los colores debieron haberse dañado u oscurecido con el tiempo. Pues mierda. ¿Le parece bien usarlo?

—En el apartamento le dije que Esme se ofendería si no usaba el vestido y ahora piensa que debe hacerlo.

—Pues sí debe —aceptó Jacob con reticencia—. Sobre todo después de lo del carro.

—Le prometí que se lo explicaría todo a mi madre para que no tenga que volver a usarlo jamás.

El portero del edificio les abrió la puerta del nuevo carro de Bella y todos entraron. La parte de atrás tenía dos filas de asientos que quedaban de frente. Bella hizo una mueca y picoteó el asiento de piel.

—Huele muerto.

Jacob supuso que sería bastante difícil explicarle sobre la piel a una persona que pertenecía a una cultura donde no la usaban. Edward se lo explicó en Quechua y Bella miró horrorizada el asiento, luego bajó sus sorprendidos ojos hacia sus zapatos. Se los quitó y se negó a ponérselos de nuevo. Jacob sonrió. Quizá Bella comenzaría una nueva moda de ir descalza a eventos formales. (En las revistas ya empezaban a salir réplicas de su brazalete para el tobillo, según Rose.)

Los detuvieron en la entrada y fueron revisados por seguridad, luego volvieron a detenerlos antes de permitirles pasar a la salida que estaba frente a la casa. Esme salió de la casa con una cálida sonrisa de bienvenida.

—¡Hola querido! —Besó la mejilla de su hijo y luego la de Bella.

—Hola madre. —Edward le regresó el beso.

—Jacob. —Esme sonrió y le dio un suave abrazo, para sorpresa de todos los que veían—. Me alegra que pudieras venir.

—Gracias —respondió Jacob, intentando parecer indiferente.

—¿Y quién es esta encantadora criatura? —preguntó Esme. Tomó las manos de Nessa.

—Es Nessa. —Emmett fue el único que habló porque nadie parecía saber cómo responder esa pregunta, incluida Nessa misma.

—Oh sí. Felix mencionó un nuevo huésped en la casa con ese nombre. ¿Es la amiga herida con la que estabas en el hospital ayer en la mañana?

Todos se congelaron.

—Es… um… —balbuceó Emmett.

—La novia de Jacob —completó Edward.

—Sí, novia. —Jacob plantó un beso en la mejilla de Nessa. Nessa parpadeó y plantó una enorme sonrisa falsa en su rostro.

—Ya… veo —dijo Esme lentamente—. Pues, entremos todos. La cena está lista.

Jacob casi bufa. Esme era terrible en esto. Si Edward no lo supiera ya, sus sospechas se hubieran alzado pronto porque Esme nunca servía una comida de inmediato. Siempre había cócteles en el salón antes de anunciar la cena.

La siguieron por la casa hacia el comedor. Abrió las puertas (otra cosa que Esme nunca hubiera hecho si de verdad fuera a servir la cena) y los invitados reunidos gritaron "¡Sorpresa!" al unísono.

Edward estuvo de verdad sorprendido. Sus ojos cayeron en Alice, que estaba de pie al lado derecho del grupo sosteniendo la mano de Jessica Stanley. Jacob maldijo internamente porque con todo lo que había pasado olvidó decirle a Edward sobre esa relación.

Esme se rió complacida por la expresión de Edward y besó su mejilla.

—¡Feliz cumpleaños, querido!

—Gracias —respondió Edward automáticamente. Los invitados comenzaron a rodearlo para ofrecerle felicitaciones y Edward se sonrojó. Al ver su obvio estrés, Bella se abrió paso a codazos entre la gente y dio un pisotón.

—¡Chuu!

Esme se rió de nuevo.

—Vamos. ¡Salgamos al jardín!

Esme siempre prefería las fiestas afuera y las hacía bien. El patio trasero de la casa Cullen estaba pavimentado con losetas y caminos que se mezclaban entre jardineras ornamentales, esculturas y áreas para sentarse. A la derecha había una piscina con forma de riñón. Cientos de velas en formas de flor de loto flotaban en la superficie. Sobre el jardín colgaban faroles japoneses, la luz complementaba las docenas de candelabros de metal puestos estratégicamente por el área.

Una entarimada pista de baile había sido puesta frente al escenario y la banda de Alice comenzó a tocar Fade Into You de Mazzy Star. Alice se meció ligeramente, agarraba el micrófono en su base, se veía etérea en un vestido de gasa blanco, el dobladillo de éste tocaba el piso en la parte de atrás, pero por enfrente le llegaba a las rodillas revelando un par de botas de piel rojas. Las cintas habían sido reemplazadas con encaje negro que cruzaban sus pantorrillas para atarse debajo de la rodilla. También llevaba un sombrero de copa negro con una margarita blanca de plástico en un costado. Jessica estaba de pie en la esquina del escenario, sonriendo cada vez que Alice la veía, pero aparte de eso sus ojos siempre estaban pegados en Jacob.

Jacob agarró una cerveza del bar y le trajo a Edward un vaso de vino, que él aceptó agradecidamente. Él había elegido una banca en la parte de atrás del jardín, lo más escondido posible, pero era incapaz de evitar a la gente que se detenía para desearle un feliz cumpleaños. Esta vez Emmett estaba pegado al lado de Edward, prácticamente temblaba a causa de la tensión. Bella dejaba que la gente hablara con Edward hasta que comenzaba a verse incómodo, en ese momento ella levantaba imperiosamente un brazo y les ordenaba que "¡Chuu!". Los sorprendidos invitados hacían lo que se les indicaban, intercambiando miradas divertidas entre ellos.

—¡Shinx! —gritó Bella. Jacob giró la cabeza para ver a dónde estaba apuntando, pero no vio nada.

—¿Dónde?

—En el árbol. —Bella arrugó la frente—. ¿Se fue?

—No lo veo, cariño.

Bella lo consideró por un momento y luego se encogió de hombros. La canción terminó y agarró la mano de Edward. Señaló la pista de baile.

—Quiero.

—Dile a Jake —dijo él y le dio un trago a su vino.

—No —dijo ella—. Quiero contigo. —Tomó el vaso de vino y lo dejó en la base de una de las estatuas de mármol de Esme, luego arrastró a un protestante Edward hasta la pista.

—Ahlss, canta Come Monday —ordenó Bella. Se puso de puntillas para envolver los brazos en el cuello de Edward y él le sonrió cuando comenzaron a dar lentas vueltas por la pista de baile. Edward bajó la vista a su rostro y —tan fácil como siempre— se perdió en sus suaves ojos cafés. El amor brillaba en ellos y él se preguntó cómo es que podía tener tanta suerte.

—Te amo.

Bella sonrió

—Te amo.

Cuando la canción terminó, Edward parpadeó de regreso a la realidad y descubrió que ellos dos eran los únicos en la pista de baile. Los invitados les aplaudieron. Edward se sonrojó, pero luego se agachó para darle un suave beso a Bella en los labios y unos cuantos gritos salieron de los espectadores. Vio a Esme, que estaba en la orilla de la pista, limpiándose con discreción las lágrimas.


Jacob esperó hasta que Edward y Bella estuvieron en medio de otro baile lento y luego se metió a la casa en busca de un baño. Supuso que la mayoría de la gente usaría el baño de invitados que estaba en la planta baja junto al pequeño atrio que el papá de Edward había convertido en una oficina, así que subió al segundo piso al baño que estaba junto a la vieja habitación de Edward. Giró en la esquina y se topo con una pareja abrazada.

—¡Oh, mierda! ¡Lo lamento!

La pareja se giró hacia él. Eran Paul Lahote y Ángela Weber. Ambos estaban sonrojados. Jacob les sonrió y les guiñó de manera conspiratoria y luego siguió su camino. Ángela sería buena para Paul, pensó. Era dulce y amable, y Paul necesitaba un poco de amabilidad.

Salió del baño y se detuvo de golpe cuando vio a Jessica recargada en la pared del pasillo, esperándolo.

—Jacob —dijo. Lo miró a los ojos; su rostro se veía suave y soñador.

Jacob se aclaró la garganta.

—Tengo que regresar a la fiesta. Permiso.

—Espera, por favor. Sólo hablemos un momento. Necesito decirte algo.

—No creo que sea algo que yo quiera escuchar, Jessica.

Puso una mano en su brazo para detenerlo.

—El rector me llamó. ¿De verdad quieres reemplazarme como tu asistente?

—Jessica, no creo que debamos seguir trabajando juntos.

—¿Por qué no?

—Porque estás saliendo con mi hermana —dijo Jacob impaciente—. Le dije al rector que era un conflicto de intereses. Es todo lo que él necesita saber.

—No amo a Alice —susurró ella—. Sólo estoy con Alice para poder estar cerca de ti.

Jacob hizo una mueca. De verdad desearía que no le hubiera dicho eso.

—Dios, Jessica. Sabes que voy a decírselo, ¿verdad?

Jessica se quitó las lágrimas de los ojos con un movimiento brusco de manos.

—No te creerá.

—Tal vez no, pero merece saber la verdad. —Jacob pasó junto a ella y se dirigió a las escaleras.

Ella le gritó:

—Puedes reemplazarme como tu asistente, ¡pero no puedes sacarme por completo de tu vida!

Jacob no respondió. Bajó trotando las escaleras y salió al jardín. Edward frunció el ceño ligeramente cuando vio la expresión de Jacob.

—¿Estás bien?

Jacob asintió. Agarró su cerveza y le dio un gran trago. Ésta iba a ser una noche jodidamente larga.

Empeoró más. Un rato más tarde la banda de Alice tomó un descanso y él debió saber que su hermana marcharía directo hasta donde estaba, tenía el rostro arrugado con indignación, era como un ángel vengador en botas rojas.

—Tienes que disculparte con Jessica. Fue a buscarme llorando a mares por algo que le dijiste. No me dijo qué fue, pero puedo suponerlo.

—Te está usando, Alice. —No dijo por qué. Bella aprovechó la oportunidad para irse. Él no la culpaba. Edward se veía como si también quisiera desaparecer.

Los ojos enojados de Alice brillaron con lágrimas.

Por supuesto que sí. Nadie puede amarme, ¿verdad? Todos tienen que estar conmigo por otras razones.

—No es eso lo que quiero decir, Allie.

—Crees que soy estúpida —espetó—. Crees que no puedo identificar cuando algo es real o no. Sé que he cometido errores, pero…

—¡Maldición, Allie! ¡No soy tu enemigo! —gritó Jacob. Varias cabezas giraron en su dirección. Jacob respiró profundamente y se obligó a bajar la voz—. No sé cómo es que se te metió a la cabeza la idea de que yo no quiero que seas feliz, pero puedo ver que no podré hacerte cambiar de parecer. Te amo, Alice. ¿No lo entiendes? Te amo al igual que Emmett. Durante todas nuestras vidas todo lo que hemos querido para ti es que seas feliz y estés a salvo. Dios, si encuentras a alguien que te trate bien y te ame como mereces, me arrodillaré y le besaré los pies de felicidad, te juro por Dios que lo haré.

Jacob suspiró ante la expresión afligida de su rostro.

—Sé lo mucho que lo quieres, Alice. Lo mucho que quieres ser amada y poder darle tu amor a alguien que lo sepa apreciar. Lo sé porque siempre he querido lo mismo. Pero estás tan ansiosa por conseguirlo que creerás en cualquiera que te lo diga y les pondrás excusas cuando sus acciones no lo demuestren.

Alice se dio la vuelta y se fue.

Un chapoteo seguido de jadeos le dijo a Jacob a dónde se había ido Bella. Gimió y se puso de pie. Al parecer Edward había ido detrás de ella y se quedó congelado sin poder hacer nada en la orilla de la piscina, mirando a la figura difuminada de su mujer en el fondo del agua. Alzó sus ojos asustados hacia los de Jacob. Puede que Bella se quedara allí abajo demasiado tiempo. Jacob no vaciló. Se metió y nadó hasta ella. Bella sonrió y lo saludó. El suspiro de Jacob subió en forma de burbujas. La tomó del brazo y la jaló a la superficie.

—Baño graaande —notó Bella conscientemente—. Baño frío, no espuma.

—Sí, es de tres estrellas —dijo Jacob. Avanzó con dificultad por la parte menos honda de las escaleras y puso a Bella de pie. El intrincado peinado de Rosalie ahora era un montón de cabello mojado, y el vestido de Bella se le pegaba a cada una de sus curvas.

Esme miró rápidamente a su alrededor.

—¡Oh, pobrecita! —se lamentó—. Le dije al jardinero de la loseta suelta. ¿Estás bien? Vamos adentro para darte ropa seca. Tú también, Jacob.

La habitación a donde los llevó había sido una vez el estudio de Carlisle, y antes de eso, un porche con pisos de loseta y puertas francesas que se abrían en los jardines. Esme lo había dejado exactamente igual a como estaba la última vez que Carlisle lo usó, así que daba el aire de ser un museo o un santuario. Cuando eran más jóvenes, Edward a veces bajaba aquí para dormir en el sofá si extrañaba particularmente a su padre.

—Esperen aquí. Le pediré a Ángela que les traiga algo de arriba. Tengo que regresar con los invitados. —Miró a Bella con una sonrisa irónica—. No pudiste detenerte, ¿verdad querida?

Bella le sonrió y Esme se rió entre dientes antes de ir en busca de Ángela.

Ambos estaban goteando el piso de azulejo. Jacob tembló un poco por el aire acondicionado. No podía sacarse de la cabeza la imagen del rostro enojado de Alice. Sus ojos… lo veían como si lo odiara. Jacob se dejó caer en el banco de mimbre, derrotado.

—Shaykob triste —dijo Bella. Se sentó junto a él y enredó los brazos en su cuello.

Él suspiró y también la rodeó con los brazos. Ella le tarareó y acarició su cabello hasta que logró calmarse. Él besó la nariz de Bella y ella se rió, lo cual lo hizo sonreír a él, pero de repente la expresión de ella cambió. Él siguió su mirada y vio a Jessica Stanley en la puerta, tenía el celular en la mano mientras les tomaba una foto de él con Bella Cullen en sus brazos.

Jessica sonrió.

—Perfecto.


Para cuando volvieron a salir, la foto ya estaba dando vueltas por todos lados. Jacob vio miradas furtivas hacia los teléfonos, jadeos y risitas. Jaló a Bella detrás de sí mientras se dirigía a la única persona de la cual le importaba su opinión.

—Edward.

Emmett agrandó los ojos. Le estaba mostrando algo a Edward en su teléfono y rápidamente lo escondió tras su espalda.

—Así de rápido, ¿eh? —preguntó Jacob con voz débil.

—Las maravillas de la era digital —dijo Edward. Tomó el teléfono de Emmett y se lo dio a Jacob. Jacob hizo una mueca ante la imagen en la pantalla. Se veía peor de lo que creía. Jessica debió tomar la foto inmediatamente antes o después del beso y se veía…

Jacob dejó el teléfono en manos de Emmett.

—Edward…

Edward movió una mano en el aire.

—Ni siquiera tienes que decirlo.

—Creo que sí tengo que decírselo a ella. —Jacob asintió hacia Esme, que estaba abriéndose camino entre la multitud hacia ellos. Su sonrisa, puesta firmemente en su lugar, le congeló la sangre. Parecía un tiburón: fría, despiadada, letal.

—Me gustaría hablar con ambos dentro de la casa —dijo de manera agradable.

Bella se puso de pie para seguirlos y Esme lanzó una mirada letal en su dirección.

—A ti no.

—¿Madeer? —Daba pena ver la mirada de dolor y confusión en Bella.

La sonrisa de Esme se mantuvo en su lugar, pero su voz era como ácido.

—Ni siquiera me hables, tú…

Bella jadeó suavemente y se fue, desapareciendo entre la susurrante multitud.

Por primera vez en su vida, Edward vio a su madre perdida. Ella mantuvo esa sonrisa vacía y algo viciosa puesta en su lugar al entrar rápidamente en la casa. En su ausencia los susurros se convirtieron en charla a toda regla. Edward no miró a nadie mientras seguía a su madre. Jacob, Emmett y Rose iban cerca de él.

Ella cerró la puerta detrás de ellos y se giró hacia Jacob. Antes de que él pudiera parpadear, ella le volteó la cara de un puñetazo con toda la fuerza que pudo reunir. Para ser una mujer tan pequeña tenía un buen gancho. Jacob retrocedió a trompicones. Se tocó el labio con la mano y al retirarla vio que estaba manchada de sangre.

—Vete de mi casa —le dijo en voz baja.

Jacob asintió. Se giró para irse.

—No, Jacob, no te vayas —le dijo Edward—. Necesitamos hablar de esto como adultos racionales. No es lo que piensas.

—Lo que pienso es que el hombre que has considerado tu mejor amigo por los últimos veinte años te ha traicionado de la manera más fundamental posible.

—Él no haría eso —dijo Edward.

Esme sacudió la cabeza. Sus labios se torcieron con disgusto.

—Edward Anthony Masen Cullen, eres un maldito tonto.

La voz de Jacob sonó tentativa.

—Sé cómo se ve, pero juro…

Esme se lanzó hacia él y Rose la detuvo agarrándola por la cintura y apartándola del camino antes de que pudiera golpearlo de nuevo.

—Yo vi todo —dijo Nessa de repente.

Todos se congelaron. Habían olvidado que ella estaba allí.

—Vi lo que pasó —mintió—. Jacob no hizo nada malo, señora Cullen. Fue un engaño, un ángulo en la cámara que lo hace ver mal, pero Jacob no hizo nada inapropiado.

Esme quería creerle. Abrió y cerró la boca, indecisa, como si las palabras se le escaparan.

—Madre, confío en Jacob con mi vida —dijo Edward suavemente—. Ni siquiera necesito preguntarle qué pasó. No importa. Todo lo que importa es que sé que él nunca me traicionaría, y tampoco Bella.

Esme se sentó en el sofá y enterró la cara en las manos.

—En una hora estará por todo internet. Mañana en los periódicos, en las revistas al final de la semana. —Ella los miró, había una desnuda impotencia en sus ojos—. ¿Qué vamos a hacer?


Algo había cambiado drásticamente.

La Diosa Oscura no lo entendía. La gente a su alrededor se reía de ella, susurrando de manera sarcástica con sus vecinos. Ella frunció el ceño e intentó acercarse a un pequeño grupo, pero todos se fueron antes de que ella pudiera llegar. La Diosa Oscura parpadeó con fuerza para alejar las lágrimas que picaban por invadir sus ojos. Se alejó rápidamente hacia una banca que había en la sombra bajo un par de árboles.

—Diosa. —Se giró y encontró a Shinx saliendo de unos arbustos, como si se hubiera materializado de las hojas.

—Entonces sí estabas aquí después de todo —dijo de manera simple.

Él se inclinó.

—Quería hablar con usted cuando estuviera sola.

—Shinx, no entiendo. ¿Qué está pasando? —Ella miró a los rostros malvados, la hostilidad, el desdén.

—Piensan que ya pueden tratarla mal —dijo Shinx. Puso las manos en sus hombros—. Esme le ha quitado su protección. Esto era lo que había estado escondiendo bajo sus sonrisas amables y sus halagos serviles.

La Diosa Oscura parpadeó para detener las lágrimas, recurriendo a sus décadas de regio entrenamiento. Ella no los dejaría verla llorar, no les dejaría saber que la habían lastimado. El enojo vino a su rescate. El enojo era más fácil, más seguro.

—Esos son sus verdaderos rostros —susurró Shinx. Su aliento se sentía cálido en su oído—. Los humanos son crueles cuando creen que pueden serlo. Piensan que usted está indefensa. Piensan que usted no es nada. Y por eso intentarán lastimarla, simplemente porque pueden hacerlo.

—Soy la Diosa Oscura, Señora de la Noche, Dama de la Lluvia —dijo, pero su voz tembló. A la luz de las velas había ojos que brillaban con júbilo, parecían complacidos de no tener que ser corteses con ella. Alguien soltó una ruidosa carcajada, como para asegurarse de que ella lo escuchara.

—Muéstreles, Diosa. Abra los cielos. Muéstreles lo que usted es.

Ella tembló. Sus ojos se encontraron con una mujer al otro lado del jardín. La mujer vio la expresión afligida en el rostro de la Diosa Oscura y sonrió. Pensó que el enojo de la Diosa Oscura era impotente.

Su poder creció y se construyó dentro de ella. Un sonido retumbante hizo que los invitados miraran a su alrededor inquietos. El suelo comenzó a… crepitar. Ésa fue la palabra que la gente usó después para describirlo porque nada más parecía encajar. Se levantó el polvo de entre las hojas de pasto como si fuera arena en un tambor. Se alzó como niebla en forma de remolino.

La Diosa Oscura extendió las manos mientras ese zumbido estático vibraba en el aire. El viento comenzó a arreciar, moviendo la niebla hacia arriba. Las mujeres se detenían el cabello y las faldas que se alzaban con la brisa. En las orillas del jardín los árboles se mecieron y crujieron. Las hojas giraban con el viento.

La niebla siguió aumentando y las nubes se oscurecieron ominosamente. El gruñido de un trueno. Las partículas de polvo que se rozaban creaban rayos de electricidad en las nubes. A pesar de los vientos en aumento, las nubes se mantuvieron en un solo lugar, agitándose y oscureciéndose. El zumbido se hizo más fuerte y hubo unos cuantos gritos de miedo cuando un fuerte trueno dividió el cielo. La cabeza de Bella cayó hacia atrás, el poder crujía en cada terminación nerviosa como si estuviera drogada con narcóticos. Su cabello flotaba a su alrededor como un halo oscuro.

En la parte trasera de la multitud, la mujer que se había burlado de Bella sintió una gota de agua caer en su mejilla. Alzó la vista y fue entonces cuando las nubes comenzaron a liberar su carga de lluvia. Cayó en forma de sábanas grises, tan de repente como si hubiera sido encendido un interruptor. Una ducha pesada que empapó a los invitados en un instante. Las mujeres gritaron al correr hacia la casa. Alguien chocó con la mesa del pastel, tirándola, y éste quedó aplastado en el césped mojado por los presurosos pies.


Edward sintió, más que escuchó, la llegada de la tormenta y supo en un instintivo nivel que eso no era natural. Bella, pensó. Tenía que ir por Bella. El pánico cegó cualquier pensamiento racional cuando corrió por la puerta de jardín en busca de ella. La lluvia caía con tanta fuerza que apenas podía ver. ¡Allí! Su piel pálida como la luna sobresalía en la oscuridad. Él corrió hacia ella a través del resbaladizo patio.

—¡Bella!

Ella se quedó ahí de pie con los brazos alzados, una expresión soñadoramente dulce ocupaba su rostro y él se dio cuenta de que ella había hecho esto. La neblina que se había alzado del suelo crepitante de repente tuvo sentido.

—Siembra de nubes —dijo Edward, su voz se suavizó con admiración—. Así es cómo lo haces.

Un olor metálico agudizó el aire. Bella salió de su ensoñación y giró la cabeza hacia el escenario donde estaba Alice pie y congelada mirando la lluvia. El resto de la banda ya se había ido.

—¡Ahlss! —gritó, pero Alice no le estaba prestando atención. Alrededor de sus botas se fue juntando agua sobre el escenario. Dio la impresión de que todo pasó en el mismo instante: Bella se desvaneció de enfrente de Edward y tacleó a Alice para tirarla del escenario justo cuando un cegador rayo de luz cauterizaba la base del micrófono, vaporizándola al instante. Los pocos que quedaban en el jardín gritaron a causa del pánico.

Edward corrió hacia ellas, levantó a una sorprendida Alice del pasto y tomó la mano de Bella. Corrieron hacia la casa donde estaban el resto de los invitados, mojados y manchados de lodo, mirando solemnemente a la lluvia que todavía caía.

Una mujer habló para romper el silencio:

—Tus fiestas son las más interesantes, Esme.

A través de la ventana Bella podía ver a Jinx, de pie en la lluvia, sonriendo.


Este capítulo trajo nuevas revelaciones y Jinx volvió a aparecer, ¿qué tramará?

Espero que les haya gustado. Gracias por comentar.

Siguiente actualización: sábado 4 de enero.