Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.

Muchísimas gracias a mi querida Isa por la corrección de este capítulo.


Diosa Oscura

Por Lissa Bryan

~.~

Capítulo 2

..

Jacob escuchó el eco de los sollozos de una mujer.

Alice. Alice está llorando.

Estaba llorando porque descubrió que otra vez estaba embarazada y Riley estaba furioso con ella. Él exigió una prueba de paternidad y dijo que tendría que llevarlo hasta la corte si quería conseguir manutención para el niño.

—No te preocupes, Allie —murmuró—. Te ayudaré. —Había conseguido un segundo trabajo ese verano para ayudarla a pagar…

Abrió los ojos y se dio cuenta de que no era Alice quien estaba llorando y, sin lugar a dudas, él estaba muy lejos de casa. Él y Edward estaban solos en la tumba, la cual estaba ligeramente iluminada por las linternas que dejaron caer. Edward no se había movido del lugar donde lo había tirado la mujer. Jacob intentó ponerse de pie, pero el mareo lo abrumó. Gateó lentamente con sus manos y rodillas hasta donde estaba Edward y buscó pulso en su cuello.

Oh, gracias a Dios. El alivio lo debilitó más, casi hasta colapsar. Gracias a Dios. Edward estaba vivo y, extrañamente, ese lado de su cuello se veía ileso. Jacob sintió su propio cuello, el lugar donde sintió que la mujer lo mordía y lo encontró perfectamente intacto. Si no fuera por las gotas de sangre en su hombro, habría pensado que todo fue imaginación suya.

—Edward —Jacob habló en voz alta, lo más que se atrevía. Lo sacudió gentilmente—. Edward, despierta.

Edward gimió y abrió los ojos con esfuerzo.

—¿Qué pasó? —musitó. Jake lo ayudó a sentarse y Edward se aferró a los costados de su cabeza como si quisiera detenerla de dar vueltas. Parpadeó varias veces y miró alrededor a la cámara de entierro vacía—. ¿Qué era… esa cosa?

—La Diosa Oscura —dijo Jacob suavemente. Edward sacudió su cabeza, intentando aclararse.

Se ayudaron mutuamente a ponerse de pie, temblando y buscando balance. Jacob levantó las linternas y le dio una a Edward. Miró las escaleras con un poco de miedo. Todavía podía escuchar los sollozos venir desde la habitación de arriba. Miró de regreso a Edward, pero Edward le estaba mirando el cuello.

»Sí, tú tampoco tienes marcas de mordeduras.

Edward aferró una mano a su garganta y la quitó como si esperara ver sangre.

—Pero vi… —señaló las gotas de sangre que había bajo el hombro de Jacob y sacudió la cabeza—. Nada de esto tiene sentido.

Jacob recogió su camiseta del suelo y se la puso. Se preguntó si Edward habría sentido lo mismo que él cuando la mujer le mordió el cuello: dolor abrazador y luego un placer tan intenso que ni siquiera podía comenzar a describirlo. Jacob había experimentado con drogas al pasar de los años, y nada de lo que había tomado le había provocado ese tipo de éxtasis. Imaginó que se había desmayado tan solo por la intensidad de eso, que su cerebro había hecho cortocircuito como un fusible sobrecargado.

—No hay otra forma de salir. Tenemos que subir —dijo Edward, probablemente más para convencerse a sí mismo que a Jacob. Ambos subieron las escaleras lentamente. Edward se adelantó a Jacob para ir primero por la estrecha abertura que habían descubierto. Ninguno de ellos era un buen luchador, pero Edward había tomado clases de karate, uno de los intentos fallidos de Esme para aumentar la confianza de su hijo.

Se deslizaron por la abertura y se agacharon detrás del altar, aunque la luz de sus linternas anunció su presencia. Ambos se asomaron al mismo tiempo por la orilla. La mujer del sarcófago —la Diosa Oscura— estaba sentada en el suelo junto a los esqueletos, sollozando como si tuviera el corazón roto. Jacob no pudo evitar mirar la abertura que tenía en un lado de su vestido que se abría cerca de su cadera, revelando una pierna larga y bien proporcionada. Sus pies estaban descalzos y llevaba un grueso brazalete de oro alrededor de uno de sus delicados tobillos. Su cabello café oscuro caía sobre su espalda y hombros, era lo suficientemente largo para arrastrar la tierra del suelo que había debajo de ella.

—¿Qué deberíamos hacer? —siseó Edward—. ¿Correr?

Jacob sacudió la cabeza. —No puedo irme. Tengo que descubrir quién es.

Edward miró a Jacob como si le hubiera salido una segunda cabeza. —Nos atacó.

La mujer giró la cabeza y los vio. Su rostro inhumanamente bello se veía suave y vulnerable, bañado en lágrimas —lágrimas rosas— mientras los miraba. Se veía asustada. ¿Asustada de ellos?

Jacob amaba a las mujeres. Amaba todo en ellas. El suave cabello y la suave piel, la forma en que olían, sus sonrisas, las misteriosas maquinaciones de sus mentes. Pero esa adoración del sexo femenino también creó una debilidad en él, la razón de que se negara a crear lazos afectivos: no podía soportar ver a una mujer llorar. Lo derrumbaba, lo hacía buscar desesperadamente una manera de detenerlo.

Se irguió, todavía un poco débil y tembloroso, y se aferró a la orilla del altar para estabilizarse mientras daba sus primeros pasos lentos y cautelosos hacia ella.

—Hola —dijo suavemente—. Por favor no llores.

Ella apartó la vista de él, regresándola a los esqueletos del piso. Estiró la mano para tocar un brazalete de oro. Jacob se dio cuenta, aspirando profundamente, que la embriagadora esencia de especias que había en la tumba provenía de ella.

»Soy Jacob. Éste es Edward. ¿Quién eres tú?

Ella no lo miró ni respondió. Su dedo acariciaba el brazalete de oro, quitándole el polvo de siglos atrás.

—Tiene que ser un tipo de broma —decidió Edward—. Lauren debía de saber que harías esto, así que ella hizo los arreglos para que esta mujer se metiera al sarcófago vacío y asustarnos a morir.

—¿Y mordernos?

—Puntos de presión. Para dejarnos inconscientes. Por… uh… alguna razón.

Jacob sacudió la cabeza. —Mallory no es tan inteligente y, hasta donde tengo entendido, no tiene nada de sentido del humor. Lo que sea que es esto, no tiene nada que ver con ella.

—¿Qué otra alternativa hay? ¿Qué ella es en realidad una Diosa?

—No sé —dijo Jacob—, pero tengo la intención de descubrirlo. —Se acercó lentamente a ella y se puso en cuclillas a unos pies de distancia, dándole espacio para que no se sintiera abrumada. Ella lo miró con cautela—. Soy Jacob.

Se quedó viéndolo.

»Um… ¿Habla español? —Jacob mismo no hablaba español, pero parecía un buen lugar para comenzar.

Ella parpadeó.

»Edward, di algo en Catalupan antiguo.

—Solo porque pueda leerlo no significa que sepa hablarlo —dijo Edward con un poco de irritación en su voz—. Nadie sabe cómo se pronunciaban las palabras o dónde deberían colocarse los acentos.

—Intenta.

Edward recitó algo. La mujer no reaccionó.

Jacob bufó frustrado. —Bien, intentemos esto de nuevo. —Se señaló a sí mismo—. Jacob. Jay-cub. —Señaló a Edward y dijo su nombre lentamente, enunciando cada sílaba con cuidado. Entonces señaló a la mujer y la instó con la mirada.

Ella dijo algo que tenía muchas combinaciones extrañas de consonantes y vocales agudas. La última sílaba sonaba como "bela" así que él la repitió.

»¿Bella? ¿Está bien eso? ¿Puedo llamarte Bella?

Ella vaciló y luego lo repitió.

»Bella. —No asintió ni negó con la cabeza y, de todas formas, él no estaba tan seguro de que esos movimientos tuvieran el mismo significado cultural.

—Bien. Ya vamos avanzando. Jacob. Jaaay-cub.

Después de un momento, ella intentó repetirlo. —Shay-kod.

—Jay-cub.

—Shaykob.

—Bastante cerca —dijo alegremente. Señaló a Edward y dijo su nombre lentamente. Ella lo distorsionó en su primer intento y mejoró muy poco en el segundo.

—¿Ed? —preguntó.

Edward hizo una mueca. Odiaba que truncaran su nombre, pero asintió.

Bella bajó la vista a los esqueletos y dijo algo. Su voz era suave y melodiosa, y el lenguaje que hablaba era denso y complejo. Jacob miró a Edward, quien estaba escuchando atentamente.

—¿Entiendes algo de eso?

—Ni una palabra —replicó Edward sacudiendo la cabeza—. Ni siquiera puedo decir si es Catalupan o no. Todo lo que sé es que es algo que nunca antes había escuchado.

Jacob tuvo una idea. No había aprendido mucho del antiguo lenguaje Catalupan, pero sí conocía unas pocas palabras. Dibujó los símbolos que significaban "Diosa Oscura" en la tierra que había frente a ella. Ella solo se quedó viéndolos.

—No puede leer —dijo Edward—. Tenía la sospecha de que el alfabetismo Catalupa era solo para el clero y ahora…

—Guarda la antropología para más tarde, Ed. Tenemos que pensar en lo que vamos a hacer. —Jacob levantó la muñeca y vio su reloj. Había pasado una hora y media. Hizo una mueca. Eso no era bueno.

Bella agarró la muñeca de él y la jaló hacia sí, casi tirando a Jacob en el proceso. Se quedó viendo el pequeño disco con las manecillas brillantes y lo picó curiosamente con un dedo. Jacob se lo quitó, dándoselo y ella liberó su brazo. Él se puso de pie, viendo como ella le daba la vuelta, acariciando con su dedo la carátula como si el vidrio fuera un misterio para ella. Y quizás sí lo era. Se lo llevó al oído como si pudiera escuchar los pequeños engranes traqueteando adentro.

—¿A qué te refieres con pensar en lo que vamos a hacer? Salimos de aquí lo más rápido posible y le rogamos a Dios por no ser vistos en el proceso.

—¿Qué hay de ella? No podemos dejarla aquí.

—¿Por qué no?

—Porque… —Jacob vaciló por un momento—. Porque no está bien. Obviamente ella está… confundida. Necesita nuestra ayuda.

Edward lo consideró por un momento y parecía que estaba a punto de aceptar que Jacob tenía razón cuando oyeron un golpe y voces gritando. Luces de linternas rebotaban en las paredes del pasillo.

—Oh, mierda —dijo Jacob. Miró a Edward, esperando que saltara con una de sus geniales ideas en ese momento, pero Edward solo estiró las manos y miró a Jacob sin poder hacer nada. Bella los miró del uno al otro, y vio el pánico en sus rostros. Se puso de pie y agarró sus manos. Su piel era suave como la seda, pero tan fría como las piedras del suelo. Dijo algo rápidamente y jaló de ellos hacia atrás del altar, bajando las escaleras hasta su tumba.

—Ya hemos estado aquí, cariño —dijo Jacob, incluso aunque sabía que ella no podía entenderle—. No hay forma de salir. —Habían llegado al fondo y Jacob movió la mano para indicar las cuatro paredes de piedra que los rodeaban.

Ella lo ignoró. Puso las palmas de sus manos contra el sarcófago y le dio un empujón. El enorme bloque de basalto negro hizo un ruido sordo de raspado mientras era arrastrado por el suelo, el raspeo arenoso de piedra contra piedra protestando.

Edward dejó caer su linterna con un estrépito y su boca se abrió sorprendida. Jacob se agacho rápidamente y la recogió. Casi podía ver las matemáticas trabajando en la cabeza de Edward: el peso estimado del sarcófago basado en su tamaño y la aparente densidad de la piedra, un peso gigantesco movido por la pequeña mujer frente a ellos. Estaba viendo un imposible e intentaba hacer los cálculos de cualquier otra manera posible que pudiera explicar lo que estaba viendo.

Bella dejó de empujar cuando apareció un agujero de forma rectangular en el suelo. Les hizo un gesto y se dejó caer en él.

Jacob avanzó después de ella.

—¡No, Jake, espera! —jadeó Edward y lo agarró del brazo—. ¡No sabemos que hay ahí abajo!

Las luces y las pisadas habían llegado a la entrada de la tumba.

—Sí, pero sabemos que es lo que viene allá arriba. ¡Vamos! —Jacob lo jaló a la orilla del agujero. Iluminó con su luz adentro, pero no pudo ver nada de lo que había abajo, solo una piscina de oscuridad.

Edward le sonrió con pesar. —No sé por qué te dejo convencerme de hacer estas mierdas. —Y, con una sacudida de su cabeza, saltó al agujero.

Jacob respiró profundamente y lo siguió. Cerró los ojos infantilmente y cayó. Aire frío pasaba a su alrededor junto con el olor de piedra mojada. Un par de brazos lo atraparon. Un par de brazos suaves y femeninos. Su delicioso aroma a especias jugueteó en sus fosas nasales.

—Uh, gracias —dijo Jacob. Ser cargado por los brazos de una mujer al estilo de novia recién casada que cruza por el umbral de la puerta era una experiencia nueva y única para él. Era especialmente bizarro considerando que él era casi dos veces más grande que dicha mujer. Bella lo puso sobre sus pies con una pequeña sonrisa.

La linterna de Edward se movió a su alrededor, iluminando las paredes de piedra mojadas. El suelo sobre el que estaban de pie era tierra apisonada. Se sentía como si hubiera caído en un calabozo de un castillo Europeo. Rayos de luz que provenían de arriba atravesaban el aire, pero no eran lo suficientemente fuertes para llegar al fondo.

Bella dijo algo. Volvió a agarrar sus manos, poniéndose entre Edward y Jacob, y mirando hacia adelante. Jacob mantuvo su linterna apuntada hacia el piso mientras Edward movía la suya alrededor para iluminar el espacio frente a ellos. Los pies descalzos de Bella se asomaron bajo su larga falda cuando caminaba y Jacob vio el destello de un anillo de oro que tenía en uno de sus dedos. Entraron a un pasadizo largo y bajo, y la luz de la linterna iluminó el agua frente a ellos. Edward se detuvo de golpe, pero ella dijo algo animándolo y siguió caminando, jalándolo detrás de ella.

—No nado —explicó Edward. Hizo la mímica de moverse en el agua, luego se tapó la nariz y levantó la mano, moviéndola como si se estuviera ahogando bajo las olas. Su madre había pagado por lecciones, había contratado un entrenador privado de natación, todo lo que se le pudo ocurrir, pero, simplemente, Edward Cullen no podía flotar. Se hundía como una piedra sin importar qué tanto se moviera.

Bella lo miró como si fuera idiota.

—Nuuu naduuu —repitió, y señaló un espacio de una pulgada entre sus dedos.

—Oh —dijo Edward y se sonrojó tanto que Jacob pudo verlo en la diminuta luz—. Sigue, entonces.

Las voces detrás de ellos disminuyeron hasta que los únicos sonidos que quedaban eran los de sus respiraciones y el chapoteo de sus pies en el agua.

—Joder, está frío. —Jacob hizo una mueca cuando se filtró dentro de sus botas de trabajo. Su voz hizo eco en las paredes de piedra. Pensó en los pobres pies descalzos de Bella y la levantó para cargarla. Bella se quedó rígida en sus brazos por un momento pero luego se relajó y paso los brazos por el cuello de él. Él se sorprendió de lo ligera que se sentía. Era pequeña, con una delicada estructura ósea, pero aun así no podía pesar más de 45 kilos, si es que alcanzaba ese peso. Ese pensamiento encajaba en su mente relacionó con que las personas de la antigüedad eran más pequeñas que las personas de la época moderna, esto se debía a la comida actual en la que abundaban las grasas y era rica en nutrientes, pero lo descartó. Como Edward, todavía no estaba dispuesto a aceptar lo imposible, pero lentamente comenzaba a entrar en su mente.

Edward examinó las paredes del túnel. —¿Cuál crees que sea el propósito de esto?

—No sé. Sin embargo, alguien le dedicó mucho tiempo y esfuerzo para construirlo.

Edward regresó la luz al camino que tenían enfrente y maldijo suavemente al ver que la salida estaba bloqueada por un derrumbe. Jacob sintió que su corazón se hundía. Tendrían que darse la vuelta y regresar para enfrentar el espectáculo, supuso.

Bella hizo un pequeño sonido y se removió para que la bajara. Jacob la dejó sobre sus pies y ella hizo una seña para que se alejaran. Ambos retrocedieron obedeciendo automáticamente, mirándose entre sí con confusión. ¿Qué iba a hacer?

Ella movió las manos y la pila de piedra rota voló como si hubiera sido propulsada por una silenciosa explosión. Ahora tenían una visión libre de obstáculos de la selva desde una pequeña colina. Las piedras chocaron con los árboles cercanos, derribando algunos de ellos con estallidos similares al de un disparo.

—Sabe telequinesia —dijo Jacob, como siempre, el primero en declarar lo obvio.

—Es imposible —replicó Edward automáticamente—. Las leyes de la física…

—Pues no fueron las leyes de la física las que nos salvaron el trasero. Vámonos de aquí antes de que alguien venga a investigar qué fue el ruido. —Jacob volvió a cargar a Bella en sus brazos porque no podía correr por el bosque descalza. Edward lo siguió, corriendo fácil y ágilmente entre los árboles. (Edward corría muchas millas al día después del amanecer.)

—¿Sabes a dónde vas? —preguntó cuando saltó sobre un tronco caído.

Jacob tenía un buen sentido de la orientación. —Sí. El campamento debe estar aquí cerca. —Se detuvieron en el borde del bosque, mirando los remolques y cabañas que había en el claro. En esta hora antes del amanecer el campamento debería estar tranquilo y en silencio, pero era un hervidero de actividades.

—¿Y ahora qué? —dijo Jacob.

—Caminamos como si no hubiera pasado nada —sugirió Edward—. Llegaremos por el lado contrario, como si acabáramos de regresar de la ciudad. Está a una distancia corta, ¿verdad?

—Un poco lejos en esa definición, pero sí. —Jake se rascó la barbilla. No podía pensar en nada mejor, así que atravesaron los árboles hasta el lado del campamento donde la carretera se interponía entre los árboles. Salieron del camino y caminaron casualmente al campamento, aunque sus corazones latían desenfrenados y la cara de Edward se veía como un faro. Tal vez deberían apartar la mirada y silbar desafinadamente para completar la imagen de inocencia exagerada. Jacob mantenía fuertemente agarrada la mano de Bella, esperando que ella no decidiera golpear y morder a alguien más. No estaba seguro de ser capaz de detenerla si lo hacía.

Lauren los vio cuando pasaron la primera fila de tiendas.

—¡Ahí estás! —espetó—. ¿Dónde demonios has estado?

—En la ciudad.

—¿Quién es ella?

—Um, eh… er… —Probablemente debieron haber pensado antes en su historia.

—No importa. —Lauren le dedicó a Bella una mirada mordaz—. Puedo adivinarlo.

Bella entrecerró los ojos ante el tono y la mirada. Jacob le agarró el hombro con su mano libre y le dio un apretón gentil que esperaba ella interpretara como "Por favor, no te comas a mi jefa. Al menos no ahora."

Ella lo miró y se relajó ligeramente.

—No importa. El templo ha sido saqueado. Estamos intentando reunir un equipo para entrar y evaluar los daños lo más pronto posible.

—Buena suerte con eso —le dijo Jacob.

El rostro de ella decayó. —¿No vas a ayudar?

—Me dijiste que ya no soy parte de este proyecto, ¿recuerdas? Dijiste que me ibas a mandar a casa. Buenas noches. —Llevó a Bella a su choza y consiguió meterlos a salvo. Colapsó sobre una de las sillas con un gran suspiro de alivio—. Oh, gracias Dios. Te prometo que nunca volveré a hacer algo como eso si me dejas salir bien de ésta.

—No le mientas al Todopoderoso —dijo Edward—. Probablemente es karma malo o algo así. —Se quedo de pie. Solo quedaba una silla vacía y era impropio tomarla en presencia de una dama.

La dama en cuestión estaba examinando todo lo que estaba su alcance con una mirada de fascinación en sus facciones. Había una ventanita en la puerta, la única ventana de la cabaña y la picó con su dedo, luego la rascó con la uña. Luego, la pequeña palanca en la pared captó su atención y la bajó, apagando las luces. Lo levantó de nuevo, y saltó ante la repentina iluminación. Estiró el cuello para mirar la luz.

—¿Quieres una cerveza? —Jacob le preguntó a Edward.

—Sí, por favor. —Jacob se inclinó en su silla y sacó tres botellas de refrigerador, cerrándolo con su codo. Giró las tapas de cada una y las dejó en el piso. Luego pensó en los pies descalzos de Bella y las levantó de nuevo, dejándolas en la mesa. Le dio una cerveza a Edward y le ofreció la otra a Bella—. Tómala —le urgió—. Tómala. Sabe bien. —Tomó un trago de su propia cerveza para demostrarle, luego acarició su estómago—. Mmm. Rico.

Ella parecía escéptica, pero tomó la botella. Olió el contenido e hizo una mueca. Era la frialdad de la botella lo que le interesaba. Se giró hacia el lugar de donde había visto que había sacado las botellas y jaló la manija. Saltó de nuevo cuando se encendió la luz de adentro y luego estiró las manos, asombrada por el aire frío que salía de la caja. Fue entonces cuando se encendió el aire acondicionado. Saltó en la silla de Jacob antes de que él pudiera parpadear, parada sobre sus puntillas en el pequeño espacio que quedaba entre las piernas de Jacob y estirando las manos frente a ella. Ella le sonrió, una sonrisa exultante y emocionada, como si las maravillas de este nuevo mundo la emocionaran.

Él sacudió la cabeza internamente. ¿Era de verdad un "nuevo mundo" para ella? Era imposible de creer, pero no podía explicar las cosas que había visto esa noche. Edward estaba sacudiendo la cabeza también. Se sentía perplejo y un poco molesto por ello. Muy pocas veces Edward Cullen se encontraba con preguntas que no podía responder.

Jacob tomó la mano de Bella, bajándola gentilmente de la silla. Su pulgar estaba presionado contra la muñeca de ella y se congeló sorprendido. Sintió con más cuidado. Bella se bajó y lo miró curiosamente, pero no se apartó. Jacob levantó lentamente una mano, para no asustarla, y la puso en el costado de su cuello. Ella lo miró, pero se quedó quieta. Él presionó los dedos contra la arteria carótida de ella y luego se giró a Edward.

—Yo… er… no sé cómo decirte esto, pero ella no tiene pulso.

—¿Qué? Claro que tiene pulso. Tal vez solo tiene presión baja. —Edward avanzó un paso y levantó lentamente la mano, al igual que Jacob. Ella le permitió presionar los dedos contra el costado de su garganta. Él frunció el ceño. Movió los dedos. Parpadeó. Los movió de nuevo.

Y entonces se tambaleó hacia atrás, dejándose caer con pesadez en la silla, con el rostro casi tan pálido como el de Bella.

»No puede ser —dijo—. Yo… Es que… Esto no es posible.

Jacob miró el reloj. —Cinco y media de la mañana. Ya hemos visto al menos seis cosas imposibles antes del desayuno.

Tiene que haber una explicación —insistió Edward—. Solo tenemos que encontrarla.

Jacob se recargó contra el refrigerador. —¿Cómo cuál?

—¡No sé! —espetó Edward. Cerró los ojos—. Lo siento. No pretendía…

Jacob movió una mano. —Olvidado.

Edward se pasó una mano por el cabello. Se quedó parado en salvajes mechones y remolinos. Jacob siempre había bromeado que Edward iba tras el estilo de Einstein, pero Esme siempre lo atrapaba y se lo cortaba antes de que creciera mucho. Ella se lo mantenía muy corto cuando era joven en un intento de contenerlo, pero el cabello de Edward parecía determinado a oponerse a cualquier intento de domarlo. Su hábito de pasarse la mano por el cabello no ayudaba. Bella se dio cuenta y se acercó intentando aplacarlo. Edward se congeló cuando sus manos revolotearon sobre su cuero cabelludo, peinándolo con sus dedos.

Jacob estaba sorprendido porque no la alejó. Nunca había visto a Edward permitir que alguien lo tocara así, al menos frente a otros. Ni tampoco estaba de un rojo brillante o tartamudeando. Tenía la mirada de un venado frente a las luces de un carro, pero no se movió. Jacob sintió un extraño cosquilleo de alarma dentro de él, pero decidió agruparlo con las docenas de otras cosas en las que necesitaba pensar después cuando tuviera tiempo.

Ella no tardó mucho tiempo en aburrirse de jugar con el terco cabello de Edward, y movió su atención más adelante, esta vez hacia los papeles en el escritorio. Agarró uno y lo giró de un lado a otro, como si intentara encontrarle sentido a la escritura. Lo dejó de lado y agarró un dibujo que el había hecho de su templo, arruinado y medio enterrado en la vegetación. Sus ojos se llenaron de lágrimas rosas. Pronunció esa palabra larga y complicada, que parecía ser su nombre, y se señaló a sí misma, luego al dibujo.

Jacob asintió. —Tu templo. Lo sabemos.

Ella dijo algo más y señaló el cielo. Tronó los dedos y señaló el suelo.

Jacob miró el suelo para ver qué era lo que estaba señalando, pero no vio nada.

Ella señaló de nuevo el suelo con insistencia. Cuando Jacob no cumplió sus órdenes (cualesquiera que fueran), lo levantó de su asiento y lo empujó contra la alfombra del piso, de rodillas. Ella era gentil —al menos ninguno de sus miembros estaban rotos— pero estaba determinada a empujarlo en la posición deseada. Sonrió cuando lo vio en su lugar y palmeó su cabeza. Luego señaló de nuevo al cielo y a sí misma. Acunó las manos como un cuenco y las movió hasta la garganta de él, y Jacob pensó en las vibrantes pinturas brillantes en las paredes de la entrada del templo, de adoradores bailando a su alrededor, soltando gotas gordas de sangre en un cuenco. Ella extendió y agitó sus dedos mientras los movía a través del aire.

—La adoras y ella hará que llueva —dijo Edward.

—Es una selva —dijo Jacob—. ¿Cuánta más lluvia necesitan?

—O tal vez los adoradores pensaban que era selva por causa de ella. —Edward enterró las manos en su cabello de nuevo—. Escúchame, hablando sobre esto como si fuera real.

—¿Me puedo levantar ya? —le preguntó Jacob.

Ella no respondió, había localizado una fotografía en la mesa y la estaba mirando sorprendida. Pasó un dedo sobre la resbaladiza superficie y luego la giró para mirar la parte de atrás.

Él se puso lentamente de pie, ella seguía viendo la foto con algo parecido al asombro en sus facciones.

—¿Qué vamos a hacer con ella? —murmuró Edward.

—No sé. Supongo que podemos decidirlo en la mañana. La pondremos en la habitación y compartiremos el sofá-cama. De esa forma, tendrá que pasar por nosotros para salir.

—A menos de que decida explotar la pared. —Edward tomó un gran trago de su cerveza—. Jacob, si esto es verdad… Y quiero decir si es que es verdad… Éste es el descubrimiento más grande en la historia de la arqueología. Piensa en todo lo que podría decirnos cuando aprenda nuestro lenguaje. —Los ojos de Edward brillaron con su deseo de conocimiento—. Piensa en lo que ha visto.

El sol salió por el horizonte y un rayo se derramó por la ventanita de la puerta, cayendo sobre el brazo de Bella. Ella soltó un grito de dolor y retrocedió. Puso una mano sobre su brazo, pero no antes de que Jacob viera la terrible quemadura que le había dejado y los jirones de humo saliendo de su piel, y por la mirada de horror enfermizo en el rostro de Edward, él también lo había visto. Ella voló de regreso a la habitación y Jacob la siguió con Edward pisándole los talones.

La cama de Jacob no estaba arreglada, como siempre. (Tenía un viejo cobertor de Star Wars del cual se hubiera burlado Edward si no estuviera al tanto de la situación financiera de Jacob.) Todas las sábanas estaban hechas bola en la parte superior de la cama, dejando despejado el marco. Bella se lanzó al piso y se movió debajo de la cama, incluso cuando Jacob agarró uno de sus delgados y bien formado tobillos, sacándola de un jalón.

—No tienes que meterte ahí abajo —le dijo—. ¿Ves? No hay ventanas. —Hizo un gesto alrededor a las paredes sólidas—. No ventanas. Estás segura. Segura.

—¿Seegura? —repitió. Se balanceó en sus pies, y parpadeó varias veces de manera larga y somnolienta. Él bajo la vista a su brazo y notó con asombro que la herida ya había empezado a sanar.

—Segura —le prometió. Movió a un lado el cobertor hecho bola e hizo un gesto a la cama. Ella se sentó. Saltó y vio el colchón con sorpresa, pero no se tomó su tiempo para examinarlo, lo cual le dijo a él lo cansada que estaba.

—Duerme —le dijo. Él junto las manos, recostando la cabeza en ellas y cerró los ojos.

Ella asintió y se acostó. Y luego abrió los brazos para que él se le uniera.

Por primera vez en su vida, Jacob experimentó el tartamudeo sin palabras y caliente sonrojo de Edward. Sacudió la cabeza y retrocedió. Ella perdió interés y picoteó la almohada, como preguntándose para qué serviría. Jacob decidió dejarla descubrir eso por sí misma y cerró la puerta tras de él.

—Oh, dulce Jesús —murmuró, frotándose la cara con una mano. Edward, detrás de él, se rió. Jacob solo sacudió la cabeza y regresó a hundirse en su silla de nuevo—. Eso fue… Inesperado.

—Eres su adorador —dijo Edward—. Aparentemente, es un trabajo de servicio completo.

Jacob bufó y levantó la cerveza intacta de Bella. Tomó un largo trago.

—¿Qué vamos a hacer?

Edward sacudió la cabeza lentamente. —Esto es… No puedo… ¿Qué demonios es ella, Jacob?

—No lo sé —dijo Jacob, palmeándose la barbilla como perdido en sus pensamientos—. No tiene pulso, bebe sangre, duerme en un sarcófago, la luz del sol la quema. Tal vez es un duende.

—Esto no es solo el mayor descubrimiento arqueológico, es el descubrimiento científico más grande de la historia. Dios mío, Jacob, piénsalo. Hemos encontrado a un verdadero vampiro. ¡Es increíble! Tengo que sacar unas muestras lo más pronto posible, sangre y tejido para examinar su ADN…

—Edward, detente —dijo Jacob son suavidad—. Piénsalo, hombre. No podemos revelarles esta chica a la comunidad científica para que pase el resto de su vida en algún laboratorio. Es horrible. Piensa en los experimentos que harían con ella.

Edward dejó caer la cabeza en sus manos. —Joder.

—Sí. No podría hacerle eso a un perro, menos a una chica.

Edward gimió y enterró la cara en las manos. Su curiosidad peleaba contra su consciencia.

—Me preguntó si los Aztecas adoraban a un vampiro —dijo Jacob—. Seguro, eso explicaría mucho, como la necesidad de Huitzilopochtli de repostar su sangre a diario. —Bajó la vista a su muñeca y tragó en seco—. Oh, maldición

—¿Qué pasa?

—Mi reloj. No está. Se lo di a ella para que lo mirara cuando estábamos en el templo.


¿Qué les pareció el segundo capítulo? Apenas está empezando la aventura, más adelante aparecerán otros personajes igual de importantes. La historia tiene en total 33 capítulos.

Lissa tiene un glosario para ciertos términos que aparecen a en esta historia, cuando sea el momento los iré traduciendo.

Gracias a todas por sus comentarios, alertas y favoritos.