Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.

Beta: Isa.


Diosa Oscura

Por Lissa Bryan

~.~

Capítulo 9

..

La Diosa Oscura cruzó el pasillo para llegar a la habitación de Rose y tocó la puerta. En su mano llevaba la caja que contenía los discos brillantes. En la portada estaba la imagen de una extraña criatura verde y peluda que vivía en un contenedor de metal y usaba la tapa como sombrero. Ella todavía no tenía ni idea de qué se suponía que representaban esas criaturas. Algunos parecían animales, otros eran más como indescifrables humanoides, pero con colores que no existían de verdad. Uno de ellos, un hombre morado que usaba una capa y siempre decía, "Ah, ah, ah" tenía colmillos como la Diosa Oscura, y ella se preguntaba si se suponía que era un dios.

Rose abrió la puerta. Cuando vio a la Diosa Oscura su rostro se transformó a uno cuidadosamente impasible.

—Bella —dijo a modo de saludo con voz fría y asilada.

A ella le gustaba el vestido de Rose y deseaba poder tener las palabras para decírselo, palabras que quizá harían que Rose no fuera tan distante con ella. La única mujer con la que se relacionaba la Diosa Oscura en este mundo nuevo, una mujer a la que no le agradaba. Debió haberla ofendido de alguna manera, pero la mujer tenía que estar consciente de que la Diosa Oscura no conocía las reglas de esta sociedad y cualquier falta de respeto no era intencional.

La Diosa Oscura le extendió la caja.

—Más —pidió, una palabra que aprendió anoche por Edward. Él seguía dormido en su cuartos, exhausto. En realidad ella se sentía un poco orgullosa por haberlo cansado tan profundamente. Ya había sospechado que él no tenía mucha experiencia, sus amantes anteriores debieron haber sido muy egoístas porque él se veía asombrado y encantado ante las ganas de ella de otorgarle placer. Ambos se habían quedado dormidos luego del amanecer y ella se había despertado temprano en la tarde con la decisión de aprender más sobre su lenguaje.

Rose se giró y entró a su habitación. No invitó a entrar a la Diosa Oscura. Momentos después regresó con otra caja.

—No más —dijo.

La Diosa Oscura asintió.

—Gracia. —Se giró para regresar por el pasillo cuando lo vio. Shinx estaba en el pasillo esperándola. Ella inclinó la cabeza hacia él como señal de respeto. Una Diosa no estaba obligada a hacer cortesía a nadie, pero los Portadores de Hojas eran la nobleza entre las hadas y ella había descubierto a lo largo de su vida que muchas veces un poco de cortesía es de mucha ayuda.

Parecía ser cierto en este caso. Él sonrió al hacerle une reverencia a ella y recitó sus títulos.

—Deseo hablar con usted, Diosa, ¿puedo? ¿Puedo mostrarle mis aposentos donde podremos hablar tranquilos?

Ella asintió y lo siguió. Sus cuartos estaban al final del pasillo, casi idénticos a los cuartos de ella. Se sentó en una de las sillas grandes y cómodas.

—Noté que estaba visitando a Rosalie —dijo al sentarse frente a ella.

Ella alzó una cajita plana.

—Estoy aprendiendo su lenguaje. —Vaciló, y luego lo confesó—: No creo agradarle mucho a Rosalie.

—Le tiene envidia, Diosa.

Qué extraño.

—¿Por qué?

—Porque cree que el hombre que ella quiere, la quiere a usted.

La Diosa Oscura sacudió la cabeza.

—No veo el problema.

—Los humanos son criaturas celosas, Diosa, especialmente en esta época. Creen que solo pueden tener un amante a la vez con la meta de formar una relación permanente y exclusiva.

—¿No pueden tener otra pareja? ¿Jamás?

Los labios del Portador de Hojas se torcieron.

—Solo uno a la vez, Diosa.

—¡Es ridículo! —espetó.

Se encogió de hombros.

—Así son los humanos. Tienen muchas reglas bizarras que contradicen sus instintos naturales.

—Pero en mi tiempo… —protestó y luego dejó que su voz se desvaneciera. Éste ya no era su tiempo. Su mundo estaba muerto.

Él asintió.

—Lo sé, Diosa, pero ahora tienen una religión diferente, una que se extendió por toda la tierra.

Ella se sentía mareada. Su gente creía que su habilidad para hacer llover y para mover cosas sin tocarlas dependía del poder que ganaba del culto de la gente. El Portador de Hojas le había dicho que sus sacerdotes habían sido sacrificados, pero seguramente todavía existían algunos que seguían su camino… No quería hacer la pregunta porque temía la respuesta.

Alejó ese pensamiento y regresó su atención al elfo.

—¿Por qué acudiste a mí, Señor de las Hojas?—

Él la estudió por un momento.

—¿Ha pensado en las cosas que hablamos la última vez que nos encontramos?

Ella asintió. Sin embargo no explicó la conclusión a la que había llegado: que su tiempo hace mucho que había terminado al igual que su propósito.

—Creo que usted tiene un destino especial, Diosa. Sabe que algunos de mi especie tienen la habilidad de ver las cosas que podrían pasar, ¿no?

—Sí. —Se decía que eran capaces de escuchar los susurros del viento en los árboles.

—Tenemos la profecía de que una Diosa Oscura restablecerá El Balance.

Ella parpadeó.

—¿Por qué me dices esto? —La mayor parte del tiempo los Portadores de Hojas se negaban a divulgar el futuro para no arriesgarse a que fuera cambiado.

—Porque creo que es usted a quien se refiere la profecía, que es usted quien restablecerá lo que debería ser.

—¿Cómo haré eso? —Ella ya no era una Diosa para los demás. No tenía poder, influencia. Ni siquiera podía decir una oración completa en su lenguaje.

—Debe descubrir eso por sí sola.

Ella ladeó la cabeza.

—¿Esa ofuscación es por elección, o simplemente tu naturaleza de ser?

Él sonrió ligeramente.

—Quizá un poco de ambos. Descubrirá lo que necesita hacer mientras más vaya aprendiendo del mundo moderno humano, cuando vea lo que le han hecho. Tiene que llegar a esa decisión sola.

—¿Y si decido otra cosa? ¿Dejar las cosas como están?

Él se encogió de hombros.

—Es uno de los muchos destinos posibles. Debe decidir cuál va a elegir.

Su desino nunca había sido suyo. Desde la infancia fue preparada para convertirse en la siguiente Diosa. Tuvo algunas opciones, por supuesto, como qué comer o vestir, o quién iba a la cama con ella, pero nunca tuvo la opción de negarse a ser la Diosa, de elegir una vida humana con un matrimonio y la maternidad, si lo prefería. Miró al Portador de Hojas sorprendida ante la idea de ser capaz de decidir algo tan trascendental como su propio destino y lentamente una sonrisa se estiró en sus labios.


Jacob estaba preparándose para bañarse cuando alguien aporreó su puerta. Maldijo por lo bajo y cerró la llave del agua, luego se puso el pantalón de su pijama.

—¡Voy!

Edward estaba de pie al otro lado de la puerta con los ojos como platos a causa del pánico. Su cabello estaba parado en todas direcciones, más salvajemente desordenado de lo normal.

—¿Bella está aquí?

—No, hombre, no la he visto.

Edward maldijo.

—¡Me desperté y no estaba! ¡No sé dónde está! —Se giró para irse y Jacob lo agarró del brazo.

—Espera, no te alteres. Recuerda que estamos en un barco a mitad del Atlántico. No pudo haber ido muy lejos.

—Pero y si…

—Edward, es muy fuerte y prácticamente indestructible, ¿recuerdas? Nadie en este barco puede lastimarla.

Edward se relajó, pero solo un poco.

—Tengo que encontrarla. El sol todavía no se mete por completo. Y qué si… Jake, tengo que encontrarla.

—No, no todavía. ¿Y si regresa y tú no estás aquí? Dale un poco de tiempo primero para ver si regresa. Podrías estarte preocupando por nada.

Edward se frotó la frente. Entró a la habitación pero dejó la puerta un poco abierta para seguir mirando hacia el pasillo.

—¿Tuviste una buena noche? —preguntó Jacob de forma casual poniéndose una camiseta.

—Sí, dormí muy bien, gracias. En realidad, tuve un sueño encantador. —Su mirada se puso nostálgica—. Bella y yo estábamos en el parque, comiendo helado, y ahí estaba una pequeña niña…, nuestra hija, creo.

Jacob bufó.

—No estaba preguntando cómo dormiste.

—Oh. Yo… Pues… ¿Tenemos que hablar sobre eso? —Edward se quedó viendo la punta de sus calcetines. Llevaba uno café y uno negro.

—No si tú no quieres —respondió Jacob. Luego de que terminó de vestirse se dejó caer en uno de los sofás.

Edward seguía sin poder mirar en dirección a Jacob. Nunca se había sentido cómodo al hablar sobre sexo y probablemente nunca lo haría.

—Ella, um… No necesito las…, cosas que me diste. No puede tener hijos y yo no puedo convertirme en lo que ella es…, de esa forma.

—No puede tener hijos, ¿huh? Es una pena. Sé que querías tener hijos algún día. Supongo que podrán adoptar.

—Sí, estoy seguro de que ella le dará muy buena impresión a la trabajadora social —Edward se rió entre dientes—. Siempre y cuando Bella no se la coma primero.

Jacob sonrió.

—Eso sería caliente.

—Yo… Eso no es… Quise decir …

—Lo sé. Solo bromeo. —Jacob se detuvo por un momento y luego dijo con suavidad—: Edward, ¿eres feliz?

Edward asintió y bajó la cabeza. Sus mejillas se sonrojaron un poco.

—Yo… Jake, la amo.

Jacob asintió.

—Sí, lo sabía.

La cabeza de Edward se levantó de golpe y entrecerró los ojos.

—¿Qué quieres decir con que lo sabías?

—Supe que la amabas cuando dejaste de lado tus ecuaciones por ella. —Lo había sospechado antes cuando Edward le dijo que la había besado porque, según lo que sabía Jacob, nunca antes había iniciado un beso en toda su vida.

—¿Por qué no me lo dijiste? —Edward estaba indignado.

—Supe que lo descubrirías pronto. ¿Ahora entiendes por qué siempre dije que Tanya no era correcta para ti?

Edward asintió.

—Sí. —Bajó la vista—. En realidad nunca pensé que este tipo de emociones existieran fuera de las películas y esas novelas de romance que lees.

—Te dije que deberías leerlas. Te estás perdiendo de un montón de información valiosa.

—¿Jake? ¿Y si ella no corresponde mi amor?

Jacob sacudió la cabeza.

—No te preocupes por eso, amigo. Si no te ama todavía, pronto lo hará. He visto la forma en que te mira.

Edward se frotó los ojos.

—Dios, no sé nada sobre mujeres.

—¡Vives con una!

—Sí, pero yo no… —Edward movió las manos para frotarse las sienes—. Tanya nunca fue la indicada para mí, y yo tampoco fui el indicado para ella. No intentaba hacerla feliz. Solo era…, conveniente para ambos. No sé cómo cortejar a una mujer o hacerla feliz.

—Dios, Edward, no es como si fueran una especie alienígena. Tomaste los mismos cursos de antropología que yo. Puedes escribir una maldita tesis sobre los rituales de cortejo de la gente Ik*, pero, ¿no sabes nada sobre tu situación?

—En realidad no.

—Novelas de romance —cantó Jacob.

—¿Podrías al menos darme algún consejo? —preguntó Edward de forma lastimosa.

—Regalos —dijo Jacob de inmediato—. Y no las mierdas que compras. Más bien como detenerte para agarrar una flor a la orilla de la carretera. —Aunque, en el caso de Edward, era más bien ordenarle a su chofer que se detuviera para ir por la flor—. Todavía recuerdas cómo hacer esos animales de origami, ¿cierto?

Edward asintió. Por supuesto que se acordaba. Edward nunca olvidaba algo que aprendía. Pasó todo un verano enfrascado en aprender a hacer artesanía con esas intrincadas esculturas de papel. Su infinita paciencia quedó muy bien con ese oficio. Esme había estado irritada porque él "desperdiciara" su tiempo en eso y le compró un telescopio de largo alcance. La técnica de distracción funcionó muy bien.

—Hazle uno de esos animalitos cada día. Le encantará, te lo aseguro. Regalos como esos las hacen sentir como si el chico pensara en ellas todo el día.

pienso en ella todo el día.

—Pues ahora todo lo que tienes que hacer es demostrárselo. Haz mierdas por ella, como comprar cosas en la tienda que sabes que ella necesita. Presta atención cuando diga que le gusta algo. Aspira la sala por ella.

—¿Aspirar? Tenemos una ama de casa, Jacob. —Pensándolo bien, Jacob creía que jamás en su vida había visto a Edward cerca de una aspiradora, mucho menos intentando usarla. Lo más probable es que en ese momento una idea se le ocurriera y se iría, dejando la cosa encendida a mitad de la habitación. Bien, quitemos eso y la flor a la orilla de la carretera.

—Solo te estoy dando sugerencias. Estoy seguro de que puedes adaptarlas. A las chicas les gustan mucho ese tipo de gestos románticos. No vas a impresionarla con joyería. Era una Diosa. Probablemente tuvo montones de esas cosas.

Una puerta se abrió por el pasillo y Bella apareció. Edward suspiró aliviado y se apresuró a su lado.

—Edwurr no bien —dijo ella alarmada cuando vio su expresión. Acunó las mejillas de él en sus palmas.

—Estaba preocupado por ti —dijo él—. No podía encontrarte. —Se dio la vuelta y extendió las manos—. No Bella.

—Más "Días soleados"…— cantó ella y alzó la caja del disco. Luego señaló la puerta—. Shinks.

—¿Jinx quería hablar contigo?

Ella asintió. Se veía culpable por haberlo alterado.

—¿Edwurr bien?

Edward la abrazó.

—Sí, cielo, estoy bien. Solo…, no te me pierdas así.

—¿Ves? Sana y salva —dijo Jacob—. Regresemos a tu habitación ahora. Tienes mucho cortejo por hacer, Edward.

—¿Estás usando cortejo como un eufemismo para sexo? —Edward rodeó la cintura de Bella con su brazo y la guió por el pasillo.

—En realidad no, lo usaba en términos de cortejar. Pero estoy seguro de que también se involucrará mucho el sexo. —Jacob sonrió y Bella soltó una risita que le dijo que ella estaba entendiendo aunque fuera un poco de la conversación, aunque fuera solo por el tono y la inflexión de sus palabras.

La voz de Edward sonó baja.

—Tanya dijo…

—Me importa un carajo lo que haya dicho esa idiota insípida. Y a ti tampoco debería importarte. Le gustas a Bella de la forma en que eres, y eso es algo que muy rara vez nos encontramos en la vida. —Jacob respiró profundamente. Simplemente Edward no tenía confianza en sí mismo y ciertamente Tanya no había hecho nada bueno por su autoestima—. Tanya solo estaba interesada en lo que podrías darle. A Bella le gustas por quien eres, Edward. Ella no sabe que eres rico, o que tu mamá es mejor amiga de la Primera Dama, o que eres algo así como un súper genio. Para ella solo eres Edward. Algo tímido y callado, pero agradable cuando lo conoces. —Llegaron a la puerta de Edward y Jacob se detuvo—. Ahora escúchame, Edward, tienes un total de once días antes de que lleguemos a Estados Unidos. Úsalos sabiamente y ella estará completamente enamorada de ti para cuando lleguemos a casa. Te lo garantizo.

—Jake…, tengo miedo —admitió Edward—. Nunca antes he tenido algo que pudiera perder. Y ahora que lo tengo…

—Es eso lo que no comprendes, amigo. Ya ganaste.

Edward sacudió la cabeza. Abrió la puerta y los tres entraron. Se sentaron en los sofás y Bella comenzó una pequeña guerra contra el envoltorio de plástico en que estaba envuelto en disco.

—Ya le gustas a la chica —dijo Jacob—. Eso es un noventa por ciento de la batalla. Ahora solo tienes que ser lindo con ella. Es todo lo que tienes que hacer; tratarla bien.

—¿Puedo? —le preguntó Edward a Bella y tomó el disco de sus manos. Encontró la orilla y fue quitando el papel. Ella lo veía como si fuera un hacedor de milagros. Dejó un beso en su mejilla y se acercó al reproductor de DVD. Se recargó en la cama y miró la pantalla con atención. Solo habían bastado dos demostraciones para que pudiera usar bien el aparato.

Edward regresó su atención a Jacob.

—Pero no sé qué tipo de cosas son lindas —dijo.

—Amigo, acabas de hacer algo lindo.

—¿Qué, sacar el disco? —Edward veía a Jacob como si éste se hubiera vuelto loco.

—Sí. Cortesía común. Ya la tienes, así que no te preocupes. —Jacob se puso de pie—. Aunque decirte que no te preocupes es algo inútil, lo sé. —Palmeó a Edward en el hombro y le dio una sonrisa alentadora—. Estarás bien. Más tarde te traeré la cena, ¿bien?

—Sí. Gracias.

Se fue hacia la puerta, donde se detuvo y se giró por un momento.

—¿Edward?

—¿Sí?

—Tus calcetines no son par.

Edward bajó la vista a sus calcetines, luego vio a Jacob y se rió. Se agachó para quitárselos.

Jacob miró desde la puerta cuando Edward se levantó y se acercó para sentarse junto a Bella. Con cuidado tomó la mano de ella en la suya. Ella le sonrió y ambos se giraron para ver el programa.

Jacob los miró por un largo momento más antes de irse. Deseaba poder tener algo como eso algún día, pero él había acomodado su vida intencionalmente para evadirlo. Quizá él no estaba destinado para algo así. Pero estaba seguro de que era agradable.

No quería regresar a su habitación, y tampoco era la hora de la cena. Caminó lentamente por el pasillo y subió las escaleras. Había una puerta de metal en la cima que llevaba a cubierta. Salió al frío de la tarde. Los últimos trazos del atardecer se desvanecían en el cielo y Rosalie estaba de pie en la barandilla, mirando todo. Tenía un cigarrillo entre los dedos. Jacob se lo quitó y le dio una calada.

—No sabía que fumabas —dijo y se lo regresó. Ella hizo un gesto para rechazarlo. Él apoyó los antebrazos en la barandilla y bajó la vista hacia el agua.

—Usualmente no lo hago —dijo ella—. Le quité un paquete a la Capitana Irina.

Él la estudió por un momento.

—Te ves algo decaída. ¿Todo bien?

Ella le dedicó lo que suponía debía ser una sonrisa, pero fue más una mueca de dolor.

—Sí. Solo hay algunas cosas que debo aceptar.

Jacob le dio otra calada al cigarro y lo lanzó sobre la barandilla. Miró cómo caía hacia el agua.

—¿Puedo ayudarte en algo?

Ella pareció tomar una decisión.

—Sí, en realidad sí puedes. —Se giró para encararlo, y sus ojos azul oscuro perforaron dentro de los de él—. ¿Estás enamorado de Bella?

Él se sorprendió.

—¿Por qué piensas eso?

—Responde la pregunta, Jake.

—No, no estoy enamorado de ella. Me agrada. Me preocupo por ella. Pero ella es de Edward.

—¿Y si no fuera así?

—¡Oh, por Dios santo, Rose!

—Solo respóndeme.

Él se alejó de la barandilla y se pasó las manos por el cabello. Era un gesto propio de Edward, lo usaba cuando no tenía palabras o la cuando la frustración era demasiada—. No sé. ¿Cómo podría responderte? ¿Qué carajo quieres?

—Esto —dijo, y lo besó.

Santo Jesús, esa mujer sabía besar. Él lo sintió todo el camino hasta la punta de sus pies y por un momento le regresó el beso con entusiasmo antes de obligarse a alejarse. Rose no era una follada casual. Ella no estaría contenta con solo-una-vez-y-después-olvídalo.

—No puedo —dijo él.

La mandíbula de ella se tensó y entrecerró los ojos.

—Justo lo que pensé.

—No, no entiendes. No es Bella, soy yo.

Ella rodó los ojos.

—Una variante del viejo "No eres tú, soy yo". Sí, ya lo he escuchado antes, y tampoco lo creí.

Soy yo. Nunca antes he tenido una relación, y tú no eres el tipo de chica con la que usualmente… —Se detuvo cuando sus pensamientos se esparcieron. En la penumbra, con su cabello rubio fluyendo tras de sí, ella se veía como una de esas mujeres de madera talladas y pintadas que solían adornar las proas de los barcos. Una diosa del océano.

—Conozco tu reputación, Jake. Sé cómo operas usualmente.

Él parpadeó.

—¿Qué? ¿Cómo?

Ella se giró y se recargó con los codos sobre la barandilla.

—No trabajo con nadie a menos de que los investigue primero. Conozco tu política de solo-una-vez y sé que Lauren Mallory está encabronada contigo porque ella pensó que sería la excepción. Incluso sé que tu pobre maestra suplente ha sufrido un caso de amor no correspondido por ti durante dos años, que ella es la única mujer de la facultad menor a cuarenta años a la que no has follado.

—Entonces sabes por qué digo que no puedo.

—No, estás diciendo que no lo harás. —Los ojos de ella se encontraron con los de él y Jacob fue el primero en apartar la vista.

—De todas formas, ¿qué quieres de mí, Rose? Básicamente estoy en la bancarrota. No tengo ningún fabuloso prospecto en mi carrera y ni siquiera poseo un carro.

—Al demonio contigo —escupió ella y se apuró hacia la puerta para entrar al barco.

—¿Qué? ¿Qué dije? —le gritó él. Maldición. Abrió la puerta de golpe y corrió tras de ella—. ¡Rose! ¡Rose, espera!

Ella ni siquiera respondió. Él la alcanzó y agarró su brazo. Ella se soltó y sus ojos flameaban con su color zafiro.

—¿Qué?

—No puedo creerlo —siseó—. ¿Tú piensas que me preocupa tu salario? ¿Si es que te dan un aumento o si tienes un carro lindo? Gracias, Jake. No tenía ni idea de que tan baja era tu opinión de mí. Te aseguro que no pudiste haberlo dejado más claro. —Se marchó por el pasillo y se sacó su llave del bolsillo.

—Espera, Rose, lo siento… Eso salió mal. Quería decir que no tengo nada que ofrecerle a una chica.

—No, claro que no. —Metió la llave de golpe en la puerta y la abrió. Jake metió el pie entre el marco y la puerta cuando ella iba a cerrarla detrás de sí y gritó cuando casi le aplasta el pie—. ¡Muévete! —gritó ella.

—No hasta que hablemos.

—¿Tú y yo? No tenemos nada de qué hablar. —Ella le dio una patada a su pie para sacarlo y cerró la puerta de golpe.


*Los Ik son un grupo étnico de 10,000 personas viviendo en las montañas del nordeste de Uganda cerca de la frontera con Kenya.


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