Hola :D me llamo demetria pero pueden decirme demi, este es mi primer fic de los jovenes titanes, sera un poco mezclado con los Juegos Del Hambre.

Asi que Los jovenes titanes ni Los juegos del Hambre no me pertenecen

Disfrutenlo

Punto de vista de Kory.


Suspiro al sentir los rayos del sol jugando en mi piel, abro los ojos y confirmo que hoy es el día, apenas puedo recordar las bombas cayendo del cielo tocando los pavimentos, estoy segura de que puedo escuchar los gritos de los niños corriendo desesperadamente por salvar sus vidas. Siento el calor de las flamas ardientes quemando casas, supermercados e incluso nuestra torre T, no quiero recordar más, pero en estas fechas mi mente está más descontrolada y los viejos recuerdos vuelven aquí. Si no estuviera mentalmente desorientada supongo que no viviría en este hospital psiquiátrico en donde cada noche grito descontroladamente, ya que he visto a mis amigos morir por culpa de alguien, que disfrazado de una tierna oveja joven, se convirtió en un lobo hambriento que nos llevó a las ruinas de nuestro querido país, Estados Unidos, ya no es más que un gobierno corrupto llamado Panem, dividido en 12 distritos. De hecho, eran 13 distritos, pero el décimo tercero fue destruido por tratar de rebelarse utilizando a los titanes, antiguos héroes del país. No son más que avoxes (esclavos que no pueden hablar) o les borran la memoria para ser tributos en los llamados Juegos Del Hambre.

La puerta de mi habitación se abre y llega una enfermera con una bandeja de comida.

-Tienes una visita- dice la enfermera entregándome mi bandeja. Al verlo, sonrió, es lo único familiar que tengo, ya que si mal no recuerdo no soy humana y mi galfore no tiene ni idea de que soy una esclava en un mundo destrozado. Todos me han tachado de loca por decir estas cosas, pero se que mi mejor amigo es la única persona que me cree, porque conoce quien soy y mi pasado exactamente, porque somos los únicos titanes que hemos sobrevivido en secreto.

-Hola Star-

En realidad me llamo Kory, pero él me llama así porque le recuerdo a una estrella brillante en el universo, aparte de que mi nombre en este planeta seria Starfire, que significa estrella de fuego.

-Hola Jasón- respondo.

Su cabello negro rebelde, ojos profundamente gris oscuro, atlético, piel aceitunada es demasiado guapo como para ser uno de los chicos más pobres del distrito 12, tiene 18 años y solo me gana por 1, el si tiene las características pertenecientes a la población de la gente de la veta, mientras que yo soy irresistible, literalmente, bueno, eso me han contado: cabello rojizo, ojos verde esmeralda, cara terminada en punta, cuerpo perfecto y una dulzura innegablemente intensa. Si no fuera porque estuviera "loca" la mayoría de los chicos trataría de perseguirme

-Me han dicho que hoy sales del hospital, te asignaran una casa después de la cosecha- Comenta Jasón.

El sistema de la cosecha es injusto y los pobres se llevan la peor parte. Te conviertes en elegible para la cosecha cuando cumples los doce años; ese año, tu nombre entra una vez en el sorteo.

A los trece, dos veces; y así hasta que llegas a los dieciocho, el último año de elegibilidad, y tu nombre entra en la urna siete veces. El sistema incluye a todos los ciudadanos de los doce distritos de Panem.

Sin embargo, hay gato encerrado. Digamos que eres pobre y te estás muriendo de hambre, como nos pasaba a nosotras. Tienes la posibilidad de añadir tu nombre más veces a cambio de teselas; cada tesela vale por un exiguo suministro anual de cereales y aceite para una persona. También puedes hacer ese intercambio por cada miembro de tu familia. Jasón cree que al capitolio, una ciudad donde se encuentra el poder máximo de Panem, le conviene que los distritos estén separados.

-Genial- Digo, pero ni siquiera he visto nuestro distrito, a pesar de que se mucho del carbón ya que eso es lo que me enseñan- Ya quiero tener mi vida, o mejor dicho empezarla, desde que tengo 2 años todo el mundo me tacha de loca, menos tú.

Él se acerca y sonríe, toma mi mejilla.

-¡Felices Juegos Del Hambre!- Dice con el tono de voz de Effie Trinket, la presentadora de la cosecha

-¡Y que la suerte este siempre, siempre de su lado!- Digo con el mismo tono de voz, la bocina suena y sé que es la hora de que las visitas se vayan- Lo siento, pero debes irte.

-No importa, luego te veo-

-¿Cuántas veces estará tu nombre en la urna?-

Jasón tiene una familia a la que alimentar, Alex, de 14 y Dolly, de 12 años. La pequeña tiene ojos grises y cabello castaño, procedentes de su madre, Melinda, de 30 años, su esposo murió en una explosión de la mina dejando a 2 niños indefensos y una bebe en camino, así que ella se dedicó a ser la enfermera del Distrito 12.

-42- Responde agachando la cabeza, hago un esfuerzo por tomarle la mano, pero en este psiquiátrico me prohíben hacer cualquier gesto de amor.

….

Es una verdadera pena que la ceremonia de la cosecha se celebre en la plaza, uno de los pocos lugares agradables del Distrito 12. La plaza está rodeada de tiendas y, en los días de mercado, sobre todo si hace buen tiempo, parece que es fiesta. Sin embargo, hoy, a pesar de los banderines de colores que cuelgan de los edificios, se respira un ambiente de tristeza. Las cámaras de televisión, encaramadas como águilas ratoneras en los tejados, sólo sirven para acentuar la sensación.

La gente entra en silencio y ficha; la cosecha también es la oportunidad perfecta para que el Capitolio lleve la cuenta de la población. Conducen a los chicos de entre doce y dieciocho años a las áreas delimitadas con cuerdas y divididas por edades, con los mayores delante y los jóvenes, como Prim, detrás. Los familiares se ponen en fila alrededor del perímetro, todos cogidos con fuerza de la mano. También hay otros, los que no tienen a nadie que perder o ya no les importa, que se cuelan entre la multitud para apostar por quiénes serán los dos chicos elegidos. Se apuesta por la edad que tendrán, por si serán de la Veta o comerciantes, o por si se derrumbarán y se echarán a llorar. La mayoría se niega a hacer tratos con los mañosos, salvo con mucha precaución; esas mismas personas suelen ser informadores, y ¿quién no ha infringido la ley alguna vez?

Llevo puesto un bonito vestido verde que me regalaron en el psiquiátrico, aunque varias chicas de aquí me odian por ser tan… ¿Linda y suertuda? Ellas no tienen ni idea de lo que he sufrido por culpa del capitolio.

La plaza se va llenando, y se vuelve más claustrofóbica conforme llega la gente. A pesar de su tamaño, no es lo bastante grande para dar cabida a toda la población del Distrito 12, que es de unos ocho mil habitantes. Los que llegan los últimos tienen que quedarse en las calles adyacentes, desde donde podrán ver el acontecimiento en las pantallas, ya que el Estado lo televisa en directo.

Me encuentro de pie, en un grupo de chicos de dieciséis años de la Veta. Intercambiamos tensos saludos con la cabeza y centramos nuestra atención en el escenario provisional que han construido delante del Edificio de Justicia. Allí hay tres sillas, un podio y dos grandes urnas redondas de cristal, una para los chicos y otra para las chicas. Me quedo mirando los trozos de papel de la bola de las chicas: veinte de ellos tienen escrito con sumo cuidado el nombre de Kory Anders, ya que las teselas se las regalo a la familia de Jasón.

Es la misma historia de todos los años, en la que habla de la creación de Panem, el país que se levantó de las cenizas de un lugar antes llamado Norteamérica. Enumera la lista de desastres, las sequías, las tormentas, los incendios, los mares que subieron y se tragaron gran parte de la tierra, y la brutal guerra por hacerse con los pocos recursos que quedaron. El resultado fue Panem, un reluciente Capitolio rodeado por trece distritos, que llevó la paz y la prosperidad a sus ciudadanos. Entonces llegaron los Días Oscuros, la rebelión de los distritos contra el Capitolio. Derrotaron a doce de ellos y aniquilaron al decimotercero. El Tratado de la Traición nos dio unas nuevas leyes para garantizar la paz y, como recordatorio anual de que los Días Oscuros no deben volver a repetirse, nos dio también los Juegos del Hambre.

Las reglas de los Juegos del Hambre son sencillas: en castigo por la rebelión, cada uno de los doce distritos debe entregar a un chico y una chica, llamados tributos, para que participen. Los veinticuatro tributos se encierran en un enorme estadio al aire libre en la que puede haber cualquier cosa, desde un desierto abrasador hasta un páramo helado. Una vez dentro, los competidores tienen que luchar a muerte durante un periodo de varias semanas; el que quede vivo, gana.

Coger a los chicos de nuestros distritos y obligarlos a matarse entre ellos mientras los demás observamos; así nos recuerda el Capitolio que estamos completamente a su merced, y que tendríamos muy pocas posibilidades de sobrevivir a otra rebelión. Da igual las palabras que utilicen, porque el verdadero mensaje queda claro: «Mirad cómo nos llevamos a vuestros hijos y los sacrificamos sin que podáis hacer nada al respecto. Si levantáis un solo dedo, os destrozaremos a todos, igual que hicimos con el Distrito 13».

Para que resulte humillante además de una tortura, el Capitolio exige que tratemos los Juegos del Hambre como una festividad, un acontecimiento deportivo en el que los distritos compiten entre sí. Al último tributo vivo se le recompensa con una vida fácil, y su distrito recibe premios, sobre todo comida. El Capitolio regala cereales y aceite al distrito ganador durante todo el año, e incluso algunos manjares como azúcar, mientras el resto de nosotros luchamos por no morir de hambre.

-Es el momento de arrepentirse, y también de dar gracias -recita el alcalde

Después lee la lista de los habitantes del Distrito 12 que han ganado en anteriores ediciones. En setenta y cuatro años hemos tenido exactamente dos, y sólo uno sigue vivo: Haymitch Abernathy, un barrigón de mediana edad que, en estos momentos, aparece berreando algo ininteligible, se tambalea en el escenario y se deja caer sobre la tercera silla. Está borracho, y mucho. La multitud responde con su aplauso protocolario, pero el hombre está aturdido e intenta darle un gran abrazo a Effie Trinket, que apenas consigue zafarse.

El alcalde parece angustiado. Como todo se televisa en directo, ahora mismo el Distrito 12 es el hazmerreír de Panem, y él lo sabe. Intenta devolver rápidamente la atención a la cosecha presentando a Effie Trinket.

La mujer, tan alegre y vivaracha como siempre, sube a trote ligero al podio y saluda con su habitual:

-¡Felices Juegos del Hambre! ¡Y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte!

Seguro que su pelo rosa es una peluca, porque tiene los rizos algo torcidos después de su encuentro con Haymitch. Empieza a hablar sobre el honor que supone estar allí, aunque todos saben lo mucho que desea una promoción a un distrito mejor, con ganadores de verdad, en vez de borrachos que te acosan delante de todo el país.

Ha llegado el momento del sorteo. Effie Trinket dice lo de siempre, «¡las damas primero!», y se acerca a la urna de cristal con los nombres de las chicas. Mete la mano hasta el fondo y saca un trozo de papel. La multitud contiene el aliento, se podría oír un alfiler caer, y yo empiezo a sentir náuseas y a desear desesperadamente que no sea yo, que no sea yo, que no sea yo.

Effie Trinket vuelve al podio, alisa el trozo de papel y lee el nombre con voz clara; y no soy yo.

Es Dolly Hawthorne