Gira de nuevo los ojos, otra vez esa criatura, esa extraña criatura mirándole con esos grandes y profundos ojos penetrantes. Está en en su sillita, casi imperturbable. Mira de nuevo hacia la ventana, esta vez finalizará la pieza sin mirarla de nuevo. Cierra los ojos, intenta visualizar la partitura que se ha inventado estos últimos días, de nuevo los dedos se mueven solos, y parece que esa extraña criatura ha desaparecido. Un ruido le hace abrir los ojos de nuevo, gira la vista hacia la criatura y ahí continúa, ¿por qué no ha desaparecido? ¿Acaso es real? El sonido ha sido una especie de estornudito. Deja el violín en su sillón y se acerca a ella lentamente, casi con temor. La criatura lo persigue con la mirada, con una sonrisa medio esbozada y unos ojos casi salidos de sus órbitas.

-Hola, Agatha. ¿Qué estás mirando? No me vas a contestar, por supuesto.

La niña mantiene la mirada, sin apartarla de la de él. Será el ambiente, o la sangre, o ves tú a saber. Ella lo mira con pasión, como si supiera lo que es, como si fuera consciente de que es su padre. Sherlock se acerca un poco más a ella y la observa sin decir una palabra. Tiene unos pequeños pendientes de bebé en las orejas. Le mira a los ojos, azules y penetrantes, como los suyos. Las pestañas largas y unos hoyuelos muy extraños. De repente, la extraña criatura empieza a sonreir más y a emitir una especie de sonidos perturbadores o…adorables. Emite una especie de "gu…gu", casi soltando el aire, como si quisiera hablar, como si quisiera hacerle saber algo. Sherlock suelta una pequeña risa ante lo que está ocurriendo.

-¿Qué dices? No te entiendo.

La niña, ante la frase comienza a soltar una especie de risita, mientras entorna los ojos y le viene el hipo. ¿Cómo una criatura tan extraña puede despertar esta clase de "sentimientos" en él?

Le mira los mofletes, hinchados y redonditos, casi de un tono rosa. Con cuidado le pone un dedo encima, son blanditos y esponjosos. Cuando está a punto de retirar el dedo, la pequeña alarga una mano y le coge uno, enroscando su pequeña manita, como un koala agarrado a una rama. Sherlock se queda paralizado, no sabe si salir corriendo o quedarse ahí, ¿para qué mentir?, esa sensación no le desagrada...mucho. Mira la manita enroscada en su dedo, como si la niña quisiese pasarle su calor.

De nuevo esos ruiditos, pero esta vez no son un "gu…gu", son un "ga…ga", mientras la pequeña estira los brazos, abriendo la boca y mirándolo fijamente.

La Sra. Hudson aparece por la puerta y los mira unos instantes.

-Quiere que la cojas en brazos, Sherlock, querido.

-¿Qué? No, seguro que tiene hambre.

-Mírala, quiere que la cojas. Anda, cógela. Deja que la niña reciba un rato el calor de su padre.

Sherlock mira con desgana a la Sra. Hudson. Pero tiene razón, claro que la niña quiere que la coja en brazos, es lógico, pero no se ve capaz, ¿y sí se le cae? Parece una frágil muñequita de porcelana que podría romperse en mil pedazos.

Poco a poco pone las manos por su espalda, la niña cada vez estira más los brazos y los mueve con más rapidez, parece emocionada.

-Ponle la mano detrás de la cabecita, Sherlock. Cuando son tan pequeños la tienen muy frágil.

No dice nada, le pone la mano por detrás de la cabeza y la coge con cuidado. Pesa muy poco, relativamente poco. Se la pone al lado de su pecho. Debajo de su barbilla tiene su cabecita, el poco pelo que tiene, unos ricitos como los suyos. Le llega el olor de su cabecita, una mezcla de colonia y…bebé.

Todavía sigue con la mano en su cabeza, con miedo. La niña levanta la vista poco a poco para mirarlo. Parece que tiembla, toda ella, como una muñequita. Cuando la mira de nuevo a los ojos, parece que se está viendo a sí mismo, como sí esa criatura fuera él. ¿Es esto lo que se siente al ser padre? ¿Qué es parte de ti? ¿Qué se supone que debe hacer ahora?

La pequeña, llamada Agatha, llegó a su casa hace dos días, después de recibir la carta de aquella persona, aquella "Mujer". Todo pasó aquella tarde, hace un mes. Él acababa de llegar de un caso, el de un juez que se dedicaba a matar a sus primos, todo un encanto de hombre. John se había quedado a dormir en casa de su última novia, y él, aburrido, se había ido a cenar al chino solo. Aquella noche, cuando llega a casa, se quita la bufanda y la chaqueta y se sienta en el sillón, la Sra. Hudson viene apresurada.

-Sherlock, la correspondencia. Voy a hacerte la cena

-Déjela ahí. No hace falta, ya he cenado.

Mientras la Sra Hudson se va, Sherlock comienza a pensar en el próximo caso mientras se levanta y abre como si nada la correspondencia. Peo hay un sobre un tanto raro, con cenefas en los bordes. Lo huele, por la forma, el olor a colonia y la manera en que se ha guardado es una mujer. Le viene a la mente aquella, "La mujer". La abre, una letra refinada y casi perfecta, aun conservando ese fuerte olor a colonia, la mira con detenimiento:

Supongo que te preguntarás donde diablos estoy, o tal vez no. De todas formas, debes saber que desde que te fuiste he cenado muchas veces, y sin tener hambre. No dejo de pensar en aquella noche. Me estremezco al recordarla, sobre todo tu cara. Pero vayamos al grano, no nos pongamos a divagar que ya sabemos que no lleva a ningún sitio, señor Holmes. En estos últimos meses algo ha estado creciendo en mi barriga. Ahora te estarás riendo, pensando en la mentira que te acabo de soltar. Pero esa mentira tiene manos y piernas, Sherlock, y lo cierto es que tampoco es una mentira, para ser francos. Se llama Agatha. Sí, deduce eso. Es tu hija. Dentro de dos días, vas a recibir una visita.

Hasta pronto, señor Holmes.

Abre los ojos como platos y se lleva una mano a los labios mientras empieza a reír Esa mujer ya no sabe que inventarse para seguir con sus "jueguecitos" ¿De verdad cree que va a ser tan iluso? Algo planea. Pero la realidad es que aún no tenía ni idea de lo que iba a pasar. Esa niña, Agatha, era de verdad sangre de su sangre, y pronto se daría cuenta.