Prologo

Sakura, contrario a los cientos de miles de escenarios que había imaginado, no pudo lidiar con el regreso de Sasuke. Se había dejado consumir por algún sentimiento desconocido, jamás experimentado. Y a tres meses de su regreso, nada había cambiado.

Sobre su escritorio se desbordaban toneladas de expedientes y documentos pendientes del hospital, algunos recibos de cuentas por pagar y una que otra carta de agradecimiento de alguno de sus viejos pacientes. Las baldosas polvorientas y las ventanas salpicadas de la última tormenta eran indicios de que nadie se había encargado de la limpieza en un tiempo.

Naruto, sin embargo, le llevaba comida una vez por semana con la esperanza de que alguna de las pocas palabras que llegaban a intercambiar le hicieran despertar de su letargo. Pero Sakura solo le saludaba con desdén y dejaba sobre la mesa un sobre con el dinero de las compras, antes de obligarlo a retirarse.

Era un hecho: nadie podía entender con exactitud que sucedía más allá de las murallas que Sakura había construido a su alrededor, y ciertamente, nadie era capaz de ayudarla. Ni Naruto, ni Ino, ni Kakashi… nadie. Por esa razón, cuando Tsunade propuso la descabellada idea que incluía al desertor de Konoha, no hubo muchos que se atrevieran a contradecirla.

—Llévenlo con ella. —Tsunade dijo, decidida a no dar marcha atrás.

El Uzumaki se escandalizó de inmediato, y culpó de desesperada la medida de la hokage. Si bien había sido el primero en defender a Sasuke el día que cruzo las murallas de Konoha, era consciente de que era el culpable del comportamiento de su compañera. No quería verla empeorar, tampoco quería que dejara de comer o intentara alguna locura como hacerse daño a sí misma.

No, es demasiado arriesgado, pensó. Pero tenía que admitir que estaban quedándose sin opciones, si es que no lo habían hecho ya.

— ¿Y si solo estamos empeorándolo todo? —Naruto formuló la pregunta con miedo, como si el simple hecho de decirlo implicara que tal desgracia sucediera.

—Tú mismo has ido a verla semana tras semanas, Naruto, no crees qu…—Shizune quiso intervenir, en su tono amable y complaciente de siempre, pero fue interrumpida por la propia Tsunade en un inesperado ataque de cólera.

Corrió hacia atrás la silla de la que no se había levantado en toda la discusión y fue solo para tomar del cuello al niñato impertinente que no se daba cuenta de la gravedad del asunto.

— ¿Qué es lo que esperas exactamente, un milagro? —Preguntó en un tono apabullador. — ¿O es que esperas a que alguien te de un diagnostico de lo que le sucede? —La rubia lo arrojó al suelo y suspiró aliviada luego de permitirse el violento desahogo. —Sakura no está enferma, Naruto, solo tiene un trastorno llamado Sasuke Uchiha. Todo está en su cabeza, la única forma en la que va a superarlo es enfrentándolo, y ya nos ha dejado claro que no será ella quien dé el primer paso.

Naruto se fue sin decir una palabra más, pero dejando en evidencia que seguía en desacuerdo. Porque a su parecer, la suya era una idea descabellada, que iba mucho más allá de lo que a simple vista se podía ver. ¿Acaso habían considerado a Sasuke, la posibilidad de que el no quisiera cooperar?

Miles de ideas se atropellaron en su cabeza, cada una más negativa que la anterior. Pero quería abrazar la posibilidad de que Sakura, su Sakura, se repondría y volvería a ser la misma de antes. Entonces se replanteó la situación. Tal vez debía darle una oportunidad a toda esa locura de la que Tsunade hablaba, solo una… Si fallaba, si Sakura llegaba a ponerse aún peor de lo que ya estaba, no permitiría que siguieran adelante.

—Voy a cooperar, oba-chan. —Tres días después de considerar todas las posibilidades, Naruto decidió hacerle saber su posición a la rubia, aunque bien no la necesitara. Ella lo encontró un gran apoyo.

—Hablaremos con Sasuke esta misma tarde.

Sasuke…, otra vez consideró la posibilidad de algo pudiera salir mal. Nada había salido como esperaban desde su regreso, ¿por qué habría de hacerlo ahora? Las probabilidades no estaban a su favor, y por más que quisiera hacerlos a ambos el centro de todas sus preocupaciones, la aldea aún sufría secuelas de la guerra, y él no era una excepción. Los Hyuuga seguían de luto por la muerte de Neji, al igual que los Nara y los Yamanaka por las muertes de Inoichi y Shikaku. Konoha había recibido a cientos de refugiados, y la alianza shinobi seguía implicando grande cambios en las cinco naciones. Si bien se había instaurado la paz, la hoja tenía un largo camino por recorrer antes de comenzar a sanar otra vez.

Sasuke mismo era una víctima más de la guerra, y Naruto había podido comprobarlo por sus propios ojos. Le habían llevado a una sección especial del hospital, nunca antes había estado ahí, pero por la cantidad de médicos que iban y venían, concluyó que se trataba de una unidad especial.

Atendían los casos más graves y ello incluía la deteriorada visión del Uchiha, así como otros muchos shinobi en su mayoría afectados durante la guerra.

Entraron a la pequeña habitación, y de no ser porque llevaba los ojos vendados, Naruto estuvo seguro se habrían encontrado con los inexpresivos azabache de siempre.

Antes de poder decir nada, Sasuke entreabrió los labios para dejar saber qué opinaba de la inesperada visita:

—Hmp —bufó, girando la cabeza en dirección a la pared blanca.

Continuará.

Gracias por tomarse el tiempo de leer, ojalá les haya atrapado la idea. ¡Nos leemos!