NA/ Vale, acepto que he tardado en subir nuevo cap, y aún estoy perfilando el que tendría que ser este, pero me da la sensación de que estoy siendo una mala persona, y de que parece que os abandone, aunque no sea así. De modo que he decidido subir la rimera parte que si tenía escrita y convertirla en un nuevo y corto capítulo. Espero que eso sirva para aplacar vuestra ira (lo siento, lo siento, lo siento, lo juro por el Ángel). Así que podéis planear formas originales y espectaculares de acabar conmigo mientras acabo el cap. De nuevo: !lo siento!

PD: Por si no se entiende, Clary e Isabelle son parabatai. En mi historia, figura como que se hicieron compañeras después de acabar con Sebastian ;).

Aterrizaje

La clase estaba vacía cuando llegaron. No había profesora, ni libros, ni cuadernos, ni plantas. Confusos, se congregaron todos en el centro del aula, despejada de mesas y sillas. Había extraños símbolos grabados en el suelo, formando un círculo a su alrededor. Se tensaron, en guardia.

- Chicos, buenos días-saludó Miriam, apareciendo con un IPad de detrás de su escritorio. Tenía el equipo de caza al completo. Iba tecleando algo en la pantalla táctil, moviendo los dedos muy deprisa-. Poneos los equipos de caza. La clase será fuera hoy. Vamos, no tenemos todo el día.

Los chicos se miraron entre ellos, pero se encogieron de hombros. Salieron del aula.

-Jace-llamó Miriam, sin dejar de mirar la pantalla. El aludido se giró-. Ya he visto tu trabajo. Tienes un excelente.

Jace sonrió.

-Gracias, Miriam.

Preso de la emoción, el chico se le acercó muy deprisa, y la abrazó, estrujándola. Ella abrió mucho los ojos, sorprendida cuando la levantó unos centímetros del suelo, y se rió.

-Por el Ángel, Jace, no es para tanto…

Jace la soltó, y le dio un rápido beso en la mejilla.

-Me da igual-sonrió. Corrió a la puerta, y mientras se alejaba por el pasillo, lo oyó gritar- ¡Gracias otra vez!

Cuando regresaron a donde les esperaba Miriam, esta estaba dentro del portal en el suelo.

-Vamos, chicos. No tenemos todo el día. Vengo, poneos en el centro del portal.

-¿Esto es un portal?-preguntó Clary, con el ceño fruncido-. No conozco las runas…

-Porque no lo son-Miriam sonrió-. He pensado que como era la última clase os haría ilusión que fuera lejos de aquí…

Miriam se colocó dentro del portal junto a ellos, con una mochila escolar colgada a la espalda. Susurró una extraña palabra en un idioma que ni si quiera Jace fue capaz de comprender, y el suelo desapareció bajo sus pies, tragándoselos a todos.

Cayeron sobre algo mullido y blando, sin embargo. A Miriam la atraparon unos brazos masculinos, intentando proteger al bebé. Luego, los brazos la dejaron en el suelo, con suavidad.

Jace se sentó sobre la combada superficie mullida sobre la que habían caído. Abrió mucho los ojos, confundido. Era-o al menos lo parecía- una seta gigante de color púrpura. Se frotó la cabeza, pensando que se había dado un golpe y soñaba. Se giró hacia Clary.

- ¿Tú también ves la seta, verdad?-susurró.

- ¿Es una seta?-preguntó Alec, que estaba tras él y lo había oído.

- ¿Así que la veis, no estoy loco?

-¿Qué clase de lugar es éste?-inquirió Isabelle. Tenía las manos apoyadas en las caderas y los pies separados. Se había puesto en pie sobre la hierba tierna y verde, y miraba a su alrededor con el ceño fruncido, intentando ubicarse.

Los demás la imitaron. Se bajaron de la seta gigante, y miraron a su alrededor. Estaban en un bosque inmenso, de altos arboles de enormes y rugosos troncos. El suelo estaba cubierto por capas de musgo y hierba, y tenía flores azules y moradas esparcidas aquí y allí como pintorescos puntos vegetales de un cuadro impresionista. Tras ellos se extendía una planicie despejada de árboles llena de setas gigantes como en la que habían caído, pero de colores distintos y variopintos, cada una de ellas con una forma diferente y única. También había grandes flores de pétalos caídos. Jace habría jurado que había visto un silfo volando por entre los arboles, y unos ojillos brillantes observarlos desde el interior de un agujero en el tronco de uno de ellos. Pero no podía ser. Los silfos se habían extinguido en la Tierra hacía por lo menos dos mil años…

-Chicos-dijo Miriam, sacándolos de su concienzudo escrutinio-, bienvenidos a Idhún.


Magnus estaba mirando las páginas en griego clásico del Libro de lo Blanco a la luz de la ventana de su cuarto, considerando sus opciones. Podía hacerlo. Podía volverse mortal, y pasar sus días junto a Alec para luego morir, junto a él si le era posible. Había visto el mundo crecer, evolucionar. Había visto lo mejor y lo peor de la humanidad. Había participado en guerras, tanto revolucionarias, como mundiales y civiles. Había conocido a la mayoría de personajes históricos más relevantes de la historia del mundo, y aquí seguía, con diecinueve años eternos y los ochocientos de su alma.

No era la primera vez que consideraba desligarse de la inmortalidad. Para aquellos que no pueden morir jamás, ni envejecer, ni avanzar, la inmortalidad no era más que una pesada cadena de oro que te ataba sin remedio a la vida: imposible escapar, imposible de cortar. Y tampoco estaba considerando un suicidio. No quería clavarse un puñal en el pecho y morir en el acto. No era la idea de morir en si lo que le atraía tanto de aquella decisión, sino la idea de avanzar. La idea de vivir. Porque cuando lo has hecho y visto todo, ¿qué te queda si no crecer?

El problema era que desasirse de su inmortalidad le daba un final a su viaje. Y no quería estar solo para cuando cogiera ese tren. Quería estar con alguien más, quería coger el viaje de la vida con alguien que amara.

No quería soportar más pérdidas. No quería sentarse más en la ventana y pensar en todo lo que fue y ya no era porque no quedaba. Porque él era como una montaña o el viento. Constante. Eterno. Inquebrantable. Inmortal. Y, pese a todo, inmutable. Al menos, las montañas se erosionaban con el paso del tiempo. Al menos el viento cambiaba de velocidad, temperatura y consistencia. Él simplemente era tal y como nació. Una criatura semi-demoníaca a la que tanto su madre como su padre rechazaron. Corrección: a la que su madre y su padrastro rechazaron. Su padre seguía allí, en algún lugar del infierno, o de la Tierra, teniendo otro hijo o hija. Quién sabía. Los demonios eran impredecibles.

Acarició con dedo largos de uñas verde fosforescente la página del hechizo, pensativo. ¿Por qué no? Ya había esperado mucho tiempo. Ya había vivido demasiado. Incluso más que Camille Belcourt, fallecida a manos de Maureen cinco años atrás. Pensar en ello le resultaba extraño. Era como si no fuera cierto, o, simplemente, como si fuera un fenómeno aislado. Camille ya no formaba parte de su vida, y, por lo tanto, ya no era relevante para él. Pero siempre que lo había querido o lo había pensado, la vampira había estado allí, tan constante e inquebrantable como él.

Se frotó la cara, y cerró los ojos un instante. ¿Realmente se atrevería? ¿O lo pospondría indefinidamente, como siempre hacía?

No, esta vez no, se dijo. Pero antes lo hablaré con Alec. A ver que piensa él de esto. No quiero equivocarme.

Lo se, lo se, merezco morir... ¿piedad? M H G