THE HOPSCOTCH'S SEVENTH FLOOR.

Beateado por Lucero Silvero (Betas FFTH)

Playlist:

(1) Game of love – Carlos Santana ft. Michelle Branch.

(2) Last train to London – ELO.


BPOV

Éxito.

" ¿Qué es el éxito?

" ¿Es acaso la realización de aquellas metas propuestas por nuestras expectativas? ¿Es esa la verdadera definición? Bueno, pareciera ser que durante toda nuestra vida hemos pensado que la palabra "éxito" era una meta; un fin que debíamos alcanzar, porque es lo que nuestros padres nos han inculcado desde pequeños.

" Pero con el tiempo crecimos… y nos dimos cuenta que por más que nos esforcemos e intentemos alcanzar algo, siempre existirá una probabilidad de que aquello que tanto anhelamos no se cumpla. Crecemos y nos quitan nuestra esperanza, nuestros sueños de ser el próximo revolucionario del siglo XXI, de ser un líder mundial… o basquetbolista de los Lakers.

Todos en el anfiteatro nos echamos a reír, Ángela rió para sí misma antes de continuar.

Nos hemos vuelto adultos y profesionales, hemos abandonado nuestros sueños al pensar que no todo es posible. Pero, ¿saben una cosa? Tan equivocados no estamos. Sí, es cierto, no todo en esta vida es posible. ¿Pero por qué eso debe desmotivarnos?

" Cuando vayamos a nuestra primera entrevista de trabajo, el 70% de nosotros no será escogido. ¿Y qué hacemos? ¿Nos tiramos en la cama y decidimos no trabajar de nuevo? No, por supuesto que no. Tomamos las críticas constructivas y buscamos otra oportunidad. La vida se trata de oportunidades. Las que tomas y las que dejas… Y todas son nuestras. Si nuestro sueño es inalcanzable, ¿por qué dejar de soñar? ¿Por qué no buscar otro sueño? ¿Por qué fallar una vez es algo malo? Incluso si fallamos muchas veces, es un indicio. Un indicio de que algo no está bien, que estamos tomando el rumbo equivocado. Y deberíamos estar agradecidos de ese indicio, porque si no conseguir un trabajo es terrible, no quiero imaginar lo que debe sentirse trabajar durante años en el lugar equivocado y descubrirlo cuando ya has perdido mucho tiempo de tu vida.

Ángela miró por unos segundos el papel que leía y frunció sus labios. Alzó su mirada y sus ojos me encontraron por unos segundos, me estaba sonriendo.

Una vez, alguien me habló acerca de "Los Campos de Batallas". Me dijo que la vida es un campo de batalla. Existen guerras que nos tocará afrontar, y batallas que nos tocará pelear. No solo es importante darse cuenta de que son importantes, sino que también son necesarias. Te caerás, porque no puedes triunfar en cada batalla. Pero como el soldado que eres, te levantas y sigues luchando. Yo sé que no es fácil luchar constantemente, pero esa podría ser una buena meta para nosotros ahora que debemos volvernos verdaderos adultos. Yo creo que cualquier persona que logre levantarse después de tantas caídas es admirable. Quiero el día de mañana enseñarles a mis hijos que no importa cuántas veces perdamos. No se tratan de las caídas, se trata de cuántas veces te levantas y te vuelves fuerte. Cuando lo consigues… nada ni nadie puede derribarte, no sin dar una buena batalla antes. Que cada batalla signifique algo importante para nosotros y nos recuerde que sólo las buenas cosas son las que más cuestan. Sólo aquellas.

" El éxito no se trata sólo de un logro. También se trata de los fracasos que uno logra superar.

Había leído ese discurso por lo menos tres veces antes de la ceremonia, pero algo en el ambiente – quizás la sonrisa de nuestros compañeros, las lágrimas de nuestros padres orgullosos y la certeza de que un gran cambio comenzaba a palpitarse en nuestras vidas – hicieron de este momento uno muy importante y valioso.

Ángela, siendo la de mejor promedio de nuestra promoción, terminó su discurso celebrando por un nuevo comienzo para nuestra carrera profesional y todos se levantaron para aplaudir por tan memorables palabras. Ella sonreía con humildad, y volvió a mirarme a los ojos, preguntándome de ese modo si lo había hecho bien. Asentí una sola vez, aplaudiendo y sonriéndole para garantizarle que había salido mucho mejor que en los seis ensayos que habíamos hecho la noche anterior.

Cuando ella volvió a su asiento, la ceremonia de graduación continuó con la parte más esperada del acto: la entrega de diplomas.

Tuve que esperar algo así como diez minutos hasta que nombraran mi nombre, me sentía nerviosa siendo la atención del escenario, aunque sea por unos pocos segundos. Y sabía de dónde provenían esos miedos.

— Swan, Isabella Marie.

Cuando subí por la pequeña escalera del escenario oí cómo alguien entre el público aplaudía y ovacionaba exageradamente. En realidad, eran varios. Llamó la atención de muchas personas y sólo para confirmar que se trataba de una de las mañas del Oso, miré por unos segundos hacia el público y mis dos pies izquierdos hicieron aparición cuando me tropecé con un escalón y por poco caía al suelo.

Mis mejillas se tiñeron de un rojo furioso y mordí mi labio sintiéndome completamente estúpida. Sólo Bella Swan se tropezaba en su acto de graduación.

Me entregaron el diploma y me prometí no mirar hacia el público e ignorar los aplausos. Me tomaron fotografía con el decano de la Universidad, el vice-decano y con una de mis profesoras de literatura inglesa, la más popular entre los alumnos por ser considerablemente amable en los exámenes. Con mucha discreción, bajé por las escaleras y volví a mi asiento.

Tras terminar de entregar todos los diplomas y unas últimas palabras por parte del decano deseándonos mucho éxito en nuestras carreras, llevando con honor y orgullo el título de "Graduados de la Universidad de New York", dio por finalizado el acto y todos lanzaron su birrete hacia el techo. Yo lo tiré al suelo.

Saludé políticamente a unos cuántos compañeros. Algunos felices, otros emocionados ya entre lágrimas. Alcancé a ver a Ángela entre el montón y me acerqué a ella para abrazarla.

— Felicidades, An. Todo ha salido perfecto —sonreí.

— ¿Tú crees? —mordió su labio, indecisa—. Me salteé la parte de los logros. Y esa era muy importante.

— Oh, ya has dicho suficiente, podrán arreglárselas por su cuenta —reí poniendo los ojos en blanco.

Mientras nos reíamos, aparecieron los padres de Ángela y su hermano menor. Los saludé y me felicitaron al igual que a su hija. Ellos querían saludar a mis padres, entonces me tocó divisarlos entre el gentío.

Me tomó menos de cinco segundos, el grupo era realmente llamativo frente a la concurrencia.

— ¡Bella! —me llamó la voz de Alice que provenía detrás de nosotros. Me di la vuelta y ella se acercó para abrazarme con dulzura. Su perfume me aturdió—. ¡Felicidades amiga! ¡Estoy tan orgullosa de ti!

No fueron las palabras de Alice las que me incomodaron, fue el hecho de tenerla a pocos metros de Ángela. Eso no era cómodo para nadie alrededor.

— Eh… iré a saludar al resto, Bella —me informó Ángela en un tono de voz muy bajito. Se dio la vuelta y fue a saludar a unos compañeros. La sonrisa maliciosa de mi amiga era tan obvia.

— Eres cruel intimidando —le reclamé medio sonriendo. Ella jamás cambiaría.

— ¿Y qué? Eres mi mejor amiga y vengo a felicitarte en este gran día. No es que vaya a felicitarla por un discurso del cual tú escribiste la mitad —dijo.

— No escribí la mitad —le corregí—. Sólo le di ideas.

— Como sea —puso los ojos en blanco y sonrió, dejando el tema atrás—. Estoy orgullosa de ti. ¡Ya eres toda una profesional!

Volvió a abrazarme-asfixiarme con sus pequeños pero poderosos brazos. Oficialmente, ambas éramos profesionales ahora, teniendo en cuenta que su graduación fue hace unos días.

— Bella, ¡felicidades! —apareció mi cuñado Jasper, para abrazarme y felicitarme. Él, al menos, era más suave con sus toques.

— Gracias, Jas…

Antes de poder agradecer, un flash saltó a mi rostro, aturdiéndome por completo. Odiaba eso.

— Thomas, dijiste que no lo harías hasta después de la ceremonia —gruñí quejándome.

Mi amigo británico no me prestaba atención, seguía con su cámara profesional tomando fotografías.

— Ya terminó la ceremonia —replicó él—. Sonríe un poco, Bella. Me estás haciendo perder batería.

— Pues apágala y luego saca las fotos —expliqué tratando de ser razonable con él, cosa muy difícil cuando me trataba de "musa".

— O mejor cállate, posa y sonríe para la cámara ¿sí? —propuso con la lente apuntándome, listo para tomar otra fotografía.

Suspiré sintiendo que Jasper y Alice posaban a mi lado sonrientes. Puse una simple sonrisa para la foto y vi que Thomas me hacía una cara de "Esa-no-es-tu-mejor-sonrisa-gracias-por-hacerme-perder-otro-cuadro-te-amo-igual" y le saqué la lengua.

— ¡Hey! ¡Felicidades licenciada! ¡Tuviste un digno tropezón! —se reía Emmett mientras se acercaba a saludarme. Sabía que él iba a remarcar eso.

Rosalie estaba a su lado, me sentí muy avergonzada al recordar el tropezón. Ella sonreía con tranquilidad.

— Felicidades, Bella —dijo con pura intensión.

— Gracias, Rose —asentí con cierta timidez.

— Tienes que admitir que fue un buen tropezón —decía Emmett entre risas con un brazo encima del hombro de Rosalie.

— Ok, me tropecé, sí. ¿Podemos olvidar eso? —me molesté queriendo con todas mis ganas borrar aquél momento de mi memoria.

— ¡Tengo una foto del tropezón! —anunció Thomas sonriente mientras revisaba la memoria de la cámara. Todos se acercaron para ver la fotografía y reírse de mi momento bochornoso.

Iba a protestar contra Thomas y el resto para pedirles que olvidaran aquél detalle, pero nada me importó en cuanto mis ojos se encontraron con los suyos, tan claros y profundos como los míos. En cuanto entraban en contacto, algo maravilloso parecía suceder. Como una conexión.

Antes de que se acercara a abrazarme, corrí a los brazos de mi novio.

Canturreé de felicidad cuando mis brazos se aferraron a su pecho. Su camisa olía espectacular.

— Felicidades, hermosa —susurró las palabras sólo para que yo las oyeras, mientras besaba mi frente.

— Gracias —alcé mi rostro para verle a los ojos y aprovechar para morder su mandíbula ahora que nadie nos miraba. Él se echó a reír.

Nos separamos cuando mis padres se acercaron a nosotros.

— ¡Cielo! ¡Felicidades! ¡Estoy tan orgullosa de ti! —mi madre se acercó a abrazarme con cierto esfuerzo innecesario. Su vientre golpeó el mío y sentí pena por los pequeños.

— Mamá, ten cuidado por favor —le pedí preocupada—. Sé un poco discreta con tus movimientos, recuerda que hay dos personas debajo de tu estómago.

— ¿Renée siendo discreta? Es algo que nunca va a suceder, Bells —aprovechó mi padre para burlarse mientras se acercaba con Sue para felicitarme.

— Gracias, Charlie —mi madre puso los ojos en blanco, molesta por la broma. Todos, incluido Phil, nos reímos.

Estaba acostumbrada a ver a mi madre más emocionada de lo normal, por eso las pequeñas lágrimas en sus ojos no me sorprendieron en absoluto; pero ver a mi padre ligeramente sensible y un poco más afectivo de lo que acostumbraba ser me sorprendió verdaderamente. No solía dar abrazos tan afectivos ni dar cumplidos tan dulces y eso me hacía sentir un poco incómoda. Pero agradecí el gesto con ganas. Se habían tomado la molestia de viajar hasta New York sólo para apoyarme, aunque ellos decían que ni por nada en el mundo se perdían este evento.

Especialmente mi madre, con una barriga de ocho meses a punto de comenzar su última etapa, todo el tiempo estaba agotada. ¿Cómo hacía para lucir despreocupada?

Carlisle y Esme se acercaron a saludarme. Me sentía muy agradecida por contar con su presencia, no sólo significaba que les parecía importante este momento en mi vida, sino que ya me consideraban parte de la familia.

— Gracias por venir. Ah, y feliz cumpleaños, Carlisle. —lo saludé de paso, sonriente.

— Gracias, Bella —asintió él una sola vez, con una sonrisa tranquila.

— ¿Cincuenta años? ¿Cómo haces para lucir tan joven, papá? —preguntó Rosalie con verdadera curiosidad.

Eso era verdad, lucía menos de lo que aparentaba.

— Es un pequeño secreto, Rose —se limitó a contestar él abrazando a su esposa con dulzura.

— ¿Está hablando de sexo, verdad? —pregunté a Edward en voz bajita, cerca de su oído.

— Probablemente —respondió Edward muy incómodo.

Emmett fue el único que se echó a reír sin rastro de sutileza cuando oyó esto.

— Buena esa, Carlisle —Emmett alzó su mano para chocar los cincos con él.

— No, Emmett —negó una sola vez él con tranquilidad y Emmett sonrió incómodo. Me reí.

— El discurso fue maravilloso, realmente fue muy motivador —destacó Esme impresionada.

— Bella ayudó en ese discurso, ¿o no? —agregó mi madre guiñándome el ojo con suspicacia.

Mis suegros y mi padre no esperaban oír aquél detalle. Bueno, sí, había aportado ideas y había ayudado en la redacción, nada tan importante. La idea original fue de Ángela, ella tenía mejor promedio que yo y merecía mayor reconocimiento al respecto.

— Sólo un poco nada más —encogí mis hombros. No porque fuese humilde, sino porque sentía que le estaba robando el logro de alguien.

— Esa es una buena anécdota para contar, Bella. ¿Saben? Edward dio el discurso de su promoción en Columbia. Fue muy emotivo —contó Esme con mucho orgullo a mis padres y ellos se impresionaron.

Ella me lo había contado en una ocasión, pero nunca pregunté por detalles al respecto. Debió haber sido épico.

— Fue muy Martin Luther King —bromeó Jasper con diversión—. Y escondimos su birrete minutos antes de salir a hablar. Fue genial.

Todos se reían, incluso Edward al recordar aquello.

— Pero eso no superará el tropezón de Bella —se burló Edward. Inmediatamente golpeé su hombro pensando que él pararía la broma, pero no, también se reía de mí. Pudo esquivarla, pero no lo hizo porque sabía que tenía derecho a molestarme por eso. No obstante, luego de esto le di un casto beso al músculo golpeado, sólo para asegurarle que lo quería mucho.

Me vi obligada a cumplir la promesa que le había hecho a Thomas hace unas semanas y le dejé tomarme fotografías; con mis padres, con mis suegros, con mis amigos, con Edward, especialmente. Con el tiempo terminas acostumbrándote a los arranques fotográficos de Thomas y terminas por poner una sonrisa convencional para mantenerlo contento.

Mis favoritas siempre serían con Edward, me sentía muy cómoda abrazando su cintura. Pero debía admitir que me encantaban las últimas fotografías en las que terminaba posando con Thomas. ¿Cómo no querer a ese tonto inglés?

Tras terminar con las fotografías, los Cullen propusieron ir a almorzar en su casa y todos aceptamos.

(1) Mientras salíamos del anfiteatro de la Universidad y mantenía una breve conversación con Alice, una mano firme me sujetó la cintura y supe casi de forma inmediata que era Edward, sin siquiera mirarle a los ojos.

— Felicidades, ñoña. Te debo diez dólares —me dijo burlándose.

— Fue una muy mala apuesta, amigo —le fruncí el ceño. ¿Quién en su sano juicio apostaba diez dólares a que Bella Swan no se tropezaría en su acto de graduación?

— Creí que el problema con tus piernas era algo temporal —respondió asombrado.

— Cuando decidiste amarme, decidiste aceptar a mis dos piernas izquierdas —dije.

— ¡No recuerdo haber leído eso en el contrato! —bufó exagerando.

— ¿Qué contrato? —me reí.

— El contrato que dice que eres mi esclava —alzó sus cejas sugestivamente.

— ¿Sexual? —puse los ojos en blanco.

— También —asintió—. Pero especialmente mi esclava de limpieza, de cocina y ahora que eres toda una profesional, traerás suficiente dinero para que yo no vuelva a trabajar.

— ¡Oh, pobre Edward! El trabajo le agobia bastante —negué una y otra vez.

— No subestimes a los niños, Bella. Son unos demonios —se rió.

— Creí que eran unos "ángeles" —repetí sus palabras dichas en algún momento.

— Ángel eres tú el día de hoy. Te ves hermosa —me acercó para besarme en la sien y me reí.

Recuerdo que hace unos meses me sentía muy insegura con respecto al motivo por el que Edward se había fijado en mí, siempre preguntándome qué es lo que había hecho para tener a semejante hombre en mi vida.

Pero esos días habían quedado atrás.

Edward y yo llevábamos cinco meses saliendo de forma oficial y todo parecía haber cambiado drásticamente desde aquella noche lluviosa cuando celebramos mi cumpleaños. Comenzaba a sentir que él en verdad era mi mejor amigo. Siempre entre bromas, risas, tomadas de pelo. Teníamos nuestros tiempos. Tiempo para ser solo amigos bromeando, para ser una pareja que se amaba en serio, o para ser dos cochinos que sólo pensaban en coger, coger y coger.

Claro, ya no se trataba sólo de coger. La chispa de los primeros meses ya se había apagado y ahora era reemplazado por confianza, profunda seguridad y tranquilidad de saber que estábamos juntos, que estaríamos juntos y que pese a las dificultades, seguiríamos amándonos. Era el anillo en mi dedo meñique. La promesa que habíamos hecho en navidad. Por unos días pensé que ese anillo era el signo de una mala señal. De que algo malo nos pasaría y terminaríamos por separarnos.

Pero ocurrió todo lo contrario. Después de esa promesa, Edward y yo parecíamos encajar como piezas de rompecabezas. Siempre supe que él y yo congeniábamos bien, pero el nivel en el que nos conectábamos ahora era ridículo. Saber en qué momento el otro aparecerá, mirarle a los ojos y saber qué está sintiendo, saber por sus gestos si está bromeando, si está hablando en serio, si está feliz o si está ocultando algo.

Por supuesto, no todo era perfecto. De vez en cuando discutíamos por tener ciertas diferencias o por alguna actitud que nos molestaba del otro, pero la pelea nunca duraba más de un día. Eso me ayudaba a comprender que él no era perfecto, ni esta relación lo era. Tenía fallas y de alguna forma eso lo hacía ideal.

Recuerdo que en nuestros primeros días no parábamos de tomarnos de las manos, no podíamos separarnos de la habitación y todas las noches de forma obligatoria teníamos sexo. O cuando yo no me iba a dormir hasta recibir un mensaje de texto de Edward avisándome que también se iba a dormir. Con el tiempo, me di cuenta que no podía perder noches de sueño sólo porque Edward a veces dormía más tarde que yo, así que sólo le enviaba un mensaje avisándole que dormiría temprano y él terminaba por llamarme a primera hora de la mañana o me visitaba. El lapso empalagoso o como Alice le decía "El Lapso de azúcar" ya había llegado a su fin.

Durante días pensé que eso no era nada bueno. Pero aprendí que todas las parejas pasan por esa etapa. Alice y Jasper era una buena evidencia de este hecho, como cuando se encerraban en su propia burbuja durante los primeros meses. Ahora ya casados. Y en cierta forma, es normal y sano. No puedes pasar las veinticuatro horas de tu vida pendiente de lo que tu pareja hará o no hará, sobre todo si no estamos casados. Sucede al comienzo, pero no puedes esperar que eso pase durante toda la relación, sería sofocante y hasta aburrido. Debemos recordar que como bien dijimos una vez, no somos nuestra vida, pero sí nuestra parte favorita. Y para mi alivio, este tipo de rutina, donde el otro vivía su vida de forma normal, nos había unido más todavía. Ya no se trataba de "Edward, mi pareja" se trataba de "Edward, mi mejor amigo, mi compañero, mi amante, mi familia".

Algo muy bueno que había aprendido es que si vivía mi rutina, más ganas tenía de verlo, de pasar tiempo con él, de saber lo que hacía y lo que pensaba. Funcionaba para ambos, y más fácil era crear confianza entre nosotros. Esto, de alguna forma extraña, ayudó a que mi autoestima creciera considerablemente.

— No tienes que pagarme. Me conformo con que no vuelvas a mencionar lo del tropezón.

— Oh, descuida. Ya tengo la fotografía en mi celular —me avisó enseñándome su I-phone. Allí ya estaba abierta la fotografía que Thomas había sacado.

¿En qué momento se la había pasado?

Edward se echó a reír mientras se acercaba a Thomas para oír una broma o algo divertido que tenía para contarle. A esta altura, ellos se habían vuelto muy cercanos. Edward veía a Thomas como mi hermano mayor y por ende mi familia también.

Una vez él me había confesado que se sentía más en familia con la mía que con la suya. Y no lograba comprender cómo aquello era posible. Probablemente porque toda mi familia lo aceptaba como era, a pesar de la leve tendencia homofóbica de Charlie, pero mucho no puedes esperar de un hombre chapado a la antigua que vivía en la conformidad de un pequeño pueblo donde te convertías en "hombre" cuando cazabas a tu primer venado.

Eso me llevó a pensar si su familia aceptaba o no su modo de vida. Porque nadie puede ocultar eso durante tanto tiempo.

Viajamos en grupos divididos hasta llegar a casa de los Cullen. En el Volvo, iba junto a Edward, Thomas, Jasper y Alice.

Cuando estábamos a punto de estacionarnos en la entrada de la casa, Edward habló.

— De acuerdo, venden a Bella —anunció de forma tranquila y antes de preguntar qué significa eso, Alice, que se encontraba a mi lado, puso encima de mis ojos una venda blanca y la ató con prisa.

— ¿Q-Qué….? —mis sentidos se activaron ahora que mis ojos estaban vendados. ¿Qué sucedía?

— Es una sorpresa, Bella —oí la voz de Thomas riéndose.

¿Una sorpresa?

— Ayúdenla o se va a caer —era la voz de Edward riéndose de mí. No iba a protestar aquello, porque sin ojos, definitivamente me iba a caer.

Alguien abrió la puerta. Supuse que era Edward porque reconocía el tacto de sus manos peculiarmente heladas, pisé con firmeza y lentitud, sólo para asegurarme que no tendría otra caída en el día.

Dos personas escoltaban mis manos. Supe que una era Edward, y la otra se sentía muy suave y femenina, debía ser Alice. Podía sentir a todos esperándome en algún punto del patio de los Cullen. ¿Qué tipo de sorpresa sería? ¿Un regalo? ¿Qué podría ser?

— Muy bien, quítenle la venda… ahora —decía Alice y alguien detrás de mí, no sé quién, me la quitó.

Mis ojos se posaron en un auto pequeño color negro estacionado. Que yo sepa, no era de nadie más. Tenía un listón rojo de regalo encima del capó.

Por unos segundos, sentí que mi corazón latía con fuerza.

— ¿Qué es esto…? —pregunté medio sonriendo, ¿podía ser lo que yo creía que era?

— Es tu regalo de graduación, Bells —dijo mi padre con las manos en sus bolsillos, muy contento al ver mi reacción asombrada.

¡Oh, por Dios!

— ¡Puta mierda! —maldije completamente shockeada al observar la belleza que se presentaba a mis ojos. ¡Era el auto más bello que había visto en mi vida! ¡Y era mío!

— Isabella, cuida tu lenguaje —me regañó mi madre no muy a gusto con lo que había dicho, pese a que mis amigos se habían reído.

Pero no le presté atención. Mi cuerpo fue directamente a ese auto para tocarlo. Era hermoso, pequeño, completamente perfecto.

— Es un Fiat 500 Abarth*. Es un regalo de parte de Phil y de mí —contó mi padre.

Alguien carraspeó. Creo que Renée.

— Y… de Edward, por supuesto —corrigió mi padre y supe que lo había hecho no de muy buen humor.

La mención de su nombre llamó mi atención. Encogió sus hombros con cierta humildad y una sonrisa muy dulce. Vaya que hizo trampa luego de haberme prometido que no me daría un regalo de graduación. Pero este regalo era increíble.

Agradecí a mi padre y a mi padrastro con un abrazo, pensando en la comodidad con la que contaría ahora de tener mi propio vehículo.

Entré un rato a la casa de los Cullen para cambiarme de ropa y quitarme la molesta túnica violeta-azul de encima.

Cuando terminé de cambiarme, fui hasta el living y abracé la espalda de Edward con profundo amor. Le estaba interrumpiendo una conversación con Emmett y Jasper.

Se dio la vuelta para recibirme en sus brazos.

— ¿Vamos a ver el auto? —propuso él con ganas. Eso me entusiasmaba el doble.

— De acuerdo —le sonreí con ganas. Acto seguido, Edward tomó mi cintura y me alzó para llevarme hasta el patio. Reí estrepitosamente por la sorpresa de su movimiento, abrazando su cuello.

Cuando salimos, me dejó en el suelo como si fuera una pluma. Me acerqué a tocar el auto con fascinación.

— Esto debió costarles mucho —noté con cierta curiosidad.

— Ellos estaban ahorrando desde comienzos del año pasado —me informó Edward y me sorprendí—. Yo… quise ayudar un poco en cuanto me dijiste que no querías un regalo de graduación, pero a tu padre no le cayó muy bien esto.

— ¿Por qué? —fruncí el ceño.

Encogió sus hombros, sin darle demasiada importancia.

— No cree… que tú y yo duremos —dijo lentamente, muy despacito—. No me ve como algo serio para ti.

— ¿Ah? —me enfadé inmediatamente. ¿Mi papá pensaba eso? —. ¿Te dijo algo?

— No, no me dijo algo… directamente —contestó un poco inseguro—. Sólo que no quería que participe en un regalo que te quedará para toda la vida… porque yo no estaré en toda tu vida…

¡Dios!

— ¡No puedo creerlo! ¿Realmente dijo eso? —bufé exasperada.

— Mira, Bella, no es necesario hacer un escándalo por eso —intentó tranquilizarme.

— ¡Claro que sí, Edward! Llevamos cinco meses juntos, nunca en mi vida he durado tanto con un chico. Diablos, ¡nunca he tenido un novio siquiera!

— Tal vez por eso cree eso —se rascó el cuello.

— Pues a mí me importa una mierda. Yo quiero estar contigo para siempre, esto es algo serio y quiero compartir todos los momentos de mi vida contigo —refuté tajante.

El resultado fue una expresión dulcificada y algo tímida por parte de Edward. Se acercó a mí para abrazarme.

— Te amo —susurró a mi oído.

— Y yo a ti, no le hagas caso a papá… todavía piensa que voy a volver con Jacob —puse los ojos en blanco abrazando su pecho.

Edward se rió. Miré de nuevo el Fiat.

— Es increíble, gracias —contesté con las mejillas sonrojadas, acariciando su mano.

— Tú lo vales, nena —besó mi mejilla—. Te esforzaste mucho para conseguirlo, mereces el mundo.

Sonreí encima de su pecho. Siempre buscaba encapricharme. Él sabía cómo conquistar a una chica.

— Mi "todo" eres tú, simplemente —le avisé con seguridad. ¿Quién podía desear algo si ya tenía a Edward?

— Me alegra saber que es recíproco —dijo entre risas besando mi frente, luego me separó de su cuerpo—. De acuerdo, mucha cursilería por ahora. ¿Subimos al coche?

Me reí y asentí emocionada. Moría de ganas por estrenarlo.

Edward abrió la puerta del copiloto y yo la del piloto. Olía a aromatizante de vehículo nuevo, era emocionante. El auto sólo contaba con dos asientos y era pequeño, pero perfectamente accesible a mi gusto. Saqué del bolsillo de mis pantalones la llave que Charlie me había entregado y antes de poder introducirla, recordé algo muy importante.

— No sé conducir —dije después de un rato de silencio. La emoción en el rostro de Edward fue reemplazado por consternación.

— ¿No sabes conducir? —el tono en su voz remarcaba la incredulidad del hecho.

— Digo, sí, sí aprendí —corregí rápidamente—. Pero cuando tenía 16 años. No recuerdo mucho, aunque todavía conservo mi licencia de conducir.

Edward enmudeció.

— ¿No recuerdas nada? —preguntó en serio.

— Más o menos —torcí una mueca—. Tal vez recuerde un poco la teoría, pero honestamente no conducía mucho allá en Forks.

Era un pueblo pequeño, prácticamente todo estaba cerca de mi casa. Además, el monovolumen que Charlie me había regalado en aquél entonces ya estaba en sus últimos años de vida.

Edward evaluó la situación. Si yo era muy torpe sólo caminando, en un vehículo sería un arma letal.

— Bueno, podemos practicar —ofreció con optimismo—. Si quieres, puedo conducirlo y refrescar un poco tu memoria. No será tarea difícil.

— Sí… sí tienes razón —asentí con tranquilidad, comprendiendo que no pasaba nada. Edward conduciría, me enseñaría y las memorias vendrían a mi cabeza de forma natural.

— Está bien, iré al volante —me avisó y rápidamente ambos salimos del auto para ubicarnos en el asiento del otro.

Cuando Edward estuvo en el asiento de piloto, suspiró con tranquilidad.

— De acuerdo, antes de encender el motor, usamos los cinturones de seguridad —asentí—. Arrancas el auto con el embrague pisado —me señaló—. Recuerda que la palanca de cambios debe estar en "punto muerto" y no olvides de quitarle el freno de mano para empezar a moverte. Podemos encender la radio, si gustas.

Me reí y él la encendió. Sonaba música disco.

— Luego pones la primera marcha, recuerda que cada vez que cambies de marcha, tienes que tener el embrague pisado o no podrás moverte—me enseñaba primero la teoría antes de ponerla en práctica. Pero yo ni siquiera me tomaba la molestia de recordarlo. Encontraba muy excitante que Edward me explicara paso a paso cómo hacer algo.

— Después vas soltando el embrague poco a poco, y al mismo tiempo pisa el acelerador con…—antes de poder terminar la frase, estampé mis labios contra los suyos.

La punta de mi lengua acarició su labio inferior y de forma intuitiva abrió la boca para recibirme en su boca, sintiendo su paladar.

Acarició mi mejilla porque sabía que anhelaba su toque desde hace horas, pero de igual forma me separó para poder preguntarme el motivo.

— Me pone mucho que me enseñes algo —confesé con las mejillas acaloradas, casi mirando al suelo. En realidad, sí era bastante vergonzoso confesar algo tan tonto como esto.

Suerte que Edward era igual de pecaminoso que yo.

— ¿En serio? —preguntó sugestivamente. Oh, sí que le había gustado esta información.

Asentí encima de sus labios.

— Pienso que deberíamos estrenar el auto, ¿no? —alzó una ceja con picardía.

— ¿Bautizarlo, dices? —pregunté con el mismo tono.

Edward torció una mueca, asqueado y divertido.

— No uses esos términos, me recuerdan a Thomas —se rió de sí mismo.

— ¡Ew! Maldición, Edward —me reí frunciendo el ceño. No era preciso mencionar su nombre en este momento, pero tenía razón. Cualquier expresión religiosa nos recordaba a él.

— Pues, a mí me pone mucho verte sonrojada, caliente y divertida —rescató el momento mientras decía esto besando mi labio superior.

Estrenar el auto sonaba muy buena idea. Aunque nuestras familias estuviesen a pocos metros de donde nos encontraban… eso podía ser algo problemático. O muy excitante.

Me levanté del asiento y mi cabeza golpeó contra el techo del coche. Edward se rió de mí y traté con mucho esfuerzo sentarme encima de su cadera mientras él reclinaba el asiento para tener mejor acceso.

Diablos, ya encontraba el primer defecto en este auto pequeño. Era difícil moverse dentro.

— Ya… casi… —mascullé posicionando mis piernas alrededor de su cintura—. ¡Listo!

Ya sentada encima de su cadera, sentí su dureza y gemí un poco.

— Vaya, señor Cullen… usted es rápido —bromeé asombrada. Él simplemente me sonreía con travesura.

Mis manos tomaron su rostro mientras mis labios se acercaban a los suyos. Sin juegos, nuestras lenguas entraban en contacto, y pensé que esto definitivamente debía ser rápido. Pero algo importante se me había olvidado.

— Mierda, mis pantalones —puse los ojos en blanco recordando lo estúpida que había sido al hacer un tremendo esfuerzo por sentarme encima suyo sin haberme quitado mis pantalones encima. Suerte que usaba unos cortos.

— Voy a prohibirte decir groserías en público —ronroneó mientras mordisqueaba mi cuello.

— ¿Por qué? —pregunté entre jadeos, tratando de bajarme los pantalones.

— Porque sólo dices groserías cuando follamos. Me pone mucho oírte hablar así —respondió lamiendo la zona donde había mordido. Diablos, su saliva me estaba matando.

No tenía ganas de quitarme los pantalones porque quería disfrutar de sus besos y caricias. Pero a la vez, me sentía muy mojada y quería hundirme en él de una vez por todas.

(2) — Amo esta canción —dijo Edward mientras empezaba a sonar "Last Train to London" en la radio del auto.

— Yo también —me reí intentando bajar los pantalones y las bragas de un tirón.

Mientras batallaba con esos malditos pantalones, con mis zapatillas y el diminuto espacio en el auto, Edward se movía al ritmo de la canción, cantándola como si no estuviésemos a punto de coger. Pues, no lo culpaba, yo también me pondría a cantar esa canción tan pegajosa.

The sun was going down; there was music all around, and it felt so right…**

Decidí que lo más práctico sería quitar una pierna de los pantalones y bajar toda la muda hasta el tobillo de mi otra pierna, no tenía tiempo para quitármelo entero.

— ¡Sí! —celebré cuando lo conseguí. Emocionada, abracé su cuello para comenzar a cabalgarlo. Aunque Edward apenas comenzaba a desprenderse el cinturón. De todas formas, mucho trabajo no debía hacer. Maldita su suerte de tener polla.

Casi como siempre sucedía, nos divertíamos al follar en lugares públicos, bromeando entre risas. Antes de entrar en mí, nos pusimos a cantar el estribillo como idiotas.

But I really want tonight to last forever; I really wanna be with you. Let the music play on down the line tonight! ***

Y de una sola estocada, él entró a mi cuerpo gruñendo fuerte, jadeé con ganas.

Mi cuerpo se mecía contra el suyo al ritmo de la canción mientras nuestros labios se besaban con fervor. Edward nunca se equivocaba, el sexo y la música congeniaban de forma fantástica.

Cuando mi boca se separó de la suya y comencé a besar su mandíbula, alguien golpeó la ventanilla del auto.

Chillé asustada cuando vi el rostro de Alice intentando buscarnos con la mirada. ¿No nos veía?

— Son ventanas polarizadas, Bella —me informó Edward bajando el volumen de la radio.

Edward bajó la ventanilla con cuidado de no enseñar más de lo que debía. Estaba desnuda de la cintura para abajo.

Miramos a Alice como dos niños inocentes.

— ¿Qué creen que hacen? —nos preguntó con incredulidad.

¿No era obvio?

— ¿Estrenando el auto? —pregunté como si fuse incuestionable.

— Ya sé —puso ojos en blanco—. Me refiero a qué creen que hacen follando como locos cuando se ve desde el ventanal de la casa el auto moviéndose de un lado al otro.

¡Diablos!

— Oh, Dios mío. ¿Nos vio alguien? —pregunté asustada. Si mi papá nos veía, era capaz de quitarme el coche, aunque fuese un regalo.

— No —dijo Alice con tranquilidad—. Vine a advertirles rápidamente. Estamos almorzando. Sería mejor que dejen eso para más tarde, tus padres quieren hablar sobre tus planes para el futuro.

Rayos…

— Está bien, está bien —asintió Edward y volvió a subir la ventanilla mientras Alice se marchaba.

Suspiró y me miró a los ojos, frustrado.

— Esta noche —avisó con profunda seriedad. Y vaya que nos la debíamos, no follábamos bien desde hace una semana, cuando apenas terminaba de presentar mi tesis.

Aunque estábamos más que frustrados, me acerqué rodeándole el cuello con los brazos, oliendo su aroma y besando su piel.

— Hermoso —lo halagué dándole un beso casto en la oreja.

Besó mi clavícula y sentí sus manos traviesas acariciar mi trasero.

Con mucha dificultad me puse las bragas y los pantalones de nuevo. Salimos del auto y antes de acercarnos al living, Edward me llevó de la mano hasta el baño para conseguir algún perfume para echarnos encima así el olor a sexo no fuera tan palpable. Le pedí que no utilizara ningún ambientador. Eso nos haría lucir muy baratos…

Aparecimos en el comedor contando a los demás que Edward me estaba enseñando a manejar el coche porque no recordaba muy bien cómo hacerlo.

— ¿Bautizando el automóvil? —me preguntó Thomas cuando se acercó a mí, con diversión.

Torcí una mueca.

.

Pasamos el resto de la tarde en casa de los Cullen mientras realizaban los preparativos para la cena de esta noche para celebrar el cumpleaños número cincuenta de Carlisle.

No tuve tiempo para estar a solas con Edward porque aprovechaba lo más que podía este fin de semana para hablar con mis padres que también estaban invitados a la fiesta. Sólo habían venido hasta New York para presenciar la ceremonia porque debían volver a sus respectivos estados antes del lunes. Aunque todos estaban contentos por mi graduación, la atención iba especialmente a Renée. Su barriga era enorme, y sólo le quedaban un par de semanas para dar a luz.

Mi madre hizo un especial favor en no aclarar el sexo de los bebés, al menos frente a mí, porque yo no quería saberlo. Todos ya lo sabían, incluso Edward, pero quería sorprenderme en ese momento. Hace meses no podía creer que mi madre estuviese embarazada, y ahora me encontraba ansiosa por esperar el día del parto. Sin embargo, los veía como los pequeños de mi madre y Phil, todavía me costaba creer que serían mis pequeños hermanitos.

En la noche, opté por vestirme casual: una blusa pegada al cuerpo y unos jeans azules ajustados.

Intenté buscar mis converse en algún lado, había traído un poco de mi ropa para no tener que hacer dos viajes y cambiarme en casa de los Cullen. Golpeé la puerta del dormitorio donde sabía que se estaba cambiando Alice y Rosalie.

Abrí la puerta cuando dijeron que podía pasar. Se encontraban hablando algo acerca de Jasper.

— ¿No vieron mis converse? —pregunté revisando el suelo alfombrado. Éste era el dormitorio de huéspedes.

— No —contestó Alice algo agitada— ¿por qué no estás cambiada todavía, Bella?

Me paré en seco.

— Ya estoy cambiada —fruncí el ceño, encogiéndome de hombros.

Alice, que se encontraba pintándose los labios frente al espejo y Rosalie, que estaba arreglándose el cabello, me miraron estupefactas. A mí, y a mi vestimenta.

— ¿Qué tiene? —pregunté antes de darme cuenta que ellas estaban usando vestidos de noche.

— ¿Sabes que viene Beatrice, verdad? —me recordó Alice con cierta diversión.

No sé por qué no supuse su presencia esta noche, siendo que era la madre de Carlisle. Estaba fregada.

— ¡Diablos! Olvidé ese detalle —refunfuñé de malhumor, comprendiendo que no había forma de que vistiese de esta forma hoy—. Creí que sería algo íntimo. Sólo entre nosotros —suspiré—. ¿Por qué Edward no me dijo nada?

— ¿Esperabas que te dijese "Oh, amor, se me olvidaba, Nana vendrá esta noche, así que más vale que te vistas de forma correcta"? —se reía Alice.

Tenía sentido…

— Le abría pateado el trasero si a mí me decía algo así —Rosalie participó en la conversación con un leve tono humorístico.

— Pero no tengo nada más que vestir —le expliqué a ambas. Ya me estaba estresando con sólo saber que la abuela fastidiosa de Edward estaría presente en la cena.

— Puedo prestarte un vestido —propuso Rosalie después de un rato, encogiéndose de hombros.

Agradecía ese gesto, sólo por el hecho de que provenía de Rosalie, pero dudaba que uno de sus vestidos fuese de mi talla, siendo que su cuerpo era más voluptuoso que el mío.

— ¿Crees que le ande? — preguntó Alice a Rosalie en voz baja, pero igual pude oírla.

— Podría prestarle uno de cuando tenía quince años. No tenía tanto pecho en ese entonces —le respondió la rubia tratando de ser un poco optimista.

Ambas evaluaron mi apariencia para ver qué podían hacer con mi aspecto esta noche.

Beatrice Esther Cullen, viuda y madre de Carlisle, era la persona más egocéntrica, grosera y altanera de la familia Cullen. Una mujer elegante, bien cuidada para sus setenta y tres años, pero con una profunda tendencia a ser perfeccionista. Nunca se iba con rodeos, era firme, directa y sin filtro. Si algo no le gustaba, lo hacía saber en forma de reclamo.

La primera vez que Edward me presentó a ella fue un total desastre, le había molestado la forma en que me había vestido, mi cabello desalineado, mi cuerpo tan pequeño y poco agraciado. Definitivamente no le caía bien, creía que era demasiado poco para su nieto y constantemente me comparaba con Tanya. Por más que Edward demostrara cuán enamorado estaba de mí frente a la "Nana", ella no me aceptaría.

Rosalie me prestó uno de sus viejos vestidos que resultó ser simple, pero a mi estilo. Era color crema, con strapless y peculiarmente corto. El vestido perfecto para salir en la noche, pero no estaba segura si a Nana le agradaría ver lo mucho que enseñaba mis piernas con este vestido, además de que la parte de arriba no me sujetaba del todo, pero no podía pedir mucho si esto era de la época cuando Rosalie no tenía demasiado busto.

No era el vestido perfecto para esta noche, definitivamente le encontraría defectos a éste, pero tampoco iba a hacer un gran escándalo al respecto.

Bajamos hasta el living. Tomé precaución para no tropezarme por tercera vez en el día con los zapatos que Alice me había prestado que, gracias a Dios, combinaban con el vestido de Rosalie.

Divisé a Edward hablando con Thomas en un rincón del living. Quise chillar como una tonta enamorada al verlo, Edward lucía muy apuesto con su camisa color vino y pantalones color beige.

Thomas estaba comiendo algo, no estaba muy segura, pero creo que eran camarones. Cuando me vio, abrió los ojos notablemente sorprendido. La misma reacción de un tigre hambriento que ha divisado una gacela en medio de la nada, sólo que en su caso se aplicaba a mi apariencia y a su cámara de fotos. La estaba tocando peligrosamente.

Edward, como todo un caballero, lo primero que vio fue mi rostro y me saludó sonriente.

— Hola, hermo… ¡Woah! —Rápidamente sus ojos fueron al maldito vestido que comenzaba a aflojarse un poco de mi cuerpo.

Thomas aprovechó la ocasión y tomó una fotografía mía. Le miré incrédula.

— Ni siquiera debes haber apuntado bien el foco —me quejé. Él le restó importancia.

— Te ves… eh… —Edward fruncía el ceño, un poco confundido por mi elección.

— Lo sé, tuve que cambiarme y ponerme "más elegante" —puse ojos en blanco acariciando el brazo de mi novio.

— ¿Ves, Edward? Las chicas hoy en día creen que "elegante" significa enseñar su cuerpo lo más que puedan —Thomas le dijo a Edward como si fuese un consejo.

— No seas malo, no tenía otra cosa que vestir —le reclamé con tono entristecido mientras los dos se reían.

— ¿De quién es el vestido? —preguntó Edward reconociendo inmediatamente que yo no tenía un vestido como éste.

— Me lo prestó Rosalie —dije esto como si fuese un detalle muy bonito.

Él se sorprendió.

— ¿En serio? —una sonrisa comenzaba a dibujarse en la comisura de sus labios. A Edward le gustaba saber que, poco a poco, comenzaba a llevarme bien con Rosalie.

— Pero esto no te queda grande —comentó Thomas algo confundido mientras veía el vestido, sobre todo en la parte de arriba.

— Era su vestido cuando tenía quince años —dije entre dientes, con vergüenza. Thomas se rió.

— ¡Oh, ya! —Chasqueó la lengua Edward—. Por eso me es tan familiar.

— ¿Me queda mal? —volví a preguntarles, ahora un poco más insegura de lo normal.

— Bella, tienes un cuerpo hermoso, y piernas envidiables, estos vestidos claramente te benefician —me reconfortó Thomas—. Pero mejor dejaré que tu novio te lo haga saber con sucios cumplidos.

Thomas golpeó el hombro de Edward amistosamente mientras se marchaba, dejándonos a solas. Edward sólo recibía ese tipo de chistes con diversión cuando los decía Thomas.

— Ya, ¿vas a darme sucios cumplidos así me ponga mejor? —bromeé cuando él tomó mis dos manos para jugar con ellas.

— ¿No era que las mujeres preferían cumplidos tiernos? —me preguntó esbozando una sonrisa torcida. Mi favorita.

— Yo no soy una mujer normal —encogí mis hombros. Quería oír esos sucios cumplidos.

— Ah sí, eres bien rara —asintió y besó mis labios castamente—. Pero mejor no abordar el tema o puedo emocionarme fácilmente. Lo dejaremos para la noche.

— Ya es de noche —le avisé.

— Madrugada, entonces —corrigió con dulzura y me acerqué para abrazar su cuerpo y enterrar mi rostro en su pecho.

Ah… el perfume especial de Edward podía romper corazones tan fácilmente…

Me separé de él en cuanto vi que Edward quería saludar a mi padre.

— Jefe Swan, quería agradecerle por dejarme participar en el regalo de Bella. Yo sé que no era de su completo agrado la idea pero quiero agradecerle por lo que hizo.

Edward había utilizado un tono de voz muy formal, educada y humilde al agradecerle a mi papá algo que, en definitiva, no era necesario agradecer a mí parecer. Pero Charlie simplemente asintió sin mostrar simpatía.

— No te preocupes, Edward —contestó en medio de un suspiro, mientras comía algún bocadillo. Se marchó para acercarse a Sue que lo llamaba.

¡No podía creer lo rudo que había sido!

— ¿Por qué le llamaste "Jefe Swan"? —pregunté con curiosidad.

— Lo predispongo a estar de buen humor —me dijo con cierto… ¿optimismo? —. A mí me pone de buen humor cuando me dicen "Doctor Cullen". Te aseguro que sentirás lo mismo cuando te digan "Licenciada Swan"

Pues, en verdad sonaba bien.

— Pero al menos lo tomó de buena manera, eso me deja más tranquilo —Edward encogió los hombros con cierto alivio.

Me encantaría decirle que, conociendo a mi padre, eso había sido muy rudo de su parte. Pero Edward luchaba por la aceptación de Charlie por meses, si esto le hacía sentir un poco de "esperanza" que así sea. Iba a hablar seriamente con mi padre.

— Vuelvo en seguida —le dije acariciando su mano de nuevo y me acerqué a mi padre.

Pellizqué su hombro para interrumpir de forma educada la conversación que tenía con mi futura madrastra.

— ¿Por qué has sido grosero con Edward, papá? —le reclamé molesta pero en voz baja. Él puso los ojos en blanco—. Estoy hablando en serio, papá. Él simplemente quiso ayudar en el regalo.

— Bells, el auto era un regalo de parte de tus padres —me dijo con tranquilidad—. Aunque sea tu novio no corresponde. No es el tipo de regalo que le das a tu novia.

— ¡Pero sólo ayudó! —protesté—. ¿Está mal que los haya ayudado con el dinero, papá?

— No necesitábamos ayuda —corrigió—. Él se ofreció, lo cual agradecimos en su debido momento. Si quería darte un regalo, podía haber comprado otra cosa. Como esa bonita pulsera que te regaló.

Señaló la pulsera de diamantes que me había regalado para mi cumpleaños el año pasado.

— ¿No entiendes? A él no le interesaba regalarme un auto —dije esto sabiendo que mentía—. Él quería participar, ser parte de la familia. Él quiere agradarte, se está esforzando mucho para hacerlo.

Charlie torció una mueca.

— Yo sé que lo amas, Bells. Pero uno nunca sabe lo que pasará en el futuro y…

— Él es mi novio y punto —gruñí—. Créeme que vamos a durar. Y si no, no te corresponde opinar.

— Sólo quería darte un regalo de parte de personas que somos parte de tu familia.

— Él es parte de mi familia, papá —protesté ahora un poco dolida. ¿Por qué le costaba verlo como un yerno? Y recordé el motivo—. ¿Es por Jacob?

Él iba a decir algo, pero no sabía qué palabras utilizar. Me enfurecí demasiado. ¡Esto era el colmo!

— Oh, por Dios, papá, no voy a volver con Jacob —le dejé en claro palabra por palabra.

— No es eso, Bella… —negó varias veces, intentando calmarme.

Renée apareció a nuestro lado. No estábamos discutiendo en voz alta, pero debió reconocer nuestras reacciones para saber que sí lo estábamos haciendo.

— ¿Qué es lo que ocurre? —preguntó mi madre con profunda curiosidad.

— Papá sigue tratando mal a Edward —lo acusé como si fuese una niña.

Renée miró de mala gana a Charlie.

— Oh, Charlie, no seas tan prejuicioso con él —mi madre se quejó.

— Simplemente no creo que sea adecuado que él participe en un regalo familiar —explicó mi padre.

— Pero si él es parte de la familia —protestó ella—. Se aman y desean casarse.

Charlie me miró a los ojos, alarmado.

— T-Todavía no —contesté de la misma forma. Mi madre estaba abriendo la boca demasiado—. Pero…

— ¡De ninguna forma! Tú eres jovencita todavía, apenas te has graduado, te falta mucho que vivir para casarte —me regañaba Charlie ahora.

Iba a asegurarle que, por más extraño que sonara, estaba 100% de acuerdo con él. Pero mi madre se apresuró.

— Oh, por el amor de Dios, ya es grande, nosotros nos casamos y la tuvimos siendo mucho más jóvenes —a Renée le exasperaba la forma tan anticuada de pensar de Charlie.

— Y mira cómo terminó —aclaró mi padre medio en broma, medio en serio.

— Sí, pero porque no congeniábamos —le respondió mi madre—. Edward y Bella son distintos. ¿Por qué te cuesta aceptarlo si es un buen chico y tiene una grandiosa familia?

Charlie comenzó a incomodarse.

— Mira, no quiero discutir, estás embarazada y… —la excusa de mi padre, aunque muy sosa, tenía algo de razón. No debíamos estresar tanto a Renée ahora.

— Oh, entonces ¿no puedo discutir por tener esta panza? —preguntó mi madre con sorna señalando su vientre, realmente indignada por el trato especial al que la sometíamos últimamente.

— No es eso, es que tienes que cuidarte y… —repetía Charlie tratando de calmarla.

— ¡Yo puedo sosegarme! —Protestó como una niña—. ¡Esto no me hace incapaz de absolutamente nada!

— Mamá, por favor, no te pongas tensa… —le recordé sintiendo pena por el griterío que debían escuchar los bebés ahora.

— Silencio jovencita, tu padre y yo estamos hablando —mi madre me calló de forma tajante. Por más que yo ya tuviese veintidós años y fuese una profesional, me seguirían tratando como una mocosa.

Ellos seguían discutiendo por algo que ni siquiera se acercaba al punto del origen del problema.

— Mamá, piensa en ellos —toqué su vientre rápidamente para callarla—. O ellas… o él y ella —especifiqué porque no tenía idea de cómo eran—. No les traigas con dolores de cabeza a este mundo, ¿sí?

Ella siempre se ponía emocional cuando hablábamos de los bebés, y suerte que había introducido el tema rápidamente. Suspiró y me sonrió a medias. Estaba de acuerdo que debíamos pensar primero en el bien de esos bebés, antes que una estúpida discusión de dos padres divorciados.

— Está bien, me controlaré —respiró hondo—. Ahora, Charlie, ve a disculparte con Edward.

Él miró a Renée con una expresión dudosa, pero cuando vio lo firmes que estábamos, no le quedó otra opción más que suspirar y llamar a Edward para disculparse.

Edward se acercó, ligeramente sorprendido porque tanto Renée como yo nos quedamos para presenciar la disculpa.

— ¿Sí? ¿Sucede algo? —nos preguntó a los tres.

Charlie tragó aire una sola vez antes de soltar aquellas palabras tan, aparentemente, complicadas.

— Quería agradecerte por… haber contribuido con el regalo de Bella —me miró frunciendo sus labios y cerró los ojos lentamente—. Y disculparme por ser grosero. Eres un buen muchacho.

Ver la reacción de Edward, pasar de la sorpresa, hasta el alivio y la satisfacción de saber que Charlie lo había tratado bien, era lo más dulce del mundo.

— No, no tiene que disculparse, comprendo totalmente —asintió él de forma inmediata. Edward era muy simpático si se lo proponía.

Charlie asintió una vez, frunció sus labios debajo de su bigote y se retiró de aquél espacio que habíamos creado. No volvería a tratar bien a Edward sino hasta un par de semanas después por el tremendo esfuerzo utilizado para en la disculpa y el agradecimiento.

— No lo tomes a mal, Edward. No es nada personal. Todos los padres son así —le dijo Renée acariciando su hombro de forma afectiva.

— Lo entiendo, no hay problema —Él realmente lo comprendía y no le molestaba. Agradecía el hecho de haberme enamorado de alguien tan humilde.

— Apuesto a que no estás acostumbrado que alguien no te reciba bien en la familia de tu novia, ¿No? —bromeó mi madre.

— ¿Ah? —preguntó Edward repentinamente confundido por ese planteo. Me morí de la vergüenza.

— ¿Por qué no vamos a probar la comida que tu madre preparó? —ofreció cambiando de tema sin problema, como si no se hubiese dado cuenta de lo desubicado que había resultado esa broma.

Edward asintió con el mismo humor, tal vez no entendió bien la broma o lo dejó pasar. Quién sabe. Mi madre me miró el vestido y acomodó la parte de arriba.

— Isabella, ¿por qué usas un vestido tan desabrigado? Abrígate, jovencita —me regañó y puse los ojos en blanco.

Diablos que este vestido no era el indicado para esta noche.

Thomas aprovechó un rato de la noche para tomarles fotografías a todos los invitados, que eran familiares por parte de Carlisle. Increíble, pero le pagaban por ese favor, aunque Thomas lo habría hecho de todas formas aprovechando que todos vestíamos bien.

Los únicos parientes por parte de la familia de Esme que asistieron a la fiesta fueron los tíos de Edward, Charlotte – su hermana –, y Peter – su esposo –. Ellos eran muy agradables y parecían ser parte del grupo "Preferimos-a-Bella-que-a-Tanya" lo cual resultaba muy cómodo, además de que Charlotte también cocinaba como Esme y le agradaba saber que la nueva novia de Edward sabía preparar algo más que sopa.

Un caso distinto eran sus hijos: Riley y Bree.

— Siracusa no es tan hermosa como la pintan. Tiene un ambiente bastante nostálgico, pero les recomiendo Sicilia definitivamente. ¿Alguna vez han pensado en viajar? —nos preguntaba Riley, con ese aire egocéntrico que le caracterizaba.

— No, pero Jasper y Alice tienen una propiedad en Francia —le contó Edward de forma casual—. Probablemente vayamos a visitarlos pronto.

— Ah, Francia —hizo un mohín—. Está tan gastado. En verdad, les recomiendo Italia o Alemania. Son buenos lugares. Por cierto, ¿el Volvo estacionado afuera es tuyo, Edward? ¿Hace cuánto lo tienes?

El planteo sorprendió a Edward. Bueno, no tanto.

— Probablemente hace tres años —le dijo—. Estaba pensando en cambiarlo, pero…

— Cámbialo, es un auto aburrido. Al menos, más aburrido que el nuevo Fiat de Bella —se reía con sorna.

Edward y yo lo dejamos pasar. Sabíamos lo crudo que él podía ser. Sólo no había que prestarle tanta atención.

— ¿Tienen idea de dónde dejé mi teléfono? —Thomas se acercó a nosotros para preguntar, un poco preocupado de no encontrarlo por aquí.

— ¿Tú eres el amigo homosexual de Edward, verdad? —Riley preguntó a Thomas poniendo una sonrisa—. Deberías ir a Sicilia. Muchas fiestas y desfiles de orgullo gay. No fui a ellas porque me incomodan, pero te lo recomiendo un 100%.

Intenté ocultar la risa que estaba a punto de salir de mi boca al reconocer la sonrisa educada que Thomas le regalaba a Riley.

— Iré a saludar a Rosalie y a Emmett, recién los veo —nos dijo ubicándolos desde lejos. Respondimos su sonrisa y se alejó de nosotros.

— ¿Quién era ese imbécil? —nos preguntó frunciendo el ceño. Obviamente le había caído mal.

— El primo de Edward —me reí. Mi reacción también había sido esa el primer día que lo conocí.

— Al menos Bree es un poco más educada —me dijo Edward.

— Mmm, creo que a Bree no le caigo del todo bien —dije dudosa.

— Probablemente, se llevaba muy bien con Tanya, y creo que aún siguen en contacto —dijo de forma casual. Que yo sepa, Edward ya había dejado el contacto con los Denali hace mucho tiempo.

El momento más temido de la noche había llegado cuando Beatrice llegó a la fiesta en compañía del único hermano de Carlisle: Teseo, quien tenía unos treinta y muchos o cuarenta y pocos.

Beatrice era una mujer mayor, pero muy elegante. Cuidaba mucho su apariencia porque sabía que los años serían sus peores enemigos en la vejez. Era delicada, fina y conservadora. Pero sólo en su forma de pensar, porque cuando ella sentía deseos de opinar algo, lo hacía y sin el menor rastro de educación. Podía intimidar fácilmente con su apariencia austera y prepotente.

Edward sabía perfectamente cómo era su abuela y recuerdo haberlo notado muy preocupado el primer día en que la conocí porque sabía que sería un desastre. Incluso, ahora podía notarlo ansioso porque ambos sabíamos que haría un comentario con respecto a mi graduación y el vestido que estaba usando esta noche.

Vi cuando Alice se acercó para saludarla con exagerada educación.

— ¿Qué le pasó a tu cabello corto, Alice? —Protestó la señora frunciéndole el ceño

Alice había comenzado a dejárselo largo desde hace meses. Le llegaba hasta el pecho, pero en esta ocasión se había hecho una trenza muy bonita.

— A Jasper le gusta así —se encogió DE hombros de forma coqueta. Alice era sencillamente adorable. Jamás podría igualarla.

— Tonterías, Jasper —bufó bastante molesta por el cambio de look de Alice. Todos opinábamos que ella se veía mejor así—. No te queda bien así, deberías cambiártelo.

Con una sonrisa olímpica, Alice le restó importancia. Frente a Beatrice, todos debíamos tener un corazón de piedra.

— Hola, Nana —saludó Jasper en seguida.

— Jasper, estás más flaco —reprobó con preocupación examinando el pecho de Jasper—. Deberías comer más. Alice, deberías aprender a cocinar de una vez para engordarlo como corresponde.

Me habría reído de semejante atrevimiento de no ser porque yo era la siguiente a la que debía saludar. Diablos, diablos, diablos.

— Hola, señora Cullen —la saludé yo, mi voz se quebró por los nervios.

Sin ninguna discreción, miró despectivamente mi vestido.

— ¿Por qué vistes así? —Me preguntó con altanería—. Te dije que te vieras más elegante, no mostrando las piernas, pareces vulgar.

Bueno, no había sido tan rudo como esperaba que fuese.

— Ay, Edward, córtate ese cabello, corazón. Te ves tan desprolijo así —Beatrice despeinó la melena de Edward. Ya le había crecido para estos meses—. Porque tengas una novia desprolija, no significa que tú también tengas que serlo.

Auch.

— Yo también te extrañé, Nana —sonrió Edward frunciendo los labios.

— ¡Mi nieta preferida! —Beatrice corrió a abrazar a Rosalie y para halagar el vestido que estaba usando esta noche.

Creí que habíamos pasado por su instigación, pero me había equivocado.

— Nana, ¿sabías que Bella se ha graduado el día de hoy? —Edward sujetaba mi cintura con firmeza mientras contaba esto con orgullo.

Quería gritarle "Maldita sea, cállate, Edward" pero era demasiado tarde.

— ¿Ah, sí? ¿De qué? —preguntó Beatrice con esa mirada despectiva que tanto le caracterizaba.

— Licenciada en filología inglesa —dije sintiéndome orgullosa inevitablemente. Cinco años de estudios que valieron la pena.

— ¿Y qué haces? —preguntó frunciendo el ceño. No tenía idea de qué se trataba esa carrera, parece.

— Básicamente estudio las lenguas en general, puedo ser editora de libros, profesora de literatura…

—Ay, pero qué aburrido —torció una mueca disgustada. Me quedé muda y me sentí terriblemente incómoda. Para mí, no era aburrido. Incluso si era aburrido, no se lo dices a alguien que acaba de graduarse.

— ¿Por qué no buscaste una carrera más emocionante? Espero que no termines como bibliotecaria —puso los ojos en blanco y se dio la vuelta para seguir hablando con otra persona.

Pues sí, había sido bastante crudo. Edward también había quedado mudo por las palabras hirientes de Beatrice. Me estaba acariciando la espalda repetidas veces con suavidad a modo de consuelo. Cuando llevas tanto tiempo estudiando algo, nada ni nadie puede hacerte opinar que lo que estudiaste es aburrido o no sirve. Si no, habría dejado en mitad del camino. Sí, podía ser aburrido y podía tener una salida laboral algo limitada, pero tenía y eso me importaba. Ella, además de ser exageradamente honesta, me odiaba por haberle "quitado" a Edward de las manos de Tanya y por haber, técnicamente, separado a los Cullen de los Denali. Ella los apreciaba muchísimo. Su juicio no era para nada objetivo.

Pasamos al comedor para cenar. Éramos nosotros, mi familia, Beatrice, Teseo, su esposa, Peter, Charlotte, Riley y Bree. Edward me había comentado que Ella y su esposo no pudieron asistir porque éste se encontraba enfermo y ella debía cuidarlo. A pesar de ser miembros de la familia por parte de Esme, eran muy cercanos a Carlisle.

Esme estaba sirviendo los platos con ayuda de Charlotte. Me habría gustado ayudarlas pero la parte delantera del vestido se aflojaba fácilmente. Mejor si no me movía demasiado…

— ¿Por qué tantas verduras? —preguntó Beatrice con curiosidad pero sin dejar de lado su usual tono grosero cuando Esme servía arvejas y ensalada rusa en su plato.

Esme sonrió como si le hubiesen halagado el plato.

— Porque a esta edad, debes comer verduras y cuidarte, Beatrice —le contestó sin problema.

A mí me pareció algo muy atrevido para Beatrice pero ella se quedó muda sin contestar nada. Beatrice ni siquiera se limitaba a su nuera, y eso me hizo pensar que Esme ya debía tener experiencia en cómo tratar a esta mujer. ¡Pobre!

A las únicas personas a la que Beatrice trataba de forma afectiva eran a Rosalie y a Carlisle, por supuesto. No la había oído decirle algo grosero a Emmett, todavía. Pero la noche era joven.

Antes de que cantaran el feliz cumpleaños, Carlisle se encargó de proponer un brindis por mi graduación y me sentí más avergonzada que nunca. No porque el hecho me avergonzara, en realidad me sentía plenamente orgullosa, pero no estaba segura de sí Beatrice haría un comentario al respecto. Por suerte, no lo hizo, y todos brindaron por mi futura carrera que apenas comenzaba.

Carlisle sopló las cincuenta velas colocadas estratégicamente en el pastel de coco que Esme le había preparado, siendo que ése era su sabor favorito. Él abrió los regalos. Edward y yo le compramos un nuevo equipo de Golf, un deporte que había abandonado hace pocos años y planeaba retomar.

En un momento determinado, Beatrice hizo la pregunta que todos queríamos hacer pero no hacíamos por respeto: ¿Eleazar saludó a Carlisle?

— No, no lo hizo —sonrió Carlisle diplomáticamente, intentando no mostrar ninguna emoción aparente.

— ¿Por qué? —fue la pregunta que todos deseaban hacer pero sabían que estaba mal y que no se debía hacer.

— Porque ya no estamos en contacto con ellos, mamá. Se mudaron a Chicago —respondió él.

¿Chicago?

— ¿Se mudaron? —preguntó Edward en voz baja. Creo que nadie sabía de esta información.

— ¡Ah! Es una lástima haber perdido contacto con una familia tan buena, habrán cometido errores, pero fueron lo mejor que le pasó a esta familia —sentenció Beatrice.

Sentí vergüenza ajena porque toda la mesa quedó enmudecida. No era el tipo de comentario que dices cuando la familia de la actual novia de tu nieto está aquí. Charlie y Renée estaban enmudecidos, debí haberles advertido sobre esta mujer y los comentarios que podía lanzar.

Cuando sirvieron el tradicional café con porciones del pastel, hablé un rato con Teseo que estaba intrigado por saber todo acerca de mi graduación. Él era profesor de literatura en Columbia.

— ¿De qué se trató tu tesis? —me preguntó. Era simpático y un poco más desenvuelto que Carlisle, pero conservaba esa tranquilidad que caracterizaba a los hombres de la familia Cullen.

—Sobre la psicología moral en las novelas de Chaucer. Es uno de mis autores favoritos —respondí de buen humor. Me gustaba hablar sobre este tipo de temas—. Me tomó dos meses terminarla, en realidad.

No me había dado cuenta hasta entonces que Beatrice estaba escuchando mi conversación atentamente.

— ¿En qué planeas trabajar? —me preguntó ella interrumpiendo de forma abrupta la conversación.

Tragué saliva.

— Pues… todavía no lo he decidido —admití sintiéndome fatal. Con mi tesis y los exámenes, no había tenido tiempo para decidir una de las tantas opciones que tenía en mente.

— ¿Cómo es que no lo has decidido todavía? —preguntó, preocupada y frustrada. Tenía razón de estarlo, ya debería de saber bien lo que planeaba hacer.

— Estuve distraída con la tesis y los últimos exámenes… tengo varias ideas en mente, pero no me he sentado todavía a deliberar una por una —sentí la necesidad de excusarme… patéticamente.

— Tienes que planificar muy bien esas cosas. Sobre todo cuando no tienes una salida laboral tan poderosa con la carrera que tienes. Es importante que evalúes correctamente lo que harás, a veces enfocarse en el futuro te ayuda mucho en el presente…

—Yo tengo un viejo conocido que trabaja en una buena editorial. Podría preguntarle si tiene espacio para una recién graduada en NYU —ofreció Teseo tratando de rescatarme el discurso pesimista de Beatrice.

— Muchas gracias —le sonreí a él—. Aunque me gustaría probar suerte y conseguir algo con mis propias manos por el momento, siendo que es mi primera vez, pero en verdad aprecio mucho su ayuda, Teseo.

— Es admirable lo que dices, la gente que consigue empleo por su propia cuenta es verdaderamente admirable —me guiñó el ojo, levantando la taza de café de la que estaba bebiendo.

— ¿Por qué rechazas la ayuda de Teseo, querida? Acabas de desperdiciar una magnífica oportunidad y fuiste maleducada con él al rechazarlo —ahora lucía molesta. ¿Por qué se indignaba tanto conmigo?

— Mamá, no sabes de lo que hablas —Teseo se encargó de tranquilizar un poco el ambiente. Él no se había ofendido por mi rechazo discreto.

—Estas cosas no pasaban con Tanya —oí que decía esto en voz baja, mirando hacia otro lado.

Tal vez no era tan fuerte como creí si me sentía pésimo por sus palabras. Quizás era la indignación de oír a alguien que no me conocía hablar como si tuviese derecho a opinar lo que yo debía hacer o no con mi vida. Pero muy en el fondo, supe que si yo hubiese estado segura de mis convicciones, como cuando dijo que mi carrera era aburrida, no me habría sentido fatal. Sí, estaba insegura por buscar trabajo y tal vez había rechazado una buena oportunidad, pero mi instinto me obligaba a buscar trabajo por mi cuenta, al menos sólo esta vez, mi primera vez.

Me excusé de mi conversación con Teseo y fui hasta el baño para secar las traicioneras lágrimas que caían sobre mi mejilla. No es que fuese a quebrarme en llanto, pero todo esto se sentía tan frustrante.

Alguien tocó la puerta.

— ¿Bella? Soy yo, Alice. ¿Puedo pasar? —se oía del otro lado. ¿Me había visto llorar?

Abrí la puerta del baño y dejé que ella entrara. No se alarmó al verme, pero me sonrió nostálgicamente.

— ¿Fue muy dura contigo? —preguntó mientras cerraba la puerta.

— No es que haya sido dura… es sólo que… ¡Diablos! —gruñí—. Acabo de graduarme, éste debería ser el día más feliz de mi vida. Vine a esta ciudad para estudiar, he conseguido mi título. ¿Por qué debo ponerme mal por lo que una vieja insípida me dice?

Alice se rió entre dientes.

— Pero tiene razón, y eso es lo que odio. Todavía no sé qué trabajo vaya a conseguir, no lo he planificado y me odio por eso, porque ahora no puedo disfrutar como debería.

— Bells, recuerda que Beatrice es una mujer exagerada. No veo nada de malo en que todavía no sepas en qué ámbito trabajar. Te esforzaste mucho, eres una chica inteligente y muy fuerte. Tampoco es que fueses una mega empresaria que debe proyectar sus planes y trabajos para alimentar a miles de familias.

Fue mi turno para reírme mientras Alice me secaba una lágrima con papel higiénico.

—No, supongo… —encogí mis hombros.

—Ella te tiene especial odio por lo que pasó con los Denali, parece que amaba mucho a Tanya. Por eso es que te echa bronca. Pero no dejes que ella te baje los ánimos. Te has graduado en la Universidad de New York. ¿Sabes cuánta gente anhela llegar a este día? ¿El día en que todo el fastidioso estudio ha terminado?

Técnicamente debía seguir estudiando, pero ya no rendía exámenes. De repente, la euforia de sentirme una graduada volvía a aparecer.

— Tienes razón —respiré hondo—. No sé por qué me deprimo ahora. Me he graduado, maldición. El lunes empezaré a buscar trabajo.

— ¡Eso es! —me alentó ella con voz suave y una bonita sonrisa.

Miré a sus ojos y la abracé fuerte.

— Odio que tengas que irte de nuevo —dije encima de su cuello. Alice, al igual que mis padres, debía volver a su hogar. Sólo que su hogar se encontraba en otro país…

— Deberías venir a visitarme un día —ofreció tratando de sacarme otra sonrisa. A ella tampoco le agradaba la idea de tener que irse—. Aunque Riley diga que está gastado, Paris será siempre una cultura.

Me eché a reír a carcajada suelta. A veces, Riley me recordaba a Beatrice.

— Sé que puede ser insoportable a veces. Mira, soy la esposa de su nieto, y todavía me compara con una de las ex de Jasper. A veces finjo reírme de lo que dice sólo para caerle bien.

— Pero eso es mentir —dije—. A la larga se nota la falsedad.

— Vamos, Bella. Ellos no son tu familia verdadera. No los verás siempre. No tienes por qué ser como eres. Simplemente debes caerles bien y fingir para que no te molesten tanto. Incluso si se dan cuenta que finges, lo apreciarán porque significa que los estimas, aunque eso no sea cierto. Pero queramos o no, Beatrice es familia de los Cullen y lidiaremos con ella por siempre.

Tal vez tenía razón. No era necesario mostrarme como yo era verdaderamente a la familia que no veré todos los días, sino en las fiestas. De todas formas, la familia con la que en verdad pasaré tiempo ya me había ganado su afecto y su aceptación. ¿Qué sería yo sin los consejos de una Alice casada?

Me acompañó a salir del baño sin rastro de lágrimas en mi rostro. Al acercarnos al living, vimos a Emmett hablando entre risotadas con Beatrice. Creí que se llevaban bien porque era el novio de Rosalie, pero resultó ser que se llevaban bien porque Emmett, además de no tomar en serio lo que ella decía, bromeaba de la misma forma llamándola "abuela" o "anciana". Tal vez había que ser Emmett para que esas bromas fueran tomadas con diversión por Beatrice…

.

Si no fuese por la luz de la luna, el dormitorio se encontraría completamente oscuro. Estaba desnuda y recostada en la cama, debajo del torso masculino de Edward. Él repartía suaves, mojados y deliciosos besos sobre mis pezones, mordisqueándolos de vez en cuando mientras movía sus caderas de forma acompasada. Sin prisa. Disfrutando el sonido de nuestros jadeos y gemidos bajos mientras hacíamos el amor.

Jugué con su cabello, cerrando los ojos por el placer mientras comenzaba a trazar un camino de besos mojados por mi tronco y cuello hasta alcanzar mis labios. Sin detener las suaves estocadas.

Edward era tan hermoso. Incluso cuando se suponía que estábamos haciendo algo más tranquilo, él se veía completamente masculino teniendo el control. Como en todo lo que solía hacer, terminó volviéndose un experto en hacerle el amor a una mujer.

Pero mi cuerpo no podía soportar tanto placer prolongado. Me estaba matando.

— Edward…—jadeé separando su rostro del mío.

— ¿Mmm? —murmuró besando ahora mi clavícula.

— No puedo —fruncí mis labios, soltando un suspiro.

No eran precisamente las palabras que un hombre deseaba oír en la cama. Edward detuvo las caricias y alzó su rostro a la altura del mío, confundido.

— ¿Por qué? —preguntó ahora con voz clara. Me fruncía el ceño.

— Me refiero a que sí, sí puedo —le aseguré rápidamente para no asustarlo—. Es sólo que…

— ¿Qué? —me preguntaba ahora con dulzura, separando uno de los mechones de mi cabello.

No encontraba la forma de decir esto sin sonar completamente sucia.

— Quiero follar… duro —solté las palabras y le miré a los ojos. Me sentía caliente, pero con decir esto, sentía que ardía.

Edward me miró por unos cortos segundos a la cara, algo sorprendido y luego se echó a reír. Mierda, su sonrisa era perfecta y me provocaba besarlo. Y lo hice.

— ¿No era que querías hacer el amor? —me preguntó con esa sonrisa torcida y un tono de voz muy bajo y muy masculino. Mi vientre bajo tembló, sólo él podía decir aquello y sonar tan condenadamente excitante.

— Sí, pero no es suficiente —mordí mi labio por tercera vez—. Quiero más. ¿No estás cansado, verdad?

Edward negó con tranquilidad. Estaba muy despabilado.

— ¿Podemos hacer algo, entonces? —pregunté como una niña le pregunta a su papá si le puede comprar una muñeca Barbie costosa.

— No lo sé, ¿Qué quiere hacer, licenciada? Esta noche es suya—decía esto con un tono de voz sugestivo y gutural.

Su voz me iba a matar.

— Bueno, definitivamente quiero que me hables sucio —dije en voz baja abrazando su cuello. Él me sonreía como un pervertido. ¡Claro que le gustaba oírme pedir esto! —. No sé, hazme gritar de placer.

Se acercó para besar de nuevo mis labios antes de separarse de mí.

— Está bien, prende la luz —me pidió mientras se levantaba de mi cuerpo y de las sábanas.

Encendí la lámpara en la pequeña mesita al costado de la cama de Edward.

— Aunque ya estaba mentalizado para hacer algo romántico, necesito mentalizarme para hacer algo sucio —cruzó sus brazos y me miró con diversión—. Así que… haz tu trabajo, Swan.

¡Ja! ¿Era mi trabajo ahora? Bueno, claro que podía excitar a mi hombre.

Mis ojos fueron hasta la mesita del lado de su cama y una idea jocosa cruzó por mi mente.

— Oh, vaya… ¿qué hora será? —pregunté con inocencia y me arrastré gateando hasta la mesita para ver la hora en su reloj. A propósito, le di una buena vista de mi trasero desnudo.

Oí que se reía.

— Si yo fuera tú, tendría mucho cuidado o sin que te des cuenta, alguien se aprovechará de la situación —me dijo y a modo de aprobación, me propinó una sonora nalgada que tensó mi cuerpo entero.

Me reí y vi cómo se colocaba su bóxer de nuevo para ir a buscar algo en el guardarropas, donde se suponía guardábamos algunos juguetes sexuales.

Mientras le esperaba sentada en la cama ya sin la necesidad de cubrir mi cuerpo desnudo como antes solía hacerlo —algo bastante estúpido, en realidad— observé a Jella recostada en la alfombra de la habitación.

La habíamos traído a casa de los Cullen para que le hiciera compañía a Eugene. Pero como Thomas no iba a pasar la noche en casa, la trajimos hasta la casa de Edward porque le costaba dormir sin mi presencia. Me miraba fijamente y eso me incomodaba. Como si desaprobara mis ideas.

— No me mires así —le regañé—. Tengo derecho a pedir esto, es mi noche —empleé las palabras utilizadas por Edward anteriormente. Ella me seguía mirando fijo—. No hay nada de malo en pedirle un poco de sexo duro a tu novio —fruncí el ceño.

— Bella, ¿estás hablándole a Jella de nuevo? —me preguntó Edward desde la otra habitación.

— ¡Me está mirando feo! —me excusé—. Yo la conozco y sé que entiende lo que le digo. Pareciera como que me juzgara mal…

— Jella, deja de mirar mal a Bella —respondió Edward regañándola. Él no tomaba en serio esto, pero yo conocía a mi propia gata.

Jella maulló y le saqué la lengua.

Mientras Edward seguía buscando y yo me aburría en la cama, me acerqué hasta el sillón de su dormitorio y encendí el televisor. Eran las dos de la mañana y la excitación en mi cuerpo me obligó a espiar un poco los canales pornográficos.

— ¿Edward, cuáles son los canales porno? —pregunté mientras hacía zapping. Mil canales y no los encontraba.

— Desde el quinientos hasta el quinientos diez. Desde el quinientos cinco en adelante son las veinticuatro horas y el quinientos ocho sólo es de lesbianas —oí que me respondía.

Cinco meses de noviazgo y todavía se sabía de memoria los canales pornográficos. ¿Debía preocuparme?

Marqué el quinientos tres y encontré a una chica masturbando frente a la cámara a un tipo desnudo. Este tipo de cosas en verdad me producían algo morboso e interesante.

— ¿Qué haces viendo pornografía? —preguntaba él con cierto descaro. Apagué el televisor de forma inmediata pero no porque aquello me fuese vergonzoso. Regularmente veíamos este tipo de cosas, pero muy rara vez lo hacía por mi propia cuenta.

Edward se acercó a donde yo estaba y tomó mi cadera para alzarme. Como siempre, me reí estrepitosamente.

— A la cama —ordenó.

Me tiró encima de la cama para que rebotara en ella. Él se encargó de apagar la luz del dormitorio para que, nuevamente, estuviésemos a oscuras. Se acercó a mi cuerpo con rapidez y comenzó a besarme. Había algo tan adictivo en sus labios que nunca me cansaría de probarlos. Nunca.

Una de sus manos bajó hasta mi cintura y sus dedos separaron mis labios mojados. Gemí encima de su boca cuando sentí dos dedos en mi interior y uno pellizcando suavemente mi clítoris.

— Ah, Edward —me quejé por la intrusión rápida. Él no paraba de besarme.

Cuando sus labios bajaron hasta mis pechos, separó sus dedos de mi intimidad. Sentí que estaba a punto de entrar en mí…

Pero, en vez de eso, sentí algo gomoso y firme entrar en mí, vibrando.

— ¡Mierda! —maldije por la sorpresa y quizás por la frustración. Edward se reía cerca de mi rostro—. ¿Por qué no me avisas que vas a usar el maldito vibrador?

— Porque es muy divertido ver cuando te sorprendes —oía su estúpida y adorable risa bromista.

Y lo había puesto en máxima potencia.

— Edward, Edward, Edward—gemí una y otra vez ladeando mi cabeza de un lado al otro, intentando soportar el placer al que me sometía. Estaba muy sensible.

Me faltaba sólo un poco para llegar al orgasmo, y de forma abrupta, Edward quitó el vibrador de mi interior.

Alcé la cabeza en alto.

— ¿Qué crees que haces? —protesté de mala gana, consternada.

— Te hago sufrir —dijo con su mejor cara de niño inocente.

— Oh, no, no —negué rápidamente—. Hoy es mi noche, así que te ordeno que continúes.

— ¿Quiere que continúe, señorita Swan? —probó en decir con diversión.

Me estaba fastidiando.

— ¿Sabes? Mi rodilla está peligrosamente cerca de tus partes —dije en un tono profundamente dulce.

Edward se echó a reír en voz alta.

— ¡No te atreverías! —se levantó—. Si tanto insistes, date la vuelta, ahora.

No esperó hasta que yo me diese la vuelta para nalguearme. Lo hice rápidamente y sus manos posicionaron mis caderas firmemente hacia arriba. Me aferré a la almohada debajo de mi cabeza.

Ese corto lapso en el que sentía la punta de su miembro acariciar mis labios para luego entrar en una sola estocada me robaba el aire y el corazón. Me permití gritar de placer sobre la almohada.

— ¿Así? —preguntaba entre dientes sin parar de embestirme.

— ¡Sí! —chillé enterrando mi rostro en la almohada, sintiendo cómo su miembro tomaba mi cuerpo de forma precisa y rápida, como se lo había pedido.

Durante unos largos y prolongados segundos, Edward no cambió de posición. Pero ni siquiera era necesario, esta posición era nuestra predilecta y uno nunca, pero nunca, se podría acostumbrar a los ruidos sexuales de Edward Cullen. Nunca.

En un momento determinado, cuando me faltaba muy poco, Edward se recostó encima de mi cuerpo y sentí su respiración detrás de mi oreja.

Déjame hacerlo —pidió entre jadeos sin parar de embestirme.

Le conocía lo bastante para saber exactamente lo que estaba pidiéndome debido a la posición en la que nos encontrábamos. Era una sensación agridulce. Por un lado lo deseaba, por otro no. No me sentía cómoda haciéndole saber que lo aceptaba, pero no por eso lo rechazaría. Pero no me encontraba en un momento en el que pudiese decidir con objetividad. Estaba excitada, quería correrme, quería probar todo y a la mierda el orgullo.

Asentí tres veces cerrando los ojos y dejándome llevar por la deliciosa fricción de nuestros cuerpos. Acto seguido, Edward se levantó un poco de mi espalda, sin ejercer demasiada presión en realidad. Llevó su dedo hasta mis labios. Abrí la boca y comencé a chuparlo con fuerza.

Unos segundos más tarde, alejó su dedo de mi boca y disminuyó notablemente las embestidas porque estaba concentrado en posicionar aquél dedo en mi zona más íntima y prohibida.

Lo hizo lentamente y me sacó varios gemidos de la garganta. Todavía no me acostumbraba a la sensación. Era extraño. Pero no podía decir que no era placentero. Era un placer morboso, extraño y casi incorrecto, pero eso lo hacía satisfactorio. No era tanto lo que hacía, sino con quién lo hacía y por qué lo hacía. Con el amor de mi vida, el hombre obsesionado en alcanzar aquella parte de mi cuerpo, y porque esto le complacía, y su placer era el mío.

Había algo increíble en experimentar la sensación de ser llenada por ambos lados. Cuando te encuentras muy absorbida por el placer, esa sensación lo duplica o hasta lo triplica, y te hace sentir incorrecta, pecaminosa, inmoral. Y diablos que eso sí que excitaba.

Pero no sólo eso, sino los jadeos de Edward, notablemente excitado por la situación. Se apoyó sobre mi espalda cuando supe que no le quedaba mucho y con una última estocada, nos vinimos al mismo tiempo mientras oía sus jadeos encima de mi oído. No tenía precio.

Algo que había notado en las ocasiones que permitía a Edward hacerlo era la gran diferencia a la hora del clímax. Edward realmente se venía fuerte cuando hacíamos este tipo de cosas, y no puedes negarle cuando sabes que el resultado va a ser glorioso. La sensación era única e irrepetible, y ese tipo de cosas aflojaba mi voluntad, aparentemente quebrantable, para terminar algún día aceptando la propuesta con la que él tanto fantaseaba.

Sentí que había babeado la almohada y mi cuerpo pesaba. Edward intentaba normalizar su respiración detrás de mi espalda.

— Te amo, Bella —confesó con una sinceridad que calentó mi corazón y sonreí de felicidad.

— Y yo a ti, aunque estés obsesionado con mi trasero —dije y oí que se reía en mi espalda antes de besarla.

Había algo que sonaba en medio del silencio sepulcral del dormitorio. Algo que vibraba.

¿En serio?

— Edward, ¿acaso olvidaste apagar el vibrador?


* Fiat 500 Abarth: El 500 cuenta con una configuración mecánica basada en un motor delantero transversal y tracción delantera, compartiendo gran parte de sus elementos mecánicos y estructurales con la segunda generación del Fiat Panda, además de ser ambos fabricados en la misma planta de Fiat Tychy, en Polonia, junto con un modelo hermano, la segunda generación del Ford Ka para Europa. El 500 en Europa es sustancialmente más barato que los otros coches mencionados, siendo su precio básico de € 10.500 en Italia (con opciones, € 15.000).

Comenzó a comercializarse el 4 de julio de 2007 y llegó a los Estados unidos en 2011. En noviembre de 2012 se fabricó la unidad un millón.

Aquí puedes ver una imagen del coche: 4. bp. blogspot -QhbAknS5XDM /T3eXAysNEfI/ AAAAAAAAAEQ /_WdWQc1PZDc /s1600 /Fiat-500_ Abarth_ 2012_ 1280x960_ wallpaper_ 03. Jpg (Quítale los espacios)

** The sun was going down; there was music all around, and it felt so right… Traducción: El sol se estaba poniendo, había música por todas partes.

*** But I really want tonight to last forever; I really wanna be with you. Let the music play on down the line tonight! Traducción: Pero realmente quiero que esta noche dure para siempre. Tengo muchas ganas de estar contigo. Deja que la música juegue en la noche por la línea.


Hola! Espero que les haya gustado, se pondrá bueno con los nuevos capítulos. Entren al grupo en facebook para estar al tanto de las actualizaciones y otras cosas, el enlace está en mi perfil y también nuestra cuenta en twitter manejada por Lucero, mi adorada beta, le debo la mitad de este capítulo porque sin ella seguiría rodando en el suelo intentando escribir algo. ¿Les gustó? ¿Lo amaron? ¿Lo odiaron? No se olviden dejar reviews :3