Perdonen el retraso, espero que les guste.


Un poco de la noche de San Valentín y de los días que no son San Valentín


No se consideraba una persona especialmente perspicaz, pero cuando tu actividad favorita era la fotografía, el hábito de observar a las personas se volvía tan natural que era imposible evitarlo. Podía decir cuando un niño estaba llorando de verdad y cuando estaba haciendo una pataleta. Sin ser engreído, incluso, podía adivinar la diferencia entre una mentira y una sutileza. La gente no se daba cuenta, pero el rostro dejaba trazos de evidencia que eran muy difíciles de ocultar cuando alguien aprendía a leerlos. Y no, no dedicaba su vida a leer, pero un cuento de vez en cuando siempre era entretenido.

Cuando conoció a Helga supo de inmediato que era una mentirosa hasta el tuétano. Una mentirosa muy mala, muy honesta (en toda la contradicción del análisis), que ocultaba con ira todo lo que le daba miedo. Y sí, la fuerza de la costumbre hizo que el secreto que guardaba se volviese más y más misterioso a medida que la conocía. No, no podía negar que era una persona ruda y abrasiva, pero también era inteligente y le gustaba bromear sin bromear. Un jodido misterio. Comenzó a observarla tratando de encontrar una pista y se sintió muy estúpido cuando, por casualidad, la encontró conversando con Arnold Shortman. Muy estúpido y le dieron ganas de tomarles una fotografía porque ahí las cosas no podían ser más obvias aunque le pusieran un cartel de neón y fuegos artificiales.

Así que, Helga estaba enamorada de Arnold y Arnold, bueno, Arnold era Arnold. No le interesó continuar con su investigación cuando notó que la situación era un poco más complicada de lo que parecía. Helga fingía ser la amiga aparentemente indiferente y Arnold de verdad se esforzaba por ser su amigo. Era como una teleserie y no se sentía con ganas de ser el personaje secundario. Decidió dejarlo por la paz y en realidad empezó a interesarse por otro sujeto de observación que también se pasaba por el bar. Un tal Curly al que Helga llamaba fenómeno (un adjetivo no muy lejos de la realidad).

Fue Phoebe Heyerdahl, sin embargo, quien logró atraerlo de nuevo en el asunto. Vino un día en la tarde, cuando apenas acababan de abrir y le pidió un cuba libre con una sonrisa tan beata que se sintió mal por proporcionarle alcohol.

—Gracias. —Le dijo muy amable—. ¿Alan, verdad? Creo que estamos en la misma clase de Ciencias Políticas.

—Oh. —Sonrió. ¿Está tratando de ligar conmigo? — Sí, creo que sí. ¿Con Denegri?

—Así es. —Se aclaró la garganta—. Felicitaciones, tu exposición sobre Rousseau fue magnífica.

—¿De verdad? —Dijo avergonzado. Definitivamente está tratando de ligar conmigo—. Gracias.

—Sí, en serio. Helga me había dicho que eras bueno enseñando, pero debo admitir que tenía mis dudas. Felizmente ahora puedo estar de acuerdo con ella.

—¿Helga? —Arrugó el ceño—. ¡Ah, tú debes ser Phoebe!

—Lo soy. —Le dedicó una sonrisa indulgente que lo hizo sentir un poco estúpido.

—Claro, claro. Pensé que eras un mito. Helga siempre dice que te presentará y nunca lo hace.

—Lo sé, pero no es su culpa. Está estresada por los cursos de maestría que está adelantando. —Le dio un trago a su bebida—. Lamento estar distrayéndote, Alan, pero me alegra haberte conocido.

—Sí, a mi igual. —Respondió con sinceridad. Phoebe era guapa y tenía ese tipo de inteligencia sutil que la volvía muy interesante—. Espero que le vaya bien a tu grupo, les toca la próxima semana, ¿no?

—Así es, justo venía de una reunión. Ya lo tenemos casi listo. He tenido suerte con mis compañeros.

—¿Con quiénes te ha tocado?

Phoebe lo miró y sus ojos brillaron con anticipación. Alan lo notó y un escalofrío le recorrió la espalda.

—Con Gerald Johanssen y Arnold Shortman.

—¿Conoces también a Arnold? —Preguntó curioso—. Vaya, qué pequeño es el mundo.

—Así parece… —Concedió fácilmente y luego de una pausa breve su voz cambio ligeramente, en un tono suave y, casi, complaciente—. ¿También eres amigo de Arnold?

—Sí, lo conocí mucho tiempo atrás, cuando todavía estábamos en primaria.

—No sabes cómo me alegra oírte decir eso. —Phoebe, de verdad, estaba muy contenta—. Alan, perdona la indiscreción, pero me gustaría pedirte un favor muy grande.

La conversación había avanzado con tanta naturalidad que se encontró metido en el asunto cuando ya era demasiado tarde. Lo descubrió después, cuando Phoebe se despidió haciéndole prometer que guardaría el secreto. Bastante le había durado la convicción de no meterse. Al final resultó encargado de indagar sobre la naturaleza de los sentimientos de Arnold y, más precisamente, de ayudar a la morena a proporcionar el escenario para que la cosa funcionara. Se sentía como una Celestina muy fantoche, pero Phoebe era una persona muy persuasiva y su falta de maldad hacía muy difícil enfrentarla.

Así que esa noche, en la que se suponía que sólo estaba trabajando, se encontró con Helga e hizo lo que tenía que hacer. Facilitar la información. Phoebe le había pedido que le avisara cuando Helga estuviera por el bar, nada más ni nada más. Como no era una tarea tan difícil de llevar a cabo, terminó eligiendo el camino de la paz y le envió la noticia en un mensaje de texto. La llegada de Arnold, por eso, no había sido del todo extraordinaria.

Lo que sí lo sorprendió, mucho, fue lo que sucedió después. Casandra, que así se llamaba la chica con la que siempre le tocaba atender el bar, había estado riéndose de un chiste muy malo que le contó (ella SÍ está coqueteándome) cuando su expresión cambió de inmediato. Siguiendo el rumbo de su mirada, se volteó lleno de curiosidad y se encontró con un espectáculo muy interesante.

Arnold estaba besando a Helga.

En San Valentín.

En un bar.

En un bar que él atendía y en el que había gente que más bien prefería celebrar otras cosas.

Acabáramos.

Se le llenó el pecho de diversión mezclada con disgusto mezclada con envidia mezclada con la más absoluta estupefacción. Y claro, qué le quedaba, si mientras estaba trabajando sus amigos venían a restregarle en las narices que en San Valentín ocurrían cosas extraordinarias.

—A mí me gusta Helga. —Dijo en un susurro malhumorado, pero no pudo evitar sonreír.

—¿Y por qué no hiciste nada? —Le contestó Casandra, también en un susurro, mientras le lanzaba una mirada curiosa. Sorprendido por la intromisión, no le quedó más que contestar con lo que él creía que era la pura verdad.

—Porque me gusta de verdad y lo mejor que podía hacer, era no hacer nada.

Se guardaría el secreto de los mensajes de texto y de la secreta esperanza de que Arnold no hubiese hecho reaccionado.

—Pues qué idiota. —Le dijo con una sonrisa—. La próxima vez mejor haces algo o te vas a quedar mirando siempre desde lejos.

Casandra se fue a terminar de recoger los vasos y Alan se quedó con la sensación agridulce de haber recibido un buen consejo. Incómodo, pero un buen consejo finalmente.


—¡Espera! —Exclamó—. Esto no tiene ningún sentido.

—¿Ahora por qué? —Rodó los ojos—. Las primeras cinco veces me parecieron graciosas, pero ahora creo que lo haces al propósito para irritarme.

—Arnold, no seas estúpido, por favor. —Dijo seriamente—. ¿Lo ves?, nos peleamos cada cinco segundos, ¿te parece normal?

—Claro que no. —Sonrió—. Pero tú nunca has sido normal, ya me acostumbré a la idea.

—¿Me estás diciendo anormal? —Helga se levantó y se sentó en su regazo, tenía el ceño fruncido y parecía muy enojada. Lo agarró por las solapas de la camisa y lo acercó con fuerza. Estaba a punto de gruñir—. ¿Quieres morir?

—Eres un fenómeno. —Le contestó burlón—. Eres bipolar y sí, rubia, eres totalmente anormal.

—Idiota. —Apretó los puños—. Te odio. Siempre me pones de mal humor.

—¿Siempre? —Alzó la ceja derecha. Su mano se había deslizado hasta su cintura y le acariciaba la piel por debajo de la camiseta. Helga se estremeció.

—Siempre. —Dijo en un susurro, quería seguir de mal humor, pero su mano la estaba distrayendo—. No me toques.

—Tú también me pones de mal humor. —Le respondió desafiante. Arnold la tomó de la cintura y la volteó fácilmente sobre el sillón. Helga seguía agarrándole las solapas de la camisa, pero parecía un esfuerzo inútil ahora que la tenía atrapada con su cuerpo—. Estoy cansado de tus inseguridades y de toda esa pretensión absurda. Tú me quieres y yo te quiero a ti. Acéptalo, Pataki.

Helga se sonrojó, pero no dijo nada.

No hacía falta.


Era lunes y la cafetería estaba vacía. Normal, los lunes casi nadie desayunaba en la universidad. Ella misma tenía que admitir que era una situación poco usual y mucho más que por un simple desayuno.

Estaban Helga, Arnold y Gerald. Excelente. Como en una cita doble, pero en realidad era sólo una casualidad bien calculada, pero Phoebe nunca le había tenido miedo a Helga, así que las cosas estaban bastante bien.

O algo así.

—Buenos días, cabeza de cepillo.

—Buenos días, Pataki.

Arnold rodó los ojos y Phoebe, también, estuvo a punto de hacerlo.

—Ya que parece que nos vamos a ver bastante, ¿por qué no intentamos llevarnos bien? —Phoebe había aprendido que cuando hablaba en plural e incluyéndose (aunque fuese innecesario) recibía respuestas positivas.

—Dile a tu noviecito aullador que no sea tan desagradable y hablaremos. —Se cruzó de brazos—. Y todavía no te perdono, Heyerdahl.

—¡Excelente! —Exclamó Gerald—. Phoebe, ahora no tendremos que hablarle.

—No te perdona porque no tiene nada que perdonar. —Intervino Arnold, entretenido con la comedia que lograban Helga y Gerald cada vez que se juntaban—. De hecho, te agradeceré en nombre de los dos.

Helga parecía ultrajada y Gerald soltó una risita.

—De nada. —Contestó Phoebe fácilmente—. Helga es mi mejor amiga Gerald, sería más productivo que asimilaras la idea.

—El cabeza de balón metiche quiere decir que te agradece por la iluminación mental. Yo, por mi parte, sigo sin entender el motivo que te hizo pensar que todo esto era buena idea. —Agregó en un susurro—. Aunque lo sea.

Phoebe sonrió.

—Me pareció que ya había pasado tiempo suficiente para que alguno de los dos hiciera algo, pero como no pasaba nada, creí que un poco de intervención inofensiva resultaría beneficiosa para todos.

—Sí… y porque Arnold estaba bastante insoportable. —Agregó Gerald, sarcástico.

—¿Qué quieres decir? —Preguntó el aludido.

—Quiero decir, viejo, que eres un poco negado para ver más allá de lo evidente.

—Basta ya con el tema. No soy tan denso como ustedes creen.

Helga soltó un bufido dramático, Gerald arqueó una ceja y Phoebe hizo todo el esfuerzo del mundo para no soltar la carcajada que se le había atorado en la garganta.

—Claro que sí, Arnoldo. Eres la viva imagen de la perspicacia. —Le dio una palmadita en la espalda.

Gerald y Phoebe prefirieron no seguir comentando y Arnold se ofendió.

—Prefiero no seguir con este tema.

Y no siguieron. Helga, de todas maneras, quería divertirse con algo más.

—A todo esto, ¿es que ustedes tienen algún campo de fuerza o son insensibles a la realidad de las cosas? —Bufó—. Y no se atrevan a irse por la tangente, ya saben de lo que estoy hablando.

—No te entiendo. —Respondió Phoebe con rapidez, pero sus mejillas se habían sonrojado.

—No sé de qué hablas, Pataki. —Gerald evitaba mirarla deliberadamente.

Arnold se acomodó en su asiento. Aunque no estaba especialmente inclinado a apoyar la impertinencia de su Pataki, tenía que admitir que era bastante interesante ser el tercero que miraba todo desde lejos. Muy interesante porque eran dos contra uno y, sin embargo, experiencias pasadas indicaban que Helga tenía todas las de ganas.

—De todo el sexo pervertido que tienen en mi departamento. —Sentenció cruel—. ¿De qué más? Agradezcan que no llamara al 911, parecía que estaban cometiendo un asesinato.

Phoebe comenzó a toser y Gerald cerró los ojos, evidentemente mortificado.

—Helga, por favor. —Pidió Phoebe cuando pudo hablar—. Sé que ahora Arnold y tú están juntos, pero si continúas insistiendo no me quedará más remedio que recurrir a una advertencia poco amistosa. Sí, estoy hablando de tus secretos.

—¿Cuáles secretos? —Contestó Arnold por ella y Helga entrecerró los ojos.

—Está bien. Tregua. Pero tienen que prometer que jamás se trasladarán a la sala a… bueno, a eso. Es un espacio público.

—Como si Arnold y tú respetaran los espacios públicos. —Dijo Gerald con intensión.

—¿Qué?

—Vi el estado de la sala la noche que te quedaste a dormir. —Explicó malicioso y Helga, evidentemente, se picó.

—¡Me quedé a dormir, pervertido!

—Claro. ¿Con quién te quedaste a dormir?

—¡Sola!

Phoebe le lanzó una mirada incierta y Gerald se comenzó a reír. No ayudaba, tampoco, que Arnold se estuviese carcajeando a sus espaldas. Era un asunto serio, pero Helga no se sentía tan seria si todos comenzaban a reír. Decidió dejarlo por la paz y mientras su estúpido novio y el estúpido novio de su mejor amiga estaban distraídos, se acercó a Phoebe y le susurró al oído.

—Gracias.


FIN


Se acabó :)

Gracias por todo, queridos lectores.

Próximas actualizaciones: En la esquina veleidosa y Rhonda y la pócima mágica.

Respuesta a los anónimos ;) (en orden de llegada)

Guest. Qué bueno que te gustara :) y no te disculpes, lo entiendo perfectamente. Muchas gracias por tomarte el tiempo de escribir. Abrazos :3

hel201. Me alegro que te gustara, cariño. Gracias por el review :)

clita98. Si te ríes entonces yo también :D ¡Killa jode con sus encuestas! jajajaja, felizmente al final si lo subí. Gracias por escribir, cariño.

Guest. Espero que el anexo haya servido para satisfacer tus deseos. Gracias por la sugerencia, lo hice desde la perspectiva de Alan como mencionaste. Gracias, también, por escribir ;)

Nuleu Strack. Jajaja cariño, prometo cumplir con tus fantasías en el fanfic grande. "En la esquina veleidosa" haré todo eso, no te preocupes ;) Espero que te haya gustado. No pasa nada con Entre Luces, es que andaba sin inspiración y ese no me atrevo a escribirlo sin estar inspirada. Pero ya actualicé y ya no tardaré tanto como otras veces. Gracias por escribir siempre, cariño ;) ¡Abrazotes!

merope. Me alegra que te haya sorprendido ;) Gracias por los comentarios, qué bueno que al final haya salido rendondito y completo, entonces. Eres bienvenida de leer todo cuanto gustes. Esperaré tus comentarios. Gracias a ti por escribir y darte el tiempo de leer :) ¡Abrazos!

Majo Azocar. ¿Qué pasó con tu cuenta? (igual te escribo por devianart) Gracias por los halagos :) Espero que todo te haya gustado. Pues, dependiendo del género que te guste. Recomiendo mucho las novelas de Jane Austen y en general todas las de mujeres del siglo XIX inglesas. También están los cuentos de Carson Mccullers. Léete 'La balada del café triste', es muy bonita. Tú dime más o menos lo que quieras leer, te hago una lista y te la envío por deviantar si no tienes cuenta aquí :) ¡Gracias por escribir! Abrazos :)

Los quiero, retoños.

¿Clic al botoncito? :3