Capítulo 2

Angustiada como nunca, Serena estaba frente al espejo del enorme cuarto de baño, pero no se molestó en buscar una toalla. No hizo nada para mejorar su aspecto. Sencillamente, se miraba a sí misma en el espejo.

Era lógico que Darien hubiera buscado otra mujer.

Darien Chiba era un hombre de metro ochenta y cinco, guapísimo y de devastadora masculinidad, y ella era... ¿qué?

Una chica normal y corriente.

Mirando su rubia melena pensó en el tiempo que había tardado cada día en transformar ese pelo rizado en la melena lisa que todo el mundo esperaba. Y aunque había perdido peso en el último año, sus pechos seguían siendo demasiado grandes y sus caderas pronunciadas.

Era lógico que Darien hubiera elegido a su hermana.

Intentando no pensar en ello, Serena abrió el grifo y se echó agua fría en la cara… Lo único bueno de haber perdido a su marido por otra mujer era que ya no tenía que esforzarse con su aspecto exterior, pensó, irónica. Podía ser ella misma. ¿Qué iba a perder?

Nada.

Ya lo había perdido todo.

Pero la vida seguía poniéndole obstáculos y ahora tenía un nuevo reto frente a ella. Tenía que olvidar su sueño de tener un hijo propio y cuidar del niño que era el resultado de la aventura de su marido con su propia hermana.

Asustada de repente, Serena se llevó una mano a la boca. Estaba muy bien tener principios y decir que iba a cuidar de él, ¿pero y si no podía hacerlo? ¿Y si odiaba al niño? Eso la convertiría en una persona horrible, ¿no?

Ella quería hacer lo que era correcto, ¿pero y si hacerlo resultaba demasiado difícil?

Su encuentro con Darien había sido un millón de veces más difícil de lo que había anticipado y ya había anticipado que lo sería.

Aunque su matrimonio estaba roto, nada la había preparado para el dolor de verlo con otra mujer. O para darse cuenta de que la herida no había curado. Aún no lo había olvidado y no lo haría nunca.

Había aprendido a sobrevivir, eso era todo. Pero la vida sin él era anodina y sin color.

—¿Serena? —la ronca voz de Darien le llegó desde el otro lado de la puerta y se quedó inmóvil, mirando el cerrojo.

Ni siquiera en un ataque de furia se atrevería a tirar la puerta... ¿o sí?

No entendía su rabia. Debería estarle agradecido por resolver su problema. Lo último que Darien Chiba necesitaba era un niño.

Una imagen de la actriz apareció entonces en su cerebro, paralizándola. Por un momento, no podía moverse o pensar.

¿Qué había creído, que Darien estaría solo en casa, pensando en ella?

-¡Espera un momento! —gritó, mirándose al espejo y esperando ser la persona que debía ser.

No quería ser una tonta patética y celosa. Quería tener fuerzas para dejar ese matrimonio con la cabeza bien alta y la dignidad intacta. Quería ser lo bastante madura como para cuidar de ese niño y darle el cariño que merecía, por mucho daño que le hubieran hecho sus padres.

Ésa era la persona que quería ser.

Apretando los dientes, Serena se dio la vuelta y abrió la puerta.

Darien estaba apoyado en la pared, mirándola con cara de enfado.

—¿Qué has estado haciendo durante los últimos quince minutos? Estás exactamente igual que cuando entraste. Pensé que ibas a ducharte y a cambiarte de ropa... o al menos a usar una toalla.

Hasta ese momento Serena había olvidado que era para eso para lo que había entrado en el baño.

—No tenía ropa seca que ponerme.

Darien tocó su pelo con gesto exasperado.

—No has traído más ropa.

—Me he dejado la maleta en el tren. Estaba tan disgustada... y sólo voy a estar en Londres esta noche, así que no importa.

Le gustaría estar tan enfadada como antes porque esa furia le había dado fuerzas para enfrentarse con la situación. Sin ella, se sentía exhausta.

—Aún tienes ropa aquí. Ponte algo.

—¿Has guardado mi ropa? —sorprendida, lo miró a los ojos y la frialdad que había en ellos la asustó.

—Es muy conveniente cuando alguien se queda a dormir.

Serena tuvo que contenerse para no replicar. Estaba añadiendo sal a la herida y se preguntó por qué la agonía emocional era mucho más traumática que una herida física.

Darien la había apartado de su vida por completo.

Pensó entonces en las largas y solitarias horas que había pasado preguntándose si había hecho bien al marcharse... en las lágrimas que había derramado. Las veces que se había preguntado si Darien estaría pensando en ella, si le importaba su ruptura.

Bueno, pues ya tenía la respuesta.

Estaba perfectamente. Había seguido adelante, aparentemente sin el menor esfuerzo. Lo cual demostraba que nunca la había amado. Se había casado con ella por impulso, porque era una novedad. Desgraciadamente, la novedad no había tardado mucho en aburrirlo. Durante los primeros meses todo era maravilloso, pero fue cuando volvieron a su mundo cuando empezaron los problemas.

«¿De verdad pensabas que podrías retenerlo?».

La pregunta de su hermana había quedado grabada en el cerebro de Serena como una de esas canciones que se repetían una y otra vez sin que uno quisiera.

—El niño... —sabiendo que la única manera de mantener la calma era olvidar sus sentimientos, Serena hizo un esfuerzo—. ¿Quién ha cuidado de él hasta ahora?

—Dos niñeras. Y cámbiate de ropa, por favor. Lo último que necesitas es pillar una neumonía.

—No tengo frío.

—¿Entonces por qué estás temblando?

Le gustaría abofetearlo de nuevo por no entender sus sentimientos. Tenía tal confianza en sí mismo que parecía incapaz de entender a aquéllos para quienes la vida no era tan fácil. ¿Qué sabía un hombre como Darien Chiba sobre inseguridades? No tenía ni idea.

Y tampoco había mostrado el menor remordimiento por cómo había terminado su relación. De hecho, había dejado claro que él la creía la responsable de la ruptura.

Tal vez otras mujeres hubieran mirado para otro lado, pero ella no era así.

—Estoy temblando porque esta situación es... difícil para mí.

-¿Difícil? —repitió él—. Aún no sabes lo que es difícil, agape mou. Pero pronto lo sabrás.

¿Qué había querido decir con eso?

¿Qué podía ser peor que verse obligada a estar con el hombre al que adoraba y al que no había podido satisfacer y obligada a cuidar del hijo que había tenido con otra mujer, su hermana, además? En aquel momento, ese reto le parecía el más difícil de su vida.

Serena respiró profundamente.

—Me gustaría ver a mi sobrino —le dijo, abrazándose a sí misma. Temblaba tanto como si estuviera en el Ártico- . ¿Dónde está el niño?

—Durmiendo. ¿Qué esperabas que estuviera haciendo a estas horas?—contestó Darien, entrando en el vestidor y saliendo unos segundos después con algo en la mano—. Ponte esto. Al menos está seco.

-Son mis viejos vaqueros —dijo ella, sorprendida—. Los que llevaba el día que te conocí.

-Sólo quiero que te pongas algo seco. Vuelve a entrar en el baño y esta vez cámbiate de ropa.

Suspirando, Serena volvió a entrar y cuando la luz se encendió sin que tocase el interruptor recordó lo divertido que le había parecido la primera vez que Darien la llevó a su casa. Entonces entraba y salía de las habitaciones sintiendo como si estuviera en el futuro. Luces que se encendían cuando alguien entraba en una habitación, sensores de calor, una casa que se aspiraba sola... Darien Chiba utilizaba tecnología punta en todos los aspectos de su vida y para ella había sido como entrar en una fantasía.

Intentando no pensar en cómo había terminado esa fantasía, Serena se quitó la ropa mojada y después de secarse con una toalla se puso los vaqueros y el jersey verde que Darien le había dado.

Luego sé miró al espejo y decidió que la luz había sido diseñada para destacar sus imperfecciones. Desde luego, no parecía la mujer de un multimillonario.

Cuando salió del baño sus ojos se encontraron con los de Darien.

-¿Ahora puedo ver al niño? Sólo quiero verlo, nada más.

Para saltar ese primer obstáculo porque una parte de ella temía no poder hacerlo.

Era una prueba y no sabía si la iba a pasar o iba a fracasar estrepitosamente.

Darien tomó una toalla y empezó a secarle el pelo.

—Sigues teniendo el pelo mojado.

—Deberías invertir en un aparato que seque el pelo en cuanto entras en el baño.

Algo brillo en sus ojos y Serena supo que estaba recordando el día que la llevó a su casa y se puso a jugar con todo como si fuera una niña.

-¿Qué has estado haciendo hasta ahora?

Pensando en él. En su vida.

Intentando encontrar fuerzas para hacer aquello.

-Estaba jugando al escondite con las luces. Son un poquito fuertes para mí —Serena hizo una mueca, intentando no pensar que Darien estaba enredando aún más su pelo.

¿Que más daba? Habían pasado del punto en el que las apariencias tenían importancia alguna.

-Bueno, ya está.

-Sí, no tiene sentido esforzarse por algo que nunca será perfecto —murmuró ella.

—¿Qué quieres decir?

-Nada —Serena irguió los hombros—. Quiero ver al niño.

Al menos a él le daría igual que su pelo estuviera bien peinado o no.

Se sentía inadecuada y fuera de lugar en la vida de aquel hombre, pero estaba allí porque el niño la necesitaba. Había sido abandonado, no lo querían. Como a ella.

Durante un año se había escondido para protegerse del mundo exterior. Y de no haber sido por el niño no habría vuelto a ver a Darien porque él no había ido a buscarla. Se había marchado, pero Darien no había ido tras ella.

Él la miró entonces, como si estuviera haciéndose una pregunta.

Y, sabiendo con absoluta certeza cuál era esa pregunta, Serena se dirigió hacia la puerta.

—Puedes ver al niño, pero no lo despiertes.

Ese comentario la sorprendió. ¿Qué más le daba que lo despertase? Ella pensaba que estaría deseando librarse del niño para seguir adelante con su vida.

Serena miró los cuadros en las paredes, unos cuadros que la mayoría de la gente sólo podía admirar en galerías de arte y en los museos. Darien, sin embargo, podía admirarlos en su propia casa.

—Lo has puesto tan lejos de ti como era posible —le dijo cuando le indicó que subiera por la escalera.

—¿Crees que debería dormir en mi habitación?

—No, en absoluto. No se me ocurre peor sitio para un niño que tu dormitorio.

Serena tuvo que apoyarse en la pared, incapaz de olvidar el cuerpo de Darien enredado con el de la bella y delgada actriz.

Por supuesto que había tenido relaciones desde que rompieron. ¿Qué había esperado? Darien Chiba era un hombre muy viril, con un oscuro atractivo que las mujeres encontraban irresistible.

Como le había pasado a ella. Y a su hermana.

Serena dejó escapar un suspiro, preguntándose cómo había encontrado la arrogancia suficiente para pensar que su matrimonio con él podría durar. Qué ingenua había sido al pensar que compartían algo especial. Cuando se conocieron él la hacía sentir preciosa... y durante un tiempo lo había creído de verdad.

Darien abrió una puerta y una niñera de uniforme se levantó enseguida.

—Ha estado muy inquieto, señor Chiba —le dijo en voz baja—. Ha llorado porque no quería tomar el biberón. Ahora está dormido, pero no sé cuánto va a durar.

Él le hizo un gesto con la mano y la chica salió prácticamente corriendo de la habitación.

¿Siempre había sido tan aterrador?, se preguntó Serena. ¿Era tan frío e imponente cuando lo conoció? Seguramente sí, pero nunca con ella. Con ella siempre había sido amable y simpático. Ésa era una de las razones por las que se había sentido tan especial. El poder y la influencia de un hombre como Darien hacía que otros se echasen a temblar, pero cuando se conocieron ella no sabía quién era. Y eso le había parecido muy divertido.

Y había seguido divirtiéndolo durante un tiempo. Con ella, el tigre guardaba las garras y jugaba tiernamente, pero nunca se había hecho ninguna ilusión. No había domesticado al tigre y dudaba que alguna mujer pudiera hacerlo.

Cuando la puerta se cerró tras la niñera, se preguntó de dónde había sacado valor para hablar con aquel hombre.

—Tu sobrino —dijo señalando la cuna.

Y Serena se acercó, nerviosa, porque había imaginado aquella escena muchas veces, pero ahora era una triste y retorcida parodia de sus sueños.

Sí, Darien y ella estaban inclinados sobre una cuna, pero su sueño no incluía un niño que no fuera su hijo ni que Darien lo hubiera tenido con su hermana.

Serena tuvo que contener un gemido de agonía, pero afortunadamente el niño no despertó.

Estaba tan inmóvil que Serena sintió una oleada de pánico e instintivamente intentó tocarlo...

Pero Darien sujetó su mano.

—Está bien —le dijo—. Siempre duerme así. Cuando duerme, que no es a menudo.

—Parece...

—Sí, parece que no respira, ya lo sé. Yo he cometido el mismo error muchas veces. Una vez lo desperté para comprobar si estaba vivo y créeme, no es aconsejable. Está perfectamente y si le tocas la mejilla él mismo te lo confirmará de la manera más ruidosa posible. Tiene unos pulmones que envidiaría cualquier tenor y cuando despierta es casi imposible que vuelva a dormirse. Una vez tuve qué pasear con él en brazos durante tres horas.

¿Darien se había preocupado personalmente por el niño?, se preguntó Serena. ¿Y lo había llevado en brazos durante tres horas? Eso no cuadraba con la imagen que tenía de él.

—¿Y qué hiciste con tu Blackberry durante ese tiempo?

—¿Crees que sujetaba al niño mientras comprobaba los últimos informes económicos?

—No lo sé. Pensé que no querías saber nada de él. En cierto modo, esa afirmación era un reto. ¿Le importaría un niño que no era hijo suyo?

Por un momento, sólo por un momento, algo ocurrió entre ellos, pero luego Serena giró la cabeza para mirar al niño, con el corazón acelerado.

Claro que Darien siempre había tenido ese efecto en ella. Podía hacer que le temblasen las rodillas con una sola mirada. Todo lo demás se volvía irrelevante.

Salvo que no era irrelevante y allí estaba el niño para recordárselo.

Tenía las pestañas y el pelo oscuro como Darien y, al verlo, se le encogió el corazón. Afortunadamente, el pobre niño ya estaba encontrando un sitio en su corazón.

—Pobrecito —murmuró, acariciando su cabecita con mucho cuidado—. Debes echar de menos a tu mamá... y estarás preguntándote qué haces en este sitio extraño —Serena miró a Darien de soslayo—. Lo siento, supongo que es absurdo hablarle a un niño que está dormido.

Sus ojos se encontraron y, en ese momento, supo que él estaba pensando en el hijo que podrían haber tenido. Pero la imagen era demasiado dolorosa y apartó la mirada, decidida a no torturarse a sí misma pensando en algo que nunca podría tener.

Si hubieran tenido un hijo tal vez aquello no habría pasado. Pero ése había sido otro fracaso en su relación, otro más para añadir a la larga lista.

—Es precioso. Tiene el mismo color de pelo que tú.

—Eso es un milagro —replicó Darien—. Pero te aseguro que tu hermana era su madre.

Serena tuvo que hacer un esfuerzo para no replicar.

—Mina estaba muy segura de sí misma, supongo que es por eso por lo que siempre tenía éxito. Sencillamente, no le entraba en la cabeza que había algo que no podía tener —murmuró. Incluso a su marido—. Como tú, jamás se cuestionaba a sí misma y no tenía dudas. Teníais eso en común.

—Una mujer alfa.

—Sí, eso es.

Ella siempre se había sentido insegura con Mina. Sencillamente, no podía estar a su altura. Incluso de niñas se daba cuenta de que caminaba a la sombra de su hermana mayor.

E incluso tras su muerte, Mina había dejado esa sombra... una sombra oscura que había robado la luz a su matrimonio. A su vida.

—Dejémoslo dormir —dijo Darien—. ¿Has cenado algo?

—No —Serena se preguntaba cómo podía pensar en eso ahora—. Es más de medianoche y pensaba irme directamente a la cama.

—No vas a irte al hotel. Tenemos que hablar... y yo necesito un café, así que charlaremos en la cocina.

Demasiado cansada para discutir, Serena lo siguió por la escalera. La cocina era otra habitación que la había sorprendido cuando vio la casa por primera vez. Una inteligente combinación de mobiliario moderno y tradicional, con un horno de leña y una pared enteramente de cristal. Como resultado, el jardín parecía ser parte de la habitación y la mesa estaba colocada de tal forma que siempre parecía que uno estaba sentado al aire libre.

—Siéntate antes de que te caigas —dijo Darien, mientras sacaba una bolsa de café y un molinillo eléctrico

—Sigues moliendo el café —murmuró Serena.

Era una de las cosas que había descubierto de él desde el principio: sólo quería lo mejor. Fuese en arte, en café, en mujeres... Darien Chiba exigía perfección total.

Lo cual hacía más sorprendente que la hubiera elegido a ella.

Y era tan competente en la cocina como en todas partes. Darien tenía personal de servicio porque siempre estaba ocupado, no porque no supiera cocinar. Y a veces, ella lo sabía bien, prefería estar solo.

-¿Por qué no me habías dicho que el niño estaba aquí? —le preguntó—. ¿Por qué he tenido que enterarme por los periódicos?

-Tú te fuiste de aquí, no había razón para pensar que estarías interesada.

Serena apretó el respaldo de la silla hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

—¿Por qué estás tan enfadado conmigo? Deberías pedirme disculpas o al menos mostrarte incómodo, pero estás...

¿Cómo estoy, Serena?

—Estás furioso. Y no lo entiendo.

Darien no se molestó en responder a esa afirmación.

—¿Quieres una taza de café?

—No, gracias. Lo haces tan fuerte que no podría dormir.

Aunque no dormiría de todas formas. La adrenalina corría por sus venas como una droga. Quería caminar, correr... ¿llorar?

—Muy bien, vamos a hablar —dijo Darien entonces, dejando la taza sobre la mesa. Los faldones de la camisa abiertos, revelando su estómago plano...

Ella tuvo que apartar la mirada.

—¿De qué tenemos que hablar?

-Si no te sientas va a ser una conversación agotadora. Y ya pareces a punto de desplomarte.

Serena se dejó caer sobre la silla.

—Estoy bien.

—Pues no lo parece. Deberías haberme dicho que ibas a venir a Londres, te habría enviado un jet.

—No me habría sentido cómoda.

-Sigues siendo mi mujer. Tienes derecho a ciertas cosas.

—No quiero nada de ti —replicó Serena, irguiendo la espalda—. Salvo las cosas que tengas del niño. Sería absurdo comprar otra cuna, otro moisés y todo lo demás cuando ya lo has comprado tú. Pero mañana me llevaré a Endimion de tu vida y así podrás volver a tu Blackberry y a tus... —estuvo a punto de decir actrices, pero se lo pensó mejor— y a tus noches de juerga.

Por el rabillo del ojo vio que Darien apretaba con fuerza la taza.

-No quiero hablar de Endimion. Quiero que hablemos de nosotros.

El corazón de Serena empezó a latir con fuerza.

-¿Por qué?

-Porque es importante.

—No hay nada que hablar. Nuestro matrimonio se ha terminado.

—Me hiciste promesas, Serena. En esa iglesia del pueblo nos hicimos promesas los dos —Darien dejó la taza sobre la mesa—. En la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, ¿recuerdas?

Ella levantó la barbilla, orgullosa.

—Y serán los dos uno solo...

-Debería haber imaginado que me echarías eso en cara —murmuró él, sin dejar de mirarla a los ojos—. Pero me has preguntado por qué teníamos que hablar... pues deja que te lo diga: eres mi mujer y para un hombre griego eso es indestructible. No es algo que uno tome o deje según el humor que tenga. Es para siempre.

—Darien...

—Tú has decidido volver, Serena—el brillo en los ojos de Darien era peligroso—. Y vas a quedarte.


chicas actualización de madrugada muajajajaja (es una risa malvada ok XD)...este libro me obsesione adaptandolo...ya lo termine n_n, son solo dies capitulos pero son largos...

asi que puede que mañana o el lunes suba el primer capitulo adaptado de "enamorada de mi jefe italiano"

besos besos

fer