Disclaimer: Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, pertenecen a la novelista Kyoko Mizuki y/o Toe Animación. Esta historia y sus personajes son diferentes de la versión original del anime o la versión de la manga. Algunas de sus personalidades y características fueron tomadas pero con la variación de mi imaginación.

Naciste Solo Para Mí

by: Keilant

Dicen que hay hilos que te atan a este mundo, que los lazos de dinero y la familia son suficientes para mantener a alguien con vida. Que siempre hay alguien especial esperando por ti, y que sólo las circunstancias más extremas te llevan a conocerla. Que el amor florece con aquellas personas menos deseadas, y que solo por razones del destino los hilos de la vida finalmente te unen a ella.

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Capítulo 18

-¿Ya Llegaron todos? —Preguntó Albert a Madison sin levantar su rostro, leyendo una vez más el telegrama que George le había entregado tan pronto llego esa mañana a la oficina. De'angelo, su contacto en las oficinas de Francia, les confirmaba que todo procedió tal y como ellos lo pronosticaron, indicándole al mismo tiempo que el grupo de miembros había mordido el anzuelo.

Satisfecho con los resultados, Albert había enviado a George a coordinar con los representantes que venían directo de la Oficina Federal de Investigaciones. Cortesía del director de la misma: "Stanley Finch" un viejo amigo de su familia.

Irónicamente, ese día, una junta extraordinaria de última hora había sido convocada. Una que no había sido organizada por él. Albert curvo sus labios, no cabía duda alguna. Raymond estaba seguro de que ese día lo relevaría como presidente de la compañía. Sin embargo, su sorpresa seria una que nunca olvidaría. La lista de cargos en su contra, era una que él nunca creyó posible. El nivel de corrupción en la que se encontraban envueltos; pertenecía a una que simplemente no tenía calificación: desde estafas corporativas, fraudes financieros, hasta cuentas internacionales que estaban asociadas con un mercado que solo hacían que se sintiera enfermo.

La cantidad de chantajes. Extorciones. Y amenazas hechas a personas inocentes, incluyendo entre ellos a Madison, era absolutamente imperdonable. La cantidad de personas envueltas, lo habían dejado perplejo. El miedo, el odio, y la ambición, los habían llevado a un lugar que Albert no se quería ni imaginar. No tenían límites, el hambre por obtener poder era uno que les había nublado todo sentido de sensatez.

Albert tenía la esperanza de que ellos no perdieran su decoró cuando se demostrara realmente quienes eran al resto del consejo. Para él había sido suficiente e impropio haber llegado tan lejos, tan bajo, sin una pizcá de respetó.

Era un verdadero deshonor la humillación que sufriría su Clan. Albert pensaba en lo mucho que su tía sufriría. Lamentablemente a estas alturas, una leve amonestación no sería suficiente. La delicada línea que proporcionaba posibilidades había sido cruzada. De alguna manera su padre lo supo, él supo que había que hacer cambios. La corrupción que envolvía a los miembros era una que requería drásticas medidas.

-Sí señor. Pero hicieron algunos cambios. — Madison respondió interrumpiendo sus pensamientos y obligándose a mantener la calma ante la mirada que Albert poseía. De alguna manera Madison podía sentir en sus huesos lo decepcionado que se sentía el señor. Esa mañana George le había informado que el señor estaba al tanto de todo, que sabía lo involucrada que estaba. Que ese día era uno importante, uno en el que ella debía de controlar y mantener sus nervios. Ya que ella seria parte del grupo que testificaría.

-¿Cambios? — Albert frunció el ceño, preguntándose: ¿que se traían ellos en manos?

- Sí señor. El señor Leagan informó que dirigiría hoy la reunión; que era muy importante que usted no faltara, también solicito la presencia de los ansíanos del Clan. — Rápidamente Madison explicó al ver en sus ojos un destello que no sabía cómo identificar, mientras él golpeaba ligeramente sus dedos sobre la mesa, esperando a que ella añadiera algo más. -Creo que el señor piensa será proclamado como el nuevo presidente de las empresas. Aunque yo creo que para eso es necesaria también la presencia de Madame Elroy? — terminó ella con la mirada baja.

-No, no lo es. — Afirmó Albert pensando en su tía, ella no estaba al tanto de todo lo que estaba sucediendo, al menos qué?... Su ceño se hizo aun más profundo observando con cuidado a Madison. No, no creía que ella le hubiera informado, sino su tía hubiera regresado de inmediato. Albert respiro hondo antes de ordenar:-Te puedes retirar.

Madison asentó desapareciendo de inmediato por la puerta. La culpa que sentía mordía su interior, y el mal humor del joven era uno del que por primera vez era testigo. La tormenta que se avecinaba se notaba claramente en sus ojos. Era una lástima que la señora no estuviera presente. "La señora"... pensó Madison al recordar su tristeza y desolación esos últimos días. Aun no entendía porque si el señor lo sabía todo pretendió que no.

Tan pronto Madison cerró la puerta, Albert miró una vez más la montaña de documentos que necesitaban y suspiró. El no dejar que los miembros se apropiaran del legado de su padre fue un camino difícil de seguir, uno que definitivamente no solo le dejaba un sabor amargo en su boca, pero también en su corazón. Tenía tanto que agradecerle a su esposa.

Candy, la extrañaba tanto.

Se sentía: mental, física y emocionalmente cansado. Lo único que podía hacer era esperar, todo acabaría ese día. Su único consuelo era que la distracción fuera lo suficientemente fuerte para mantener el dolor de la distancia, aunque fuera por unas pocas horas. Tan pronto todo terminara, se iría directo a la mansión. Necesitaba verla. Necesitaba aclarar todo con ella. Su decisión de no involucrarla ese día fue la más correcta. Especialmente ahora que sabia hasta donde eran capaces de llegar los miembros del consejo. Ella ya había hecho demasiado por ellos, ahora el resto quedaba de su parte.

Lamentablemente para él, los minutos pasaban lentamente, se sentía cada vez más inquieto. Por razón que desconocía, no podía controlar la creciente angustia que en su corazón sentía. Una y otra vez hasta que él espero, no, deseo!... que su corazón dejara de latir. Pero simplemente no importaba con qué frecuencia y por mucho que él quisiera, el bendito órgano continuaba haciendo su trabajo: manteniéndolo con vida, pero apenas vivo, así era como se sentía al no tenerla cerca, Albert nunca supo lo mucho que la amaba hasta ese día, el día en que decidió poner en marcha su propio plan, el día en que no durmió a su lado y perdió su calor.

Cansado, se echó hacia atrás, cerró los ojos y se pellizcó el puente de su nariz; el dolor en sus esmeraldas era uno que sentía, las últimas semanas pasaron inmediatamente en su mente, negándose a darle aunque sea unos minutos de paz.

~oOo~

Alan White terminaba de arreglar su corbata cuando su esposa abrió la puerta.

- Entonces, ¿vas a ir? — preguntó Mary entrando en la habitación. Ella estaba muy nerviosa. Lo que estaba sucediendo tenía alterado sus nervios, era imposible quedarse tranquila particularmente después de enterarse esa mañana que su hija se había marchado de la mansión.

-Sí, — contestó firmemente Alan mientras su esposa se acercaba, tomando entre sus manos su saco negro, ayudándolo. Su esposo desplegaba pura autoridad.

-¿Crees que vaya por ella? — preguntó Mary con duda en sus ojos, ella realmente no estaba segura si William amaba o no a su hija.

- Eso espero. — Alan acaricio con ternura el rostro de su esposa, intentando transmitir una seguridad que no poseía. Él se marcho dejándola con miles de preguntas, preguntas que aun no podía responder. Su destino: era uno que estaba trazado y que había estado esperando en silencio por largo tiempo, uno que había impregnado como doctrina lentamente en la personalidad de su hija. Era su culpa que ella no fuera como las demás "Damas": Libre, feliz, disfrutando de las pequeñas cosas de la vida.

Alan se sentía orgulloso, su hija poseía múltiples virtudes, virtudes que iban acompañados de un dulce espíritu, uno que algunas veces podía pasar por volátil. Su habilidad de razonar muchas veces lo dejaba perplejo. Su lealtad y su capacidad de dar sin esperar, hacían de su amada hija un ser maravilloso. Ella más que nadie merecía ser feliz.

Así que ahora, era tiempo de intervenir, era tiempo de terminar lo que William y él comenzaron años atrás. Sus hijos tal y como ellos lo habían ambicionado habían completado lo que ellos no pudieron. Él se dirigía al único lugar que no había deseado visitar, años habían pasado desde la última vez que puso un pie en aquel lugar. Actualmente, no lo había hecho desde que William y su esposa perdieran la vida, no había sido capaz de hacerlo, no había sido capaz de ejercer su posición. Era realmente irónico que lo hiciera ese día, pero por su pequeña, él enfrentaría al mismísimo demonio de Leagan.

~oOo~

Albert caminaba al lado de Madison por el pasillo que lo llevaría hacia la sala de juntas. En ella se encontraban todos los miembros reunidos. Miembros que habían pertenecido al emporio Andrew durante muchos años. Ninguno había notado varios de los autos negros que se encontraban estacionados en las afuera del edificio.

El Ford Modelo T (coloquialmente conocido como el Tin Lizzie o Flivver en esa época) fue motivo suficiente para que las murmuraciones y los susurros por parte de los empleados comenzaran a resonar en el edificio; acompañados por jadeos y ojos muy abiertos en completa sorpresa. Observando cómo George, la mano derecha de William Albert Andrew, entraba acompañado con un grupo de distinguidos oficiales. Dando instrucciones. Coordinando posiciones. Tomando en custodia empleados que tenían años en posiciones importantes. Aquello era algo que mantuvo al personal momentáneamente sin capacidad de pensar con claridad. Confundidos.

Tan pronto término, George subió acompañado por un inesperado visitante, la angustia en los ojos del padre de Candy era uno que no había visto en años.

-William, — Albert se detuvo al escuchar su nombre. Sus ojos se sorprendieron al ver al padre de Candy.

-¿Alan? — preguntó Albert confundido mientras Alan se acercaba con George a su lado.

-Me alegro haber llegado antes de que todo comenzara; realmente estaba muy preocupado de no poder llegar a tiempo, — exclamó él aliviado, mirando la confusión en los ojos de Albert. - Mi hija me puso al tanto, — aclaró antes de continuar. -Aunque esa no es la única razón por la cual he venido el día de hoy. — Albert no se podía imaginar el motivo de su presencia. Aunque no sería extraño que deseara ver como finalmente se castigaba a los culpables de tantos problemas.

- William, yo sé lo importante que es castigar y hacer que ellos paguen, especialmente porque algunos miembros pertenecen a tu familia. Pero, hijo, en estos momentos tú tienes que decidir; ¿qué es lo más importante para ti?

-¿A qué te refieres? — preguntó Albert sin entender, levantando una ceja. En esos momentos no había otra cosa más importante que poner en su sitio y castigar a todos aquellos que se habían aprovechado de los intereses de su familia. Tanto daño y tantas personas involucradas que no había otra cosa más importante que mereciera su atención.

- Es mi hija, Candy. Tu esposa se ha marchado de la mansión. — Una simple oración que hizo que el mundo de Albert colapsará.

- ¿A dónde? — preguntó él casi en un susurro. El nudo que se formo en su garganta apenas lo había dejado formularla.

-No lo sabemos, su madre estaba tan preocupada por todo lo que ha estado sucediendo que cuando llamo temprano a la mansión, solo le dijeron que ella tomó todas sus cosas y se marchó. Nosotros pensamos que vendría a la casa, pero Candy nunca lo hizo. — Alan podía ver en el rostro del joven su cambio con esa noticia, así que continúo. - Yo no sabía que las cosas estuvieran tan malas entre ustedes dos, William.

La cabeza de Albert giraba, él apretaba y cerraba sus puños sin darse cuenta que lo hacía, debatiéndose que hacer. Preguntándose: ¿Por qué demonios no lo espero?... ¿A dónde rayos se había marchado?... Albert sintió la mano de Alan tocar su hombro.

-Anda hijo, búscala, no esperes más. Es tiempo que las cosas entre ustedes se arreglen, es tiempo de que ustedes sean felices sin la carga que irresponsablemente William y yo les dejamos. — Su voz se desvaneció un poco. Alan podía ver en sus ojos el amor que sentía por su hija, la agonía que lo consumía; debatiéndose entre el deber y sus sentimientos. Así que continuo. -William, si no decides, el precio a pagar será demasiado alto.

Albert miro a George quien asentó sin necesidad de escuchar su pregunta. Madison hizo lo mismo, y luego Alan. Albert miro con determinación a Alan, en sus ojos solo había una pregunta.

-No te preocupes, he esperado muchos años por este momento. Será un placer finalmente confrontarlos, estoy seguro que tu padre aprobaría ¿no es cierto, George? — confortó Alan sabiendo que era lo único que William necesitaba oír. Además, él no podía esperar ver el rostro de Leagan al saber quién sería el que proclamaría su castigo. Definitivamente William sonreiría al saberlo.

-Gracias, — dijo Albert antes de marcharse. Su corazón latía a mil por hora mientras pensaba a donde la buscaría primero.

~oOo~

Habían finalmente llegado, Candy bajo del auto mirando tristemente a su alrededor, recordando claramente la última vez que estuvo en aquel lugar. Respiro hondo pensando en lo que haría de ahora en adelante, no podía quedarse ahí por mucho tiempo, no sabía porque dejo que Dorothy la convenciera de venir precisamente a ese lugar. Quizás ella misma lo deseaba.

El día se había oscurecido, dando paso a unas nubes que cubrían y ocultaban cualquier destello. En el aire se podía oler una embriagadora y melancólica fragancia, una que era bienvenida en ese momento por ella. Nunca debió dejarlo entrar. Nunca debió permitirse sentir nada por él. Había sido una tonta, pensar que algún día él podía amarla, se reprochaba una y otra vez, negando con su cabeza por haber sido tan débil.

Inconscientemente sus piernas la llevaron hacia el establo, donde al entrar; imágenes y recuerdos de él la azotaron. El aroma a pasto en combinación con la fragancia que envolvía el ambiente la llevó a revivir el momento en que la beso por primera vez. Una memoria tan distante como reciente, ahí se había olvidado de todo, ahí se perdió entre sus fuertes brazos, ahí podía respirar el aroma que destilaba de su piel, ahí él había despertado por primera vez sus instintos de mujer.

Candy mordió sus labios sin darse cuenta como nuevamente algunas lágrimas se colaban por sus mejillas, recordarlo dolía, especialmente porque el día lucia tan similar como aquella vez. A ella no le cabía duda que una tormenta se acercaba, una donde él no estaría presente, envolviéndola entre sus brazos, protegiéndola de aquellos estruendos y relámpagos. Una donde no recibiría su calor y su aroma, una donde no escucharía susurrar su nombre.

Candy tomó las riendas de un caballo sin importarle como estaba vestida, el sombrero que traía lo lanzo a un lado. Dejando caer libremente sus cabellos rizados.

Galopando.

Ignorando el llamado de Fernando y Dorothy, se perdió entre los altos arboles. Sus cabellos se balanceaban con la leve brisa mientras desaparecía. La muerte era finita, la vida siempre proporcionaría posibilidades. De alguna manera, ella encontraría la forma de deshacerse de ese sentimiento. De alguna manera, ella lo arrancaría de su propia piel y lo olvidaría. Esa fue su irracional promesa, porque un corazón dolido, nunca tiene las repuestas correctas.

~oOo~

Raymond Leagan se sentó en su asiento mientras uno a uno cada miembro tomaba su correspondiente asiento. En su mente, se calculaban sus próximos pasos, sus finos labios dibujaban una amplia sonrisa. Él se sentía orgulloso, todo había sido tan fácil. La hija de Alan White y el mismísimo William habían probado que no representaban en lo absoluto un desafío. Su plan de separarlos se llevo a cabo sin ningún inconveniente. El espía que mantenían en la mansión, les había reportado la situación de la pareja.

Era una verdadera lástima que William "el padre" no estuviera vivo. Nada le hubiera dado mayor satisfacción que ver en sus ojos cuando entregara su inminente victoria. Disfrutar su rostro lleno de agonía al saber que era él quien ahora poseía su gran fortuna. Que el futuro del que tanto habló y prodigó le fue arrebatado fácilmente. Era realmente una verdadera lástima, pensó Raymond, incapaz de ocultar su grata satisfacción, satisfacción que desapareció rápidamente; borrando en su camino su interna felicidad al ver la imponente figura de Alan White atravesando las puertas del salón.

-¿Qué significa esto?! — Se escuchó por todo el salón la voz alterada de Raymond Leagan.

- Vamos Raymond, que manera es esa de recibir a uno de los miembros más importante de esta junta. — La voz suave y serena de Alan White llamo sin duda alguna la atención de todos los miembros. Alan tomó su tiempo observando los rasgos y reacciones de cada uno de ellos.

-¿Importante? — El tono irónico que se escucho en la voz de Raymond era sin duda alguna uno que reflejaba pura burla.

Alan sonrió ante su sarcástico tono, agregando:- Lo creas o no, uno muy importante Raymond.

Raymond entrecerró sus ojos antes de responder.-Tu presencia nunca ha sido solicitada o necesitada, especialmente el día de hoy. —Prácticamente gruñó.

- Al contrario Raymond, el día de hoy mi presencia es absolutamente necesaria, especialmente después de escuchar que habías invitado a los ansíanos del Clan Andrew a esta junta extraordinaria. — Hizo una pausa mirando a su alrededor. -Pero puedo notar que ninguno decidió presentarse. — Alan sonrió.

-¿Donde está William? — Demandó un miembro interrumpiendo el cálido despliegue.

- Sir William lamenta no poder presentarse en esta junta, en su lugar Alan White se ha nombrado. — Explicó George tomando tranquilamente su asiento, incomodando ciertamente a varios de ellos. Los rugidos de los miembros del consejo, resonaron indignados por todo el salón, especialmente aquellos que apoyaban a Raymond.

- ¿Acaso William pretende no asumir su responsabilidad? — Intervino el mismo miembro. -Esta reunión es severamente importante como para asignar a un desconocido en su lugar. Es realmente una vergüenza el comportamiento del Patriarca. No podemos dejar que continúe guiando a este consejo. — Instigó dando su abierta opinión.

-¿Desconocido? — Alan tomó una profunda bocanada de aire por un segundo antes de hablar, tratando de contener y calmar sus fogosas emociones. Pensando que eran por momentos como esos en que se podían fácilmente perder cualquier sentido de ecuanimidad, él más que nadie lo sabía, tenía que poner en su lugar a ese grupo de aristócratas decrépitos.

Él mostró nada. Al contrario, habló de manera sencilla y calmada.

-Caballeros, les sugiero a todos que contenga su lengua. Es cierto que no me he presentado durante muchos años ante este consejo. — Se detuvo antes de continuar mirando resuelto y con cierto brillo en sus ojos a cada uno de ellos. -Pero sigo formando parte de esta compañía, lo acepten o no. — No era una aclaratoria su mensaje, era cuestión de hecho y punto.

-Alan, no hemos dicho que no seas parte de la compañía. Pero realmente nos sorprende tu presencia este día, especialmente porque hay acusaciones muy serias dirigidas al mismo William. — Intervinó un miembro a su derecha. Él era uno de los pocos que no estaba involucrado en la telaraña de mentiras creadas por Raymond Leagan.

-Precisamente por eso he venido. — Aclaró, agregando. -Ya que la recientes informaciones que ha llegado a nuestras manos... —se detuvo mirando directo a Leagan. -Indica que no es cierto, es más, tenemos pruebas que involucran a varios de los miembros que están sentados en este mismo consejo.

El salón estalló en murmuraciones. La atmósfera llena de protestas. Los miembros estaban divididos. Unos miraban con amplia preocupación hacia donde Raymond Leagan se encontraba sentado, mientras que otros estaban dispuestos a hacer cualquier cosa para proteger los intereses del Clan Andrew. Evitar el escándalo de una de las familias más prominente era para muchos más importante. El tema de malversaciones monetarias entre otros era algo que solo traería deshonra y vergüenza. Algo que era inaceptable por parte de ellos.

-¡Silencio! — Nuevamente el más viejo y sabio intervinó. -Muy bien Alan, muéstranos esas pruebas, porque si alguno de este consejo está involucrado será severamente castigado. — Agrego mirando a su alrededor el mismo miembro que tenía a su derecha.

Raymond Leagan no era una persona que fácilmente se pudiera intimidar. Los años y su autosuficiencia le habían dado un gran número de inmunidades a casi cualquier forma de intimidación. Sin embargo, la mera presencia y la forma tan determinada y segura en que Alan White entregaba su mensaje... causo en su ser cierto estrés. Preguntándose: ¿que podían tener ellos en sus manos? ... Sus ojos reflexivamente se movieron y atravesaron de inmediato a Madison, apretando sus dientes, ella se encontraba en silencio colocando varias carpetas con documentos en las manos de cada uno de los miembros.

Un momento de silencio cubrio el salón.

...

...

-¡Esto no es posible! — espetó un miembro tan pronto terminó de leer con clara agitación en su voz, mientras que otros se estremecieron.

La verdad recibida, era tan sutil como un martillo en la cara. La cantidad de pruebas acumuladas no mentían.

-¡No puedes estar hablando en serio! — Alguien más interrumpió. ¿Cómo vamos a creer todo esto?! — El mismo miembro negaba con su cabeza.

El salón estalló inmediatamente en un acalorado debate. Un debate que le tomó un momento a Alan silenciar. Aclarándose su garganta, dirigiéndose a la única persona que era principalmente responsable:

-Eres una vergüenza, lo que has hecho no tiene nombre. Pensaste que podías continuar engañando a todos y culpar a William. Pensaste que podías romper el lazo que lo une a mi familia. Tu ambición, tal y como es, no es más que una mera ilusión, una que nació de un odio alimentado por un orgullo tonto. Una que ha involucrado a muchas personas inocentes. El daño que has causado es irreparable, pero hasta aquí has llegado. Tu juego se ha terminado. Nunca tuviste ningún chance! — terminó Alan, murmurándose mentalmente "Jaque Mate".

Más murmullos estallaron en el salón, unos que podían escucharse claramente, la agitación no tenía precedentes, dedos acusatorios cruzaban la mesa.

-¡Raymond! — escuchó como lo llamaban varias veces los cobardes que no sabían cómo defenderse. Sin embargo, Raymond no presto atención. Él vagamente registraba la acalorada discusión que se llevaba a cabo en aquel salón. Aun en shock, sin poder creer lo que estaba sucediendo. Miraba y revisaba una y otra vez los documentos que Madison les entregó. Su mundo reducido en ellos al ser descubierto. Sus planes frustrados al saber que ellos eran los que fueron engañados. Sus ojos muy abiertos al realizar que la pequeña rubia era la que había jugado con ellos.

Por otro lado, George observaba el intercambio con un ojo crítico, silenciosamente, esperando lo peor. La manera tan concisa y precisa en que Alan respondía y debatía cada una de las preguntas, era como un profesor impartiendo su primera clase a un grupo de niños. La temperatura del salón había aumentado algunos centígrados. Aquello era sin duda alguna... ¡Inestimable!

Al verse sin salida, los culpables aprovechando el acalorado momento, intentaron usar esa oportunidad para escabullirse. Poniéndose de pie, caminando hacia la puerta, las cuales sacaron a todos de su discusión cuando se abrieron de golpe, dando pasó al grupo de oficiales, quienes al escuchar el alboroto decidieron intervenir.

Los ojos de Raymond brillaron con furia, logrando que varios miembros jadearan cuando repentinamente se levanto, acercándose peligrosamente hacia donde Alan White se encontraba.

George se levanto al mismo tiempo interponiéndose entre los dos, temiendo lo peor.

-¡Esto no se quedara así! — Prometió. Desbordando solo odio en sus ojos.

-¡Es suficiente! — Llamó el miembro mayor, enfocando su atención en ellos dos. - Las pruebas en tu contra no mienten. No humilles más el nombre de tu familia. —Acotó.

Raymond se quedo en silencio mientras hervía por dentro. ¡No era posible todo eso!... ¡Su plan había sido perfecto!... ¡Ellos pagarían!... ¡Todos pagarían!... Se prometía mentalmente, una promesa que nunca podría cumplir, una promesa que era vacía porque desde ese día; su libertad no existía. Sus rasgos cambiaron duramente al ser tomado en custodia.

Alan por su parte permaneció en su puesto. Pensando en voz baja. -Al fin William, al fin podemos descansar en paz.

~oOo~

Albert manejaba con cierta desesperación en su corazón. El día que había comenzado con un sol radiante había desaparecido. Las pequeñas gotas de la lluvia que comenzaba a hacer presencia, caían intermitente golpeando levemente su rostro. Las hojas de un otoño que daba comienzo, cubrían a su paso los arboles de la ciudad que iba dejando atrás.

A la deriva en esos momentos se encontraban sus pensamientos. A la deriva y colgando de un hilo se encontraba su vida. Su vida que no tenía sentido si ella no estaba a su lado. Su vida que le pertenecía a ella sin saberlo y desde el momento en que había nacido. En aquel momento en que ella sostuvo de sus dedos, en aquel momento donde su llanto se detuvo cuando sus ojos se encontraron.

Desesperación.

Ansiedad.

En esos momentos la lluvia era bienvenida, el fuego que estaba consumiendo su alma clamaba por un poco de consuelo. Albert recordó brevemente como se sintió al llegar a la mansión sin encontrarla.

Subiendo directo a su habitación. Al entrar, lo primero que llamo su atención fue un pequeño objeto que en su cama brillaba. Uno que lo hacía intensamente gracias a la luz que se colaba por las cortinas de su ventana. Al acercarse, pudo distinguir claramente lo que era. Sus ojos se abrieron sintiendo su corazón romperse al ver su anillo y la bolsita de organza que contenía sus hilos. Aquellos hilos que sin pensarlo le entrego, ellos conectaron sus almas moviéndose en silencio esperando por su decisión. Ellos habían sido dejados atrás por ella.

-Pequeña, — susurro tomándolo entre sus manos. Sabía que fue un error no expresar con palabras sus sentimientos. Sabía que fue un error dejar pasar tanto tiempo. ¿A dónde se habría marchado?... se preguntó haciendo camino hacia su closet, encontrándolo vacio. No sabía exactamente donde podía encontrarla. No sabía exactamente qué ruta había elegido para alejarse de él. Pero sea donde fuera que se encontrara, él la encontraría, inclusive si tenía que revisar cada rincón de Chicago. Salió de su habitación, bajando rápidamente por las escaleras cuando el jardinero lo interceptó.

-¡Joven William! — el hombre lo llamo, claramente un tanto preocupado.

-¿Que sucede? — preguntó Albert, inquieto porque no quería perder el tiempo.

-Oh señor!... qué bueno que vino temprano. Fernando se fue sin esperarme, se suponía que me llevaría a la mansión en Lakewood. El joven Anthony me dejo instrucciones a seguir y... — No pudo terminar, Albert lo interrumpió.

-¿Fernando?... Fernando estuvo en la mansión? — El jardinero toco con sus manos sus lentes antes de responder.

-Sí señor, Fernando llego tan pronto amaneció. Desayuno con nosotros y fue cuando acordamos que me llevaría. Pero cuando regrese, él se había marchado con Dorothy y la señora.

Albert desapareció dejando al pobre hombre parado. Ahora sabía exactamente a donde ella se marchó.

...

La oscuridad del día no le dejaba saber qué hora era, él sentía como la suave llovizna crecía. El nombre de ella presente en su mente, mientras el recorrido en su auto se le estaba haciendo demasiado largo.

~oOo~

Fernando y Dorothy se encontraba preocupados por la lluvia que azotaba afuera. La señora no regresaba y eso podía ser un problema. Mientras esperaban, Fernando escuchaba atónito todo lo que Dorothy le contaba. Entendía ahora porque la señora se fue cabalgando como alma que lleva el diablo. Entendía un poco su necesidad de estar a solas.

-¡Rayos!... ¡qué complicado! — exclamó rascándose la cabeza, preguntando minutos después:- ¿Y qué fue lo que le dijiste a esos endemoniados miembros? — él intentaba entender la actitud de su amo. No creía que se comportara de esa manera solo porque la señora fuera la que descubriera todo aquel enredo. No, no podía ser eso.

- La verdad, — respondió Dorothy encogiéndose de hombros.

Fernando abrió y cerró su boca varias veces aun sin poder entender. Frotándose la barbilla antes de hablar.

-Me estás diciendo que la señora te pidió decirle toda la verdad a ¿ellos? — Dorothy asentó, agregando:- Yo no sé como mentir Fernando. Tú lo sabes, y la señora sabía que si mentía abiertamente ellos me descubrían. Así que me pidió que les digiera lo que yo sabía.

- ¡Diantres! — Esta vez el cerebro de Fernando daba vueltas, aquello era muy complicado. Aun así hizo otra pregunta:- Si le dijiste la verdad, ¿no sabrían ellos lo que planeaba hacer la señora? — Dorothy rodo sus ojos, Fernando algunas veces podía ser denso.

-No. Porque solo me limite a decirle acerca de la relación de ellos dos. Nadie me pregunto si ellos estaban al tanto de lo que planeaban hacer. — Explicó nuevamente Dorothy encogiendo sus hombros. Eso fue lo que más los sorprendió, al parecer, les parecía imposible creer que la pareja hubiera consumido su matrimonio.

-Bueno, de todas manera no tiene sentido la actitud que me dices tuvo el señor para la señora. Tiene que haber algo más, algo que lo impulsara a hacerlo. — Se detuvo pensando, un bombillo iluminó su cerebro y preguntó: ¿Y qué asunto con ese documento que te entregaron?... ¿No sería eso? — Fernando miro a Dorothy con ojos esperanzados, de seguro había dado en el clavo.

Dorothy torció su expresión antes de responder: - No lo sé, Fernando. Yo no la abrí, ni lo leí. Además, no creo que la señora se lo haya entregado. Él señor no estaba al tanto de sus planes.

-¡Rayos!... que complicado — volvió a exclamar Fernando arrugando su nariz.

Dorothy iba a agregar algo mas cuando una figura totalmente empapada apareció a través de las puertas. Los ojos de Dorothy se abrieron como platos al ver al joven caminar directo hacia ella.

-Dorothy, ¿dime donde esta? — Albert preguntó sin perder momento, sosteniendo ligeramente de sus hombros.

Dorothy frunció las cejas, sus labios sellados. Ella se sentía molesta por el trato que el joven le había dado a la señora. No señor, no se lo pondría tan fácil.

Albert suavizo su mirada. El rostro lleno de molestia en Dorothy le dijo lo mucho que ella apreciaba a su esposa.

- Yo la amo, Dorothy. — Sus palabras la aturdieron, Albert continúo:- Me gustaría darte una explicación pero necesito hablar primero con ella. Por favor... ¿Dime donde esta?

-La señora tomó un caballo temprano y no ha regresado. —Intervino Fernando al ver como Dorothy no podía pronunciar palabra. Al parecer, atónita ante la declaración del señor.

-¿Dorothy? — La voz de Albert la saco del trance en que ella se encontraba.

- La puede encontrar cerca de la cascada, al parecer a ella le gusta ese lugar, — informó tan pronto recupero su voz. Aun no podía creer lo que había escuchado.

-Gracias, — dijo Albert soltándola y dirigiéndose directo al establo.

-E-El... se-señor d-dijo que la amaba — Dorothy tartamudeo.

-Sip, lo hizo. — Fernando sonrió.

~oOo~

Albert montó su caballo aun sabiendo que con esa tormenta era una locura hacerlo. Desapareció galopando rápidamente por el camino que lo llevaría hacia donde se encontraba ella. El resbaladizo terreno haciendo su tarea complicada. Los estruendos que atravesaban el oscurecido cielo mantenían inquieto a su corcel. Albert recordó lo mucho que las tormentas la asustaban agilizando su paso.

El aroma a primavera había desaparecido. La lluvia dejaba a su paso un olor enmohecido. Las gotas caían con una uniformidad y una monotonía que templaban los nervios. Albert sentía como sus mojados cabellos cubrían lentamente su línea de visión. Sin embargo, a lo lejos, pudo reconocer su delicada silueta. Sus rubios cabellos destacaban con cada implacable centella.

Albert desmontó su caballo en un ágil movimiento. Candy, al verlo, retrocedió. Su expresión claramente agitada, preguntándose: ¿Por qué la siguió?

Albert noto lo cerca que ella estaba de la orilla. El sonido de aquel salto de agua era igual a la tempestad que la enmarcaba. En su camino había visto algunos troncos de árbol y maleza que las aguas arrastraban. La lluvia no cesaba, aquella tormenta empeoraba con el pasar de cada minuto, y ahí en aquella cascada, ella lo miraba con tristeza, con dolor. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, podía ver como temblaba, podía ver en sus ojos todo el dolor que le causó. Quería abrazarla, quería consolarla. Pero cada vez que daba un paso hacia donde estaba, ella se alejaba. Sus manos le sudaban, tenía miedo de perderla, tenía miedo de que ella no quisiera escucharlo, le dolía la situación que los llevo a este preciso momento; no podía creer que hubiesen llegado tan lejos, ella era su esposa a pesar de todo lo que sucedió.

¿Porque tenía que ser tan testarudo?... ¿Por qué no se dio la oportunidad de abrirse con ella?... Ahora no valía la pena torturarse más, ahora tenía que dejarle saber todo lo que sentía, ella tenía que escucharlo, ella tenía que saber todo lo que lo consumía, porque de nada sirvió todo lo que vivieron si aun ella no lo entendía.

- Por favor, no te alejes más. — Pidió desesperado.

- Dame una razón para no hacerlo, — desafío ella entre sollozos.

- ¿Es que acaso aun no te has dado cuenta? — Preguntó él dando un paso más hacia ella.

-¿De qué? — Albert respiro profundamente antes de responder: De que tu... "Naciste solo para mi"

Candy no sabía que contestar, su respuesta la tomó por sorpresa, su corazón dolía mucho y ella no podía ni siquiera pensar. Había pasado toda la tarde sin poder decidir qué hacer, sin saber cómo iba a sobrevivir de ahora en adelante sin él. No había querido regresar, ni siquiera por la tormenta que la aterrorizaba de sobremanera. Ella deseaba que de alguna forma borrara su propia tempestad.

Albert al verla confundida, aprovecho el momento, acortando la distancia que ella había impuesto. Abrazándola fuertemente contra su pecho. Alejándola lentamente de la orilla. Candy iba a protestar cuando él susurro en sus oídos aquellas palabras tan necesitadas por ella. Su cuerpo estremeciéndose al mismo tiempo porque él se las repetía una y otra vez callando así su protesta.

El sentimiento que yacía desde hace mucho tiempo en su corazón él se lo declaraba con esas simples palabras. Aquel "te amo" cubría como un bálsamo natural su dolida alma, y el perdóname que lo acompañaba tranquilizo de inmediato su lucha interna.

-Albert... — pronunció su nombre audible solo para ellos dos, incapaz de moverse, incapaz de protestar. Sus piernas sintiéndose débiles mientras la implacable lluvia cubría sus atormentadas almas.

Albert la sostenía esperando que ella se calmara, sus sollozos poco a poco disminuyendo hasta que ella finalmente lo abrazo.

-¿Por qué?... ¿Por qué lo hiciste?... ¿Por qué te alejaste de mi si me amabas? — Candy reprochó sin levantar su rostro. Su corazón experimentando múltiples emociones.

Albert respiro hondo. Sabía que tenía mucho qué explicar. Excepto, que ese no era precisamente el lugar donde deseaba mantener esa conversación. Sin embargo, sabía lo testaruda que podía ser su esposa, sabía que no la convencería de regresar sin dar primero algún tipo de explicación.

Sin soltarla, suavemente con su mano levanto su rostro, apartando los mechones mojados que impedían ver sus ojos. Sus mejillas llenas de lágrimas mientras sus ojos estaban hinchados de tanto llorar. Le partía el alma verla en ese estado.

- No quería hacerlo. —Informó, agregando. -Pero tú no me dejaste otra opción. — Su dulce expresión cambio a una seria.

-¿A qué te refieres? — preguntó ella sin entender.

Albert suspiro antes de pronunciar palabra.

-Yo supe desde el comienzo lo que planeabas hacer. — Los ojos de Candy se abrieron de par en par con esa noticia. Si él lo sabía todo, entonces... ¿por qué? ...Albert podía ver claramente la confusión que existía en su rostro. Así que continúo: - Yo deseaba más que nada regresar a tu lado, hacerte entrar en razón. Pequeña, tu plan era muy arriesgado.

Candy bajo su rostro: -Lo sé, por eso no quise mencionártelo, sabía que lo desaprobarías.

- Y aun lo hago. — Afirmó, deteniéndose por un instante. -Especialmente porque me lo ocultaste. — Había un toque de reproche en su tono de voz.

Candy se mordió los labios, y Albert continuo.

- Yo sabía que tu plan nos daría una oportunidad. Una ventaja ante todo lo que se había estado llevando a cabo por muchos años dentro de la compañía. No obstante, después de leer el documento que le entregaron a Dorothy, supe que tu plan no funcionaria.

Candy parpadeo varias veces, preguntando: ¿Por qué?

Albert acaricio su rostro con la palma de su mano, levantándolo. Sus ojos azules intensamente atravesando los de ella. Su bondadosa naturaleza no la dejaba ver lo que aquello implicó. Habían vidas que estaban en juego. Ya no eran solo ellos dos, si alguno de los miembros sospechaba siquiera por un momento que ellos fingían, que ellos solo pretendían, él no sabía como todo hubiera terminado.

- Candy, pequeña... ¿Podrías tu pretender que no me amas ante los ojos de otros?... ¿Podrías tu disimular que nuestra matrimonio se había terminado satisfaciendo las presunciones de ellos? — Ella trago seco. Nunca considero o se detuvo a pensar en las repercusiones de lo que implicaría si no disimulaban convincentemente. No pensó en lo que le podría haber pasado a Dorothy si no cumplía con la tarea que le asignaron.

-No,— respondió tristemente. Añadiendo. -Pero dolió mucho el tenerte lejos.

-Lo sé. No sabes lo difícil que ha sido para mí saberte cerca sin poder tocarte, sin poder confesarte que te amaba. No sabes las veces que estuve a punto de mandar todo al demonio solo para consolarte. Pero no podía ser egoísta. Tenía que pensar en todos. — Candy podía ver la tristeza en sus ojos. Su agonía, era la misma que ella sentía.

La culpa, pertenecía solo a ellos dos. A el silencio que mantuvieron.

-Perdóname pequeña, — pidió nuevamente, reclamando esta vez con plena autoridad su boca. Decir que se sentía sediento era una subestimación. La sequia que sufrió al mantener su distancia durante todas esas semanas era una que no tenia comparación. Sin embargo, Albert sabía que tenían que regresar, habían pasado mucho tiempo bajo la lluvia, y ellos fácilmente se podían enfermar.

Así que renuente, y a regañadientes, rompió el beso.

-Tenemos que regresar. — Susurro abrazándola fuertemente una vez más. Sorprendido al escuchar su dulce voz susurrarle en el oído un "te necesito" antes de separarse.

~oOo~

Dorothy se relajo tan pronto vio a la joven pareja regresar. Montados en un solo caballo y con el otro a su lado. Fernando y ella pudieron apreciar como el señor sostenía de su esposa con gran posesividad. Al parecer, las cosas entre los dos finalmente se habían arreglado.

-Fernando será mejor que vayas y los ayudes, — sugirió Dorothy pensando en prepararles un baño de agua caliente. Los dos claramente estaban empapados, y con el frio que hacía, una tina de agua caliente les serviría.

Fernando asentó, mientras Dorothy comenzaba a subir por las escaleras. Deteniéndose por un minuto en el camino, trayendo consigo adicionales toallas. Entro en la habitación asegurándose de que todo estuviera nítidamente organizado. En la cocina, a fuego lento una sopa hervía, una que preparo tan pronto el joven se fuera en busca de su esposa. Ella sabía que la necesitarían.

Al terminar, Dorothy bajo. Preguntándose ¿por qué Fernando tardaba tanto?

Minutos Después...

-Fernando, ¿donde están los señores? — Preguntó Dorothy confundida al verlo entrar solo y sacudiendo un poco el agua que ahora lo cubría.

-Ellos vendrán cuando estén listos, — dijo Fernando con la garganta seca. Carraspeando un poco, con una notable vergüenza.

-¿A qué te refieres? — Fernando no sabía cómo explicarle a Dorothy.

- Yo creo que aun...se están reconciliando. — Fernando tocio, un poco incomodo, con un rubor cubriendo su rostro.

Dorothy frunció las cejas, estaba preocupada por Candy, ella había pasado más tiempo bajo aquella tormenta, el quedarse en el establo con ropas empapadas no la ayudaría.

-La señora se va a enfermar si no sale de esas ropas mojadas. Ella necesita un baño de agua caliente y un buen plato de sopa. Estoy segura que estará muerta del frio.

Oh Fernando lo dudaba. Pero, ¿cómo explicarle a una mujer soltera, la vida de una pareja?

~oOo~

Albert contemplaba con asombro la suave forma femenina debajo de él. Sus respiraciones agitadas mientras los dos se estremecían sintiendo al mismo tiempo el placer que pulsaba a través de sus cuerpos. Estaba nuevamente asombrado en la forma tan sintonizada en que ella estaba con él. Cada vez que la hacía suya, cada vez que se unían, la conexión entre los dos era intensa.

En realidad, era mucho más que eso. Albert sabía desde hace mucho tiempo por qué se enamoró de ella, porque la amaba tanto. Ella irradiaba solo pureza. A pesar de todas las pruebas y las tribulaciones que los dos vivieron, ella fue capaz de elevarse por encima de toda la crisis, sin perder su ecuanimidad, y sin perder su belleza.

Sus esmeraldas y su suave piel lo tenían de rodillas, todo lo que él poseía le pertenecía. Ella se había vuelto sin duda alguna en su debilidad. Ella era totalmente inconsciente del poder que mantenía sobre él. Moviendo cada fibra de su corazón como un artista acariciando amorosamente un lienzo en blanco, dándole vida propia a su mundana existencia con el brillo de sus paletas. Y a pesar de que al principio parecían como el agua y el aceite, dos elementos que normalmente se niegan a mezclarse, fue el amor quien finalmente los fundió y entrelazó con gran fuerza.

No podía decir dónde él terminaba y dónde ella comenzaba porque ella lo equilibraba en todos los sentidos. Su exuberancia a su calma, su entusiasmo a su cuidadosa actitud, su dulzura a su dolido pasado, sus suaves curvas femeninas a su fuerte cuerpo. Él amaba sentirla, Albert bajó su mirada encontrando su enrojecido rostro, sus mejillas ardiendo mientras sus cuerpos estaban unidos demostrándose la pasión y la necesidad que los dos sentían. Ella sostenía su mirada con amor, sus oscurecidas esmeraldas lo miraban intensamente, desafiándolo, diciéndole en silencio a que tratara de limitar la medida infinita de sus sentimientos hacia él.

Albert suavemente pasó una mano desde su cuello hasta llegar a sus caderas, sus dedos moviéndose y siguiendo fielmente las hondonadas de su esbelto cuerpo, ganándose un audible gemido como premio al mismo tiempo que su cuerpo se estremeció cuando se detuvo en el punto donde estaban unidos. El centro de su perdición. En represalia, ella con sus dedos comenzó a acariciar su desnudo pecho. Con asombro. Albert sintió sus entrañas tensarse, justo cuando sus labios siguieron y se abrieron camino a su masculino pecho, mordiéndolo.

-Candy... — Su voz sonó profunda y gruesa mientras su cuerpo vibraba con intenso placer. Desde la primera vez en que se unieron había sido así, el fuego de su pasión lo dejaba desalmado y sin poder procesar nada. Él la seguía ciegamente a donde ella quisiera llevarlo. Nunca nadie lo había amado tanto. Y ella lo amaba por ser quien era.

Sólo él. Sólo a él.

Albert nuevamente se estremeció, esta vez por la sensación de sus dedos deslizándose delicadamente desde sus hombros hasta su espalda, provocando una fina capa de sudor en su cuerpo. La ardiente devoción de ella era obvia en cada gesto. Él cerró sus ojos por un momento, saboreando aquel sedoso y cálido contacto en el que estaba envuelto. No tenia palabras para describir la forma en que ella podía llevarlo al límite con tanta facilidad.

Albert no era un hombre posesivo, al menos nunca se considero uno. Sin embargo, con ella, era diferente, y estaba seguro de que el sentimiento era mutuo. Esa noche, él le enseñaba y demostraba porque la amaba, absorbiendo en su esencia misma, amándola como si no había garantías de un mañana. Borrando a su paso la oscuridad del pasado.

En algún lugar en el fondo de su garganta, un gemido involuntariamente hizo camino, al sentir sus suaves labios presionando besos febriles por la piel de su cuello. Abrió sus ojos, disfrutando del ruborizado rostro de su esposa, estaba seguro que ella podía ver a través de sus ojos el puro deseo que sentía, la necesidad que lo envolvía, mientras se perdía en lo más profundo de su calor.

Albert amaba la visión de ella. Su cuerpo sudado mientras se estremecía en placer debajo de él. Su respiración errática mientras se mantenía a la par con el ritmo apasionado que él había creado para ellos dos. Llamando su nombre cuando su boca se perdía en su cuerpo. Ella sabía a néctar, era así con ella. Sólo con ella.

Él gimió de placer y se aferró aún más con fuerza, sintiendo el calor justo debajo de sus párpados. Ella no se imaginaba cuanto él amaba el sonido que producía. Y ahora mismo, en ese momento, cuando su voz se llenaba de éxtasis mientras gemía su necesidad por él, mientras se estremecía con él, sabía por qué amaba el sonido de ella. Era su perdición.

Albert nunca pensó que su prisión se sentiría tan parecida a un refugio para él. Firmemente estrechado como estaba en la actualidad, entre sus sedosos muslos. Él nunca quería ser liberado de su cautiverio, el nivel de intimidad que ahora tenía con ella era tan intenso, suspiró mientras se llenaba de su fragancia, su suave fragancia floral ahora tenía una capa adicional que era la suya. Su sangre hervía a lo largo de su cuerpo sabiendo que con cada embestida un trozo de su alma se quedaba con ella.

Albert sintió como su mujer ahora colaba sus dedos entre sus rubios cabellos. Sus ojos fundido en ella, centrados siempre en ella. Prometiéndose que su corazón, su mente y su cuerpo, trabajarían en perfecta armonía no solo para protegerla, sino también para amarla irrevocablemente y sin reservas. Nunca más dudaría.

El cuerpo de Albert emitía tal calor que su fervor y su pasión lograba que Candy no pudiera pensar en otra cosa que no fuera él. Ella solo sentía su amor. Él también se había convertido en su universo. Ella envolvió sus brazos con fuerza a su alrededor, amando el calor y la fuerza que se filtraba desde sus poros. Sus labios se movían por el elegante arco de su garganta poco a poco hasta llegar a su cuello, dándole suaves besos y susurrándole una y otra vez cuanto la amaba mientras la llevaba al cielo.

Totalmente exhausta, Candy descendía de su propio cénit, uno que había extrañado. Sintiendo el remanente de su propio orgasmo, aferrándose a él mientras su cuerpo aun convulsionaba sin descanso, Candy sintió más que oír los temblores que vibraban a través del cuerpo de Albert. Sus humedecidos rubios cabellos y sus movimientos se habían vuelto más desenfrenados, más frenéticos.

Estaba cerca...

No pasó mucho tiempo antes de que ella sintiera su cuerpo estremeciéndose y derrumbándose encima de ella, su nombre en sus labios.

Candy lo abrazó fuertemente. Encontrando la paz que tanto había necesitado.

Albert se movió minutos después atrayéndola consigo, no deseaba perder su calor.

Los dos se quedaron en silencio por largo tiempo, disfrutando del momento, reflexionando.

-Albert, ¿crees que todo haya salido bien? — Preguntó Candy sintiéndose un poco culpable por haberse marchado.

- Si. Estoy seguro que tu padre supo manejar la situación. — aseguró él. Inhalando su perfume, en esos momentos no quería hablar del consejo. Se sentía en paz y estaba justo con quien deseaba estar.

- Albert, — Su dulce voz lo llamo de nuevo.

-Sí.

-¿Tenemos que regresar de inmediato a Chicago? — Ella sabía que lo tenían que hacer, pero, al mismo tiempo no quería hacerlo. No al menos de inmediato.

Albert lo medito por un momento. - Nos podemos quedar un día más si lo deseas.

-Sí, me encantaría.

-Entonces lo haremos, después me gustaría que fuéramos a escocía a visitar a mi tía. Tenemos mucho que explicarle.

-Lo sé, supongo que es mejor ponerla al tanto en persona.

- Si. También tenemos que cumplir con la promesa hecha a mis sobrinos.

Candy jadeo levantando su rostro de su pecho. Se le había olvidado la promesa que les hizo a los pequeños en aquellas cartas que les envió. ¿Cómo pudo olvidar?

Albert acaricio su rostro apartando algunos de sus rubios cabellos. Su reacción le dijo que no lo recordaba.

-Estoy segura que nada los hará más felices. — Ella sonrió, sabia lo mucho que ellos deseaban regresar. Iba a agregar algo mas cuando de repente Albert se separo de ella, buscando algo en los bolsillos de sus pantalones, unos que habían terminado lanzados a un lado. -¿Albert? — ¿Qué era lo que buscaba?..se preguntó.

Albert dejo salir un audible suspiro al encontrarlos, solo hasta ese momento recordó que los había puesto en sus bolsillos. En sus manos, su anillo de bodas y la bolsita de organza con los hilos yacían.

Albert regreso a su lado, tomando su mano.

-Nunca más te lo vuelvas a quitar, — ordenó con un leve reproche en su voz, colocando el anillo en su dedo.

Candy no pudo evitar derramar algunas lágrimas, todo ese tiempo torturándose sin razón.

-Te amo, — susurro él en sus labios, mientras comenzaba a atar lentamente aquel hilo que lo unía irrevocablemente a su vida.

Continuara...

Gracias Por Leer... No se olviden de dejar sus comentarios...

A/N: Hola chicas, espero que estén disfrutando de esta época decembrina, lamento no haber podido responder cada uno de sus reviews, o complacer todos sus pedidos. Algunos de ellos iban en contra de lo que había establecido. Y otros los deje a su amplio criterio e imaginación. Lamento también no haber podido traer este capítulo tan rápido como lo prometí, se me hizo realmente imposible hacerlo, es más por ahí una chica me mando un MP preguntándome si estaba esperando a que nevara, bueno... Nevó...jajajaja... No saben lo terrible que es para nosotras no poder traerles los capítulos tan consecutivos como ustedes lo desean.

Bueno chicas, hasta aquí el drama. Los capítulos que quedan pendientes son los que les prometí... Londres, los tres paladines, y el retoñito que vendrá en camino... siiiiii...

A todas les deseo una Feliz Navidad y Un Prospero Año Nuevo. Que disfruten mucho con su Familia y que dios las bendiga. Desde lo más profundo de mi corazón les deseo lo mejor...Muchas Gracias...

PD: Y que un Albert pronto las visite...

P.D.S: A las chicas que deseaban la narración detallada del Plan y el contenido de la Carta de Dorothy, tendrán que esperar a que crucemos el atlántico y tomar una silla al lado de la tía abuela. jejejeje...quizás me apiade de ella.

Mis especiales Agradecimientos a: Quevivacandy - Sayuri1707 - Karina - Mayra Exitosa - Friditas - Clau Ardley - Dulcecandy 42 - Gatita Andrew - JENNY - Guadalupe Ortega - Adrinag1 - Sara - Guest - KattieAndrew - Amy Ri So - Arinayed - Abiudzarahid - Melisa Andrew - Samaggy - Blackcat2010 - Flor Fritzenwald - Amy C L - Arlette Andrew C - Laila - Litzy - Nikimarkus1 - Elisa.