El libro le pertenece a Susan Stephens y los personajes de Sailor moon tampoco son mios son de N.T.

ARGUMENTO:

De comportamiento impecable y correcto… hasta que su irresistible jefe la seduce

Serena Tsukino es recatada, tímida y bajita. Completamente lo opuesto a su jefe, el peligroso, atrevido y endemoniadamente guapo Darien Chiba. En el mundo de la jet set, ella se encuentra completamente fuera de lugar.

Cuando acompaña al extraordinario italiano al palacio de la Toscana que acaba de heredar, es como si viera a un lobo entrar en su guarida. Por fin, Rico ha vuelto a su hogar… y está dispuesto a desabrocharle los botones a la señorita Recatada.

CAPÍTULO 01

Seis horas y quince minutos sentada detrás del escritorio en Ia misma y dura silla, en la misma oficina fría, en la misma ciudad del norte...

Había perdido la alegría de vivir. Casi...

A Serena Tsukino, organizar una conferencia por teléfono con el señor Darien Chiba en Roma le estaba resultando una pesadilla, incluso para una joven abogada tan tenaz como ella, porque primero tenía que vérselas con el ejército de presuntuosos lacayos de Chiba,

«Déjeme hablar con él en persona», gritó Serena por dentro; por fuera, por supuesto, su actitud era relajada y tranquila. Tenía que serlo, ya que era una profesional.

Sin vida interior en absoluto.

¿Sin vida interior? Mmmm, ¿no sería eso más fácil? Desgraciadamente, estaba dotada de una gran imaginación y fantasía, lo que la metía en muchos apuros. Regordeta, común y corriente, y poco atractiva se convertía en una persona incisiva y rebosando confianza en sí misma en un abrir y cerrar de ojos; sobre todo, por teléfono.

Sin años de experiencia en el pequeño bufete de abogados, no era propio de una persona como ella tratar con clientes tan importantes; sin embargo y según su jefe, eso era una trivialidad sí quería progresar profesionalmente.

¡Por fin! ¡Por fin!

¿Signor Chiba?

¿Sí...?

La profunda voz la hizo estremecerse, Pero el instinto no era suficiente. El italiano era un lenguaje sensual, demasiado. Rápidamente, recuperó la compostura, agarró sus notas y le hizo las preguntas necesarias.

El señor Chiba las contestó con precisión y educación. Desgraciadamente, la imaginación se le disparó mientras hablaba por teléfono: alto, moreno y guapo era sólo el comienzo. Ahora sólo tenía que informar al magnate italiano que era el principal beneficiario en el testamento de su difunto hermano.

—Mí difunto hermanastro —le corrigió él.

La melosa voz de barítono adquirió un filo de acero. Pareció severo, frío y desinteresado.

—Le pido disculpas, señor Chiba, el testamento de su difunto hermanastro...

Mientras la conversación continuaba, Serena obtuvo más pistas. Se le daba muy bien interpretar las voces de las personas. La temporada que estuvo estudiando canto en uno de los mejores conservatorios de música le había afinado el oído para evaluar las voces, y la del señor Chiba mostraba encanto y agresividad.

—¿Podríamos ir al grano, señorita Tsukino?

—Por supuesto...

En el bufete, a Serena se le reconocía la capacidad que tenía para calmar incluso a los clientes más difíciles; sin embargo, al final de una larga jornada laboral con el mismo traje barato y en un frío despacho, no estaba en uno de sus mejores momentos. Aunque, por supuesto, no se trataba de un auto judicial, lo único que estaba haciendo era intentar informarle al señor Chiba que había heredado dinero.

Más dinero, se corrigió Serena echando un ojo a la revista que las chicas de la oficina le habían dejado en el escritorio. En la portada aparecía un extremadamente atractivo Darien Chiba, aunque eso a él la le daba igual. Por tanto, se dispuso a explicar a uno de los hombres más ricos de Italia por qué ella debía ir a verle en persona; a Roma, la ciudad a la que había soñado ir como cantante de ópera...

—Bueno, yo no tengo tiempo para ir allí...

Serena salió de su ensimismamiento.

—Su hermanastro supuso que éste sería el caso... —los latidos de su corazón se aceleraron mientras leía las instrucciones de la carta que acompañaba al testamento. Normalmente era imperturbable, pero los comentarios en la oficina le habían inquietado en lo que a Darien Chiba se refería. No sólo era un gran magnate, sino también un mujeriego. Decir que había un abismo entre el mundo de Darien Chiba y el suyo era un eufemismo.

A todos sus compañeros les había parecido divertido que la virgen oficial de la empresa era la persona designada a tratar con el famoso playboy italiano.

—No, lo siento —dijo ella— Me temo que es imposible enviarle por correo los efectos personales de su hermanastro, señor Chiba.

—¿Por qué?

—Porque su hermanastro fue muy explícito al respecto, señor Chiba. Contrató a este bufete de abogados, el señor Malachite, Zoycite y Neflyte, como ejecutores de su testamento, y el señor Malachite me ha pedido que me asegure de que las condiciones de la caita se cumplan. Por lo tanto, sugiero organizar una cita.

Se hizo un momentáneo silencio al otro lado de la línea telefónica,

—Cuando usted quiera —murmuró Darien Chiba.

Esa voz gutural la hizo estremecer, Miró por la ventana y contempló la fría y otoñal lluvia de Yorkshire, Bajo su aspecto convencional e incluso corriente, se escondía un profundo deseo de aventura. En el pasado había soñado con visitar los teatros de ópera del mundo. ¿Iba a tener el valor necesario para hacer ese viaje a Roma como abogada; o, por el contrario, no se atrevería a soportar el doloroso recuerdo de la pérdida de voz como cantante que, por supuesto, Roma reavivaría?

—¿Y bien…? —insistió esa profunda voz. —Señorita Tsukino, no dispongo de todo el día. ¿Cuándo quiere que nos entrevistemos?

Serena necesitaba un descanso y le era posible ir a Roma al día siguiente. Sin pensarlo, respondió:

—¿Qué le parece mañana, señor Chiba? ¿Le parece bien?

—De acuerdo —respondió él.

—Gracias por su cooperación.

Serena apenas podía respirar, Hablar por teléfono era fácil, pero cuando Darien Chiba viera lo sencilla y corriente que era... Y cuando ella viera Roma...

—Estoy deseando conocerla —dijo él. —Por cierto, tiene usted una voz muy bonita.

Una voz muy bonita...

—Gracias...

Típico de los playboys coquetear, y el señor Chiba no sabía que su voz se había visto reducida a roncas cenizas después del incendio en la residencia de estudiantes en la que había estado viviendo. En el hospital, su alegría había sido infinita al enterarse de que sus amigas habían escapado ilesas; pero también se había sentido destrozada al enterarse de que, debido al humo que había respirado, su voz se había convertido en poco más que un graznido. Por extraño que pareciera, los que desconocían aquella tragedia encontraban atractiva su ronca voz. Pero además de no poder volver a cantar, el incendio la había dejado con las suficientes cicatrices en la espalda como para negarse a que nadie la viera desnuda durante el resto de su vida. Tras renunciar al canto dedicó sus esfuerzos a forjarse una profesión como abogada; sin embargo, echaba de menos la música.

—¿Sigue ahí, señorita Tsukino?

—Perdone, señor Chiba... es que se me había caído una cosa.

Él, todo musculatura morena y viril, la miró desde la portada de la revista. A Darien Chiba ni siquiera se le podía acusar de tener cara de niño, más bien parecía un pirata, incluida la barba incipiente y la maliciosa mirada de sus ojos verde esmeralda, a lo que había que añadir un cabello negro zaino y una mandíbula más firme que la suya propia.

—Espero que no haya cambiado de idea respecto a venir mañana.

Había una nota de desafío en la voz de él que a la que su cuerpo reaccionó con entusiasmo.

—No, en absoluto — le aseguró ella mirando la foto de la portada de la revista, que le mostraba con un brazo sobre los hombros de una joven rubia tan encantadora que más parecía una muñeca que una mujer de verdad.

Todo saldría bien, pensó Serena. Podía hacerlo. El viaje a Roma era un asunto de trabajo y nada distraería su interés.

—Me gustaría hacerle una pregunta, señorita Tsukino.

—¿Sí? —agarrando el auricular con fuerza, se dio cuenta de que se había dejado hipnotizar por el inmaculado cutis de la joven.

—¿Por qué usted?

Ese hombre no era un playboy, sino un despiadado magnate cuestionando la decisión de enviar a una joven e inexperta abogada para reunirse con un hombre como él. En cierto modo, tenía razón. ¿Por qué ella? Porque hablaba italiano con fluidez gracias a sus estudios de ópera, porque era vulgar y corriente, soltera... y porque, como la última persona contratada, tenía poco que decir respecto a qué trabajo se adjudicaba a quién.

Mejor que no se enterara de su falta de experiencia.

—Porque soy la única abogada del bufete con tiempo disponible para ir a Roma...

—En ese caso, no es muy buena, ¿verdad?

—Señor Chiba...

Piano, piano, bella...

¿Piano, bella? La estaba diciendo que se calmara... y con la clase de voz con que se hablaba a una amante.

El italiano era un lenguaje sensual, se recordó a sí misma. Era musical. Y cuando lo hablaba alguien como Darien Chiba...

—Entonces, la veré mañana en Roma, ¿Si?

Iba a verle al día siguiente...

Ella no era una gran abogada, nunca lo sería porque no le entusiasmaba. A veces se preguntaba si llegaría a sentir la misma pasión que había sentido por la ópera por cualquier otra cosa. Pero los abogados del bufete en la que llevaba trabajando desde que acabó la carrera se habían portado muy bien con ella y, tras las cicatrices del incendio, se conformaba con la vida que llevaba.

—La estaré esperando mañana.

«Mañana...»

Ahora, pensándolo mejor, la idea de ir a Roma le parecía ridícula. ¿Cómo podía ir a esa ciudad como abogada de segunda categoría para tratar con una de las mentes más prodigiosas del lugar, y eso sin contar con los años en los que había soñado cantar allí?

La única razón para ir era la dura realidad económica. El abogado de más antigüedad del bufete estaba hablando de despidos debidos a la crisis económica; y como última contratada, ella era quien tenía más probabilidades de ser despedida de inmediato. Era incuestionable que aquel viaje a Roma y su reunión con alguien tan importante como Darien Chiba daría color a su currículo.

Tenía sentido, aunque no respecto a la confianza en sí misma. ¿Cómo una chica que vestía ropa comprada en la tienda más barata de la ciudad iba a entrevistarse con un famoso playboy sin salir escaldada?

Daba igual, tenía que hacerlo.

—Reservaré una plaza de avión para mañana —dijo ella, pensando en voz alta.

—Sí, se lo aconsejo —dijo Darien Chiba. —Envíeme por correo electrónico los detalles del vuelo y enviaré a alguien a recogerla al aeropuerto de Fiumicino.

—Es muy amable...

Serena se quedó mirando el auricular que tenía en la mano. Qué grosero. Mejor tomárselo con filosofía y considerarlo un reto.

Después de colgar, Darien se recostó en el respaldo de su silla giratoria de cuero. A pesar del desagradable mensaje que Serena Tsukino le había dado de parte de un hombre del que había esperado no volver a oír hablar la joven abogada le había hecho sonreír.

¿Porque le gustaba su voz?

Había puntuado muy alto en ciertos aspectos: era una voz femenina, joven, ronca y sensual. Muy sensual. E inteligente. Y... sexy. Ya se había hecho un retrato mental de ella.

Así que, volviendo al propósito de la llamada de la señorita Tsukino. Su hermanastro le había dejado algo en su testamento, ¿Un cáliz lleno de veneno? ¿Acciones de un sindicato delictivo? ¿Qué?

Darien se puso en pie y empezó a pasearse. ¿Por qué le había dejado algo en herencia un hombre que, desde el momento de conocerlo, sólo le había mostrado odio y desprecio? ¿Y qué tenían de especial esos «efectos personales» que sólo un bufete de abogados de Inglaterra podía entregarle, y en mano?

Gracias a la cuenta que habían dado los titulares de los periódicos sobre los innumerables actos delictivos de su hermanastro, sabía que Zafiro llevaba años viviendo en el norte de Inglaterra. Con seguridad de no errar, sabía que, si esos efectos personales eran barras de oro, habían sido robadas; y lo misino ocurriría si se trataba de joyas, antigüedades u obras de arte. Debía tratarse de algo que pudiera incriminarle en algún delito, algo que permitiera a Zafiro darle una última puñalada aún después de muerto.

Darien tenía catorce años cuando su padre volvió a casarse y a los diecisiete se había marchado de casa para siempre, Había abandonado el hogar tras dos años de verse sometido a la constante tortura de Zafiro, cuando la palabra hogar se convirtió en un nombre inapropiado para designar el lugar en el que no era querido. Había buscado el amor de su padre, pero ese amor había encontrado otro hogar, Así pues dominó su pesar y se marchó del campo a Roma en busca de la realización de sus sueños. Desde entonces, habían transcurrido once años y no había vuelto a saber nada de Zafiro.

Pero tenía mucho que agradecer a su hermanastro, pensó Darien delante de la cristalera de su lujoso ático con vistas panorámicas de Roma. Vivía en el barrio más elegante de la ciudad y aquélla era sólo una de sus muchas propiedades. Dejar el campo todos esos años atrás le había conducido al éxito, a la riqueza y, sobre todo, le había dado la oportunidad de vivir como creía que debía vivir.

Esos pensamientos le llevaron de vuelta a la chica inglesa a la que tenía que incorporar en su apretado calendario al día siguiente.

Volviendo al escritorio, echó un vistazo a la agenda. Acababa de despedir a otra incompetente secretaria. Encontrar una sustituía en quien poder confiar estaba resultando ser más difícil de lo que había supuesto.

Lo que dejaba una vacante...

Si ella era la mitad de interesante de lo que su voz sugería, estaría encantado de cancelar sus citas y dedicarle el día a la señorita Tsukino.

Sí, eso era lo que iba a hacer.


media adormilada comence a adaptar este libro, no se que tengo con los italianos y los griegos que me dan ganas de juntar un poco de dinero e ir a buscar un guapeton asi para mi solita jajajajajjaa

espero que les guste esta nueva adaptación y nos estamos leyendo chicas

besos besos

fer