Ok esta historia no tiene nada que ver con la saga de fast and furious, lo único que utilizo son los nombres de Dom & Letty , así que si buscan una historia referente a la saga definitivo esta no es lo que buscan, como dice el encabezado es un historia adaptada la historia no es mía los créditos son de una amiga que me ha dado el permiso para adaptarla, le doy clasificación M porque a pesar de no contar con contenido referente a drogas, violencia y malas palabras el contenido sexual si lo considero adecuado a esta clasificación, dicho eso disfruten la lectura ^.^

Capítulo 1

Ese hombre es el peor surfista que he visto en mi vida… —murmuró Letty, estremeciéndose bajo el chaleco salvavidas.

El aguanieve de aquella tarde de Octubre le dificultaba la vista, pero se empeñó en seguir aquella tabla que estaba a unos metros de la orilla. Miró fascinada cómo se arrodillaba, se ponía en pie, y se erguía. Y ahogó un grito cuando lo vio caer. El pobre hombre llevaba más de una hora surfeando, o más bien intentándolo, en las aguas revueltas de la bahía Wildwater Bay . Letty llevaba mirándolo desde el principio, y no había conseguido mantenerse en pie más que unos segundos. Ella admiraba su constancia, pero empezaba a preguntarse si no estaría mal de la cabeza. Debía de estar muerto de frío y casi sin fuerzas, porque a pesar de que el cuerpo que se marcaba bajo el traje de neopreno era fuerte, había bastante resaca.

No sé… —comentó Luke, su compañero, con su acento australiano—.

Está en forma y va bien sobre la tabla. Letty resopló cuando el peor surfista del mundo se volvió a caer de la tabla.

Aunque le falta equilibrio, eso es cierto —apunto Luke—. ¿Quieres que le digamos que tiene que salir?

Está a punto de estallar una tormenta. Solo quedaban dos bañistas más en la playa, pero estaban en la orilla. No había hecho un buen verano aquel año en Cornualles, y el tiempo había empeorado a medida que llegaba el otoño.

Sí, vamos a decirle que salga —contestó Letty, yendo hacia la furgoneta de salvamento y agarrando el altavoz, mientras pensaba en el chocolate caliente al que la iba a invitar su jefe en el Wildwater Bay Café. El viento amortiguó su mensaje, pero los dos bañistas de la orilla salieron inmediatamente del agua.

Vaya, el otro no sale —dijo Luke. Letty miró hacia el surfista. La tabla donde estaba dada la vuelta.

Ése está loco o se quiere suicidar —comentó.

Los nubarrones negros que se habían formado a cierta distancia avanzaban ya a buen paso, haciendo que las olas fueran cada vez más grandes. Incluso a un surfista experimentado le costaría tomar aquellas olas. Letty volvió a acercarse el altavoz a los labios.

El puesto de socorro de esta playa está a punto de cerrar. Le recomendamos encarecidamente que salga del agua ahora mismo.

Lo repitió un par de veces más, pero el surfista siguió metiéndose mar adentro.

¿Será que no nos oye? —se preguntó en voz alta intentando no preocuparse.

Voy a retirar las banderas —contestó Luke, refiriéndose a las banderas que delimitaban la franja de playa que era segura

Ya es mayorcito. Si quiere matarse, allá él… Además, he quedado con Jack dentro de una hora y me ha prometido sexo de postre.

Me encanta lo romántico que eres —contestó Letty volviéndose hacia él.

Oye, que el sexo salvaje puede ser muy romántico si lo haces bien… —se rio Luke, guardando la bandera más próxima en la furgoneta.

¿De verdad? —se rio Letty, ayudándolo a subir la base de la bandera a la parte trasera del vehículo. Letty llevaba un año reformando la casa de campo de su abuela, trabajando como socorrista y camarera de día, y aprovechando las noches para realizar sus pinturas sobre seda, así que no había tenido tiempo para romanticismos. En cuanto a sexo salvaje, estaba segura de no haberlo conocido en su vida… Letty frunció el ceño mientras entre su compañero y ella cargaban la segunda bandera. En aquel momento, se le metió el viento helado bajo el chaleco y se le endurecieron los pezones. Era un milagro que de no utilizarlo, no se le hubiera secado el cuerpo. ¿A lo mejor se le había secado y se había muerto, y ella ni siquiera se había dado cuenta? ¿Cómo saberlo? Steve la había dejado el verano anterior después de acusarla de estar más interesada en sus pinturas que en él, y ella no lo había negado. Era cierto que su trabajo era muy demandante, pero ni la mitad que Steve, y aunque era cierto que pintar no le producía orgasmos, había estado muy cerca de tener uno la primera vez que había terminado una de susmarinas… Y Steve tampoco le proporcionaba muchos orgasmos… Lo que dejaba claro que había sido patético aguantarlo tanto tiempo y llorar tanto cuando se había ido. Letty se estremeció y metió las manos en los bolsillos del chaleco, pues el viento cada vez soplaba con más fuerza. Menos mal que le había hecho caso a su hermano Callum, y no había vuelto con Steve ni le había prestado el dinero que le había pedido.

Sí, era cierto que había perdido la libido y el cuerpo, a cuyo lado se acostaba y se despertaba todos los días, pero a cambio, había aprendido a respetarse a sí misma. Porque su hermano tenía razón, tenía que dejar de recoger hombres perdidos con la intención de reformarlos. Cal no era quién para dar consejos sobre relaciones, porque nunca le duraban más de cinco segundos, pero en aquello tenía razón.

Me arriesgaré… —dijo el surfista con sarcasmo. A continuación la miró a la cara, y a Letty le pareció que estaba haciendo un gran esfuerzo para no sonreír. Además, ya no la miraba tan enfadado. Aquello era increíble, y Letty sintió que el calor le subía por el cuello. ¿El peor paciente del mundo se había quedado prendado de ella? Pero no, no debía hacerse ilusiones.

¡Eh! Pero, ¿qué haces? —lo increpó Luke llegando con las mantas plateadas. Se había roto el hechizo.

Me voy —contestó el surfista, poniéndose en pie con esfuerzo.

¿De verdad? —le dijo Luke ayudándolo—. Te has dado un buen golpe.

Ya lo sé —contestó el desconocido mirando a Luke con frialdad. Letty se estremeció ante su brusquedad, pero su compañero ni se inmutó y le tendió una manta.

Llévate, por lo menos, una manta —le dijo—. Debes de estar muerto de frío. El desconocido miró la manta, miró a Luke y la aceptó.

Gracias —dijo poniéndosela sobre los hombros con manos temblorosas. Letty supo instintivamente que si no hubiera sido porque estaba al borde de la hipotermia, no la habría aceptado.

¿Dónde vives? —le preguntó Luke con prudencia, como si el otro fuera un animal salvaje que pudiera morder en cualquier momento

.¿Quieres que te llevemos a casa? —añadió mientras el desconocido lo miraba con recelo. El surfista no contestó inmediatamente.

Vivo en Trewan Manor —dijo por fin, señalando con la cabeza hacia la imponente mansión que se alzaba sobre los acantilados—, pero no necesito que me lleven, puedo subir por el sendero —añadió, mientras un fino reguero de sangre le bajaba hasta la sien izquierda.

Letty siguió su mirada, sorprendida. Desde que había empezado a trabajar allí en Junio, le había fascinado aquella casa de torres de piedra que le recordaba a la de Cumbres Borrascosas. Había supuesto que estaba abandonada y su mente había imaginado todo tipo de historias para explicar su abandono. Su mirada volvió a concentrarse en el surfista. Desde luego, era igual de bello que la casa que ocupaba, pero también parecía igual de duro y repugnante. Una pena…Cuando el desconocido se giró para irse, Letty dio un paso al frente.

Un momento, no puedes irte…

Pero Luke la agarró.

No quiere que lo ayudes —le dijo.

Pero no se puede ir así… —insistió Letty—.Podría estar malherido… —murmuró indignada, preguntándose qué le importaba eso a ella.

No puedes rescatar a todo el mundo —le dijo su compañero sonriendo—. Venga, vamos al café. Te invito a un chocolate caliente —añadió, colocándole una manta sobre los hombros y frotándole los brazos.

Letty aceptó la manta y asintió, pero no dejó de mirar al desconocido, que se alejaba por la arena con la manta plateada a modo de capa tras él. Fue entonces cuando se fijó en su pierna.

Cojea. Se asustó. Efectivamente, el surfista se había parado y se estaba masajeando el muslo, pero siguió su camino rápidamente a pesar de la cojera, en actitud desafiante.

Eso no se lo ha hecho ahora —le aseguró Luke—. Eso lo tiene de antes. A lo mejor, por eso no se tenía en pie sobre la tabla —recapacitó.

Letty sintió una preocupación y una confusión que se tornaron en irritación al pensar en qué tipo de puta se dedica toda la tarde a hacer algo que sabe que no puede hacer, y se juega la vida de paso…

Pero tiene un buen trasero, ¿eh? —añadió Luke.

Y Letty se encontró fijándose en aquellos glúteos, efectivamente, un buen trasero. Al instante, sintió que el pulso se le aceleraba y que el deseo se apoderaba de su bajo vientre. Luke tenía razón.

Por desgracia para ti, me parece que no es de los tuyos —le dijo a su compañero. Luke se rio.

Por cómo te ha mirado las tetas, no tengo más remedio que darte la razón —contestó.

Letty se obligó a dejar de mirarle el trasero al desconocido. Sí, tenía un trasero estupendo, pero demasiada testosterona también. ¡Le había salvado la vida y no le había dado ni las gracias! ¡Ni siquiera la había tratado con respeto! Sin embargo, sentada en la cabina de la furgoneta y mientras Luke conducía, Letty sintió que los pechos se le endurecían y un pulso insistente le latía entre los muslos. «Perfecto», pensó. Era perfecto que sus instintos básicos eligieran abandonar el estado de hibernación en el que habían estado durante meses, precisamente en aquel momento y por un hombre que llevaba un neón bien visible en el que se leía:

«Mujeres, si se acercan es bajo su responsabilidad».

Dominic maldijo mientras obligaba a su pierna a dar un paso más. Dejó caer la cabeza hacia delante, contó hasta diez, y se concentró en controlar las náuseas que le subían desde el estómago. No era fácil, pues el muslo lo estaba matando de dolor, la sien le latía como si tuviera un clavo dentro, y tenía tanto frío, que estaba seguro de que le iban tener que cortar varios dedos de los pies y de las manos.

Eres un estúpido… —se recriminó a sí mismo—. Todo esto es culpa tuya. ¿Qué querías demostrar? «Vaya, estupendo, ahora resulta que también hablo solo», pensó.

Mientras el dolor le atravesaba el muslo y sentía el sudor mezclándose con la sal por el esfuerzo de seguir subiendo, se dijo que había hecho el ridículo bien hecho. Desde luego, pasarse dos horas demostrándose a sí mismo que jamás podría volver a hacer surf y entrando en hipotermia como resultado, no había sido lo más inteligente que podía haber hecho. Y para colmo, se había golpeado la cabeza con su propia tabla y habían tenido que venir un socorrista a salvarlo. ¡Bueno, una socorrista, una mujer! Claro que permitir que los ojos color negro azabache de la socorrista y su torneado cuerpo, le llevaran a pensar que podría hacer con ella algo mucho más interesante que dejarse sacar del agua, debía de haber sido uno de los peores momentos de su existencia. Claro que no tan malo como aquellas primeras semanas en el hospital, completamente dopado, saliendo y entrando de la inconsciencia, y atado a la cama. Y desde luego, no tan malo como el momento vivido tres meses después, cuando se había dado cuenta de que su pierna y su ego no habían sido los únicos que habían quedado irremediablemente dañados como consecuencia del accidente de moto. Al mirar a aquella chica, había sentido el principio de una erección, algo que no le ocurría hacía mucho tiempo, pero la alegría le había durado poco, y la realidad había caído con todo su peso, dejándolo enfadado y amargado de nuevo. Cuando le dieron el alta, los médicos le habían asegurado que la impotencia en su caso era psicosomática y temporal, resultado del trauma físico y mental que había vivido, y él lo había creído. Hasta aquella noche de verano en su ático de Kensington, cuando la mirada de compasión en el rostro de Marta había puesto de manifiesto la verdad. Lo que no podía negar era que si el cuerpo escultural de una mujer como Marta Mueller, que era modelo profesional, y su actitud de «tómame, soy toda tuya», no habían conseguido que tuviera una buena erección, aquella chica, por mucho que le hablara de manera sensual y lo mirara como si se lo quisiera comer, no iba a conseguirlo. Dominic decidió apartar de su mente aquellos recuerdos tan humillantes y se concentró en llegar a su casa entero. Su pierna, inservible, se arrastraba apenas por el barro, y se veía forzado a tirar de ella con las manos cada dos por tres y a aguantar un dolor espantoso. Dominic levantó la mirada hacia el cielo, vio los nubarrones negros, sintió la lluvia y el viento en la cara, y se dijo que eran los compañeros perfectos de su estado de ánimo. Al llegar a casa, suspiró aliviado y abrió la puerta con el hombro. Mientras maldecía en voz alta y manchaba el suelo a su paso, pensó en su abuelo, de quien había heredado aquella propiedad. ¿Cuántas veces le había advertido Charles King durante su adolescencia que algún día pagaría por sus fechorías? Si levantara la cabeza de la tumba y lo viera ahora…