Mis queridísimas niñas,

¡Ando otra vez por estos lados! Y sí, muy entusiasmada con una nueva idea que me hace vibrar (eso es muy importante, al menos para mí) y nada más ni nada menos que con las historias de un grupo tertuliano de escritores, con todo lo que eso significa, ¿no lo sabremos nosotras? Jajaja, ¿algo de esa energía heredamos no es así?

Como siempre, mi maravillosa Beta Jo me apañó en cuanto le conté la idea y tuvimos una extensa conversación sobre la trama (así que ella lo sabe todo, desde ya…). Así que mi queridísima Jo, una vez más ¡Mil gracias, eres la mejor! Y lo digo de todo corazón.

Por supuesto, y pasando a la formalidad de este asunto: los personajes le pertenecen a Stephanie Meyer y su casa editorial, yo sólo los tomo y les doy un par de vuelcos locos.

Muchas gracias por su apoyo a FFAD, ¡Son grandes! Su labor es buenísima y desinteresada, eso las hace aún mejores.

Y a todas, ¡Mil gracias por dedicarme parte de su valioso tiempo a leer mi relato! Que, desde el momento en que se llega a sus mentes, pasa de la ficción a la realidad-imaginaria-colectiva.

Capítulo beteado por Jo Beta Ffad, Betas FFAD

www facebook com / groups / betasffaddiction

Summary

Ser escritor no es fácil. Simplemente porque, durante el día se vive con más intensidad que el resto de los mortales, luchando contra las propias emociones o bien, dejándose llevar.

Bella es una amante de las letras y sus amigos también son autores de distintos estilos. La pasión corre por sus venas con ímpetu, apoderándose de ella y su genialidad. Emmett, es uno de esos amores no descubiertos hasta el momento preciso. Sin embargo, el amor por Edward es un huracán abrazador que arrasará con todo a su paso, incluso con el amor de verdad.

Vivir y amar a concho es el lema de todos ellos, pero ¿quién tendrá más pasión para hacerlo?, ¿podrá competir el intelecto con la emoción y el deseo?

Versos, plumas y deseos, entre estos tres conceptos navegará este triángulo amoroso. Ímpetus, arrebatos y esperanzas que bordean en la locura, ¿son más intensos los escritores para vivir y sentir? Ellos lo contarán con sus propias experiencias y en más de alguna tertulia.

Versos, plumas y deseos

Capítulo beteado por Jo Beta Ffad, Betas FFAD

www facebook com / groups / betasffaddiction

Capítulo 1: Sangre de letras

Resultaba extraño pensar que por los días de hoy existiesen tertulias y reuniones clandestinas. Sin embargo, el espíritu de una buena conversación trasciende a categoría de eterno, más allá de los trastornos sociales. Subsiste en el ADN de nuestra sangre americana, herencia fugitiva de los colonizadores y el misticismo de la vida indígena. Imposible no vibrar con las letras, los versos y las palabras. Amar con pasión, abandonarse al alcohol para sinceridad amistades y practicar hechizos con la imaginación, porque ahí, en el recóndito misterio de las emociones, está la esencia al que todo hombre aspira: Ser feliz.

En nuestra mente de versos y situaciones límites es grandioso hasta el más miserable, fundirse el cielo azul con el horizonte de Colón justo en el fin del océano. En el pensamiento revivimos dragones, despertamos princesas, invocamos espíritus de todas las creencias, pasamos desde la fría y seca montaña nevada hasta las cálidas aguas turquesas de El Caribe. Mediante las palabras amamos, debatimos, confirmamos, traicionamos y nos comprometemos.

No sé si es el ímpetu de la juventud o las ansias de aportar con un grano de arena en este inhóspito mundo, mercantilista e individualista, una magnífica apuesta de Gessellschaft de Ferdinand Tönnies. Generar un cambio desde la habilidad de las emociones, dando validez al honor, a las inquietudes humanas y el de expresarse. Amar, creer, sentir, gozar, vibrar, vivir.

Vida, eso pretendíamos ser, ese era el gran objetivo de nuestro núcleo. Por esta razón, cada martes, a partir de las siete de la tarde, la mesa siete se reservaba para sus siete integrantes. Algunos aspirantes a poetas, otros a novelistas y un par, se dedicaban a sintetizar historias, mediante relatos breves y emociones intensas.

Todavía en el siglo XXI, un grupo de inadaptados se unía una vez por semana para intercambiar ideas, comentar tramas que sólo se desarrollaban en traviesas mentes de pseudo escritores, hablar de política, contingencia, filosofar de la vida y asombrarse de la cotidianidad, en una simple tertulia.

Humanizar lo humano. Respirar para vivir. Enseñar para aprender y viceversa. Dejar huella, tranquilizar la conciencia… dejar un legado ¡Qué diantres! Ser diferente en un mundo donde todos somos iguales y detenerse en el tiempo, mientras el coche de lo mundano va casi a la velocidad de la luz. Recordar que hay otros que son y que yo también.

—Y Bella, ¿irás al Seminario en Sao Paulo?

Incliné el rostro, sin oír realmente lo que Emmett preguntaba. Entrecerré los ojos y me perdí en la lluvia que golpeaba con voracidad la ventana. La tarde se había oscurecido hasta parecer más noche que la prístina oscuridad. Un rayo refulgió de glamour el cielo y la tronadura ensordecedora me estremeció hasta los huesos.

— ¿Perdón, Emmett?

Pregunté distraída, pero de vuelta con firmeza tras el llamado de la naturaleza. Sólo quedaban rezagados algunos grumos de chocolate sólido en una suave tela de leche tibia, aconchada en el fondo de la taza. La cogí entre las manos y miré el fondo sólo por inercia. Él me sonrió y sus sensuales hoyuelos en la parte baja de sus mejillas, enternecieron su sonrisa y llenaron de calidez sus ojos almendrados.

— ¿Quieres otro? —preguntó un poco divertido. Esa boina bayo le daba un toque especial a sus veintisiempre, haciendo juego con sus labios de frutilla, rojos y rellenos que se enmarcaban deliciosamente en medio de su piel cal.

Fruncí el ceño y sonreí, negando con la cabeza. El resto del grupo: Jasper, Jacob, Alice, Dimitri y Tanya ya tenían los abrigos puestos y los paraguas en las manos. Emmett había tenido la amabilidad de esperarme y recuperarme de mi ensimismamiento.

—Ya es algo tarde y si continúa lloviendo como ayer, sin duda habrá inundaciones…

— ¿Algún problema con el suave llanto de los ángeles? —espetó con sarcasmo.

Su humor suave y a veces sórdido, le atribuía con un encanto especial, muy a tono con ese chaleco blanco sin mangas y cuello V con una línea azul que bordeaba sobre la camisa alba y aquellos pantalones a cuadros. El uso del bastón de sauco era su última excéntrica adquisición.

—Me encanta la lluvia —suspiré nostálgica—. Es sólo que tengo uno que otro problema existencial por estos días…

Apretó los labios y extendió una risita pícara.

— ¿Puedo ayudar?

Miré el techo, mordí mi labio inferior y solté una carcajada.

—Gracias, pero no creo. La verdad es que antes debiese saber qué es eso que me inquieta —agité las manos, avergonzada de la nula claridad de mis ideas.

Emmett unió el entrecejo, miró los vestigios de nuestra mesa recién ocupada y luego me observó con amabilidad, aunque había ansiedad en sus ojos y en el tono de sus palabras.

—Vamos a Sao Paulo. Te juro que no te arrepentirás, pequeña dulcinea. —Sus ojos soñadores se volvieron aún más risueños.

Sus dedos hábiles y tibios se dejaron caer sobre los míos, ejerciendo una agradable sensación de su piel sobre mi mano, usualmente, fría.

—Y, ¿qué dices, Bella? —Tanya apareció por detrás de Emmett, rodeando el respaldo de su silla.

Su cabellara rubio rojiza caía en ondas hasta las cintura, mientras un pañuelo de colores vivos le caía vivazmente sobre el pecho, contrastando con su sombrero gris y las botas rojas hasta la rodilla. Se inclinó, quedando con su boca a un costado de la mejilla de Emmett.

—Si no vas, nadie te asegura que este muchachote no encuentre a "otra" —guiñó un ojo con picardía, pero dejando implícita una amenaza real.

¡Y tenía toda la razón! ¿Cuándo me iba a decidir? Emmett llevaba un buen tiempo insistiendo, primero de manera sutil, casi difusa, pero desde hacía ya un par de meses, sus arremetidas eran cada vez más seguidas y constantes. A pesar de que era guapísimo, sensual, inteligente, poseedor de un extraordinario sentido del humor, aún no me atrevía a dar el paso final. No quería arruinar la amistad, como ya les había pasado a Jasper y Alice.

—Tengo que ver… bueno… mis finanzas y coordinar mi reemplazo en las cátedras de la universidad.

—Creo que poseo unas cuantas millas extras en mi cuenta de la línea aérea —ofreció con dulce picardía, mientras sus dedos danzaban por el borde de mi taza ya desocupada, deteniéndose sobre las huellas de mi labial rojo sobre la porcelana.

¿Y cómo no iba a tener kilómetros de sobra? Si con su última obra, situada en la pasión venezolana de un pueblo que ama y odia a la vez a su presidente, había recorrido el mundo de ida y vuelta. ¡Un verdadero éxito comercial! Quizá no era su mayor orgullo literario, solo su círculo más cercano sabíamos que lo que amaba profundamente era la poesía, pero era práctico y le permitía vivir de sobra de sus ventas, recibiendo oferta de al menos tres editoriales para publicar. Además, abultó considerablemente su cuenta corriente, dio bastante que hablar a los críticos y había quedado con una free pass de millas aéreas, para él y cinco generaciones más.

Sus ojos ambarinos esperaban ansiosos mi respuesta. Unió su índice y pulgar, esparciéndose los restos de mi labial entre ellos. No sé si con o sin intención, se pasó la yema del dedo gordo sobre el borde de su boca y de forma casi imperceptible, asomó la punta de su lengua sobre ellos, untando la pasta labial. ¡Oh, madre mía! Era horrorosamente sensual lo que acababa de hacer. Se me cerró la garganta y sin quererlo trague saliva. Sonrió.

***.***

Las turbulencias eran bravas. Al parecer la calidez de la atmósfera, como un guardarropa de humedad no era el mejor cóctel para volar. A pesar de que íbamos en un avión mediano, de siete corridas de asientos, y un buen catálogo de películas y video juegos personales, el viaje se me estaba haciendo agotador. Tenía el pecho comprimido, el pescuezo apretado y el estómago una tira de nudos espesos. Aún quedaban un par de horas de vuelo y la ansiedad me desquiciaba más aún cada segundo.

Me apoyé sobre el respaldo del pasajero contiguo para ponerme de pie y busqué mi neceser dentro de la cabina de equipaje. Abrí con sumo cuidado la valija, pero de todos modos se me vino encima la bolsa de Duty Free de algún comprador compulsivo. ¡Arg! El hombre sentado a mi derecha, de aspecto muy latino, extendió los labios en una disculpa inmediata.

—Lo siento. Mi hija menor está de cumpleaños hoy y no la veo hace más de dos meses.

Se agachó a recoger su compra y al levantarse se golpeó la cabeza contra el guarda equipaje. Ahora fui yo quien se disculpó con un inocuo encogimiento de hombros. Observé en perspectiva diagonal y noté como Emmett sonreía divertido, aunque fingió ignorarme.

"¡Idiota!", reclamé para mis adentros y seguí buceando en medio de los pequeños bolsos de mano, hasta hallar mi objetivo. Lo cogí en medio de las manos, abrí el primer cierre y saqué la caja de Ravotril de 0,5. Presioné para sacar una pastilla y me la tragué sin agua, sólo con un poco de mi propia saliva. Quince minutos después no sabía de mi vida.

—Señorita, por favor, enderece el respaldo —me avisó la impecable aeromoza con su traje azul con rojo y recién maquillada, ni comparada al espanto que podría ser yo en ese momento.

Asentí aún grogui por la pastilla. Los alerones de las alas se levantaron y ese ruido tan particular, de cuando el metal choca contra el viento, me despertó aún más. La ciudad, dibujada como una maqueta iluminada con baterías, se veía cada vez más cerca, formándose perfecto cada manzana de casas a nuestros pies.

Succioné con la vista cada milímetro de aquel maravilloso paisaje de grandes árboles, inclusos perceptibles bajo la luz de luna y mezclado con nubes espesas. Descendimos, descendimos, descendimos, hasta que por fin las ruedas tocaron la losa del aeropuerto. Se empañaron los vidrios por la humedad y pronto nos detuvimos frente a una manga de pasillo.

Los pasajeros impacientes se comenzaron a colocar de pie, incluso antes de que nos detuviésemos por completo. El crujido de bolsas y portamaletas repletaron el ambiente, hasta que ambas filas comenzaron a moverse hacia la salida. Emmett estaba en el pasillo opuesto, pero me observaba, con gracia, de vez en cuando. Como había sido un viaje de última hora, más por mi indecisión que por otro motivo, abordamos el último vuelo antes del Seminario. Nuestros amigos ya llevaban dos días allá.

Nos encontramos frente a la huincha de entrega de equipaje. Él me observaba divertido, de pie con una pierna cruzada sobre la otra y apoyado en el bastón.

— ¿Qué tal el viaje, dulcinea? —rio.

— ¿Por qué lo de "dulcinea", Emmett? —reprendí intrigada por su nuevo "apodo".

— ¿Encontraste ya tu seudónimo definitivo? —extendió sus labios sensuales en una sonrisa. Los acercó a mi oído y con su aliento tibio continuó—. Pensé que dulcinea podía ser una buena opción…

Negué con la cabeza por su idea nada original. Obviamente por ese mismo motivo lo había hecho, para hostigarme y ayudarme a decidir pronto un nombre literario. Desvié el tema.

—El viaje hubiese sido fantástico, sino fuese porque cada cinco minutos pensé que haríamos viaje por mar, en vez que por aire… —agregué divertida.

—Eso explica la droga... —insistió.

— ¿Te refieres a mi maravilloso S.O.S. recetado por el loquero?

— ¿Qué sería de un escritor sin su locura? —añadió.

Soltó una carcajada y se abalanzó sobre una maleta azul que pasaba a nuestros pies. Cogió la etiqueta y la dejó donde estaba para que siguiera su camino.

— ¿Alguna novedad en el Seminario? —pregunté por decir algo.

— ¡Ah, sí! Un viejo amigo lo inauguró —añadió sin dar mayor importancia—: El enigmático Edward Cullen.

— ¿Cullen? ¿El soberbio, mujeriego y petulante Cullen?

Rio a todo pulmón y sacó una maleta morada desde la huincha, la mía.

—Sí, ese mismo —aseguró con gracia.

Hice una mueca de agobio y miré el techo. ¿Conocer a un pedante sinvergüenza? ¡Uf! Esperaba que eso no empañara nuestra estadía allí. Emmett por fin cogió su equipaje, lo dejó en el carrito, me observó divertido, cerró su índice y pulgar sobre mi mentón y posó sus tibios labios sobre los míos, con la liviandad natural de un vuelo de mariposa.