Disclaimer: Propiedad de Craig Bartlett.

Crack fic. Podrían decir que hay parodia.


De cómo Arnold es denso como un ladrillo

I. De cómo Helga se decidió.

—¿Qué?

—Eso me han dicho.

—¡Es imposible! —Golpeó la mesa con las dos manos—. ¡Ella me lo dijo!

—¿Qué te dijo? —Su mirada se llenó de sospecha.

—Bueno, no me lo dijo, eh, exactamente… —Se había puesto nerviosa—. No explícitamente, pero me lo dio a entender… ¡Estaba implícito!

—¿Qué cosa?

—¡Que jamás iba a aceptarlo! —Soltó por fin, desesperada. Varias personas que estaban pasando, se voltearon a verla.

—Eh… bueno, Helga, si te lo dijo… Lila no es el tipo de persona que mentiría. Además, ya te dije que era un rumor. —Explicó, tratando de apaciguarla.

—¡No! ¡Phoebe, tú no entiendes! —La tomó de los hombros, con fuerza—. Ayer escuché al zopenco de tu novio hablando de lo mismo con Rhonda. ¡Es la princesa del chisme, sí, pero casi todo lo que dice es verdad!

—Me parece que…

—¡No me digas que estoy exagerando! —La cortó, histérica.

—Eh… entonces, ¿no lo estás? —Intentó liberar uno de sus brazos para acomodarse las gafas, pero fue inútil—. Pero Helga, ¿qué piensas hacer entonces?

Pálida, con los ojos muy abiertos y la expresión llena de miseria absoluta, la rubia soltó su agarre y murmuró en un tono grave y desesperanzado.

—Tengo que hacerlo.

Phoebe lanzó un chillido dramático y se cubrió la boca con la mano derecha. El silencio no fue roto hasta momentos después, cuando la morena susurró estupefacta.

—¿Estás segura?

II. De cómo Helga sabía procastinar.

—¿Qué quieres? —Chasqueó la lengua y enseñó los dientes.

Stinky, que había cometido el error de rozar casualmente a Helga mientras se unía a la cola para la comida, dio un salto hacia atrás. El cuerpo se le había llenado de escalofríos.

—¡N-nada! —Tartamudeó asustado—. Lo siento, Helga.

—Así es, Stinko. Lamentarás este día hasta tu muerte. —Amenazó con la expresión sombría y los puños apretados. Stinky contuvo el chillido que había estado a punto de soltar y empezó a soltar oraciones silenciosas. Le había tocado.

Todos habían notado el mal humor de Helga. No era novedad para nadie que ese parecía ser su estado natural, pero ese día, ese lunes lleno de nubes de tormenta, la rubia había llegado a la escuela particularmente sensible e irritada. Gruñía con anticipación y ni siquiera pasó el tonito burlón con el que Harold la saludó al verla. Un puñetazo en el estómago, una detención y Harold en la enfermería llenaron de sabiduría al resto de sus compañeros. Ese día, estaba mejor no atravesarse en el camino de la rubia. Qué maldición antigua habría caído sobre la escuela para poner de semejante humor a su estudiante más peligrosa. Stinky sabía que había que ser estúpido sin remedio para no darse cuenta de las señales.

Estúpido sin remedio o Arnold.

Claro.

—Vamos Helga, se ha disculpado, no seas tan dura con él. —Vino una voz a su izquierda y aunque era varias veces más bajo que él, el instinto hizo que se pusiera detrás. Arnold, así, quedó entre él y la furia desatada que era la rubia.

—¿Tú por qué te metes, zopenco? —Soltó agresiva y con los ojos entrecerrados.

—Porque los dos son mis amigos y sería muy tonto que se pelearan por una casualidad.

Stinky podía ver cómo había caído la palabra tonto en la expresión hambrienta de la rubia. Estuvo a punto de darle hipo, podía sentirlo. El tono de Arnold, claro, había sido completamente neutral. No podrían culpar al rubio de haber querido provocar a Helga, sería loco. Pero Helga parecía mortalmente loca en ese momento.

—¿Tonto? —Se detuvo para aspirar, como si le faltara el aire—. ¿TONTO? —Soltó una carcajada seca—. ¡TONTO! —Stinky podría jurar que Helga parecía a punto de explorar.

Se hizo una pausa tensa y desagradable. Helga estaba roja y con el ceño fruncido. Arnold parecía inalterable, como siempre. Stinky quería estar en cualquier lado menos en esa cafetería. La gente los miraba.

Pero no pasó nada.

Nada de lo que todos estaban esperando, al menos.

Helga soltó todo el aire que estaba conteniendo y en un movimiento rápido y hábil, pasó delante de Arnold y agarró la muñeca de un Stinky horrorizado. Lo jaló con fuerza y lo soltó casi inmediatamente, hasta que estuvo en el lugar que había ocupado antes. En medio de Arnold y de ella.

—Tú te quedas aquí si no quieres que te rompa el cuello, ¿me entendiste? —Explicó en un susurro helado.

Stinky asintió.

Arnold alzó una ceja.

Helga se volteó y se cruzó de brazos mientras el comedor in situ quedaba perplejo.

III. De cómo todos se enteraron del rumor.

Arnold y Lila estaban conversando entre susurros y risitas en medio de la clase. Él se inclinaba y sonreía, hablaba poco y asentía mucho. Ella se cubría la boca con la mano y soltaba pequeños gorjeos que no eran nada sutiles. Se oían las voces apenas y apenas si se daban cuenta que muy pronto llegaría el profesor y que sus compañeros en pleno los miraban sin reparos.

—Anda, ¿tú crees?

—Es obvio. —Dijo Sid, con esa voz nasal que siempre lo había caracterizado—. Ya deben estar saliendo.

—¿Tú crees? —Stinky se rascó la cabeza—. Pero, ¿no es muy pronto?

—Nada es muy pronto para el amor. —Acotó Gerald con sabiduría y moviendo la cabeza como si estuviese muy enterado—. Finalmente ha tenido que suceder.

—¡Pero nadie ha dicho nada de ninguna confesión! —Dijo Rhonda en un susurro apagado cuando se cansó, por fin, de fingir que no estaba escuchando—. Es imposible.

—A quién le importa. ¿Cuánto falta para el almuerzo? —Harold se rascó la barriga.

Si sí o si no, no pudieron debatirlo más porque un rugido llegó desde la carpeta más ruda de su clase.

—A ver, tórtolos de circo, ¿van a parar el teatro o tengo que arrancarme los ojos? —Seguía sentada con los pies sobre la carpeta, pero no parecía cómoda en lo absoluto—. ¡Y no, no me importa si quieren chuparse la cara o no, pero acá se viene a estudiar y me están hartando!

A todos les pareció surrealista que Helga estuviese defendiendo el propósito de clase cuando la clase ni siquiera había comenzado. Más surrealista, aún, que estuviese defendiendo el honor de la clase de geometría cuando siempre se dormía a la mitad de la lección. Y más, todavía más, surrealista que estuve más o menos admitiendo que estudiaba. Con todo, todavía no era tan surrealista como para que ninguno se atreviese a contestarle.

Lila se había volteado a mirarla llena de sorpresa, pero su expresión se suavizó hasta volverse una sonrisa amable luego de unos segundos. El brillo inteligente de sus ojos advertía que de alguna manera entendía que Helga no sería capaz de arrancarle la cabeza. Eso lo percibieron los que la vieron y se preguntaron cómo es que podía ser tan ciega a lo evidente.

Arnold por otro lado, y más alucinante y extraordinariamente ciego (¡evidentemente!), pasó de frente a sonreírle de medio lado. Sin decirle nada.

Helga apretó los labios, furiosa.

Felizmente para todos, todos los que se estaban preparando para el huracán, la puerta se abrió y el profesor de geometría anunció que sacaran sus libros.

—Pataki, haga el favor de bajar los pies de su carpeta.

El rumor era que Helga siseaba como las serpientes, más o menos como Harry Potter en las películas, cuando se la agarraba en el peor momento.

IV. De cómo se empieza a derrumbar una pared de ladrillos.

De un día para otro. Una noche y una luna de distancia. Helga empezó a comportarse muy raro. Era imposible no notarlo y no sentir algo muy parecido al miedo. Terror, mejor dicho. Y claro, un volcán era peligroso y daba miedo, pero la advertencia ayudaba a tomar precauciones. Un volcán inestable podía, en cambio, significar la llegada del fin de todo. De todos los que no pudieran escapar de la isla, al menos.

—Helga está muy rara. —Comentó Rhonda con preocupación—. ¿Se han dado cuenta?

Todos asintieron.

—¡Lo sé! —Chilló Sid, preocupado—. Hoy me deseó los buenos días.

Todos lo miraron sorprendidos.

—A mi me dijo que no era tan estúpido como creía. Creo que quería disculparse. —Comentó Harold, confundido.

Antes de que pudieran continuar comentando sus respectivas experiencias, la puerta del patio se abrió de un golpe y en el marco apareció un Brainy a punto de convulsionar.

—Eh… —Siguió una pausa asmática—, eh…

No dijo nada más y se fue tan rápido como había venido. Perplejos, se miraron unos a otros y corrieron siguiendo el rastro de su extraño compañero de clases. ¿Era un compañero, después de todo, no? Tuvieron que parar en seco cuando llegaron al pasillo.

Arnold estaba agachado en el piso, recogiendo sus libros, y a su lado estaba Helga G. Pataki. Ayudándolo, aparentemente.

Arnold también, esta vez, parecía sorprendido.

—Gracias, Helga. —Titubeó—. No tienes que…

—Lo sé. L-lo hago porque quiero, ¿está bien? —Seguía concentrada en su tarea, casi había recogido los libros ella sola.

—Está bien. —Dijo Arnold fácilmente y tomó los libros que Helga tenía en sus brazos—. Déjame llevarlos.

—Está bien. —Repitió muy tiesa y se levantó como un resorte—. Yo…

—¿Sí?

—Tengo algo que decirte.

Todos contuvieron el aliento.

—Dímelo.

—Eso estoy tratando de hacer tú pequeño… —Helga se mordió el labio y volvió a su anormal estado de nerviosismo—. Yo…

—¿Tú? —Animó Arnold cuando vio que la pausa se alargaba.

—Yo te…

No. Puede. Ser.

Varios tenían los ojos abiertos.

Helga se agarraba el brazo derecho, miraba al piso y movía los pies como si quedarse quieta le resultara doloroso. Nadie podía ver su expresión con claridad, pero podían adivinar que le estaba haciendo juego al espectáculo de su cuerpo. Parecía tan pequeña, recogida sobre sí misma, lejos de toda esa áspera personalidad. Lejos de la violencia y de todo a lo que los había tenido acostumbrados. El contraste era extrañísimo. Casi podían decir que estaba avergonzada.

—¿Tú me? —Repitió Arnold—. ¿Tú me qué?

Helga alzó la vista, de pronto. Estaba asustada, con los ojos como platos y con las mejillas encendidas.

Los mirones sintieron que el mismo bochorno les traspasaba y aunque quería voltear, la escena era demasiado poderosa para apartarse. Sospechaban que era un momento que requería privacidad, pero ya era demasiado tarde. Vagamente se preguntaban si Arnold estaba sintiendo lo mismo, o quizás más, ya que estaba tan cerca de Helga.

—Tú me… —Repitió con la voz quebrada y todos contuvieron el aliento.

—¡AG!, ¡díselo ya! —Harold se tapó la boca con las manos, horrorizado, casi al instante en que la hubo abierto.

Lejos, al final del pasillo, Helga le dirigió una mirada de muerte que los traspasó a todos. Arnold, menos amenazante, les lanzó una mirada curiosa pero llena de irritación.

—Yo te he hecho tirar los libros, Arnoldo. Eso iba a decir. —Soltó Helga—. Perdón, pero ahora tengo que ir a asesinar a alguien.

Cuando el resto se dio cuenta que quizá salirse del camino era la mejor decisión, Harold ya había desaparecido de la vista de todo mundo.

V. De cómo Phoebe siempre escucha a Helga.

—Estuve así de cerca, Phoebe, así. —Explicaba Helga mientras le enseñaba la distancia microscópica entre su dedo índice y pulgar—. Si no hubiese sido por el gordinflón estúpido, lo hubiese dicho.

—¿Y eso es bueno o malo? —Preguntó Phoebe calmada.

—No lo sé. —Suspiró—. Malo, porque si no ya lo sabría. ¡Pero fue bueno porque no tuve que decírselo!, ¡no sabía que toda esa bola de chismosos estaba escuchando!

—Ya veo.

—Quiero morirme. —La agarró de las manos y le lanzó una mirada sufrida—. Acaba con mi sufrimiento, gran amiga, y mátame antes de que haga algo de lo que me arrepienta.

—No tienes que hacerlo.

—Sí tengo. —Aseguró vehemente—. Tú los viste en el salón, si no lo hago comenzarán a salir y tendré que soportarlo y vivir con eso. No puedo más, Phoebe, no puedo.

—Entonces busca un mejor momento para decírselo. En un lugar que no sea tan público. —Agregó en un susurro—. ¿Es por eso que has estado siendo amable con todos?

—¡Sí! —Asintió varias veces con la cabeza—. No quiero que crea que no puedo ser amable. Phoebe, tú sabes que puedo serlo, sólo elijo no serlo porque la gente es idiota. ¡Tengo que decírselo!

—Todo estará bien, Helga.

—¡Deja de imitarlo!, ¡me torturas! —Exclamó dramática y Phoebe le sonrió con paciencia.

—Puedes ser quien tú eres, Helga. A mí me agradas y no te he conocido de otra forma. Dale una oportunidad de conocerte.

—¡Pero me conoce!, ¡lo he torturado desde que lo conozco, tiene que saber quién soy!

—De conocerte completamente. —Explicó—. Todo lo que tú eres, no sólo las torturas.

—¿Y si no le gusto?

—Le gustarás. —Afirmó y la miró a los ojos—. Y si no fuera de ese modo, él es el tonto.

Helga sonrió, débil, pero agradecida.

—Él es el tonto.

—Así es.

—Está bien, se lo diré.

—Si quieres.

—Quiero. —Susurró y le soltó las manos. Pareció sacudirse la depresión—. Phoebe, esta conversación nunca sucedió.

—Olvidando.

VI. De cómo Helga es más que las torturas.

—Aquí está tu lápiz, Lila.

Lo dejó sobre la carpeta de la aludida y pasó de largo las miradas y los murmullos que no podían creer que Helga estuviese siendo civil con la pelirroja. Helga se sentó, sin subir los pies, y sonrió en una mueca torcida cuando se dio cuenta que todavía tenía la atención sobre ella.

—¿Algún problema?

Negaron con la cabeza.

—Bien.

Y estuvo bien por ese día.

VII. De cómo Lila y Helga cambiaron.

—¿Helga? —Soltó Nadine, sin querer.

—¿Sí? —Preguntó impaciente.

—Ese es el sitio de Lila.

El sitio de Lila en la clase de geografía que estaba al lado de Arnold.

—Este era el sitio de Lila. —Explicó, divertida, una vez que miró su expresión descreída—. Hemos cambiado porque ella tiene mejor vista que yo y el profesor escribe con letra muy pequeña.

—Oh.

—Así es.

—Ya…

—¿Algo más que quieras agregar?

Sí.

—No, nada.

—Excelente.

Lila, desde su asiento, se limitó a lanzar una sonrisa reconfortante para todo aquel que la mirara.

VIII. De cómo Helga y Arnold hablan en clase.

La clase estaba a punto de terminar. Casi todos estaban ocupados copiando lo último que el profesor estaba escribiendo en la pizarra y pensando en lo que harían con el fin de semana que se avecinaba. Quedaban diez miserables minutos y nadie esperaba nada extraordinario hasta que se hizo una breve pausa dramática en medio de la explicación. El profesor dejó la idea sobre los volcanes en el aire y se apresuró a buscar en su libreta.

—¡Lo siento, estudiantes! —Exclamó apurado—. Había olvidado por completo el trabajo final del curso, si no les doy las instrucciones hoy no tendrán tiempo de terminarlo.

Se puso a escribir dichas instrucciones en la pizarra mientras la mayoría se lamentaba y una muy ocupada Helga G. Pataki se machaba el cerebro pensando en posibilidades.

A Helga no podía importarle menos la geografía y el trabajo final de geografía por la sencilla razón de que no estaba escuchando. Estaba perdida en sus escenarios hipotéticos y tratando de exprimir el consejo de Phoebe. Un lugar no público y adecuado. Un lugar calmado y oportuno para decirle a Arnold, en ese momento muy cerca a su derecha, lo que había que decirle. Tendría que ser muy pronto. No tenía tiempo para otra cosa. Tendría que decírselo y ya, esta vez sin retractarse. Decirle que lo quería, sí, que lo amaba, sí, que le construía altares, le escribía poemas, soñaba con él y solía hacer sacrificios animales. Sí, todo, lo morboso y lo tierno, lo simplemente lunático y lo más racional. Lo que había ocasionado todo el desbalance en su tierna infancia y presente adolescencia. Tenía que decírselo aunque es alterara el orden preestablecido del universo y de los chismes de secundaria. Tenía que apartarlo y confesarse de una vez por todas, esta vez hasta que Arnold entendiera que no había marcha atrás y que a ese barco se subía o moría en la marea. Así de drástico, así de simple, así de todo.

Oh Arnold. Su monólogo interno, como siempre, se había pasado de la frontera de la posibilidad cercana y ahora coqueteaba peligrosamente con su fantasía más reciente. Una de esas locas y arrebatadas en las que Arnold le correspondía y la miraba como había mirado a tantas otras chicas y mejor porque ahora era ella quien recibía toda esa atención bobalicona con la que siempre había soñado. Qué tonto, Arnold, qué tonto y perfecto y maravilloso y cómo te amo. Le correspondería, claro, y Helga tendría que sonreírle y hacerle la pregunta final, la más importante.

—¿Helga?

—¿Quieres estar conmigo, Arnold? —Le preguntó con una mirada soñadora.

—¿Qué?

Helga despertó a la pesadilla más gran de su vida. Claro, en su clase no había habido confesión, ni sentimientos, ni Arnold con la mirada enamorada. En su clase todo todavía era público, con el profesor al frente y con Arnold observándola confundido.

Mierda.

Gracias a las divinidades en el cielo, el profesor de geografía intervino por ella.

—Ah, perdón Pataki, pensé que estaba distraída. —Dijo algo descolocado—. Sí, bien, como pueden ver, tienen que hacer grupos de máximo tres personas para la presentación oral… Aquí ya tenemos uno, ¿no es así?

—¡SÍ! —Exclamó Helga vehemente y se levantó de su asiento y señaló a Arnold con un índice muy exagerado. Como si necesitara la atención de la clase—. ¡SÍ!, ¡ja!, ¡eso pregunté! Arnold, ¿quieres estar conmigo en la clase… digo, en el trabajo?

Se hizo un silencio incómodo.

Largo.

Tortuoso.

Arnold terminó por romperlo.

—Eh… —Dijo vacilante y le lanzó a Gerald una mirada fugaz—. Pensaba unirme a Gerald, Helga…

La rubia comenzó a hiperventilarse, tenía las mejillas rojísimas.

—Pero, claro, me gustaría hacer equipo contigo. —Agregó rápidamente—. Creo que seremos un equipo de dos, profesor.

—Excelente. —Animó el adulto y se dirigió al resto de la clase—. Bueno, ¿qué esperan?, ¡hagan grupos!

En el murmullo apurado que siguió a la orden, Helga pudo sentarse por fin, drenada mentalmente. Se deslizó en su carpeta y no se atrevió a cruzar la mirada con nadie. Sabía que todos estaban esperando algún tipo de explicación, pero nunca se había sometido a los deseos de los demás y no iba a empezar ahora.

Antes de que terminara la clase, Arnold se acercó y le susurró rápidamente.

—¿Era eso a lo que te referías?


A la siguiente.


Aclaraciones de la mecanógrafa.

Eh, no soy Killa. Mi nombre es Ariel y soy amiga de Killa. Algunos seguramente sabrán que Killa está en suspensión de ciertas actividades luego de que se doblara el tobillo y se rompiera la muñeca (casi). Está con descanso médico y aunque puede escribir con la mano izquierda, le resulta todo muy fatigoso. Yo, que soy fan como algunos de los que la leen, me he ofrecido como mecanógrafa mientras dure su recuperación, que será si no me equivoco cerca de tres meses. Quería ayudarla a publicar ahora que no puede escribir como quiere, pero yo ando más ocupada que ella. Así y todo, creo que puedo ayudarla a que no se ausente como había previsto en un comienzo. Así que subiré lo que tiene que subir, pero no con mucha frecuencia. Espero que entiendan. La ventaja que tengo, aquí una aclaración más, como mecanógrafa es que puedo decidir cuál quiero que me dicte primero y la verdad cuando me comentó de este fanfic me emocioné tanto que la obligué a que me lo fuera contando desde la semana pasada. Me ha dicho que no falta mucho para el final y por eso lo estoy publicando (con potestad de ella, no se crean). Ojalá que mi decisión no haya sido mala y les haya gustado como a mí.

Pues... como les había dicho, yo no tengo tiempo de estar con Killa siempre, así que quizá la respuesta de sus comentarios llegue lenta (pues la hará Killa y con una sola mano) o quizá no llegue hasta julio o agosto, pero sería bacán que igual le escribieran porque ya saben que es bien cursi y le encanta saber que la leen. Ya le contaré después que he subido fic ahora jajaja.

Listo, sólo agregar que Killa está agradecida con todos los que le han estado enviando ánimos para su recuperación. Les envía, textualmente "su amor empalagoso" (esta chica tiene problemas) y que espera muy pronto poder escribirles como había prometido (lo he acortado, que le gusta explayarse).

De mi parte, pues no creo que vuelva a hacer aclaraciones tan largas, así que no teman.

Eh, creo que ya no se me olvida nada.

¡Chaito!