XCIV. De cómo enamorarte y seguir siendo un cínico

Era incómodo. Estaba a su lado y era más o menos claro que se gustaban, tenían solo dieciséis años, pero era incómodo. No era como lo había imaginado, pero a estas alturas no podía echarle la culpa a sus expectativas. Era incómodo, largo y silencioso, buscar esa respuesta en su corazón, mientras Arnold pensaba en la suya. Era tan incómodo y tan cansado, que Helga tuvo que detenerse.

Era incómodo, pero le daba esperanzas esa renuencia a evitar separarse. Quería creer que la persistencia residía en un espacio más allá de las calibraciones de su cerebro, que su corazón avanzaba en un instinto más básico y honesto. Quería creer que ese amor adolescente era suficiente para vencer la incomodidad silenciosa que les había amargado la mañana.

Cuando Arnold habló por fin, Helga decidió dejar de pensar para poder escucharlo.

—Creo que, si pasara, tendrías que decírmelo —Arnold tenía la voz calmada—. Si te aburres, quiero decir, tendríamos que conversarlo, —apretó ligeramente la mano que sostenía la suya—, me gustaría que pudiéramos ser amigos aún si no resulta de la manera en la que esperamos en este momento.

Su voz sonaba tan serena y paciente, que Helga se animó a voltear. Algo había cambiado, sin embargo, pues encontró desazón en la calidez de su mirada. Fue en ese momento cuando lo entendió, cuando notó cuán profundas eran sus diferencias y cuánto lo había lastimado. Helga siempre sabía leer las emociones de Arnold, eran tan honestas y sencillas, y era la primera vez que ella le provocaba una tristeza tan palpable.

Quizá lo mejor hubiese sido disculparse, pero no pudo. A diferencia de otras ocasiones, Helga no estaba intentando ser cruel. Esta vez no le había ganado la rabia y no era su ingenio vengándose en secreto por la indiferencia de Arnold. No había querido molestarlo al propósito, mucho menos herirlo, solo estaba tratando de ser honesta. La honestidad de la que Arnold hablaba, probablemente, era distinta, porque nada de lo que hubiera ganado valía la pena.

—¿Tú crees que podría ser tu amiga? —Helga intentó que su voz no sonara estrangulada.

—Por supuesto, —le contestó con esa firmeza que le hacía creer que todo era posible.

—Yo no podría, Arnold, creo que eso no podría.

—¿Por qué?

—Porque te amo y si… bueno, no sabría cómo quererte de otra forma.

XCV. De cómo Mambo número 5 y Happy together son canciones de Arnold y Helga

El lugar al que Helga quería ir era el parque Tina. Arnold miró para asegurarse de no estar perdiéndose de nada. Sin embargo, el parque se veía como siempre, con una fuente rodeada de árboles, con una glorieta llena de gente haciendo actividades y con sus bancas de madera desgastada. Se concentró muchísimo, pero no logró encontrar nada y quizá era mejor seguir buscando.

Helga se veía distraída, después de indicarle que estaban en el lugar correcto, se había sentado en una banca y había centrado su atención en la glorieta. Estaba callada, con la mirada inquieta y con el gesto adusto. Arnold se hubiera querido sentar a su lado, pero los rezagos de la última conversación se lo estaban impidiendo de una manera hasta absurda. Había intentado ser empático en su respuesta, pero quizá no estaba siendo honesto.

—¿Estás pensando por qué te hice faltar a clases para venir al parque? —Preguntó Helga.

—Sí, —mintió— quiero decir, podríamos haber venido luego de las clases.

—Te invité a venir…

—Me tomaste por asalto, —interrumpió.

—Te INVITÉ a venir, —continuó con más énfasis—, porque quería que fuéramos a una cita.

—¿Al parque?

Helga le lanzó una mirada irritada y Arnold sintió que un poco de la tensión se deshacía de sus hombros. Qué gracioso, pensó, normalmente es al revés.

—¿Sabes, Arnold? Siempre he sabido que eras un poco ciego, digo, además de emocionalmente, pero no puedo creer que no lo estés notando.

Arnold sintió que se irritaba y volvió a mirar a su alrededor. Nada además de las personas reunidas en la glorieta parecía ser especial de ese parque.

—No sé qué puede ser tan especial de… —antes de que pudiera continuar, Helga le señaló un punto muy específico de la glorieta. En un gran banner que habían amarrado de las columnas se señalaba el inicio de clases de baile durante las mañanas. Arnold parpadeó. Con mucho cuidado de no equivocarse, señaló el banner y preguntó en voz alta: —¿Te refieres a ese banner?... ¿El banner azul?

Helga le lanzó una mirada que claramente le decía que seguramente era tarado. Arnold tuvo que lidiar en silencio con su estupefacción y, por fin, se sentó en la banca.

—¿Se puede saber qué te pasa? —Señaló Helga con impaciencia, y quizá algo de nerviosismo—. ¿Es tan raro que te invite a salir al parque?

—No… bueno, sí, —Arnold le lanzó una sonrisa fugaz—. Quizá es que tienes formas muy singulares de decirlo, esta sería la segunda vez desde… quiero decir, no pensé que me invitarías a… —Arnold volvió a mirar hacia la glorieta—. ¿Eso es Mambo Nº5?

Helga no pareció importunarse por la canción, solo se encogió de hombros.

I like Angela, Pamela, Sandra and Rita
And as I continue you know they getting sweeter
So what can I do? I really beg you, my Lord
To me is flirting it's just like sport, anything fly
It's all good, let me dump it, please set in the trumpet

Su gesto imperturbable solo logró que Arnold pasara de la perplejidad a la incertidumbre. Las veces que le había tocado bailar nunca había sido tan premeditado y, mucho menos, con la chica que le gustaba. De hecho, las pocas veces que había sido premeditado (si no recordaba mal), había sido con Helga y todo terminó en desastre. La glorieta estaba demasiado cerca de la fuente y la experiencia de ser remojado luego de una pieza de baile le parecía sumamente desafortunada sin el contexto en el que ocurrió la primera vez. Sin embargo, rechazar la propuesta de Helga parecía una idea muy mala, sobre todo si se había dado el esfuerzo de evadir la escuela para conseguirlo. Quizá era que le daba vergüenza pensar que los otros chicos podían verlos, después de todo, la ciudad era pequeña para los amigos de toda la vida. Significativamente más conmovido que cuando llegó, Arnold observó a las personas que bailaban.

A little bit of Monica in my life
A little bit of Erica by my side
A little bit of Rita is all I need
A little bit of Tina is what I see
A little bit of Sandra in the sun
A little bit of Mary all night long
A little bit of Jessica, here I am
A little bit of you makes me your man

Conmovido, pero no inspirado. Dio un largo suspiro y le tendió la mano a Helga.

—Entonces, ¿quieres bailar? —Intentó con la mejor voz de sinceridad que podía.

Cuando Helga lo miró como si le hubiese salido una tercera cabeza, sintió un escalofrío muy conocido recorrerle la espalda.

Clap your hand once and clap your hands twice
And if it looks like this then you doing it right

—¿Qué? —le dijo sin moverse un centímetro.

Arnold sintió que la cara se le llenaba de sangre.

—¿No me trajiste aquí para bailar?

—¿Al parque, en la mañana?

Arnold sintió demasiadas emociones para un pobre adolescente de dieciséis años: eso lo llevó a decidir que el enojo era la que más justificada estaba. Miró a Helga con irritación y ahora sí, con toda la honestidad que sentía, decidió hablar.

—Mira, Helga, creo que es suficiente. En primer lugar, tú me hiciste faltar a clase. Luego, me dijiste que era una sorpresa y en realidad se convirtió en una conversación muy incómoda sobre lo feliz que serías si no estuviéramos juntos. Quiero decir, estábamos hablando del pasado y era solo un recuento de cosas sin importancia y de pronto me doy cuenta de que quizá nos estamos apresurando y deberíamos continuar siendo amigos. Ya sabes, antes de que te aburras y se arruine para siempre, —Arnold sentía que se ahogaba— Además, me trajiste a una clase de baile y no quieres bailar… admito que puede ser una canción muy avanzada para nosotros ahora mismo, pero podemos intentarlo y ver qué tal nos va.

Helga abrió la boca, pero la volvió a cerrar casi de inmediato. Sus hombros temblaros, sus labios temblaron, incluso sus ojos temblaron. Arnold esperaba un terremoto o el evento inédito de ver a Helga llorando y se empezó a sentir mal por anticipado. Helga no lloró, por supuesto, sino todo lo contrario.

Su risa se rompió en el aire, tenía los ojos cerrados y estaba, como siempre, claramente despeinada. Se le escapan suspiros escandalosos y otros más discretos, pero parecía interminable esa risa inoportuna. Arnold se hubiera ofendido si hubiese sido otra persona o si la sinceridad con la que se reía hubiese sido un poquito más discreta. Terminó sonriendo a su pesar y encontrando cada detalle de Helga profundamente encantador. Se reía de su perplejidad y del absurdo, en medio de esa incertidumbre que todavía estaba, pero que ya no se sentía pesada y abrumadora. Arnold le apartó el cabello del rostro y la regañó en voz baja, sin verdadera intención de que se detuviera.

—Bueno, ¿a ti te parece gracioso todo esto?

Helga asintió, sin dejar de reírse y Arnold rodó los ojos. Helga le tomó de la mano.

—Arnold, ¿de verdad crees que te hice faltar a clases para bailar?

—No lo sé, parece suficiente absurdo para ser tu idea.

—Siempre he tenido esta habilidad para irritarte, pero parece que hoy estoy sumando varios puntos, ¿verdad?

—¿Tú qué crees?

Helga suspiró y le dio un ligero apretón en la mano.

—No quise decir que estaba aburrida de que estés conmigo. No creo que pueda aburrirme de esto, Arnold. —Helga parecía relajada—. Yo solo tengo algunas inseguridades, ¿de acuerdo? Siempre estuve planeando el momento adecuado para decirte mis sentimientos y simplemente los grité en un edificio… y luego los medio confesé en una clase… y… bueno, no necesito decir más. Quiero decir que nada de lo que planeo resulta bien… y quizá por eso no sé cómo saber cuándo todo esta yendo bien una vez.

—¿No es eso autosabotaje?

—Quizá, pero es lo que siento y no soy muy buena comunicando lo que siento.

—Es porque tienes sentimientos complejos.

—¿Es un halago?

—Es una observación.

—Suena a resentimiento.

—Quizá, pero no es algo que deba decirte porque yo también tengo inseguridades, Helga. —Arnold la miró—. Pienso que no es posible que tú puedas vivir con mis inseguridades y yo tampoco puedo vivir con las tuyas.

—Estoy de acuerdo, —Helga alzó las cejas—, ¿entonces qué haremos?

—No tengo la menor idea, pero creo que la solución la tendremos que crear los dos.

—¿Quizá cada uno puede trabajar en las suyas y no hablar de esto nunca más?

—Helga…

—Ok, está bien, ¿hablarlo cuando estemos listos?

—Suena razonable y bastante general, quizá podamos hablarlo poco a poco y no en el preámbulo de una cita… cita forzada, debo agregar, ¿por qué no puedes preguntar?

—No lo sé, nunca se me había ocurrido, —Helga le sonrió—, siempre he asumido que harás lo que te pida.

—Tu nivel de desvergüenza es abrumante y también tu habilidad para evadir los temas espinosos.

—Quiero estar contigo, Arnold, ¿qué te hace pensar que no haré algo tan tonto como decir mis sentimientos? Es mucho mejor que refundirse en la basura para recuperar una gorra.

Arnold abrió los ojos sorprendido.

—Oh… por eso era el olor…

—Eres un estúpido.

Arnold sonrió, y aprovechó que Helga estaba enojada para pasarle un brazo por la cintura y atraerla hacia sí mismo.

—Estoy intentando ser ingenioso.

—Tienes el ingenio de un rábano, Arnold, eso mejor déjamelo a mí.

—Sí, debería, ¿no es cierto? —Le dijo con cariño y Helga le dio un pellizcón suave en el brazo. Arnold ni de inmutó, en cambio, decidió molestarla: —Eres la experta en ingenio y en citas, al parecer, ¿ya me vas a decir por qué nos saltamos la escuela?

—Para pelear, ¿no te parece romántico?

—Entre nosotros, sí.

—Ja, muy gracioso, Arnoldo. Te pediré que vuelvas a leer el banner azul. Antes de que tu analfabetismo te haga repetir las clases de baile, te pediré que leas también la franja en amarillo.

Le dirigió una mirada de advertencia, pero Helga le sonrió y Arnold olvidó su enojo a pesar de sí mismo. La franja, menos vistosa que las letras blancas del anuncio de baile, decía con claridad que se exhibiría un breve concierto de jazz.

Oh

—Entonces tu plan era engañarme con un concierto de jazz para que asistiéramos a clases de baile. Eso es muy ingenioso de tu parte, Helga.

—A tu servicio, cabeza de balón, pero veo que te entusiasma bailar.

—Contigo, sí, ¿por qué?

Helga se levantó de pronto, tenía roja toda la cara y Arnold pretendió que era la única que estaba atravesando por un breve momento de modestia. La música había cambiado a una melodía que recordaría como una coincidencia afortunada. Helga debió pensar lo mismo, porque sus ojos brillaron con malicia y Arnold se preparó para el ataque.

Helga extendió su mano en una invitación.

Imagine me and you, —le deletreó al compás de la canción—. Para que luego no digas que no lo hago, ¿quieres ir a hacer el ridículo conmigo, cabeza de balón?

Arnold sonrió.

—Pensé que nunca preguntarías.


Para sobrellevar la cuarentena, les deseo mucha fuerza a todos y les mando mi amor. Mi contribución a estos momentos es ofrecerles un espacio para la recreación. Les subiré las cosas que he tenido guardadas. ¡Los quiero mucho!