LIV. De cómo Arnold encontró las pistas, en retrospectiva (1)

Emily era alta, morena, de pestañas rizadas y largas, muy largas, piernas bronceadas. Decir que la mitad del colegio se moría por ella era un eufemismo, ya varios habían intentado matarse (con métodos más o menos simplones) y muy pocos habían conseguido la gracia de su atención. Así que cuando Emily en cuestión se acercó a su carpeta a pedirle que le ayudara con sus clases de geografía, Arnold se encontró aceptando antes de pensarlo más detenidamente.

Fue un proceso simple. Emily, de hecho, era bastante inteligente y agradable en niveles superiores a los que había previsto para alguien tan popular. Supuso que sus prejuicios eran tontos y los descartó de inmediato. Apenas lo hizo, las cosas comenzaron a marchar mejor y muchísimo mejor cuando se animó a invitarla al cine. Fue una cita casual, con una película de terror y una caminata agradable por la ciudad. Las luces le iluminaban el cabello y su sonrisa, tan fácil y alegre, le dio confianza y justo al final, cuando planeaba besarla, ella lo besó a él.

Y entonces algo no funcionó.

Algo pequeño y fantasmal, casi un susurro perdido. Algo que no supo cómo explicar, pero que no impidió que una sonrisa bobalicona se le formara en el rostro. Después de todo, Emily era muy, muy bonita.

Debió haberlo sabido.

LV. De cómo Arnold encontró las pistas, en retrospectiva (2)

Emma, a diferencia de Emily, no era agradable para nada. Era menos bonita, menos lista, pero muchísimo más espontánea. Arnold se encontró divirtiéndose con ella sin saberlo. Había un aire de desafío a su alrededor que no le dejaba pensar en otra cosa. Que distraía de sus modales menos refinados y de sus rasgos menos femeninos. Emma era la chica que se sentaba detrás de él en aritmética y que siempre le pedía los apuntes cuando se quedaba dormida. Arnold se encontró pensando en ella más tiempo del necesario cada vez que hacía sus deberes de matemáticas y supuso que era demasiado tarde para dar marcha atrás cuando Emma le sonrió, casi de casualidad, y él se encontró sonriendo en respuesta.

Emma de los ojos verdes enormes. Emma que no era fácil, ni delicada y que lo hacía reír con sus trabalenguas. Se animó a besarla una tarde, en un salón vacío, mientras repasan los deberes de aritmética. Fue agradable, inesperado, lleno de emoción contenida.

Cuando comenzó a salir con ella, después de que se formalizara el asunto, Arnold se dio cuenta que incluso los amores tranquilos (como él los imaginaba) podían ser aburridos. No más ingenio, ni bromas, ni risas espontáneas.

Debió haberlo sabido.

LVI. De cómo Arnold encontró las pistas, en retrospectiva (3)

Madison era, más que bonita, terriblemente inteligente. Despertaba en él cierto tipo de admiración embobada que no le permitía ver más allá de sus narices. El enamoramiento, en general, nunca le dejaba ver más allá de sus narices. Entonces, Madison era lista, muy lista, siempre con algo que contarle sobre cualquier cosa. Siempre explicándole y contradiciendo, siempre ganándole y, en fin, Madison con su cabello largo y castaño hasta el final de la espalda.

Cuando tomó su mano, en una de sus sesiones de estudio en la biblioteca, la sintió pequeña y femenina. Fue extraño, el contraste de una Madison segura de sí misma y de otra que tenía las manos pequeñas y parecía frágil y delicada. Le gustó, fue como si la estuviera descubriendo, nuevamente. Y le gustaba que Madison fuese inteligente y le ganara todas las batallas verbales, pero que fuera femenina cuando la tocaba.

Se acostumbró pronto y cuando esa fue toda la emoción que encontró, se dio cuenta que el amor no era sólo sentirse en control de sí mismo.

Debió haberlo sabido.

LVII. De cómo Arnold encontró las pistas, en retrospectiva (4)

Abigail era bonita, espontánea y caprichosa. Ella estaba consciente de lo primero, lo cual justificaba lo tercero en cierta medida. Sabía hacer muchas cosas y las que no, las aprendía después de pocos intentos. Era talentosa en ese sentido dinámico y especial que sólo pocas personas tenían. Le gustaba mucho la pintura y había aprendido por su cuenta. Arnold la escuchaba hablar de sus fantasías y de su visión de la tierra mientras el jazz en el tocadiscos sonaba viejo y alegre. La felicidad, en ese estudio pequeño, entre los dos era muy creativa. Le daban ganas de alcanzarla, le inspiraba la médula de la actividad. Era galopante y arrebatador y sí, por qué no, emocionante.

Emocionante, emocionante, siempre emocionante y Arnold comenzó a darse cuenta que la admiración y el amor son dos cosas distintas, que pueden convivir, pero que ciertamente no sucedían con Abigail, demasiado ensimismada en sus problemas y sus preocupaciones. Para una relación, se necesitaban dos y no uno. Dos y ahí, en la que tenían, no había ninguno.

Debió haberlo sabido.

LVIII. De cómo Arnold encontró las pistas, en retrospectiva (5)

Y hubo chicas más o menos importantes, más o menos iguales, más o menos distintas. Chicas altas, bajas, bonitas, inteligentes, ingeniosas y perfectas. Chicas que eran todo lo que siempre había soñado y que deshacían los sueños cuando se acercaba a ellas. Chicas, chicas y más chicas. Arnold se enamoraba de ellas porque Arnold siempre veía lo mejor en cada persona, lo más brillante, le seducía eso que hacía especial a los seres humanos. Y era agradable, estar enamorado y que le correspondieran. Era bueno y parecía importante en la vida. Así que, en realidad, él sólo se encontraba enamorado antes de darse cuenta.

Y eso debió ser su primera pista.

Enamorarse sin darse cuenta. Entendió que era posible de a pocos, que tenía que ser un estímulo constante y quizá no tan constante al final, pero que existía y que era más fuerte que las chicas. Las chicas podrían ser siempre las chicas, ellas las que existieron antes de la chica, en singular. Si algo faltaba, finalmente, no era culpa de ellas, si no de él. Algo faltaba y algo no estaba bien en el paraíso, porque quizá no era el paraíso lo que estaba buscando. Algo faltaba y no estaba bien en la tierra, porque quizá no era la tierra lo que estaba buscando. Algo faltaba y no eraba bien en el infierno, porque quizá no era el infierno lo que estaba buscando.

Ni bueno, ni malo, ni feo. Ni alto, ni bajo, ni flaco. Y es que todas esas chicas podían ser ellas mismas y estar bien y ser ideales, pero ninguna de ellas era Helga.

Ninguna.

LIX. De cómo Arnold encontró las pistas, en retrospectiva (6)

Antes de que se declararan la guerra.

Lunes, clase de geografía, 8:00 a.m.

—Hey, Arnold.

Silencio.

—¡Arnoldo!

Se volteó lentamente y con cuidado que el profesor no lo estuviese mirando.

—¿Qué? —Arrugó el ceño— ¿Helga?

—¡No me dejas ver, zopenco! —Siseó—. ¿Puedes dejar de babosear por Emily y sentarte como debe ser?

—No estoy… ¿qué rayos te pasa?

—Tu cabezota, zopenco. No puedo ver qué dice en la esquina. —Señaló con su lápiz.

Arnold intentó encogerse en su asiento.

—¡No veo nada! —Susurró de nuevo. Arnold comenzó a irritarse.

—No es mi culpa. —Le dijo también en un susurro.

—¡Claro que sí! —Refunfuñó malhumorada—. ¿Quién iba a adivinar que ibas a crecer tanto? Eras un total alfeñique.

—¿Qué?

—Alfeñique.

—Eso no. —Se volteó y la miro de reojo, sorprendido—. ¿Me has dicho alto?

Helga, que estaba apoyada en su brazo, se deslizó un poco sobre su carpeta y abrió mucho los ojos.

—¿Qué?, ¡no!, ¡claro que no!

Arnold, sin saber por qué, se encontró sonriendo. Se volvió a deslizar en su asiento y le pasó su cuaderno por encima del hombro.

—Puedes copiar de aquí.

—Si te agacharas no tendría que… ah, olvídalo. —Helga tomó el cuaderno y se quedó en silencio.

Arnold estuvo de excelente humor el resto del día.

Martes, clase de aritmética, 11:00 a.m.

—Es sencillo, mira, sólo tienes que despejar el exponente y luego… —Le explicaba a Emma cuando la puerta se abrió con fuerza y Helga Pataki, en toda su gloria, entró al salón.

La rubia les lanzó una mirada de sospecha antes de tirar sus cosas, dos carpetas más adelante y sentarse en una vacía a la derecha. No les dijo nada mientras sacaba un libro y se ponía a leer. Cualquier diría que no era capaz de leer el ambiente o, mejor dicho, que no le importaba el ambiente en lo más mínimo.

Emma puso los ojos en blanco y Arnold prefirió seguir explicándole el ejercicio.

—Espera, espera, no entiendo esto, Arnold. ¿Cómo es? —Dijo Emma confundida y acercó su lápiz para enseñarle el ejercicio ocho.

Helga soltó una risita y Emma se volteó a verla con fastidio. Helga, inocentemente, leía su libro y ni siquiera los miró. Arnold suspiró resignado.

—Mira, te lo explico de nuevo. Así… —Mientras explicaba, Emma se concentraba y volvía a escribir.

—¡Lo tengo! —Le sonrió—. ¡Gracias! Es más fácil cuando me lo explicas tú.

Helga soltó un resoplido y la sonrisa que Arnold le iba a devolver a Emma, murió lentamente. Emma cerró los ojos, exasperada.

—¿Pasa algo? —Le dijo Emma a Helga—. ¿O está siendo irritante porque tienes celos?

Arnold abrió la boca para intervenir, pero Helga se le adelantó.

—Estoy leyendo a Baudelaire, ricitos. ¿Crees que eres más importante que él? —Le contestó sin levantar la mirada del libro.

—Pues siempre que Arnold me está ayudando te apareces de la nada.

—Es mi salón de clases.

—La clase no comienza hasta dentro de media hora.

—¿Y?

—¿Qué no ves que estamos ocupados?, ¿no tienes nada mejor qué hacer que venir aquí a ser el mal tercio?

—¿Y tú no tienes nada mejor qué hacer que inventarte paranoias para darte importancia?

—Eh, chicas…

—¡Cállate! —Le dijeron ambas al mismo tiempo y Arnold arrugó el ceño.

—¿Paranoia? —Bufó Emma—. Cualquiera diría que estás enamorada de Arnold.

El silencio que siguió fue largo e incómodo. Denso como un ladrillo. Helga, sin embargo, parecía ecuánime. Parecía, solamente, porque Arnold sabía que cuanto más tranquila se ponía, mayor era la dimensión de su furia. Decidió intervenir para salvar a Emma.

—Eh… Emma…

—¿Enamorada? —Siseó Helga y Arnold cerró los ojos. Esto no iba a terminar bien—. ¿Perdón?, ¿qué acabas de decir?, a veces no comprendo lo que dices porque, aparentemente, tu cerebro articula las letras tan bien como los números.

—¿Crees que no lo he notado? —Se cruzó de brazos—. Lo sigues a todas partes.

—Eh… chicas…

—Ahora tener el mismo horario es seguirlo a todas partes. —Se levantó y tiró el libro sobre su carpeta—. ¿Quién rayos te crees para soltar semejante tontería?, ¿crees que me interesa el excremento de una vaca lo que sea que finjas que no sabes?, ¿crees que Arnold me gusta?, por favor.

Arnold arrugó el ceño. Emma arrugó el ceño.

—Sí lo creo. —Dijo Emma y Arnold, sin saber por qué, le dio la razón.

—Mira ricitos del bosque, el Leopoldo a tu lado me interesa tanto como una cañería rota, ¿está claro? —Se acercó—. Es patético que pienses que su pequeño y absurdo juego del tutor y la alumna pueda emocionarme lo suficiente como para querer fingir un triángulo amoroso. A ver si te desinflas un poco la cabeza, que parece que la quieres tener igual a la de tu noviecito el escocés. Hay límites, ricitos, límites. Te vendría bien aprender a conocerlos si no quieres que te enseñe cómo funcionan las cosas conmigo. —Apretaba los puños.

Arnold y Emma se ofendieron.

—Si te asqueara tanto como dices (Arnold anotó mentalmente que Helga nunca dijo asquear, pero como estaba molesto le dio la razón a Emma) no buscarías la manera de hacer de espectadora siempre. —Señaló el espacio entre Arnold y ella—. Este es un show privado, Pataki.

—Puedes llevar tu show privado a tu cuarto, que por cierto, dicen que no es tan privado. —Sonrió sarcástica—. Pero mientras esta escuela no me haya dado mi diploma de graduada, me meteré donde se me dé la gana, cuando se me dé la gana y sin que ninguna mema con su novio el valentino me digan qué hacer.

Arnold quiso decir que él nunca dijo nada, pero Emma se le adelantó.

—¡Es mi novio, Pataki!, ¡ya supéralo!

Arnold abrió los ojos sorprendido. Miró a Emma y se le pasó el enojo.

—¿Novio? —Repitió incrédulo y casi pudo jurar que escuchó a Helga decir lo mismo.

—¿Quieres o no? —Dijo de mala gana, pero se había sonrojado.

—Eh… —La sonrisa se le fue extendiendo en el rostro y quizá pudo haber respondido de haber tenido más tiempo.

Helga se adelantó en dos trancos y soltó su palma sobre la carpeta que compartían. Los sorprendió a los dos y cuando le lanzaron idénticas miradas de disgusto, ella sólo sonrió, burlona.

—A la escuela se viene a estudiar, repollos primaverales.

Miércoles, museo de la ciudad, 4:00 p.m.

Estaban en la sección de arte moderno y mientras Madison se había disculpado para hablar un momento por teléfono, él se estaba paseando mirando las pinturas sin entender nada de lo que veía. Sus ojos, sin embargo, se detuvieron en una de un tal Pollock y como su cuerpo no siguió el ejemplo de sus ojos, terminó chocando con la persona delante de él.

Esa persona, cómo no, era Helga.

—¡Auch!, ¡qué te pasa! —Le recriminó desde el suelo y Arnold sintió que todas las miradas ofendidas de los que sí apreciaban el arte se detenían en ellos. Se levantó azorado y tomó a Helga de la muñeca, para levantarla.

—Lo siento. No te vi.

—Qué novedad.

—¿Qué?

—¿Te gusta Pollock?

Arnold le lanzó una mirada extrañada, pero decidió no indagar mucho sobre el asunto. Miró un poco hacia atrás, buscando a Madison con la mirada y como ella seguía hablando por su celular, se volvió a Helga.

—Pues… la verdad, es la primera vez que veo algo que él haya hecho. Madison estaba explicándome, pero se fue a… —Arrugó el ceño cuando se dio cuenta que Helga miraba la pintura y no estaba escuchándolo—. Hey, si me vas a preguntar algo, al menos espera a que te conteste.

Helga hizo un gesto de desdén con la mano. Eso lo irritó más.

—¿A ti te gusta Pollock? —Dijo de mal humor, con cierta ironía que hizo que Helga sonriera.

—Me gusta esta pintura. —Le respondió—. Es como ir a las luchas.

Arnold se desconcertó, pero no alcanzó a preguntar porque Madison llegó en ese momento.

—Lo siento, Arnold. Era mi papá. —Dijo sonriendo y miró la pintura—. Es Pollock, ¿te gusta? —Los ojos le brillaban del entusiasmo, Arnold sonrió porque sabía que iba a explicarle algo—. Esa técnica se llama "action paiting", quizá no lo sepas pero el descartó todos los métodos tradicionales de pintura. Sin caballete, sólo las formas.

—¿Ah sí? —Dijo interesado—. Justo le decía a Helga que… —Se quedó en silencio, se había olvidado.

—¿Eh? —Madison parpadeó confundida y luego se dio cuenta de la presencia de Helga. La rubia se limitó a poner los ojos en blanco y movió los dedos en un gesto de saludo, o algo así, realmente no se podría decir con certeza.

—Nada. —Dijo terminante y se movió para irse.

Madison se encogió de hombros y Arnold se sintió culpable.

—¿Era tu amiga? —Preguntó sin verdadero interés—. Como te decía, Pollock revolucionó el mundo de la imagen con sus técnicas, ¿genial no? —Distraída, agregó— Quizá tu amiga no lo sabía y por eso se fue tan aburrida.

Helga se detuvo en seco y Arnold se preguntó por qué… sólo por qué, mirando al cielo.

—¿Perdóname? —Dijo arrastrando las letras y con una sonrisa forzada que Madison no registró.

—Ah, sigues aquí. —Sonrió—. Le decía a Arnold sobre Pollock, ¿qué no entendiste?

Helga soltó una risa, seca, malhumorada.

—¿Qué no entendí? —Irónica—. No entendí cómo una perfecta desconocida puede ser tan ignorante, eso no entendí.

Madison arrugó el ceño.

—No tienes que ofenderte por no saber algo, ¿sabes?, es normal. No todos tenemos conocimientos sobre todo.

—Me pregunto si te das cuenta de lo irónico que suena eso venido de ti. —Alzó un lado de su uniceja—. Porque no todos sabemos todo sobre todo. ¿O no?

—¿Qué quieres decir?

—Que sólo los idiotas creen tener la credencial para explicarle el mundo a los demás. Yo intento no hacerlo explícito, pero hay otros que no pueden controlar su lengua, como tú comprenderás.

—¿Me estás diciendo ignorante?

—Casi. Engreída.

—Yo creo…

—Cállate. —Arnold arrugó el ceño, esto se estaba volviendo muy familiar.

—Sé más sobre Pollock que tú, no veo por qué tienes que ofenderte.

—Sí, claro. —Irónica—. Revolucionó la imagen, qué comentario tan agudo, deberías volverte crítica de arte. La imagen no es lo que Pollock perseguía, ¿ni siquiera lo has leído? —Enfadada—. ¡Se deshizo de los métodos tradicionales porque quería la acción!, por eso las pinturas no se hacen desde el caballete, premeditadas. Fluyen, se juntan, se mezclan todas en una, como un torrente. ¡Es la fuerza!

Helga miró a Arnold y le lanzó una mirada de decepción que le caló más de lo que hubiese imaginado.

—Pero evidentemente estoy equivocada. —Agregó con sequedad—. Disfruten su cita.

Se fue, furiosa, y Arnold se quedó mirando el lugar por donde se había ido mucho después de que su figura desapareciera.

Jueves, fila para el almuerzo, 12:00 p.m.

Abigail le hablaba de su última pintura mientras esperaban a que la fila para el almuerzo avanzara. Se habían acabado las bandejas luego de que el equipo de softball se sirviera y ahora estaban retrasando todo el ritual de la comida.

—¿Viste que le eché bermellón? —Dijo entusiasta—. No había pensado en el dragón, pero luego me acordé de lo que dijiste y sí, ¡realmente era un dragón escupiendo fuego!

—Bueno, fue tu idea, tú me contaste que te habías imaginado en el Medievo de las leyendas artúricas, ¿no es cierto?

—¡Ah sí! —Parecía muy feliz y toda esa felicidad, a él le parecía dulce—. Pero no era tanto el Medioevo, parecía más bien una jungla. Llena de bestias y de árboles, como un edén. —Lo miró—. Apuesto que así era San Lorenzo.

—Bueno, habían fieras y estaba llena de árboles sí. —Le sonrió—. Pero no entiendo muy bien a qué te refieres…

—¡A la naturaleza, Arnold! —Le tomó la mano—. Contemplar la belleza de la naturaleza en su perfección. ¿No te parece emocionante?, si yo pudiera reproducirla, sería estupendo. Siempre trato de llevar mis lápices y mi bitácora, tú lo sabes. ¡Un artista siempre debe estar atento a la inspiración!

—Claro que sí. —Dijo mientras apretaba su mano suavemente, para ofrecerle apoyo.

Entonces una voz, una voz muy conocida y sarcástica, comentó detrás de su hombro.

—Edén, sí claro.

Fue lo suficientemente alto para que Arnold y Abigail la escucharan.

—¿Perdona? —Dijo Abigail que se abrazó a Arnold y la miró por encima del hombro de este—. ¿Dijiste algo?

Helga sacaba sus audífonos de su morral y parecía dispuesta a ignorarla, pero algo se encendió en sus ojos y sonrió en una mueca torcida. Arnold presintió la tormenta y, aún abrazando a su novia, se dio la vuelta.

—Hey Helga. —Saludó y la rubia sólo rodó los ojos y lo ignoró.

—Opinaba en voz alta. —Sentenció, fingiendo amabilidad—. No fue mi intención interrumpir su conversación, seguramente, tan entretenida.

—Pues sonaste sarcástica, ¿tienes algún problema? —Abigail parpadeó con sus enormes e inocentes ojos. Helga no se tragó el acto ni por un instante.

—Ah, eso. —Dijo maliciosa—. Es porque da la casualidad que yo también estuve en San Lorenzo, salvando a los padres de tu novio (Arnold sintió incomodidad inmediata y fingió que no sabía por qué), y me pareció oír Edén para describir a San Lorenzo.

—Pues lo es, ¿o no? —Abigail miró a Arnold mientras se soltaba del abrazo.

—Eh…

—Sí, claro. Un Edén. Entre los animales salvajes, los piratas de río, las enfermedades desconocidas y las guerras solapadas, te conviertes al cristianismo en seguida. —Soltó, sarcástica.

Abigail arrugó el ceño.

—Las cosas malas no hacen que las buenas dejen de serlo.

Arnold le dio la razón a su novia.

—Las cosas buenas son cosas buenas, no pantallas rosas para simplificar la realidad. —Respondió de inmediato—. La naturaleza es hermosa en cualquier lugar, no necesitas exotizarla para hacerla especial. Si tu arte sólo busca la estética en lugar de la emoción estás muy lejos de ser un artista, como proclamas. —La señaló—. No superficialices el mundo con tu visión cursi de la vida.

Abigail echaba humo por la nariz.

—¿Perdón?, ¿superficial?, ¿te parece que pensar que uno tiene que buscar la oportunidad para recrear la belleza es superficial?, ¿eres tan arrogante?

—La belleza puede estar en el basurero de allá. —Dijo señalando con su índice—. Pero estás tan enceguecida por tu idea de una belleza extraordinaria y ridícula que eres incapaz de tener una visión por ti misma. Un buen artista muestra su alma a través de los objetos del mundo, sin ponerle plumas y adornos para hacerlo especial, sólo tienes que ser ho… —Cerró los ojos—. ¿Sabes qué?, ya no tengo hambre.

Se pasó el morral por el hombro y se fue antes de que Abigail o Arnold tuvieran tiempo de contestarle, ambos bastante sorprendidos.

LX. De cómo Arnold, para variar, hizo algo con esas pistas.

(De nuevo en el presente combativo)

—Me dijo Stinky que terminaron.

Helga cerró su casillero con fuerza.

—Nadie te lo ha dicho, seguro, pero estoy harta de encontrarte en todos los lugares a los que voy.

—Pues ya sabes lo que se siente.

—Eres un idiota.

—¿Se te acabó el ingenio?

—¿Se te acabó el cerebro? Ah sí, claro, perdón.

—No voy a rendirme hasta que conversemos.

—Me estás hablando, ¿no?

—Esto no es conversar. Primero tienes que escucharme.

—No lo haré.

—Lo harás.

—Que no.

—Que sí.

—Que no.

—Que no.

—Que sí. —Helga abrió los ojos horrorizada y agregó inmediatamente—. ¡Quise decir que no!, ¡no!

—Buen intento, Pataki. —Dijo con una sonrisa confiada—. Pero este truco me lo enseñaste tú.

Arnold se preguntó vagamente si era correcto sentirse tan complacido cuando Helga se veía tan confundida. Decidió que sí, que era más que correcto.

Era increíblemente genial.


Continuará...


¡Retoños!, me paso rapidito porque tengo clase y quería darles este capítulo (más largo) como inicio de la compensación que les debo por el tiempo sin actualizar. Como pueden ver no es el capítulo final. Arnold es denso como un ladrillo sí, porque es un poco cegatón a los sentimientos de Helga, pero ahora que Helga no quiere saber nada de él y él ya la está viendo... pues, ¡denso puede ser bueno también! Ya veremos cómo sale. Espero que les haya gustado. Todavía no sé cuántos capítulos más haré, pero creo que lo ideal sería que sean el doble. En fin, mejor no hago suposiciones, veamos cómo resulta.

No olviden revisar el rol que les mencioné en la actualización anterior. Estoy muy contenta con los personajes, todos son muy interesantes. Debo decir que el Brainy de este rol me ha inspirado. Es un personaje que yo no había visto desarrollado, pero que en este rol es muy natural y adecuado. Lo admiro.

Como la página no me deja pegar bien los links, les doy el nombre exacto del grupo: Helga la del barrio 2 (búsquenlo en facebook, ahí encontrarán los links a los perfiles de los personajes, los documentos de sus conversaciones y muchos fanarts).

(La historia está en que Arnold ya regresó de la selva, nunca hubo beso con Helga, así que Helga está intentando gustarle por ella misma, pero no le está resultando. Mientras tanto a Arnold le gusta otra chica. Lila tiene novio. Rhonda y Alan trabajan en una tienda de discos. Brainy tiene una ratona. Lorenzo está metido en las carreras de autos. Curly tiene un problema. Algo pasa entre Harold y Rhonda y... bueno, drama de secundaria, jajaja, me encanta. Desde aquí -si me leen-, felicito a los roleadores. Lo hacen muy bien.)

¡Muchas gracias por sus reviews! Pronto contestaré los 200 que han llegado, ¡lo prometo!

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