Los personajes que aparecen en esta historia pertenecen a Stephanie Meyer.

Prólogo.

Éramos dos almas vagando sin rumbo en un mundo extraño y desafiante. Mientras me perdía en sus ojos verdes olvidaba que debía odiarle, que él quería arrebatarme a aquella pequeña por la que tanto había luchado.

Estaba segura de que sólo le importaban las apariencias, pero cuando me rozaba mi corazón se aceleraba produciéndome unas sensaciones que jamás había pensado que podría tener. Menos desde lo que me había pasado.

Capítulo 1. Volver.

Era difícil continuar adelante cuando la única persona que consideras que jamás te fallaría te daba de lado y te retira todo su apoyo. Sentía como el mundo se había derrumbado bajo mis pies dejándome a un paso de caer. Aún así no me arrepentía de mi decisión, menos cuando sentía su pequeña mano aferrada con fuerza a la mía. Ella me daba el empujón que necesitaba para continuar y ahora empezaría nuestra vida juntas.

Me paré frente a la desvencijada casa que pertenecía a mi madre, la pintura de la fachada presentaba múltiples desconchones, podía ver la humedad que tenía la pared del piso de arriba y una gruesa grieta que corría entre las ventanas de la planta baja, estaba segura de que tendría que invertir parte de mi dinero en arreglarla sí quería vivir allí, y eso sin saber qué me esperaba dentro.

El viento soplaba con intensidad en aquel lugar apartado donde había pasado mi adolescencia. Estábamos en Forks, el pequeño y húmedo pueblo que me había conocido como Bella Swan, la joven tímida y reservada incapaz de tener más de dos amigos, incapaz de salir con un chico y a la que Mike Newton después de haber conseguido invitar al baile de graduación, la había dejado plantada, riéndose de ella cuando apareció por las puertas del gimnasio, vestida y alborotada.

Ahora ya no era esa muchacha, había cambiado o al menos eso me decía cada mañana, cuando me enfrentaba a un nuevo día. Había estudiado mi carrera en Seatle, me había convertido en trabajadora social y había aceptado un trabajo en la cárcel más peligroso del país, intentando reinsertar en la sociedad a todas las jóvenes que pasaban sus días sin libertad en el módulo de mujeres. Había construido un nuevo yo y aunque a veces sentía que mis mejillas enrojecían cuando alguien me hablaba o me prestaba atención, combatía con furia cualquier signo de debilidad que los demás pudiesen utilizar en mi contra.

Mi padre se había escandalizado en cuanto supo donde había empezado a trabajar, veía la desilusión en su rostro cada vez que estábamos juntos y, poco a poco, se había alejado de mí, éramos dos extraños que ni siquiera eran capaces de hacerse compañía. Él no entendía mi vocación de ayuda a los demás y yo no comprendía la carga de trabajo que soportaba día tras día en aquella empresa regentada por un jefe ausente.

El punto y aparte llegó el día que le conté lo que iba a hacer. Estábamos en el pequeño apartamento que mi padre había comprado con gran esfuerzo, era antiguo, todo era marrón, los muebles eran los que mi abuela había tenido en su casa, así que siempre me sentía trasportada a otro mundo cuando traspasaba la entrada. En aquel momento cualquier esperanza de que mi padre mi apoyase quedó a un lado junto a su comprensión de mis motivos.

— Que vas a qué —preguntó mientras me taladraba con su mirada, habían pasado tan sólo unas semanas desde aquel día.

— Voy a asumir la custodia de esa niña —repliqué por enésima vez rezando porque escuchase lo que le decía.

— La hija de una delincuente que se acaba de suicidar —mi padre no gritaba nunca pero aquel día estaba totalmente fuera de sus casillas.

— Ella no se suicidó, papá —argumenté sintiendo que había repetido aquella frase una docena de veces, pero ni el director de prisiones ni mi padre parecían creerlo—. La han asesinado, estoy segura. Me pidió que me hiciese cargo de la niña, tiene apenas cinco años. Me cedió la patria potestad.

— Y tendrá también los mismos genes de esa mujer.

— Ella cometió un error —Irina Masen llevaba en la cárcel de mujeres dos largos años, había sido tiempo suficiente para conocerla tan bien como a mí misma. Era una buena mujer que se había visto obligada a hacer cosas que nadie imaginaría que tendría perpetrar de tener gente a su alrededor, pero ella estaba sola—. No podía alimentar a su hija, cualquiera hubiese hecho lo mismo —la defendí pero mi padre no parecía afectado por la suerte de la que había considerado una amiga.

— Eso no la justifica en absoluto —mi padre apoyó con fuerza la taza que sostenía en la encimera beige de la cocina salpicando de café los azulejos blancos—. Bella, no es tu hija y no tienes la obligación de hacerte cargo de ella.

— No tiene a nadie, ningún familiar. Esta sola —afirmé pensado que aquello le haría reflexionar.

— Pues que se quede en el orfanato —la mirada de mi padre estaba cargada de resentimiento, de incomprensión y de rabia.

— Ese lugar es horrible, Carlie lleva dos años ahí, es una niña muy inteligente pero desde que la metieron en ese sitio dejó de hablar, necesita mucho cariño —noté como mis ojos se llenaban de lágrimas al ver que mi padre no parecía conmoverse en lo más mínimo.

— Y mi hija de veinticuatro años recién cumplidos se hará responsable de la mocosa esa —negó con la cabeza.

— Sí —contesté con voz trémula aunque firme. Carlie Esme Masen había cautivado mi corazón desde la primera vez que la había visto.

Había visitado las instalaciones al leer un informe referente a otra menor cuya madre también estaba cumpliendo condena. Por suerte, esa otra niña ya estaba con un familiar, pero la dejadez de aquel sitio, un lugar oscuro y tétrico donde los niños eran tratados como animales de carga para llevar a cabo todas las tareas domésticas, mientras los cuidadores observaban su hazaña, había sido suficiente para querer sacar de allí a todos esos pequeños.

Estaba a punto de conseguir que cerrasen el centro pero la burocracia era lenta y la falta de sitio para ubicar a cada niño había supuesto que quedase abierto provisionalmente. No podía pensar en aquellos dos maleantes que regentaban ese lugar sin sentir una rabia inmensa hacía ellos.

— No dejaré que arruines tu vida —nuestras miradas se fundieron en una guerra de intereses que ninguno estaba dispuesto a ceder a favor del otro.

— Tú lo has dicho, es mi decisión, es mi vida, papá. No puedes disponer de ella porque me pertenece.

— Sí lo haces —se detuvo por un segundo y pude ver como el dolor asomaba a sus ojos ante lo que iba a decir— puedes olvidarte de que soy tu padre, no aguanto ni una más de tus insensateces.

Carlie tiró de mi mano sacándome de mi estupor, los recuerdos eran un peligroso lago donde sumergirse, pero ahora debía ser práctica, hacía frío e íbamos a enfermar si seguíamos paradas en medio de la calle. Avancé hacía la casa.

Llevaba cerrada cinco años, las ventanas estaban oxidadas, los tablones del pequeño porche estaban levantados y la puerta parecía a punto de caerse a pedazos, cuando la abrí chirrió y Carlie dio un respingo a mi lado. Apoyé mi mano sobre su cabello castaño, me miró con sus enormes ojos verdes tan distintos a los negros de su madre y esbozó una tímida sonrisa. Tan sólo llevaba una semana con ella pero en esos días había conseguido que no se asustase cuando la tocaba, empezaba a sentirse segura conmigo.

— Vamos a ver que nos encontramos —le dije sin esperar respuesta. No pronunciaba ni una sola palabra aunque, sabía por su madre que había comenzado a hablar cuando tenía un año y medio y desde entonces la había vuelto loca con su cháchara incesante.

El aspecto de la casa era peor de lo que esperaba. El polvo cubría todo a su paso y mientras avanzábamos por el pequeño pasillo podía ver las partículas remolonear frente a mí. Por suerte, mi madre había tenido la ocurrencia de tapar los muebles del salón con amplias sábanas blancas antes de embarcarse en su nueva vida. Ahora recorría la India junto a su esposo Philp, en busca de las respuestas a ¿quiénes somos? y ¿por qué estamos aquí?

Llevaba tanto tiempo sin pasar un día allí que la nostalgia me agarrotó los músculos mientras observaba el deslucido salón. Había habido un tiempo en que había sido feliz, en que mis padres se habían amado y todos juntos habíamos compartido juegos y risas sentados frente a la amplia ventana sobre la alfombra roja. Pero todo acabó abruptamente y aún no llegaba a comprenderlo del todo.

Cuando tenía diez años y mi hermano Seth doce mis padres habían puesto punto y final a su matrimonio, separándonos. Yo me había quedado en Forks y Seth había viajado con mi padre a Seatle, eran pocos kilómetros de distancia pero para la niña que yo era la sensación de abandono que me había producido había sido suficiente para retraerme hacía mi interior y refugiarme en los libros. Con tal de no pensar, de no percibir nada que no fuesen las aventuras, desventuras o deseos de los personajes del libro que me acompañase en aquel momento. Me había sumergido en mi mundo de fantasía aislándome de todo lo demás.

Por eso al mirar a Carlie junto a mí mientras arrugaba la nariz a causa del polvo que cubría todo con su manto casi blanco, me sentía identificada en ella. Por eso la había adoptado porque no quería que creciese encerrada en su mundo interior, porque quería ayudarla a volver a sonreír. Sería su madre, su confidente y su amiga.