Esta historia no me pertenece es adaptacion a la novela con el mismo nombre de LYNNE GRAHAM con los personajes de nuestra querida Naoko :)

CAPITULO 1

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Había sido un día horrible en el trabajo.

De vuelta a casa, Mina pasó por la tienda de la esquina y lo primero en lo que se fijó fue que el tarjetón para el día de los enamorados que llevaba viendo hacía un mes seguía sin venderse. No entendía cómo era posible que nadie lo comprara, pues le encantaba el dibujo de las rosas y el verso tan romántico que escrito.

Llevada por un impulso, Mina agarró la tarjeta y decidió comprarla. ¿Por qué no iba a mandar una tarjeta de San Valentín? Cierto que nadie le había enviado una a ella, pero no por eso iba a dejar de utilizar la tarjeta para dar a otro una alegría. En cuanto a la identidad del afortunado, no le cabía la menor duda de quién sería el destinatario.

Mina se había enamorado de Yaten Black nada más entrar a trabajar en Sistemas Black. Pero era consciente de que estaba tan lejos de su alcance como la luna. Yaten era un empresario rico, moreno claro, con un cuerpo espectacular y una lista de mujeres despampanantes interesadas en él. Además, podía ser un hombre muy amable en caso de emergencia. En su primer día de trabajo, Mina se había pillado un dedo con la puerta y el propio Yaten la había trasladado al hospital. Al desmayarse al ver una aguja, Mina había sentido la certeza de que era el hombre de su vida... Le había parecido tan dulce.

Ensimismada con la sonrisa que le arrancaría aquel pequeño regalo anónimo, no volvió a acordarse del día tan espantoso que había tenido hasta abrir la puerta de su estudio.

Diamante, el nuevo director de marketing, le había preguntado si era tonta de nacimiento o lo había conseguido después de muchos esfuerzos. Mina le había derramado el café sobre el teclado y, al ir a limpiarlo, se las había arreglado para borrarle todo el trabajo de la mañana. A pesar de que se había disculpado de todas las formas posibles, Diamante había dirigido una queja al departamento de recursos humanos y la habían anotado en su expediente.

De naturaleza tranquila, sus compañeros se habrían sorprendido de haber sabido que estaba más enfadada consigo misma de lo que lo había estado el propio Diamante. Si no se hubiera distraído hablando, no se le habría caído el café. Una y otra vez, esa clase de faltas de concentración la hacían cometer errores parecidos. A veces se preguntaba si el problema habría empezado cuando iba al colegio y sus padres, sin pretenderlo siquiera, terminaban menospreciando cualquier pequeño éxito que tuviera.

-Estoy segura de que has hecho todo lo que has podido -le decía su madre cuando le presentaba las notas-. Es normal que saques las notas de Haruka.

Su hermano mayor, Haruka, había nacido con una inteligencia extraordinaria y le había puesto el listón demasiado alto para competir con él. Y, orgullosos del rendimiento académico de su hijo, sus padres siempre habían volcado todas sus energías en Haruka. De modo que, aunque a Mina también le habría gustado ir a la universidad, al cumplir los quince años sus padres le habían dicho que estudiar era muy caro, tenían que reservar el dinero para el doctorado de su hermano y que empezara a trabajar.

Con el tiempo, a pesar de no tener una base académica sólida, había conseguido encontrar trabajo como ayudante en el departamento de marketing. Era trabajadora, alegre y se llevaba bien con sus compañeros, pero en Sistemas Black no había mucho margen para los empleados que cometían errores tontos. Además, el aviso que habían anotado en su expediente era el segundo en seis meses, lo que significaba que si recibía uno más la despedirían. Lo curioso era que no le daba tanto miedo el hecho de quedarse sin trabajo como saber que, en tal caso, no volvería a ver a Yaten Black.

-¿Qué broma es esta? -gruñó Yaten Black cuando abrió el sobre gigante dos días después y se encontró con la tarjeta de San Valentín más cursi que jamás había visto.

-Estoy tan sorprendido como tú – Rubeus Moon, su ayudante personal, pensó que no podían haber elegido peor forma de intentar impresionar a su jefe. Ni un peor día, e incluso año, para realizar tal declaración.

La fiesta de Navidad de la empresa se había aplazado por la muerte repentina del padre de Yaten, Artemis, y se había pospuesto justo para esa tarde del día de los enamorados. Con tal mala suerte de que Yaten iba a tener que asistir a otra misa por el funeral de un antiguo amigo del colegio esa misma tarde. Por si fuera poco, Yaten odiaba el día de San Valentín como Scrooge las navidades.

Yaten abrió la tarjeta y le llegó un perfume familiar que le hizo fruncir el ceño. ¿Jazmín quizá? Pero el mensaje de la tarjeta era tan cándido que se olvidó de la fragancia.

-Como siempre, hoy también pienso en ti y te quiero -leyó en voz alta.

¿Se habría convertido en el amor platónico de alguna colegiala?, se preguntó mientras repasaba mentalmente el círculo de chicas adolescentes de su entorno.

-Campanilla -murmuró sorprendido Rubeus.

-¿Cómo dices?

-La rubia de marketing. La llamamos Campanilla porque siempre está revoloteando de aquí para allá -explicó el ayudante-. Estoy seguro de que es quien ha enviado la tarjeta. Es su perfume. Lo lleva siempre.

La Rubia de marketing. Minako Aino. Había entrado en el departamento hacía seis meses, contratada por su difunto padre en contra del candidato de recursos humanos. ¿Y por qué la había elegido? Artemis se había apiadado de ella cuando le había confesado que era la primera entrevista de trabajo para la que la llamaban después de enviar más de cincuenta currículos.

Mina, la chica de sonrisa tímida y luminosa, rizos explosivos y dietas insanas. Aunque la empresa tenía una plantilla amplia, no era difícil fijarse en Mina y sus constantes calamidades.

-Algunas mujeres sólo viven para ponerse en ridículo comentó Rubeus-. Hay que tener morro... ¡una don nadie como ella insinuándose al jefe!

Yaten trató de recordar el comportamiento de Mina cuando estaba cerca de él y concluyó que, en efecto, era probable que fuese la culpable. Sabía que la ponía nerviosa. Cuando estaban juntos, se le trababa la lengua hasta parecer idiota y se ruborizaba en cuanto la miraba. No era la única mujer que coqueteaba con él, pero al menos las demás lo hacían adrede. En el caso de Mina, sencillamente, no podía disimularlo. Era un alivio que la tarjeta no estuviera firmada. De repente, lamentó que Rubeus la hubiese reconocido por el perfume.

-No creo que la haya enviado ella -murmuró Yaten al tiempo que tiraba la tarjeta a la papelera-. No le pega. La habrá mandado la hija de algún amigo. Y ya está bien de hacer el tonto. Ponme con Industrias Hino.

Más tarde, esa misma mañana, Yaten devolvió la atención a la tarjeta que había tirado a la papelera. ¿Cómo se le había ocurrido enviársela? Su ayudante personal odiaba a Mina y lo usaría en su contra si se le presentaba la ocasión. ¿Por qué? Rubeus tenía fama de enrollarse con las empleadas jóvenes de la empresa para dejarlas tiradas después de una noche.

Pero cuando su ayudante personal había intentado seducir a Mina, esta lo había rechazado, lo cual había supuesto un duro golpe para el ego de Rubeus. Pero se habría sentido más humillado todavía de haber sabido que había sido el propio Yaten quien la había avisado de las artes donjuanescas de su ayudante. Quizá se debiera al cariño con que su padre la había acogido en la empresa; quizá a la inocencia con la que brillaban sus ojos azules.

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A las diez de esa misma mañana, Mina bajó en busca de folios y bolígrafos para su planta. Se alegraba de tener algo con lo que distraerse. Cualquier cosa con tal de olvidarse de la tarjeta de Navidad que había enviado.

Había sido un impulso y no se había parado a pensar lo que estaba haciendo. Se había olvidado de la muerte de su padre las pasadas navidades y de que no le apetecería celebrar la fiesta de empresa aplazada. Además, tenía la sensación de que no le habría gustado recibir un enorme sobre rosa en el despacho. Seguro que alguno de sus empleados lo había visto y se había echado a reír.

¿Cómo había podido escribirle esa estúpida declaración de amor?, ¿no podía haberse limitado a enviarle la tarjeta con un simple signo de interrogación? De ese modo, podrían haber interpretado el regalo de mil formas distintas, hasta tomarlo por una broma. Pero confesar sus sentimientos no haría sino despertar la curiosidad de Yaten.

Agarró un paquete de folios y varias bolsas de bolígrafos y, de regreso al ascensor, acortó el paso al ver a Yaten charlando con otros hombres en la zona de recepción. El corazón se le aceleró, la boca se le secó, síntomas habituales cuando Yaten Black estaba a la vista. Estaba enamorada hasta de esa voz profunda, capaz de hacer sonar poética la lectura del informe más prosaico de estadística.

Mina lo miró de reojo. Llevaba un traje negro, formal, de diseño, elegante como un felino. Lo quería tanto que le dolía no poder expresarle sus sentimientos. De pronto, se le resbaló una de las bolsas de bolígrafos y, al caer al suelo, Yaten se giró hacia ella y sus ojos se enlazaron. Luego, en vez de desviar la mirada como había esperado Mina, la observó como si fuera la primera vez que la veía.

Fue como si el tiempo se detuviera. El corazón le latía como si hubiese estado corriendo. Oía un pitido y el cuerpo entero le vibraba, pletórico de energía. Pero alguien se interpuso, agachándose a recoger la bolsa de bolígrafos, y se rompió el hechizo. Un segundo después reconoció la expresión burlona de Rubeus.

-La táctica de dejar caer un pañuelo al suelo -murmuró con desdén-. Qué truco más viejo.

-¿Qué? -preguntó desconcertada Mina.

Yaten echó a andar hacia el ascensor y pulsó el botón de cerrar puertas. El pelo de Mina Aino era de un rubio dorado muy atípico. Por un instante, bajo la luz, le había resultado deslumbrante. Y tenía bonitos ojos. Pero no se sentía atraído hacia ella. En absoluto.

Mina era una empleada, se recordó aliviado. Aunque la mismísima Cleopatra se incorporara a la plantilla, no se permitiría iniciar una relación ilícita. Lo que pasaba era que no conseguía sacarse de la cabeza aquella estúpida tarjeta. Yaten empezó a repasar la lista de defectos de Mina: apenas llegaba al metro sesenta y él las prefería Morenas. Tenía veintiún años y a él le gustaban mujeres de una edad más próxima a la suya. Tenía un gusto espantoso vistiendo, hablaba demasiado, se le caían las cosas y armaba unos líos tremendos con el ordenador cada dos por tres. Él era perfeccionista y ella un desastre en constante ebullición. Era la clase de mujer que se casaba y él se moriría soltero. Estaba tenso por el funeral de esa tarde, nada más. Necesitaba echar un trago.

Mina volvió al departamento de marketing para prepararle el café a Diamante. Estaba hecha un lío. ¿Por qué la había mirado Yaten de ese modo?, ¿por qué tenía la terrible sospecha de que sabía quién le había enviado la tarjeta? Pero no era posible. No podía leer el pensamiento de las personas, ¿no?

¿Y por qué la había provocado Rubeus cuando solía tratarla con total indiferencia?, ¿a qué había venido aquel comentario? Rubeus Moon no había vuelto a dignarse en dirigirle la palabra desde que lo había rechazado a los pocos días de entrar a trabajar. ¿Qué truco más viejo?, ¿acaso sospechaba lo que sentía por Yaten? ¿Cómo era posible?

Se estaba volviendo loca. Salvo que hubiesen hecho examinar la tarjeta en busca de huellas dactilares, no había forma de rastrear al remitente. En cuanto a Rubeus, en fin, nunca había tenido muchos amigos en Sistemas Black. Podía ser que fuese inteligente, pero era antipático y tenía la costumbre de reírse de las desgracias ajenas. Así que no tenía sentido darle más importancia a aquellos comentarios burlones... ¿O sí?