Trémulo Paraíso

Si sólo pudieras llamar paraíso a un lugar del mundo,

ese tendría que ser México.

Alexander Von Humboldt.

Existía un lugar que a todos gustaba visitar, aún en medio de ése continente en ruinas porque sabían bien que ahí, encontrarían todo aquello que satisface las necesidades más esenciales e íntimas de los hombres, y se trataba del elegante y vistoso burdel "Belle Epóque", la casa de citas más opulenta y magnífica de todo París, y lleno únicamente de aquéllas cosas que personificaran la belleza, desde las ricas alfombras persas dispuestas por todo el suelo hasta las cortinas de seda, el vino de mejor calidad y por supuesto, las encantadoras muchachitas de compañía. El burdel estaba regentado por su igualmente elegante dueño, Monsieur Francis Bonnefoy, que tras años de trabajar en los llamados negocios de placer era buen catador de todo lo que fuera hermoso, y en esto se incluían, por supuesto, las mujeres.

Justamente ésa tarde interrumpió su conteo mensual de ingresos para recibir a dos de sus mejores amigos, dos pillos que a base de sus encantos engatusaban chicas que pudieran servir de algo en el burdel. Al ver entrar a uno de ellos, de piel blanca como la tiza y ojos rojos que sonreía orgulloso, dejó de lado sus cuentas redactadas en largas hojas de cálculo.

-Gilbert, mon ami… adelante, adelante. –sonrió, ofreciéndole un asiento. -¿Quieres algo de tomar? Acabo de recibir un vino de Burdeos exquisito… algo fuerte para estas horas pero eso a nosotros no nos importa, ¿oui?

-Gracias, Francis, pero vengo por negocios apresurados. –la sonrisa del albino se acentuó más. –Verás, Antonio atrapó una blanca palomilla y sospechamos que nos sería decididamente útil… se nota que todavía es una… ¿cómo la llamas tú? ¿Pucelle?

-Oh… ¿y hay manera de comprobarlo? –los ojos del francés destellaron codiciosos, pues el precio de las vírgenes era siempre alto, aún en ése tiempo de post guerra.

-Pues Antonio está seguro de que lo es, le ha hablado de ciertas cosas… claro, todo disfrazado, y la pobrecita se nos ha quedado mirando como si no entendiera.

-Oui… ¿cuántos años tiene, más o menos?

-Hmm… unos diecinueve cuando mucho.

-Ah, la edad adecuada para empezar a conocer l'amour… -suspiró encantado. –Dejen pasar a la mademoiselle, yo mismo me encargaré de ver si es adecuada.

-Kessessesse… -rió por lo bajo Gilbert. –No me digas que piensas… ya sabes… darle la bienvenida a tu modo.

-Hmm, no lo creo, estamos algo cortos de dinero y una señorita tan inocente me sacaría de un gran apuro económico. Pero… -añadió al ver el gesto desangelado de su secuaz. –Quizá pruebe un poco… une pomme d'amour jamás debe desperdiciarse.

Gilbert salió, y unos segundos después entró un hombre alto, de piel bronceada y ojos verdes que sonreía mostrando muy orgulloso a la jovencita que sujetaba de los hombros.

-¡Francis, amigo mío! Mira qué espléndida criatura te he traído… Directamente desde México, sin escalas.

El francés paseó sus ojos por la chica, con el escrutinio de siempre. No era muy alta, de hecho le parecía extraordinariamente bajita para los estándares femeninos en Europa, pero eso le daba un aspecto deliciosamente infantil al mismo tiempo que el resto de su cuerpo desmentía esta teoría; debajo de sus humildes ropas podía notar la redondez de sus caderas, lo robusto de su pecho y lo esbelto y delicado de su talle, sin mencionar que su rostro, mitad angelical con aquélla boquita rojiza y redondeada, y mitad demoníaco con esos ojos grandes que brillaban como si tuvieran fuego, era sencillamente hechicero, deliciosamente enmarcado por una espesa melena castaña que caía hasta poco antes de sus codos.

-Oui… un bocadillo estupendo, Antoine… -murmuró Francis, visiblemente encantado con el aspecto de la muchachita. –Déjamela aquí y espera afuera junto con Gilbert, ya les haré saber mi decisión.

-Ah… como gustes. Por cierto… -añadió, susurrando de modo que la joven no pudiera oírlo. –No me molestaría entrar a la puja por ella, si es que haces.

-La haré si lo considero así. Si vous plait… -señaló con un elegante gesto la puerta, y el español salió de la oficina. Francis se volvió hacia la mexicana, rondándola lentamente y mirándola con ojos escrutadores. –Mon cherié… parlez vous français?

-Oui, Monsieur. –respondió con una voz dulce y grave.

-Tres bien! …Entonces, mon cherié… ¿cómo te llamas?

-María. –volvió a contestar en un tímido susurro.

-Marie, ¿eh? Un nombre tan común y tan desperdiciado… pero bonito, es verdad. Como tú, mon petite… Jamás habíamos tenido a una belleza de Amerique Latine en éste burdel, pero cuéntame… ¿cómo fue que Antonio te encontró?

-Yo… yo llegué a su casa, en un pueblo, como criada porque… bueno, mis padres fallecieron, y él es el único hombre que conozco. Me… dijo que me ayudaría y que me llevaría a un mejor lugar para que yo pudiera trabajar y… así llegué aquí con él y su amigo.

-Entiendo, entiendo… Bien, pues él no te ha mentido, cherié, aquí tendrás asegurado un trabajo, un hogar y una oportunidad, las mejores comodidades que una femme pudiera querer. –repuso Francis, sonriendo levemente. –Pero antes de que pasemos a otra cosa, quisiera hacerte un pequeño examen, si no te importa.

-¿Examen? ¿De qué tipo? –la jovencita lo miró desconcertada, y Francis por fin entendió a qué se refería Gilbert.

-Un examen especial, para el que debes mantenerte… relajada.

Francis tomó la blusa blanca de manta que llevaba María, y con un movimiento muy delicado comenzó a subirla. La joven exhaló un grito ahogado de sorpresa y preguntó asustada:

-¿Eso es necesario?

-Me temo que sí, cherié. –contestó en un tono de voz que decía que no lo temía tanto. Deslizó la prenda por la cabeza de la mexicana y se quedó mirando casi extasiado lo que tanto ansiaba ver; a pesar de que María trataba de cubrirse con las manos, sus senos quedaban lo suficientemente a la vista como para que el francés pudiera evaluarlos, y chasqueó la lengua en señal de aprobación. –Tres bien, no son muy grandes, pero tampoco son pequeños… y son tan preciosamente redondos… aaah, oui, lo que daría por… hmm… Oui, quizá lo haga.

Son avisar, llevó sus manos a los senos de María, y los acarició suavemente mientras se mordía los labios; los ojos de ella brillaron con cierto temor, que él trató en vano de disipar con unas palabras quedas.

-Non, mon cherié, no te asustes, no te haré nada porque ese simplemente no es mi deber. Sólo debo comprobar que estés en condiciones y… ah, oui, vaya que lo estás… -con un gesto de anhelo, Francis apartó sus manos y las llevó ahora a la larga falda verde que cubría el resto del cuerpo de la joven, y procedió del mismo modo para hacer que la prenda cayera al suelo con un tenue ruido que la tela produjo al chocar con la alfombra. No estaba tan descubierta como temía, pues llevaba unas preciosas bragas también de algodón, delicadamente bordadas de color blanco; al llegar a éste punto, María se sonrojó.

-Señor, por favor… -pidió mientras usaba una mano para cubrir su intimidad, cosa que Francis le impidió.

-Mon cherié, no seas tan tímida. Sólo quiero echar un pequeño vistazo… aunque… sería mejor si…

Bruscamente, la tomó de las caderas alzándola en el aire, y con un elegante giro la depositó sobre la mesa, dejándola acostada boca arriba y toda despatarrada por lo intempestivo del acto. María no tuvo manera de defenderse, y miró atemorizada cómo el hombre se abría paso calmadamente entre sus piernas.

-Son preciosas, oui… Hacía tiempo que no veía unas pantorrillas tan delicadas ni unos muslos tan bonitos… Pero veamos lo importante, ¿bien? –hábilmente, alcanzó el lazo que ataba la prenda interior a la cintura de la mexicana, y lo deshizo con rapidez, haciendo que con un solo leve tirón, las bragas descendieran hasta la altura de las morenas rodillas.

-¡Ay, no, por favor…! –gimoteó ella. Una vez más, Francis tuvo que apartarle las manos mientras acercaba su rostro a la intimidad de ella; unos momentos después, dejó que su mano derecha se deslizara entre los muslos de la joven y alcanzaran el mismo sitio que llevaba observando, y luego, con una inmensa suavidad, trató de introducir un dedo en su entrada. Como acto reflejo, María lanzó un chillido de profundo dolor y pataleó, casi golpeando al francés en el proceso. Era tal y como esperaba, la criatura jamás en su vida había tenido intimidad con nadie.

-C'est magnifique! –exclamó lleno de júbilo, apartándose y dejando que la aterrorizada chica se volviera a acomodar las bragas, con un rubor en las mejillas y lágrimas brotando de sus ojos. –Mon amour, tú nos salvarás de la bancarrota y del déficit, vendrán hombres de todo el mundo a buscar a una belle pucelle como tú… y cuando haya sido así… Aaah la de maravillas que haremos juntos. Eres sencillamente perfecta, perfecta. –y dicho esto, besó de manera precipitada las rojas mejillas de María y llamó a gritos a alguien. -¡Elizabetha! ¡Elizabetha! Mon Dieu, necesitamos campanillas aquí… ¡Elizabetha!

La puerta se abrió y entró una mujer que se veía apenas un par de años mayor que María, con cabello castaño ondulado y ojos alegres, vestida de verde.

-¿Dígame, señor Bonnefoy?

-Llévate a esta novicia preciosa y explícale todo lo que debe hacer aquí. Ah, y diles a Gilbert y Antonio que entren, debemos acordar un pago.

Elizabetha tomó una de las manos de María, quien apenas y había alcanzado a acomodarse la blusa, y la guió silenciosamente por el burdel hasta unos cuartitos, mucho menos vistosos, donde las mujeres dormían cuando no estaban trabajando. En uno de éstos había dos camas, y la mujer de verde le señaló una de éstas, diciendo:

-Bien, ahí dormirás tú. En fin, como ya viste yo me llamo Elizabetha, y soy una de las princesas. Tú por ahora sólo serás una novicia, hasta que hayas ganado el dinero suficiente para ser una de nosotras y claro, eso sólo será luego de unos… seis meses, quizá. No es tan malo, la comida es buena, los clientes interesantes…

Notó que la morena no escuchaba su discurso; tenía los bellos ojos dorados perdidos en la nada, aguantando las ganas de llorar y de gritar que la sacudían por dentro, sabiéndose condenada a una vida de licencias donde sólo valdría por el precio que le dieran a su cuerpo, justo la clase de vida que no deseaba. Cuánto lamentaba haber acudido a Antonio para pedirle auxilio, mejor hubiera sido quedarse en su campo a cielo abierto a cuidar de las gallinas y del huerto, sola, pero feliz… y libre.

Sintió de pronto cómo la otra mujer la abrazaba con aire maternal.

-Llora ahora, niña, porque después no tendrás tiempo ni para eso…

Y María, como si obedeciera a una orden suprema, lloró y lloró desconsolada, a sabiendas que ya nunca más conocería otra vida que aquélla, ése prisión de deseos disfrazada de satín y seda roja que acababa de sellar su destino.

Bueno, ¿qué les parece? Este es sólo un capítulo piloto, si no sirve no le seguimos, jeje.

Lamento el OOC porque estoy segurísima que lo hubo, pero era necesario, es un AU al fin y al cabo. El próximo capítulo, si es que todo sale bien, aparecerá ora sí el macho patatas y empezará la acción, oooh sí.

Ahora sí, saludos y… ¿jitomatazos, comentarios, amenazas de muerte? Ok esa no xD nos vemos!