oOoOo

Dos meses después…

-God morgon.

Los párpados se le sentían deliciosamente pesados, pero tuvo que abrirlos para mirar el rostro serio y tranquilo que estaba frente a ella. Una sonrisita tímida cruzó por los labios de la joven, que repuso:

-Buenos días… ¿ya es tarde? –preguntó, mirando cómo la luz del amanecer inundaba la habitación desde la ventana abierta. Era ya tiempo de otoño, y Uppsala guardaba un paisaje de ensueño con sus casitas agrupadas junto al margen del río y rodeadas por altos árboles de hojas rojas, doradas y castañas que se agitaban con la caricia del viento frío.

-Hmm… t' traj' 'l d'sayuno… -replicó Berwald, dejando sobre la cama una bandeja humeante. Sobre ésta había un plato de huevos estrellados, tocino, panqueques con mermelada y una taza de café. María se había acostumbrado a los extraños tratos del sueco, que aunque hablaba poco era excesivamente detallista; tal vez, la característica más desconcertante provenía de su actitud denominada como "romántica"; solía hacerle caricias torpes de vez en cuando, o de plantarle besos no precipitados de manera aleatoria, y a veces, cuando parecía inspirado de veras, la atendía con un baño caliente y perfumado. Dormían juntos, pero en esos dos meses no habían hecho absolutamente nada, y al parecer él estaba a gusto con ese raro sistema.

María tomó la bandeja y empezó a comerse los panqueques al mismo tiempo que el tocino, y echó una ojeada a Berwald, que estaba arreglándose la corbata delante del tocador. Aquélla casa quedaba relativamente cerca de su trabajo en Estocolmo, donde manejaba un banco internacional (de ahí que tuviera tanto dinero, cosa que desde el principio había atemorizado a la joven) junto a otros cuatro colaboradores.

-Hmm… ¿Berwald? –preguntó, recibiendo como respuesta un vistazo y un suave gruñido. Era la señal que necesitaba para saber que él estaba preguntándole qué quería decirle. –Estaba pensando… si no te molesta, claro… ir a pasear un rato… y… hmm…

El hombre parpadeó, terminó de acomodarse la corbata y tomó su maletín. María, arrebujada en las sábanas y con el tenedor a mitad del camino de la boca, esperó.

-Saldr' t'mprano d'l trabajo hoy. –contestó sencillamente. –'sp'ra mi ll'gada. Abrígat' bi'n.

María asintió y alcanzó a agitar una mano en señal de despedida. Berwald hizo una pequeña reverencia con la cabeza y salió. Definitivamente, era la situación más bizarra en que la joven se había encontrado en… ¿cuánto tiempo, 4 meses apenas? El tiempo volaba, y la memoria de lo acontecido en su llegada a París ahora le parecía un sueño extraño.

Antes de tres días desde que Berwald la rescatara del burdel se enteró del trágico incendio. El miedo que sintió al recordar a Elizabetha se disipó cuando en el periódico aclararon que no hubo víctimas mortales, al menos ninguna que lamentar, pues entre los escombros encontraron los restos calcinados del dueño del lugar. Cuando esto sucedió, la esperanza de que Lars volviera ya seguro de no estar en peligro para buscarla se había acrecentado, pero luego pensó que sería imposible para él percatarse de su nuevo paradero; habían cruzado la frontera, y duró apenas veinticuatro horas en Suiza antes de avanzar más y más al noreste, hasta la costa de Dinamarca, donde se embarcaron en un pesado buque hasta la costa de Suecia, su nuevo hogar.

Como entre nubes, recordó haber visto el imponente puerto, rodeado de niebla porque había estado lloviendo. Berwald le había puesto una mano sobre el hombro, provocándole un respingo, y preguntó:

-¿Qu' t' par'c'?

-Pues… -no sabía qué opinar. La atmósfera del norte era un poco deprimente.

-T' gustará. –replicó en tono tranquilo antes de soltarla. La verdad es que desde su llegada a Uppsala no había tenido motivos de queja. El lugar era muy relajado, en el ambiente se respiraba siempre una atmósfera algo nostálgica pero segura, y la casa de Berwald era espaciosa, limpia y tranquila, quizá no tan alegre como el terreno de los Vargas pero sí muy agradable. Además, el sueco tenía un gusto por las cosas delicadas, y por todos lados había visto señales de gustos artísticos como pequeñas placas de cantera grabadas con signos que no entendía y talladas con lo que parecían sinuosas y complicadas serpientes.

Fuera de eso, la esperanza de ver otra vez a Lars decaía día tras día; en esos tiempos, solía apostarse en la ventana del salón donde Berwald acostumbraba a pasar sus tardes en un silencio que rayaba con lo autista, y miraba con ilusión infantil el largo camino que separaba a las casas del río, como si esperaba ver surgir entre éstas la figura alta e imponente del holandés, revisando número por número las viviendas hasta que sus ojos chocaran y se reconocieran y entonces… ¿entonces qué? Había algo que no tomó en cuenta, además de la lejanía que suponía estar en el norte de Europa; Berwald había pagado su libertad, por lo tanto él no tenía motivos para entregarla así como así a nadie. Era de nueva cuenta una prisionera, aunque no se sentía así.

La situación cambió luego de un mes, cuando la morena se resignó y empezó a acercarse más al sueco. Le daba la impresión de que tenía siempre un diálogo interno muy ruidoso e incesante, lo que explicaría su silencio sepulcral y la manera inquietante en que miraba a todo y a todos; en Uppsala había comprobado que era de temer, aunque jamás lo vio hacer nada malo. Una vez, mientras cruzaban la calle, miró durante casi un minuto a un hombrecillo nervioso parado justo delante, y preguntó en un susurro si necesitaba ayuda, por toda respuesta el hombrecillo lanzó un grito aterrado y, sonriendo nerviosamente, le aseguró que estaba muy bien y le agradecía la intención antes de echarse a correr de tal modo que estuvo a punto de que lo arrollaran. María concluyó que la fortuna que amasaba combinado con su aspecto imponente lo hacían merecedor de ese trato extraño por parte de los demás.

Terminó su desayuno y salió de la cama para vestirse. Entre sus prendas encontró las ropas que Lars le había regalado junto con el vestido de Feliciano; el cómo había salvado esas prendas era muy fácil, en primer lugar, el vestido lo llevaba puesto aún cuando Berwald fue a buscarla al burdel, y el resto de las prendas la había tomado rápidamente en Livorno antes de volver a París. Al toparse con éstas, hundió por un momento la nariz en la suave tela de la blusa, y recordó de golpe el pequeño y apretujado departamento del holandés, la sencilla camita del piso superior, los tulipanes y la lluvia…

Berwald le había pedido que se abrigara bien, por lo que encima de los pantalones cortos, la blusa y los tirantes se puso unas botas altas y rellenitas que la cubrían hasta las rodillas, y anduvo así por toda la casa durante la mañana. Al sueco le gustaba tener todo bien arreglado, y María se sentía a gusto de ayudar haciendo la limpieza por las mañanas antes de caer, rendida, en la mesa de la cocina; sólo había una cosa que no podía hacer, y era cocinar, sencillamente porque a su compañero le entretenía hacer eso o, en sus propias palabras, "m' ayuda". Todavía no averiguaba a qué se refería él con eso, pero cuando lo veía cocinar muy afanado, captaba el gusto que sentía por tener las manos ocupadas en preparar platillos muy ricos, y sanos también; en dos meses María había recuperado el peso suficiente, y ya no parecía estar al borde del desmayo por su tristona delgadez.

Cuando el reloj marcó las dos, María se arrebujó muy satisfecha en un sofá, entretenida en unas revistas que aunque no entendía le gustaban; estaban llenas de fotografías de diversas partes del mundo, y entre éstas en una ocasión encontró una, muy bonita, de Bahía de Banderas, en su país natal. Justo ahora, encontró una estampa invernal de Ámsterdam, con su paisaje nevado y sus casitas de muñecas apiladas unas junto a las otras. Ahora que recordaba, Ámsterdam estaba en Holanda…

Cerró la revista de un golpazo, molesta consigo misma. En ese momento, la puerta se abrió dando paso al dueño de la casa; éste recorrió el lugar con su franca mirada misteriosa y luego anunció:

-Pont' un abrigo. Vamos a salir.

No dijo nada más y María no preguntó; fue de vuelta a la habitación y sacó un abrigo lo suficientemente largo para protegerle las piernas y regresó junto a Berwald. Éste la saludó dejando un beso breve sobre su frente, y luego, con la misma calma, anunció:

-Ir'mos a com'r fu'ra. Llov'rá pronto. ¿T' gusta la lluvia?

-Mucho.

El sueco asintió, tomándola de la mano y salieron a caminar. Uppsala no era precisamente un centro turístico, pero las calles situadas en el margen del río tenían un aire delicioso, muy fuera de lo común que a la morena le fascinaba, sobre todo al ver las bonitas casas adornadas que estaban apiladas ahí y los negocios de aspecto viejo y bien arreglado exhibiendo carteles llamativos. Había uno donde vendían pinturas, otros vendían plantas de interior porque el rudo clima del norte no permitía jardines muy vistosos, algunos tenían antigüedades, y otros más consistían en cafés donde se apilaban las personas deseosas de entrar en calor en aquéllas gélidas tardes de octubre.

Los dos entraron a un pequeño restaurante, oloroso y calentito que le gustó de antemano a la joven. Otra vez comprobó el temor respetuoso que le tenían los ciudadanos a Berwald, cuando un tembloroso camarero le preguntó con un hilo de voz qué querían apenas se sentaron junto a una ventana. Fue una comida silenciosa, como siempre, pero a María no le incomodaba; pensaba en Berwald como una criatura de tamaño descomunal y aspecto terrorífico que en realidad tenía los modos de un gato bien criado, al que sólo se necesitaba acariciar el lomo para ganarse su favor. El único problema es que nunca le había preguntado a él qué pensaba de ella, y supuso que esa pregunta ya estaba de antemano arreglada en su diálogo interno, ése que no habría de escuchar nunca.

La comida transcurrió en total calma, sólo interrumpiéndose por dos hombres de aspecto cabizbajo que estaban vendiéndole cerca de la puerta cerveza importada al gerente, que negaba con la cabeza y replicaba en un veloz sueco que no podía entender. Al parecer los dos vendedores perdieron la cabeza, chillaron al mismo tiempo, el gerente los silenció con una grave orden y por fin uno, más calmado, le pasó una tarjeta; el gerente abrió los ojos, habló con tono calmado y los invitó a pasar. María notó que los ojos de los vendedores se dirigían a ella y a Berwald, pero no le dio importancia, ya sabía de la fama que tenía su compañero.

Al salir, tal y como él lo pronosticó, comenzó la lluvia. El desolador paisaje se veía encantador, con las luces disipadas de los faroles; Berwald tomó un grueso paraguas de su maletín y lo colocó sobre la cabeza de María, que replicó precipitadamente:

-¡No, ponlo sobre ti o te empaparás!

-Hmm…

-Anda, así. –con un movimiento, la joven levantó el brazo del sueco, haciendo que el paraguas quedara justo sobre él; las gotas de lluvia comenzaban a golpearla pero solucionó el dilema abrazándose a Berwald. Notó cómo hacía un movimiento espasmódico con los ojos, como si el abrazo lo hubiera tomado por sorpresa, pero no la apartó, sino que con su mano libre le rodeó el talle y caminó junto a ella por el estrecho del río, de vuelta a casa.

-Tack. –musitó vagamente mientras entraban a la residencia y cerraba el paraguas, colocándolo a un lado del perchero.

-No hay de qué, para nada. –repuso María sonriendo con timidez.

El día finalizó cuando la lluvia, azotando los cristales, continuó. Estaban ambos arrebujados en el lecho, María medio dormida y Berwald leyendo, como de costumbre. Luego, le echó una mirada a la joven y, dejando su libro en la mesita, apagó la luz; María sintió un brazo rodeándola y apegándola al cuerpo tibio del sueco, y escuchó que murmuraba justo tras ella:

-¿Ti'n's frío?

-Eh… un… poquito, sí. G… gracias…

-Hmm… -un roce casi imperceptible en la nuca le indicó que el sueco acababa de darle un beso de buenas noches. Luego de eso los dos, así abrazados, se quedaron dormidos, arrullados por el aullido desesperado de la lluvia en el exterior.

No pasaron ni dos días cuando un suceso inesperado ocurrió.

María estaba afanándose en la casa, terminando de sacudir las mesitas de madera a las que debía limpiar pasándoles una especie de barniz líquido muy suave que además perfumaba con esencia de pino los muebles; entonces, escuchó un correteo en el exterior, unos gemidos extraños y por fin, unos sonoros golpes. Se desconcertó mucho, porque en los dos meses que llevaba ahí no había visto que Berwald recibiera visitas de ninguna clase.

Muy contrariada, se acercó a la puerta y abrió apenas un par de centímetros, recibiendo entonces el empujón de tres fardos que cayeron sobre el vestíbulo.

-¡Ve~ me aplastan…!

-¡Eres un idiota, fratello, un grandísimo idiota!

-Cálmense los dos, estamos en el lugar indicado al menos…

Fue como retroceder el reloj. Ahí, tirados en el piso, estaban Feliciano y Lovino Vargas, y junto a ellos Emma Vanderhoeven, que fue la primera en recuperarse y se puso de pie dando un salto, sonriendo y estrechando en sus brazos a la muy sorprendida María.

-¡Qué gusto me da verte! –exclamó pletórica de felicidad. Ya convenciéndose que no era un sueño, la morena la abrazó también, aunque su expresión de incredulidad seguía retratada en su cara.

-Hmm… Emma… ¿qué… cómo…? ¿Qué les pasó?

-Es una larga historia… -repuso.

-¡Ve~ María…! –le interrumpió Feliciano, que se abrazó cariñosamente a la chica con los ojos llenos de lágrimas. Ella no pudo evitar responderle con el mismo entusiasmo, extrañaba bastante al ruidoso y feliz muchachito. Lovino, que parecía querer mirar a todos lados menos a ella, gruñó:

-M… me alegro que estés bien… ragazza sciocca.

Como respuesta, María lo abrazó también, haciendo que el italiano se sonrojara como nunca.

-A mí también me da gusto verte, Lovino. –replicó con alegría. Luego de haber saludado a los hermanos, se volvió a Emma. -¿Y qué pasó?

-Gilbert. Nos dejó ir… dijo que le daba igual. Parecía muy molesto, y luego nos enteramos del… incendio… -Emma se mordió el labio inferior con evidente angustia. –Pensamos lo peor pero luego Gilbert regresó a Livorno. Nos instalamos ahí todos, y no le costó dar de nuevo con el lugar…

-Quise correr a patadas al bastardo pero Emma me lo impidió. –añadió Lovino con evidente rencor.

-Sí, como sea. El caso fue que nos avisó de tu partida… mi hermano, debiste ver cómo se puso. –mientras la rubia esbozaba una sonrisa, María sintió una especie de choque eléctrico correrle por la piel.

-Lars… ¿cómo está? ¿Dónde…?

-Verás, mi hermano estuvo receloso de las palabras de Gilbert, aunque la chica que iba con él, Elizabetha, parecía estar segura de sus palabras. Tardó mucho tiempo en convencerse y al final terminó mandando a sus empleados a Suecia; justo antier uno nos comunicó por vía de telégrafos que te había visto en Uppsala, tal y como te había descrito, y hoy…

-¿Pero entonces él… dónde está?

Por toda respuesta, Emma se hizo a un lado y señaló el exterior. María, con las piernas temblándole, salió de la casa, caminando hasta donde estaba el estrecho.

Lo vio, de pie delante del río, ataviado con su bufanda de siempre y con aire aburrido, el ceño fruncido y los labios apretados alrededor de la boquilla de una pipa. Fue todo lo que ella necesitaba ver; corrió, con los brazos abiertos, incapaz de auricular palabra, y de un salto le brincó encima al holandés que dio traspiés y evitó la caída de puro milagro. Al verla, sus ojos se abrieron desmesuradamente, y tomando su pipa con una mano mientras con la otra rodeaba la cintura de la joven, susurró:

-María…

Ella asintió, sonriendo dichosa de verlo otra vez. Parecía que tenían mucho que decirse el uno al otro pero las palabras se ahogaron; todo lo que necesitaban decirse se selló con un beso, uno solo, abrazados con fuerza el uno del otro, juntos una vez más.

En su furor no notaron los ojos perspicaces de Berwald a la distancia, fuertemente entornados, y no se dieron cuenta sino hasta que se separaron y María lo vio, dando un fuerte respingo y palideciendo. Su falta había sido bastante grave, y lo sabía, por lo que se apresuró a plantarse delante del más alto de los dos hombres y decir con voz temblorosa:

-Yo… Berwald… yo… nosotros… él… estaba…

Berwald dio una seca cabeceada, como indicando silencio, y luego clavó sus ojos en Lars.

-¿Ust'd conoc' a María?

-Así es. –replicó. Era una especie de duelo divertidísimo, en el que Berwald parecía querer imponerse con su estoicismo macabro, y Lars lo miraba desde un poco más abajo, desafiante y molesto como un lobo agresivo.

-Hmm… ¿y d' dónd' la conoc'?

-De París. –repuso de nuevo con la voz un poco más alta. –Usted debe ser el señor Oxenstierna, ¿verdad?

-Sí. ¿Y ust'd qui'n 's?

-Me llamo Lars Vanderhoeven y soy amigo de María desde hace tres meses.

Berwald asintió de nuevo, lentamente, mirando ya a Lars, ya a María, y ésta última entendió que el diálogo interno del sueco estaba a todo lo que daba. Esperó paciente, un poco nerviosa, retorciéndose las manos. Si las cosas salían terriblemente mal, como sospechaba por la cara de ambos hombres, y podía irse despidiendo de sus amigos y salir huyendo del continente para evitar problemas… eso, o resignarse a quedarse con Berwald a piedra y lodo.

-¿Qui'r' pasar? –dijo de repente el sueco, señalando con un gesto amable la casa. Lars no perdió la frialdad de su rostro, pero sus ojos titilaron como si fuera presa de una fuerte impresión.

-Sí. Gracias.

Berwald y Lars entraron, seguidos por Emma, María, Feliciano y Lovino, que se quedaron en el salón mirando a todas partes con nerviosismo; los dos hombres se habían encerrado en la pequeña biblioteca, y así pasaron diez, veinte, treinta minutos, una hora… Nada, ni el zumbido de una mosca. Emma estaba un poco pálida, pero conservaba la misma calma fría que su hermano en situaciones de gran estrés; los Vargas no eran así y empezaban a hacer movimientos convulsivos y a agitarse ansiosos en sus asientos. María rezaba en silencio.

Por fin, la puerta de la biblioteca se abrió, y los dos mayores salieron con expresión seria y muy pálidos. Lars se apresuró a hacerles señas a los italianos y a su hermana, miró de soslayo a María con una expresión indescifrable y luego, echó a andar lentamente a la salida. Todo alrededor de la joven morena se derrumbó, y sintió como si algo la acabara de golpear en las entrañas. No entendía nada de lo que pasó pero algo si era seguro… lo que quedaba de esperanza se había esfumado, para siempre.

Sintió la mano de Berwald apoyada en su hombro, y se volvió para mirarlo. Toda la angustia de su rostro se reflejaba en las pupilas del sueco, que la miró silenciosamente durante varios callados segundos. Luego, simplemente, preguntó:

-¿Lo amas?

-Eh… ¿qué? –preguntó desconcertada, pero no volvió a recibir la pregunta. Entendió de lo que hablaba y sintió que la lengua se le volvía muy pesada; no era capaz de contestarle con sinceridad, ¿cómo diablos decirle que sí, que estaba enamorada del hombre que acababa de salir por la jodida puerta cuando había sido él, Berwald, el que la había salvado de los horrores a los que Francis la habría sometido en el burdel? ¿Cómo decirle que se moría de ganas de estar en los brazos de otro cuando había pasado dos meses arrullada en su cama, deshaciéndose de sus demonios y sus pesadillas gracias a sus cariñosas atenciones? ¿Qué no entendía el dilema en que la había dejado?

Presa de gran angustia, se cubrió la cara con las manos y lloró en voz baja, temblando como si estuviera enferma de fiebre. Berwald acarició su mejilla y la hizo levantar la mirada sujetándola con suavidad del mentón; los ojos impregnados de llanto parpadearon, tratando de enfocar el rostro pacífico del sueco, cuya expresión se había vuelto más que indescifrable. Luego, simplemente, sintió los labios de él aprisionando los suyos; era un beso suave, y al mismo tiempo profundo, pero no apasionado. Era un beso extraño, cargado de emociones que pudo sentir repiqueteando en su pecho y que la hizo sentirse mareada y agotada. Era un beso… de despedida.

Berwald la soltó, asintió y por vez primera, se dibujó en su boca un esbozo de sonrisa. María creyó que estaba teniendo alucinaciones, pero cuando el sueco le señaló la puerta entendió su orden.

-B… Berwald… -musitó, abrazándose brevemente a él. –Muchas gracias… no lo voy a olvidar nunca.

Éste volvió a dar una cabeceada, y acomodó los revueltos mechones del cabello de la chica.

-Si cambias d' opinión… -repuso, pero dejó la frase al aire. –Gracias por tu compañía. Bu'na su'rte…

María no perdió más tiempo, sólo el suficiente para dedicarle una mirada final llena de agradecimiento y echar a correr por las calles, buscando desesperada a Lars y a toda su cuadrilla. Cuando ya llevaba casi dos manzanas empezó a desesperarse, sobre todo por la tupida aguanieve que empezaba a caer a su alrededor, pero por fin a lo lejos divisó las figuras de los italianos que parecían ir discutiendo. Sonriendo aliviada, fue tras ellos exclamando con todas sus fuerzas, tratando de llamar su atención.

No supo en qué momento los Vargas y Emma se frenaron, ni cuándo se hicieron discretamente a un lado para dejarle paso, mucho menos supo en qué momento los pies la llevaron a una velocidad irreal hasta el lado de Lars, que al verla la atrapó rápidamente en sus brazos, estrechándola con toda su fuerza. Lo único que supo es que todos los horrores vividos se habían esfumado en esos solos segundos, y que todas las cosas buenas regresaban a su mente, dejando atrás todos los rostros y todas las voces, dejándola solamente junto a ése hombre que tanto quería.

-Lars, yo… -musitó.

-No, yo… -el holandés le colocó un dedo sobre los labios, mirándola con mucha seriedad. –No vayas a burlarte ni a tomártelo a lo ligero como siempre, niña, pero… Te amo.

María sonrió otra vez, apartando la mano de Lars de sus labios para darle un beso, haciendo caso omiso del murmullo a sus espaldas por parte de los italianos, que miraban la escena uno encantado (Feliciano) y otro asqueado (Lovino) mientras Emma emitía una especie de silbido de tetera hirviendo, muerta de felicidad.

-Ah… por fin mi hermano deja de hacerse el frío. Sólo espero que se le quite lo tacaño… -murmuró.

-Goed… ya hemos pasado mucho aquí. Espero que en el hotel nos hagan descuento, con este clima y sin calefacción… -gruñó como queriendo romper el tono etéreo que había tomado la escena, provocando una risita aislada por parte de su hermana.

~.~

-¡Adiós, ve~! –exclamaba Feliciano, agitando su mano mientras lanzaba por todos lados arroz pese a las protestas de su hermano.

-¡Fratello idiota, no eches arroz, esto no es una boda!

-No, pero casi. –murmuró Emma, que agitaba un pañuelo blanco. Estaban en la costa de Livorno, siguiendo con la mirada un barco que se alejaba hacia el oeste.

En la cubierta, junto a la proa, María miraba con ojos soñadores la cada vez más lejana costa de Italia. Un par de manos que la tomaron de la cintura le interrumpieron los pensamientos.

-¿Vas a extrañar Europa? –murmuró Lars.

-Hmm… quizá, pero no es como si no fuera a volver nunca, ¿o sí? –contestó sencillamente. El holandés ladeó la cabeza, haciendo girar el cuerpo de la chica hasta quedar frente a frente.

-Me pregunto… -dijo con voz débil. -…si nunca te hubiera conocido… yo… no…

-¿Nunca habrías encontrado a Emma? Ah, no exageres, seguramente hubieras podido…

-No. No hablo de eso. Digo que… de no ser por ti… creo que no habría sentido otra vez nada nunca… -aquéllos ojos esmeraldas refulgían llenos de luz y vitalidad, tal y como María imaginó que eran antes de que la pesadilla iniciara. –Habría estado perdido pero… ahora…

María lo silenció dándole un beso corto en los labios.

-Vamos a casa. –contestó. Lars sonrió, abrazándola con fuerza junto a él, y los dos miraron otra vez el horizonte, seguido su barco por gaviotas y escuchando el canturreo del océano.

Fin

Muajajaja, otro pico inspiracional y aquí me tienen subiendo el final de este fanfic. ¡Pero no se angustien y visiten el de Hetalia Asylum que recién empieza! (creo que necesito trabajo ._.)

Ahora los comentarios, ¡ooooh sí!

ItzelDurand: Ya hice sufrir bastante a Ore-sama en otros fanfics, se merecía un final feliz n.n jajaja el franchute tan… franchute, diría yo. Espero que te haya gustado el final, un poquito abierto… porque soy mala xD ¡saludos!

Lady Carmilla Bathory: Antonio fue el "típico muerto de telenovela que es como villano pero te cae bien porque es bueno… en el fondo". Francis pues… tenía que tener final melodramático, era el malote después de todo. No es santurrona, está muy tiernita todavía xD

Flannya: LOOOOOOOL x'D primera vez que oigo de alguien feliz por la muerte de un personaje… que no sea el gringo. Tengo que anotarlo en mi lista de acontecimientos bizarros. Bueno, he aquí el gran finale, espero que te guste.

Chiara Polairix Edelstein: Me lo saqué de coffcoff el jorobado de Notre Dame coff… Espero te guste el final n.n

OkamiYuki98: XD rayos, debí escribir eso (lo de hacer el amor con el fuego, hubiera quedado muy teatral). Bueno, es que Su-san es… por Su-san, es difícil no tomarle cariño y miedo porque es romántico y amenazante (romanticozante ;D).

Y así llegamos a la gran conclusión. Les aseguro que estaba tentada a dejar a María con Suecia pero… regla de oro en fanfics: no hagas una pareja para despedazarla patéticamente al final, y era necesario cumplirla (digo… por el trauma psicológico de "Prinzessin" ._.) ¡Espero que les haya gustado, nos seguimos leyendo! ¡Adieu!