El Enano de cabello negro enmarañado y facciones ásperas lo observó con desconcierto - Pero mi Señor… - decía – no tengo permitido dejarle atrás. Si debe retornar a Erebor con urgencia, nosotros tenemos la obligación de acompañarle.

- No hay necesidad de eso Beglin, el rey Thrór ya estaba al tanto de toda esta situación. Cumpliste con tu deber de traerme a Mirkwood sano y salvo, y ahora que he finalizado con la misión que me fue encomendada debo regresar para presentar informe. El rey Thranduil me proporcionará una escolta que me asistirá en el viaje de regreso. No obstante ustedes pueden continuar con la ruta.

- ¿Una escolta? ¿una escolta de elfos? – escupió el líder de la compañía de mercaderes con la desconfianza vistiendo cada una de sus sílabas – Con menos razón le dejaremos aquí, mi Señor. – dijo casi en susurros y dedicándole una mirada desdeñosa a los guardias que estaban en el perímetro – Con el perdón de usted, pero no debería confiarse demasiado. El rey Thrór dice que son maestros en el arte de la persuasión y el engaño, que harían cualquier cosa por poner sus paliduchas manos en todo el oro que hay en Erebor; y ni hablar de ese brujo, Thranduil, que parece tener una fascinación especial por nuestro reino.

- Rey Thranduil- corrigió el príncipe, sorprendiéndose a sí mismo al sentirse un tanto ofendido - No olvides los títulos, mi buen Beglin, y menos cuando estemos pisando sus tierras. La orden está dada, continúen con el viaje y déjame a mí cumplir con mis tareas, que fueron encomendadas por el mismo rey Thrór en total confidencialidad, y me temo que ante esto no puedo decirte más nada, pero tú debes confiar en mi palabra. – lo tomó del hombro y lo observó directamente – Todo esto ya estaba arreglado Beglin, no hay nada de qué preocuparse. – Thorin no pudo evitar sentirse sucio. Mentirle a su propia gente por una causa personal era algo que consideraba deshonroso, y principalmente si aquello podría perjudicar a los involucrados, en caso de que en realidad las cosas salieran mal. Pero intentó apartar esas ideas fatalistas de su cabeza… ya no tenía sentido seguirle dando vueltas al asunto.

Fue un verdadero reto para Beglin atender aquella orden, puesto que su corazón le decía que aquellas gentes, en especial su rey, no eran dignos de la confianza que el príncipe les dedicaba, sin embargo no tuvo otra opción más que reunir a su compañía y comenzar con los preparativos para la partida, no sin antes intentar convencer a su Señor que atendiera su consejo y permitiera que ellos le acompañaran en el viaje de regreso, pero sus palabras no fueron escuchadas.

Cuando todo estuvo listo, Thorin les acompañó a la salida del extremo noreste, escoltado por un puñado de guardias reales y el príncipe Legolas, que ahora mostraba su hermoso rostro sin reservas.

- Buen viaje – les dijo – y que tengan éxito en sus empresas allá donde el camino los lleve, de lo cual no tengo la menor de las dudas. Partan sin temor en sus corazones, estaré de vuelta en Erebor en no más de dos semanas.

Entonces la compañía de mercaderes se inclinó respetuosamente y comenzaron con la marcha. Cuando los perdieron de vista las colosales puertas de roble se cerraron y Thorin se encontró solo en aquel país extraño, sin poder evitar el embargo de un angustiante sentimiento de desamparo. ¿Realmente podría algo salir mal?... ¿Y si había errado en sus decisiones?... No, no quería pensarlo así. No podría pasar. Thranduil no se atrevería. Le había dado su palabra y había escogido confiar en ella.

La suave voz de Legolas lo sacó de su ensimismamiento – Si mi Señor se encuentra de humor, sería un honor para mí si pudiera gozar de su disponibilidad para un recorrido por nuestro reino, conmigo como su guía. Estoy seguro que encontrará muchas cosas interesantes y dignas de su atención. – dijo con cortesía, pero no con aquella fría y obligatoria o hasta burlesca que era característica de su ilustre padre, sino con una cálida y bienaventurada; así que Thorin se permitió aceptar la invitación, aunque sospechando que el pequeño Legolas simplemente acataba órdenes.

Entonces un hermoso carruaje de roble blanco tirado por dos caballos igual de inmaculados se detuvo frente a los dos príncipes. – Para su comodidad. – exclamó el Elfo invitándole a subir. Thorin dudó, puesto que le parecía un pomposamente innecesario anzuelo de miradas, demasiadas para su gusto; en realidad prefería simplemente caminar, pero reparó que aquello resultaría igual de llamativo, así que de nuevo decidió aceptar la oferta.

El interior del carruaje era muy cómodo, tan espacioso como para que Legolas pudiera recostarse a sus anchas entre las almohadas de plumas y los colchones envueltos en sedas rojas y doradas. Las cortinas permitían ver hacia el exterior pero cuidaban la intimidad del interior de los ojos curiosos. Había ahí frutas frescas y vinos de todo tipo, especiados o endulzados con miel y otras sustancias para el príncipe Enano desconocidas, pero muy exquisitas al paladar. Entonces comenzaron con el recorrido. Su primera parada fue el centro de la ciudad, el mercado. Thorin se sorprendió al ver lo sereno y ordenado que era el ambiente en aquel lugar que por lo general era foco principal del caos, no obstante parecía que para los Elfos no era el caso, incluso los transeúntes paseaban con calma, respetando el paso de los otros, algo jamás visto en los mercados de Erebor o en las ciudades de los Hombres que había visitado; sin embargo todo llegó a tener sentido cuando reparó que aquellas criaturas eran poseedoras de la tan envidiable longevidad imperecedera, así que en esas circunstancias ¿para qué servían las prisas?

Mientras paseaban, Legolas se encargaba de trasmitir los detalles de cada lugar, los hechos más relevantes y de vez en cuando entonar alguna canción que el sitio hubiera servido de inspiración para algún bardo. - Goza de una voz eminentemente hermosa, mi Señor. – dijo con cortesía cuando Legolas terminó de cantar una balada sobre aquella bella fémina marmolea con una corona de lirios como su único atavío, posada grácilmente sobre una fuente dispuesta al centro de la plaza.

- Me siento honorado por tal cumplido. – contestó el Elfo con una cándida sonrisa en el rostro. Thorin entonces lo observó directamente. Se parecía en demasía a su padre… el mismo color de cabello, el mismo perfil afilado, tan perfecto, como esculpido en marfil… aún así, habían detalles que hacían una gran diferencia, siendo los ojos el mayor ejemplo de ellos. Los ojos del rey no podían ser estudiados, Thorin quien tenía la misma habilidad sensitiva de su padre no era capaz de imaginar lo que esa mirada fuera de tiempo manifestaba… no obstante eran capaces de transmitir con gran propiedad si Thranduil así lo permitía, y aquello podía resultar severamente venenoso o placenteramente hipnotizante, dependiendo de las circunstancias. Pero los ojos de Legolas sí continuaban perteneciendo a este mundo, al menos por momento; eran muy expresivos y francos, aunque el Enano supo que podrían ser igual de despiadados si se les provocaba.

Legolas también lo observaba. Y el silencio reinó en esos instantes de estudio mutuo. Lo que el Elfo percibió en aquellos fríos ojos azules fue el orgullo de los reyes de antaño, una fortaleza digna de admiración y respeto; también una exquisita reserva e introversión que más que ahuyentar invitaba a cualquiera a desear indagar y descubrir lo que se escondía detrás de aquel semblante tan severo y distinguido.

- Si me disculpa el atrevimiento mi Señor, usted goza de una prodigiosa hermosura, muy ajena a nuestra gente y en consecuencia muy atrayente. – aquellas palabras no resultaron incómodas ni sugestivas para el Enano, puesto que conocía bien la disponibilidad de la raza élfica por la exaltación de aquello que consideraban agradable a la vista. Así que Thorin se permitió sonreír e inclinar la cabeza como agradecimiento.

Entonces continuaron con el viaje. Pasaron por los diferentes sectores de la ciudad. Los espacios habitacionales del reino fueron causa de gran interés para el Enano, puesto que todos gozaban de grandes comodidades y riquezas, incluso quienes pertenecían a los linajes más bajos. Nada parecía estar mal en aquel reino de ensueño, donde los días pasaban como horas, como si el tiempo y las edades transcurrieran en la misma sincronía de crecimiento de los árboles del bosque tan antiguo, pero al mismo tiempo tan lleno de aliento y vida, como las criaturas que lo habitaban. Y se tomaron todo el día en el recorrido, hasta que al término el carruaje se detuvo y Legolas se dirigió de nuevo al Enano –Podemos volver al castillo para tomar los alimentos en este momento, no obstante aún nos queda un lugar del reino que aún no hemos visitado. La elección es suya. – dijo y una sonrisa misteriosa se deslizó por el rostro joven y magnífico.

- ¿A qué tipo de lugar nos referimos? – preguntó dejándose absorber por la curiosidad.

- A los sitios dedicados al entretenimiento, por supuesto. Notará que no hemos pasado por ninguno en nuestro encantador recorrido, pero usted no debe dudar de su existencia. Si así es su deseo, puedo mostrarle lo referido para que se familiarice.

Thorin notó la picardía en la voz del Elfo, pero la oferta era definitivamente tentadora. La ciudad le había resultado hermosa, no obstante aún le faltaba ese espíritu que solo esta clase de sitios eran capaces de proporcionar. Se preguntó si el ambiente en las tabernas sería parecido a todo cuanto veía en el resto del reino… ¿o podría ser que los Elfos perdieran la cabeza como cualquier otra criatura mortal cuando eran capturados por la magia de la cerveza? No lo sabía, pero estaba decidido a averiguarlo.

Y fue así como amparados por la tenue luz plateada que comenzaba a anegar el ambiente, llegaron a su destino luego de diez minutos de marcha. Se apearon del carruaje y Legolas le indicó el camino por un estrecho pasaje entre dos elegantes casas de madera. Y fue cuando llegando al final del camino el Enano vio como se desplegaba ante sus ojos un extenso jardín; altísimos y muy tupidos árboles oscuros estaban dispuestos alrededor como si tratasen de resguardar lo que sucedía en aquel lugar; y por supuesto, Thorin no tardó en reparar el por qué.

No había edificaciones de ninguna índole; la hermosa gente presente en el misterioso sitio estaba tumbada en la hierba entre las elanor, disfrutando de la música y la buena bebida.

Todos y cada uno de ellos en su completa y gloriosa desnudez.

Thorin no supo que decir, simplemente observó a su alrededor absorto de todo cuanto veía en aquel país tan extraño. Los Elfos bebían de hermosas copas de cristal teñidas de rojo, mientras varios sirvientes se encargaban de satisfacer todo capricho y necesidad. La atención del Enano fue atraída por la bella música de un laúd que provenía de su izquierda, y entonces vio como a los pies del bardo de cabello azabache había un grupo de cinco Elfos en medio de una actividad que involucraba más que el simple acto de disfrutar del vino y de la mera compañía.

- ¿Qué significa esto? - dijo, pero su voz a penas fue audible. Los lapislázulis abiertos como platos estaban posados en el Elfo de largos cabellos grises que besaba con ímpetu los firmes hombros de su acompañante sentado sobre sus piernas, quien a su vez era tocado por los demás que estaban a su alrededor. Thorin advirtió que parecían estar dentro de un placentero trance, en el que eran incapaces de advertir todas las miradas que estaban sobre ellos… o quizás, simplemente no les importaba. Pero no eran los únicos, oh no, habían grupos envueltos en las mismas actividades dispersos por todo el jardín.

Legolas notó el marcado rubor que se instaló en las mejillas del príncipe Enano y como la evidente incomodidad invadía cada palmo de su cuerpo, dominando por completo sus gestos y el tono de su voz. - ¿Qué está pasando aquí? – volvió a preguntar, demasiado avergonzado como para ver a su anfitrión a los ojos.

El príncipe Elfo disfrutó unos momentos de la encantadora reacción y luego contestó – Toda esta situación puede parecerle en demasía inapropiada, mi Señor, pero le ruego que no lo tome como una ofensa, no antes de escuchar mis palabras. Sé que su raza es mucho más discreta cuando se trata de los disfrutes pasionales, y suelen practicarlas en la intimidad de los aposentos fuera de cualquier mirada intrusa; no obstante, ese no es nuestro caso. Para mi pueblo no existen razones para sentir vergüenza por todo aquello que nos produce placer, de hecho es algo que dignificamos y practicamos con mucha frecuencia. Es aquí donde nuestra gente se reúne en busca de recreación, sea cual sea la que anhele será apropiadamente atendida.

Thorin llevó su vista de nuevo hacia el grupo a los pies del bardo. El Elfo de en medio era de piel blanca y complexión menuda, nada fuera de lo normal entre su raza; pero tenía algo que llamó en demasía la atención del Enano; era pelirrojo. Las hebras de fuego caían sobre sus espalda y pecho, algunas veces logrando cubrir sus pezones rosas, pero siempre había alguien que se encargaba de mantenerlos alejados de aquella zona tan sensible. En todos los años que Thorin había visitado Mirkwood o se había cruzado con Elfos por el camino, eran pocas las veces que recordaba haber visto a uno con cabellos rojos; tenía entendido que eran tan raros como los Enanos sin barba.

- ¿Quién es? – susurró en un impulso, hipnotizado por aquel escenario. La pregunta no iba siquiera dirigida al príncipe Elfo, pero este la atendió, entendiendo a quién se refería.

- Oh, ese es Elúr. – dijo observando al hermoso Elfo pelirrojo. – Es parte de la corte de mi Señor Padre, pero no proviene de un linaje de mucha importancia, de hecho se trata más bien de un campesino, no obstante fue acogido por el Rey en persona.

Aquello hizo explotar la burbuja ilusoria en la que se encontraba inmerso y observó a Legolas a los ojos - ¿por qué? – inquirió. No es que estuviera molesto, simplemente le interesaba saber si aquel "acogimiento" tenía algo que ver con el lecho de Thranduil, aunque sabía que si ese era el caso el príncipe no se lo diría, pero no necesitaba escucharlo de su boca para caer en cuenta.

- Un Elfo de cabellos rojos es realmente inusual entre nuestra gente y tenemos la creencia de que atraen buena suerte. Los reyes siempre procuran tener a su servicio a alguien con estas características, porque su nacimiento señala la fortuna y buenaventura del reino.

Thorin continuó observándolo. Estaba sentado sobre las piernas del Elfo de cabello plateado y recibía de buena gana todas las caricias de las manos que lograban tocarlo. Se colaban por su largo cuello, entre sus hebras escarlatas, se paseaban por el pecho, en el abdomen, sobre los labios rosas, entre las piernas… el Elfo que lo sostenía le susurraba palabras al oído y Thorin reparó que Elúr no solo estaba sentado sobre él, sino que movía las caderas lentamente a veces en movimientos casi imperceptibles, mientras su compañero separa sus glúteos. Entonces sus ojos cayeron sobre la erección entre sus piernas. Los vellos rojos alrededor del miembro también recibían gran atención y las bocas esperaban impacientes el turno de aprisionar su rigidez.

- Mi Señor ¿desea compartir una copa? – preguntó Legolas – podemos instalarlos donde usted se sienta más cómodo, el jardín es lo suficientemente extenso.

Thorin se permitió sonreír y contestó – Estoy agradecido por el paseo, ha sido causa de gran deleite; no obstante ahora me gustaría volver al castillo. – El Enano le echó un último vistazo al Elfo de cabello rojo y de súbito le embargó la remembranza. También en Erebor tenían un amuleto de la buena suerte, si es que los Enanos creyeran en esos cuentos. Cuando volviera tendría que enfrentarse a Elim, y romper aquella promesa tan egoísta e irreflexiva que había hecho aquella mañana. No estaba seguro del todo como iba a afrontar la situación, pero era algo que tenía que hacer, puesto que su corazón ahora le pertenecía por completo a otro.

Legolas lo observó. Los ojos azules estaban fijos en la misma dirección, pero no lucían hambrientos de placer ante aquel escenario, todo lo contrario, lo que el Elfo percibió no fue más que una misteriosa congoja. - Por favor sígame. – exclamó y los dos comenzaron a caminar hacia el carruaje. El trayecto de regreso se hizo en su mayoría en silencio y Legolas no quiso perturbar a su invitado más de lo prudente, así que permitió que sus pensamientos vagaran por otros rumbos, esos que él desconocía por completo pero que por alguna razón se sentía tan interesado. Sus ojos se mantuvieron sobre el Enano todo el camino.

Sus grandes manos yacían sobre sus rodillas, y su posición era firme y disciplinada a pesar del ambiente cómodo e intimo que le rodeaba, dejando en evidencia su rango de soldado. El cabello rizado era negro como una noche sin estrellas, acentuado de manera tan extraordinaria por los hermosos ojos azules distantes e imposibles… De nuevo llevó su vista hacia las manos tan características de su raza, fuertes, nudosas, que manifestaban una masculinidad extrema… sí, el príncipe de Erebor era portador de una belleza muy distinta, y sin duda irresistible. Se preguntó si su padre habría reparado en todo aquello… él que era tan aficionado a las cosas bellas.

Llegaron a la entrada del castillo, frente a los robles blancos. Thorin se bajó primero del carruaje y para sorpresa de su anfitrión, le ofreció una mano en ayuda. Legolas se aferró a ella, sintiendo como los gruesos y ásperos dedos se prensaban alrededor de la suya. El toque fue rudo, aunque no a propósito. – Agradezco la atención. – dijo dedicándole una sonrisa sincera, no obstante el Enano a penas y contestó el gesto, como parecía ser su costumbre.

- Y yo le agradezco por el recorrido, mi Señor, espero poder devolver el gesto algún día, cuando usted nos honre con su presencia en Erebor, donde siempre será bien acogido. – contestó con franqueza, Legolas agradeció por la invitación y al cabo ambos entraron juntos al castillo.

Lo primero que vieron fue a la alta y magnífica figura de pie en medio del salón del trono. Mientras se acercaban, los ojos de Thorin brillaron y sin poder evitarlo sus labios se extendieron para dedicar una de sus más íntimas sonrisas. No importaba cuantas cosas dignas de llamarse bellas hubiese visto ese día, nada podía compararse con la presencia de aquel que amaba.

Esta vez iba completamente envuelto en plata, su joya favorita. Sus antiguos ojos celestes miraron con gran devoción al Enano mientras este escuchaba la dulce voz dentro de su cabeza "Te extrañé con desenfreno, meleth nín."

- Mi Rey. – saludó Legolas hincando la rodilla delante de su padre. Thranduil se acercó indicándole que se levantara. Acarició amorosamente el rostro de su hijo y de nuevo le depositó un suave beso en los labios. Intercambiaron algunas palabras en Élfico que Thorin no pudo entender pero que le resultaron hermosas al oído.

- ¿El príncipe Thorin a disfrutado del recorrido? – preguntó sonriente observando directo al Enano.

- En gran medida, Alteza. El príncipe Legolas es un esplendido guía. El viaje resultó ser muy… revelador. – contestó permitiendo que un pequeño tono de picardía envolviera sus palabras. Thranduil sonrió aún más y dijo – Pues no puedo esperar para escuchar sus impresiones. Ahora mismo tomaremos los alimentos si se siente de humor. – Entonces se dirigió a su hijo y la mirada que le dedicó conmovió en sobremanera al Enano. – Acompáñanos esta noche, amado hijo mío. – Los largos dedos del rey se paseaban por el suave perfil de su hijo. – Es un honor, Padre. – contestó con una expresión cargada de amor auténtico. Thranduil asintió levemente con la cabeza y los tres se dirigieron entonces hacia las estancias privadas del rey.