Noche en Cardasia Capital

Son muchas más las estrellas de lo que pudieras imaginar, y en la quietud de la noche su presencia recuerda la nimiedad de lo individual y la certeza del conjunto. En el cielo nocturno de Cardasia Capital, en estos años de postguerra en los que la metafísica es un lujo, las estrellas parecen tantas como las almas caídas, y cada una parece resplandecer en honor a algún ánima desconocida cuyo nombre susurra, entre sollozos, una madre, un padre, un hermano, un esposo, un amante, un amigo...

Brillan, no obstante, con cierta cadencia, como ejecutando todas ellas una sinfonía visual de esperanza y belleza, dirigidas por el esfuerzo y la constancia de un pueblo devastado intentando resurgir de sus cenizas.

Es de noche y, en Cardasia Capital, una suave brisa recorre las torres derruidas acariciando las columnas quebradas. Las acaricia como una madre que, aún no siéndolo, posa su mano sobre el prometido vientre, el augurio de la felicidad en los labios, el amor más puro en el corazón: "Pronto vendrás a la vida tú, y serás la más hermosa de las criaturas".

La brisa invade las calles, recorre los rincones, suspira entre los cabellos, susurra en los oídos y vuela sigilosa revolviendo los olores en un trágico festejo aromático de sudor arduo, cemento y ceniza, lágrimas y sollozos, alientos y desalientos. Y mientras la brisa juguetea con la desgracia prometiéndole un respiro de aire puro, el silencio gobierna las ondas del aire, concediendo a su naturaleza la posibilidad de su existencia. No, en la Cardasia de la posguerra el silencio no es la ausencia de sonido sino todo lo contrario, como cuando el ánimo y el corazón tienen tanto que decir que las palabras son pocas, pequeñas, incapaces. Es un grito ahogado y callado, pero un grito al fin y al cabo porque significa, el silencio significa*.

En la noche de Cardasia Capital la opacidad de las formas parece diluirse en la transcurso de la hora como trazadas por un lápiz obtuso de colores vagabundos. En el horizonte azabache se funden en la más oscura de las orgías mientras los destellos estelares parecen los furtivos besos de la pasión prohibida. Sólo que no es lujuria ni deseo, sino la copulación impúdica de lo real y de lo necesario.

Y mientras piensa en la incandescencia de las estrellas cuyo aroma trae la brisa en el silencio de la noche más sombría, llevando la taza a sus labios cierra los ojos un instante sumergiéndose en la sensación del dulce skien entrecortando la tenue amargura del té de riska. Sonríe: el silencio ha sido interrumpido por el deslizarse de la puerta y los pasos, intensificándose, sugieren que el recién llegado se aproxima.

Apoyado en el quicio de la ventana suspira deleitado por la sensación del instante previo al intstante, cuando el alma se encuentra en perfecto equilibrio y a la espera del obsequio más ansiado:

- ¿Elim? – pregunta al fin.

- ¡Ah, Julian! Siento mucho haber vuelto tan tarde, en el ministerio...

- No importa – le interrumpe cogiendo sus manos y trayendo su figura al halo luminoso delos astros -. No importa en absoluto, Elim.

FIN

* Paráfrasis de un verso de V. Aleixandre en "El último amor" el cual reza: "porque significan, las palabras significan".