Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, sólo la trama es mía.


El día menos pensado

Capítulo 1

Me desperté a causa del punzante dolor que invadió mi cabeza. Abrí los ojos con lentitud y me los froté con el dorso de la mano. Me incorporé lentamente y respiré hondo en un vano intento por hacer desaparecer aquel dolor. Me estiré como un gato y bostecé justo antes de mirar el reloj: eran las ocho menos diez de la mañana, por lo que decidí levantarme para aprovechar el tiempo. Aquel día comenzaba a trabajar en una pequeña tienda de ropa que se me hacía extrañamente conocida, pero no terminaba de saber por qué.

Nada más ponerme en pie me dirigí a mi armario para elegir la ropa que me pondría aquel día, y fruncí el ceño cuando, al abrirlo, me di cuenta de que había una zona en la que no había ropa. Todas mis prendas se encontraban perfectamente ordenadas en un lado, pero el otro estaba vacío. Era como si alguien que hubiese tenido allí su ropa la hubiera quitado. Parpadeé seguidamente, sorprendida, pues yo vivía sola y, que supiera, nadie había colocado su ropa en mi armario aparte de mí. Sacudí la cabeza y me obligué a olvidarme del asunto. Seguramente había sido yo, que había colocado algo de mi ropa en otro lugar y se me había olvidado.

Cuando escogí las prendas que usaría aquel día me metí en la ducha y al salir me vestí, me peiné, me maquillé y me dirigí a la cocina para desayunar. Me encontré un papel sobre la mesa en el que decía, con una letra que supuse que era la mía, que aquel día tenía que ir a trabajar a las nueve (cosa que ya sabía) y que a la una y media había quedado con mis padres para comer (cosa de la que no me había acordado hasta ese momento). Después de tomarme mi café y una pastilla para el dolor de cabeza, me aseguré de llevarlo todo en el bolso y salí de casa cerrando la puerta con llave. Bajé las escaleras, sintiéndome extrañamente feliz, y salí a la calle sonriendo ante el esplendoroso sol que coronaba el cielo aquella mañana. Comencé a caminar sin prisa, pues aún tenía quince minutos para llegar a la tienda, hasta que, sin darme cuenta, choqué contra alguien. El golpe me obligó a trastabillar hacia atrás, pero una mano se aferró a mi muñeca con fuerza justo antes de que perdiera totalmente el equilibrio.

– ¡Dios! ¡Lo siento mucho! ¿Se encuentra bien? –me preguntó con preocupación una voz que se me hizo chocantemente conocida.

Alcé la cabeza y me topé de lleno con un par de ojos verdes que me observaban con inquietud. El propietario de aquellos ojos era un hombre que tendría más o menos mi edad, tal vez un par o tres de años más, con el cabello rubio y ligeramente ondulado en las puntas. Tragué saliva con dificultad y asentí en silencio, algo avergonzada por haberme quedado sin palabras por culpa de un hombre tan atractivo.

Cuando al fin pude recuperar el habla le dije:

–Sí, no se preocupe… Ha sido culpa mía. No miraba por dónde iba, y… –me dije que me callara, que a él no le interesaba mi vida. –Discúlpeme usted a mí.

Me di cuenta de que su mano aún rodeaba mi muñeca, y cuando el hombre se percató de ello me soltó, para mi desgracia. Aparte de eso, me fijé en que llevaba en su otra mano un ramo de lirios

–No ha sido nada –me respondió él con una sonrisa que consiguió ponerme aún más nerviosa.

–Qué ramo tan bonito –no pude evitar decirle sin quitarle un ojo a las flores.

– ¿Le gusta? Son para mi esposa.

Aquella respuesta me desilusionó bastante, la verdad, pero, ¿qué esperaba? ¿Que fueran para mí? Además, no me extrañaba que alguien como él estuviese casado. Sería demasiado extraño y perfecto que no lo estuviera.

–Son preciosas. Seguro que a su esposa le encantarán.

–Gracias –me agradeció. Sin que me lo esperara, arrancó una flor del ramo y me la tendió. –Tenga, esto es para que me disculpe por haber estado a punto de hacerla caer antes.

Parpadeé seguidamente, anonadada.

–No es necesario, de verdad, no ha sido nada –le respondí a pesar de que me moría por aceptar su regalo.

–Pero podría haber sido algo, y si no acepta la flor me sentiré terriblemente culpable –aquel comentario me hizo reír, por lo que acepté la flor que me ofrecía y me la llevé a la nariz. Olía maravillosamente.

– ¿Sabe? Los lirios son mis flores favoritas, así que muchísimas gracias.

–Muchísimas de nada. Ha sido un placer hablar con usted, señorita…

Sonreí levemente al darme cuenta de que estaba usando el típico truco para que le dijera mi nombre. Y no me parecía adecuado flirtear con un hombre casado, pero él tenía algo que me atraía irremediablemente sin que pudiera evitarlo.

–Alice Brandon –le tendí la mano y él la estrechó, satisfecho.

–Yo soy Jasper Whitlock.

Su nombre, al igual que me había ocurrido con su voz al principio, se me hizo conocido. Era como si ya hubiese estado con aquel hombre en otra ocasión, pero sacudí la cabeza cuando pensé que lo que realmente me ocurría era que me estaba volviendo loca.

–Encantada de conocerle –por hacer algo se me ocurrió mirar mi reloj, y mis ojos se abrieron desmesuradamente al darme cuenta de que llegaba tarde. –Lo siento mucho, pero he de ir a trabajar. ¡Adiós! –me despedí de él con prisa y, sin esperar a que me respondiera, eché a correr en dirección a la tienda.

Por suerte, Maggie, mi jefa, no era una mujer irascible ni tampoco muy estricta, y a pesar de que llegué casi diez minutos tarde, no me echó la bronca. Sólo me aconsejó que procurara llegar a mi hora cada día. Aquella era una de las ventajas de ser amiga de la jefa y, por otra parte, me veía en la obligación de ser responsable ya que había sido ella quien me había dado el trabajo.

En uno de los momentos en los que la tienda se quedó vacía, me puse a observar detenidamente la flor que el señor Whitlock me había regalado. La había colocado en un jarroncito con agua sobre el mostrador para que no se marchitara, y me acerqué a ella para volver a inhalar su aroma. En cuanto su fragancia llenó mis fosas nasales, me vino una imagen a la cabeza: la imagen de las manos de un chico joven, quizás un adolescente, entregándome un ramo de lirios. No fui capaz de reconocer al muchacho sólo por sus manos, y tampoco comprendí por qué tuve esa especie de… visión. No entendía nada.

–Tienes un admirador que te regala flores, ¿eh? –la voz suave de Maggie me devolvió de golpe a la realidad y me hizo incorporarme de repente, pues había estado varios segundos inclinada frente al lirio.

–Oh, no… No me la ha dado ningún admirador –le respondí con una sonrisa nerviosa.

– ¿Ah, no? Pues dime qué desconocido regala flores a las mujeres, porque iré a buscarlo ahora mismo –bromeó haciéndome reír.

Le expliqué resumidamente lo que me había sucedido por la mañana, y ella me escuchó atentamente sentada sobre el mostrador.

–Caray, parece que le has gustado al tal señor Whitlock.

–Qué va, Maggie… Está casado, y muy felizmente, seguro.

Maggie se encogió de hombros dedicándome una mirada que consiguió ponerme nerviosa.

– ¿Qué?

– ¿Qué de qué? –me respondió ella con otra pregunta.

– ¿Por qué me miras así?

– ¿Así cómo?

–No sé, como me estabas mirando ahora.

–Te miraba como miro a todo el mundo.

–No es cierto –la contradije. –Me mirabas… de una forma rara.

–Por supuesto que no, Alice.

Quise volver a contrariarla, pero en aquel momento entró una clienta en la tienda y tuvimos que dejar la charla. No obstante, en toda la mañana no se me olvidó aquella mirada que Maggie me había dedicado.

A la una salí de la tienda y me dirigí a casa de mis padres, que vivían a sólo dos manzanas de allí. Nada más llegar me recibieron con besos y abrazos cariñosos, y me dispuse a ayudar a mi madre en la cocina. Me había llevado la flor conmigo, y mi madre la estudió detalladamente en cuanto me vio con ella.

– ¿Y esa flor tan bonita?

Me sonrojé cuando le expliqué a ella también el encontronazo con el tal Jasper, y ella se rió cuando terminé de hablar.

–Pero está casado, mamá.

–Yo no he dicho nada.

–Pero te conozco, y sé que habrías dicho algo como: "seguro que se ha prendado de ti", o algo por el estilo.

Mi madre se rió entre dientes y me pellizcó suavemente la mejilla. Colocó la flor en un vaso con agua y después nos sentamos a comer. Mi padre me habló de algunas novedades sobre su trabajo y mi madre me preguntó cómo me había ido en la tienda. Después, e ignorando mi negativa, le explicó a mi padre la anécdota de la mañana con la flor y con Jasper.

–Mamá, no ha sido para tanto –me quejé

–Bueno, no todas las mañanas un hombre guapo te regala una flor, ¿no? –se defendió ella.

–No, pero ¿qué más da? Estás haciendo una montaña de un grano de arena –comenté fastidiada, removiendo mi comida con el tenedor.

–No te enfades, cariño, sólo quería compartir esa anécdota con tu padre.

Alcé la cabeza y los miré a ambos con las cejas arqueadas. Me di cuenta de que tanto mi madre como mi padre me estaban observando con mucho interés, como si estuviesen esperando a que ocurriera algo insólito. Era la misma mirada que me había dedicado Maggie horas atrás.

– ¿Se puede saber por qué me miráis así?

Mis padres se miraron de reojo sorprendidos, como si acabara de pillarles haciendo algo malo, y después volvieron a fijar su vista en mí.

– ¿Así? –habló mi padre, y después carraspeó. –No te miramos de ninguna forma.

Me cansé de tanto secretismo, por lo que solté el tenedor y el cuchillo consiguiendo que repiquetearan contra el plato.

–Bueno, ya está bien de tanta tontería, ¿qué diantres pasa?

–Alice, no pasa nada –intervino mi madre usando un tono tranquilizador.

La miré durante unos segundos en silencio y después suspiré.

–No sé qué le pasa hoy a todo el mundo. ¿Es que me he maquillado mal?

Mis padres se rieron entre dientes, y me fijé en que parecían algo más tranquilos que un par de minutos atrás.

–Claro que no, cariño, estás tan guapa como siempre.

Sonreí ante el cumplido de mi padre, pero no pude evitar seguir dándole vueltas a la actitud tan extraña que tenían todos hacia mí. Tal vez sólo eran imaginaciones mías y era cierto que me estaba volviendo loca, pero juraría que sucedía algo que no me estaban contando. Sin embargo, después pensé que Maggie no conocía a mis padres ni ellos la conocían a ella, por tanto, dudaba que estuviese sucediendo algo relacionado con todos ellos que no me quisieran contar…

De regreso a la tienda comenzó a dolerme de nuevo la cabeza; aquel dolor punzante que me asediaba en los momentos menos oportunos. Nada más entrar Maggie se acercó a mí con rapidez, preocupada al verme presionar una de mis manos contra mi cabeza, justo donde palpitaba con fuerza aquel dolor.

– ¿Alice? ¿Qué te ocurre?

–No es nada… Sólo me duele la cabeza.

– ¿Traes pastillas para aliviar el dolor?

–No… Creo que las tengo en casa.

–Entonces vete a casa, tómate una y descansa hasta mañana.

Observé a mi jefa con el ceño fruncido.

–Es mi primer día de trabajo, Maggie. No puedo marcharme…

–Claro que sí, te lo ordeno yo que soy tu jefa –exigió con voz autoritaria. –Llamaré a un taxi para que te recoja y te lleve a casa.

–Maggie, no es necesario, ya se me pasará.

–Alice, esto no es negociable. Te vas a casa y se acabó, ¿de acuerdo?

Asentí en silencio, sin tener ganas de discutir más cuando el dolor en mi cabeza de agravó.

Al cabo de quince minutos estuve en mi casa tomándome una pastilla y, después, sin tener ganas ni verme capaz de hacer nada, bajé todas las persianas de mi habitación, cerré la puerta y me metí en la cama tapándome hasta arriba con las mantas.

Me desperté a la mañana siguiente con el estómago vacío hasta más no poder. Había dormido un total de quince horas y no había merendado ni cenado nada durante el día anterior. No sabía cómo el hambre no me había despertado antes. Después de ducharme me tomé un desayuno consistente a base de zumo, tostadas y galletas, y salí de casa deseando que el dolor de cabeza me diera tregua aquel día.

Me sorprendió gratamente toparme con el señor Whitlock en el mismo lugar que el día anterior y darme cuenta de que llevaba en la mano otro ramo de lirios.

–Señorita Brandon, buenos días –me saludó levantándose del banco en el que había estado sentado.

–Me alegro de que hoy no nos hayamos chocado –fue mi estúpido comentario, pero al menos le hice reír.

–Yo también. ¿Qué tal se encuentra?

–Bastante bien, gracias. ¿Y usted?

–Algo incómodo, la verdad.

– ¿Por qué? –le pregunté con curiosidad.

Se metió la mano libre en el bolsillo, como si estuviese nervioso o tuviera vergüenza.

–Porque a pesar de que nos conocemos desde hace poco y sé que es normal que los desconocidos se traten de usted… a mí no me gusta demasiado esa formalidad y, además, aún somos jóvenes para tratarnos así. ¿Le importa si nos tuteamos?

No supe qué responderle, pues tutearle significaría que ya nos teníamos confianza, y bueno… apenas nos conocíamos. No obstante, no pude decirle que no.

–No me importa.

Sonrió ampliamente, y fue entonces cuando me di cuenta de que una de las cosas que más me habían cautivado de él había sido su sonrisa. Me dije que estaría bien que dejara de mirarle embelesada y que le dijera algo o que me marchara de allí antes de que se diera cuenta de mi atontamiento. Decidí seguir hablando con él, por supuesto.

– ¿Esperas a tu esposa?

–Sí.

– ¿Le gustó el ramo de ayer? Imagino que sí, porque veo que le has comprado otro.

Jasper permaneció en silencio durante unos segundos, mirándome fijamente.

–La verdad es que no pude darle el de ayer.

– ¿No?

–No encontré la ocasión porque no vino a nuestro encuentro.

–Vaya… ¿Está de viaje?

–Se podría decir que sí.

No entendí su respuesta, pero me dije que preguntar más ya sería entrometerme demasiado en su vida.

–Espero que puedas entregarle el ramo hoy. Al igual que los de ayer, son unos lirios preciosos.

Jasper volvió a sonreír, levemente esta vez, y de nuevo arrancó una flor del ramo y me la entregó.

–Señor Whit… Jasper, no puedo aceptar otra flor. Esta vez no tengo que disculparte nada.

–La de hoy te la regalo porque me apetece. Acéptala, por favor.

Acepté su obsequio mordiéndome el labio, sin saber si estaba haciendo lo correcto. Él era un hombre casado, y yo tenía la sensación de estar haciendo algo que no debía.

–Muchas gracias –miré mi reloj de nuevo, como había hecho el día anterior, y volví a darme cuenta de que llegaba tarde. –Lo siento, pero…

–Tienes que ir a trabajar, entiendo –terminó la frase por mí con voz suave. –Hasta pronto, Alice.

No supe si aquélla despedida guardaba un significado oculto; no sabía si me estaba diciendo que realmente volveríamos a vernos pronto, pero yo me marché de allí con las mejillas sonrojadas y con una sonrisa tonta en el rostro.

Respiré hondo al llegar a la tienda, pues aquél día había conseguido llegar a mi hora. Como aún no había nadie a quien atender, me coloqué tras el mostrador y me apoyé en él de espaldas a la puerta, sujetando contra mi pecho la flor que Jasper me había regalado aquella mañana. Maggie, que se encontraba en la trastienda, se asomó al escucharme suspirar sonoramente.

– Alice, ¿qué ocurre?

La miré mordiéndome de nuevo el labio inferior y aferrándome con fuerza a la flor que sujetaba entre mis manos.

–Te parecerá una locura, Maggie… Pero creo que me estoy enamorando de Jasper Whitlock.


¡Hola, hola!

Sé que dije que volvería con "So she dances", y a pesar de que no he cambiado de opinión porque no tardaré en empezar a subir los capítulos, no pude resistirme a escribir esto... Se trata de un short-fic que sólo tiene dos capítulos, así que en el siguiente ya sabréis el desenlace de esta historia tan cortita. Como siempre, me gustaría que me dierais vuestra opinión con un review para saber si estoy haciendo bien mi trabajo (quizá logréis entenderme en el siguiente capítulo ;P)

Espero que os haya gustado el primer capítulo de esta nueva historia y que no dudéis en decírmelo si así ha sido (y si no también, por supuesto). Imagino que a más tardar subiré el desenlace la semana que viene, así que no desesperéis ;)

¡Hasta pronto! Xo