Estaban los dos en el embarcadero.

Esa noche, tras la cena, habían ido alli. Y ahora, con los pies descalzos y rozando el agua con los dedos ambos miraban el horizonte. Los últimos rayos de sol se escondían tras las montañas y comenzaba a oscurecer, y a refrescar un poco. Apolo hacía bien su trabajo, como siempre.

Si levantabas la cabeza podías ver millones de estrellas y constenlaciones.

¿Quieres?

Percy le ofrecia un poco de coca-cola. Negó con la cabeza y sonrió. No tenía ni idea de como la conseguia, de los Stoll, seguramente.

Miró como el volvia su cara al frente y fruncia levemente el ceño. Por primera vez, se planteo en serio lo que habria pasado si Percy no hubiera vuelto a su lado.

Le comenzaron a pasar miles de cosas por la cabeza. Y miles de sentimiento. Pero sobretodo tuvo unas tremendas ganas de llorar. Llorar y limpiar su alma de todo el miedo y la frustación que la habian acompañado constantemente durante todos esos meses.

No – se dijo – si no he llorado antes, no voy a llorar ahora.

Pero no pudo evitar que sus ojos comenzaran a desbordarse. Entonces apoyó su cabeza en el hombro de Percy.

No sabes cuanto necesitaba que volviéramos a estar juntos.

Tras unos segundos de intenso silencio, notó un fuerte brazo alrededor de sus hombros y unos labios finos sobre su frente. Sonrió. Un cosquilleo se extendió por su cuerpo y las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas, ya no intentaba frenarlas.

Ella no quería salir nunca de ese abrazo; y el no pensaba dejarla ir de nuevo.

Siempre y cuando estemos juntos.