Una nueva historia, espero les agrade, saluditos ^^


Historia Original de Kristine Rolofson

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¿De quién es esta niña?

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CAPITULO UNO

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Lunes, Dieciséis de Diciembre

Havre, Montana

«Cuida bien de ella»

Aquellas habían sido las palabras de Zafiro por teléfono. Estaba claro que haría lo que le había pedido Zafiro. Era su deber como hermano, y Darién Stone se tomaba los deberes familiares muy en serio. Tal vez algunos dirían que demasiado en serio. Mientras avanzaba por la estación de tren llena de gente que llegaba o que se marchaba a pasar las vacaciones, Darién se decía que eso no tenía nada de malo. Un hombre debía cuidar de los suyos.

Darién se fijó en la variada muchedumbre. Había muchos esquiadores. En Montana siempre había esquiadores que se dirigían a algún lugar del estado. Darién volvió la cabeza para echarle un segundo vistazo a una pelirroja de piernas largas con unos esquís en la mano, pero continuó avanzando hacia el panel donde se anunciaban las salidas y llegadas de los trenes. El tren llamado Empire Builder de Chicago acababa de entrar.

Se llamaba Serena Briggs, y era especial. Darién deseó que Zafiro le hubiera dado más detalles, pero la tía Petzi se había puesto al teléfono y había empezado a hablar de galletas y regalos y de lo mucho que a Artemis le gustaba la navidad. Zafiro no había podido añadir más atributos a su invitada misteriosa, pero todos en el rancho asumían que Zafiro había encontrado finalmente una mujer. Una mujer especial, según él mismo había dicho.

Mientras Darién miraba a su alrededor en el vestíbulo, deseó que su hermano pequeño le hubiera dado una descripción mejor de su invitada. Había dicho algo de una cazadora roja, pero mamá le había quitado entonces el teléfono a Petzi y le había preguntado a Zafiro si prefería el verde musgo o el verde agua para las paredes de la habitación de invitados. Entonces el tío Jed se había puesto por la extensión de la cocina y le había preguntado si la futura invitada jugaba al bridge.

En ese momento a Zafiro se le había estropeado el móvil, y la conexión se había cortado segundos después, Darién le habría preguntado por qué la mujer había escogido hacer un viaje en tren de tres días de duración en lugar de tomar un avión a Great Falls, que era lo que Zafiro haría el día siguiente para pasar la navidad en casa.

También le habría preguntado a su hermano cómo la había conocido. Y por qué la había invitado a pasar la navidad en el rancho, aunque Zafiro siempre invitaba a la gente a visitar Graystone. Su hermano, un aventurero nato, hacía amigos por donde iba. Pero hasta entonces nunca había invitado a casa a una mujer sola.

De modo que a la tarde siguiente, Darién condujo los ciento ochenta kilómetros que los separaban de Havre, una ciudad al sur de la frontera canadiense, a buscar a una extraña.

Casi había tenido que atar a su madre a la silla de la cocina para impedir que lo acompañara.

− Entonces tendré preparada la cena – había dicho Lita Stone mientras le echaba una mirada de reojo a la tía Petzi, que estaba enchufando su receptor de radio sobre la encimera. – Aunque no me habría importado salir de casa un rato.

Darién continuó buscando con la mirada a una mujer especial que podría o no llevar un abrigo rojo. Debería haberse llevado un letrero con su nombre que utilizaban los chóferes. La ocurrencia lo hizo sonreír.

Rodeó un grupo grande y atisbó un pedazo de abrigo o cazadora de color rojo y una melena rubia un poco ondulada y apenas debajo de los hombros, y se apresuró hacía ella. Si se diera la vuelta, iba pensando, el menos podría preguntarle si estaba esperando a un tal Darién Stone.

Se volvió hacía él, casi como si hubiera oído su ruego silente. Tenía una cara hermosa, la tez pálida y los ojos grandes y azules, y a Darién le pareció casi perfecta. El abrigo rojo, su edad y su expresión, como si estuviera esperando la ayuda de alguien, le dieron la seguridad de que había dado en el clavo.

Cuando aquella joven tan preciosa y de aspecto frágil lo vio a unos metros de ella, abrió los ojos como platos. Darién sabía que nadie podría negar el parecido entre los miembros de la familia Stone. Zafiro y él se parecían a su padre, aunque Zafiro era más delgado. Darién sonrió, pero al ir a saludar a la mujer lo interrumpieron dos señoras mayores que le bloquearon el paso con sus maletas mientras agitaban la mano hacia la salida. Darién fue a ayudar a las hermanas Bailey, viejas amigas de la familia, que se habían mudado a Havre hacía unos años.

− Eres igual que tu abuelo – le dijo una de ellas –. Reconocería ese mentón de los Stone en cualquier parte.

− ¿Están buscando a alguien? – les preguntó Darién, deseoso de poder verse libre para recibir a su invitada propiamente.

− Allí está el señor Perkins – le dijo una hermana a la otra –. Ha venido a recogernos, pero no creo que nos haya visto aún.

− Creo que el portero viene a recogerles las maletas – dijo Darién –. De modo que quédense donde están.

− Gracias, querido – le dijo la más alta –. Por favor, felicita a tu madre de nuestra parte.

− Sí, señora – contestó mientras se tocaba el sombrero texano momentos antes de darse la vuelta hacia la belleza de cabello rubio.

Pero al ver que la mujer del abrigo rojo había volado, Darién se asustó enseguida. Él no era un hombre que se asustara con facilidad, pero desde luego no quería perder a aquella invitada tan especial para su hermano.

Darién se abrió paso entre la muchedumbre cada vez más escasa y vio a la mujer del abrigo rojo sentada en un banco junto a la pared con un rebujo de mantas sobre el regazo. Tenía la cabeza inclinada hacía atrás, sobre la pared, casi como si se hubiera resignado a descansar allí durante mucho tiempo. Agarraba el rebujo que tenía en sus brazos como si fuera su posesión más preciada.

Aquella vez empezó llamándola por su nombre.

− ¿Serena Briggs? – como la mujer no se inmutó lo dijo en voz alto –. ¡Serena! – repitió, satisfecho al ver que ella alzaba la cabeza y lo miraba a los ojos.

Sonrió, aunque en ese momento sintiera como si le hubiera caído encima un relámpago, allí en plena estación. Cuando ella lo saludó volvió a recrearse en lo guapa que era. Darién terminó entonces de salvar la distancia que los separaba.

− Usted es Serena Briggs, espero – le dijo.

− Sí. ¿Y usted es Darién Stone?

− Eso es.

− Me alegro de verlo.

− Lo mismo digo.

Darién deseó haberse llevado algún almohadón, la mujer parecía lo bastante cansada como para dormir todo el trayecto de regreso al rancho.

− Lo he visto hace un momento – le dijo con su voz baja y suave – Pero como se entretuvo saludando a esas señoras mayores, pensé que me habría equivocado de persona.

− Me parezco demasiado a mi hermano como para poder engañar a nadie – dijo Darién, preguntándose por qué tendría ganas de levantarla en brazos para llevarla hasta el coche.

− Zafiro me dijo que lo reconocería en cuanto lo viera, pero no le creí.

− Vamos – fue a recoger la maleta grande que estaba a los pies de Serena –. Salgamos de aquí.

− Me encantaría – dijo mientras se colocaba mejor el rebujo que tenía en brazos.

Fue entonces cuando él se asomó a mirar y vio la carita rosada de un bebé dormido. El corazón dejó de latirle unos segundos, lo suficiente como para asustarlo, y se quedó mirando al bebé que la invitada de su hermano llevaba en brazos.

− ¿Zafiro no le dijo que tenía una hija?

− No – Darién levantó la vista – La conexión telefónica no era buena, además se cortó de pronto.

− Me dijo que no pasaría nada, que a nadie lo importunaría.

− A nadie va a importunar – le respondió, maldiciendo en silencio a su hermano por no haberle avisado.

Serena se puso de pie, pero el bebé ni se movió.

− El asiento de bebé para el automóvil también es mío – dijo la mujer, de modo que Darién se hizo también cargo de ello.

Mientras conducía a la mujer hacia la salida se iba diciendo que aquel bebé no era de Zafiro. Era imposible que su hermano le hubiera ocultado a la familia algo tan importante durante tanto tiempo. Además, si fuera hija de Zafiro, Serena Briggs ya sería la señora de Stone y estaría viviendo en el rancho Graystone.

− La maleta tiene ruedas – le dijo Serena –. Puede agarrarla del asa y…

− Así es más rápido – contestó con la maleta y el asiento del bebé en la mano – Vaya hacia la puerta. Yo voy detrás.

Estaba lo bastante cerca como para rozarle la melena con dedos, claro que no lo hizo. Zafiro le había dicho que aquella mujer era especial. Esa mujer era de Zafiro y debía ser, ante todo, protegida. Aunque fuera una extraña con un bebé.

Su madre iba a ponerse la mar de contenta. Hacía años que quería tener nietos, desde que sus hijos habían sido lo suficientemente mayores para casarse y llevar novias la rancho. Pero hasta el momento no había habido ninguna. Los varones Stone no parecían inclinados a sentar cabeza.

Serena se paró delante de la puerta y se afanó en colocar mejor las mantillas que cubrían al bebé, y Darién se adelantó para abrirle la puerta. Al salir el viento frío los golpeó con fuerza, y Serena se echó sobre el bebé, totalmente ajena al detalle de que Darién le había echado el brazo por los hombros de camino al estacionamiento. Cuando dieron la vuelta al edificio el viento disminuyo un poco, y él le retiro el brazo de la espalda.

− Así que esto es Havre – dijo, mirando al otro lado de las vías hacia un restaurante conocido por vender comida a los viajeros que continuarían hacia el oeste después de una parada en el norte de Montana.

− ¿Quieres que demos una vuelta por la ciudad?

Ella se estremeció.

− Otro día.

− Entonces, marchémonos – dijo Darién mientras cruzaban de nuevo la calle, colocándole otra vez la mano sobre la espalda.

Le pareció menuda y delicada, como si el viento del norte pudiera levantarla y llevarla hasta Wyoming de no tener un bebe en brazos. ¿Por qué habría Zafiro invitado a esa mujer y a su bebe s Graystone? Su hermano tendría que responder a muchas preguntas.

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Serena decidió que cualquiera que los viera se daría cuenta enseguida de que eran hermanos. Pero al observarlos más detenidamente, se darían cuenta de las diferencias. Los dos tenían el cabello negro, hombros anchos y ojos azules, aunque los de Zafiro eran un poco mas claros y pequeños, en cambio Darién los tenía grandes y de un azul profundo que invitaba a perderse en ellos. Y ambos caminaban por la vida con la misma seguridad en sí mismos.

Cuando llegaron a la furgoneta de Darién, este las ayudó a acomodarse en el amplio asiento del pasajero, y después fue al otro lado para ver cómo podría instalar el asiento de bebe en el asiento trasero.

− Es un viaje largo – fue todo lo que dijo el hombre –. ¿Quieres sentarla antes de que nos pongamos en camino?

− Sí. Muchas gracias.

Al instante estaba junto a su puerta para ayudarla a bajar. Serena ajustó los cinturones al cuerpo diminuto de su hija, mientras pensaba con alivio la suerte que tenía de que Hotaru siempre se durmiera en el coche.

− ¿Listas?

− Sí – contestó Serena.

El sábado por la tarde, cuando Zafiro la había ayudado a subir al tren, le había prometido que todo se arreglaría, que debía dejar de preocuparse, que todo iría bien.

− Imagino que es la primera vez que viene a Montana – le dijo en tono cortés mientras ponía el vehículo en marcha y salía del estacionamiento.

− Sí, es la primera vez. Zafiro me advirtió que haría frío.

También que allí tendría discreción. Limpió el vaho de la ventanilla y vio algo de Havre antes de que Darién se incorporara a la autopista. Pero no había mucho que ver, aparte de campos nevados y alguna casa de vez en cuando. Se desabrochó el cinturón para ver si Hotaru respiraba bien. Efectivamente, la niña dormía tan tranquila, con los labios fruncidos como si estuviera soñando con el biberón.

− ¿Qué más le dijo?

− Que a su madre le gusta la navidad.

La había dicho que podría esconderse; curar sus heridas, y fingir que el agujero negro en el que se había convertido su vida era invisible.

Él se echo a reír.

− ¿Gustarle la navidad? Eso es decir poco. Nuestra madre es una mezcla de Santa Claus, Martha Stewart y Bing Crosby.

− ¿Por qué Bing Crosby?

− Porque pone el CD de Crosby y canta mientras cocina. En este momento está decorando la habitación de invitados para usted.

− No quiero ser una molestia.

Le había prometido a Zafiro que su visita no incomodaría a su familia.

− No se preocupe. Desde que compramos la antena satelital se lo pasa de maravilla. Mamá descubrió unos canales de decoración y diseño, y desde entonces no ha parado de decorar la casa – dijo en tono divertido y afectuoso.

− Siento que Zafiro no les dijera que venía con un bebe. Sencillamente asumí que habría dicho algo antes de invitarnos.

− Mi madre esta acostumbrada a las sorpresas de Zafiro – presionó el botón para desempañar la luneta trasera y pisó el acelerador para adelantar a un camión.

Serena apoyó la cabeza contra el cristal de la ventana y cerró los ojos un momento. Sería tan fácil dormirse. Pero para ser cortés decidió que debía permanecer despierta. Miró el reloj. Las cuatro de la tarde y ya estaba oscureciendo. Hacía más de veinticuatro horas que Hotaru y ella habían tomado el tren en la estación de Chicago. A su prima Mina le daría un infarto, pero tendría que entender que no estaba lista para pasar la navidad en familia. Aún no.

− El viaje durara unas dos horas y media – dijo Darién tras unos minutos de silencio –. Tal vez más, porque seguiré por la autopista y después tomaré la carretera 200 en Great Falls.

− De acuerdo – respondió, sin saber de lo que le estaba hablando.

− Nos pararemos a tomar café y, bueno, lo que necesite para la bebe – se volvió un momento a mirarla, y a Serena le sorprendió ver lo serio que estaba –. ¿Cree que va bien ahí?

− Está dormida – le aseguró –. Le gusta viajar.

− Qué bien – murmuró él –. ¿Ve el cielo? Va a nevar, y muy pronto.

Serena miró por la ventanilla y estiró el cuello para ver unos nubarrones que se acercaban.

− No nos quedaremos aquí atascados, ¿verdad?

− No, llegaremos a casa a la hora de la cena. A no ser que quiera parar a que comamos algo en ruta. Debería haberle preguntado si tiene hambre.

− Estoy bien – respondió, aunque hacía horas que había desayunado.

Hotaru se había pasado la tarde lloriqueando, y ella no había tenido tiempo de tomarse el sándwich que otro viajero le había comprado en el vagón-restaurante.

− Si cambia de opinión, dígamelo – encendió la radio y se oyó la voz de una mujer interpretando una canción de amor; Darién la quitó inmediatamente – Lo siento. Había olvidado que el bebe esta durmiendo. ¿Cómo se llama?

− Hotaru. Y la música no la molesta.

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Lita miró su reloj de pulsera y después el reloj de la cocina sobre el frigorífico. Darién y la invitada deberían haber llegado ya. No le entraban ganas de engomar más pedazos de papel pintado cuando se anunciaba otra tormenta y ninguno de sus hijos estaba a salvo en casa.

− No les pasa nada. No hay nadie más seguro en este mundo que Darién – dijo el tío Jed, que en ese momento accedía a la amplia cocina para servirse una taza de café; hizo una pausa antes de colocar la cafetera en su sitio – ¿Quieres un poco, cariño?

− No, gracias. Ya estoy lo bastante nerviosa.

Pero sonrió al tío Jed. Era el último miembro que le quedaba de su parte de la familia. A sus ochenta y dos años, el tío Jed estaba orgulloso de su longevidad y de su habilidad para los juegos de cartas. Había llegado la semana antes del Día de Acción de Gracias y, diciendo que se sentía solo, se había mudado a la enorme casa del rancho «hasta Año Nuevo» según había dicho él.

− No hay razón para estar nerviosa, cariño. La navidad en el rancho siempre es una ocasión muy especial, gracias a ti – el tío Jed sacó una silla y se sentó a la larga mesa de cocina que llevaba ya más de cuatro generaciones de Graystone –. Y Zafiro solo lleva seis semanas en Washington. Es imposible que en tan poco tiempo se haya puesto a salir en serio con ninguna joven.

− No lo sé – respondió Lita mientras se preparaba una infusión de hierbas –. Mis hijos tienen el corazón grande, aunque Darién intente ocultarlo más que Zafiro. Y desde luego a mí no me importaría en absoluto tener una nuera. Casi estaba a punto de perder la esperanza de tener la compañía de una mujer en el rancho.

− ¿Y Petzi no cuenta? – el viejo le echó una sonrisa pícara.

− La tía Petzi es distinta.

− ¿Dónde está la vieja bruja?

− Tío Jedite… – empezó a decir en tono de reproche, deseosa de que fuera amable con la tía de su marido.

− Lo sé, lo sé – levantó una mano nudosa como para defenderse de sus palabras –. Es una pariente política y no se puede hacer nada. No me importa que escuche la radio, pero esa rata suya me resulta insoportable.

Lita no pudo ocultar una sonrisa. La «rata» insoportable era el viejo gato de Petzite, un animalito un tanto gordo que siempre andaba junto a su ama.

− Artemis es un gatito divino – comentó Lita.

Miró de nuevo el reloj mientras pensaba que debería haberle dicho a Darién que la llamara desde Havre. Su hijo mayor no era muy partidario de los teléfonos móviles; a regañadientes llevaba uno en la guantera de su furgoneta, pero raramente lo utilizaba.

− Nos tienes muy mimados a todos Lita – declaró mientras daba otro sorbo de café –. Igual que mimarás demasiado a la chica de Zafiro en cuanto llegue. ¿Has terminado la pintura?

− Ayer.

Esperaba que a Serena Briggs le gustara el lila.

− Y la cena huele a gloria.

− Si – dijo mientras retiraba el hervidor de la lumbre –. Preparé un asado hace unas horas, para tener la cena lista cuando lleguen.

− Piensas en todo – declaró el viejo sonriéndole; entonces sacó una baraja de cartas del bolsillo de su camisa –. ¿Quieres jugar una partida, para que pase más rápido el tiempo?

− Claro.

Entre las cartas de Jed, la radio de Petzi y Artemis pidiéndole caprichos constantemente, Lita esperaba no tener tiempo para preocuparse por sus hijos.