Historia Original de Kristine Rolofson

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Estaré en casa para Navidad.

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CAPITULO NUEVE

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El hecho de que las dos hembras que le hacían compañía durmieran hasta Chicago fue, en opinión de Zafiro, lo mejor que podría haberle pasado después de un día tan estresante como aquel. Doris se acurrucó en su cesta, cerró los ojos y se durmió.

Mina había sacado tres almohadones y una manta del compartimento para el equipaje de mano antes de guardar este. Se sentó en el asiento de la ventana y cerró los ojos.

Visto así, era la compañera de viaje perfecta.

Aunque por otra parte no le hubiera importado averiguar más cosas de ella. Como por ejemplo qué hacía en Francia y sí había algún hombre en su vida.

Su vida privada no era asunto suyo; aunque tal vez lo fuera, teniendo en cuenta que aparentemente se dirigía al rancho. De un modo u otro, la curiosidad le picaba. Si vivía con alguien, no había mencionado a esa persona. Y estaba claro que no quería pasar la navidad con algún novio… o con la familia del supuesto novio; lo cual significaba que no estaba prometida, llevara o no anillo. Serena le había dicho que su prima era decoradora de interiores, que tenía un despacho en Georgetown y una buena clientela que pagaba mucho dinero por muebles antiguos.

No lo dudaba. Aquella mujer en particular parecía lo bastante elegante, como la mayoría de las mujeres que había conocido en Washington, D.C. Él disfrutaba de la vida social que la ciudad tenía que ofrecerle, pero últimamente sus salidas acababan siendo muy parecidas: cenas caras con gente ambiciosa. Las mujeres eran inteligentes, bellas y ambiciosas. Y eso no tenía nada de malo, pero últimamente le entraban muchas ganas de quedarse en casa a ver un partido de fútbol con una mujer a la que no le importara compartir una pizza y unas cervezas.

Supuso que por eso le gustaba tanto Serena. Incluso le había dejado una vez a cargo de la bebe mientras ella salía a hacer un recado. Él era un hombre de fiar. Y Serena era como una hermana pequeña; una hermana que había sufrido mucho en la vida.

A diferencia de su prima. Le echó una mirada. No. Aquella no era del mismo tipo, decidió mientras abría su paquete de galletas saladas.

Mina se movió como si tratara de encontrar una postura cómoda. Acabó inclinándose sobre él, con la rodilla pegada a su muslo y su cara a pocos centímetros del hombro. Zafiro le hizo señas a la azafata para que le llevara otra bolsa de galletas. Debería haber comido algo más en Dulles, porque de repente sentía una especia de mareo.

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− Eh – dijo en tono suave –. Estamos aterrizando.

− Qué rápido – murmuró mientras se incorporaba –. ¿Qué tal Doris?

− Dormida.

− Buen perro – se volvió hacia la ventana y levantó la pantalla –. Está nevando.

− Sí – dijo – Lo sé. Hace un rato han anunciado que se han cancelado algunos vuelos.

− ¿Y el nuestro?

− Probablemente. No es como si voláramos a Miami.

Aún así, no parecía que estuviera nevando muy copiosamente. Las pistas aún no estaban cubiertas de nieve. Mina vio unas máquinas quita nieve listas para entrar en acción cuando fuera necesario.

− ¿No dijeron nada específico sobre Minneapolis?

− No. Tenemos que mirar los paneles cuando lleguemos al vestíbulo central.

Mina espero a que el avión se detuviera antes de sacar el móvil que tenía en la bolsa. Le contestó su secretaria, a quien dio varias instrucciones antes de despedirse de ella y colgar.

− ¿Has reservado una habitación de hotel aquí? – el vaquero pareció sorprendido –. Es un poco pesimista por tu parte, ¿no?

− La próxima vez que duerma quiero hacerlo en una cama – le explico mientras se frotaba el cuello dolorido –. Con sábanas limpias y un colchón grande y cómodo – suspiró, como si anhelara que aquel día de viaje llegara a su fin –. Y si Chicago está todo nevado quiero reservar una habitación antes de que se llenen los hoteles. Puedo cancelar la reserva más tarde si no la necesito.

− Serena dijo que eras muy lista.

− A veces sí, a veces no – comentó mientras abría el cinturón.

Pero era lo suficientemente lista para no verse tentada por una cara apuesta, un cuerpo musculoso y un par de botas gastadas. Lo bastante lista como para ignorar la sonrisa de un guapo ranchero que tenía las manos cuidadosas y se llevaba bien con los niños y los animales.

Cuando se plantaron delante del panel luminoso, Mina tuvo claro que las noticias no eran demasiado buenas. Su vuelo a Minneapolis llevaba una hora y media de retraso, lo cual quería decir que estaban otra vez atascados. Fueron al servicio por turnos, e incluso dieron con una salida al exterior y Doris pudo hacer sus necesidades. El cemento estaba resbaladizo, incluso Zafiro perdió el equilibrio y estuvo a punto de caerse, y Doris dejó bien claro que no le gustaba demasiado pisar el suelo helado, pero Mina agradeció poder tomar el aire unos minutos.

− Vamos dentro – dijo Mina.

En el vestíbulo central Mina vio que tres hombres de negocios abandonaban una mesa junto a la barra de una cafetería y se sentó. Doris hizo lo mismo a los pies de Zafiro, aparentemente contenta de no estar metida en la cesta. Zafiro metió las bolsas entre la silla de Mina y la suya y seguidamente se arrellano en el asiento y miró a su alrededor.

− Nunca he estado en un bar con un vaquero.

− Ranchero – la corrigió Zafiro, y después sonrió como diciendo que sabía que ella solo le estaba tomando el pelo –. No sabes lo que te has perdido; podría ponerme el sombrero y echarme a bailar en cualquier momento.

La camarera les tomó nota y miró a Doris, que se puso a menear la cola.

− No pueden estar aquí con un perro.

− No es un perro cualquiera – dijo Zafiro, echándole una sonrisa que derretiría hasta un iceberg –. Es un collie enano de Montana de competición.

− ¿Ah, sí? – la chica, que a los ojos de Mina no tenía edad suficiente para servir bebidas, le devolvió la sonrisa al vaquero –. ¿Y usted?

− Yo estoy sediento – dijo –. No le importa, ¿verdad?

− Supongo que no – se inclino hacia delante –. ¿Qué van a tomar?

Zafiro miró a Mina.

− Un vodka con tónica, por favor. Doble.

No había pedido nunca un doble de nada; el menos desde que había salido de la facultad. Con suerte, dormiría también durante el vuelo siguiente. Tal vez incluso pudiera volver a utilizar al vaquero de almohada.

− Tráigame una cerveza – dijo Zafiro –. La que sea de barril.

− Claro – respondió, echándole una mirada coqueta – Pero tenga cuidado de que el perro no moleste a nadie, ¿de acuerdo?

Mina esperó a que la camarera se marchara antes de hablar.

− ¿Te gusta bailar?

Él se encogió de hombros, pero sus ojos le sonrieron.

− Bailo tirando a mal. ¿Tú bailas?

− La verdad es que no. Tuve una mala experiencia en una clase de ballet cuando tenía cinco años.

Él se echó a reír, y a Mina le pareció un sonido muy agradable.

− Yo podría enseñarte.

Sí, claro. Mina se imaginó a sí misma aprendiendo toda clase de cosas de aquel hombre, pero rápidamente las desterró de su pensamiento. ¿Qué diablos le pasaba? Decidió intentar cambiar de tema.

− ¿En tu rancho, montas a caballo, cuidas del ganado y pones vallas?

− Claro – empezó a decir Zafiro, pero lo distrajo la llegada de la camarera.

Mina pago lo consumido antes de que él tuviera tiempo de sacar su cartera.

− Invito yo – dijo mientras alzaba su bebida –. Brindo porque esta noche estemos en Montana.

Zafiro brindó con su jarra de cerveza.

− Ojala sea así, cariño.

Mina no supo por qué el término «afectuoso» le resultaba tan agradable. Tal vez un buen trago de vodka le devolviera un poco de sensatez.

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Zafiro se quedó junto a Mina mientras ella le daba su nombre al recepcionista del hotel. Detrás de ellos se extendía una fila bien nutrida, ya que el aeropuerto había sido cerrado oficialmente debido al mal tiempo.

Mientras aguardaba a que el hombre terminara de rellenar unos papeles, dejó la tarjeta de crédito sobre el mostrador y se volvió hacia Zafiro.

− ¿No te da la impresión de que este no es tu día de suerte?

− Desde luego, señorita – respondió Zafiro, adoptando su mejor acento del Oeste.

En realidad se podría decir que el día iba de mal en peor. Cuando habían perdido una segunda ronda de bebidas en el bar del aeropuerto, Zafiro se había dado cuenta de que había perdido la cartera, con sus tarjetas de crédito y su carné de conducir, doscientos dólares y otros papeles. Pensó que tal vez se le hubiera caído del bolsillo, en una de las treinta o cuarenta veces que se había inclinado a atender a Doris. Tal vez hubiera sido en Dulles. La compañía aérea ya tenía noticia y estaba buscando su cartera; la seguridad de ambos aeropuertos estaba al tanto de que alguien podría viajar con un documento de identidad falso.

− Yo creo que perder el avión, quedarse atascado en Chicago y perder la cartera son tres ingredientes pata que sea un día asqueroso. Pero no es suficiente para estropearme la navidad.

− Gracias por no añadirme a la lista.

− Lo habría hecho, pero mi mare me enseño a ser educado.

− Por favor, deja que te pida una habitación. Podrás pagármelo cuando llegues al rancho – se volvió hacia el recepcionista del hotel, que parecía nervioso y cansado –. ¿Podría darme otra habitación para esta noche?

− Lo siento, señorita.

Miró a Zafiro, que rezó para sus adentros para que el chico no hubiera visto a Doris y no dijera de pronto que los animales no estaban permitidos en ese hotel. También rezó para que Doris no empezara a gemir y llamara así la atención.

− Ahora que el aeropuerto ha cerrado, estamos completos. Estoy enviando a la gente a otros hoteles de la zona. Si se pasa por el mostrado de información de la terminal principal…

− Gracias de todos modos – dijo Mina, que se apartó de la fila – Supongo que será mejor que duermas conmigo – entonces se sonrojó – Bueno, no quería decirlo así.

− No pasa nada. Ya se me ocurrirá algo.

− Pero Doris…

− Estaremos bien.

− Se puede quedar conmigo. Pueden quedarse los dos.

Mina parecía nerviosa, y Zafiro lo entendió. Pero al menos había tenido el detalle de ofrecerle a un extraño un sitio donde dormir.

− Gracias – dijo él –. Pero no.

− Les comparé algo de cenar.

− Aún me queda algo de dinero.

Unos veinte dólares, que no era mucho pero le permitiría cenar.

− No te preocupes. Te veré por la mañana. ¿A las ocho?

− Vamos, vaquero – Mina intentó levantar la cesta del perro, pero no pudo levantarla más de un centímetro del suelo; de todos modos se volvió hacia la zona de los ascensores –. Vamos a buscar la habitación. Pediremos un par de filetes y veremos el concurso de rodeo en la tele. ¿No es eso lo que los de Montana hacen para divertirse?

La alcanzó en dos zancadas y le quitó la cesta de la mano.

− Cuando estamos con mujeres, no.

− No intentes convencerme con palabritas dulces – dijo –. Al menos hasta que haya pedido la cena y saqueado el mini bar.

− Creo que ya has bebido suficiente.

Pensándolo bien, Mina Briggs estaba rara. Para empezar, se tambaleaba un poco, y cuando el ascensor empezó a subir, cerró los ojos y se echó hacia atrás contra la pared. Supuso que el desfase horario empezaba a hacerle mella, a pesar de lo fuerte que parecía.

− Vaya, cielito – la agarró del codo y le ayudó para que no perdiera el equilibrio, para entretenimiento de una pareja mayor que subía con ellos en el ascensor.

El señor asintió comprensivamente.

− Menudo tiempo, ¿verdad?

− Desde luego.

Las puertas del ascensor se abrieron en el piso décimo y la pareja salio.

− Espero que su esposa se mejore – dijo la mujer –. Se le ve muy cansada.

Mina abrió los ojos inmediatamente.

− No soy…

− Ha tenido un día muy largo – la interrumpió Zafiro – Solo necesita una noche de sueño reparador.

Se preguntó cuánto vodka había bebido. Desde que se habían enterado de que se habían cancelado los vuelos, Mina había estado muy alegre.

− La verdad es que sí he tenido un día muy largo – dijo Mina mientras las puertas se cerraban y se quedaban solos –. ¿Has estado en Francia alguna vez?

− No.

− Qué pena. Me encanta el vino. Y el coñac. ¿Beben coñac en Montana?

Maravilloso. Viajaba con una alcohólica.

− Tal vez será mejor que te lo tomes con más tranquilidad con el alcohol – le dijo, agarrándola del brazo.

− Solo estoy nerviosa. O tal vez sea el cambio horario – añadió, pero cerró los ojos de nuevo –. Estoy mareada desde esta mañana.

− Mantén los ojos abiertos, cielito. Este es tu piso.

Las puertas se abrieron y Zafiro cargó con todo menos con la maleta de Mina, con la que pudo ella sola.

− Lo siento – susurró Mina –. No aguanto el alcohol.

− No te preocupes. ¿Cuál es tu habitación?

Metió la mano en el bolso y sacó la tarjeta para abrir la puerta.

− La 1, 4, 3, 2.

Llegaron al final del pasillo y Mina le dio la tarjeta para que abriera la puerta. Zafiro consiguió meter el perro, las maletas y la mujer en el vestíbulo. ¿El vestíbulo? Miró a su alrededor y vio un salón enorme decorado en crema y verde, con dos sofás, dos butacas y una mesa de centro de cristal que ocupaba casi todo el espacio. Más allá había una ventana con las cortinas cerradas para conservar el calor de la habitación. En una de las paredes había un escritorio y un armario. Mina desapareció tras una puerta y volvió sonriendo.

− Recuérdame que le dé a mi secretaria otra prima por navidad.

− ¿Por qué? – se agacho para abrir la portezuela de la cesta de Doris, que salió tan deprisa como pudo.

− Me ha reservado una suite; una suite maravillosa. Ahí dentro hay una habitación estupenda – hizo un gesto con el brazo abarcando la zona donde estaban – Y estoy segura de que uno de esos sofás en también cama, de modo que no tienes por qué hacerte el mártir y dormir en el aeropuerto.

− Estaba comportándome como un caballero, no como un mártir – señaló – Eh, no orines en la alfombra – dijo al ver que el perro corría hacia unos de los sofás y se ponía a olfatear una de las patas de caoba.

− ¿Crees que he entendido lo que les has dicho?

Mina se sentó en el sofá más cercano, se quitó las botas y colocó los pies enfundados en medias sobre la mesa de centro.

− Espero que sí – ese momento le sonaron las tripas –. ¿Decías en serio lo del servicio de habitaciones, o era porque estás un poco borracha?

− Pide lo que quieres, con tal de que no me pidas que me levante de este sofá. De acuerdo, Doris, ven acá – dio unas palmadas en el cojín que tenía al lado y Doris pegó un brinco y se sentó junto a ella –. Este perro está muy bien educado. ¿Por qué la dejarían en un hogar para animales abandonados?

− Su anterior dueño quería viajar.

− Es una excusa malísima para deshacerse de un animal de compañía.

− Si, pero le encantará el rancho cuando llegue allí. ¿Qué te apetece comer? – tomó el menú del servicio de habitaciones de la mesa y el teléfono para llamar –. Tienen hamburguesas de ternera, sándwiches de ternera con tomate, varitas de pollo empanizado, ensaladas y sándwiches fríos, como de ternera asada, de atún, de ensaladilla, de crema de cacahuate con jalea.

− ¿Qué tiene de postre?

− Pida detalles sobre nuestro surtido en tartas y bizcochos o elija unos de nuestros deliciosos helados – leyó Zafiro –. Puedes acompañarlo de caramelo, chocolate fundido o sirope de fresa.

− Yo quiero una hamburguesa con champiñones y papas fritas – dijo Mina –. La compartiré con Doris. Y tarta de chocolate, si tienen. O tarta de queso con fresas.

− Me parece muy bien.

Pensó en pedir lo mismo; y tal vez un trozo de empanada dulce.

− Qué gusto estar lejos de los aeropuertos y de los aviones – murmuró mientras le rascaba la tripa a Doris, que se había tumbado boca arriba.

Zafiro descolgó el teléfono para hacer el pedido. Mejor sería distraerse un poco, porque de otro modo iría directamente al sofá a ver si conseguía algo de atención física él también.

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Nuevamente una disculpa por los errores, pero llevo prisa, ya solo faltan algunos capitulos, espero terminarlos pronto y subirlos, gracias por leer, hasta la poxima :d