Sherlock pertenece a la BBC y a Sir Arthur Conan Doyle.

La siguiente historia es producto de mi imaginación e insomnio, y sin ningún ánimo de lucro. Perdón por los errores, faltas, etc. espero que disfrutéis de su lectura.

Éste capítulo ha sido editado 11/12/13

Resumen: Mi pequeño niño, tan dulce, tan inteligente. Yo, el consultor criminal que dirige a la escoria de los criminales, el monstruo, el psicópata enfermo de poder y sangre, he logrado tener lo que ellos, que luchan por y al lado de los ángeles, nunca tendrán, un verdadero ángel, un ser de luz que me ilumina, mientras ellos están solos en sus torres de cristal.


Capítulo 1: Mi pequeño niño, mi ángel


Escuela infantil de Stanmer Park, condado de East Sussex, Inglaterra

John se sentó en los escalones de la pequeña escuela rural, a la que asistía a preescolar, mientras esperaba que su padre llegase a recogerlo después de acabar las clases de la tarde del viernes, listo para el fin de semana que se avecinaba. No podía esperar a estar esos dos días sólo con su padre, sin nada que los separase. El resto de los niños y sus padres hacía tiempo que habían dejado el lugar, y no tenía que darse la vuelta para ver al conserje, siempre taciturno, vigilarlo detrás de las puertas acristaladas. Su espera solitaria fue rota por la llegada de su profesora que se sentó a su lado, mientras le acariciaba con ternura su dorada cabecita.

- ¿Esperando de nuevo a qué te pasen a buscar?- Trató de hacerle hablar, mientras iniciaba la espera junto a él. El niño pequeño bufó en su cabeza, aunque divertida y cariñosa, a veces le cansaba los intentos de amistad forzada de su maestra, pero entonces recordaba que su papá decía que debía sonreír, hacer cómodos e ignorar a la gente simple.

- Si, señorita Anna. – Se limitó a decir, sin levantar la mirada del camino.

Por otras ocasiones similares anteriores, sabía que la profesora, en su primer año de docencia y llena de espíritu escolar, no se movería del lugar hasta que viese aparecer el coche de su padre en la entrada de la escuela y le volvería a recordar que no se retrasase dejándole esperar solo. Pero el niño, más despierto y observador que los pequeños de su misma edad, sabía que era el último lugar donde quería estar, ya que no paraba de removerse, incómoda, a su lado.

La joven profesora, sin saber los pensamientos, ciertamente demasiados maduros de su joven acompañante, a su vez le observó. Era uno de sus alumnos favoritos, aunque a veces la desconcertaba, sus ojos le parecían demasiado atentos para su edad. John, por su complexión delicada y estatura corta, parecía más pequeño que sus cuatro años de edad, y desde luego sus mofletes, junto a sus adorables rizos rubios y ojazos azules, le hacían ver como un lindo Cupido, al que daban ganas de abrazar y mimar. Pero sabía que era muy inteligente, excepcional si los test de inteligencia que se le habían realizado eran correctos.

Se imaginaba a su madre, antes de morir, como una mujer rubia y hermosa, de construcción delicada, casi etérea, de la que el pequeño hubiera heredado sus rasgos bellos, ya que su padre, a pesar de ser un hombre muy atractivo, era totalmente opuesto con los cabellos y ojos oscuros profundos, que parecían diseccionar a la persona que miraba. Reprimió un escalofrío, había algo que la incomodaba del papá de John, una sensación de desasosiego y peligro, como si fuera un conejo a punto de ser cazado por un animal salvaje y peligroso. Tener que recordarle la necesidad, de nuevo, de avisar de posibles retrasos, no entraba en su lista de deberes preferidos para la tarde de hoy, prefería estar camino a tomar un té con Roy, como era su plan original.

Mientras la espera se alargaba otros diez minutos más, pensó para sí que estaba aún a tiempo de abandonar la escuela, como el resto de profesores y empleados, salvo el conserje, que esperaba para el cierre hasta el lunes del centro. Le sintió a sus espaldas, vigilante de todos sus movimientos hacía el niño, que esperaba a su lado y que de vez en cuando se revolvía inquieto, rompiendo esa imagen de placidez y tranquilidad que bien sabía que era engañosa. Hacía tiempo que sospechaba que el hombre desagradable se encontraba en la nómina del padre de John, ciertamente rico, para controlar el entorno de su hijo y la gente que le rodeaba. Pasaron otros eternos quince minutos más, mientras seguía debatiéndose entre irse o quedarse. Sólo su idea del deber, así como la encubierta orden recibida por parte del director para que se plegase ante el señor O´Hara y sus deseos, evitaron su marcha.

Finalmente divisaron la llegada de la limusina negra con los cristales tintados, que avanzaba con rapidez por el camino de entrada a la puerta principal de la escuela. Al detenerse frente a las escaleras de acceso, dos hombres descendieron, sin esperar la ayuda del chofer, que permaneció de pie, al lado de la puerta del acompañante. La profesora se levantó mientras ayudaba a su alumno a incorporarse a su vez y evitar que se cayese al suelo de bruces en su precipitación de llegar hasta su padre.

- ¡Johnny boy ¡- El niño se lanzó riendo feliz a los brazos de su padre, que le recogió en un abrazo feroz y le empezó a dar diminutos besos por toda la cara que aumentaron el volumen de sus risas, mientras se retorcía, tratando de liberarse para abrazarle a su vez. Al final, hundió contento su rostro en el cuello de su padre, que le acariciaba las mejillas, con cariño. - ¿Qué tal ha pasado el día en la escuela mi pequeño niño?

- ¡Papá! Ya soy grande y lo sabes. Te lo digo todos los días.- El puchero ofendido por el insulto a su edad le duró poco mientras se lanzaba a explicar a toda velocidad lo que había hecho ese día en clase. - He hecho una figura de plastilina, es un gato como el de la señora Taylor. Era la mejor figura, ya que se veía lo que es, no como el resto que eran raras. ¡La de Billy parecía un pegote, y él decía que era un caballo! Y después hemos terminado de aprender nombres de animales y jugado a las adivinanzas con ellos, gané una manzana por acertar más que nadie. La señorita me dejó leer un libro sobre animales africanos, mientras los otros volvían a repasar el Abecedario….

- Mi niño grande entonces lo ha pasado bien hoy, ¿no? – John asintió con energía mientras giraba su cabeza para mirar directamente a los ojos casi negros de su padre con los suyos de un azul inocente, llenos de alegría por ser el centro de su atención. - Como yo ya sabía que ibas a ser tan bueno y listo, te he traído a tu tío como regalo especial. Y si se lo pides bien seguro que te va a llevar al parque ahora a jugar.

El niño vio en ese momento al otro hombre que esperaba detrás de su padre a ser notado por él. Su grito de felicidad, hizo sonreír a su tío mientras le recogía de los brazos de su padre y le daba un abrazo que rivalizaba al de un oso. Anna, se encogió ante la visión de ese nuevo hombre, rubio de ojos azules, con sus casi dos metros, la hacía sentir como un pigmeo y que era peligroso. Su corte de pelo y su postura, indicaba que era militar, sin ninguna duda. Como en el padre del niño, había algo depredador escondido tras sus formas contenidas, que la hacía desear esconderse de ellos y no salir hasta que estuvieran bien lejos de ella. No pudo evitar el sobresalto de miedo al observar como la atención paterna se dirigía a ella, así como aumentar su aprensión al notar su complacencia ante ese temor. Nunca antes había sido tan evidente.

- Seb, ve con Johnny hasta el parque, que meriende antes de ponerse a jugar. Yo tengo que hablar con la encantadora señorita Anna, si no le es una molestia.

- Desde luego señor O´Hara, me gustaría también hablar con usted sobre los retrasos a la hora de recoger a John, al finalizar la jornada escolar. Aunque estamos solos, creo que será mejor que conversemos en mi despacho.- La joven profesora le indicó que la acompañase, el hombre le hizo un gesto condescendiente para que le guiase. Tal vez, mientras iban caminando hacia su destino, si hubiese mirado hacia atrás y observado la mirada depredadora de sus ojos, hubiera terminado por romperse llena de pánico y salir corriendo, huyendo de él. Pero en vez de eso continuo inconsciente su camino, mientras ensayaba en su mente lo que le iba a decir.


El conserje tras cerrar las puertas acristaladas de acceso con llave, entró en la secretaria vacía del centro y empezó a eliminar toda la información, tanto virtual como escrita, que existía sobre el niño que jugaba con su tío feliz en el parque. Al mismo tiempo, que John le pedía a Seb que le empujase más fuerte el columpio cada vez, para llegar más arriba que nunca, su profesora descubría que había acertado en sus juicios sobre su padre. El hombre, nada más entrar en el despacho de la desdichada joven, la había golpeado fuertemente y empezado a torturar con un sadismo que rozaba la euforia. Su tormento continuó mientras la sodomizaba, su sangre servía de lubricante para el acto. No era consciente, a medida que sus gritos se convirtieron en simples gemidos rotos, emitidos desde una garganta destrozada, que para él, únicamente, era el modo de eliminar las frustraciones mundanas que le atenazaban, mientras su mente alcanzaba nuevas cotas en la gestión de planes y solución de problemas a través de la descarga de adrenalina que estaba recibiendo su cerebro al transformar su suplicio en su placer. Apenas dos horas después de haber entrado en la escuela, perfectamente arreglado, como si nada hubiese pasado, abandonaba las instalaciones. Al mismo tiempo, su hombre se disponía a iniciar un triste accidente que llevaría a la destrucción del edificio escolar y a la triste calcinación de la joven que todavía agonizaba en el suelo de su despacho, cubierta con su propia sangre.

- ¡Johnny boy! ¿Has sido bueno con tu tío?

- ¡Siiii! – Su hijo se retorció entre sus brazos que le hacían cosquillas cariñosas en la barriga, tras reunirse con la pareja que le había esperado en el parque. Nada en él, con su traje de tres piezas de Westood y el pelo negro perfectamente peinado, reflejaba más que la imagen de un joven padre feliz por estar con su pequeño, lejos del sádico de una hora antes.

- Pues como mi pequeño niño es tan bueno, tengo un regalo para él…

- ¿Cuál? Dime papá…

- Mi niño, su tío y yo nos vamos a ir de viaje los tres en este momento a la casa de Escocia y vamos a estar allí juntos un tiempo. – Sonrió ante la mirada asombrada de John, que enterró su cara feliz en el cuello de su padre mientras gritaba de alegría. El trabajo de su padre se lo había robado mucho últimamente y nada podía superar su alegría en ese momento, de poder estar con él.


La limusina avanzaba por la autopista, rumbo a tierras escocesas. El niño dormía en el regazo de su padre, cansado de su largo día. El hombre le acariciaba el pelo con ternura, sus ojos fijos en la pequeña figura eran una ventana abierta a la fuerte posesividad que sentía hacía ella y de la locura que imperaba en su interior.

-Jim, ¿Ahora cuales van a ser nuestros pasos a partir de ahora? – le preguntó el hombre sentado enfrente suyo, en cuyos labios no había desaparecido la sonrisa de complacencia al ver juntos, a padre e hijo.

James Moriarty, Jim para todos los que le conocían y no necesariamente le apreciaban, era el verdadero nombre que se escondía tras la falsa identidad del señor O´Hara. El irlandés levantó la mirada hacía su mano derecha y amante, el ex coronel Sebastián Moran, mientras exponía su pensamiento y acciones futuras, con un gesto de complacencia y ligera impaciencia para llevarlos a cabo.

- Es hora de iniciar nuestro verdadero gran juego con los queridos hermanos Holmes. En estas semanas que vienen se verán saturados de información sobre nuestras actividades, que encubrirán la verdadera jugada final que les tengo preparada. Llevó años preparando su caída y ya se acerca el momento de verles retorcer en el suelo…- El consultor criminal tarareó para sí mismo las últimas palabras, llenó de auto deleite. - Sin embargo, antes debemos terminar de consolidar los detalles sobre la protección de John, nada ni nadie, debe permitirles ni siquiera husmear su existencia, y menos acercarse a él.

- Entiendo…

- No, no lo haces Seb. Solo tú y yo debemos ser conscientes de que mi hijo respira y vive antes de hacer nada. Henry Watson y su encantadora hija Harry está noche van a sufrir un accidente de gas en su casa, que pena que no logren sobrevivir a él ¿Verdad? Cualquier dato que la dulce Ellen tuvo un segundo hijo tras su divorcio, ha sido eliminado del hospital y los registros en estos momentos, y ciertamente ella desde la tumba nunca contará que tuvo una aventura conmigo.

Moran, no pudo evitar sentir un poco de pena hacia la mujer muerta al recordarla, que había encajado tan perfectamente en la imagen que la profesora había tenido en su mente: rubia, hermosa y delicada. Por desgracia, tras un matrimonio juvenil desdichado, una hija de doce años llena de problemas y rebeldía adolescente, había sido presa fácil para las redes del consultor criminal. Éste, había enamorado totalmente a la mujer mayor con facilidad. La dulce Ellen, nunca había sido consciente, que fue elegida por su sumisión y belleza como yegua de cría, para poder engendrar al niño dormido en el regazo de su amante. James, había esperado el tiempo mínimo necesario tras el parto, para provocar un accidente que le librase de la aburrida y sosa mujer que ya había cumplido su misión y que le dejó como el afligido padre de un infante de meses.

El ex soldado sonrió para sí, mientras seguía observando a su sobrino, de cara a la galería, pero al que consideraba como su hijo verdadero. Cualquier cosa, cualquier derramamiento de sangre o crimen sería poca para evitar su daño, que su existencia fuese conocida por aquellos que eran sus enemigos declarados y lo pudiesen utilizar en su contra o arrebatárselo.

- Seb, ¿me escuchas?- Jim, al ver su asentimiento y que de nuevo tenía su total atención, continuo hablando. - La señora Taylor, sufrirá un infarto, pobre mujer, pero sin este pequeño ángel que cuidar ¿qué destino mejor le esperaría?- Por un momento, la jovial máscara del hombre, transmitió algo parecido a la pena ante esa muerte, pero llena de complacencia ante sus propias palabras y obras. - Por último, cada hombre que ha trabajado en el cuidado de John, será trasladado y cuidadosamente eliminado, ya sea acusado de topo del gobierno o de la policía o por desafortunados accidentes, para evitar nerviosismos innecesarios en las tropas. Debemos evitar que la información de su existencia se deslice por su incompetencia o beneficio. Estos días, en definitiva, lo que haremos será disfrutar de nuestro pequeño tesoro sin nada que nos moleste.

- Él será feliz de tenerte a su lado. – Asintió Moran.

- Mi pequeño niño, tan dulce, tan inteligente. – Moriarty se rió, su gesto mostró no solo alegría sino todas las profundidades de su retorcida alma: lujuria, maldad, sed de poder y ante todo, un deleite total en sí mismo y sus actos. - Yo, el consultor criminal que dirige a la escoria de los criminales, el monstruo, el psicópata enfermo de poder y sangre, he logrado tener lo que ellos, que luchan por y al lado de los ángeles, nunca tendrán, un verdadero ángel, un ser de luz que me ilumina, mientras ellos están solos en sus torres de cristal y todos sus actos al servicio del bien serán condenados porque nunca tendrán algo como mi pequeño.

El viaje continuó en silencio, mientras un padre mecía con suavidad a su hijo y sentía el latir de su pequeño corazón junto al suyo propio.


Tres meses después, en algún lugar de Escocia.

La mansión de paredes blancas, cubiertas de hiedra, se encontraba a las afueras del pueblo. Era un lugar encantador y mágico para vivir una familia con niños, entre frondosos árboles y a la orilla de un lago azul. Un jardín de vibrantes flores descendía suavemente hacia la orilla, donde jugaba un niño con unos perros bajo la atenta mirada de una joven rubia, sin duda, la niñera, que sonría ante la alegría infantil que se desarrollaba frente a ella. La idílica visión, ante los ojos entrenados que la observaban en la distancia, se veía totalmente rota, por la presencia de los hombres armados que la custodiaban, ocultos en las sombras de la casa. El hombre alto y moreno, de penetrantes ojos grises, siguió el reconocimiento del terreno, mientras sus ojos volvían de nuevo, sin desearlo a la figura infantil, como la luz de un candil atrae a un mosquito en la oscuridad de la noche.

La mañana siguiente amaneció de nuevo con sol y llena de vida. John iba saltando de la mano de su niñera por uno de los caminos, que entre veredas de arbustos de flores blancas olorosas, llevaba al pueblo. Iba feliz, porque marchaban a dejar en el correo una carta para su padre y tío, donde les contaba todo lo que había hecho mientras viajaban ese último mes lejos de él. Kate le había ayudado a redactarla, pero los dibujos que la decoraban eran todos suyos, sabía que su padre iba a ser feliz de verlos, siempre los admiraba.

Se congeló al sentir como su niñera le empujaba detrás de ella de repente, en un gesto de protección. Delante de ellos, en el camino había un hombre muy alto, envuelto en un abrigo negro y de ojos brillantes de un tono raro, entre verde y gris, que nunca abandonaron los suyos. Se estremeció cuando le oyó mientras decir a su niñera que le entregase a él, y se refugió un poco detrás de ella. No por miedo, sino porque su padre le había dicho que lo hiciese si algo así pasaba. Su mente, observó extrañado como los adultos discutían y como su niñera cedía al fin al observar al resto de hombres en traje que aparecían y les rodeaban. John sí sintió miedo cuando fue empujado frente al hombre alto que se arrodillo frente a él y le sujetó los hombros mientras le analizaba. Su miedo, cedió un poco, porque vio pena en los ojos grises y algo que le recordaba a su padre, esa forma penetrante de ver el interior de las personas con solo una mirada.

- Tu padre tenía razón cuando decía que eres un pequeño ángel- La voz profunda de barítono del hombre le sorprendió, pero la suavidad que percibió en ella le dio la confianza para preguntar:

- ¿Conoces a mi padre?

- Lo hacía.- El niño frunció el ceño ante el uso del pasado, eso no era bueno ¿verdad?

- ¿Dónde está mi papá? Él y el tío Seb se fueron de viaje y prometieron llamar y no lo han hecho en días.

- Están en un lugar dónde no pueden hacer o recibir llamadas, John.

- Les iba a llevar una carta al correo….

- Bien, eso puede esperar. – El hombre se volvió a quedar en silencio. De nuevo, el niño angustiado notó que sus ojos, como los de su papá, no transmitían nada mientras pensaba. Se sobresaltó, cuando pareció llegar a una conclusión y le levantó en brazos, no era como los abrazos de su padre, que siempre le apretaban fuerte, pero algo le decía que también eran seguros y velados para él. - Jim no podía venir a buscarte, pero me pidió a mí que cuidase de ti por él a partir de ahora.

- ¿De verdad? ¿Podemos ir con él?- John le miro con dudas, quería ir con su papá, no con nadie más.

- Sí, ya sabes que eras su pequeño niño y él quería que fueses bien cuidado cuando él no pudiese hacerlo. ¿Conoces Londres? Allí va a ser dónde vas a vivir ahora, conmigo. Mi casera, la señora Hudson va a estar encantada de ayudarme a cuidarte y mimarte. Y mi hermano Mycroft va a estar sorprendido al conocerte por fin, pero no dudo que al final va a ser feliz de tenerte con nosotros...


La noche encontró a John a cientos de kilómetros de su casa de Escocia, dormido en el regazo de un hombre de pómulos afilados y ojos grises, más frío que su padre, pero que ahora que le veía rendido al sueño, después del llanto ante la situación extraña que vivía y del miedo, tentativamente le acariciaba con delicadeza la cabeza.

- ¿Estás seguro, Sherlock? – Su hermano mayor entro con suavidad en la habitación, mirando con incertidumbre al niño dormido en sus brazos.- Es el hijo de Moriarty, todavía hay miembros de su organización que podrían desear tomarlo por lo que significa, ya sea como símbolo o elemento de fuerza.

- Su padre hizo un buen trabajo en ocultar su existencia, incluso usando las ejecuciones y toda la sangre que pudo derramar para lograrlo. Solo sus delirios y deseos de ganarme en todo, traiciono su existencia en nuestro duelo final. Mientras nos enfrentábamos en Bart, me habló de que yo luchaba al lado de los ángeles, pero que nunca sería bendecido como él por uno. Me preguntó si era posible que de un demonio como él naciese algo puro, angelical, mientras que yo solo tendría cenizas al morir. La verdad, en ese momento, pensé que era un delirio más de la mente demente de Moriarty. Nunca pensó, en realidad, que le ganaríamos, que veríamos en su juego y que sería él el muerto en esa azotea en vez de yo. Y allí fue donde cometió otro error, llevaba una foto en el bolsillo de la americana con unas palabras escritas en su dorso: Mi pequeño niño, mi ángel, mi John. La miré por horas, mientras cazábamos a Moran, y me di cuenta que era cierto: él ganaba, que este niño era su legado vivo. Algo que yo nunca podría aspirar a tener.

- Sherlock, esa no es razón para quedarse con él. Le puedes hacer daño, solo es un niño, un bebé de pocos años.- Mycroft cortó su discurso, tratando de razonar con él, con miedo a lo que su decisión podría traer en el futuro.

- Lo sé, no creas que no he pensado en todos los riesgos, en todo lo que puede salir mal. Y mientras tratábamos de capturar a Moran, lo borré de mi mente, pensando que era absurdo.- Se rio de sí mismo, irónico, mientras continuaba hablando. - Fue el ex coronel quien me volvió a plantar la idea en la cabeza. No huía para salvar el pellejo, debía ser él quien recogiese a John, si algo fallaba en sus planes, para llevarlo a Australia, e iniciar una nueva vida, que ya tenían preparada, como plan de contingencia. Mientras agonizaba me contó como Moriarty planeó su concepción, como mató a su madre y al resto de su familia, para que fuese sólo suyo, su pequeño niño. Y mientras disfrutaba de su maldad y del caos que creaba, su mayor orgullo era ver la luz de su hijo, y como de él, había nacido algo que era todo lo contrario a su naturaleza. – Sherlock calló un momento, tratando de organizar sus pensamientos, mientras volvía a experimentar a acariciar al niño durmiente, ya con mayor seguridad en sus gestos. – Al llegar a Escocia y observar a John entendí lo que Moran decía y lo que sentía Moriarty ante este niño. Sé que no soy la mejor opción, pero Mycroft, vi en él no sólo la luz, sino un corazón que podría evitar que cayese en la misma trampa que Moriarty, algo para dar sentido a mi vida. Por primera vez, al cogerle en brazos, me sentí completo.

El mayor de los Holmes permaneció en silencio, mientras analizaba las palabras de su hermano, los minutos pasaron y Sherlock se concentró en la pequeña forma que tenía abrazada, sin darse cuenta de la posesividad que mostraba en su sujeción, sólo se deleitaba en sentir el calor, no sólo físico, sino emocional que le transmitía, algo que nunca había sentido antes. Se sorprendió cuando vio a su hermano arrodillarse enfrente de él, y tentativamente apartar un mechón del pelo rubio del rostro de John. Sherlock calló, ante la ternura oculta de ese gesto, algo que hubiera originado una avalancha de burlas antes de ese día. Era consciente que necesitaría a Mycroft a su lado y que la mejor manera es que se encariñase con el niño a su vez.

-Él nunca deberá ser consciente de quien era en verdad su padre, de todo el dolor y sufrimiento que dejó detrás de él. - Mycroft habló al final, tras un largo silencio en que los dos hombres se habían limitado a velar a John mientras pensaban en el futuro. – Debemos borrar la existencia de Moriarty y sea nombrado lo menos posible en su presencia. Nunca se le debe mencionar por su apellido en ningún caso, para que nadie lo asocie con el mayor criminal de Inglaterra. Debemos darle algo con lo que crecer y poder vivir sin la sombra de su padre.

- Crecerá y será un gran hombre, valiente, leal, con una moral integra y capaz de luchar por lo que crea justo. Será una luz.

La noche pasó en Baker Street, mientras dos hombres rotos veían dormir a un ser de luz nacido de la oscuridad, y prometían guardarlo de ella.